Estás ahí

Al encender estás ahí siempre. Quizás esperando. Unas veces saludas. Otras me miras, o siento yo que me estás observando sin hablar desde tu dispositivo electrónico. Me lees. Otras compartimos charlas muy especiales. Imagino que estamos presos en una cárcel medieval, en dos cámaras separadas. No podemos tocarnos, ni vernos siquiera. Hacernos llegar nuestras voces nos aporta mucho o casi todo. La noche cae sobre nosotros y el silencio nos cubrirá en minutos. Pero antes de quedar dormido recordaré que eres un rayo de luz atravesando la humedad de mi celda de piedra fría. Cuando te acuestes, puedes soñar que te refugias en mí, porque yo también lo siento así, y te lo confirmo: tu nuca,  que yo desearía peinar con mis dedos, y tu cuello delicado de ave, encajarían bien entre mi axila y mi hombro. Cómo no protegerte si compartimos esta peripecia de naves a la deriva. Pero al apagar el ordenador, cambiamos de una realidad a otra más abierta e incómoda que nuestras mazmorras, y cada vez tardo más segundos en olvidar el diminuto haz de luz transparente que estaba iluminando mi sonrisa, la que tú me provocas, endulzando nuestro presidio virtual.

Que descanses,

LA NARIZ (fragmento)

Luis lleva siempre la nariz manchada. Es una raya cuya curvatura leve de los lados hacia abajo casi no puede apreciarse porque la línea es demasiado corta. Se trata de una nariz demasiado grande en la cara de un hombre modesto. Demasiada nariz en un hombre puede llegar a torcer sus espaldas hacia adelante. Hundirle el pecho. Inclinarle el cuello como a una jirafa cuando bebe agua en un charco. Es lo que ve cuando se mira en los espejos de los lavabos de su oficina. Le pesa la nariz o quizás le pesa más la mancha minúscula amarronada que hay sobre ella. La nariz de un hombre cabizbajo no se levanta lo suficiente al beber del café con leche de la máquina expendedora que hay en el pasillo de la entrada de la oficina. El vaso de plástico es muy pequeño y está casi rebosando el líquido oscuro, porque la dirección no repara en gastos ni en ahorros al repartir esta droga beneficiosa para el ritmo de la producción. Como casi siempre, al apurar la última gota de café con leche de máquina, ha metido la nariz en el cubilete de plástico y el borde sucio del vaso le ha señalado con esa línea ligeramente curva dejándole una marca como la del puente de unas gafas. El borde del vaso de plástico se imprime en su nariz cuando apura el último sorbo, el que le devuelve las neuronas a su sitio, o el que se las altera, quién sabe.

Yo mantengo una amable conversación gris con este compañero. Qué mal está todo. Y cuánto trabaja él, según dice. Y qué fiel es a la Compañía, me dice. ¡Claro, claro, y yo! -le digo. Me explica lo que me quiere explicar. Lo que le interesa divulgar. Algo dirigido contra algún compañero que está entre la realidad y sus aspiraciones. Alguien ha dicho que, te pongas donde te pongas, siempre estás en el camino de alguien. Mezquindad es la palabra que mancha su nariz cuando la mete en el vaso de plástico. El café está envenenado. Pagamos cinco duros cada vez que queremos ser un poco más enanos y nos manchamos la nariz de color café de tanto lamerle el culo a la empresa. En inglés existe la palabra brownosing, compuesta de marrón y de nariz. Mancharse la nariz en el culo de alguien. Eso es lo que pasa.

Vaso cafeMientras me habla y me cuenta lo mucho que hace y lo que en su día hizo, su labor, largamente superior a la realizada por sus compañeros, yo me llevo la mano a la nariz, quizás porque es mi manera de decirle que se ha manchado sin obligarle a parar de aburrir con su plática. A lo mejor es que mientras habla siento que también mi nariz se está manchado en el culo de la Dirección.

Me he distraído pensando en Anabel y me voy al lavabo. Al entrar me pregunto: ¿Me he despedido de Luis? No me acuerdo. Entonces debería tomar más café con leche. A lo mejor Anabel no es la causa de que piense en ella. Quizás es este mundo ramplón, por el que no puedo sentir apego, el que hace que me enamore de Anabel. Anabel es realidad, libertad y un montón de cosas así, que suenan así, que se gozan así. Y todo esto es falso. Es mentira, me digo. Todo esto no ocurre. No es nada. Es la nada.

Con estos pensamientos en la cabeza, llego y me inclino sobre el lavabo de la oficina, me miro la nariz y efectivamente, también la veo manchada. Gracias a Dios se disuelve con unas gotas de mi saliva que llevo con los dedos. Veo mi mirada vacía. Detrás de mí entra Luis, se lava las manos a mi lado y me sigue contando. Luego entra un compañero y saluda con energía y cordialidad postizas. Se pone a mear. Luis mete las manos en el grifo y se lava la cara. Le miro y me miro. Tengo la cara roja. Me seco. Entra otro tío, uno de ventas, y también se pone a mear. Luis bebe del agua del grifo, sin agacharse, como los soldados que escogió el profeta.

Tengo que ser capaz de dejar esta empresa.

 

El escollo (fragmento)

-Últimamente he encontrado un punto en mi conciencia al que deseo sujetarme. Debo reconocerlo. Me da fuerza. Una certeza especial. Es el experimento mental más positivo de los realizados por mí en los últimos años. Sí, creo que lo estoy consiguiendo. Si se confirma… prepárate.

-Me deprime que seas tan fantasioso.

-Tú depresión podría ser mi mayor escollo.

-¿Pero qué tienes en la cabeza?

Historia de terror

Historia de terror

0 (1)Hoy he estado a punto de correr dos o tres kilómetros alrededor de mi casa para ventilar mi cerebro. También he pensado en pedalear unos 30 minutos. Otra posibilidad era hacer gimnasia. Y también he pensado en matarte clavándote la punta de un paraguas en el estómago. Pero ni tengo el paraguas adecuado ni sé cómo encontrarte en alguna calle oscura. He sentido pereza al imaginarme preparando el paraguas afilado, vigilando, siguiéndote con las suelas frías sobre la acera, atisbando posibles consecuencias, previendo errores… Mucho lío. Tiene que haber una manera más cómoda de despejar mi mente. Si pongo demasiado esfuerzo en algo, puede que al final no valga la pena.
Es gracioso: otra posibilidad es usar un cuchillo y dejarme de paraguas. ¡Qué tonterías! Parece un capricho infantil. Sin embargo estoy seguro de que no sería lo mismo. A cuchillo ni me apetece. Hay en un paraguas clásico de caballero un regusto a algo noble, en el sentido elitista de la palabra; a cierto refinamiento, un punto antiguo o viejo; a elegancia; a deseos turbios; a pasado oscuro; a televisión en blanco y negro y a Narciso Ibáñez Serrador. Sería como hacerle un homenaje.
Quizá retome el proyecto del paraguas y lo pruebe en el cuello de alguien, o en el ojo o el vientre. Ahora lo mejor es que utilice las mancuernas. Eso me hará sentir bien, o sentirme mejor, sería más certero decirlo así, porque bien ya estoy, y subiendo y bajando las pesas me olvidaré de matarte. Puede parecer más higiénico para la mente y menos antisocial, pero al mismo tiempo es una pena. Todos los deseos deberían ser realizados. Pero bueno, ya digo que nunca se sabe. La boca se me hace agua al pensarlo. Vaya, quizás se deba a que es la hora de cenar, pero esta noche me siento depredador. Me imagino devorando tus brazos calientes como barras de pan recién hechas. Puedo verme sonreír al mismo tiempo. Qué placer. No se trata de hartarse de carne. Romperte y despedazarte es lo que me produce hambre.

Serio

Serio

Su cara de niño inteligente está más seria de lo normal. Ha salido del coche con su mochila al hombro y al cerrar la puerta no me ha mirado sonriendo bajo el flequillo como otros días. Esta vez ha bajado la cabeza y ha seguido hacia la puerta de su colegio.

Nada me importa tanto como lo que te pueda pasar a ti. Nada.

Mira: mañana es sábado, y si Papá ya está recuperado de su lumbalgia, te propondrá una excursión en bici. Pararemos en el campo a descansar un poco sobre la hierba.Tendremos que escoger bien el calzado, porque podríamos caminar un poco cerca del canal, como aquel día, ¿te acuerdas? Junto con unos buenos calcetines, llevaremos algo ligero pero que te sujete bien los tobillos para que durante la aventura, sintamos abrigados y seguros nuestros pasos sobre los pedregales de la orilla, el barro y las ramas secas. Te gustará tirar piedras desde el puente de madera, para asustar a los peces del río; hacernos sendos bastones con los mejores palos que encontremos. Sacaremos las chuches y las repartiremos como colegas. Nos pasaremos el bote del agua. ¡A ver cuánto lo puedes separar de la boca sin mojarte el pecho! Y llevaremos alguna fruta que esté muy rica. Descubriremos hormigueros y arañas. Piñas y culebras. ¡Y setas venenosas! ¿Sabes que hay lagartos muy grandes por esa zona? Pero no salen con el frío. Te enseñaré los nombres de los pocos árboles que me sé. Tengo un árbol favorito. Junto a su tronco, una partidita rápida de cartas está dentro de las posibilidades. No olvidemos el chubasquero, la cámara, y pilas para el faro que te fijé en el manillar, por si se nos hacía tarde. Te atornillaré el cuentakilómetros ese que compramos en un chino, porque sé que al llegar a casa, te gusta chulearte y contarle a Mamá la distancia exacta que hemos recorrido juntos. Ella, lógicamente horrorizada por la magnitud de nuestra proeza, me preguntará si no era demasiada paliza para un niño tan pequeño. Pero ya le diré yo que de «tan pequeño» nada, que ya casi me ganas.

Hijo mío, dar la vuelta al mundo no tendría ni la mitad de gracia de una excursión contigo. Pero, macho, el lunes, al dejarte en la puerta de tu colegio, sonríe como siempre al bajar del coche, hazme el favor. Y así yo, cuando me vaya de allí y mientras algunos haces de luz de sol suave se estén colando entre los árboles y brillen las motas de polvo sobre el parabrisas, notaré un calor tenue sobre el volante y, a través del espejo retrovisor, alejándome, te miraré entrar, y ya sabré, que tú flequillo y tú andáis bien. ¡Que todo anda bien! Y podré seguir conduciendo satisfecho entre guiños de los rayos ligeros de este otoño.

Imbecilidad curativa.

ciclismoEse día me recomendé algo para superar el aburrimiento: desayunar un café , unos huevos fritos, unas gafas de sol y una bicicleta . Me prescribí, resumiendo,  mucho pedaleo y una buena dosis de soledad. Buscar un lugar donde no hubiera nadie, ni nada y permanecer allí buen rato, hasta necesitar de nuevo el paisaje sonoro de ruidos y voces inútiles.

Qué mal soporto que lo innecesario sea tan imprescindible. Que lo molesto tenga que ser tan saludable.

Saldré con mi bicicleta a encontrarme con el deseo perdido de oírte. Mi equilibrio se recuperará quizás cuando vuelva a confundir la estupidez con la alegría.

Autorretrato

Autorretrato

 

Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí:

Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. He escrito algunas novelas. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombros268267_421650041212195_2004627855_n pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.

T.

Alguien me oye

Hace días que aprecio algunos signos de que alguien me oye.

Cada vez es más claro.

No es un espía, nadie que aceche, nada que me inquiete.

Pero me escuchan. Sé que lo hacen.

He pedido con fuerza. Y has llegado tú.

¿No es mucha casualidad?

Me he sentido bueno y has aparecido tú.

He hablado en silencio y en silencio te acercabas tú.

¿Tendrá eso significado?

He sentido agradecimiento y... qué grata eres tú.

¡Cuánto deseo aportar!

He escuchado la hierba y la semilla rozar la tierra

Atento espero notar la respiración de quien me observa.

Puede que seas tú.

Puede que sea yo.
Puede que sea Él.
Nadie que aceche, nada que me inquiete.
Pero me escuchan. Sé que me oyen.
He pedido con fuerza. Y has llegado tú.
Me he sentido bueno y has aparecido tú.
He hablado en silencio 
y en silencio te acercabas tú.

¿Qué haces?

Mi mujer cada vez estaba más preocupada.
-¿A qué te estás dedicando todo el día? Entras y sales, parece que estés activo. Pero no me cuentas nada. ¿Qué vamos a hacer para salir de esto?
-Todavía no lo sé.
-¿Pero qué es lo que haces?
-Estoy luchando.
-¿Cómo? ¿Con abogados?
-No. Estoy luchando contra una parte de mí mismo.

Rossana suspiró y salió de la sala diciendo:
-Dios mío…1196712342_f

ojos abiertos

¿Tienes los ojos abiertos? Eso se preguntaba constantemente. Era el momento de mantenerlos así. Lo notaba, podía percibirlo al callar. Nada crujía, no se notaba zumbido alguno en el aire. El silencio le provocaba una gran excitación. El corazón aumentaba JOVEN-REZANDO-SENTADO[1]su ritmo. Cerraba los párpados apretando con fuerza y se decía que esta vez iba a ganar. Cuanto más los fruncía, más llenaba los pulmones. Y entonces podía ver. Podía ver más. Sus ojos cerrados eran sus ojos abiertos. Se preparaba para ganar la carrera. Su mente y su cuerpo se colocaban en una línea imaginaria de salida. Se tapó los oídos y empezó a escuchar su respiración. A través de los pulgares, que ocultaban los orificios de sus orejas, escuchaba el golpear de los latidos. Comenzó a hablar. Muy bajito, para que nadie le oyera. «Quiero lograrlo», susurró. «Quiero lograrlo», se repetía una y otra vez. «Señor, déjame lograrlo».

Casi creyó que en ese instante su madre le decía que se fuera a la cama. Como de pequeño. En aquella época, cuando era un niño, todo acaba bien y su truco era hacer eso: rezar así. Ganaba todas las carreras. Ahora necesitaba creer que todo podía seguir funcionando igual. «Señor, permíteme ganar. Quiero ganar este desafío». Pero su infancia había desaparecido ya. Ahora que ya era mayor sentía la duda de que Dios le siguiera escuchando. Dios no escucharía a los que dudaban de Él, se dijo.

Aquella mañana,comprendió que ya no bastaría con cerrar los párpados con fuerza, porque ya era mayor. Por eso apretó los puños también, hinchó los pulmones y volvió a ver

Muerte

La muerte da sentido a las historias. Cuando algo acaba tendemos a reflexionar sobre ello, más que durante su existencia. Por eso tantos relatos y narraciones de todos los tipos y calibres, se resuelven con muertes, Muertes tristes, terribles, alegres, esperanzadoras. Hay muertes de todo tipo. Muertes del personaje principal, o de su amante o de sus antagonistas. Eso nos permite poner un punto final y ver la historia en su globalidad. Nos relaja, como el final de un clímax.

No estaría mal terminar algo ahora, que no fuera una vida. Voy a escribir un poco.
Enrique Brossa
Taller de Relatos
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Muerte de Sardanópulos de Eugene Delacroix

Muerte de Sardanópulos de Eugene Delacroix

Una luz en la mano. Salmos ateos

Tengo una luz en la mano izquierda.

Una llama pequeña, como una cerilla encendida. La tapo para que no la apague el viento. Parece tan débil…

La oculto con la derecha pero temo sofocarla.

Tengo una luz en mi mano.

Tengo una luz en mi mano. La quiero, la acaricio. Le sonrío.

Tengo una luz en mi mano.

No puedo ir a tu casa.

No puedo pasar a saludar a tus padres ni aceptar vuestra invitación para almorzar, presentándome allí con una llamita en la mano. No puedo.

Tengo una luz en mi mano.

Tengo una luz en mi mano. La quiero, la acaricio. Le sonrío.

Nada tiene de malo. de nada me tengo que avergonzar. Pero ha cambiado mi vida. Ya no debo conducir, ni surcar los túneles de la ciudad con las demás personas. Tan solo quiero ver esa pequeña lengua rojiza entre mis dedos.

Tengo una luz en mi mano. La quiero, la acaricio. Le sonrío.llama-en-la-mano-8563822

Tengo una luz en mi mano. Aún no sé para qué es, ni por qué existe. Si la encendí yo con un fósforo o si tú hiciste cosquillas en la palma de mi mano cuando yo dormía. No sé si me ha tocado un ángel o un diablo.  Acaso un cachorro de dragón, ha escupido sobre mí o ha defecado un pequeño fuego.

Tengo una luz en mi mano.

Quiero ponerla en mi pecho pero no puedo. Se que su sitio será mi frente.

Tengo una luz en mi mano.

Mientras tanto no puedo saludar a tus padres ni acudir a mi trabajo.

De nada me tengo que avergonzar. Pero ha cambiado mi vida.

Una llama pequeña, como una cerilla encendida.

La oculto para que no la apague el viento. Pero también temo sofocarla.

Tengo una luz en mi mano. La quiero, la acaricio.
Y cuando la cuido, sonrío.

Sexo repentino

Siempre empiezas el sexo de repente. Me sorprendes. Estás tranquila, sonriendo, cenando relajada, con tus ojos brillando en la penumbra indirecta del restaurante. Cuando llegamos al coche, estás cariñosa, pero habladora. 11947620_1688860484671267_8692250128761834481_nLlegamos a tu casa y siempre da la impresión de que tan estupendo te parezca que pase a por la eufemística última copa, como que me vaya a casa a dormir prontito, que mañana hay trabajo. Pero en cuanto entro a tu salón, saltas sobre mi como una depredadora. Como si sentarme en tu sofá fuese apretar un resorte que actuase de inmediato en tus neuronas. Como si el tresillo fuera tu tela de araña, te vuelves ansiosa y glotona y yo te lo agradezco mucho. Hoy no me has dado tiempo de decirte que el taller de novela empieza este lunes. Que es online y solo vale 60 euros al mes y que los participantes verán sus libros terminados como que me llamo… ¡Enrique Brossa, eso! El del Taller de Relatos. Es los lunes o martes a las 20:00 horas de España hasta las 21:30. Un taller distinto, te lo recomiendo. Horarios adicionales para grupos. Está bien, está bien, ya me callo. No hace falta que me metas los 60 euros en la boca. Si tienes paypal puedes pagar por medio de tallerderelatos@gmail.com y para otros medios de pago, yo te lo explico. Mañana por la mañana.

La hora de la sensatez

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Cuando los moderados estamos pensando, los radicales ya vienen vociferando, obsesionados con sus propias intenciones, aunque siempre denuncien los intereses de otros. Cuando los cabales optamos por contraargumentar, los sectarios llevan años haciendo agitación y propaganda. Mientras los demócratas aguantamos y respetamos, ellos lanzan piedras y dicen que la democracia son ellos. Cuando los respetuosos hablamos, los activistas ya han empezado a coaccionarnos. Los normales nos dedicamos a nuestro trabajo y nuestra vida. Los agitadores manipulan la situación y ponen palos en nuestras ruedas. Nos insultan, nos estorban y reclaman tolerancia.

¡Ponte en marcha! Deja el rebaño.

Esta es la hora de imponer sensatez. Tendremos que ser los sensatos. ¿Quién si no?

 

MIS SALMOS ATEOS: PELDAÑO borrador

Éste ha sido mi día.
Mirad mis errores.
Ésa mi confusión.
Aquí cargo con mi pereza.
Mi tristeza que la veis
bajo mis pies.
Me sirve de peldaño,
endurecida como está,
para parecer más alto
de lo que soy en realidad..
Ved cómo son mis manos intactas.
y estos mis pies descalzos.
Mi cara afilada,
MI espalda torcida,
porque lo quiso Dios
quedó encorvada
Mirad, arrugada, mi camisa.
Adelgazadas mis piernas.
Estos brazos tan flacos
que cuelgan de mis hombros,
Acaban en mis palmas blanqueadas
de las paredes que tiento.
12038557_1692396380984344_7643668603259990078_nÉsta la ceguera.
Y mi mirada vacía.
MIs bolsillos rotos
tal como van los codos.
MI boca seca.
La lengua quieta.
El sueño equivocado
con el día y con la noche.
Mi perro, antes hambriento.
Ahora muerto.
Mi plato huero.
o con pan ácimo y duro.
Mi tiempo perdido,
mis proyectos fracasados,
las oportunidades, idas,
en melancolía se tornaron,
y los recuerdos, en aciagos
La cama oscura
me ofrece descanso.

Ésta ha sido mi vida.
Mi tristeza la veis
bajo mis pies.
Me sirve de peldaño,
endurecida como está,
para parecer más alto
de lo que soy en realidad.

Adolescencia

La adolescencia es algo persistente en mi manera de ser. Es mi enfermedad crónica. Aprendo a sobrellevarla, pero los síntomas nunca remiten del todo. Y seguramente por eso tiendo a extrapolar esta particularidad a todo y a todos.

Por ejemplo, creo que escribir implica regresar a la adolescencia. Volver a los sueños, a la creatividad y a la imaginación. Es magnífico.

Pero como en la adolescencia, el escritor vive el estirón. Esto quiere decir que de pronto se acelera el crecimiento, lo cual ilusiona a todo adolescente. Sin embargo le supone tirar la ropa que antes le iba bien, depositar todos los zapatos en el cubo de la basura, poner a disposición de parroquias y entidades sin ánimo de lucro los viejos juguetes, el mítico tren eléctrico, los indios de plástico, los cuentos de animales quizás… Todos sufrimos de cierto apego y esto provoca melancolía, atenuada por el entusiasmo de convertirse en adulto. Del mismo modo, el autor, constata también que lo que creía excelente, un buen día ya no le vale. Se le han quedado esos pantalones un palmo por encima de los tobillos. Lee sus escritos, que pensaba que eran una cumbre y ve que no lo son. De hecho solo muestran sus enternecedoras ensoñaciones infantiles. Por un lado es debido a que ha dado el estirón. El escritor ha crecido, se ha hecho más adulto: gran noticia. Pero por otro… yo que ya me creía mayor…. y casi no he escrito nada todavía que de verdad valga la pena, te dices.

Y sé que dentro de unos años, el sentimiento que tengo ahora al encontrar que aquellos relatos eran mi infancia artística, al pensar que al fin ya he madurado mucho… dentro de unos años, decía, me daré cuenta de que esta sensación de crecimiento que experimento hoy… todavía era juventud.
Enrique Brossa

Taller de Relatos. Online. La semana próxima comienza un nuevo taller de novela. Pide información mandando un mensaje privado.

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Un río sin orillas

Buenos días.
¿Qué nos deparará esta jornada?
Hay una ola de positividad que nos invade La palabra «positividad» no existe para la RAE, aunque pienso que es mejor que «positivismo», que sería otra cosa ya que se define como «un sistema filosófico que admite únicamente el método experimental y rechaza toda noción a priori». Eso sí que es positivismo. Nada que ver con lo de emitir sonrisitas y ser siempre optimista. Hablamos de algo que no exactamente optimismo, que es algo que se siente de modo espontáneo. Más bien se trata de gente que se cree media docena de eslóganes que los consultores de empresa estiran como chicles.
La ola que nos invade es una «positividad» esencialmente ignorante. Dicen por ejemplo que la frase «cada día trae su propio afán» es positiva. el rio 3Buscando en google (googleando), encuentra uno que dice que significa «no te agobies por el mañana» olvidando lo que dice del día de hoy. Bueno, en todo caso sería más bien «céntrate en resolver el presente», que no es exactamente lo mismo.
Otro llega a decir que significa «nunca te rindas». A mí estas cosas me producen ese dolor que sienten los niños cuando se van a correr justo después de comer: flato. Por favor, ¿quiere medio mundo dejar de jalear al otro medio? Esa frase no dice nada parecido.
Otro presenta una traducción menos empalagosa: «cada día trae su propio mal», Mateo, 6.34. Otra traducción: «Así que, no os acongojéis por lo de mañana; que el mañana traerá su congoja: basta al día su aflicción». Esto ya no es precisamente alegre.
Me quedo con las ganas de que un verdadero experto me explique cuáles fueron las palabras, pero intuyo que serán estas últimas las más cercanas a la realidad.
Ahora bien: llámalo afán, llámalo el mal… Me da igual. Lo trae el día. Como diría alguien que conozco, cada día trae lo que trae. En eso parecen todos de acuerdo. ¿Y yo? Solo puedo reaccionar a lo que trae la vida. De muchas maneras distintas, quizás sí. Pero los humanos no somos los que organizamos la fiesta. S no nos gusta, esa sensación de supuesta libertad de la que disponemos, solo sirve para impedirnos permanecer tranquilos al margen, mirando cómo bailan los otros. Es imposible. Podemos movernos, pero siempre actuando dentro de un río, de una corriente temporal y de acontecimientos que nos domina, hasta el punto de que, hagamos lo que hagamos, tenemos una fecha de salida y otra de caducidad. Un recorrido concreto. No hay márgenes ni riveras. Estamos en la corriente y llevados de aluvión.
En fin, voy a ver qué tal floto en mi torrentera durante el día de hoy, con la esperanza de que no me zaranden los rápidos contra las rocas, ni las cataratas me ahoguen. Es imposible vadear. Nos arrastra un río sin orillas.

Cuando ruge la marabunta

Buenas noches.

Antes de irme a dormir quiero deciros que hoy me interesa mucho una palabra y me voy a acostar sin quitármela de la cabeza. Es la palabra «planetario». No me refiero al sitio donde te cobran la entrada para ver un montaje con los planetas del sistema solar. Tampoco me refiero a la acepción de planetario como sinónimo de global o mundial. Me refiero a algo que me evoca eso de lo que no somos conscientes. Que somos habitantes de un planeta. Que orbitamos alrededor de un astro que parece que va a acabar por encendernos.

images (51)Unos de mis primeros recuerdos de infancia son un suelo de cemento bajo el sol de agosto, una hormiga y una lupa. Un estío pesado como el plomo. Con la lupa aumentaba los rayos solares y los proyectaba sobre la espalda de la hormiga que andaba despistada sobre un cemento casi blanco. Me costó paciencia, pero al final la hormiga prendió como una cerilla, haciendo el mismo ruidito característico, pobre bestezuela, y un hilo de humo que olía de un modo especial, a pollo socarrado, entró por mi nariz. Aspiré la hormiga sin querer. A los pocos minutos me metí en la casa y la encontré muy fría, como una nevera. Empecé a tiritar.

Mi madre enseguida notó algo raro y me toco la frente. Mientras pensaba en convertir la hormiga en humo con el peculiar sistema de la lupa, yo había sido víctima de una insolación. Tenía cuarenta grados de fiebre. Tiene moraleja la cosa. Yo creía que si me encontraba mal  era por respirar el humo de la hormiga quemada, pero en realidad el quemado era yo.

¡Ah, bueno, lo de la palabra planetario! El cemento era de una rugosidad planetaria. El calor era planetario. La soledad de la hormiga en el cemento, era una soledad planetaria. Los haces de luz concentrados por el cristal de la lente, eran planetarios. En un día de calor, como aquella vez de mi infancia, todo es muy planetario. Hay un ambiente planetario… en todo el planeta. Y si te parece que estoy diciendo simplezas, suscribiré totalmente tu punto de vista.

Quiero poner la palma de mi mano derecha sobre mi pecho, junto al corazón, y así, como un presidente norteamericano, o mejor, un presidente planetario, rendir un homenaje a aquella hormiga de cuyos antecedentes ni sabía ni supe jamás, pero que involuntariamente entregó su vida para que yo pudiera aumentar mis conocimientos demostrando científicamente lo que había oído decir a niños mayores que yo. Que con una lupa se podía hacer fuego. ¡Cuánto aspiré de la sustancia de aquella hormiga! Esnifar esas microparticulas de ácido fórmico que flotaron por un segundo en el aire quizá me convirtieron en el hormiga solitario que soy. ¿Era una hormiga explorador? Algo de eso tengo yo. ¿Era una hormiga perdida en el hormigón? ¿Era una adelantada, la vanguardia de la marabunta que se acercaba rugiendo como en la película de Charlton Heston y la tentadora Eleanor Parker? ¿Un himenóptero inadaptado y despistado? ¿Se trataba de un formícido existencialista? ¡Cuánto me ha marcado esa luz, aquel calor, ese espacio vacío… esta soledad! El niño que jugaba con las hormigas. Algo en mí me lleva a regresar siempre al recuerdo de ese día, sofocante, angustioso, magnífico… ¡Y planetario!

Cuando-ruge-la-marabunta (18)CuandoRugeLaMarabunta

Las olas 1

 

Me llamo Luis Ramírez. La historia que voy a contar a continuación comenzó cuando tenía 28 años. Ocupaba un puesto importante en una multinacional española muy implantada en el Caribe. Mi mujer estaba siempre guapísima pero, por aquellos días mucho más. Embarazada de seis meses. La premamá más hermosa e ilusionada que haya habido nunca. Éramos muy felices. Las cosas nos iban bien.  Yo era joven. Mi trabajo consistía en recorrer algunos países supervisando la gestión de las sucursales de mi empresa en distintos mercados. Aquel día tomé un taxi con el que fui cruzando el amanecer de Madrid, desde mi casa hasta el aeropuerto. Allí, dos cafés solos más tarde, tomé un vuelo en dirección a Salvador de Bahía. Así solían empezar mis bien pagados periplos.

Ese era yo. Traje gris, corbata clásica, repeinado, maletín negro de Montblanc, mocasines negros perfectos, como si no se hubieran usado, poca experiencia, algo de soberbia…

No quiero que nunca los compañeros de trabajo de aquella empresa me relacionen con esta historia, así que, para no dar más pistas, solo diré que estuve realizando una labor muy satisfactoria en Salvador, donde conocí a mucha gente que me trataron de maravilla y me enseñaron el país, sin por eso dejar de trabajar con ahínco. Nueve días después, tras haber recorrido siete ciudades brasileñas, volví a Salvador para tomar otro avión y abandonar Bahía en dirección a cierto país centroamericano, con casitas bajas pintadas de colores. Y allí cometí la mayor bajeza en la que podía haber incurrido nunca.

Cené donde tenía reservada mi estancia, en el hotel más importante de aquella ciudad, que en algunos aspectos era lujoso y en otros, destartalado. Hasta ese día había mandado a mi mujer más de 20 postales, en solo nueve días. No me bastaba con mandarle un mensaje con mi teléfono o un email. Quería que viera que en todo momento pensaba en ella y me molestaba en ir buscando las postales, escribirlas y echarlas al correo. Por mucha que fuera la distancia, mi mujer y yo estábamos siempre juntos. Estaba cansado pero oí música en el lounge bar y me acerqué a mirar. Era muy grande aunque de ambiente íntimo, pero estaba medio vacío y triste, como todo el hotel. Un pianista tocaba con ese estilo característico a la vez melancólico e impersonal, adecuado en establecimientos de cinco estrellas. Me senté junto a la barra y a los pocos minutos se me acercó una mulata bien vestida, con el pelo teñido de rubio y con aire de mucho mundo. Me dijo que ella iba y venía con frecuencia a aquella ciudad pero desde Brasil. Su trabajo al parecer era en cierto modo parecido al mío, aunque yo sin saber por qué, la miraba con escepticismo. Hablaba como la típica ejecutiva, experta en vuelos y en clubs vip, que pide en la recepción del hotel la habitación que más le gusta y que le preparen el gimnasio y el SPA. Yo en principio estaba tan cansado… Sin embargo, aquella noche, la mulata me dejó unos minutos en la barra del bar y luego volvió con dos caipirinhas y dos cigarrillos. Y yo sucumbí al primer embate.

Ya en mi habitación, después del innecesario desahogo, me encontraba  muy nervioso e incómodo. Me sentía mal por haber cruzado esa raya estando mi mujer embarazada. Yo quería de verdad a mi mujer, pero en cinta aún la amaba más y si digo que la idolatraba hasta el extremo, pareceré probablemente cursi, pera será que lo soy o que lo era. Jamás debí haber traicionado a Natalia y al hijo que crecía en su vientre. No valía la pena estropear los sentimientos que compartíamos con aquella mujer que ni la conocía ni me importaba. Estaba rabioso. A punto estuve de echarle de mi cama. Por otro lado la mulata cada vez me provocaba mayor desconfianza, dado que estaba con una desconocida en un país con los mayores índices de criminalidad, y  yo era un español con apariencia de tener dinero aunque solo fuera por llevar traje y ataché.

-¿Puedo pasar toda la noche contigo, mi amor? -me preguntó.

-¿Cómo te llamas?

-María Aparecida.

Suspiré.

Si María Aparecida me hubiera pedido dinero me habría quedado más tranquilo. Actuaba como si yo le hubiera gustado, pero se daba cuenta de que yo desconfiaba de ella y sin embargo eso no parecía importarle ni ofenderle. Eso me preocupaba cada vez más. Ella quería algo concreto. Sonaban en el pasillo voces de borrachos que hablaban español pero no era posible entenderles la mitad de las palabras. Era como si estuviera en una mala pensión. Me sentía tan inseguro en aquel hotel de pasillos mal iluminados que pensé que era mejor seguir fingiendo  que estaba encantado con su compañía.

Aquella noche casi no dormí. Tan solo algunas cabezadas, pero pude seguir alerta. Sin embargo me mantuve junto  a su cuerpo suave, caliente y desnudo, abrazándola mucho, no por ser cariñoso, sino para tener que despertarme ante cualquier movimiento suyo.

A la mañana siguiente, me preguntó si quería ir con ella a ver una isla muy bonita a la que siempre iban los turistas. Podríamos quedarnos a almorzar. Precisamente salía un barco desde nuestro mismo hotel, ya que estaba junto a una playa y un pequeño embarcadero. Reflexioné un momento y pensé que mientras estuviera con gente del hotel no tenía porqué pasarme nada. En realidad… en ningún caso tenía por qué ocurrirme algo especial. Me estaba comportando como un paranoico.

Desayunamos en la cama. Ella insistía con sus muchas carantoñas que me hacían sentir culpable. Fuimos al baño. Me metí en la ducha y ella salíó hacia el dormitorio. Oí que hablaba con alguien unos segundos, pero no lo entendí debido al ruido del agua. Entonces entró de nuevo al baño envuelta con una pequeña toalla y sonriente me dijo que había llamado al servicio de habitaciones y ya estaba encargado el viaje a la isla salvaje. Se desanudó la toalla y me mostró su cuerpo como quien te destapa un regalo y se metió en la ducha conmigo.

Al salir de la habitación me tomaba la mano o la cintura como una novia pero a mí me daba mucha pena no encontrar el momento de comprar otra postal y mandársela a mi mujer.

-¿Te pasa algo, mi amor? Pareces triste.

Al llegar al embarcadero vi un yate muy viejo con dos tripulantes.

-¿No hay más pasajeros que nosotros? -pregunté.

-Aun va a tardar en salir unos minutos. Supongo que vendrán más turistas -respondió María Aparecida.

El día era de un sol estupendo. Accedí a subir a allí esperando a que vinieran más viajeros pero de ninguna manera saldría si no hubiera otras personas. No me quedaría a solas con aquella Aparecida y ese par de tripulantes malcarados. Entré en el barco con verdadera aprensión. Ella al hablar jugaba con los botones de mi camisa, y metía sus uñas con las que acariciaba mi pecho. Me dijo que la costa estaba llena de decenas de islotes, algunos minúsculos, otros más grandes, donde generalmente no vivía nadie porque eran reservas naturales. El paisaje era precioso, pero yo soy muy desconfiado. Pusieron música del país, que salía fuerte por los altavoces. Me sirvieron una bebida y María Aparecida empezó a bailar de un modo muy sensual. De pronto me di cuenta de que el barco se movía. Estuve por saltar al agua pero no lo hice. Mi corazón empezó fuerte a latir. Desde que me había acostado con aquella mulata tenía una continua sensación de peligro. María Aparecida me miraba y sonreía con picardía. Yo seguramente disimulaba mal, correspondiendo con sonrisas heladas. Entonces María Aparecida se quitó la parte de arriba de su bikini. Yo miré a los tripulantes y me dí cuenta de que a uno de ellos se le ponía mala cara. Estaba subido al techo del yate y estaba paralizado mirando la escena. La brasileña se me acercó, empezó a besarme y de pronto oí un golpe seco en el suelo del barco. Era el patrón que había saltado hacia nosotros diciendo.

-Eres demasiado zorra.

-¿Cómo te atreves? -respondió María Aparecida.

Entonces él la cogió de un brazo, la separó de mí a tirones y le dio varias bofetadas. Fui a defenderla, convencido de que el momento de peligro intuido empezaba ya, pero el otro marino me golpeó la cabeza con un hierro y caí al suelo.

Uno me levantó la cabeza para que les pudiera mirar y el otro me dijo.

-¿Cómo te sientes, Don Juan? Esta puta es mía y si está contigo es porque yo se lo ordeno.

María Aparecida se me quedó mirando riendo mientras se tocaba donde había recibido las bofetadas y dijo.

-Lo siento españolito. Es un animal. Este bruto se ha puesto celoso. Pero no te preocupes. Ya llegamos a la isla.

-¡Eso es, españolito! ¡No te preocupes! -dijo el patrón.

A partir de ahí recibí un número de patadas difícil de calcular y más de soportar. Quizá por eso creo recordar que dejé de sentirlas. No sé cómo me bajaron del barco a la isla, quizás desmayado, pero sí que recuerdo que me dejaron tirado en la arena y me vaciaron los bolsillos antes de irse.

Después dormí. Cuando me desperté dolorido y hambriento miré a mi alrededor. No había nadie. Ni María Aparecida, ni el barco, ni nada. La isla aparentemente era bastante plana. Solo se veía playa. La arena denotaba que nadie la pisaba. El sol era insoportable. Y donde acababa la arena, empezaba una frondosa selva. Me acerqué a ella hasta encontrar sombra. Allí encontré una planta de hojas gruesas que exprimí para beber y luego acabé comiéndolas. Y mientras pensaba: todo había estado preparado desde el principio. Pero yo no traía objetos de valor conmigo, salvo mis tarjetas de crédito, pero no me habían pedido las claves. Solo podía ser un secuestro. Pero por otro lado no me habían abandonado con comida. Entonces llegué a una importante conclusión: Mi muerte forma parte del plan.

Me dolía la cabeza. Y solo pensaba en Natalia. Pobre Natalia. Y mi hijo. ¿Me dejarán morir aquí?

Tuve mucho tiempo para pensar en ella, una vez que asumí que podría sobrevivir en la isla al menos unas semanas más. Había encontrado agua en las plantas, algunas hojas que aunque eran muy amargas no me sentaban mal, veía animales a los que tratar de cazar…Y sobre todo, fruta. La fruta era lo mejor y lo peor. Había una especie de aguacates con forma de melón que supuse eran especie endémica de la isla. Había muchos y pensé que podría sobrevivir bastante tiempo con agua y esas frutas. Era también lo que atraía a los pequeños roedores con los que yo aspiraba a recuperar proteinas. Pero lo malo era que también los visitaban los grupos de monos que tanto miedo me daban. Unas veces cuatro, otras cinco o siete de aquellas bestias. Eran parecidos a mandriles, perrunos, pero con la cara más grande y roja y parecían muy feroces. Cuando los veía llegar me iba corriendo al mar. Una de esas veces me persiguieron dentro del agua hasta donde las olas les cubrían. Eran cazadores en grupo. Mi mayor amenaza. Pensé que si arrancaba toda la fruta dejarían de venir hacia ese punto de la costa donde había implantado la mísera vivienda de ramajes en la que vivaqueaba por las noches. Pero quizá, si les quitase la fruta tendrían que comerme a mí. Sus colmillos eran largos, propios de un carnívoro, y su agresividad también. No podía relajarme. Antes de dormir me embadurnaba de arena mojada pensando que así sería más difícil para ellos olfatearme. Eso era algo absurdo, porque mi dieta intensiva en aquellas frutas originaba en mis tripas incómodas sorpresas. Trataba de llegar corriendo al mar para defecar allí, pero muchas veces no había tiempo. Hasta el punto de que, dado que no había humanos en aquel solitario paraje, opté por ir siempre desnudo pero limpio. Y así fue como noté pronto que la falta de hábito dificulta mucho sentirse monje y que pronto me convertiría en un ser salvaje más, como aquellos monos tan amenazantes, para poder sobrevivir allí.

No tenía nada cortante, no podía hacer fuego, nada para defenderme. Mi único refugio era el mar y no podía estar todo el tiempo allí. No encontraba nada con lo que hacer una soga. ¡Nada!

Decidí dar la vuelta a la isla. No tardaría ni tres horas, supuse, ya que naturalmente me habían quitado el reloj. Toda ella era exactamente igual. Cuando terminé de dar la vuelta completa, tenía un hambre tremendo. Vi que quedaban muy pocas frutas en la zona a la que solía acudir y decidí que tenía que buscar más árboles como aquel. Para eso debería alejarme del mar y eso me pondría en las garras de los monos. Empecé a imaginar trampas con hoyos enormes de los que no pudieran salir los monos, pero eso no era realista. Buscar grandes rocas que cayeran sobre sus cabezas, lanzas en las quedasen ensartados… Pero nada de aquello parecía factible. A lo lejos se veía otra isla. ¿Sería más fácil sobrevivir allí? No podía saber cómo de lejos estaba, si yo sería capaz de recorrer esa distancia y si encontraría tiburones por el camino.

De pronto, como a unos mil metros divisé una especie de peñón junto a la playa que no recordaba haber visto. Entonces recordé que en casi cualquier costa caribeña había ofertas de avistamiento de cetáceos. Sin dudarlo, fui hacia allí, soñando que fuera una ballena muerta o varada y que eso representase comida para mí, al menos hasta que llegasen otros animales.

Peldaño, salmos ateos

Buenas noches
Éste ha sido mi día.
Éstos mis errores.
Ésa mi confusión.
Aquí cargo con mi pereza.
Mi tristeza es la que veis bajo mis pies.
Me sirve de peldaño,
endurecida como está,
para parecer más alto
de lo que en realidad soy.
Ved cómo son mis manos intactas.
y estos mis pies descalzos.
Mi cara afilada,
MI espalda torcida,
por que lo quiso Dios
quedó encorvada
Mirad, arrugada, mi camisa.
Adelgazadas mis piernas.
Estos brazos tan flacos
que cuelgan de mis hombros,
Acaban en mis palmas blanqueadas
de las paredes que tiento.
Ésta la ceguera.
Y mi mirada vacía.
MIs bolsillos rotos
tal como andan mis codos.
MI boca seca.
La lengua quieta.
El sueño equivocado
con el día y con la noche.
Mi perro, antes hambriento.
Ahora muerto.
Mi plato huero.
o con pan ácimo y duro
mi tiempo perdido
mis proyectos fracasados
las oportunidades
en melancolía se tornaron,
y los recuerdos, en aciagos
La cama oscura
me ofrece descanso.

Ésta ha sido mi vida.
Mi tristeza la que veis bajo mis pies.
Me sirve de peldaño,
endurecida como está,
para parecer más alto
de lo que en realidad soy.

Trasnochar

Puedes trasnochar velando a un familiar enfermo, o a otro que ha fallecido. Puedes trasnochar acompañando a tu esposa que acaba de parir…

Trasnochar es algo que ocurre cuando la vida cobra un sentido diferente.

Trasnochas cuando has conocido una chica, cuando te has juntado con tus amigos, cuando las preocupaciones no te permiten dormir, o tu hijo de meses tiene hambre… Todo tiene que ver con momentos especiales de la vida.

Trasnochar te da más vida. O quizás es que trasnochamos cuando la vida te da más, cuando se hace tan grande que no cabe en el tiempo que tenemos. Un vida entera sin trasnochar tiene que ser una vida sin pasión.

Aire caliente

Aire caliente

Las-carreteras-mas-rectas-del-mundoSolo queda el horizonte.
Persisten el sol y la tarde.
Ecos lejanos de actividad. Hierbas secas en las cunetas. Parecen estar muertas, pero revivirán cuando yo no exista. Cuando mis hijos no vivan ya. Siempre habrá.

Aire caliente.
El mundo se ha aclarado mucho, es verdad. Todo ha resultado ser más simple. Más chato. Pero queda el misterio de las grandes explanadas vacías que están dentro de mí.
A lo lejos, oigo un tren. Lleva ilusiones, expectativas, afanes de otros. Antes llevaba los nuestros.
Un grillo se ha callado. Un motor, a lo lejos. Un vaso con un hielo casi derretido.
Notas en la pared que nadie ha leído. Unas fotos. ¡Qué mayores se han hecho! Los juguetes que regalamos. El perro que murió. Hermanos que no valía la pena tener. Besos desvanecidos y olvidados. Amigos de otras partes. Memoria borrada. Perdidas la indignación y el asombro. Extraviados el dolor y la tristeza. ilusiones dilapidadas.
Aun quedamos algunos. Como yo, que persisto como el sol y la tarde. Y la voluntad, que me mantiene seco bajo el peso del aire caliente, listo para arder y renacer cada año, igual que la hierba en las cunetas, siempre señalando al horizonte.monumentvalley1

 

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ROMANCES DE LA VIEJA DEL PUEBLO. Canción del Pañuelo

ROMANCES DE LA VIEJA DEL PUEBLO

Canción del Pañuelo

Érase un hombre
que guardaba un secreto.
Lo tomó con su mano.
Lo envolvió en un pañuelo
con sus letras bordado.

Cavó un agujero
junto a una raíz,
bajo un árbol seco,
en la ribera de un riego.

Cada mañana
tomaba su azada.
Y se iba dispuesto
a matar a quien viera
su pañuelo bordadozarate 1

Vivía angustiado,
mirando distante.
y era desdichado.

Pero llegó un día,
conoció a una mujer.
Le dio la alegría
y se instaló con él.

A la maña siguiente
tomó su azadón.
-¿Dónde vas tan pronto?
Quedémonos un rato.
-Tengo enseguida
que vigilar algo.

Salió el hombre
a ver su secreto.
Y de pronto parado
díjose circunspecto.

-Vivía angustiado,
mirando distante.
Era desdichado.
Guardando un secreto.
Y ahora de pronto.
Olvidé en un instante
qué envolvía el pañuelo
con iniciales bordado.

Hombre y mujer
a la acequia acudieron.
Junto a una raíz
cavaron un agujero
bajo un árbol seco
en la rivera de un riego.

-No tengas miedo
de encontrar nada malo.
Sea lo que sea
me tendrás a tu lado.

Hallado el pañuelo
los novios chillaron.
Horrorizados salieron
presos del miedo.

La mujer corría,
el hombre la alcanzaba
cayeron al suelo
lejos de la azada.

La cara en la tierra
sus lágrimas mojaba
Sin ver luz siquiera
entre las manos, la cara.
Levantándose él
Una enorme piedra
tomó con sus brazos
mientras ella lloraba.

Dejó caer la piedra
sobre su cabeza
rompiendo su cráneo.
Silencio, tristeza.
Sintiendo algo extraño.

Cavó un agujero
junto a una raíz,
bajo un seco árbol,
en la ribera de un riego.

Cada mañana
tomaba su azada.
Y se iba dispuesto
a matar a quien viera
su pañuelo bordado

Vivió angustiado,
mirando distante.
y huyó de aquel pueblo
tres días más tarde.

El palito

El palito

PJerry_Lewis_10ues es que estábamos en el cine y vi que uno de mis hijos se había terminado el chupa chups y seguía mordisqueando el palito. Se lo cogí, lo fui a doblar con dos dedos pero tenía más flexibilidad de la prevista porque salió disparado a la cara de una chica que había delante. Esta vio con asco el proyectil mordisqueado y lleno de salibilla de mi hijo, que le había golpeado en la cara como un latiguillo. Ya le dije yo: perdone, pero si son babas de un angelito… Y mi familia partiéndose de risa. Estas situaciones de Jerry Lewis me suceden algunas veces.

 
Calor

Calor

Dame pues tu agua si quieres para este día de calor. Dame frescor. Contágiame tu alegría. Pero yo poco te puedo aportar. Depositaré pensamientos sobre tus senos, aunque también amor. Te daré mi abrazo, mi sopor, mi tregua. Mis dudas yacerán junto a ti. Dormirás junto a mis cicatrices. ¿Eso quieres? ¿Verme inconsciente con los párpados arrugados? Si no deseas respirar el aliento de un convaleciente, lo podré comprender. Es tan escaso lo que puedo lograr para ti Yo beberé tu agua. ¿Tú qué obtendrás de mí?

(Escrito en el día de los 42 grados a la sombra)

El león está triste

El león está triste

Cuando tenía siete años o así,  me tocó leer en clase uno de los cuentos del libro de lecturas de mi colegio. Se llamaba algo como «El Rey de la Selva» y trataba de un león en sus horas bajas. El pobre estaba viejo, se le habían caido los dientes, y muchos e los animales que antes le temían y respetaban le molestaban ahora que no podía ni correr. No sé por qué insertaron una historia tan triste en un libro de lecturas para niños. El caso es que me tocó leerlo a mí.

Yo leía muy bien, no debería decirlo pero no leía como los otros niños de la clase que silabeaban como bebés tontos. ¿Algunos todavía lo harán? Yo había aprendido a leer bien. Y creo que por eso ahora me gusta escribir. Sigo usando lo que me enseñaron. A entender las palabras, y entonar los puntos, las comas, las interrogaciones y las exclamaciones o admiraciones. A usarlos como las notas musicales, porque para mi escribir es una cuestión de oído y de musicalidad. Los signos suenan, es evidente que están para representar sonidos. Pero las ideas también guardan una secreta correspondencia con ese lenguaje natural a todos los seres vivos, singularmente a los mamíferos, que alcanza los signos, los colores, los ruidos, los pensamientos, los sentimientos… todo es una misma cosa, y esa es la razón de ser de que todos entendamos y sintamos la música sin que nos la expliquen y  que sepamos cuando un animal de otra especie llora, o amenaza.

Pero me estoy desviando. Lo que quería contar es que me tocó esa historia tan aciaga. Subí a la tarima del aula y comencé a leer. Lo hice lo mejor que pude.

Normalmente, cuando un niño acababa de leer la señorita pedía para él el aplauso de sus compañeros pero cuando yo acabé nadie aplaudió.

Levanté los ojos para ver si recibía mi merecida ración de gloria, pero todos estaban muy serios. Miré a la seño, y ella me dijo con cara de circunstancias, muy bien, siéntate. Bajé de la tarima decepcionado y al llegar a mi asiento vi que mi compañero  de pupitre y amigo (muy bajito él), Pedrito, tenía los ojos enrojecidos.

Nunca he conseguido recuperar esa relato tan desdichado,y tan inapropiado para esas páginas párvulas. Si alguien lo encontrase un día, me daría una gran sorpresa si me lo hiciera llegar.

Cada vez me doy más cuenta de que la importancia de lo que leemos en enorme. A veces creo que esa lectura me influyó en algunos aspectos durante todo el resto de mi vida. Quizás ese día aprendí compasión, lo que sería bueno, pero también algo de pesimismo. Para poder cambiar nuestro destino necesitaríamos recuperar nuestras lecturas, pero como no podemos pasar nuestra vida releyendo lo  ya leído (hay tanto por leer), nos hace falta reescribir cada día nuestros pensamientos y emociones. Porque la lectura más importante es la que hacemos de nuestra propia vida. Tengo que reescribir esa historia del león. Decirle a la gente que estuvo realmente feo que el chimpancé le tirase un coco a la cabeza cuando él se estaba muriendo y que el hurón le mordisquease los codos. Qué mal hizo el elefante de remojarle con su trompa. Todos trataron cobardemente  de humillarle. Tengo que dar altavoz a ese león indefenso, o quizás debo escribir una historia con un final mejor para los reyes agonizantes, con los que deberíamos identificarnos todos.

Escribir ordena las ideas y las emociones. Convierte nuestro bagaje inmaterial en algo tangible, organizado, concreto y te ayuda a dar a cada cosa su justa dimensión al compartirlo con otros. Escribir nos ayuda a superar historias leídas y vividas. Nos emancipamos de argumentos ya abordados cuando ponemos un punto final. Eso nos hace crecer.

Te invito a que vengas conmigo a un viaje muy especial, leyendo y escribiendo conmigo. Iremos juntos cada uno a un sitio distinto. Parece paradójico, pero  no lo es. Como si fuera una aventura de Julio Verne, yo le llamo «Viaje al centro de ti mismo»

¿Te apuntas?

Con los ojos abiertos

Con los ojos abiertos

No estoy en la corriente general buenista. Creo que eso de querer ver siempre la botella medio llena es más un deseo y un ejercicio de voluntarismo que una visión realista de las cosas. La botella, esté como esté, se nos acaba poco a poco, esa es la verdad. 

En mi opinión las cosas no suelen ser tan bonitas como la gente las quiere ver para no deprimirse. Siempre me acuerdo de un tipo que conozco que solía decir: «la vida es dura y al final te mueres». Esta frase me parecía muy divertida…. aunque no deja de ser cierta. Vamos, que vivo y convivo con mi negatividad, presumo de mi visión realista de las cosas, y creo que eso no me impide estar contento y disfrutar de las cosas.

Por lo general, yo también amo la existencia. Aprecio mucho el privilegio de latir durante un tiempo. Aunque no siempre la encuentre tan guapa como  mí me gustaría, puedo besar a la vida con los ojos abiertos. 

Se aproxima

Algo viene. Es como un zumbido. Procede de la calle. Parece estar en alto. Se aproxima muy lentamente. Sé que viene por mí.

Lo mejor que puedo hacer es ignorarlo mientras pueda. Haré como quien está ocupado.

Necesidades y necedades

Necesidades y necedades

Hay una corriente de opinión mayoritariamente extendida según la cual muchas de nuestras necesidades son artificiales, y generadas por la sociedad.

Esto es evidentemente cierto, o al menos yo lo comparto. La necedad está en que, habiendo llegado a esa conclusión, alguien, algún iluminado radical, crea tener el derecho y la capacidad superior para poder decidir cuáles habrán de ser las necesidades buenas que se puedan permitir a los demás y cuáles serán las necesidades que habrá que erradicar por decreto. Sueñan con quitar la moda, los todoterreno, los objetos de lujo y ostentación, lo meramente estético, las televisiones y radios privadas, las joyerías, los vuelos a Estados Unidos… Ellos decidirán, cuando lleguen al poder, lo que será necesario y «necesitable». Las necesidades que ellos no comprendan quedarán eliminadas y el que tenga esos deseos, será quizás declarado enemigo del pueblo.

Esa filosofía demuestra que la primera necesidad que no comparten conmigo es la de libertad, cosa que me preocupa. La libertad de hacer lo que a uno le dé la gana, siendo adulto y sin dañar a nadie, equivocado o no.

Prefiero equivocarme yo a que me obligue a acertar el partido.

 

¿SERÁ EL CIELO TAN AZUL COMO INTERNET?

¿SERÁ EL CIELO TAN AZUL COMO INTERNET?

Desde el principio de los tiempos, la vida se ha visto  como un ensayo corto antes de pasar a un estado superior y eterno. Este cielo, varía en diferentes culturas, pero siempre presenta una situación en la que se nos libera de las limitaciones que crea la realidad terrenal. Dicho lo cual, pasaré  a aseverar tras esta pequeña introducción lo que viene a continuación:

Internet es como el cielo.

Una vez leída mi afirmación puede haber algunos gestos de sorpresa, exclamaciones más o menos malsonantes o irónicas, como «caramba», o «toma castaña», etc. Pero lo cierto es que Internet es lo que más se parece al cielo, dado que aquí lasinternet-contra-los-pasos-que-llevan-la-puerta-abierta-en-el-cielo-39436924 almas se relacionan entre ellas, sin intervención de los cuerpos. Aquí las personas no tienen edad, ni color de piel, ni nacionalidad (mientras que no confundan las zetas y las eses), ni indicios claros de riqueza. Lo que sigue existiendo, pese a esta evaporación de los cuerpos, es el sexo en las mentes. Osea: que bien.

Mi alma es bastante clara, no sé si me la habéis visto ya, aunque con algunas manchas pardas, seguramente de tomar café. Y… es pequeñita. Y tiene dos alas. Sale desde mi ordenador y conoce almitas. Las de chica, son de color rosa, y muy simpáticas. Lo mejor de estos espíritus que voy conociendo es que, como no tenemos cuerpo, nunca podemos ser almas gemelas. Pensaba que tanto revolotear me acabaría molestando, pero de momento, es gracioso.

Definitivamente, el cielo será como internet pero de cuarta generación y con fibra recontrasuperóptica. Todos nos comprenderemos espiritualmente sin saber de nuestras piernas o del pelo que tenemos, o que no tenemos o si hemos cepillado los zapatos con betún antes de salir de casa. Mucho más fácil y mejor que la vida, en la que las circunstancias nos etiquetan y nos separan casi sin remedio, pese a que, refugiados en este firmamento digital, nos caigamos todos tan bien.

Inteligencia

Inteligencia

Yo no soy tecnólogo, pero he de decir que la inteligencia es un concepto que se escurre entre los dedos como el aire y no hay modo de agarrarlo. Te puedo contar que hace ya unos cuanto años, después de que se crease la primera computadora, el mundo científico estaba excitado. La prensa dijo: las máquinas pueden tener inteligencia. Pronto algunos detuvieron la euforia: las computadoras pueden resolver con exactitud problemas más complicados de los que puede resolver un humano sin ayuda, en tiempo record. Sin embargo, eso no es inteligencia. Décadas más tarde, un ordenador ganaba jugando al ajedrez a un campeón mundial. Pero de nuevo dijeron: eso está muy bien, pero no es inteligencia. Este año unos españoles han creado unos robots con sentimientos. Se ponen tristes, sus expectativas mejoran cuando están felices y empeoran cuando se deprimen. El proyecto es muy interesante porque servirá para estudiar los mecanismos de la las emociones humanas, al poder separarlos en una máquina, cosa que no puede hacerse con las personas. Además estas máquinas son capaces de resolver todo tipo de problemas. Preguntando a uno de los impulsores de este brillante proyecto si por fin se estaba llegando a la inteligencia artificial, citó la frase de otro erudito: la inteligencia no se demuestra al resolver los problemas, sino al encontrarlos.

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El resto de su vida

Él era de ese tipo de personas a las que les gustaba la frase esa tan gastada: «hoy es el primer día del resto de mi vida». Vivía instalado en esa filosofía y eso era lo peor para él. El síntoma más evidente de su proyecto vital enfermo. Siempre a punto de empezar una nueva manera de ver las cosas, con otro enfoque, otra lucidez, otra visión. Inaugurando un nuevo talante. Siempre abriendo un nuevo camino.

Sin embargo, cuando llegaba la noche, sabía que nada había cambiado.Los caminos habían desaparecido, tanto el último como todos los anteriores.  No había ninguno para la siguiente mañana, y él no había avanzado nada. Estaba en el mismo lugar, pero con menos vida por delante.

Bruto

Bruto

Hay mucha gente que cree que lo que no es simple y radical son «todo mariconadas». ¿De centro? ¡Déjame de mariconadas! ¿Autonomía? Independencia, tío, y déjate de pamplinas.

Esa tendencia a la síntesis, a expensas del mínimo análisis, es lo que creo que caracteriza a todos los brutos y brutas de hoy día. Ese gusto por el trazo grueso facilita que alguien te dirija o manipule, porque un diagnóstico aceptable se mezcla con propuestas demenciales y ya obtienes la fórmula mágica para manejar una minoría ideologizada, y sectaria. Con el diagnóstico se consigue adhesión fácilmente. Por ejemplo: hay demasiados desahucios, Debería haber menos. ¿Quién podría estar en contra de eso? ¡Nadie! Pues alguien empieza a gritar contra los desahucios junto a algún bruto. Y cuando ya está el bruto cabraeado por el diagnóstico, veraz y doloroso, se le da un proyecto pensado con la frente, pero con la parte de fuera de la frente. No con la de dentro, no con la corteza prefrontal del cerebro, sino con los cuernos, siempre deseosos de embestir. Para acabar con los desahucios vamos a acabar con los ricos, con los que alquilan, con los políticos, con los funcionarios, con la policía, con los curas, los obispos, con las emisoras de radio de la derechona, con las televisiones privadas, con los anuncios, con los colegios concertados, con el golf, con los grandes almacenes, con las multinacionales, con las cárceles, con los cereales para el desayuno, esto porque a mí me da la gana, con los coches, los tejanos de marca, los diseñadores, acabaremos con el master chef, prohibiremos los limpiabotas, pero legalizaremos la prostitución, acabaremos con el alcohol, pero legalizaremos el porro, todas las playas serán nudistas, implantaremos la formación del espíritu bisexual… No quedará títere con cabeza. Y desde luego no habrá más desahucios porque el país quedará como un enorme parking completamente vacío, excepto por los idiotas que queden sentados en el suelo. Pero antes, la masa de gente con motivos reales de frustración, convertida en chusma gracias a estos mensajes, reponde: ¡Sí! ¡Me apunto a esto!

El bruto de hoy no habla estilo cazurro como Fernando Esteso. No es consciente de su condición, ni entiende que otros tengan derecho a no ser como son ellos. Te increpa, te insulta, trata de intimidarte. Y no es consciente. Le parece normal. Tiene una visión peculiar de sus derechos y ninguna sobre los tuyos. Le han enseñado que la historia solo tiene un sentido y es un camino que pasa por encima de ti. O eres trasparente y no se te ve, o directamente es que eres un enemigo de la Historia, y del pueblo, ¡cabrón! El bruto es radical.  Y el radical es bruto.

Ahora hay mucha más información que antes pero poca y mediocre educación. La educación nos enseña a valorar la información que recibimos. Aporta moderación y sensatez. Nos enseña precaución. A no ser brutos de ideas. A ser libres. Y a pensar un poco, que no es ninguna mariconada.

05

Verde y azul

Jardin-2-356-500x375La yerba brilla esta tarde en distintos tonos de verde sobre la esplanada. Los arboles perfectamente diseminados. El cielo también está de cristal  liso, brillante, impoluto. Las casas son modernas, bien diseñadas. Las manos sostienen elegantemente las copas. La música de fondo del vino español al aire libre es música de Bethoven y Berlioz. El sol está en su punto. Un escenario perfecto para que tú estuvieras allí.

Si supieras cuánto necesito encontrarte…

Distraerse

La distracción es un estado de aburrimiento latente. Distraerse es peor que aburrirse. Te mantiene inactivo y conforme con una situación de desaprovechameinto y apatía soterrada.

Crónicas desde el firmamento, otra vez.

Hace mucho ya que no os cuento nada nuevo sobre mi experiencia de muerto. Os pido perdón por teneros tan descuidados. Cuando se tiene por delante una eternidad, el tiempo pasa volando. Bueno, no. La verdad es que estaba exagerando. Pero ya me entendéis. Basta que te sobre tiempo para que vayas dejando lo que tienes que hacer para otro día, y luego otro y así hasta el final de los tiempos.

Yo estoy bastante resignado a estar por aquí en el cielo, o lo que sea esto. A ver: un cachondeo continuo, no es que sea. Pero tampoco tienes grandes motivos de preocupación. Ahora mismo, en el mundo terrenal, los españoles estáis todos agobiados con la declaración de la renta. Oye, pues aquí estamos todos exentos. Esto, por ejemplo, mola. Así que estar en el cielo tiene también cosas que no están mal.cartas-espanolas
Hay un alma amiga mía, una que he conocido aquí, que está todo el día pendiente de casi todos vosotros. Le quería mucha gente en la Tierra, y claro: le rezan, le piden que cuide de ellos… De todo. Sin embargo de mí no se acuerda nadie. Eso de que no me recuerden parece malo, pero tiene la ventaja de que me aporta más tiempo libre. Os preguntaréis que para qué quiero más tiempo, ¿no? Bueno, todo es relativo. El otro día le dije que si quería, yo podría ayudarle y cuidar de alguien. Me dice el tío:
-¿Qué pasa? ¿Es que tú no tienes a nadie tuyo que te rece?
Yo le dije:
-Es que si hacemos deprisa tus tareas, podríamos jugar luego una partida al mus con otras almas.
¡Menudo muermo! ¡La cara que me puso! Me dice:
-Yo no sé qué haces tú por aquí…
-Pues pasar el rato. Qué otra cosa podría hacer…
De verdad que esto del cielo está mejor de lo que parece al principio. Pero no me integro.

BUENAS NOCHES, DUELE EL SUEÑO (de «El abrigo de banquero»)

BUENAS NOCHES, DUELE EL SUEÑO (de «El abrigo de banquero»)

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El sueño me hiere esta noche. Algunos recovecos en los sesos se resienten por el cansancio y porque me faltan de horas de dormir. He estado apunto de escribirte que la vigilia me dolía y que tu ausencia también. Pero no quiero entrar en este tipo actitudes de exaltación de la melancolía. Hace demasiado calor. El cerebro no funciona bien así, y con alcohol tampoco. He estado tentado de adornarme esta noche con una prosa más alambicada, y redicha, demostrarte mis habilidades, si las hubiera… Pero dar volteretas, como aprendí bien de pequeño, no me servirá para conquistar más que el ridículo. Tampoco la sinceridad es útil y por eso no voy a hacer más exhibición de mis penas, porque yo no necesito llegar a tu corazón, sino quedarme con él. Permanecer en él, hasta que te mueras. No te daré más oportunidades de que arrugues mis males como un folio mal escrito. Lo mejor será fumar y dar sorbos a mi copa. Aunque no me encuentre contigo, sé que, al menos,  estoy tropezando con aquel que tenía veinte años. Todavía soñador. Todavía loco…

La diferencia es que ahora puedo vivir sin pensar en ti. Y sin penar por ti. Quiero decir, en general, puedo poner tu recuerdo al margen, y quiero aclarar lo de «en general», porque en este momento no. Ahora mismo es totalmente imposible. Ahora mi mente sólo se ocupa de desentrañar tus misterios. Trato de no lanzarme a marcar tu número de teléfono. En este instante, sostengo una copa corta, seca y fuerte en mis manos y te hago un homenaje pensativo, viendo como el humo de tabaco se diluye en el aire y mis neuronas también, en un intento desaforado de sentir que estás aquí. Estoy absorto en encontrar la piezas de ti que me faltan para poder comprenderte. Algo que, no sé porqué, pienso que se haya enredado en tu melena y en el brillo de tus ojos. Ojos que, como esta copa, me queman un poco, pero me producen un deleite especial.

Pero pronto me dormiré y mañana, las heridas que hoy me estoy lamiendo, habrán dejado de existir.

Buenas noches.

tallerderelatos@gmail.com

Siempre el silencio

Siempre el silencio

Es difícil luchar contra el silencio porque en cuanto dejas de chillar te planta cara. Es inagotable. Persistente. Cruza los brazos y te mira, más alto y fuerte que tú, que yo y que todos. No te deja avanzar. No te deja pasar. Viene del enorme vacío, ese tan famoso, del que pende el planeta y que todo lo envuelve. Esa falsa quietud, esa inmensidad insonora. Vivimos protegiéndonos del silencio en la rendijas del mundo, como los insectos y las cucarachas. Fuera de las grietas que habitamos está la ausencia más densa y pesada. El hueco más vasto y espeso. El vano gigante. Un abismo infinito. La selva  inmaterial. Chillar, hablar, comunicarse es como querer empujar las olas hacia la mar. La comunicación solo son falsas palabras dibujadas en el agua. 

Pero escribir es una actividad sorda y significativa. Solo escribir agota los mutismos. Las palabras se empapan con lo silencios y los absorben. Escribiendo no solo me libro del estruendo callado sin desgastar mi garganta. Es que me burlo de él. Si quieres refugiarte de tu existencia minúscula ante una realidad imponente, indiferente, implacable y muda, siéntate a mi lado. Ponte conmigo y empieza a escribir.

tallerderelatos@gmail.com

La llegada

Mi suegro y yo formábamos una gran pareja. No me refiero a ningún deporte, ni para jugar al mus, ni ninguna cosa así. Ni hablar de eso. Para tales actividades seríamos claramente discordantes. En realidad había una incompatibilidad, nada latente, sino bien patente y clara, aunque atenuada por la pertenencia a la familia y por el trato aceptablemente correcto que siempre ha de haber entre suegro y yerno. Pero precisamente, gracias a esta incompatibilidad, éramos una pareja perfecta… pero para la comedia. Él era un hombre enérgico, de modales recios y orientado a los detalles, empeñado siempre en marcar su territorio e imponer su criterio. Desde siempre, todo el mundo lo había visto como una persona extraordinariamente organizada, hasta para las cosas más simples. Su sentido del orden le venía tanto de su propia naturaleza mental, como de las tradiciones heredadas de sus muchos antecesores militares. Con la edad, había añadido la meticulosidad de los mayores, que por sus dificultades e inseguridades, se esfuerzan especialmente en que se observen las reglas, los horarios y en que las cosas ocupen el lugar que les corresponda.
En contrapartida, yo era un hombre alargado e inhibido, un poco cargado de espaldas. Mi timidez, a veces, me hacía parecer un bobo grande. Y otras veces me hacían parecer un bobo grande otras cosas, y no solo mi timidez. Mi manera de ser, abierto a escuchar, generaba una situación de protagonismo total por su parte en las conversaciones, ya que él era todo lo contrario. Me llamaba cariñosamente «niño», más a mí que a mis hijos, y yo me imaginaba que en realidad, pese al aprecio mutuo, despreciaba mi modo de ser despistado y que mi descuido le irritaba por dentro y que tenía que hacer esfuerzos en determinadas ocasiones para no hacérmelo notar. Él creía que sólo podía existir una única manera correcta de hacer cada cosa. Y yo pensaba que si ya se había demostrado que algo se hacía bien de un modo … ¿Qué interés podría haber en repetirlo?

Curiosamente, solíamos estar de acuerdo en todo, pero era como si llegásemos a las mismas conclusiones desde itinerarios opuestos. Por muy agradable que quisiera ser mi suegro, yo jamás me encontraba totalmente cómodo en su casa. Y es que más tarde o más temprano, mi atención se descuidaba, e infringía algún horario o norma no escrita, o algún cuidado que a él pudiera parecerle fundamental.

Aquel día, al llegar a su apartamento de la playa con toda mi familia, mis suegros me saludaron cordialmente.

-¡Hola, Marquitos! ¿Qué tal ha ido el viaje?

A los dos minutos yo fui al cuarto de baño, después del largo viaje en coche. Eché el pestillo, y pude observar que no funcionaba y que la puerta se quedaba abierta. No le di importancia ya que el baño estaba dentro de nuestro dormitorio, en realidad el de mis suegros, que siempre nos lo cedían amablemente cuando íbamos por allí. A los pocos minutos salí después de lavarme, y toda la familia, mi suegra incluida, estaban en animada charla con mi mujer de pié, al lado de la cama de matrimonio y toda la «maletada» bloqueaba el paso. Entonces mi hijo pequeño fue a meterse en aquel cuarto de baño, y no sé por qué todavía, pero vio que no se podía abrir.hqdefault
-¿Quién ha cerrado esta puerta por dentro?
Todas las miradas, incluidas las de mi mujer y mi suegro, se dirigieron hacia mí.
-¡Qué raro!- dije yo -Precisamente no pude cerrar la puerta. No entiendo lo que ha pasado. ¿Ahora no se puede abrir?
A los pocos segundos mi suegro apareció con un destornillador, en actitud de «ya que lo has hecho tú, ahora a ver cómo lo arreglas».

Tomé el destornillador y en uno instantes había desmontado la cerradura y abierto la puerta.
-Bueno, pues ya está solucionado el problema- dije.
-¡Muy bien, niño! -dijo él, ya mucho más contento.
-Pero no entiendo! Yo había entrado y no se podía cerrar…
Como tratando de reconstruir los hechos me metí en el cuarto de baño, mientras le iba diciendo a mi suegro:
-Simplemente entré, cerré la puerta -mi suegro quedó al otro lado- y luego al salir..
Y entonces di a la manivela para abrir la puerta. Pero como yo mismo la había desmontado, la puerta no se abrió. ¡Dios!
-¡Vaya!
-Niño, ¿qué pasa?. ¿No se abre la puerta?
-¡Pues no!
El silencio de mi suegro me pareció largo, pero seguramente duró solo un instante.
Noté que mi mujer se acercaba nerviosamente a la puerta del baño.
-¿Qué ha pasado?- muy alarmada llamó nerviosamente a la puerta con los nudillos, como si fuera yo que no quisiera salir -. ¡Marcos! ¡Marcos!
-Que se ha quedado encerrado- dijo mi suegro.
-¡Pues desmonta la cerradura! -le dijo a su padre.
-¡Es que ya está desmontada! ¿No lo ves? ¡Si la ha desmontado él!
Mi suegra se acercó también:
-Habrá que llamar a un cerrajero. ¡No lo vamos a dejar ahí,al pobre, en un cuarto de baño! ¡Con el hambre que tendrá!
-Pues hoy es fiesta. Uno de urgencias tendrá que ser…
-Anda, que casi no cobran…
-Papi. ¿No puedes salir?
Mis hijas mayores también se acercaron.
-Papá, ¿por qué te pones a hacer cosas con las cerraduras cuando vamos a comer?
-Va a haber que romper la puerta, porque si no, imposible.
De pronto, la puerta se abrió, gracias a que mi suegro había hurgado con sus alicates en las tripas de la cerradura.
Al abrir la puerta, allí estaba él, con una expresión en la cara, mitad de cabreo y mitad de alivio. Yo, sin poderlo evitar, rompí a reír a carcajada limpia y él solo suspiró y dijo:
-¡Menos mal!
-¿Podemos poner aquí alguna cinta adhesiva para que nadie más toque esta cerradura hasta que se arregle? – propuse entre risas

En centésimas de segundo, mi organizado suegro me dio un trozo de cinta aislante con la que fijar ese «pestillo trampa», y salió del dormitorio con la barbilla hincada en el pecho, como si fuera a embestir al primero que viera. Mi mujer me fulminó con la mirada mientras yo seguía riéndome hasta que me dijo:
-Desde luego. Acabas de llegar y ya la has montado. ¡Estarás contento! No has tardado ni cinco minutos. Eres un desastre. ¡No sé cómo te las arreglas!

-¡Ni yo!

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