Vivir, vivir, vivir… ¡Qué manía con vivir! ¡Como si no hubiera nada mejor que hacer! ¡Piensa en alguna otra cosa, en vez de pasar todo el rato viviendo! ¡Sin parar de existir a toda costa! ¡Pero qué empeño es ese!
Vivimos tanto que nos tenemos que ver continuamente repitiendo errores. ¿Para qué? Necesitamos un sistema de obsolescencia planificada, como cualquier producto de hoy en día. La vida es larga. Yo sé que todo el mundo se empeña en decir lo contrario e interpretarán que trato de incordiar con estas sentencias que nadie comparte, pero insisto: la vida es larga, es demasiado larga. No estamos pensados para resistir tanto. No lo digo por las prótesis dentales, o los problemas en cervicales y las artrosis, sino por cosas más importantes, más aún que el alzheimer. Por ejemplo, la alopecia de los hijos. ¿A algún padre le gusta ver cómo su hijo se queda calvo? No. A los hijos se les quiere ver crecer, pero no envejecer y menos empochecer. No tiene ninguna gracia. Sobran años a nuestra vida. Por eso interesa casarse tarde; que no sea fácil ver ajarse a los niños. Y hay que suprimir la cotización obligatoria a la seguridad social. A mí que me dejen morir cuando diga la naturaleza, porque al natural todo da mucho más gustito, como decía siempre una amiga del colegio.
Tengo un hijo todavía pequeño. No quiero saber de sus divorcios, sus paros, ni sus declives. Quiero fallecer cuando él esté en pleno apogeo, y me traiga un nieto, como espero que habrá hecho para entonces el resto de mi descendencia.Y entonces ya, dejar de respirar, hombre, que ya llevo mucho con eso. Siempre aire para fuera, aire para adentro; aire para afuera, aire para adentro… ¡Ya está bien! Dejar de palpitar por fin, no durar más y poder dedicarme de una vez por todas a otras cosas. Porque si te paras a pensar, descubres que vivir no te deja tiempo para nada más.
Tengo mi cabeza en las manos
y mi vida en las tuyas,
que son ingratas y frías.
El remolino que hoy me engulle
comenzó tragarme cuando nací.
El gran sumidero,
contra el que nada puedo,
es una agonía que se demora,
empujada por una corriente de aguas implacables.
Señor, qué lento es perder.
Tengo mi cabeza en las manos
y mi tiempo en las tuyas,
que no tienen dedos para acariciar
sino hierros para descorchar.
Has abierto en mí un gran boquete
donde quepo yo entero dentro de mí.
Dios, cuánto se tarda en caer.
Tengo mi cabeza en las manos
y mis vísceras en las tuyas:
indignas. egóticas. Solo quieren golpear.
Oigo el murmullo de mi sangre al abandonarme.
Por qué, por qué tardo tanto en descansar.
Tengo mi cabeza en las manos
y no me la debo arrancar.
Es una mañana normal, pero mi mujer ya me ha advertido que prevé que tenga el día surrealista. Pero no. Me siento como siempre. Solo un poco circunflejo por la zona del plexo solar, que me pica un poco desde hace días.
Hoy me ha parecido que sonaba el despertador. No habría sido raro que un despertador sonase si fuera un despertador de otro. Pero mis despertadores no suenan sino que bailan la danza del vientre. Los sonidos son como filos metálicos y tan solo pueden producirme un cierto tipo de espuma corporal de origen desconocido. Las armas blancas, o más o menos blancas, hieren, como los sonidos matinales, o como los niños. Un despertar con alarmas es un peligro serio de morir ensangrentado. En cambio, la danza de las cosas no produce corte alguno, sino una cierta sensación de debilidad, de mareo, de hambre, de desmayo como dice una amiga, y de haber perdido las gafas en el retrete.
Recuerdo otra vez que también tenía picor de plexo. Aquella era una mañana normal, como esta, y todos los objetos estáticos que había a mi alrededor se contoneaban como putas sin desayunar. También las paredes, la cama, y el contenedor de residuos que utilizo de almohada. Seguramente te habrás preguntado qué tiene de especial el meneo de las prostitutas en ayunas. Es una preocupación absurda por tu parte, con las cosas sin sentido que te estoy contando. La cuestión es que el suelo tiene un orinal en medio que es el como el ombligo de la tripa de la mora. Un bacín que se resbala de lado a lado de la estancia debido a los movimientos peristálticos del parquet y, cuando topa con algo, lo empapa de cervezudo y rebosante ácido sulfúrico, o quizás solamente úrico, sin sulf.
Me acurruqué abrazando mi contenedor de brozas y desperdicios, hasta que éste empezó a bramar con sonidos sumamente puntiagudos, de modo que no tuve otro remedio que acudir corriendo al cuarto de baño y producir un bidón de los grandes entero de compost, logrando tal proeza en menos tiempos del que tardan los monos en fornicar. De ahí a la ducha se llega por una escalera automática de caracol. Yo ando hacia arriba pero la escalera siempre me deja abajo. Una vez ya me pasó que, desesperado por la impotencia y el cansancio de no poder subir, me morí allí mismo, a los pies del caracol, que pese a ser el culpable, lloraba por las antenas. Gracias a eso me pude duchar por primera vez bajo dos alcachofas, o regaderas, como dicen mis amigos ultramarinos. Tantas fueron las lágrimas vertidas. ¿Para qué verter y verter? Además: el despertador, ni lo tengo ni funciona.
Y al pensarlo… lo siento. La mañana está quebrada, desde el centro hacia los lados, como el espejo de una puta. Sin desayunar, además.
Quiero protestar por el sexismo femenino de baja intensidad, que es el más peligroso.
Los fines de semana por la tarde, en Antena 3, ponen después de comer unas películas de psicópatas, de esas en las que el guionista no se lo curra mucho. Generalmente es siempre lo mismo. Uno es asesino, porque sí, porque le da por ahí, porque está tarado, y sin demasiadas explicaciones, para qué nos vamos a complicar, deben de pensar los productores. Quizá una leve mención a una infancia difícil, y ya está, con eso queda justificado que el tío se ponga a matar todo el rato. La víctima es siempre una mujer, y es la protagonista, claro, son películas destinadas a mujeres… El marido es siempre medio tonto. O el malo. Sin embargo, en estas películas no falta alguna escena calentorra en la que entran al apartamento y se cepillan a la protagonista detrás de la puerta del recibidor, tal es la pasión que no llegan al sofá o la cama, por ejemplo. El varón tiende a ser adúltero en esas películas, como si para fornicar no hicieran falta un hombre y una mujer, uno se queda con la idea de que los hombres lo hacen más, casi todo el tiempo, y porque estamos salidos, y que ellas lo hacen menos y generalmente por amor. Pero eso sería como si 1+1 fuera = 1. Pues no. 1+1=2. La mujer necesariamente estará allí también… sumando con el otro como una descosida. ¡Ah! Pero es que la amante de él es una mujer enamorada, en el fondo una buena pobre chica, engañadita ella, mientras que él, él… ¡Él! ¡Aj, qué asco nos da! Él es un indeseable marido infiel y egoísta que no quiere a ninguna de las dos y que acabará golpeando a la protagonista y a tres o cuatro mujeres más que vayan apareciendo. Los policías también suelen ser tontos y al principio no hacen caso a la mujer. Pero al final los polis quedarán admirados de la fuerza de carácter de la dama. «Es usted toda una mujer». La heroína da mil vueltas a todos los varones, encima «es mona y tiene mucho estilo» como dicen. Resuelve el caso, y hasta suele vencer físicamente al malo (y eso que es un maromo de gimnasio), porque en el forcejeo encuentra algo al alcance de la mano, muy convenientemente olvidado, con lo que golpear en la cabeza o trinchar al agresor como si fuera un pavo. Este agresor también puede ser «una mala», que toma la forma de rival femenino que trata de arrebatarle el bebé o el marido. ¡La muy… ! Respecto a los hijos, ella los protege, por supuesto. Se da a entender que los hombres no queremos tanto a los hijos como lo hacen las mujeres. Si no fuera por ellas… Eso es algo que realmente me molesta hasta el extremo de que, si me sobrase el tiempo, movería la idea de que esa imagen sexista es realmente nefasta para los hombres, las mujeres y sobre todo para los niños, y debería quizás ser llevada a tribunales.
Los hombres no somos tan tontos, ni tan insensibles, ni tan violentos, ni tan lascivos, ni tan malvados. Solo un poco de cada, pero nada más. De hecho, si las mujeres que ven esas películas fueran tan listas… ¡No verían esas películas! Adivinarían todo lo que va a ocurrir ya desde el minuto tres, porque es ¡¡totalmente previsible!! El malo muere en el último momento o es detenido por la policía. Bueno, algunas veces, cuando la heroína es atacada, en vez de salir a la calle, que a cualquiera nos parecería lo lógico, sube las escaleras de su casa, hasta donde no hay escapatoria. ¿No es absurdo? Sin embargo, eso va bien ya que el psicópata acabará por caerse por el hueco de la escalera o por la terraza (se ve que las barandillas norteamericanas son bastante frágiles) y se clavará algo punzante, lo que todos tenemos debajo de nuestras terrazas, como un tridente, un monolito afilado de adorno, un perchero puntiagudo, o bien un cuchillo de cocina que llevaba en la mano. Y por supuesto, entonces sangrará por la boca. ¡Muerto! Ese hilillo de sangre desde la boca, nunca ha fallado. Si hay hilillo, está muerto. Definitivamente.
¡Bueno, no! Hay veces que se despierta para darnos otro susto y hay que volver a matarlo.
En mi opinión, las películas para mujeres, como las novelas para mujeres, las revistas para mujeres, etc. no destacan siempre por su relevancia intelectual o artística y son un mal síntoma de la situación de la mujer. O son retrógradas o forman parte de un sexismo femenino de baja intensidad, que no chilla, pero ahí está. El verdadero índice de la integración plena de lo femenino en el mundo debería consistir en que una escritora, por ejemplo, escribiera desde su punto de vista algo que fuera de interés para todo tipo de gente, de cualquiera de los sexos que hay. Los idiotas pertenecen al mundo. No a un país, ni religión, ni género. ¡Al mundo! Porque tal como mis hijos hacen con el foie gras y las tostadas, sin descuidar las esquinitas, Dios ha extendido a los tontos de modo uniforme por todo nuestro planeta, sabrá Él por qué, esmerándose en que no falten ni en el más remoto rincón. No es cuestión de sexos. La mujer debe ejercer y ampliar sus miras y su mundo. Los hombres os estamos esperando, pero algunas no vienen realmente, aunque digan ser feministas. Venid, chicas, hacéis falta. Hay un plano para mentecatos de cualquier sexo donde deberán caber montones de hombres y de mujeres, y otro mundo para los y las que no quieran serlo, y será muy aburrido si faltáis vosotras o no estamos nosotros. No aceptéis productos para mujeres, salvo que sean estrictamente necesarios por motivos físicos.
He conocido muchas mujeres inteligentes, y frecuentemente dicen: «para algunas cosas soy como un hombre». Lo juro y lo repito. Muchas veces he oído esto mismo. Eso sí que es un estereotipo que deben superar. ¿Las mujeres inteligentes dudan de su identidad puesto que no ven «Sálvame de Luxe»? Lo que les ocurre es que no se identifican con cierto tipode mujeres o no participan de los aspectos más simplones del estereotipo, del tópico femenino.
Pero de eso no se nos puede echar la culpa a nosotros los hombres. Porque, salvo en ese tipo de películas, no todos los muertos son nuestros. Y todos los despistes, tampoco.
Postdata
Hablando de escritoras: en DesafiosLiterarios.com hay escritoras (y escritores) magníficas (y magníficos) que escriben cada semana y que nadie debería perderse.
Había perdido el sentido del humor y el deseo de salir. Estaba frío. No estaba triste, se sentía bien, generalmente bien, salvo en momentos concretos, muy poco frecuentes. Había aprendido eso de gestionar emociones. ¡Por fin! Ciertos sentimientos habían quedado atrás. ¡Ya era hora! Estaba listo para trabajar y descansar hasta la jubilación. Sin complicarse la vida: hacer lo posible por sus chavales; darse algún capricho; buscar una afición, como la fotografía, el golf o el tute; integrarse en una sociedad a la que consideraba demasiado simple, luciendo su éxito económico, que no era nada como para salir en los papeles… Envejecer, pasear… Ir quedándose solo, poco a poco a medida que sus hijos emprendiesen su propia vida. Hacer regalos en las fiestas familiares, pasar algún dinero para ayudar a la compra de tal o cual piso. Envejecer más, pasear más… Algún perro quizás entraría en su vida. Un perro grande, un amigo leal. Saldrían juntos a sentir el sol, o la noche, o el frío, o lo que fuera tocando.
Seguir envejeciendo, seguir paseando…
Siempre había disfrutado leyendo la prensa en los bancos, pero presentía que el desinterés se iría apoderando de él porque ya nunca había nada nuevo bajo el sol. Las noticias pertenecerían poco a poco a personas más jóvenes comparados con él. No podría darles importancia a esos seres, mezquinos igual que siempre, pero de inferior experiencia y cultura cada vez. LLegaría el día que no podría leer la prensa ni escuchar las canciones porque, tal como él lo percibía, el mundo se convertía poco a poco en un ecosistema de niñatos. Desde que se separó de su mujer, quedaban, eso sí, algunas compañías femeninas, que le daban una cierta ilusión de juventud retenida de la que jactarse. Se dejaba querer. Todo ello en conjunto, podría parecer triste al explicarlo, pero los años le habían ensanchado las espaldas, y podía mirar todo aquello de frente y con optimismo. Llamó a su último amorío de galán trasnochado. Una con la que estaba saliendo quizás más de la cuenta. La verdad es que ella era especial en algunos aspectos. Se sentía comprendido. No tenía nada de tonta. Conversar con ella le encantaba, era su mejor entretenimiento. Pero aquel día no se puso al teléfono. No le costó demasiado trabajo matar el rato con otra cosa.
Tres días más tarde, él le había hecho muchas llamadas y enviado correos electrónicos. A cambio había recibido respuestas lacónicas. Estoy muy ocupada. Ya nos veremos.
Él se sentía fuerte, Capaz de encajar cualquier golpe, absorber todo tipo de venenos sin pestañear. No sería ningún problema lo de aquella mujer que claramente quería poner fin a su relación. Por algún motivo ella no se sentiría suficientemente mimada y contemplada. Ya se sabe cómo son estas cosas… Notaría un poco su ausencia durante un día o dos y después… ¡No necesitaba de nadie en este cochino mundo de ratas! Solo al tiempo, para que le lleve.
Pasaron los días. Hizo muchas gestiones de trabajo, se compró algunas cosas en centros comerciales, caminó… Leyó. ¡Hasta vio televisión! Se distrajo con otras señoras, que fueron con él tan amables como la anterior…
Por cierto. ¿Y la anterior? Un día le dijo que no quería verle más. Que quería olvidarle completamente. Hasta él mismo se sintió fatuo, por creerse tan importante para aquella mujer a la que tan doloroso le resultaba quererle. ¡Qué tontería! Era una mujer maravillosa, desde luego, pero no había por qué ponerse así.
Un domingo por la mañana, el aire apareció tan primaveral que casi le daba vergüenza respirarlo. Salió a comprar su periódico. Intercambió un par de chistes tópicos con el quiosquero y luego se sentó a comerse el diario en un banco del parque cercano bañado por un concierto de piopíos. Pasó las páginas y encontró lo normal: nuevas guerras, nuevos casos de corrupción, más declaraciones hipócritas de políticos lamentables… Leer sobre deportes era algo que no se permitía… Lo demás se lo tragó al completo. Quedó mareado de tanto leer al sol. Después, apoyó los codos en el borde del respaldo de su banco y alargó las piernas para relajarse mejor bajo el calor del sol. Junto a él había unos magníficos chopos, unos castaños, unas yedras muy frondosas… Todo muy verde y muy bonito… ¡Y poco más!
Aquel domingo no tenía interés ni en escuchar sus propios pensamientos. Sin embargo, no pudo evitarlo y se dijo algunas cosas. Por ejemplo que a veces presumimos de que ya somos capaces de vivir en soledad y en realidad lo que ocurre es que algo importante se nos ha roto por dentro. También se dio cuenta de que el momento de adquirir el perro se estaba aproximando más rápidamente de lo que esperaba. Aquellas señoras a las que iba dejando pasar por su vida no eran ella, no eran la mujer de los ojos azules.
De pronto, al pensar en el perro recordó esa cara triste que tienen algunos de aquellos animales. Mientras se fijaba en los árboles sintió que tenía mirada de un mastín solitario. Se hizo un selfy con su teléfono para comprobarlo y lo tuvo claro. Tenía expresión de perro abandonado. Aquella maldita mujer…
Rastreó por internet una canción para ella. Se la mandaría. Buscaba a toda prisa. Perderla era una gran majadería. Acudió a su memoria, buscó décadas atrás, para encontrar una canción que hablase por él. Por fin encontró una de los tiempos en los que en las discotecas se bailaba agarrados. Entonces comprendió que dentro, en un lugar muy profundo, seguía siendo el mismo chaval que escuchaba aquellas canciones, que reía, polemizaba y se enamoraba como un idiota. Hubiera querido llorar en ese momento, como si eso pudiera liberar a aquel muchacho prometedor y apasionado, pero las lágrimas salen solo cuando ellas quieren. Allí, escondido, dentro de mí, estoy yo todavía, esperando durante años a que yo mismo me vaya a buscar. Aún queda mucho de mí en mí, se dijo. Yo te iré a rescatar, voy a rescatarnos, con una mujer extraordinaria.
Pensó en sus mejillas suaves e iluminadas, su corazón precioso, oculto entre dos senos rebosantes y sensibles y recordó también el reclamo de sus muslos. Revivió las cañas que tomaron juntos, su apoyo, las risas… En fin: escribió su correo a la chica de los ojos azules y tras adjuntar el enlace a una cancioncilla, quizás infantilmente empalagosa, «If you leave me now» de Chicago, 1975, le dijo: por favor, de verdad, quiero que vuelvas. Yo te necesito. Y yo también. Los dos te queremos. Tanto el chico apasionado como el hombre maduro y triste, estamos por ti. Vales la pena. Vuelve. Si tú nos aceptaras a este par de muermos, nosotros estaríamos encantados contigo. Vuelve. Eres nuestra oportunidad de empezar por el principio.
Y al clicar para el envío, cerró los ojos como rezando.
No habíamos vivido nunca una situación así. Todos estábamos verdaderamente perplejos. Ángel Buendía había sufrido una entrada muy fuerte durante un partido que estábamos jugando en el patio del colegio. Yo no estaba atento en ese momento, pero vi que rápidamente los niños que estaban más cerca hicieron un corro alrededor del herido tratando de saber lo que le ocurría, de tal modo que eso me impedía verlo. Por ese motivo también yo eché a correr en aquella dirección.
Recuerdo que era un día de sol y no hacía demasiado frío. Un tiempo bueno, nada que pudiera suponer algún tipo de mal augurio. Sin embargo, mientras avanzaba hacia el barullo, sentí que el sol me pellizcaba en la frente de un modo raro y tuve la certeza de que estaba a punto de descubrir algo muy desagradable. Cuando llegué, el niño tenía la pierna torcida de un modo tan grotesco que casi no se podía mirar. A la altura del tobillo un poco más arriba, su pierna se doblaba hacia fuera formando casi un ángulo recto. Los chavales se acercaban a mirar y al verlo daban para varios pasos hacia atrás con cara de terror ya que no podían aguantar aquella visión. Yo quise ser una excepción, porque siempre me resultaba muy difícil ver ese tipo de cosas y algunas veces me entraban náuseas si veía mucha sangre, así que aquel día me impuse la disciplina de tener que mantener los ojos sobre aquella pierna imposible. El pobre chaval lloraba profiriendo chillidos de dolor que nos parecían plenamente justificados. Javi, el niño gordito que le había roto la pierna sin querer, fue el primero en marearse. Dos chavales trataron de atenderle.
– ¿Quién ha llamado a una ambulancia? ¿Alguien ha llamado ya a alguna ambulancia? -decía yo todo el rato, porque había visto hacer eso en ocasiones así, en las películas de la tele.
Alguien dijo que Gazuya, el portero de mi equipo, había ido a buscar a Martínez, el profesor de historia, qué era el que estaba por allí aquel día vigilando el recreo, si bien éste se encontraba en aquel momento hablando con uno de los curas del colegio y no se había percatado de lo que estaba ocurriendo. Estaba allí junto al campo de fútbol, solo que en ese momento estaba de espaldas. Martínez era mi profesor favorito. Sus clases de historia eran como ir al cine. Quizás el mejo profesor que habíamos tenido nunca.
Cuando Martínez lo vio me dijo señalándome:
-¡Tú! Ve volando a conserjería y dile a la señorita Caridad de mi parte que llamen inmediatamente al médico de urgencias, que hay un niño con una pierna rota.
Salí corriendo con un sentimiento contradictorio, ya que por un lado pensé que era un motivo de orgullo que el señor Martínez hubiera confiado en mí para esa gran responsabilidad, pero por otro me fastidiaba no poder quedarme allí donde el suceso estaba acaeciendo. Por el camino me convencí de que sí que era una suerte dado que de esta manera me libraba justificadamente de tener que mirar aquella pierna horripilante, torcida de semejante manera.
Para llegar hasta la chica de conserjería, tenía que subir un piso de escaleras debido a que el campo de fútbol estaba construido aprovechando un desnivel del terreno. Al subir las escaleras resbalé en un peldaño de madera muy desgastado y me caí. Me hice mucho daño pero seguí corriendo, aunque cojeando, porque entendía que el dolor y la urgencia que estaba atravesando mi compañero de clase era mucho más importante que el mío. Una vez subido aquel piso me encontré con el terrible y siempre amenazante padre Armengol, qué estado hablando con la madre de un niño junto a la reja de uno de los ventanales. Al verme, hizo un gesto de pararme como un guardia de tráfico y, tratándome de usted como siempre hacía con todos los niños, me dijo:
– Usted -y me señaló con el dedo-, quédese ahí mismo esperando, qué le voy a decir yo algo por correr por los pasillos.
Fui a responderle pero de nuevo me dijo:
-¡Que se espere y calladito, por favor, que estoy hablando con una persona mayor!
Me quedé clavado. No me atrevía a responder al padre Armengol. Parecía orgulloso de dar esas muestras de autoridad y poder sobre mi, pobre niño, delante de aquella mamá. Esperé un poco más, pensando en que a lo mejor su conversación estaba a punto de terminar y comencé a tocarme la rodilla, que me estaba sangrando ya que parecía haberme rasguñado con algún clavo. Sin embargo, la madre que estaba hablando con él no paraba de explicarle cosas, y yo empecé a sentir una tensión cada vez mayor porque no me atrevía a decirle nada el padre Armengol pero me acordaba de la pierna de Ángel Buendía. Finalmente me atreví a decir
– Padre Armengol, es que…
– ¿Pero te vas a callar de una vez cuando estamos hablando las personas mayores? ¡Niño maleducado! Contigo hemos fracasado. Vanos a tener que devolver el dinero a tus padres.
La madre rió el comentario del sacerdote.
– Es que Ángel Buendía se ha hecho mucho daño
El padre Armengol se puso todo lo condescendiente que pudo dando a entender a la mamá la enorme paciencia que había que tener en un colegio con tanto chiquillo.
-¿Tantos daños se ha hecho Ángelito Buendía?
– Se ha partido la pierna, padre Armengol.
-En fin padre -dijo la mamá-, le dejo, que ya tiene usted bastante lío para que yo le aburra con mis problemas.
-Aquí los problemas son continuos, ya ve, y no se terminan nunca.
Y el padre Armengol, con su barbilla hacia arriba, siguió comentado a la mamá los muchos conflictos que provocábamos continuamente y que él debía resolver. Su espalda era recta, perfectamente recta, recta como su recto y rígido criterio, como si se apoyase en una pared. Su figura delgada, alargada, con sus faldones de cura hasta el suelo, me recordaban a los gigantes que cartón que sacaban a pasear durante las cabalgatas en las fiestas. Pasaron quizás diez o quince minutos más, que yo sufría enormemente, tapándome la herida de mi rodilla con la mano, ya que me había caído por correr en la escalera, cosa que estaba prohibida. Hasta que mi tensión fue tal, que me eché a llorar. Él me miró de reojo, se dio cuenta, pero siguió hablando con la mamá. Entonces me entró tanta rabia que le dije gritando con la poca claridad que me permitían mis lloros:
-¡Padre Armengol, quiero ir a conserjería a pedirle a la señorita Caridad que llame al médico de urgencias!
– Venga, padre, me voy. Adiós y gracias por atenderme -dijo la mamá.
El padre Armengol parecía irritado como siempre.
-¿Por esa heridita de nada? -y se empezó a reír.
-Es por Ángel Buendía -respondí sorbiéndome los mocos.
-¿Y a ti quién te ha dicho que llames al médico o que se lo digas a la señorita Caridad?
-Me lo ha dicho el señor Martínez, que se lo pidiera a la señorita Caridad de su parte.
Yo lloraba con verdadero odio. Pero el padre Armengol, en vez de dejarme ir, me miró torciendo la cabeza hacia un lado como quien huele algo raro. Después avanzó un paso e inclinándose hacia mí me miró fijo a los ojos sujetándome un brazo con fuerza.
-¿Y qué estaba haciendo el señor Martínez cuando eso ha pasado?
A partir de ese momento el padre Armengol a pesar de que yo le decía que a Ángel le dolía mucho, se entretuvo en hacerme un interrogatorio respecto a la situación exacta en la que estaba el señor Martínez cuando el accidente había ocurrido. Dónde exactamente tenía sus pies el señor Martínez, con quién hablaba, hacia dónde miraba, cuánto tiempo duró su conversación… Hasta un niño como yo se daba cuenta de que el Armengol odiaba al señor Martínez. Al final, yo tuve que decirle que no estaba exactamente observando lo que ocurría en el partido sino unos metros más allá y mirando en otra dirección. Era ridículo culpabilizar a Martínez por lo que había ocurrido. Por fin, me dijo que fuera ya a pedirle a la señorita Caridad que llamase por teléfono al médico de urgencias, pero entre unas cosas y otras habíamos perdido unos 35 minutos en los que Ángel Buendía no había dejado de dar alaridos de dolor.
Javi Fernández Puerta, sufrió un ataque de histeria. Se sentía culpable de ver cómo se sufría su compañero y estaba rígido, tumbado en el suelo, atrayendo tanta atención o más que el chico de la pierna rota. Cuando yo llegué, los otros niños me preguntaron en tono de reproche por qué había tardado tanto y cuándo iba a llegar el médico. El padre Armengol estaba absolutamente impasible mirando al niño de la pierna rota y al otro pobre crío en estado catatónico. El señor Martínez tenía la cara descompuesta. Sin embargo, pude intuir que el padre Armengol tenía algo que ver con eso.
Sonó el timbre del patio. Nos mandaron a todos a clase y quedaron junto a los dos niños tumbados en el suelo, en medio del campo de fútbol, el profesor Martínez, el padre Armengol y el hermano enfermero, que solo daba bofetadas y pellizcos al corpulento Javi Fernández, que se había quedado tieso como un palo. O como un muerto.
Entré en el aula y me fui en mi sitio, aún muy rabioso y alterado. Todos los alumnos nos acercamos a la ventana hasta que llegó el hermano Goicoechea. Mi pupitre estaba junto a la ventana y pude ver la recta figura del sacerdote hablando al señor Martínez y comprendí lo que estaba a punto de ocurrir.
Bastante más tarde de lo que todos habríamos deseado, llegó una ambulancia y se llevó ya, menos mal, a los dos niños de una vez.
Faltaron a clase al día siguiente. Tuvimos a primera hora geografía con el padre Armengol, quién nos contó que al niño Buendía, «que ayer tuvo un mal día», y al decir esto los lameculos de la clase se rieron muchísimo, le habían escayolado la pierna y nos aseguró que estaría unos cuantos días de baja. Tenía además rotura de no sé qué ligamentos y músculos. El cura, mientras nos lo contaba, se limpiaba el polvo de tiza de las manos de un modo insistente y obsesivo. Me di cuenta de que yo necesitaba confesarme cuanto antes por odiar a ese cura. También nos confirmó que el otro niño, Javier Fernández Puertas, había sufrido una especie de crisis nerviosa, pero que ya lo había superado y que sin embargo estaría cuatro días sin colegio como castigo por haber ocasionado tan grave accidente, porque, según él, aunque fuese sin querer, había que tener más cuidado, y en esto permitió un conato de polémica en la clase, cuando un niño sacó a relucir que le hicieron una entrada muy dura a Reija, el futbolista del Real Zaragoza, la semana anterior, en el partido contra la Real Sociedad. Pero el padre Armengol zanjó la charla rápidamente porque quería examinarnos por sorpresa de las cordilleras y de los ríos. Por otro lado, argumentó el padre Armengol que todas las desgracias del mundo ocurrían siempre cuando los niños no estaban convenientemente vigilados y por eso había que poner mil ojos cuando los alumnos jugaban, porque sus papás confiaban sus hijos queridos a la institución colegial, y aquella era una gran responsabilidad…
-¡Padre! -levanté la mano para poder hablar.
-¿Qué le pasa esta vez el señorito Jorge Burgos? -me preguntó con ese tonito de sarcasmo inmotivado con el que continuamente se quería adornar.
-Que tengo ganas de vomitar.
El sacerdote me miró inexpresivo, sin mover la cara ni para pestañear durante algunos largos segundos ante el silencio absoluto del aula.
Días más tarde, nuestro profesor de historia, quien nos había explicado un día que un Papa, durante la Edad Media, era como un político más, se despidió de nosotros emocionado. Dijo que, por motivos personales, no podía seguir dándonos clase. Me sentí deprimido por el peso de la culpa al haber cometido la torpeza de dejarme sonsacar por el padre Armengol lo que, por algún motivo que yo no comprendía, estaba deseando oír. Una excusa absurda y peregrina para poder cargar contra él.
Pocos días después, llegó otro profesor que no tenía ni remotamente el mismo carisma que el señor Martínez. Se acabaron aquellas clases tan apasionantes de historia. Ahora eran un aburrimiento. Siempre que había historia, yo me distraía mirando el campo de fútbol. Pero no tardó mucho en saberse que el nuevo profesor era el sobrino del Padre Armengol.
Podrías quizás tener un perro. Un perro bonito adorna mucho a una mujer atractiva. Sí, sí, mejor que salir a correr, porque perseguirte podría justificar cierta alarma, podrías tener una gran perro y salir esta noche los dos, el animal y su ama, a caminar desafiando el viento y el frío. Tú con tu cabello largo y él con sus espesas lanas caninas. Estaría bien. Y estaría bien que yo necesitase fumar. Hace años que lo he dejado, pero… pongamos que yo lo necesitase de pronto. Y que esta noche, yo fumando y tú paseando el perro, nos conociéramos por casualidad junto a un árbol, y charlásemos mientras tu perro regase un parterre. Acariciaría al animal, cuando el animal hubiese acabado de holgarse en el tronco, claro. Le rascaría las orejas al bicho y tú ya sabrías que estaba adorando al santo por la peana. Te ofrecería tabaco, y charlaríamos. Yo te preguntaría, ¿A qué horas sueles sacar el perro? Y tú me dirías, ¿Y a qué hora sueles fumar tú? Tus ojos y dientes brillarían en la oscuridad y yo bajaría mi cabeza para poder mirarte por encima de mis gafas, empañadas por la niebla suave. Te acompañaría a casa quizás, y como no sería normal pedirte el teléfono nada más haberte conocido, nos daríamos algunas pistas para el siguiente encuentro casual.
De vuelta a casa, con la alegría del simple, sacaría la mano del bolsillo del abrigo para arrancar cualquier hoja de un seto o de una yedra, y hacerla trocitos nerviosamente pensando en ti. Y me sentiría tonto y feliz, a diferencia de cómo me siento ahora, tonto también, pero infeliz, por estar soñando contigo, sin saber si existes. Seguiría camino a casa, arrancando hojas y partiéndolas, y como los guijarros de Garbancito para poder volver hasta ti, iría sembrándolos por la acera, perfectamente idiota. Estaría bien.
Pero todo esto son fantasías imposibles que debí haber olvidado a los diecisiete. No voy a soñar más encuentros. Aunque… ¿Y si yo también me comprara un perro? Por si acaso existieras…
Dios mío, estoy agotado. Tengo un sueño tremendo. Me siento muy bien, de maravilla tumbado en esta cama, pero se me cierran los ojos. Me fijo en los tuyos. Sonríen. Los cierro y de inmediato se mezclan mis pensamientos como si empezase a soñar. Digo algunas cosas incoherentes. Me encanta verte sonreír, pareces tan feliz que me contagias. Mi cabeza es como una coctelera llena de sensaciones agradables, que no se agita, pero se nota algún tipo de mensaje rítmico que de puro sopor no logro identificar. De nuevo, abro los ojos, no sé lo que me ha despertado, pero tu sigues ahí, con el joystick, divertida, como una reina, sentada sobre mis piernas dándole al videojuego, que es algo que a ti te encanta. Me miras y te encoges de hombros, con una mezcla de vergüenza, picardía y dulzura. Eres feliz. Tu mano derecha sigue tratando de ganar otra partida interactuando a través del mando. Pero el juego no parece estar en un momento que te sea propicio. Has ganado una partida hace solo un minuto. Nos miramos… Si me quedaran fuerzas me levantaría para darte un beso enorme, pero en vez de eso lo sueño y me duermo con la risa en los labios. La habitación está silenciosa, todo me relaja. Y tú sigues con la palanca de mando.
No sé cuánto tiempo ha pasado, creo que han sido solo algunos minutos, pero he dormido muy profundamente, Me he despertado y me mirabas sonriente, pero vuelvo a caer inconsciente. Y ahora, otra vez igual: te veo de nuevo con el control del juego en la mano, Tu bastón de mando. Mientras lo manejas, te entregas a él, como si fuera un símbolo de Dios. Sigues sonriendo…
-¿Sigues sonriendo?
Me dices que sí con la cabeza, calladita, como una niña tímida, riendo y moviendo el joystick. Hasta que por fin me noto algo más descansado, te veo, sentada sobre mis muslos, desnudos ambos. No ambos muslos, se entiende, sino tú y yo. Sigues sujetando el mando y apretando con el pulgar. Pero yo te digo sonriendo…
Como tú sabes yo soy humilde
No guardo cartas bajo la manga
y menos a ti.
Yo puerilmente te escribo versos.
Adolescente, sueño con besos.
Vente a Madrid.
Tienes mi esperanza.
Los últimos sueños.
Los pasos más torpes
que no llevan lejos.
Ahora que vivo estos tiempos raros,
no son momentos de estar ufanos
sin ton ni son.
Si estás conmigo ya estoy contento
si tú me quieres, no me lamento
¡Tienes razón!
Te doy mi temblor
mi angustia y mi duelo
me miras, me río
arrugando el ceño
Solo le ofrezco a tu cuerpo sano
una ciudad, y encontrar un algo
con tu ilusión.
Quiero dormir contigo, abrazado.
Sentir tu risa, sonido claro,
oír tu corazón.
Das tu alegría
sembrada en baldío.
Me alivias un poco,
no tan abatido
Ya que presiento separaciones
Palpar tus senos, cantar canciones.
Aprovechar…
Si se acabase ya mi momento,
ten por seguro un presentimiento:
algo quedará.
Eres una islita en mi corazón.
Lo demás es frío y mucho dolor.
Un viento de vida y de diversión.
Sálvame con risas, cariño y color.
No quiero preguntas ni reflexión
quiero verte cerca al último temblor
Es muy sencillo y te soy sincero.
Tímido amor oculto en deseo.
Centrado en ti.
Yo puerilmente te escribo versos.
Adolescente, sueño con besos.
Ven a Madrid.
Hace tiempo que hay cosas que me enfadan. Pero no tiene ningún sentido que os las cuente a vosotros, porque ni os interesará mucho el tema ni yo obtengo nada con poner mis trapos al sol. Además luego hay buena gente que me manda mensajes: ¿Enrique, estás bien? ¿Puedo ayudarte? Sin embargo, a esas mujeres tan cariñosas debo decirles que no necesito ahora de muchos mimos, que eso debilita el espíritu del guerrero, y que sí, que de verdad, que efectivamente estoy bien, que no lo duden. No quiero algodón entre la realidad y yo. Tolero bien el roce.
No me pasa nada. Tengo sueño y trabajo. Lo normal. Hay órbitas de las que querría alejarme y otras que están demasiado apartadas de mi vida. Ya no quiero complacer a nadie con el tipo de cosas que solía escribir en años pasados. No es por fastidiar. Sino porque el universo, quiero decir, el mío, está cambiando.
De pequeño creo haber entendido en algún momento de mi educación la barbaridad de que la felicidad no era lo importante. De joven recuerdo haberme encontrado en , sobre una cama, con una estudiante a la que acababa de conocer en una fiesta de colegio mayor universitario, y, estúpido de mí, le dije totalmente ebrio que era más importante comprender que ser feliz. Evidentemente la señorita se escapó viva en el ultimo segundo. ¿Qué querría yo comprender? Se fue como asustada, yo que pretendía parecer interesante… ¿No quería yo comprender? Pues comprendí.
Ese fue el joven Brossa de entonces. El joven Brossa de ahora, con treinta años más de experiencia en juventud, puede decirlo. Sus objetivos están cubiertos. Tengo la sensación de que ya comprendo el mundo. Y el mundo era simple. Simple, chato y feo como un perro pequinés.
Juan José Millás tuvo éxito con una novela que se llamaba «La soledad era esto». Gran título. «Era esto». Nuestra magnifica e insuperable lengua española -otras lenguas también son estupendas- usa el tiempo pretérito en este caso, no para indicar una acción del pasado, sino para relacionarlo con una expectativa desaparecida. «Era esto». Existir «era esto». Y sigue siéndolo, pero yo creía que sería o era otra cosa -sigo usando el pasado-, pero solo era «esto». Es como si llegas a la capital de un país exótico que esperas y deseas que te apasione, y luego resulta que hay un par de zocos mugrientos, y poco más. Resulta que esto era todo.
El mundo es simple. Es un montón de apariencias de cosas que no son como al principio creíamos que «eran», pero que no tienen mucho misterio tampoco. A pesar de la física cuántica, las cosas son sencillas en el fondo. Cuanto más elemental y primario seas, mejor adaptado estarás para la vida. Porque todo es obvio, hasta para el más idiota. Más obvio cuanto más idiota eres. Yo he debido de volverme idiota, porque ahora ya lo entiendo todo.
A esa chica que se escapó corriendo en el último minuto por culpa de mi momento de falsa lucidez alcohólica, aunque no pueda recordar ni su nombre, ni su cara, ni ella a mí seguramente, quiero decirle que tenía razón. Que querer comprender cosas es de gente rara. Y que no te lleva muy lejos, Sin embargo, no tengo arreglo. Ahora querría ser feliz, Pero no quiero ser feliz para ser feliz, sino para descubrir otra manera de vivir y de pensar. Un camino distinto. Un nuevo misterio que desentrañar. Me empeño en encontrar lo que no hay.
De verdad te lo digo, no te molestes. Déjame. No me respondas, no me comentes nada. No me aconsejes nada hoy. Además, salgo en este momento y me voy a ver dónde puedo comprar tabaco a estas horas.
Solo queda el horizonte.
Persisten el sol y la tarde.
Ecos lejanos de actividad. Hierbas secas en las cunetas. Parecen estar muertas, pero revivirán cuando yo no exista. Cuando mis hijos no vivan ya.
Aire caliente.
El mundo se ha aclarado mucho, es verdad. Todo ha resultado ser más simple. Más chato. Pero queda el misterio de las grandes explanadas vacías que están dentro de mí.
A lo lejos, oigo un tren. Lleva ilusiones, expectativas, afanes de otros. Antes llevaba los nuestros.
Un grillo se ha callado. Un motor, a lo lejos. Un vaso con un hielo casi derretido.
Notas en la pared que nadie ha leído. Unas fotos. ¡Que mayores se han hecho! Los juguetes que regalamos. El perro que murió. Hermanos que no valía la pena tener. Besos desvanecidos y olvidados. Amigos de otras partes. Memoria borrada. Perdidas la indignación y el asombro. Extraviados el dolor y la tristeza. ilusiones dilapidadas.
Aun quedamos algunos. Como yo, que persisto como el sol y la tarde. Y la voluntad, que me mantiene seco bajo el peso del aire caliente, listo para arder y renacer cada año, igual que la hierba en las cunetas, señalando al horizonte.
Aire fresco
Antes solo había horizonte y soledad pero ahora también hay paisaje. Antes solo hierbas secas a los lados de la carretera. Ahora decoran la vía filas de árboles que crecen hacia la luz como mi vida desde que te has paseado por este camino. Los has plantado antes de que lleguemos juntos para que aumenten en tamaño y número como ilusiones. Rompen la linea de esa explanada enorme y vacía que tenía dentro. Ahora creo oír un tren que lleva mis afanes, que viajan con los tuyos, juntos no sé aún hasta qué estación. Gracias a ti he vuelto a renacer después de estar seco, como la hierba en las cunetas. El camino está más claro y hermoso. Dejo atrás una ciudad oscura y me dirijo contigo, compañera, a conquistar nuevas tierras y cielos. Eres el sol y la tarde, eres tú; mi caminar desde el principio del día; aire fresco para la nuca y la frente. Tu guiño significa la amistad y la risa para nuestro viaje en este espléndido otoño.
Antes solo había horizonte y soledad. pero ahora también hay paisajes. Antes solo hierbas secas a los lados de la carretera. Ahora decoran la vía filas de árboles que crecen hacia la luz, como mi vida desde que te has paseado por este camino. Los has plantado tú antes de que lleguemos juntos para que aumenten en tamaño y número, como ilusiones. Rompen el perfil de esa explanada enorme y vacía que tengo dentro. Ahora creo oír un tren que lleva mis afanes, que viajan con los tuyos, juntos no sé aún hasta qué estación. Gracias a ti he vuelto a renacer después de estar seco, como la hierba en las cunetas. El camino está más claro y hermoso. Dejo atrás una ciudad oscura y me dirijo contigo, compañera, a conquistar nuevas tierras y cielos. Eres el sol y la tarde, eres tú; mi caminar desde el principio del día; aire fresco en la nuca y la frente. Tu guiño significa la amistad y la risa para nuestro viaje en este espléndido otoño.
A él, el poder de tus pupilas no se lo pone fácil. Dicen que las neuronas se ponen más robustas cuando tienen que esforzarse. Entonces, seguro que tus ojos hacen que su mente supere algún límite, porque los quiere descifrar. Él puede mirarlos, mirarlos fijamente. Lo que le cuesta es definir su misterio, el motivo de su influjo, de las perturbaciones que le provocas. Tu vista es puntiaguda, pero no lacerante. Él te ve algo de bruja, y algo de bruja tienes, seguro, pero yo creo que de Caperucita, tienes aún más. Todas las explicaciones del porqué le despiertas tal atracción se le quedan, más que insatisfactorias, enanas y rancias. Le digo yo que serán tus labios bonitos, de sonrisa chispeante y picuda, en vez de ese brillo bajo las pestañas que tanto menciona. Él me contesta que acaso sea la combinación de ambas partes de tu rostro, y yo le doy la razón, si claro, evidentemente, y esos hombritos desnudos y estrechos que mueves al sonreír. Pero él sigue dándole vueltas al tema, como tratando de sacar de la chaqueta un cartabón con el que medir los ángulos que forman las líneas maestras del recuerdo de tu cara, divertida y triste a la vez. Pero hombre, ¿porque no le explicas claramente que te gusta tanto? Y me responde, enfadado como un niño que se impacienta, que porque no le da la gana. ¡Para qué contarle nada! Me pregunta: ¿Te crees que no lo sabe? ¿Tú crees que con esos ojos no se percatará de todo?
Mi amigo es de cuando los españoles llevábamos capa. Tanto le impresionas, que no te lo sabe decir. Pero yo sí sé… Así que me burlo y le digo:
He escrito un horóscopo exclusivamente para ti. No es astrología. Está basado en las nubes, la luz y las sombras. No descubre tu futuro sino tu presente profundo. Yo lo escribo y tú lo comprendes. No te digo nada que no sepas. Te ayudo a comprender que siempre lo has sabido.
Toca pensar. Toca actuar. La calle está mojada y resbaladiza. Has entendido por fin la realidad. La de fuera y la que debes construir dentro. Con decisiones. Con acción. Tiempos apasionantes que te pondrán a prueba. No son difíciles si sostienes tu estado de ánimo hasta descubrir y ejecutar tu próxima meta.
Hay un sabor a raro flotando en la penumbra. Sabe a piano antiguo. No hablo de paladear un piano, sino del olor de un barniz antiguo, como de principios del siglo XX. Pero no lo siento en la nariz, sino en la boca.
Hay un mueble negro. Puedes quitarle un poco de pintura, como si fuese cera. Se queda en las uñas. Pero el mueble sigue completamente negro. Hay un suelo fregado que no huele bien. Un cuarto oscuro. Estoy seguro de que tenía ventana, pero no logro recordarla abierta. Siempre cerrada. Hay un objeto de cristal que no logro comprender.
Una pequeña estatua de sal del niño que se saca la espina del pie. Me molesta la expresión “quiero recordar” cuando podría decir, “creo recordar”. En esta ocasión, yo quiero recordar, porque no tengo total certeza de que una niña lame la estatua del niño con la punta de la lengua para ver si sabe a sal o no. Luego yo chupo también la figura, y no quedo convencido de que sapa salado.
Hay un colchón antiguo, amorfo, previo a la invención de los muelles. Un pasillo con curva en vez de esquina. Una cocina que se limpia con algo raro. ¿Una piedra? ¿Una madera? ¿Una piedra y serrín? Hay un olor desagradable algunas veces. Hay una presencia hostil. Mantillas negras. Paños de ganchillo sobre los brazos de los sillones. Cortinas de terciopelo. Platos con entremeses sobre el colchón. También una pared recubierta de papel pintado con unos pájaros que eran tres veces mayores que la palma de un niño de cuatro años como yo. Hay una amenaza continua de soledad en el aire. Y un reloj de pesas. Un santo en una rinconera. Una cerraja decimonónica. Hace mucho calor. Un barrendero moja la plaza. Qué envidia, poder dedicarse a regarlo todo. Vuelvo la cara hacia la mesa cuadrada. Hay un mantel de plástico. Olor a cigarrillos. Las expresiones de los ancianos son de cariño. Pero hay algo hostil. En algún sitio. Quizás al fondo, el cuarto cuya ventana está siempre cerrada. Siempre oscuro. Algo permanece al acecho, amenazante. Un olvido que amenaza con hacerse recordar. Un pasado hundido en la memoria que pretende volver a flotar.
Como tú sabes yo soy humilde
No guardo cartas bajo la manga
y menos a ti.
Yo puerilmente te escribo versos.
Adolescente, sueño con besos.
Vente a Madrid.
Tienes mi esperanza.
Los últimos sueños.
Los pasos más torpes
que no llevan lejos.
Ahora que vivo estos tiempos raros,
no son momentos de estar ufanos
sin ton ni son.
Si estás conmigo ya estoy contento
si tu me quieres, no me lamento
¡Tienes razón!
Te doy mi temblor
mi angustia y mi duelo
me miras, me río
arrugando el ceño
Solo le ofrezco a tu cuerpo sano
una ciudad, y encontrar un algo
con tu ilusión.
Quiero dormir contigo, abrazado.
Sentir tu risa, sonido claro,
oír tu corazón.
Das tu alegría
sembrada en baldío.
Me alivias un poco,
no tan abatido
Ya que presiento separaciones
Palpar tus senos, cantar canciones.
Aprovechar…
Si se acabase ya mi momento,
ten por seguro un presentimiento:
algo quedará.
Eres una islita en mi corazón.
Lo demás es frío y mucho dolor.
Un viento de vida y de diversión.
Sálvame con risas, cariño y color.
No quiero preguntas ni reflexión
quiero verte cerca al último temblor
Es muy sencillo y te soy sincero.
Tímido amor oculto en deseo.
Centrado en ti.
Yo puerilmente te escribo versos.
Adolescente, sueño con besos.
Ven a Madrid.
Solo pensaban el uno en el otro. Por fin decidieron verse a mitad de camino. Su trabajo les había separado. Él era un jóven soldado. Un soldado raso, que ganaba muy poco, reiniciando su vida tras una etapa algo convulsa. En su momento tomó caminos equivocados. Había dejado los estudios, para dedicarse a la juerga como única ocupación. Desperdició unos años preciosos con la bebida y se metió además en muchos líos: un indeseable. Hasta que la conoció. Al principio era solo un motivo de orgullo para él haberse ligado una chica como aquella. Pero de pronto se dio cuenta de que era distinta y de que le estaba ocurriendo algo que no tenía previsto. La necesitaba continuamente con él. Hasta que un día tuvo que reconocer que la quería desmesuradamente. Llegó a creer que, dejando la bebida, sus sentimientos no serían tan extremos, como si lo que estuviera experimentando fuese algún efecto tóxico adicional del alcohol. Pero no era eso. Empezó a pensar y a madurar. Haría lo que fuera por no perderla. Entonces deseó fuertemente encauzar su vida, y como no tenía otra cosa en la que trabajar, se alistó en el ejército.
Ella vivía aún con sus padres en Barcelona. De buena familia, universitaria, culta. Sonreía triste en la cafetería de la facultad cuando sus amigos le proponían salir. Esta noche no puedo. Estoy muy ocupada, tengo que estudiar. Nos vemos en clase.
Volvía a casa en transporte público. Le encantaba sentarse en el autobús. Tenía la desgracia de haber caído verdaderamente enamorada, como quien contrae una fiebre incurable que sabe que va a acabar con su vida. Allí, en su asiento del bus, veía las calles durante ese diciembre tan gris, cargado de días sin luz, y miraba a la gente, pero soñando con él. Su enfermedad le hacía disfrutar la dulce herida de amar y sin darse cuenta, se recreaba en su sufrimiento mirando los árboles y las palmeras de la Diagonal. Los palomas, las flores, las fuentes, los niños… las parejas… Todo le parecía dolorosamente bello. Sacó de su bolso un sobre roto por un borde con una carta manuscrita que quería releer. Solo le decía que la quería, que la recordaba continuamente, como ella a él. Pero lo decía con una pasión que le desbordaba por los ojos. Sin saber por qué, lloraba, hasta el punto de llamar la atención de varios desconocidos que le observaban llenos de compasión. Incluso hubo una señora que se emocionó también al verla mojando de penas su carta.
Sacó de la mochila su bolígrafo y, en un bloc de espiral con cuadritos, comenzó a escribirle una respuesta:
«Querido soldadito mío. No sabes cuánto me duele que te vayan a mandar a África. Estoy aquí, llorando en el autobús como una tonta. No me digas que todo esto lo haces por mí, porque yo no puedo soportarlo. He leído lo de tus guardias en la nieve, y tus maniobras en los días de la gota fría. Yo sé que eso no es nada para ti. Pero no soporto que te vayas tan lejos y por quién sabe cuánto tiempo, arriesgando tu vida. Sabes que mi padre podría darte un trabajo en su fábrica. Él me dijo que sí, que te lo daría. No seas tan orgulloso. Además me dices que por fin no podremos vernos estas Navidades ni en Noche Vieja tampoco. He pensado que vamos a hacer una cosa. Aprovechar tu día libre, el que tienes antes de marchar a África. Tú puedes tomar el expreso de Vigo. Y yo también. Podríamos quedar en una población a medio camino. Logroño, quizás. Sé que solo podríamos vernos unas horas. Ese tren es de los viejos. Quizá sean 12 horas de ida y otras tantas de vuelta. Pero podríamos estar juntos un poco, hace casi dos meses que no nos vemos. Estar sin tus besos es muy duro para mí. Y te daría tu regalo. Querido soldadito mío, tus cartas son preciosas, como tus ojos y tus dientes blancos. ¡Cómo no voy a estar loca por ti! Me gustaría enseñarlas a mis amigas, a mi familia, a todos… que todos vieran lo bien que escribes. Pero no lo haré si tú no me dejas».
Días después le dieron la carta en la compañía, cuando estaba rodeado de compañeros. Él leyó la carta muy serio, y un par de amigos del cuartel bromearon a su costa al verle la cara. Uno hacía como que tocaba el violín detrás de él mientras leía la carta.
-No te lo creas, tío. Te dice eso, pero estará en este momento con un senegalés, de los que la tienen así de gorda.
Él le contesto con un certero gorrazo en la boca e inmediatamente añadió:
-Bueno tíos, ¿Sabéis que? Me da igual lo que digáis. Me iré a Logroño mañana en mi día de permiso.
Analizaron la operación entre todos los amigos, como si fuera un ataque sorpresa a una posición enemiga. Era muy peligroso no estar de vuelta puntualmente. Se le podía caer el mundo encima por no estar a tiempo en semejante ocasión. Antes de movilizarles no debían irse lejos. Calcularon bien las combinaciones posibles. De nada sirvió que le dijeran que solo podría verle unos cincuenta minutos. Y eso si no había ningún contratiempo típico de esos trenes que ya estaban siendo retirados. Uno de sus mejores amigos les decía como explicación a los demás: «Es que le ha dado muy fuerte al tío».
-Como llegues tarde, te va a caer un puro, chaval, pero uno de verdad.
Ambos subieron al tren a unas horas intempestivas, cada uno desde su rincón de la península. El trayecto fue largo. Los dos iban el uno hacia el otro atravesando una España tomada por nieblas impenetrables y nieves inoportunas, escuchando el famoso traqueteo de las viejas vías. El tren parecía no tener calefacción. Estaban cansados, sensibles. Él miraba el reloj: apenas habían recorrido 80 kilómetros y el tren ya acumulaba un importante retraso. No podría verla, estaba casi seguro.
Ella estaba contenta. Un señor que se subió en Lérida le preguntó si el asiento de al lado estaba libre. Quitó de esa butaca un paquete de regalo que llevaba para su chico, la palabra novio no le gustaba nada, y lo depositó en la mesita abatible. Sonrió… Estoy ilusionada como una tonta, se dijo.
Frió, hambre, sueño… ¡Y muchos nervios! El tren de él llegaba a Logroño con mucho retraso. Miró la hora. El tren de vuelta de ella ya habría salido de Logroño. Contaba con que su chica de pelo castaño y labios dulces, dejaría partir ese tren y sacaría otro billete para volver más tarde a Barcelona y lograr verle. Lo malo es que incluso su propio tren de vuelta saldría enseguida y ese si que no lo podía perder. Él debía tomarlo forzosamente. Era un soldado y no podía tener problemas bajo ningún concepto justo cuando tenía que salir hacia un país en guerra, aun siendo supuestamente una misión de paz. Estaba a punto de meterse en otro lío. Las paradas en las estaciones le parecían eternas. Ese sonido raro de las voces de fuera amortiguadas mientras el tren no se movía le sonaban extrañas. ¡Que subieran ya todos de una vez!
Por fin el tren llegaba a Logroño. Se levantó el primero para no perder ni un segundo. No dejaba de mirar el reloj. Se sentía muy triste pero se había propuesto no dejar de sonreír cuando ella estuviera delante. Por la ventanilla de la puerta la vio con su trenca marrón y su melena. Solo medio segundo, porque el tren en su frenada la pasó de largo. Cuando abrió la puerta del vagón, la vio corriendo hacia él. Se abrazaron hasta el punto de hacerse daño. Ella no separaba la cabeza de su hombro cuando él trataba de besarla porque estaba llorando y no quería que la viera, así que solo podía alcanzar a besarle la oreja. Así estuvieron un rato hasta que ella se echó a reír y secándose las lágrimas y los mocos como una cría le dijo que le iba a dejar una oreja más pequeña que la otra. Solo les quedaban unos minutos. Vamos a tu andén, es el número 3. Llegaron al lugar donde estaba su tren a punto de salir de vuelta hacia Vigo, y ella le dio su regalo. La niebla era muy espesa. En ese momento anunciaron que su tren de regreso estaba a punto de partir.
-Métete, corre, métete.
Se subió corriendo y ella se quedó junto a la puerta. Luego volvió bajarse unos segundos para volver a abrazarla y darle el beso que ambos habían soñado.
Ella le dijo sonriendo:
-Me encantan tus cartas. Son especiales. Aunque haces que me pase el día llorando.
Él, como respuesta, sonrió un poco triste mientras rasgaba el papel de regalo. Era un libro. No tenía título. Lo abrió y pudo ver que las páginas estaban vacías. Subido al tren la miró extrañado y ella con ojos brillantes, dijo poco antes de que el tren arrancase:
-Quiero que escribas. No solo cartas… Quiero que escribas. -dijo ella.
El resto fue una conversación gestual desde la ventanilla. Le mandaba besos, y hacía un movimiento con la mano como de escribir en el aire con una pluma invisible, mirándose. Mientras el tren, al alejarse, se clavaba en un aire frío y opaco y la carita de la chica, cortada por el viento, se desvanecía en la niebla.
Enrique Brossa
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Ha pasado toda su vida burlándose de los demás. Luego se han burlado de él. Sin embargo ha seguido igual, como si nada. Tratando de engañar a otros. Entiendo que ha renunciado a poder quejarse. Que él mismo ha llegado a la conclusión de que no hay por qué escarmentar de nada. De que se trata de aprovechar los márgenes que la civilización permite para pisar, clavar, escupir, atacar a todo el que conoce. Pobre desgraciado. No estaba especialmente capacitado para ese tipo de cosas.
Los días se afilan. ¿No lo sabías? Vaya… Es como si hubieran prohibido hablar de ello. Sin embargo, es cierto. Haz una prueba. Ve a la habitación de tu casa que esté más protegida de los sonidos de la calle. Siéntate y ponte a escuchar. No me refiero al crujir del suelo de parquet, ni a esos golpes de origen desconocido que todas las casas albergan. Eso no son más que los fantasmas que habitan tu piso, frecuentemente unos impresentables que andan siempre revoloteando como espíritus maleducados en su mundo extrasensorial y molestando un tanto a los que estamos alojados en otras dimensiones vecinas.
Pero yo me refiero a otro sonido. El de un metal frotándose con otro, como espadas. Ese ruido lo producen los días, que vienen cada vez más tajantes y agudos. Mañana es un día con dientes de sierra grandes, como para cortar pan. Pasado mañana es un día curvado y con dos puntas, ideal para seccionar y pinchar el queso de bola, el Roncal o la Torta del Casar, por ejemplo. Ayer tuve un día largo, perfecto para el arte de cortar jamón ibérico en lonchas finas. Y después de ese día jamonero, llegará otro como una bayoneta. Dentro de una semana alcanzará mi vida una jornada peligrosa como una navaja de barbero en la yugular.
Ninguno me produce dentera o, al menos no tanta grima, como el de guillotinar peces. El de cercenar las cabezas al pescado en dos tiempos. A saber: zas y ras. Primer tiempo. ¡Zas! Y se separan las cabezas. Segundo tiempo. ¡Ras! Y el pescadero, sin mirar a los ojos del besugo, con implacable habilidad, empuja mecánicamente las cabezas a precipitarse hacia el cubo de la basura, ¡Zas! ¡Ras! Otro: ¡Zas! ¡Ras! Otro… Una a una, se juntan en el fondo del barreño las caras de todos los peces, casi inexpresivas, salvo por un rictus de cierta esperanza congelada por la muerte súbita, pobres animalitos. Se van reuniendo en el oscuro balde junto con las colas, aletas, las vísceras y los rostros sin cuerpo de sus amigos y congéneres.
Pero no nos recreemos en esos pormenores. A medida que se acercan, todos los tiempos se van agudizando, los bordes de las semanas se afinan de modo espeluznante, y se puede percibir con claridad cómo se están rozando las hojas contra el hierro de afilar.
Cuando llegue el día del cuchillo del pescadero… ¿Será mi expresión inevitablemente de besugo? No lo sé. ¡Qué más da! Seguramente el pez siempre habrá mantenido ese mismo semblante de bicho de sangre fría. Moriremos con la cara que hayamos puesto siempre. Con el mismo gesto o con otra mueca. ¿Qué nos importa?
Estoy solo. Ante el peligro; ante la vida; ante los días y su filos de aleación. Estoy completamente solo. Mejor así que mal acompañado, sin duda. Pero enfadado. No con alguien, no, eso no, en absoluto. Para qué. Únicamente estoy molesto por el perfil cortante de las fechas que se avecinan.
Hoy he visto una linterna en un cajón de la cocina y sin pensarlo dos veces, la he tirado a la basura. Las linternas nunca funcionan. Siempre se acaban pudriendo las pilas y segregan esas manchas verduscas y corrosivas antes de que uno tenga la oportunidad de emplearlas. Hace mucho tiempo que no he necesitado usar eso. Ya no suele haber apagones. ¿Para qué quiero ese chisme? Solo es un estorbo más. Únicamente recuerdo una época de mi infancia, cuando salía al campo a buscar caracoles en noches de verano, después de la lluvia. Entonces las linternas sí que eran útiles para ese peculiar menester que tanto me divertía de niño. ¡Yo he encontrado siete! ¡Pues yo ya llevo catorce! Y eso que yo era el menor y siempre había quien abusaba y no soltaba la linterna. Ese egoísmo enfermizo y premonitorio de lo que vendría después… Poder tener la linterna en la mano y ser el que alumbraba y descubría el siguiente caracol significaba mucho para mí, lo más importante del mundo, pero era casi imposible que no me la quitarán de las manos. Afortunadamente, un día me hice mayor y estas cosas dejaron de importarme. Desde entonces, nuca había tenido que buscar nada en mi vida. Pero eso ha cambiado. Ahora, usando un flexo en vez de linterna, de nuevo ando como un loco buscando caracoles cada día por la mesa de mi despacho, aunque estemos en plena sequía, o quizás por eso. Pero la noche ya no huele como entonces a tierra mojada, sino a sudor frío y a latente inquietud.
Las linternas nunca están donde se las necesita. Una noche robaron en mi casa, en esa época legendaria y espléndida en la que yo era soltero y vivía generalmente solo. Fue precisamente la noche en que había quedado a cenar con ella por primera vez. Volví contento tras acompañarla a su casa, pero al llegar a mi piso, la sorpresa fue que la cerradura de la entrada estaba rota, la luz no se encendía y dos sillones presionaban la puerta para que yo no pudiera entrar y los ladrones ganasen unos segundos para escapar por la terraza. En este punto haremos un inciso. Hay que distinguir entre la realidad empírica y la literaria. Que quedase a cenar con ella y que mientras tanto me estuviesen robando en casa fueron sin duda dos sucesos simultáneos, pero totalmente independientes. Yo llamaría a eso una realidad empírica. Pero la realidad literaria… No quise interpretarla. De mis dos facetas, quizás se impuso la del simple realismo a la de la intuición. Sigamos.
La impresión fue fuerte y muy desagradable. Yo había tenido que volver relativamente pronto y quizás ellos… ¡aún estaban allí! En aquellos tiempos no había teléfonos móviles. Como pude, trepé a oscuras sobre los sillones y avancé despacio por un pasillo, que no estaba tenebroso sino totalmente negro. Avancé palpando la pared para orientarme y esperando que, en cualquier momento, alguien me tumbara de un golpe o, peor aún, de un navajazo. Sin querer, tiré con mi hombro un cuadro grande que cayó con un gran estruendo y me sobresalté mucho, claro, pero permanecí inmóvil varios minutos, esperando un posible movimiento en algún lugar de la oscuridad. Si había alguien dentro ahora ya era imposible que no supiera de mi regreso. El cerebro me funcionó bien y en esa situación no sentía miedo. No hay mérito en eso. Soy miedoso en muchas ocasiones de otro tipo. Solo me mantenía extraordinariamente alerta, con los puños cerrados, tratando de percibir el roce de una ropa que no fuera la mía, o alguna respiración clandestina mal escondida. Llegué a pensar que mis leves pisadas eran las de otro y entonces de nuevo me quedé inmóvil tratando de que no se me oyera respirar a mí. Finalmente acabé de recorrer el pasillo y llegué a la zona que me daba mayor sensación de peligro, donde confluían las puertas de varias habitaciones. Desde alguno de esos cuartos, quizás podría asaltarme uno de esos tipos albanokosovares tan violentos que por aquellos días se habían hecho famosos reventando pisos (y propietarios) en Madrid. Tras la puerta de la cocina estaba el cuadro general de la luz con el que quizás podría devolver la iluminación a toda la casa. Ése era mi objetivo. Para empujar la puerta de la cocina, primero tuve que convencerme de que los ladrones no pintaban nada en ese sitio y de que quizás se habrían ido ya o estarían en mi despacho, o en mi dormitorio. Pero… ese momento fue de verdad un mal trago pese a todo. Al andar me sobresaltaban los objetos que pisaba. Delataban mis movimientos, crujían bajo mis botas, ya que el suelo estaba tapizado con cientos de cosas de todo tipo que los asaltantes habrían tirado al suelo desde los armarios, tratando de encontrar rápidamente algo de valor. Finalmente alcancé el cuadro de luces y todo se iluminó. La casa estaba aparentemente destrozada. Fui corriendo al cajón de los cuchillos y tomé el más amenazante, el del cordero asado, colocándome otro más en el cinturón por si hubiera algún forcejeo. Salí del pasillo y recorrí mi piso, palmo a palmo, no fijándome todavía en lo que me habían desvalijado, sino en si aún tenía a los invitados en casa. Busqué bien a los delincuentes, blandiendo con fuerza el cuchillo, hasta llegar a la conclusión de que ya se habían escapado tranquilamente y con bastantes objetos de mi propiedad.
Al día siguiente, fui al Rastro de Madrid, para ver si reconocía algo de lo que allí se vendía. Ella vino conmigo. Sí, ella. Lo que se habían llevado no era lo de mayor valor, sino lo que podían vender rápidamente. Y si lo encontraba, posibilidad bien remota… ¿Qué podría hacer? Pronto decidí darme por vencido. ¿Qué pretendía conseguir yo con esa búsqueda irracional y desesperada? Me sentí como en esas películas en las que se enfoca al personaje principal desde arriba, alejando la imagen con el teleobjetivo, como si la cámara ascendiera, y se ve empequeñecerse a ese hombre, hasta parecerse a una hormiga en una ciudad abarrotada, con flujos de humanos transitando como las corrientes en el mar. Un hombre impotente, un pequeño punto, tratando de corregir fuerzas que le superan enormemente.
Te roban. Es un hecho. Hasta tus hermanos lo hacen si la ocasión se lo permite -y son mentalmente enanos-. Las cosas son así, y mucho peores también. Así que me fui del Rastro, pero dándome cuenta de que es patético, tras el ultraje, salir a buscar algo que sabes que no puedes recuperar.
Da igual si se trata de un reloj de pulsera, un lingote de oro o simplemente una ilusión. Cuando alguien te decepciona es como si te desvalijaran. Es sufrir el acto de un usurpador. Desilusionar a alguien es hurtarle la ilusión. En general, si te roban algo, debes darlo por perdido y pensar en adquirirlo todo nuevo cuanto antes. Si se puede, que no siempre es posible. Incluso te entran ganas de no volver a tener eso de lo que te han esquilmado, para que nunca más ocurra. Jamás me compraré esto ni aquello, me decía yo de un modo infantil. Así no me lo volverían a quitar.
Ser robado de todos los modos posibles parece ser una de las constantes de mi vida. La última, está muy reciente. Por eso, ahora no puedo evitar el recuerdo del robo durante la primera cita con ella. Me toca la humillación de volver caminar a ciegas por mi pasillo, una vez más, pisando mis propios enseres personales desparramados por el suelo, como aquella noche, con el aparente valor que te aporta carecer de alternativas. La linterna del tercer cajón de la cocina no fue de utilidad ni aquel día ni ningún otro. Sé que no me servirá nunca, porque las cosas que te han robado no reaparecen donde tratas de arrojar luz. Ya no están ahí y nunca volverán a estar.
Hoy he visto una linterna en un cajón de la cocina y sin pensarlo dos veces, la he tirado a la basura. Las linternas nunca funcionan. Siempre se acaban pudriendo las pilas y segregan esas manchas verduscas y corrosivas antes de que uno tenga la oportunidad de emplearlas. Hace mucho tiempo que no he necesitado usar eso. Ya no suele haber apagones. ¿Para qué quiero ese chisme? Solo es un estorbo más. Únicamente recuerdo una época de mi infancia, cuando salía al campo a buscar caracoles en noches de verano, después de la lluvia. Entonces las linternas sí que eran útiles para ese peculiar menester que tanto me divertía de niño. ¡Yo he encontrado siete! ¡Pues yo ya llevo catorce! Y eso que yo era el menor y siempre había quien abusaba y no soltaba la linterna. Ese egoísmo enfermizo y premonitorio de lo que vendría después… Poder tener la linterna en la mano y ser el que alumbraba y descubría primero al siguiente caracol significaba mucho para mí, lo más importante del mundo, pero era casi imposible que no me la quitarán de las manos. Afortunadamente, un día me hice mayor y estas cosas dejaron de importarme. Desde entonces, nuca había tenido que buscar nada en mi vida. Pero eso ha cambiado. Ahora, usando un flexo en vez de linterna, de nuevo ando como un loco buscando caracoles cada día por la mesa de mi despacho, aunque estemos en plena sequía, o quizás por eso. Pero la noche ya no huele como entonces a tierra mojada, sino a sudor frío y a latente inquietud.
Las linternas nunca están donde se las necesita. Una noche robaron en mi casa, en esa época legendaria y espléndida en la que yo era soltero y vivía generalmente solo. Fue precisamente la noche en que había quedado a cenar con ella por primera vez. Volví contento tras acompañarla a su casa, pero al llegar a mi piso, la sorpresa fue que la cerradura de la entrada estaba rota, la luz no se encendía y dos sillones presionaban la puerta para que yo no pudiera entrar y los ladrones ganasen unos segundos para escapar por la terraza. En este punto haremos un inciso. Hay que distinguir entre la realidad empírica y la literaria. Que quedase a cenar con ella y que mientras tanto me estuviesen robando en casa fueron sin duda dos sucesos simultáneos, pero totalmente independientes. Eso es una realidad empírica. Pero la realidad literaria… No quise interpretarla. De mis dos facetas, quizás se impuso la del simple realismo a la de la intuición. Sigamos.
La impresión fue fuerte y muy desagradable. Yo había tenido que volver relativamente pronto y quizás ellos… ¡aún estaban allí! En aquellos tiempos no había teléfonos móviles. Como pude, trepé a oscuras sobre los sillones y avancé despacio por un pasillo, que no estaba oscuro, sino totalmente negro, palpando la pared para orientarme y esperando que, en cualquier momento, alguien me tumbara de un golpe o, peor aún, de un navajazo. Sin querer, tiré con mi hombro un cuadro grande que cayó con un gran estruendo y me sobresalté mucho, claro, pero permanecí inmóvil varios minutos, esperando como consecuencia, un posible movimiento en algún lugar de la oscuridad. Si había alguien dentro ahora ya era imposible que no supiera de mi regreso. El cerebro me funcionó bien y en esa situación no sentía miedo. No hay mérito en eso. Soy miedoso en muchas ocasiones de otro tipo. Solo me mantenía extraordinariamente alerta, con los puños cerrados, tratando de percibir el roce de una ropa que no fuera la mía, o alguna respiración clandestina mal escondida. Llegué a pensar que mis leves pisadas eran las de otro y entonces de nuevo me quedé inmóvil tratando de que no se me oyera respirar a mí. Finalmente acabé de recorrer el pasillo y llegué a la zona que me daba mayor sensación de peligro, donde confluían las puertas de varias habitaciones. Desde alguno de esos cuartos, quizás podría asaltarme uno de esos tipos albanokosovares tan violentos que por aquellos días se habían hecho famosos reventando pisos (y propietarios) en Madrid. Tras la puerta de la cocina estaba el cuadro general de la luz con el que quizás podría devolver la iluminación a toda la casa. Ése era mi objetivo. Para empujar la puerta de la cocina, primero tuve que convencerme de que los ladrones no pintaban nada en ese sitio y de que quizás se habrían ido ya o estarían en mi despacho, o en mi dormitorio. Pero… ese momento fue de verdad un mal trago pese a todo. Al andar me sobresaltaban los objetos que pisaba. Delataban mis movimientos, crujían bajo mis botas, ya que el suelo estaba tapizado con cientos de cosas de todo tipo que los asaltantes habrían tirado al suelo desde los armarios, tratando de encontrar rápidamente algo de valor. Finalmente alcancé el cuadro de luces y todo se iluminó. La casa estaba aparentemente destrozada. Fui corriendo al cajón de los cuchillos y tomé el más amenazante, el del cordero asado, colocándome otro más en el cinturón por si hubiera algún forcejeo. Salí del pasillo y recorrí mi piso, palmo a palmo, no fijándome todavía en lo que me habían desvalijado, sino en si aún tenía a los invitados en casa. Busqué bien a los delincuentes, blandiendo con fuerza el cuchillo, hasta llegar a la conclusión de que ya se habían escapado tranquilamente y con bastantes objetos de mi propiedad.
Al día siguiente, fui al Rastro de Madrid, para ver si reconocía algo de lo que allí se vendía. Ella vino conmigo. Sí, ella. Lo que se habían llevado no era lo de mayor valor, sino lo que podían vender rápidamente. Y si lo encontraba, posibilidad bien remota… ¿Qué podría hacer? Pronto decidí darme por vencido. ¿Qué pretendía conseguir yo con esa búsqueda irracional y desesperada? Me sentí como en esas películas en las que se enfoca al personaje principal desde arriba, alejando la imagen con el teleobjetivo, como si la cámara ascendiera, y se ve empequeñecerse a ese hombre, hasta parecerse a una hormiga en una ciudad abarrotada, con flujos de humanos transitando como las corrientes en el mar. Un hombre impotente, un pequeño punto, tratando de corregir fuerzas que le superan enormemente.
Te roban. Es un hecho. Hasta tus hermanos lo hacen si la ocasión se lo permite -y son mentalmente enanos-. Las cosas son así, y mucho peores también. Así que me fui del Rastro, pero dándome cuenta de que es patético, tras el ultraje, salir a buscar algo que sabes que no puedes recuperar.
Da igual si se trata de un reloj de pulsera, un lingote de oro o simplemente una ilusión. Cuando alguien te decepciona es como si te desvalijaran. Es sufrir el acto de un usurpador. Desilusionar a alguien es hurtarle la ilusión. En general, si te roban algo, debes darlo por perdido y pensar en adquirirlo todo nuevo cuanto antes. Si se puede, que no siempre es posible. Incluso te entran ganas de no volver a tener eso de lo que te han esquilmado, para que nunca más ocurra. Jamás me compraré esto ni aquello, me decía yo de un modo infantil. Así no me lo volverían a quitar.
Ser robado de todos los modos posibles parece ser una de las constantes de mi vida. La última, está muy reciente. Por eso, ahora no puedo evitar el recuerdo del robo durante la primera cita con ella. Me toca la humillación de volver caminar a ciegas por mi pasillo, una vez más, pisando mis propios enseres personales desparramados por el suelo, como aquella noche, con el aparente valor que te aporta carecer de alternativas. La linterna del tercer cajón de la cocina no fue de utilidad ni aquel día ni ningún otro. Sé que no me servirá nunca, porque las cosas que te han robado no reaparecen donde tratas de arrojar luz. Ya no están ahí y nunca volverán a estar.
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¿En qué fase estoy hoy? Hay tiempos de vivir. Hay tiempos de sentir y de pensar.
Momentos para soñar. Para escribir, para anhelar.
Aveces toca sufrir. Otras charlar. Ayudar y dar consuelo… Idear…
Algunas veces debo ser sincero. Otras tengo que mentir.
Hay tantos tipos de momentos… Miles de verbos, relacionados con instantes precisos de la vida. El de ir, el de retornar, el de huir… Desaparecer, que es deshacer una aparición. Volver al orden del principio.
Un día noté que debía respirar más que suspirar, y otro hubo en el que tenía que reír. Me hacía falta, y reí. Te estoy tan agradecido por aquellos días…
Amar, es imprescindible. Amar lo suficiente, como dormir o caminar. No es algo que se pueda gestionar. Se puede ser listo. Se puede ser sabio. O pillo, o malvado. No gestionar… Gestionar no. Perdónama. Gestionar no es vivir. Creo que con este párrafo me he ido del tema…
¡Tantos y tantos verbos! Muchos para cada oportunidad. Para cada momento vital, o situación más o menos crucial. Gritar, musitar, afirmar, perder, ganar, aborrecer, pelear, cuidar, mirar, dirimir, abolir, gorjear… Todos los verbos son profundos si los sabes leer o pronunciar bien. No los digas sin pensar. Despacio. Cada verbo cuenta una historia. Tu historia. Te explica a ti mismo lo que eres, lo que te sucede. Tu vida es estúpida, una verdadera memez, si no te fijas bien en los infinitivos que utilizas, o en los gerundios. ¡Y qué decir de esos pretéritos patéticos y definitivos que son los participios.
Hacemos cosas, hablamos… Usamos frases para comunicarnos. ¿Te digo la verdad? ¡Sobran! ¡Sobran todas! Un solo verbo es una verdadera oración en el sentido gramatical y en el religioso. Una jaculatoria o toda una plegaria. A ver. ¡Di uno! ¡Cualquiera…! Se me ocurre «trazar». Al decirlo, fúndete con la acción de trazar. Siente que tú eres trazar. Tu vida está ahí, en trazar… ¿Lo notas? O tronar, o reverdecer, o tremolar, o dilapidar, o nutrir… Volar, arrastrar, dudar, hurgar, morir, sofreír, atravesar, secretar, repartir, azuzar, deducir, brillar,anular, llorar, despoblar, tensar, preguntar… ¿Los has leído bien? ¿Los has vivido? Cada verbo encierra tu alma en él.
Y yo… ¿En qué fase estoy yo hoy?
Hoy me toca callar. Enmudecer me ocupa. Callar habla por mí. Callar está en lo que digo. Quiero silencio, sobre todo, dentro de mí. Si te apetece, un día podrías venir y callar conmigo. Te aburrirías, claro, qué cosas digo… Y qué cosas no.
Callar… Necesito callar. Oír el zumbido que sobrevive siempre a la quietud de las cosas.
¿En qué fase estoy hoy? Dios mío…
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A partir de ese momento ya me di cuenta de que mi estancia en esa casa no podía continuar por mucho tiempo. Sin embargo, había algo que me dolía especialmente y era la cantidad de libros que iba a dejar de leer. Me planteé utilizar el dinero que me había dado mi padre para irme a Inglaterra. Podría comprar todos aquellos libros viejos. Sin embargo, no tenía cómo llevarlos. Entonces recordé algo que no sé si habré dicho ya, que me parece un invento maravilloso y que es precisamente que las maletas tengan ruedines. A mí siempre me han interesado los ruedines. Cuando era pequeño muchos niños de la casa podían ir por el jardín con sus bicis de ruedines pero mi padre entendía que el hijo del portero debía tratar de convertirse en un niño invisible. No podía jugar con los otros niños de la casa. Ni siquiera tuve bici con ruedines. ¿Será ese el motivo por el que me impresionan tanto los ruedines de las maletas? Precisamente esa era mi gran idea: podría comprar otra maleta con ruedines y llenarla de libros. Desde luego sería un poco más incómodo llegar a Londres cargando con dos maletas, y especialmente una, teniendo en cuenta lo que pesan los libros. Me fastidiaría bastante pero también tendría una ventaja y es que podría ir leyendo y vendiéndolos así que en el fondo, sería una maleta cargada de diversión y dinero.
– Elena. ¿A ti te importaría que yo me llevase todos estos libros a Inglaterra que pensabas tirar y te fuera mandando el dinero a medida que los vendiese?
Elena me puso cara muy extraña y me volvió a repetir que en realidad yo debería olvidar definitivamente lo de irme a Inglaterra para hacerme agente secreto y que lo que debería intentar es conseguir un trabajo normal aprendiendo un oficio. ¿Había caído yo en la cuenta de que los ingleses tendrían tendencia a leer libros en inglés en vez de en español? Y sí, eso era muy humano. Pero yo insistía en que algún español habría en Londres y le daría una gran alegría poder comprar todos estos libros en su idioma. Sin embargo, ella me dijo que Londres era una ciudad muy grande en la que yo no pintaba nada y que seguramente habría muchos sitios donde comprar libros en distintos idiomas. Pero sobre todo, que me olvidase de ir por allí y que me buscase un trabajo. Eso me desanimó mucho. Le expliqué que realmente había conocido muchos oficios ya porque para ocultarle a la gente lo de ser agente me había hecho pasar por cantidad de cosas. Sin embargo, a ella eso no la convenció mucho y lo que me vino decir es que por decir que era fontanero no me había convertido realmente en un fontanero.
– No sólo es eso, Elena, porque date cuenta de que cuando yo digo que soy fontanero, empiezo a pensar como un fontanero.
Pero ella me dijo que pensar como un fontanero no impediría que el agua saliese por todos aquellos tubos que yo no supiera empalmar y que para evitar inundaciones y poder desatascar cañerías, además de ponerme a pensar como yo creía que pensaba un fontanero, debería aprender el oficio, como todo el mundo hacía. Elena estaba guapa mientras me daba esas explicaciones, aunque la notaba un poco cansada ya de contarme estas cosas.
– ¿Entonces tú crees que yo lo que debería hacer es convertirme en fontanero?
– No, Andrés, hombre, solo es un ejemplo. Pero deberías aprender algún trabajo. ¿Qué te gustaría hacer?
– Bueno, yo creo que he demostrado ser un buen vendedor de libros. ¿No te parece Elena?
– Sin duda, Andrés, lo haces muy bien. Pero vendiendo libros viejos sacas muy poco dinero y algún día los venderás todos. Y entonces ¿a qué te vas a dedicar? Sigue vendiendo los libros que quieras y, sobre todo, leyéndotelos, que es mucho más importante que los pocos euros que traes, pero tendrías que encontrar un trabajo.
Le propuse ayudar a Faustino en la óptica pero la idea no la convenció. También le propuse la posibilidad de que me ocupase de limpiarles el local porque mi padre también limpiaba como conserje así que yo también podía hacerlo, pero seguramente Elena se acordó de cuando tiré el expositor de gafas y no le pareció tampoco una buena propuesta. Entonces yo empecé a explicarle todas las cosas que hacía bien. Por ejemplo, me sabía hacer muy bien la raya del pelo. Quizás podría ser peluquero. Y así seguí diciendo uno tras otro todos los oficios que se me ocurrían basados en cosas que se me daban bien. ¡Y no eran pocas! Sabía silbar, lo malo es que no tenía muy buen oído para la música, pero sin embargo el ruidillo me salía así de bien, de modo que quizás podría dirigir un perro pastor de ovejas con mis silbidos. Buscar en los periódicos a ver si aparecía alguna oferta de trabajo para pastores. Mi abuela decía de mí: «este chico no vale más que para ver la televisión». Pero claro, eso no era ningún trabajo. La verdad es que no era nada fácil. Empecé a ponerme nervioso, cogí mis dos bolsas con nueve libros cada una y salí a vender.
¡Lo que a mí me hubiera gustado poder dedicarme a esto de los libros! Entonces pensé que, si a Elena le parecía que ganaba poco con eso, a lo mejor lo que debería hacer es tratar de ganar más sacando más euros por cada libro. Recordé a mi amigo Manolo, el del puesto en la Plaza Mayor. Siempre decía: «fíjate en mí, Andrés. Hay que ser agresivo para vender. La gente me compra más si siento que tengo perfectamente claro que van a comprar lo que les diga. Si el vendedor dice lo que hay y con seguridad, con su seguridad en sí mismo, al pobre cliente prácticamente no le queda más remedio que comprar. Y porque no le pido que me compre más cosas que si no, a saber…»
Entonces decidí convertirme en un vendedor de libros, como ya era, pero más agresivo, como mi amigo Manolo. Se me puso ya la cara de muy serio y no la cambie así en todo el tiempo que me costó bajarme andando la Castellana con mis dos bolsas llenas. Si mantenía las cejas juntas mientras me bajaba toda la Castellana, seguro que arrasaría.
Cuando llegué a la Cuesta de Moyano fui directo a mi librero favorito de todos los días dispuesto a hablarle con mucha autoridad para que supiera con qué vendedor de libros estaba tratando el pobre y no le quedase más remedio que comprármelo todo y con buenos precios y punto.
Me acerque y le dije con mucha chulería:
-A ver, tío, que te traigo buena mercancía para que hagas grandes negocios. Ya puedes empezar a comprarme todo esto que si no, no voy a venir más por tu chiringuito y el negocio lo va a hacer cualquiera de estos otros que también tienen puesto en la cuesta.
Y entonces metí la mano en una de mis bolsas de plástico y saqué la primera obra que tenía que vender.
El librero seguía fumando como siempre y no me miraba pero sin embargo cuándo puse mis libros encima de los suyos, los que tenía puestos allí para vender, todos muy bien colocados, se cabreó mucho y dijo:
-Quita esa guarrería de encima de mis libros inmediatamente si no quieres que te meta una leche que vas a llegar volando al estanque del Retiro.
-Perdona hombre, tampoco es para ponerse así, yo solamente te los dejaba para que los vieras por si los querías comprar
– ¡Pero qué quieres que te compre! ¿Qué es esa mierda que me traes? Yo vendo libros. ¡No basura! Eso lo tiras al cubo en tu casa.
Se refería a uno grande sin tapas muy bonito con muchas fotos de playas montañas y chicas que se titulaba «Pasa un verano maravilloso con Viajes Marco Polo».
-¿Pero no ves que eso no es un libro, so merluzo? ¿No te das cuenta de que eso es un catálogo de viajes de hace 6 años? Y entonces él lo cogió y lo tiro al basurero que había en una farola. Eso hizo con mi libro «Pasa un verano maravilloso con Viajes Marco Polo. Ofertas verano 98″
-¡No lo tires! ¡Que es de Elena!
Lo cogió de la papelera que estaba en la farola y me lo volvió a dar:
-¡Toma! Pues te lo llevas de aquí y se lo das a la Elena esa. Ni siquiera sabes lo que es un libro.
Lo cogí, lo limpie…
-¡Lo has dejado todo sucio y arrugado!
-¿Pero no te das cuenta de que eso es propaganda de hace años? Puedes irte a cualquier agencia de viajes y te dan mil distintos de esos, pero al menos estarán vigentes, y se los regalas todos a tu Elena. ¿Quién te ha dicho que vendas eso? Le dices de mi parte que no se burle de ti.
Me quedé muy triste. El librero sí que era agresivo y no yo.
Cogí mi folleto de viajes, lo tiré a la papelera ante la risa burlona del librero y tomé mis bolsas de plástico y me fui a buscar un banco donde sentarme. De nuevo me sentía triste y cansado. Miré un edifico de los altos que se veían en la plaza de Colón y con la imaginación, vi salir a mi gigante detrás de él. Se acercó hasta la Plaza de Atocha y se agachó a mirar quién era el librero que tanto me chillaba. Lo miró con mala cara y tomó su caseta con el índice y el pulgar, la arrancó del suelo y luego la dejó caer sobre el Parque del Retiro, como quien se asegura que no se le quedan pegadas un par de pelusas entre los dedos. El librero protestaba y el gigante le decía:
-¿Cómo serías tú de abusón si fueras un gigante como yo? No me gustas. Trata bien a mi amigo Andrés o la próxima vez te dejaré subido a la copa del árbol más alto del Retiro.
Luego el gigante se volvió hacia mí y me dijo con dureza.
-¿Y tú? ¿Cómo es que te dejas tratar así?
-Es que yo creía que a lo mejor los folletos viejos se podían vender.
El gigante sin nombre, Gi, se me quedó mirando sin decir nada y luego se fue con esos caminares que tenía, como de andar en la huerta tratando de no chafar nada. De pronto se volvió y me preguntó.
-¿Quién es el fruto de tu imaginación? ¿Tu librero o yo?
-¿Tienes ya tu cuenta gratis en DesafiosLiterarios.com? Es aparte del taller pero es interesante que te la hagas cuanto antes.
-Sí, ya tengo cuenta.
-Muy bien. Ahora hablemos del taller. La gente está extraoridnariamente contenta. Es la verdad. Son sesiones online, pero personales. Es decir, que con la cámara de tu PC, tableta o móvil nos conectamos por videoconferencia. La sensación que se logra es la de que estamos todos juntos compartiendo una mesa. Pero cada uno está en su casa, con su refresco, su café, o lo que sea. El tiempo se aprovecha al máximo porque no te tienes que desplazar. Y también por eso se puede ofrecer a un precio más interesante.
-Qué chulo. ¿Entonces son en grupo siempre?
-Pueden ser en grupo o individuales. Hay dos modalidades más, una es en grupo preconcertado: es un grupo formado por los propios asistentes al taller, que llegan y me dicen queremos hacer el taller nosotros tres, o cuatro, o los que sean. Entonces se lo pongo muy, muy barato.
-A lo mejor yo puedo formar un grupo entonces.
-Pues estría muy bien.
-¿Y la otra modalidad?
-La otra modalidad es una plataforma online. Haces el curso cuando quieres, porque es por medio de textos, audios, videos… Y también hay ejercicios prácticos muy interesantes. Y días especiales en los que hay diálogo con cámara para preguntas y respuestas en directo y grabadas si no puedes asistir, pero ya no cada semana.
-También está bien.
-Si tienes el objetivo de empezar un libro de relatos o una novela y más si la tienes empezada o terminada, te recomiendo el taller individual. Si tienes un grupo o si de momento lo que quieres es mejorar tu escritura, te recomiendo el grupo. Y si tu horario no te permite asistir a una hora determinada, entonces deberías coger el curso de plataforma para que lo hagas cuando vayas pudiendo.
-Está bien clarito. ¿Y el temario?
-Te paso el temario, pero prometo saltármelo si veo que lo que tú necesitas es otra cosa. Quiero decir que en los cursos con cámara, la adaptación a lo que veo que necesita cada uno o el conjunto, es total. Por otro lado este taller es muy innovador en muchos aspectos, así que, por favor, no pases a nadie mis temas ni las maneras de enfocarlos, porque son mi ventaja y la tuya.
-Suena interesante.
-Gracias. Si necesitas mayor seguridad puedes conocerme un poco en acción viendo mis vídeos, pero eso no son sesiones de taller, solo son dos pinceladas.
-Espera. Otra cosa que puedes hacer es preguntar a las personas que ya han hecho el taller o lo están haciendo. Pregunta en facebook quién conoce el taller y le preguntas. Espero que no te hablen muy mal… 🙂
-¿Como se paga?
-Puedes ingresar el dinero en una oficina BBVA y también puedes pagar online en desafiosliterarios.com con VISA, Paypal, transferencia…
-Vale, pues ya no te hago más preguntas. Bueno sí, me falta una. ¿Cuándo puedo empezar?
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He detectado que es verdad. A muchos les gustan estos vídeos. Yo me alegro mucho de que los encontréis de utilidad. Así que seguiré haciéndolos.
Tenéis que saber que he preparado una plataforma con vídeos como éste, más audios, textos, ejercicios, sesiones gratuitas en persona (vía webcam) en directo o grabados… y un montón, o dos, de cosas adicionales. Apuntaros. En el vídeo te explico cómo conseguirlos a mitad de precio (hasta que digamos basta).
Aquí os paso entonces este nuevo vídeo. Espero que os guste.
Un vídeo de Enrique Brossa, de Taller de relatos y DesafiosLiterarios.com.
Vídeo nº 3 de Aprendiendo a escribir contigo. Caer en lo obvio
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Pues yo soy agente secreto. Siempre que lo cuento me contestan lo mismo. ¡Pero hombre, no lo digas! Si no, ¿cómo vas a ser secreto?
Ya, bueno, es que lo de ser agente secreto, es una tocada de narices. Si no lo dices, porque no lo dices, si lo dices, pues eso… Uno puede inventarse una profesión, pero no para todos los días, porque fingir continuamente es muy difícil. Durante un tiempo yo empecé a decir que era afilador. Lo primero que se me ocurrió. Podía haber dicho que era fontanero, pero no. Afilador, mira tú…
Tengo que decir que de afilador se liga más que de agente secreto. Muchas mujeres casadas me decían que fuera a verles a su casa, pero luego no molaba. Me salían las señoras cargadas de hierros: ¿no te importará estos cuchillos que se me han quedado sin filo, querido… ? Y yo les decía: lo siento, María Luisa, pero es que no me gusta mezclar la vida privada y el placer con los negocios. Y te voy a poner un ejemplo. ¿Si te estropease yo esas tijeras? ¿Cómo afectaría el incidente a nuestra relación? Es una responsabilidad. Pero entonces me abrían la puerta de la calle y se llevaban la chatarra a la cocina y y ya no les veía más el pelo. Solo era por el interés te quiero Andrés.
Otra hubo que me pidió un día que le enseñase mi pito de afilador y se me tiró a buscármelo en los bolsillos. Ahí me pilló preparado, porque tenía unas de esas de caña que llevan siempre los bolivianos y peruanos que van al parque a cantar “El condor pasa”. Pero nada. en cuanto la saqué… empecé a soplar por un agujero y por otro… Se me fue la buena mujer, desesperada.
“Don NIcanor tocando el tambor”
Me digo: pues esto del afilador no me funciona. Se lo comenté a mis amigos del barrio, sobre todo a Manolo, que es un tío que sabe lo suyo. Se ha montado un negocio en la plaza de venta de Don NIcanor tocando el tambor. Y está encantado el hombre. Todo el día soplando el culo al Nicanor para que la gente vea el funcionamiento del producto. Una “demo”, dice él. Cada vez que le veo me habla de sus stocks, de sus márgenes, y sus cosas. Cuando llegué estaba precisamente despachando unos Nicanores a una señora rubia que hablaba en idiomas con su niño rubio. Cada vez que vende algo a alguna señora que no habla en español me dice: no sabes, Andrés, lo que me están creciendo las exportaciones. ¡Y no sabes el potencial que hay! ¡Pero vamos, no por eso descuido el mercado nacional! Digo: pues yo con lo de ser agente secreto, la cosa me marcha despacio. Y lo de decir que soy afilador, me va fatal. Me dice Manolo, pues pivota. Le digo ¿qué? Claro, Andresillo. Hoy día lo único constante es el cambio. Nada permanece, ya lo dijo Platón. Antes no había internet, por ejemplo. Ahora sí. Entonces… ¿Qué tienes que hacer? Pues pivotar, esta claro. ¡Macho, es que si no pivotas, a ver qué quieres! La verdad es que hablar con un amigo emprendedor tiene la cosa de que te inspira un montón.
La siguiente profesión falsa que me inventé fue la de alfarero. Manolo, que anda ya un poco sordete, me dice, pero Andrés, ¿qué faros ves tú en Madrid? Le digo, no, Manolo, estás teniente perdido. Digo alfarero, de los que hacen macetas. Y me dice, ¿ahora que no se ponen balcones? El mercado de macetas estará en declive. Piénsatelo bien, Andrés. Le digo: no, que es de mentira. Y le dio el punto. Dice, conmigo no se juega. Aquí no vengas con mentiras. Quita de aquí, que me estás espantando al público. Se puso como se puso. Y digo, anda y que te den. Hay veces que no me entiende ni Dios.
Casi cada día iba probando qué tal me iba mintiendo con distintas profesiones. Pero luego era un lío, porque a la vendedora de lotería le dije que era jardinero, al carnicero de mi madre, que era botones de ascensor, a un excompañero del colegio, le conté que era armador griego, a una chica que me gustaba le conté que era cabo de aviación, a un amigo de mi hermana le conté que era crupier, pero luego no le supe decir dónde… , en la verdulería, acompañando a mi máma, dije que estaba preprando unas oposiciones de socorrista, y va mi madre y allí mismo me suelta una sardineta en el cogote, en el estanco conté que estaba en la política, y otro día que estudiaba acordeón. ¡No sé! ¡Será que no sé pivotar bien! Al final no sabía que había dicho a cada uno. Todo por no decir la verdad: ¡que yo soy agente secreto, y ya está!. Lo mío son los asuntos internacionales, Salvar al país de algún peligroso terrorista o del ataque de alguna potencia enemiga.
Así que ahora no solo no lo oculto, sino que, como soy autónomo, pues para que me salgan casos me anuncio. Me he hecho tarjetas, sin nombre ni nada, claro, porque es secreto,. y pongo: ¿su Gobierno necesita un agente secreto? Lláme a este número o venga a verme a mi oficina (razón: portería) y dé cinco toques en la puerta.
La oficina la tengo en casa, Como mi padre es conserje, pues es cómodo, a pie de calle. Un día llamó uno dando los cinco golpes y salí corriendo pensando que sería algún asunto de lo mío… Pero era un vecino para saber si íbamos a llevarnos las basuras, que ya era hora. Abro y digo: entre rápido, que nos van a descubrir.
¡Bueno! ¡Cómo me puso! Y cuanto más le decía yo que es que tenía una profesión que no se podía decir, peor. Estuvieron a punto de echar a mis padres de la portería en la siguiente reunión de la comunidad de vecinos.
Dice la “máma”: hijo mío, ya con los 35 años que tienes deberías salir de casa. ¿Por qué no te vas a Inglaterra de una vez, que allí parece que habrá más movimiento para lo de los agentes esos, que a mí me parece que aquí está todo muy parado, con la crisis que hay? Y le digo, máma, es que no sé inglés. Y me dice, da igual. Tú hijo mío, lo que tienes que hacer es no decir nada, para que no te descubran. Pero llévate los guantes. Mira, ya te los he cogido yo y te los he metido en el bolsillo del abrigo. Y estate atento, no vaya a ser que los pierdas. Que por allí hará mucho frío. Y la abuela apostilló: ¡claro, niño! ¡El extranjero no es España! ¡Que eso ya lo sé yo, abuela! ¡Que no soy tonto!
Me dio mi padre un sobre con dinero y me regaló su bufanda. La pena, que no me diera la nueva suya, o lavada, por lo del aliento ese suyo, mezcla de tabaco y pastillas de menta, y mientras me enseñaba a ponérmela bien, le dijo a la máma que me hiciera un café bien cargado para antes de irme por esos países. El hombre me encajó bien el abrigo en los hombros dando un tirón aquí y otro allá, y me dijo: ¡Tira!
¡Espera Pápa! ¡Un momento! Y me subí las solapas hasta las orejas, por si pasaba alguien. Y en un momento en que nadie miraba hacia la conserjería, salí con el mayor sigilo, para que espías enemigos no me descubrieran, y me lancé al mundo. Así. Sin volver la vista a atrás… ¡Desde luego, mira que soy! ¡Mira que soy!
Me gusta sentirte cerca, sobre mis rodillas, ya estés vestida o desnuda, es lo de menos. Parece verdad que no estés aquí, pero ahora sé que si junto palabras es para encontrarme contigo, para que salgas de mi mesa, y de los papeles. Para reírme contigo, pensando en lo que yo diría, o en lo que tú, con tu gracia y tus ojos reflejando los ventanales, me podrías responder. Tú me mantienes, a este soñador, soñándote. Sentado ante mi escritorio, estoy junto a ti. Navego contigo, te beso, me río, me lloras, discutes, te siento en mis piernas, me besas, me paso… Nada ridículo hay en una fantasía auténtica como la nuestra. Tú y yo nos movemos bien dentro de una zona a la que no es fácil acceder si vienes de lo estéril o de lo cursi. No se puede indicar el camino para ir hacia allí. Los que nunca han estado en nuestro territorio, no es de esperar que vengan a hacer turismo. Por eso ésta es nuestra región, el parque que solo conocemos tú y yo. Quién no ha visitado nunca nuestros jardines nos busca en la alucinación, pero nosotros no vamos tan lejos
La imaginación nos aproxima a la realidad. No nos la aleja, ni la deforma, ni la sustituye. La acerca, como tú me atraes hacia ti, mientras te invento o te presiento.