Salmos ateos. Más fuerte

Salmos ateos. Más fuerte

La fuerza del afán
te impide descifrarme.
El deseo de ganar
te mantiene insensible
Y los hechos te premian;
confirman tu verdad.
Pero te diré que mi pasión sobrevive.
Y la tuya no.
Que mi fe sobrevive.
Mi dolor sobrevive.
Mi amor sobrevive.
Y el tuyo jamás prendió.
Sobreviven mi palabra,

mi razón y mis penas.
Mis esperanzas y mis sueños.
Son más fuertes que tu afán,

Momentos de paz y de guerra

Momentos de paz y de guerra

Hay momentos de paz y de guerra.

De voluntad, de tesón, tristeza, de odio o de amor…

Para recordar, para soñar, para imaginar, para prever o desear.
Estados propicios a la queja, o al anhelo, y el sentimiento.

Instantes para reconocer y confesar.

Tiempos de mentir, de fingir, de callar, de ocultarse o mostrarse… Está la hora de temer, o la de ser un héroe. Tiendes a chillar, o a cantar. A veces hay que ser histriónico, teatral, exuberante, brillante, abundante, omnipresente… O tal vez toca contenerse, disimular, esconder, distraer… O se trata de merecer, atesorar, ganar, o de ceder, dejar, abandonar, permitir, concluir, defender.

Hay miseria y gloria. Interrogantes y síntesis. Hay trascendencia o hay frivolidad. Morbo y ascetismo. Sensualidad o firmeza. Concentración, diversión o dispersión.

Hay situaciones de fatiga. De ruptura, de descanso, descenso y recuperación…

Yo hoy percibo muy cerca ya los vientos de cambio.
Estoy sintiendo el cambio y la energía.
Tiempos de ultimar más proyectos e iniciar otros aún más importantes. Tiempos de culminar.

Un periodista asesina a su director en Madrid y se suicida por culpa de unas palabras

Un periodista asesina a su director en Madrid y se suicida por culpa de unas palabras

Noticia de última hora, que hay que lamentar, es la muerte de dos personas en un periódico muy importante, de tirada nacional, en Madrid. Los hechos no están totalmente claros todavía, pero se van esclareciendo poco a poco. Al parecer, el director del importante rotativo comenzó a mostrar síntomas de locura cuando una mañana, según su esposa, hizo una lista con las palabras lúdico, paradigmático, icono, mediático y emblemático. Mientras se aseaba en su casa escuchando la radio, iba poniendo una cruz en cada una de estas palabras cuando sonaban en las distintas cadenas radiofónicas. Cuando se sentó a desayunar se llevó su folio y ya tenían las palabras un número notable de cruces, siempre según su esposa. Leyó el periódico y de nuevo el director de el famoso diario pudo encontrar artículos como: «el emblemático concierto de …. se desarrolló de un modo lúdico. El famoso y mediático cantante es un icono de los años…,  con su paradigmático tema….» Cuando el director del periódico llevó a sus hijos al colegio, según estos, detuvo el coche varias veces para seguir anotando cruces al  oír noticias similares en todas las emisoras. Fue entonces cuando les pidió a sus hijos que jamás dijeran esas palabras, de modo que los niños no las querían pronunciar ante los policías cuando fueron interrogados pues pensaban que eran «palabras feas». Al llegar el director a su periódico, reunió a todo su equipo de directores de redacción por áreas, y les expresó que ya estaba harto de tales palabras. Que lo mismo si hablaban de un restaurante, un juguete, un cantante, un político, o una «casa de citas», todos los artículos eran idénticos, y solo contenían frases con las palabras, icono, lúdico, paradigmático, mediático y emblemático. Y ante la mirada atónita de su equipo, prohibió el uso de tales palabras durante al menos un trimestre, amenazándoles con que de no cumplirse tan drásticas indicaciones, les despediría. Los redactores, justamente indignados, trataron de hacerle entrar en razón, le pidieron que les permitiese eliminar la palabra paradigmático, pero que no les «quitase de golpe» esas otras palabras. «Al menos- decían -déjenos decir emblemático».  «Toda nuestra vida hemos estado colocándo estos términos en todos los artículos y siempre hemos pensado que quedaban muy bien. Es lo que sabemos hacer» . «No nos quite nuestro medio de vida, tenemos familia». Entonces el director le pidió a uno de sus periodistas que escribiese algo sin tales palabras, a fin de demostrarles que era posible. Este comenzó con buena voluntad, pero le entraron unos temblores terribles, hasta que de pronto le clavó un cortaplumas en el cuello a su director y se tiró después por la ventana de un quinto piso, antes de que los presentes pudieran reaccionar, falleciendo seguramente ambos en el acto ya que  las ambulancias del SAMUR no pudieron hacer nada, por lo que ingresaron ya cadáveres en el Hospital Ramón y Cajal. No se entiende cómo unas palabras tan paradigmáticas, fueron prohibidas en aquel emblemático periódico de Madrid, cuyo director fue siempre un icono dentro de los ambientes mediáticos. ¡Ah! Y además, allí siempre había sido todo muy lúdico…

El envase de las anchoas

El envase de las anchoas

El progreso tiene sus cosas.

Los científicos como yo, no sé si estáis al corriente de esta faceta de mi identidad, nunca lo expresamos así. Lo decimos mucho peor para que quede más bonito. Decimos que el crecimiento económico genera contradicciones en el sistema.  ¿Eso qué quiere decir? Pues que el progreso tiene sus cosas, ya está.

Una cosa que ocurre con: el mundo desarrollado no favorece el equilibrio mental. Y luego la gente a suicidarse todo el rato, ya se sabe. Por ejemplo: antes las calles estaban más sucias. Ibas caminando por la calle y lo mismo pisabas un chicle que una camiseta, y no vamos a ser exhaustivos enumerando todo lo que te podías encontrar bajo las suelas. Hoy la vía pública está más limpia, pero claro, nos faltan las latas aquellas oxidadas y roñosas. Yo hoy estoy muy rabioso, y querría dar una patada a algún pote. Eso que antes se hacía cuando algo salía mal. Viene recogido en todos los comics, antes llamados tebeos, de Mortadelo y Filemón, el abuelo Cebolleta, o Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, por citar a algunos clásicos. Frecuentemente despejaban alguna conserva. Muchas veces hacen falta este tipo de escombros en la calle. Yo los echo de menos. Hoy por hoy, si quieres desahogarte tienes que guardar los tarros vacíos como si tuvieras el síndrome de Diógenes. En realidad es la sociedad entera lcon su manía del reciclaje a que padece este síndrome con tanto coleccionar y clasificar la inmundicia. En casa ponemos las hojalatas en la bolsa amarilla. Yo finjo estar de acuerdo con eso tan políticamente correcto, pero cuando necesito desfogarme, a mi lo del mindfulness no me hace nada. Yo asomo la nariz para ver si hay alguien en el pasillo, y si no me ve nadie, me deslizo sigiloso como un guerrillero pero sin traje mimetizado ni nada, con mis pantalones y mi camisa de rayas, una cualquiera, da igual. Busco en la bolsa de envases para reciclar, y cuando no me ve nadie…

-Papá, ¿qué estás rebuscando en ese cubo?
-Me has asustado. ¿Dónde estabas, hijo?
-Detrás de ti. Es que me preocupas, papa, te comportas de un modo extraño.
-¿Yo? Solo estaba asegurándome de que ponemos cada tipo de basura en su sitio. No sabes lo importante que es esto de reciclar.
-Ya, ya, ya…

Cuando se va mi hijo vuelvo a revolver todos esos recipientes desechables sucios. Hay un bote de plástico de cacao, bandejas de huevos… Pero eso no me valía. Yo lo que necesitaba era una lata vacía de fabada asturiana por ejemplo, o un tarro pegajoso de melocotón en almíbar. ¿Y qué es lo que me encontré en aquella ocasión? ¡Nada! ¡Una birria! Una minúscula latita de anchoas. ¿A dónde vamos con eso? Tanta comida sana…

Pero yo soy un posibilista. Me aseguro de que nadie me vea y cojo la latita de anchoas, que al fin y al cabo es lo que hay, con el índice y el pulgar, para no mancharme más de lo imprescindible. Y la pongo debajo del grifo del fregadero.

-Papá, ¿para qué estás lavando esa porquería?
-¡Hijo,ya está bien de vigilar a tu padre! ¡No tengo intimidad en mi propia casa! ¿De dónde has salido esta vez?
-¡De detrás, como siempre!
-¡Ya me he cortado! Si no me dieras estos sustos…
-Claro, papá, te lo iba a decir: ten cuidado que te vas a cortar.

Me lo quedo mirando y el niño decide acertadamente volver a desaparecer. Luego seco bien la cochambre, para que al chutarla no moje el suelo. Me da igual si estoy loco o no. Quiero mandarla al espacio sideral. Por fin tiro la latita al suelo, pero… ¡Qué miseria! Esto no vale para nada.

Igual si que estoy un poco loco. No,  no es eso: Estoy rabioso, sí que lo estoy. ¡Qué pasa! Necesito darle un puntapié a algo grande que dé volteretas y haga cotoclón-cotoclón. Aliviaría tensiones. No es  tan raro. ¿Pero qué puedo hacer con esa menudencia? Total, que he aquí mi mensaje: el progreso nos ha impuesto la razón y la pulcritud y la lógica, y así no hay quien se desahogue. La rabia y la frustración no se contemplan en nuestro mundo feliz porque están coercitivamente mal vistas, casi prohibidas. Te dicen que vayas a hacer running, pero yo quiero dar patadas porque estoy que mi ira ya no cabe en mí. ¿No nos damos cuenta de lo difícil que es mantener así el equilibrio con todos los desperdicios perfectamente clasificados para no deteriorar… (¡qué mentira!)  el medio ambiente?

-¡Papi!
-¡¡¡Dios!!! Dime.
-¿Te acuerdas de una cosa?
-¡Qué cosa, hijo, a ver, qué cosa!
-Cuando yo era más pequeño te dije que había marcado once goles en el recreo. Se lo contabas a todos: “éste es el peque, que el otro día metió once goles en el recreo, dos con balón y nueve con papeles.” Te parecía lo más divertido del mundo. ¡Cuánto te reíste con eso! Me llamabas, “mi hijo, el goleador”.
-Sí, es verdad. Me hacía gracia.
-¿Y tú vas a jugar al fútbol con una chapa de esas, papi el goleador? Te he visto otras veces. No es un comportamiento propio de un papá…
-No hijo, no voy a jugar. Es que no lo comprenderías.
-Es que, ¿qué? ¡Venga papá, un poco de consistencia! ¡Que ya tienes una edad! Y sal a la calle, que a mí no me dejas jugar con la pelota en la cocina. ¡Eres un injusto!

En fin…

He besado la cabecita de mi hijo. He bajado atolondrado a la calle. A meditar. Al final, sin restos de conservas. La noche me protege. El ambiente está húmedo y tibio. LLevo las manos en los bolsillos y la mirada hacia el cielo de cristal  oscuro, sin estrellas. Respiro. Camino y respiro. Avanzo entre las filas de árboles y coches aparcados que son en realidad como latas enormes. Las patearía, pero podrían saltar las alarmas de los vehículos y los vecinos no me comprenderían, porque son gente cerrada que no analizan el drama existencial del hombre contemporáneo, ni ninguna otra cosa de esas. Vuelvo los ojos hacia la acera y veo a lo lejos un bulto. Es una piedra. Podría darle una patada. Aunque no sea un recipiente para fabada asturiana, vale igual. Podría chutar la piedra. Pero paso de largo. La indulto, magnánimo, de los delitos de los que no es culpable y de la responsabilidad de ostentar, con sus exiguos gramos de peso, la representación de todo este enorme planeta loco en este universo raro, grande y estúpido, como un amigo mío. Y confío en no perder el  humor y en que unos minutos de caminar nocturno, respirando la quietud, el silencio y las sombras, me devuelvan la serenidad y la comprensión del inaprensible sentido de la vida.

MALDITO VIAJE MALDITO

MALDITO VIAJE MALDITO

ESTE RELATO ESTÁ FUERA DE CONCURSO. SOLAMENTE ABRE EL DESAFÍO E INCLUYE EL PRIMER ENLACE A LA CONVOCATORIA Y CLASIFICACIÓN

 

Hace falta mucho valor para ser viajero. No digo turista. Yo hablo de ser viajero, pero viajero, viajero, viajero. O sea, viajero de verdad. No es lo mismo ser un lobo de mar que tener un flotador. ¿Me entiendes? Pues esto es igual. Por mencionar a alguien que conozco bastante, diré que yo, por ejemplo, soy un viajero y un valiente. ¡Es así, qué le voy a hacer! Y espero que no se me tome a mal, que no es por presumir ni nada de eso, pero es que yo estoy muy “viajao”. Y es que para mí solo hay algo que me guste más que estar en casa, y eso es estar fuera de casa.

Perdón, no me he presentado todavía. Hola, mi nombre es Ricardo. Pero me gustaría que me llamaseis, Riky, el explorador.

He hecho el trotamundos, primero por aquí mismo, por los alrededores de la ciudad. He ido a casa de mis suegros en cantidad, a un pueblo que hay aquí cerca a comprar magdalenas muy ricas… Porque no veo yo bien la manía esa de irse a ver la China si no conoces ni tu pueblo, ¿verdad? ¡Qué Pekín ni qué Pekín! ¿Conoces tu ciudad? Con la de cosas que quedan por descubrir aquí. Primero España. ¿Has estado ya en Tomelloso? ¿O en Mollerusa?

Luego, el esnobismo de los amigos nos presionaba para llegar más lejos, pero yo me mantuve incorruptible y no salía de mi provincia. Pero bueno, al final ya, lo de ir a comer los domingos a casa de mis suegros se me empezaba a quedar corto, porque yo tengo un corazón salvaje e indómito, aunque use pijamas de felpa, y necesitaba cada vez perseguir destinos más remotos, y explorar parajes más recónditos. Vamos que también he hecho yo viajes lejos. ¡Y, bueno, qué voy a contar…!

He disfrutado mucho viajando en pareja, y lo he pasado de maravilla. No tanto como viajando con amigotes… Esto… ¡Vamos, nada que ver! Pero bueno, me lo he pasado muy bien también. Cuando se viaja en pareja hay momentos de mucha emoción y suspense. Por ejemplo, ¿Cuál será el veredicto de ella cuando vea la habitación del hotel que has contratado? “Está correcto, pero tampoco más”. ¡Vaya! “El baño no es que sea muy grande”. ¡Vaya! “Hace mucho que no me llevas a esos hoteles en los que hay albornoz”. ¡Qué manía con el albornoz!

Pero se pasa bien.

También he viajado solo… Esa sensación de libertad; ese respirar a pleno pulmón; esa disponibilidad para cualquier aventura… que al final de la noche acaba de aquellas maneras que mejor no vamos a pormenorizar aquí, quizás no siempre a la altura de nuestras expectativas. Oye, pero que sí, que está bien también viajar solo. Te conoces a ti mismo… Es lo que más haces.

Y hasta guardo buen recuerdo de viajes organizados. ¡Ah, son inolvidables! Aquella parada en mitad del desierto de sal en Túnez para ver alfombras y bolsas de cuero…. ¡Inolvidable! No teníamos escapatoria posible. Qué momentos tan felices. Cada vez que salíamos del autobús nos invitaban a un té turco y nos ponían a ver alfombras dos horas. Uf, me temo que se me mezcla Túnez con Turquía. Y eso que era inolvidable. ¿Por qué será? Seguramente porque son dos países que se parecen mucho en las bolsas de cuero y en las alfombras. Luego, la siguiente población la veíamos en cinco minutos. Pasábamos a toda prisa por su zoco, el guía nos decía dónde nos harían buen precio si dábamos su nombre para comprar más bolsas de cuero… ¡Una maravilla de viaje! ¡Y qué cantidad de bolsas de cuero tienen los turcos y los tunecinos! Y maletas y abrigos… Nos quedamos sin ver Topkapi, que ya dijo el guía que no valía mucho la pena, tan bien que lo pasábamos viendo alfombras.  ¡Dios, sí que vimos alfombras!

Con el tiempo uno recuerda con cariño incluso aquella diarrea de turista que nos doblegó a mí y a todos mis compañeros de viaje durante el penúltimo día. Entrañable… Los viajes son lo mejor. Tú puedes estar un año trabajando y no recordar nada de esa época, como si no lo hubieras vivido. ¿Qué sentido tiene? En cambio, si viajas es otra cosa. Como pilles una diarrea importante viajando en un autobús, está claro, no la vas a olvidar en tu vida. Por eso, los viajes dan sentido a tu existencia y son lo mejor que hay. Cuando tú te estás desintegrando en el baño, te sientes muy mal y muy indefenso y todo parece muy feo, pero en realidad tu existencia… cobra significado con cada retortijón.

Ahora mismo yo estoy de viaje. Me voy a descubrir nuevos horizontes con mi bicicleta estática y mi pijama de felpa. Más cómodo imposible. Lo iba a hacer en moto, pero al final, digo: no. Quizá el no tener moto me haya influido en rectificar esta decisión. Pero además de esto, es que con bici estática puedo escribir mientras pedaleo. No es que sea muy fácil, pero claro, es peor si vas en moto.  Voy a escribir para el siguiente Desafío Literario de DesafiosLiterarios.com. Se rumorea que el siguiente concurso será sobre relatos de viajes, así que me estoy preparando. Pedaleo y escribo, pedaleo y escribo… A ver qué sale, que creo que esta vez los premios van a ser mejores aún. ¿Será que van a regalar un viaje? Yo espero al menos viajar a la presentación del libro 3. ¿Y tú? ¿Vas a participar?

Ojo al dato: me acaban de pasar un enlace el desafío viajero, este que os decía. ¡¡¡Y TIENE PREMIOS MUY CHULOS!

DESAFÍO MALDITO VIAJE MALDITO. Convocatoria y clasificación en tiempo real

Vale pues. Se despide éste, que no es otro que su seguro servidor, afectísimo y todo eso: Riky, el explorador, o Riky a secas, que igual me da, oye, que en un momento dado tampoco hace falta más. ¡Si yo es que soy muy así!

Antonio Llamas nos ha dejado

Antonio Llamas nos ha dejado

En el día de hoy he sabido algo que ocurrió al filo de los días 20 y 21 de abril. Es sobre nuestro compañero y amigo de Desafíos LIterarios, Antonio Llamas. Nos ha dejado para siempre.

Antonio, ahora que nadie se sentirá ofendido, os diré que para mí era el mejor. Me da igual que alguien piense que es una especie de responso o de discurso hueco que sobra Da esa casualidad. Para mí, escribiendo, era el mejor. Era culto, era profundo, simpático en su prosa, tenía un estilo propio que establecía un puente entre la buena literatura en español del siglo XX y algo más actual. Suena desmesurado y excesivo decirlo a partir de unos pocos relatos subidos a un blog, pero yo le veía un gigantesco potencial. Como amigo de escribir, me identificaba personalmente en algunas cosas con él, como su mirada frecuente hacia la adolescencia, y su tono que esbozaba un ligero desencanto con rasgos de humor. En lo personal, era, inteligente y modesto, valga la redundancia. Y es una mierda que ya no podamos tenerle más. No llegamos a conocerle en persona. Por eso nunca le dije lo que opinaba de sus escritos. Tampoco es tan importante lo que yo diga… Pero siento no haber podido decírselo. Estuvo con nosotros tan pocos meses…Tenía una gran ilusión con aparecer en nuestro libro, «El año en que escribimos peligrosamente», donde accidentalmente no pudo figurar. Fue como una premonición. Quizás no teníamos derecho a tener a alguien así con nosotros.

Al recibir la noticia, lo primero que he hecho es releer su último relato en Desafíos Literarios. Y trata precisamente sobre el balance de una vida, con lo cual, cobra un significado muy especial. Parece como si hubiera querido regalarnos a nosotros una mirada hacia atrás sobre su existencia. Es por tanto un tesoro, un gran tesoro de inmenso valor. Gracias.

Querido amigo, Antonio, por favor, vuelve.

Os dejo un enlace a su Repaso de una vida previa:

http://desafiosliterarios.com/columnas/antoniadis9/repaso-de-una-vida-previa/

 

Matices

Matices

Mario Pinto ha introducido un texto como noticia del que me ha apetecido comentar. ¿Me tocaba escribir hoy? Pues ya lo tengo. Recomiendo leer primero el artículo de Mario. ¡Eh, pero luego volved y leedme a mí también! ¿De acuerdo?

http://desafiosliterarios.com/noticias/el-amor-y-la-nieve/

Divertida preocupación, la que nos traes, Mario. Ten en cuenta que los fineses, aún distinguiéndolos de los lapones, ven mucha más nieve que el mundo de nuestro idioma en general. Yo estoy siempre a favor de los matices. Por ejemplo las conjugaciones verbales españolas están plagadas de matices muy finos. Pero los matices tienen un problema. Hay que introducirlos primero en los cerebros y hoy día hay mucha gente cuyas neuronas carecen de tanta finura. La gente acabará hablando como los apaches en las películas del Oeste, porque igual que podría sobrar a un daltónico el nombre del color marrón o el del verde, ya me dirás tú para qué quiere un visionador actual de telebasura distinguir entre amor, pasión, veneración, subyugación, idolatría, cariño, encoñamiento, enamoramiento, seducción, ternura, necesidad, amorío, apego, aproximación, atracción, debilidad, noviazgo, morbo, culto, fervor, dominio, adaptación y vivienda adquirida con crédito hipotecario, por mencionar distintos tipos de unión de pareja.

En España tenemos (también) un programa llamado First dates. Dos desconocidos quedan a cenar ante las cámaras y les preguntan luego si quedarían otra vez. Abundan respuestas tan sutiles como: “sí, quedaría con él porque me gusta que tengan tatuajes los tíos”, “demasiado rubio”, “es qe me gustan las tías con el pelo más largo”. Ante ese nivel, ante cerebros tan primarios… se ha abierto paso con fuerza una expresión de las últimas décadas: “poner”. Esa tía me pone mucho, ese tío no me pone, no me pone nada. Me pone mogollón… En fin, matices…

Y a mi me lo cuentan así en sus relatos y me preguntan preocupados. ¿Te parezco demasiado cursi aquí, cuando digo que “me ponía un montón”?

Tú pregunta. ¿Matices? Te dirán, no, no m´atices, que t´atizaré yo más.

Photo by Sili[k]

MIS SALMOS ATEOS. Un día la música seguirá sonando

MIS SALMOS ATEOS. Un día la música seguirá sonando

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MIS SALMOS ATEOS. Un día la música seguirá sonando

Un día la música seguirá sonando,
pero no para ti ni para mí.
Como la radio en la ciudad fantasma
después del gran cataclismo,
emitirá un murmullo de soledad.

El día en que yo muera,
espero recordarás
que fuiste tú y solo tú.

Al principio nuestro recuerdo
será como un grano de arena
olvidado en un desierto infinito.
Después, ya no será.

En una mar demasiado serena
Mi velero quedará detenido
en un océano de niebla,
silencio y calma chicha.
Nuestras almas se irán diluyendo
en un cosmos sin ruidos ni tristeza.

Espero recordarás
que fuiste tú y solo tú.

Vagarán por el vacío
briznas de mi mente,
con átomos de la memoria
de nuestras risas desbordadas
por la alegre aventura de tenerte
y de la enorme dicha alcanzada
nadando en increíble  torrente.

Que fuiste tú y solo tú.

Tú eres para mí el agua y la sed a un tiempo,
vivirás conmigo después de la muerte.

Nosotros somos más.
Más que la felicidad,
más que la vida, más que la luz.
Hay algo eterno en tu mirada.

Nosotros somos más.
Somos la materia sin tiempo,
y nos fundiremos con ella
felices por habernos gozado.

Espero recordarás
que fuiste tú y solo tú.

Como lágrimas que al caer
creen desaparecer
pero han sido liberadas
para disolverse en el mundo.
Derramarnos el uno en el otro
nos ha devuelto a la tierra y al cielo.
Nuestro anhelo es abrazarnos
hasta convertirnos en aire y lluvia.

Otros no. Ellos, al agonizar,
con mano crispada,
se aferran a la sábana
Desaparecerán a su pesar.
Caracoles en agua hirviendo
que agonizan chillando sin voz.

Espero recordarás
que fuiste tú y solo tú.

Amamos con ojos abiertos
Parando el tiempo y la mente.
Hemos encontrado una puerta
hacia donde todos habitamos
El sitio que no puede verse.

Que fuiste tú y solo tú.

Recorrimos algo intenso.
Desnudos nadamos divertidos,
arrastrados por el gran río,
y dejamos de ser nosotros
para diluirnos juntos
en el hambre y en la existencia.

Tu sexo desnudo fue vergel desbocado
atrapando mi vida en tus manos.
Nos alimentamos uno del otro.
antropófagos felices y resignados.

Espero recordarás
que fuiste tú y solo tú.
Que fuimos nosotros dos.
Que aceptando la vida
no importa el final.

Photo by Fer Ledesma 
Mujer y vinilo

Mujer y vinilo

Una mujer es como un disco de vinilo. Hay que manejarlo con extrema delicadeza, porque se raya con mucha facilidad. No importa lo que tenga dentro: que sea un disco bueno, o malo, estruendoso o sutil, que su música sea delicada o heavy metal, que sea una espontánea Jam Session o un pautado minueto… Da igual: es un disco de vinilo. Sujétalo por los bordes, como si quemase, y con las yemas de solo tres dedos bien limpios. Trátalo bien. se lo merece.

Justo es decir que algunas veces eso es muy incómodo para los gruesos dedos del varón, pero que también por eso aprendimos a valorar y a adorar la música que había dentro de aquellos legendarios discos.

Aprender a tener cuidado con el frágil corazón de la mujer nos hace a los hombres ser más civilizados y mejores personas, aunque en cualquier momento puede asomarnos un impulso asilvestrado, que tardamos toda una vida en no-dominar del todo.

Por favor, chicas: sed condescendientes cuando salga el manazas que todos nosotros llevamos dentro.
O al menos yo.

Génesis

Génesis

EL GÉNESIS

Y después del hombre, creó al escritor, y vio que no era bueno que el escritor estuviera solo. Pero éste le llevó la contraria.
-Según cuándo, Señor.
-No repliques a tu Creador, escribidor engreído. ¿Acaso he traído al primer pedante al suelo de la Tierra?
-Si no replico, mi Dios, pero es que es… ¡según cuando! Una humana está bien, en su momento, para ciertos menesteres, pero la soledad también me gusta.
-¿¿Mi última criatura realmente se cree lo de que lo he hecho a mí imagen y semejanza y piensa que me puede explicar a mí cómo proseguir la Creación??
-A ver, Dios, reconócelo: que lo de la costilla aquella, lo de Eva acabó como acabó… Las humanas nos gustan y si son escribidoras mejor, pero necesitamos cierta soledad también para escribir.

Dios desapareció echando un montón de truenos que asustaron al escritor recién nacido del barro, el cual se dijo: <<qué rayos suelta, qué modales. No se le puede decir nada al Creador porque en seguida pierde los papeles. Se le ha subido lo de ser Dios a la cabeza>>.

-¡¡Pero bueno, escribidor!! ¿Es que no sabes que oigo hasta tus más ocultos pensamientos? Soy como el administrador de tu blog. Ya me estás cansando…

Entonces el Altísimo, lleno de ira puso al escritor en un mundo en el que se lo tenía que hacer todo. Un tiempo después el escritor se dio cuenta de que se había equivocado y llamó al Padre.

-¡¡Dios!! ¡¡Menuda leche, todo el día copiando la portada de mi novela en los grupos de Facebook!! Llevo ya tres años así. ¡Y no le interesa mi libro a nadie!
-¿Reconoces tu error, insolente?
-¡¡Total!
-¿Cómo que «total»? Te he creado para que mejores el idioma, no para que te expreses como tus hijos de enseñanza primaria.
-Reconozco que tienes razón, Dios. No es bueno que el escribidor esté solo.
Unas carcajadas de satisfacción parecidas a las atribuidas a Papá Noel resonaron por todo el firmamento.
-¡Repítelo! -dijo el Señor.
-¡Joder! ¡Que no es bueno que el escritor esté solo!
Entonces Dios, levantando con suficiencia sus divinas cejas, que de por sí estaban ya en lo más alto del cielo, volvió a decir lo mismo:
-¡Repítelo!
-¡Dios! Que no es bueno que el escritor esté solo.
-Eso me parecía…

Entonces el Señor nuestro Dios. con un gesto de cierta condescendencia, creó DesafiosLiterarios.com.
Y vio Dios que lo hecho era bueno.

Memoria

Memoria

Es normal poner algo de tu vida cuando escribes. El tiempo que hace que existo es relativamente poco comparado con el que he pasado y pasaré sin existir, pero hay que reconocer, que la existencia da muchas más cosas que contar.

TRATADO DE FILOSOFÍA CASERA PARA UNA GENERACIÓN OBTUSA. Capítulo 1. Sobre las Identidades cretinas

TRATADO DE FILOSOFÍA CASERA PARA UNA GENERACIÓN OBTUSA. Capítulo 1. Sobre las Identidades cretinas

Los años aportan cosas.

Al enunciar esta frase nos estamos refiriendo a cosas positivas. No digo que esta afirmación sea rotundamente clara… A los que ya no somos críos nos gustaría creer que es así Realmente los años se llevan muchas más cosas de las que nos traen, pero… vale, aceptemos esta idea. Los años aportan cosas.

En mis tiempos, los jóvenes tendíamos a ser o unos cretinos superficiales o unos intelectualoides profundos o unos emotivos torpes. Yo asimilo en un solo grupo a los intelectualoides y a los emotivos, por muy patanes que puedan ser algunas veces los emotivos. Intelectuales, no creo yo que quede mucho de eso…. pero bueno, intelectuales y emotivos tiene algo en común que es una falta de adecuación a la realidad. Por tanto, hablaremos de dos tipos: los superficiales cretinos y los intelectualoides/emotivos. Los primeros se mantiene estables hasta los cuarenta años, es decir, siguen cretinos o incluso perseverando, cada cuál en su nivel natural, y los segundos se desesperan ante su incapacidad para manejar su vida y se vuelven frustrados, ya sea en su versión amargada y fracasada; o se acomodan a su relativa marginalidad; o se convierten en “sobreadaptados” a la realidad: arribistas, oportunistas, profesionales corruptos, y demás personajes decepcionantes. Ya has deducido que en mi opinión los cretinos manejan mejor su vida o si la manejan mal, no son conscientes, porque para eso son tan cretinos. Esa ventaja tienen.

Pero con algunos años más, llega un cierto renacimiento personal: entonces es cuando los humanos podemos alcanzar cierto equilibrio. Hemos adquirido destrezas y cicatrices. Hemos aprendido a deslizarnos y tropezar. Vemos que hay un tiempo para lo superficial, y otro para lo trascendental; una necesidad de realidad y otra de imaginación y emoción. Hemos aprendido a habitar en nuestros dos mundos. El externo y el interno. Saber vivir, saber pensar. Al cretino la vida en algún momento habrá conseguido hacerle pensar, salvo que sea un caso muy extremo. El intelectualoide o el emotivo, al final se da cuenta de que el verdadero y único cretino es él mismo. Lo acepta y a lo mejor hasta se ríe de su cretinez anterior, de la actual e incluso de la cretinez más persistente, que le acompañará hasta el fin de sus días. Por tanto, como quería demostrar, quod erat demonstrandum, hay una convergencia entre unos y otros. Aumentan los parecidos porque la vida les suministra su contrapunto. Quizá por eso hay una cierta elegancia fuera y dentro de los cráneos a partir de cierta edad.

Por si ha quedado alguna duda, los cretinos y los intelectiualoides en cierto sentido se reconcilian a los cincuenta, si bien los corruptos no abandonan nunca, pero este ya es otro tema.

Y justo cuando nuestra personalidad alcanza su mayor esplendor nos damos cuenta de que, cuanto más nos parecemos, más somos efímeros como un fuego de artificio: una subida no demasiado larga y una magnifica y rápida explosión, que dura menos que un suspiro. Porque en ese instante en que nos sentimos identificados en la mirada de otros mayores, justo cuando creemos que hemos alcanzado nuestra verdadera esencia, nos percatamos de que pronto ya vamos a ser como todos y a desaparecer. Y antes de extinguirnos nosotros, desaparece ya nuestra identidad. Un anciano se parece mucho más a cualquier otro anciano que al adulto que ha sido. Y no digamos un esqueleto… Nuestro ciclo se está agotando. Estamos perdiendo nuestra diferencia, de tal modo que morir es volver a perder tu identidad hasta diluirte en la materia. Tanto si eras cretino, como si eras cretino. Porque lo eras, puedes estar seguro. Porque lo somos, quiero decir, claro.

NOTAS
1.- Por favor,comentad.
2.- Y si encontráis una foto para esto, me lo decís. Mejor no me lo digáis. Mandádmela.
3.- Admitidme indulgentemente términos como cretinez., intelectualoide y otras muchas libertades e incorrecciones.

QUÉ COSAS LES PASAN A ALGUNOS (fuera de concurso)

QUÉ COSAS LES PASAN A ALGUNOS (fuera de concurso)

La empresa para la que trabajo ha decidido este año montar una fiesta de carnaval. Estamos aquí quizás unos seiscientos empleados de todos los escalafones. Es una ocasión estupenda. Una fiesta de carnaval es mejor incluso que poder volverte invisible. Vamos, eso creo, porque evidentemente no tengo experiencia en ser invisible. Pero es estupendo. Aquí estoy, disfrazado del Zorro. Me he puesto mi sombrero y mi antifaz. Tenía un parche para tuertos, del disfraz de pirata del año pasado, y al final me lo he puesto también sobre el antifaz. He añadido un pañuelo rojo que oculta desde mi nariz hasta el cuello, como si fuera a atracar a alguien. En fin, en todos los disfraces la gente se toma libertades. A decir verdad… el único fallo quizás es que estoy un poco mareado, porque voy más tapado que las viudas de Bin Laden y aquí hace bastante calor. Las gotas de sudor resbalan desde mi sombrero de Zorro; la capa esta molesta un montón. Además, me he quitado las gafas, porque me reconocerían y porque son incompatibles con el antifaz, y con el parche como se puede imaginar cualquiera y, ya digo, entre lo que estoy sudando, que veo bastante mal, y los gintonics…ando bastante aturdido… Estoy solo, paseando entre mis compañeros de trabajo, y me río bajo mi pañuelo, porque nadie me reconoce.. Me planto cerca, escucho sus conversaciones… ¡Qué simples son, no me reconocen! Me río, me río mucho, como un conejo que se ríe oculto en su madriguera, en este caso un disfraz, pero me lo paso de maravilla.

¡Hala, a quién vemos por esta zona! Aquí está la tía buena del departamento jurídico disfrazada de Cruella de Ville.. Me acerco, creo que le voy a echar los tejos. Se lleva bien con mi novia, pero no me va a reconocer, y si me reconoce, haré como que ya contaba con ello.

-¡Hola, sexymbol! ¡Quién fuera un dálmata! Cuando quieras, me puedes despellejar, ¿eh? que yo te dejo.

¡Vaya! Vete al cuerno, tía. Esta no deja de ser tonta ni en la noche de carnaval. Me ha puesto mala cara y me ha advertido que la copa que llevo en la mano está inclinada y voy regando la sala. Y se ha ido y me ha dejado tirado como a una colilla. Le va lo de hacer de Cruella…

Voy un poco pedo…

Mi jefe se me queda mirando, como tratando de hacerme ver que no me porto bien… Y yo me encojo de hombros con un gesto un tanto desafiante, no sé si te lo imaginas, pero es un encogerse de hombros como diciendo… ¡Qué! ¡Y a ti qué te pasa! Le señalo con un golpe de mentón hacia arriba, como retándole. ¡Qué! ¿Por que seas muy jefe y muy tonto de las pelotas vas a imponerte también en esta ocasión? ¡Anda y que te den! No lo digo, ¿eh? Pero se entiende igual. Alrededor del jefe todos mis compañeros peloteando se me quedan miando muy serios, menos Suárez que cuchichea y se burla. Odio a esta gente. ¡Cómo odio a esta gente! Y ahora puedo hacer lo que me apetezca en sus narices, porque soy el Zorro, qué divertido. Mira que son simples…

A su lado hay una mujer que me mola, pero no la reconozco. Peluca, maquillaje con estrellitas y brillos, antifaz… seguro que la conozco, pero ahora no estoy para recordar… No sé si acercarme a ella y besarle la oreja directamente. Estoy fatal. Estaba guiñándole el ojo pero claro, no se nota. ¿Cómo se sabe si un tuerto te ha guiñado el ojo o solo está pestañeando? Menudo problema… ¿Todo el mundo pensará que le estoy guiñando el ojo? Casi nada, la tontería, oye… Me quitaré el parche porque además la gomita de los mismísimos me está cortando ya la oreja… Pero ahora no. Que hay una buenorra que se me acerca… Lleva un antifaz sujeto con la mano por un palito. Y en la otra mano lleva un abanico. ¿Ves? Como yo con el antifaz y el parche en el ojo, esta chica lleva también abanico y máscara y de todo.

-¡Hola!

Aunque no se me vea la cara no he podido evitar sonreirle ampliamente y mirarle ese escote de cortesana de Versalles que se ha puesto, que me hace alucinar. Está un poco seria. se queda parada frente a mí y no dice nada. Yo vuelvo a saludar.

-Hola, madame de Pitiminoise…-y me río mucho. He estado muy ocurrente con lo de Pitiminoise- ¡Tanto busto! -y vuelvo a reirme mucho- Perdón, perdón, perdón. Quiero decir, encantado. ¡Enchanté! -yo es que soy políglota de nacimiento.
Ella me responde muy seria.
-El busto es mío.
-Pues hay que felicitarte.
Me vuelvo a reír aunque me acojona un poco su voz seca. Me pregunto quién será.
-Está bien la fiestorra esta, ¿no?
-Estás borracho. Y ridículo por no decir patético, Alberto.

Uf. ¡Qué mal! Me conoce.
-¿Alberto? ¿Quién es ese Alberto?… Vale, está bien, sí, soy Alberto. ¿Cómo has sabido quién soy?
-No hay más que verte… Las pintas que llevas de… Las pintas que llevas… ¡de Alberto! Todos te están reconociendo, no sé si tú esperabas otra cosa.

-Noto que la gente me mira… Incluyendo a mi jefe y esa chica atractiva que está con él. Entonces, como nos reconoces a todos quizás me puedes decir quién es esa con pinta de calienta braguetas que parece que se quiere tirar a mi jefe.
-Claro que puedo decírtelo. Es Sandra López, tu novia.

Me quedo petrificado. La miro bien. ¡¡No pude ser!!. O… o sí que puede ser. ¡Dios mío!

-No tonto, es la directora de ventas. Pero podía haber sido tu novia, que soy yo. A partir de este momento, creo que es mejor que lo dejemos.

-Joder, Sandra, ¿por qué te pones así? ¿Y qué haces enseñando tanta delantera?
-Porque eres tonto, hijo, ya llevaba un tiempo negándome a admitirlo, pero ahora, por fin, veo claro: tú eres tonto. ¡Punto final!

Me quito el sombrero con parsimonia. El pañuelo. El antifaz. También el parche, claro… Bueno, me lo pongo hacia arriba. Y le digo.

-Lo malo de llevar un parche en el ojo es que cualquiera puede creer que le guiño el ojo ¿sabes? Porque cuando pestañeo…-le intento explicar pero ella me corta.

-Ya puedes ir buscándote otra novia, que por cierto, ya lo estabas haciendo muy bien. Y sin prisa pero sin pausa, debes buscarte además otro trabajo…

-Sandra, ¿sabes qué? No tienes sentido del humor… -en este instante desenfundo… ¡No! Se dice desenvaino. Desenvaino pues mi espada del Zorro- ¿Tienes un pañuelo?

Sandra saca un kleen-ex con rastros de maquillaje de entre los prominentes senos de cortesana y me pregunta si voy a llorar. Pero yo ato como buenamente puedo el pañuelo de papel a la punta de mi espada, para lo cual debo sujetar mi espada con mis muslos de tal modo que parece… feo. Se me cae al suelo el kleen-ex, me agacho y se me cae la espada. Tras recogerlo todo lo pincho como si fuera un bicho.
-Alberto, lo del pañuelo en la lanza, que no en la espada… es de antes del Quijote. No del Zorro.
-¡Da igual! Todo esto que ha pasado aquí lo pienso contar en un relato que introduciré en desafiosliterarios.com  para el Desafío Carnavalesco. ¡Hala! Y además, que sepas que ganaré el premio y asistiré gratis al taller de escritura de Enrique Brossa, que por cierto, es un tipo fenomenal. Pronto volveré con el premio del Desafío a recuperarte, Madame de Pitiminoise, y volveré con tu pañuelo atado en la punta de mi espada.
-Vienen los de seguridad, Alberto, lárgate ya, por favor. Deja de dar la nota.
-Me voy pero volveré, como dijo… esteee… ¿? Bueno, tú mira los resultados en http://desafiosliterarios.com/ y ya verás cómo ganaré yo.

En ese momento llegan los de seguridad y antes de que me digan nada les ordeno yo a ellos:

-¡Seguidme, muchachos! ¡Escoltadme hacia la puerta!

Y yo me dirigí hacia la salida, aunque me fui solo, ya que los de seguridad me dejaron ir y no me acompañaron ni con la mirada.

El nombre del perro (fragmento)

El nombre del perro (fragmento)

Aquel día de abril Juan estaba rabioso. Se había propuesto cambiar su vida de una vez por todas, pero no tenía la sensación de que su camino se estuviera aclarando lo suficiente. Tenía todos los frentes abiertos. Su mujer le amargaba la vida continuamente. Se sentía abocado al divorcio a corto plazo. Las amistades ya no le interesaban, o quizás no le habían interesado nunca. No soportaba relacionarse en la vida entre matrimonios, porque eso le parecía más un paripé que verdadera amistad. Sin embargo, tras años y años de indecisión entre hacer las cosas por el medio más convencional o por el propio, tenía que admitir que había sido incapaz de crearse un mundo, un estilo de vida que le abrigase.

(…)

Agobiado por aquellos pensamientos, decidió ponerse un chándal y salir a correr por el parque cercano al barrio. Salió de modo casi furtivo, porque le pareció preferible que su familia no le viera realizar ese pequeño acto de independencia o de confusión. De independencia, porque no solía hacer nada que no estuviera en función de lo que mejor fuera para todos los suyos. Si alguien le pedía que le ayudase, les ayudaba. Si necesitaban que papá les llevase en coche, les llevaba de inmediato. Si su mujer le pedía que la acompañase a una tediosa revisión de tiendas de ropa de mujer, él lo hacía. Había entendido durante un tiempo que aquello era parte del papel reservado a cualquier marido. Y esa iniciativa personal e independiente de salir a correr, denotaba también cierta confusión, puesto que cuidar su forma física no era lo que más necesitaba en aquella fase de su vida. Sentía que postergaba otras acciones más importantes. Y al sentirse culpable, creía que todos podían advertirlo, tanto su esposa como los niños y hasta el perro podían percibir que estaba confuso y perdido. Es más, se sintió radiografiado por el conserje al atravesar la puerta y por los vecinos con los que se cruzó intercambiando una sonrisa de forzada cortesía.

Comenzó a trotar pero a los diez o doce pasos dejó de hacerlo y siguió caminando. ¿A quién pretendía engañar? A él mismo, claro, pero le resultaba imposible. Estaba deprimido y su fuerza de voluntad no aportaba el suficiente impulso como para comenzar en serio con ese plan deportivo. Se limitó a caminar. Y se sintió ridículo. ¡Ponerse el chándal para caminar un rato!

Cuando él veía a otro señor paseando solo por el parque, le parecía raro. Hacía falta algo, una excusa, para hacer lo mejor que se podía hacer en la vida, que muchas veces no era otra cosa que pasear y disfrutar del día. ¿No era eso absurdo? Llegó a la conclusión de que algunos compraban perros a sus hijos por tener una excusa para salir a pasear a solas, llevando al animal. Juan tenía perro también, pero le molestaba el empeño con el que se ponía a olfatear los rincones más sucios de la calle. Lo que le faltaba para animarse, era salir y quedarse con las imágenes de todas las inmundicias que tanto interés provocaban a la mascota loca de sus hijos. No se llevaba bien con aquel animal desobediente y tenía importantes motivos. El primero es que era un perro pequeñajo y ridículo. Era un perrillo para viejas, de esos que caben en el bolso. En segundo lugar, parecía no estar en sus cabales. De pronto se frenaba y había que tirar de él. Aunque pesaba poco, el perro enano aplastaba la tripa contra la acera y parecía quedarse pegado. La gente le miraba como si fuera un criminal cuando lo llevaba a rastras de la correa. Una señora mayor le recriminó en cierta ocasión y le dijo: “hay gente que no debería tener animales”.  Y otra le hizo una oferta por el animalejo, como quien trata de salvar a la perrita desesperadamente de su amo maltratador. Al final no le quedaba más remedio que cogerlo con sus manos y atenerse a las alérgicas consecuencias de tocarle. Picores y estornudos. Ese era el tercer problema. ¿Qué importaba eso? Como decía su mujer: ¿acaso les quitaría a los niños aquel animalito tan inocente y mono, al que realmente sus hijos jamás hacían algún caso? Solo de pensarlo ya le estaban entrando ganas de estornudar. Pero había un cuarto inconveniente en el bicho. Era el nombre. ¡El nombrecito! Dios, él no podía salir a la calle a pensar en los problemas de su vida con una perrita que se llamaba Jasmín.

Entonces vio a dos de sus vecinos en el parque con sus respectivos perros. Vaya lata. Se sintió obligado a acercarse un momento.

-Hola, Juan. Aquí paseando a los animales. ¿No has traído a tu micro perro? -le preguntó uno de ellos.

-No, no me gusta mucho, la verdad. Es de las niñas… Pero me gustan los vuestros…

Uno de ellos era un caniche y el otro un gran danés.

-¿Cómo se llama el perro de tus niñas? -le preguntaron.

-Pienso.

-No entiendo. ¿Dices que se llama así o que estás tratando de recordarlo?

-Se llama Pienso.

-Pienso… ¡Qué nombre tan raro!

-Inspirado en Descartes. ¿Verdad? Cogito ergo sum. Pienso luego existo. Realmente esa frase procede de españoles como Gómez Pereira y  Agustín de Hipona -dijo el vecino catedrático.

-Puede ser, puede ser… Pero mi perro se llama así porque cuando le hecho de comer me niego a nombrarlo con el nombre que le puso mi mujer. Así que solo sacudo el saco de comida para perros como si fueran maracas y digo: ¡Pienso! ¡Pienso! Y entonces el bichillo viene a comerse su pienso, corriendo con sus lacitos, sus cascabeles y con su corte de pelo, mucho más caro que el de nosotros tres juntos.

Los vecinos rieron y en ese sentido todo iba bien hasta que uno de ellos, que era padre de un niño amigo de sus hijos le dijo:

-Tu hija estuvo el otro día en nuestra casa y estuvimos hablando… Y sé cómo se llama tu micro perro. Se llama Jasmina.

El dueño del gran danés estalló en una gran carcajada y Juan hizo un gesto como reconociendo cómicamente su frustración, pero cuando vio que el dueño del caniche, el que le había delatado, también se burlaba, le miró con mala cara. Éste le dijo:

-No te ofendas, Juan. Te comprendemos. La verdad es que es una “chochez” de nombre.

-Sí que lo es. Lo sé y lo reconozco. No debí consentirlo. ¿Y el tuyo cómo se llama?

-Es una perrita. Se llama Melody.

-¡Melody! ¿Melody? ¡Vaya mariconada también!

Y los tres vecinos se doblaron de risa a la vez y se sintieron por un instante amigos, hasta que el gran danés empezó a ladrar con una voz más propia de un león que de un perro. ¡Aquello sí que imponía respeto!

-¿Cómo se llama este monstruo tuyo?

-¡Déjanos adivinarlo! -dijo Juan- ¿Scooby Doo?

-No.

-¿No?

-No, no, de verdad. No se llama Scooby.

-¡Qué raro! ¿Y cómo se llama entonces?

-Se llama “Sobras”

Juan y el propietario del caniche se miraron afirmando con la cabeza, como diciendo, ese sí que tiene suerte… y lo que hay que tener: un gran danés, ahí está,  y se llama Sobras.

-De mayor quiero ser cómo tú. Tienes un perrazo de verdad, y su nombre… nada que ver con películas de Walt Disney u otros dibujos para niñas. ¡Tú sí que llevas los pantalones en tu casa!

-En el fondo es como el falso nombre de tu perrita Jasmín. Tú le das pienso y yo le doy sobras,

-Ah, Sobras… ¡De las sobras! -dijo Juan sorprendido.

-Sí, claro, Sobras, por las sobras. ¿Por qué iba a ser si no?

-Creía que era un nombre griego.

De nuevo empezaron a reírse de la tontería…

-Pues no. Más bien se refiere a restos de pollo y ensalada, mezclados con pan duro -explicaba el otro como revolviendo la mezcla con la mano.

Cuando los tres convecinos terminaron de reírse, Juan se despidió diciendo que debía seguir corriendo.

-¡Pero si no estabas corriendo! -y volvieron a carcajearse los tres.

Juan se despidió riendo y se alejó haciendo como si fuera un veterano del running mientras los otros le decían.

-¡Juan, estás disimulando! ¡Se nota que no quieres correr! Que te vas a asfixiar.

Y era verdad. Pero siguió sin parar hasta que creyó que los troncos de los árboles y el atardecer ya ocultaban su chándal.

No te preocupes, solo tengo sueño

No te preocupes, solo tengo sueño

Hace tiempo que hay cosas que me enfadan. Pero no tiene ningún sentido que os las cuente a vosotros, porque ni os interesará mucho el tema ni yo obtengo nada con poner mis trapos al sol. Además luego hay buena gente que me manda mensajes: ¿Enrique, estás bien? ¿Puedo ayudarte? Sin embargo, a esas mujeres tan cariñosas debo decirles que no necesito ahora de muchos mimos, que eso debilita el espíritu del guerrero, y que sí, de verdad, efectivamente estoy bien, que no lo duden. No quiero algodón entre la realidad y yo. Tolero bien el roce.

No me pasa nada. Tengo sueño y trabajo. Lo normal. Hay mundos de los que querría alejarme y otros que están apartados de mi vida. Y no quiero complacer a nadie con el tipo de cosas que escribía en años pasados. No es por fastidiar. Sino porque el mundo, quiero decir, el mío, está cambiando.

De pequeño creo haber entendido en algún momento de mi educación la barbaridad de que la felicidad no era lo importante. De joven recuerdo haberme encontrado en una fiesta de colegio mayor universitario, sobre una cama, con una señorita a la que acababa de conocer y, estúpido de mí, le dije un poco  ebrioo que era más importante comprender que ser feliz. Evidentemente la señorita se escapó viva en el ultimo segundo. ¿Qué querría yo comprender? Se fue como asustada, yo que pretendía parecerle interesante… ¿No quería yo comprender? Pues comprendí.

Ese fue el joven Brossa de entonces. El joven Brossa de ahora, con treinta años más de experiencia en juventud, puede decirlo. Sus objetivos están cubiertos. Tengo la sensación de que ya comprendo el mundo. Y el mundo era simple.

Hay una novela de Millás que se llama «La soledad era esto». Gran título. «Era esto». Nuestra magnífica e insuperable lengua española usa el tiempo pretérito en este caso, no para indicar una acción del pasado, sino para relacionarlo con una expectativa generada en el pasado, desaparecida o no. Era esto. El mundo era esto. Y sigue siéndolo, pero yo creía que era otra cosa -sigo usando el pasado-, pero solo era «esto». Es como si llegas a la capital de un país exótico que esperas y deseas que te apasione, y luego resulta que hay un par de zocos mugrientos, y poco más. Resulta que «esto» era todo..

El mundo es simple. Es un montón de apariencias de cosas que no son como al principio creíamos que «eran», pero que no tienen mucho misterio tampoco. Cuanto más simple seas, mejor adaptado estarás para la vida.

A esa chica que se escapó corriendo de mi cama en el último minuto por culpa de mi momento de falsa lucidez alcohólica, aunque no pueda recordar ni su nombre ni su cara, ni ella a mí seguramente, quiero decirle que tenía razón.Que querer comprender es de gente rara. Y que no te lleva muy lejos, Sin embargo, no tengo arreglo. Ahora querría ser feliz, Pero no quiero ser feliz para ser feliz, sino para descubrir otra manera de vivir y de pensar. Un camino distinto. Un nuevo misterio que desentrañar.

De verdad te lo digo, no te molestes. No me aconsejes nada hoy. Además, salgo ahora y me voy a buscar dónde comprar tabaco a estas horas.

EL SAGRADO MISTERIO DE LA TRINIDAD DE LAS INTELIGENCIAS. Fragmento

EL SAGRADO MISTERIO DE LA TRINIDAD DE LAS INTELIGENCIAS. Fragmento

Luego estaban las conversaciones con mi amigo el científico, que, bueno, eran como esas comidas para adelgazar que te dejan con hambre, por muchos vasos de agua que te bebas. Mi amigo el científico tenía el pobre una conversación que alimentaba el espíritu pero no lo satisfacía. Era un hombre sin duda inteligente, sencillo y sano. Además, hay que decir que su amistad era de las más verdaderas y desinteresadas que jamás haya conocido. Por eso no valía para nada. Porque las buenas amistades son las que sirven para algo, es decir, las falsas.
– Desde luego, hijo mío, mira que eres raro -me decía Carmen ante este tipo de comentarios míos-. Si es que piensas demasiado. Si no pensaras tanto serías más feliz.
– Tampoco te creas que pienso tanto. Pero es que yo prefiero pensar un poco más y ser menos feliz.
– Pues no sé para qué. No profundices, hijo, que profundizas mucho. Tú lo que tienes que hacer es administrarte el tiempo. Una parte del día piensas. Pero luego ya, el resto, descansas.
– Y hago abdominales.
– ¡Eso! ¡Genial!
Quiero recordar aquí que cuando yo le exponía a Anabel alguna de estas teorías, ella parecía entenderlo ya que torcía sus labios zumbones hacia un lado, como sonriendo con maldad. Yo lo interpretaba como un asentimiento, aunque no podía estar seguro.
Una vez sentenció peinándome con los dedos el pelo revuelto:
– Jorge, Jorge, Jorge… El atormentado. ¿Qué quieres saber? ¿El origen de todo? No está aquí. No está al final del rellano. No está en Madrid.
También me llega el recuerdo del sueño y de la palabra leprino, que no aparecía en el diccionario. Nunca me atreví a preguntarle a Anabel si sabía lo que quería decir leprino.
Anabel odiaba aburrirse. Por eso le bastaba con entender las cosas a la española, o sea, más o menos. Su cabeza no necesitaba conocer todos los pasos de la demostración, como le ocurría a mi amigo Carlos con sus formulaciones matemáticas. Para ella los razonamientos intermedios eran siempre irrelevantes, y si la conclusión de su interlocutor era errónea a ella le sonaba a errónea en seguida. Menos analítica pero más astuta.
Me sorprendía que hubiera tres tipos de inteligencia tan distintos como los de Carmen, Carlos y Anabel.
Carmen: la que de verdad sabía vivir, conocía su papel en el mundo y nos ganaba las partidas a todos de un modo aparentemente simple, con esos ojos dulces, inocentes… Pero perfecta heredera de todo el saber que las madres españolas conservadoras de clase acomodada provinciana han sabido transmitir a sus hijas durante generaciones. La vida es simple para ella y la sabe manejar como nadie.
La inteligencia de Anabel quedaba patente por su realismo y por su intuición para distinguir lo que es auténtico y lo que no. Su individualismo casi felino. La complejidad de su carácter, aparentemente equilibrado. No se vanagloriaba jamás de sí misma. Sabía luchar en la vida y por eso se veía abocada a hacerlo continuamente. El mundo se volvía siempre hostil a su alrededor. Sin embargo no había nada en ella de perdedora. Anabel vivía en favor de sí misma con todas sus fuerzas. Alguien habría podido elucubrar respecto al masoquismo de una personalidad como la suya, aparentemente atraída por los problemas y por los mundos turbios y adversos. Yo no lo creo. Anabel sabía disfrutar aunque no siempre lo hiciera. Simplemente vivía en su medio ambiente y, a su manera un poco descreída y amarga, amaba su mundo igual que un marino ama la mar, con su belleza y sus peligros. Igual que te puede fascinar una jungla de verdosos claroscuros y fieras acechantes.
Mi amigo el científico era el campeón de la inteligencia en su acepción más objetiva: aquélla que miden los test. Incontaminada de ideas, sólo análisis y conclusiones. Sin embargo, su conversación dejaba bien claro que poseía la imaginación, la intuición y la lógica necesarias para encontrar explicación a todos los problemas y misterios del mundo. También la sensibilidad para disfrutar con el verdadero placer superior: el intelectual. Nadie debería engañarse pensando que mi amigo era un mero recopilador de datos. Él mismo los producía. Yo siempre le decía que todas sus opiniones, sus hipótesis, sonaban no ya a acertadas, sino a rigurosamente ciertas. Nunca tenía frases atinadas. Sólo descubría realidades de una certeza exánime y fría. Eso me llevó a pensar que, en la vida, los que tienen el ingenio no son los que tienen la razón. Que es imposible que la verdad resplandezca, porque los guiños de la mentira brillan más. Parecía que Carlos no tomase parte del todo en la vida, como si estuviese por encima de ella, o por debajo. Pero finalmente no era así y su vertiente animal, como él mismo decía, se resentía con frecuencia amargándole con sus reclamaciones mal atendidas.
Tres personalidades muy distintas. Tres tipos de inteligencia.
Carmen era la única que sabía entender la vida y se deslizaba como sin esfuerzo sobre los problemas. En cierto sentido era por eso la mejor.
Junto a Anabel, todos parecíamos ridículos y chatos. Pequeños. Tontos. Conocerla era admirarla sin saber exactamente por qué. También ella parecía, visto así, la mejor.
Mi sabio amigo era un cerebro tal, que a su lado ninguna cabeza podía resistir la comparación. Dejando a un lado el hecho de que fuera un hombre y las otras dos unas chicas muy guapas, refiriéndonos tan solo a la materia gris, él era el mejor.
En resumen: los tres eran superiores a los tres. El Señor reparte sus dones para que todos tengamos nuestra faceta excelente. Lo que importa no es la capacidad que se tiene, sino el modo en que se ha elegido utilizarla, con sus ventajas y sus carencias. Y queda claro para mí que no nos sobra tanto cerebro como se dice ahora. Yo no admiraba realmente a nadie. Tampoco a Carmen y Anabel quizás porque al ser mujeres me provocaban otro tipo de admiración distinta de la verdadera admiración, que creo que no he sentido nunca pero la puedo intuir. Creo que nadie admira realmente a nadie.

Nadie admira realmente a nadie. Esto es importante. Es la prueba de que todos andamos en la tibia mediocridad.
Un domingo por la mañana, al zapear con el control remoto del televisor, escuché el fragmento de una homilía. «¿Cómo vamos a creer en Dios si ni siquiera somos capaces de encontrarlo en nuestros semejantes?» -preguntaba el sacerdote. Yo creo que hace falta mucha fe para encontrar a Dios en un semejante.

Avaricia

Avaricia

Algunas personas, aunque admiten sus limitaciones, creen serenamente en su capacidad de aprender y mejorar. Eso las convierte en gente ilusionada, honesta y positiva.

Otros llegan a la conclusión de que su talento es mediano en cualquier campo profesional o personal. Como se sienten mediocres, justo por eso lo son sin remedio y su capacidad de mejorar se ve aquejada por una severa esclerosis. Todo esto a su vez les genera un enorme rencor que tratan de compensar conquistando el tipo de logros a los que empuja la avaricia. La mediocridad pone en marcha muchos resortes internos. La falta de talento es productiva. Genera negocios y también mucha corrupción.

Todo Napoleón se sabe en algún sentido bajito. La gente crea imperios económicos, si antes no acaba en la cárcel, por rencor contra el mundo, que injustamente les ha negado algún don que tanto adorna a otros. Y también para poder preguntar con la mirada: ¿quién te has creído que eres? ¿No os creíais mejores que yo?

Una de las mayores fuentes de maldad y de riqueza es la falta de talento o la impresión subjetiva de sufrir esa carencia.

Sexo repentino

Sexo repentino

Siempre empiezas el sexo de repente. Me sorprendes. Estás tranquila, sonriendo, cenando relajada, con tus ojos brillando en la penumbra indirecta del restaurante. Cuando llegamos al coche, estás cariñosa, pero habladora. Llegamos a tu casa y siempre da la impresión de que tan estupendo te parezca que pase a por la eufemística última copa, como que me vaya a casa a dormir prontito, que mañana hay trabajo. Pero en cuanto entro a tu salón, saltas sobre mi como una depredadora. Como si sentarme en tu sofá fuese apretar un resorte que actuase de inmediato en tus neuronas. Como si el tresillo fuera tu tela de araña, te vuelves ansiosa y glotona y yo te lo agradezco mucho. Hoy casi no me has dado tiempo de decirte que el taller de escritura comienza este lunes. Que es online y solo vale 70 euros al mes y que los participantes verán sus libros terminados como que me llamo… ¡Enrique Brossa, eso! El del Taller de Escritura. Es los lunes, martes miércoles o jueves a las 19:30 horas de España peninsular, hasta las 21:00. Un taller distinto, te lo recomiendo. Horarios adicionales para grupos. Está bien, está bien, ya me callo. No hace falta que me metas los 70 euros en la boca. Si tienes paypal puedes pagar por medio de tallerderelatos@gmail.com y para otros medios de pago, yo te lo explico. Mañana por la mañana.

Sentirme en mis zapatos

Sentirme en mis zapatos

Me gusta sentir que estoy en mis zapatos. Mi indumentaria no me interesa nada pese a las advertencias insistentes de mis asesoras familiares, que las tengo de diversos tamaños y edades. Simplemente me gustan las suelas de mis zapatos porque conectan mis pies con la tierra sin dejarme clavado en ella. Porque me permiten caminar con firmeza y aportan una grandiosa sonoridad a mis andares sobre la tarima flotante o el parquet. Me dan equilibrio y estabilidad. Velocidad y protección. Son una buena base. POBRE-ZAPATOS-ROTOS-FOTO-anyka-3998340-desgastadas-y-maltratadas-zapatos-de-un-mendigo-en-las-calles1En estos días en los que la gente vuelve a menear banderolas patrióticas, yo quiero proclamar que ni los hombres ni las mujeres tienen ni han tenido nunca raíces que les aten a la tierra. Poseemos sólo pies, y son para andar. Sólo pies y no raíces. Son para irse. Son para separarnos de lo que amamos y de donde nos quieren o de los que no lo hacen. Lo natural en el hombre es andar. Ir y volver o no. Y encontrar nuevos caminos, buscar otros recodos. Y con un buen calzado, es un placer explorar distancias y trayectos sin concesiones a la nostalgia. Alejarnos de lo que adoramos nos enseña a amar otras cosas y personas y a valorar todo ello. Dar grandes pasos con botas de buena goma en la suela.es un placer para el caminante. Pisar fuerte. Ganar en seguridad y en recorrido. Es normal devoción o querencia por los sitios ya que los lugares son tan fieles como los perros. Las ciudades siempre te defraudarán menos que las personas. Pero a mí me quedan solo mis viejos y varias veces recauchutados zapatos como ultimo y único de mis apegos. Quiero andarlos y destrozarlos cien veces hasta que no puedan dar un paso más. Mis pares de zapatos viejos son mi tesoro. Los abrazo con afán de avaro a sus bolsas de monedas. Cuatro o cinco pares usados a la vez. Los estrecho, les achucho y les beso el hocico como a cachorros. Los quiero, no sabes cuánto. Sueño con echar a caminar en linea recta, en dirección al sol y hacerles trabajar hasta desollar mis pies. Me gustan así de viejos y si están sucios, mejor. Cuanto más polvorientos, mayor es mi orgullo. Es como la sangre en la espada del soldado. Debo esconder estos tesoros que venero con sus tapas y medias suelas. Si no lo hago pronto, mi mujer me los tirará a la basura y, aunque ya no camine tanto ni tan lejos, quiero que su espíritu me acompañe siempre y recordar con todos ellos mis mejores y legendarios momentos. Hay entre estos camaradas y mi esposa una relación de reticencias mutuas, pero yo los protegeré siempre y mantendré la esperanza vana de que mi mujer se integre y brille en nuestro grupo más que el fuego en la chimenea entorno a la que ellos y yo nos calentamos las plantas y revivimos nuestras hazañas.

Sobre perros y pelos

Sobre perros y pelos

Alberto tenía un perro. No es raro tener un perro, mucha gente tiene. Quizá hay que decir que, en mi opinión, no totalmente imparcial, Alberto era un hombre perro. Por fuera no, exteriormente era como todos. Un poco más cretino de lo habitual quizás. Bueno, ser más cretino de lo normal es lo más normal, porque lo que yo entendía como normal se ha convertido en una calidad estadísticamente escasa. Pero lo de recibir mi desdén es independiente de tener perro. A mí los animales domésticos me gustan. Alberto era perro, pero no sé deciros por qué. No es que fuera más malvado de lo corriente como un perro rabioso, o más cínico de lo frecuente (ya sabéis la etimología de la palabra cínico), ni más fiel y más generoso, que de eso tenía lo justo o menos. No. Era un hombre del montón. De esos que hay a miles. En mi familia siempre teníamos pastores alemanes. Cuando uno moría adquiríamos otro, y siempre le poníamos el nombre del anterior. ¿Para qué molestarse en ponerle otro apodo? Estoy convencido de que en el fondo todos nuestros perros eran siempre el mismo. La identidad ha sido sobre valorada desde el principio de la edad moderna, tanto en los humanos como en las mascotas. En eso deberíamos volver al medievo. Por eso Alberto era como los canes que tenían mis padres.  Siempre hay alguno así cuidando una finca, y no hay tanta diferencia entre unos y otros.  Alberto cuidaba el negocio de su jefe ladrando como cualquier otro perro, orgulloso, ignorante de que todos los perros pasan a la historia sin más. Era tan parecido a otros tipos como él, que en vez de tener un nombre deberían haberle puesto en la pila bautismal algún código alfanumérico. En realidad todos deberíamos llamarnos igual. No ya como nuestro padre, sino simplemente Humano más una buena ristra de dígitos. Es como esas muñecas que vendían hace años, que las piezas estaban hechas en una cadena de montaje y cambiabas un poco algún detalle entre las posibles opciones para poder regalar a cada hija una muñeca que fuera diferente cualquier otra. Pues no, niña, no. Estaba hecha en serie, como tú misma y como todos los seres que pueblan el mundo. La conciencia de nosotros mismos es un fraude. Lo digo así, en general. Y en el caso de Alberto, en particular. Si no lo conoces, no te pierdes nada que no hayas visto antes.

Alberto, manejó sus asuntos con astucia suficiente como para encontrar su hueco en el negocio de un empresario peculiar. Pronto se convirtió en una especie de director por debajo de su director. Y siendo como era un tipo ramplón trató de potenciar su imagen. Consciente de que su persona carecía de faceta alguna de interés especial, Alberto se compró un bote de gomina y un perro. Se dejó crecer una mata de pelillos rizados que embadurnaba con aquel pegamento. Tenía poco pelo, como su perro. Cuando llovía, al pero se le mojaban sus escasos bucles y entonces parecían padre e hijo. Fue como si una letra “i” hubiese salido a encontrar su punto y volviese con diéresis. Los empleados de aquella empresa, se burlaban de sus cuatro rizos ralos y pringosos. Supe que aquel segundón quería hacerse con la banda y saqué mi silla a la calle para tener donde sentarme el día de la despedida. Y así ocurrió.

La vida es vana. Quizá esperabas algo más de este relato. Pero es que Alberto no daba para más historia.

Le perdí el rastro. Hoy llueve y he visto a un perro como el de Alberto agachar la cabeza bajo el aguacero.

Cabizbajo

Cabizbajo

Una cosa es andar. Otra diferente es mirarse andar. Observar cómo los pies se relevan continuamente en su posición, es una especie de obsesión geométrica. Una actitud introspectiva. Mientras caminas no puedes ver hacia donde avanzas o retrocedes. Una espiral capaz de arrastrarme hacia el trance hipnótico. Es algo similar al autorretrato en el que figura el retratista en un espejo, y la imagen se reproduce cada vez más pequeña evocando el concepto de infinito. Las manos en los bolsillos. La vista hacia el suelo. Camino pensando en ti y cuidando al mismo tiempo de no pisar las rayas. Avanzo en la noche cerrada como un invidente, porque la noche realmente está en mí. Son indicios de una mente obsesiva. Jugando a no pisar lo negro, como de pequeño, mantengo un ejercicio gráfico imaginario de bordillos y aceras. Sin poder ver hacia donde voy o retrocedo; con qué o quién puedo tropezar; dónde y cómo me pueden atropellar. El español es un idioma introspectivo lleno de reiteraciones, dobles negaciones y cuádruples redundancias que llegan al propio vocabulario. Términos como medioambiental, contigo, ensimismado, etcétera. Mi cabeza se ha llenado de bucles, no en el cabello sino en las ideas. Absorto en círculos concéntricos, solo puedo pensar en ti y mirarme andar.

¿Os hablo de mí?

¿Os hablo de mí?

Qué contaros de mí que podáis creer. Veréis: nunca me miro en el espejo, ni al rasurarme ni para nada. Trato de no simpatizar demasiado con el tipo que se refleja en el cristal ya que desconfío de la clase de amistades que uno puede llegar a entablar consigo mismo. Un medio bohemio como yo es también medio espartano para compensar. Humilde, más de lo normal, pero puedo parecer pedante porque hablo cándidamente de todo lo que me pone contento. Os presento al cíclope de las manos pequeñas. Al que se burla de mí y se ríe de mi sufrimiento. Soy el último idiota que queda. El hombre de los zapatos grandes que compone sinfonías perfectas, que sólo interpreta silbando. Un león, triste y flaco, perdido en las arenas del desierto, resistiendo al hambre y a la soledad. Un ave migratoria que se separó de la bandada y perdió su ruta. Soy un blanco fácil y me matan con frecuencia. Debes reconocer en mí tu oportunidad perdida y la mía. Tu segunda oportunidad y la mía.

Te habla el más importante filósofo del final del siglo XX. Ése que tenía que haber existido y que tanto se echó de menos, precisamente era yo, no se lo digas a nadie. Soy un puedo y no quiero. Peor: un quiero y dos no quiero. Moderado pero no ambiguo. No me parezco a ti, ni para ser cerrado ni para ser abierto.

Puedo subir cualquier cuesta que yo quiera impulsado por un solo dedo del pié, pero carezco de una voluntad en proporción a mi peso y mi fuerza. Tras aparentes rasgos de seductor se esconde un inocente palomo. Romántico y hasta enamoradizo, impulsivo, familiar y también golfo en algún lugar de mi conciencia. Bueno como un niño. Gentil y agradable como un muchacho. Y más aún: benévolo como un abuelo. ¡Me gusta mucho ser benévolo! No todos saben ni pueden. Aquí está el pensador de los análisis certeros y la vida equivocada. Muy parecido a un hombre de bien. Circunspecto pero asequible a un tiempo. De intereses graves y trascendentales, aunque todo me importa un higo. Mi adolescencia fue una enfermedad cronificada.

No parece fácil entenderme, pero si me vieras lo comprenderías. Aquellos que me conocen descubrirán en estas líneas todo lo que ya sabían. Ser sincero es mi lujo. Discreto con mi vida privada, pero mis ojos transparentan mi alma. Y si alguna vez me guardo una carta en la manga es solo por ella: para poder cautivarla con el atractivo de mis misterios.

Un tipo espeluznante

Un tipo espeluznante

Es cierto que te encuentro espeluznante.  Una palabra que puede descubrir muchas cosas y encubrir otras. Hay algo terrible en ti. Tu mediocridad, por ejemplo. Unida a tu afán vano por sobrevivir, puede llevarte a hacer cosas tremendas, como dar la nota cuando deberías callar. Y no digamos tu deseo de prevalecer sobre los demás. Es la rabia que te da ser en el fondo pequeño. Eres un quiero y no llego. ¿A qué no puedes llegar? ¿Cuál es tu fantasía? Acepta que eres un ser prescindible, Todos lo somos, pero unos más que otros, claro. ¿Por qué no te calmas? La quietud, la serenidad, podría ser tu aliada. Así aprenderías a no despreciar a todos. A los que son mejores y a los que son peores que tú, pero sobre todo a los mejores. Ellos son para ti un latigazo en los testículos. Y hay tantos que te superan… Crees que puedes tapar el talento de otros estirando el cuello. Trata de comprenderme. Sé razonable, como creo que yo lo estoy siendo contigo. No estoy dispuesto a dejar que sigas estropeando el mundo con tu memez y con tu agresividad. No puedo. Tu soberbia nos molesta cuando charlamos sobre física en el club, con nuestro café o té en la mano y nuestros periódicos. Nos apreciamos unos a otros y nos respetamos. Y tú vienes a imponer tu voz desafinada, tus registros disonantes y tus malos modales. ¡Cómo estropeas la armonía de fondo de música clásica! Pisas la voz del científico de Badajoz, Martínez-Trecho, que es el que más sabe de todo lo que hablamos, exceptuándome a mí. Su cerebro está muy por encima del tuyo, que es un órgano amazacotado. Ignoras lo que te cuenta López Albor. Ese hombre tiene algo que decir, y puede enseñarte lo mucho que ignoras. El otro día dijiste que se te había ocurrido una teoría que conocemos hace décadas. Eres un pésimo diletante. Tú interrumpes con lo baladí, hablando de cosas que ya damos por triviales. No descubres nada, ni nada aportas salvo necias interrupciones. Cuanto más liderazgo reclamas, mayor rechazo nos generas, y te aíslas más. Las conversaciones agudas sobre ciencia y filosofía que mantenemos un día por semana en el edificio modernista del Casino, mientras escuchamos a Haydn, entre esas columnas de piedra que imitan formas vegetales, y esas vidrieras de colores, son para mí la mayor gratificación que obtengo por observar el mundo. No estás a nuestra altura. Óyeme bien: no voy a prescindir de tan gratos momentos por tu insolencia. Solo pretendo darte una lección de buen comportamiento y de respeto. Si te mutilo es por tu bien. Comprendo que no me entendieras cuando te corté el primer dedo. Estuviste rabioso e indignado. y te agitabas dentro de tus mordazas y ataduras. Te advertí: cuando me veas llegar y me sonrías, será que has aprendido y te perdonaré. Pero no me escuchaste. Tu narcisismo te mantuvo como siempre ajeno a todo lo que no fueras tú, y en este caso, tu dolor era lo único que contemplabas, como si nada más importase en el mundo. Lloraste, te retorciste… Solo pensando en tu martirio y en tu tormento, pero no tuviste la generosidad ni la humildad de escucharme. Te vuelvo a repetir: trata de comprenderme y sé razonable, como creo que yo lo estoy siendo contigo. Esto parará cuando aprendas a sonreír cuando yo llegue, ya te lo dije. Te voy a adiestrar en cordialidad. Después de todo, soy tu anfitrión. Mío es el jergón sobre el que yaces, y mías son las vendas y trincas con las que por tu bien te mantengo trabado; de mi propiedad es este sótano que compartes con mi coche antiguo, mi moto y mis herramientas de bricolaje, que tanta ayuda me prestan para poderte mortificar. Tan solo te pido una sonrisa… No creo que sea para tanto. ¿Hasta cuándo pretendes que te siga cercenando? Muchas molestias me tomo por ti, ¿sabes? Cada día debo seccionar y separar de tu cuerpo alguna parte sobrante, aligerarte, dejarte en lo esencial. Me deberías pagar por eso. Te estoy purificando. Cuando menos, agradécemelo. Has emprendido un viaje a tu alma, mientras te voy despojando de lo accesorio, de tu periferia corporal; deshojándote cual margarita del amor. ¿Crees que esto me gusta? Estoy verdaderamente enojado con tu comportamiento. Esos lloriqueos de maricona me parecen de todo punto insoportables. Si pensaras un poco en los demás, digamos en mí, dado lo reducido de tu actual universo, no gemirías tanto. Presentas un espectáculo penoso con tanta lágrima. Yo me he tenido que molestar en curarte cada vez, desinfectar tus muñones con alcohol, vendarte, cauterizar tus heridas y darte a beber agua con antibióticos y antitérmicos… Tienes que vivir lo suficiente para aprender a sonreír mientras te amputo un miembro u otro. Todas estas tareas roban mi tiempo. ¿Crees que mis obligaciones se resuelven solas mientras me ocupo de ti? Ese egocentrismo tuyo… Yo te lo estoy arreglando. Rebanarte es como podar un seto para hacerlo más bello, sin ramitas que tengan la petulancia y la osadía de sobresalir sin haber acreditado antes méritos suficientes. Así es como quedarás a medida que pasen los días: yo no diría amorfo, sino redondeado y bien recortado.

Tu fragilidad mental me irrita en algunos momentos, pero en otros me produce una gran condescendencia, y aunque me burle, logras que me compadezca. Sé que te has vuelto loco. No creo que venga de las últimas semanas en las que has perdido el rastro de tus extremidades. Quizás fue ya el segundo día, cuando te arranqué otra falange del segundo dedo. Te manchaste, puerco, eso no te lo perdonaré. Tuve que preparar tu camastro para que tus heces cayeran directamente a un cubo con agua y lejía, e introducir tu birrioso y ridículo apéndice en una manguera para drenar tus secreciones. ¡Cómo te asustaste! Pareces un niño. Y si te lo hubiera cortado también, ¿qué? ¿Qué te importa? ¿Acaso estás en situación de pensar en esas cosas? Sí, amigo, sí. Te has vuelto majara. De no ser así, no habrías permitido que tuviera que ir haciendo rodajas de ti, como si fueras uno de esos vulgares embutidos artesanales de tu pueblo. He tenido que secuestrar también a esta pobre mujer encadenada que se encarga de administrar por mí los recipientes fecales, así como de ayudarme a curarte. Y lo hace muy bien… No sé por qué parece tan aterrada… ¡Si yo estoy muy contento con ella! Aunque es la culpable de que, gracias a sus cuidados, tu sufrimiento se prolongue. Sabe que, si tu faltases, Dios no lo quiera, ella sobraría en este sótano…Y parece que en el fondo le encanta sentirse imprescindible, ya sabes cómo son las mujeres. Así que te he conseguido la enfermera perfecta. Lástima que no os hayáis podido conocer en mejores momentos. Los dos parecéis buenos chicos, ahora que te has vuelto más discreto.

Conste que guardo todos tus trocitos en el congelador, envueltos en papel de aluminio. Más que nada para que no te preocupes. Si un día los necesitas, sabes que ahí los tienes. Ya son más de 90 piezas de cochino arrogante. Todas numeradas como las fotos que he ido tomando para registrar mi actividad quirúrgica. Si hiciera falta, podría recomponerte otra vez entero, aunque no sé si estarías muy guapo cosido a tantos despojos. Quizás sea mejor idea que te los haga comer el día de tu cumpleaños. Tendremos que celebrarlo.

Respirabas mal por la nariz. Te ahogabas con las mordazas y claro, no podía verte sufrir así. Tuve que quitarte las mordazas, pero no me gustan los chillidos de socorro ni tus sollozos desesperados, así que te tumbé con tranquilizantes y te corté la lengua. Después de todo, siempre fuiste un deslenguado. Luego, desde el cuello, aprendí a seccionar cuerdas vocales. No sabes lo que sufrí porque creía que te morías. ¡Qué cantidad de sangre! Puede que no lo ejecutase muy bien, no soy cirujano, pero lo hice solo por ti, para que pudieras respirar sin mordazas. Incluso te corté la nariz, era para ti otro ornamento sin utilidad práctica. ¡Fuera estorbos!

He decidido no límpiarte más las hormigas. Que ellas recorran lo que queda de ti, que entren por tus heridas y tomen todo aquello que no necesitas ya. La naturaleza les ha otorgado una gran función de reciclaje que debemos respetar, ¿no crees?

¿Te cuento una cosa? Esta mañana me ha parecido que al verme llegar sonreías por fin y saludabas con la cabeza. He sentido la satisfacción de un mentor al saber de tus progresos. Ya sabes que, cuando trates de ser agradable y correcto, he prometido dejar de ¿recortarte? ¿abreviarte? ¿esculpirte? Y sí, efectivamente, me ha parecido que esas muecas eran un saludo de buenos días… Pero voy a seguir con mi arte, dado que no puede averiguarse de modo preciso lo que son tales gestos. Puede que ya sonrías como un buen vecino en el ascensor, pero, la verdad: no veo ya tus dientes. Están todos en el congelador, donde he tenido que colocarlos por tenerlo todo junto. Bueno, “junto”, no es la palabra adecuada. En el mismo lugar. Ya sabes que lamentablemente los has ido perdiendo…Ni labios te quedan ya. ¿Cómo voy a saber si sonríes? Quizás llorabas, no lo sé. Tú trata mañana de que esas supuestas muestras de alegría al verme llegar sean un poco más notorias. Más expresivas de tu simpatía y respeto hacia mi persona. Convénceme, y veré lo que hago.

Siempre me parece que ya va a ser imposible seguir, pero al final, uno encuentra algunos pequeños salientes en tu cuerpo y en tu personalidad que deben ser corregidos por tu bien. Así que hoy seguiré con lo mío, extirpando de entre tus intersticios cualquier foco de espeluznante mediocridad, hasta dejarte liviano, totalmente limpio, como un pescado antes de hornear; aliviado del peso de lo superfluo, que tanto te lastraba para razonar con lucidez.

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Escondido en el teatro

Escondido en el teatro

FRAGMENTO

 

-¡Vamos cerrando!

De esa manera los empleados del teatro solían empezar la ceremonia de cortar la luz, la calefacción, comprobar que no queda nadie en los lavabos y revisar todas las ventanas y puertas del edificio. Hasta que todo se quedaba oscuro y por unos instantes la noche de la calle iluminaba el interior del palacio vacío, y las voces de los dos encargados se alejaban del portón.

Un salón de actos cerrado y vacío es la más clara representación de la muerte. Si pasas una noche allí, el resto de tu vida sabes que no estás ya en el mundo. Por mucho que hables, que oigas, que vayas o que vengas. Esa soledad fría, imponente, te cala los huesos como la humedad de la niebla en el cementerio. Ya sabes que has fallecido. Notas que las funciones son solo eso: representaciones, comedia. Un breve lapso de tiempo comparado con la soledad infinita de la platea hundida en la negrura abismal. A la mañana siguiente todas las cosas de la vida real se veían diferentes, mucho más falsas que la decoración de los escenarios. Todos los humanos se le antojaban muñecos animados. Todo le parecía vano y extraño, como un absurdo aparentemente absurdo.Nadie podía pedirle que continuase igual, después de introducirse en aquella experiencia.y de que ésta hubiera arraigado en él. Nunca salió realmente de aquel teatro al igual que un fantasma no podría escapar de las tinieblas aunque se apareciera  en la tierra para comunicarse con los mortales.

Gestionando emociones

Gestionando emociones

Vamos a ver:
Si te trae risas,
si te da calor,
¿qué le vas a hacer?
Si te cuenta cosas,
y se las cuentas tú.
¿qué le vas a hacer?
Si hacéis planes,
Urdís tonterías.
¿Qué le vas a hacer?
No lo niegues.
Soñáis escapadas.
Os gustáis.
¡Pues qué le vas a hacer!
Si esperas sus mensajes
cada día más temprano
¿Qué le vas a hacer?
Hay equilibrio,
hay amistad
¿Qué quieres hacer?
Lo pasáis bien.
Reconócelo.
¿Qué le vas a hacer?
Por cierto…
Si te pasas el día,
pensando en que cuando la veas..
¡lo que le vas a hacer!
Pues eso:
¿qué le vas a hacer?

Es que yo soy…

Es que yo soy…

Algunas personas suelen decir: “es que yo soy muy sincero”. En realidad deberían decir: “es que yo soy muy grosero”. O “yo soy muy directo” y deberían decir “soy un insolente y maleducado”. O dicen “me gusta hablar bien claro” y en realidad es “soy un patoso e impresentable”. O lo de “es que yo soy así” que significa: “no me sé comportar correctamente y, en vez de cambiar yo, quiero que me tengas que aguantar tú porque también soy un chulo o una tía soberbia y visceral dispuesto a abusar de tu paciencia”. O “yo digo las cosas” que quiere decir: “No me importa invadir tu parcela, a la que no estoy invitado, si así persigo mi objetivo”. O la de ” yo lucho por lo que deseo” que sería una frase más completa añadiendo: “…molestando a cualquiera que esté por en medio”. También recuerdo lo de “esto lo hago por mis hijos”, que quiere decir que “justifico mi mala conducta innecesaria y los hijos de otros no me importan”. La frase “perdona que me meta donde no me llaman pero…” quiere decir: “sé que te molesta lo que digo pero lo voy a seguir haciendo”. Y así sucesivamente.

Los que presumen de actitudes claras suelen ser poco recomendables. La gente franca de verdad no alardea de serlo y tiende a ser educada. El tiempo nos dice quién es sincero, honesto y claro. De hecho nos lo dice muy a menudo, y la conclusión es esta: ¡Casi nadie! Prácticamente, solo yo.

Verás: es que yo soy…

Sobre felicidad, preferencias, y pasiones

Sobre felicidad, preferencias, y pasiones

Adam Smith es conocido por su estudio sobre La riqueza de las naciones, de enorme influencia en el pensamiento económico sobre el capitalismo. Nadie sabe que escribió también La teoría de los sentimientos morales. Es impresionante que un señor aparentemente tan alejado por pertenecer a otra época tan distinta de nuestro siglo XXI pueda explicarnos cómo somos con tanta lucidez y sabiduría. Él precisamente, que creía en el interés personal por enriquecerse como motor de la prosperidad, nos indica que el amor es en realidad mucho más importante, y que la riqueza se busca en gran medida para ser amados. En otras palabras: tenemos instinto para la ambición personal pero también para el altruismo. Y dice algo más: la diferencia entre dos situaciones determinadas justifica que tengamos preferencias por una u otra, pero no debemos sobrevalorar tales desigualdades. Efectivamente, los estudios demuestran que la felicidad es algo que puede ser «sintetizado» por el cuerpo humano independientemente de nuestras victorias y derrotas. Es el resultado de los estudios realzados por el profesor norteamericano de Harward, Dan Gilbert, que nos lo explica en su conferencia «La sorprendente ciencia de la felicidad». La he visto en TED y he disfrutado con ella. Me impresionan esos sensacionales oradores anglosajones, inteligentes, preparados, al mismo tiempo elegantes en las palabras y desenfadados, explicando en camiseta cómo es el mundo según la ciencia, como te lo contaría un compañero de clase. Al parecer, tanto si te toca la lotería como si te quedas tetrapléjico, con el tiempo «generas» un grado similar de felicidad al que tenías en la situación previa, según varios experimentos. Curioso. Interesante. Entonces ¿debemos ser conscientes de que algunas de las cosas que perseguimos pierden sentido si apostamos demasiado fuerte por ellas?

Quiero regresar a Adam Smith y pasarles esta cita, porque él lo explica mucho mejor que yo, dedicada, cómo no en un día como hoy, a los independentistas catalanes.

«La gran fuente tanto de la miseria como de los desórdenes de la vida humana, parece surgir de sobrevalorar la diferencia entre una situación establecida y otra cualquiera. La avaricia sobrevalora la diferencia entre pobreza y riqueza: la ambición, la que hay entre una situación privada y otra de fama: la vanagloria, aquella entre oscuridad y amplia y conspicua reputación. La persona bajo la influencia de cualquiera de esas pasiones extravagantes, no sólo es miserable en su situación real, sino que a menudo está dispuesta a perturbar la paz de la sociedad, a fin de llegar a lo que tan tontamente admira. Sin embargo, la menor observación puede demostrar que, en todas las situaciones ordinarias de la vida humana, una mente bien dispuesta pueda ser igualmente tranquila, igualmente alegre y igualmente feliz. Algunas de estas situaciones, sin duda, merecen ser preferidas a otras: pero ninguna de ellas puede merecer ser perseguida con ese ardor apasionado que nos lleva a violar las reglas de la prudencia o de la justicia; o para corromper la tranquilidad futura de nuestras mentes, ya sea por la vergüenza del recuerdo de nuestra propia locura, o por el remordimiento del horror de nuestra propia injusticia.»
Mi conclusión en forma de preguntas: ¿Hasta dónde vale la pena lo que quieres lograr? ¿Qué tal si nos lo pensamos un poco? ¿Vale la pena que nos arriesguemos o que provoquemos el sufrimiento de otros? ¿Es tan importante?
Dado que he retocado yo la traducción como mejor he creído, adjunto el texto original y ruego indulgencia si algo debiera mejorarse. Además el texto original, como veréis, es bonito.

“The great source of both the misery and disorders of human life, seems to arise from over-rating the difference between one permanent situation and another. Avarice over-rates the difference between poverty and riches: ambition, that between a private and a public station: vain-glory, that between obscurity and extensive reputation. The person under the influence of any of those extravagant passions, is not only miserable in his actual situation, but is often disposed to disturb the peace of society, in order to arrive at that which he so foolishly admires. The slightest observation, however, might satisfy him, that, in all the ordinary situations of human life, a well-disposed mind may be equally calm, equally cheerful, and equally contented. Some of those situations may, no doubt, deserve to be preferred to others: but none of them can deserve to be pursued with that passionate ardour which drives us to violate the rules either of prudence or of justice; or to corrupt the future tranquillity of our minds, either by shame from the remembrance of our own folly, or by remorse from the horror of our own injustice.”
― Adam Smith, The Theory of Moral Sentiments

Ventana al vacío

Ventana al vacío

Le llamó su exmujer por teléfono.
-¿Sabes ya lo que ha pasado en tu casa? El vecino de arriba se ha tirado por la ventana. Me lo ha dicho mi amiga Ana, la que es vecina tuya.
Él se quedó pensando. No recordaba quién podría ser el vecino de arriba. Había varias viviendas por piso y a muchos, tras quince años viviendo allí, ni los conocía. Observó que no sentía nada. Ni compasión, ni horror, ni nada. No era asunto suyo.
-¿No te has dado cuenta al salir por la mañana? Han ido dos coches de la policía, una ambulancia, vecinos, conserje…
-No, no he visto ni oído nada.
-Lo habrán recogido todo de inmediato.
Su exesposa era muy ordenada, pensó él. Parecía satisfecha del funcionamiento del sistema cuando alguien se suicidaba. Quedaba resuelto el problema de limpieza. No había permanecido allí mucho tiempo el cadáver a la vista de los niños que hubiera jugando en el jardín. Habrían lavado la sangre. La policía y los servicios de urgencia se habían retirado deprisa molestando lo mínimo… Estaba contenta con esa actuación.
Acabaron la conversación de inmediato porque a ella le sonaba otro teléfono.
La normalidad era absoluta cuando él salió a mirar la por la ventana..La cerró y oyó en su interior las palabras de su exmujer. «Lo habrán recogido todo de inmediato».
Sobre el alfeizar de la ventana vio una hormiga. Abrió de nuevo. Tomó la hormiga entre los dedos y la dejó caer a la calle. probablemente donde poco antes se habían aplastado los huesos del vecino. Después levantó la vista y vio que las nubes que se acercaban no eran de lluvia.
-Por si acaso voy a coger un paraguas. No me fío -se dijo mientras corría las cortinas.

SALMOS CONTEMPORÁNEOS. Salmo nº 327. De los simples listos.

SALMOS CONTEMPORÁNEOS. Salmo nº 327. De los simples listos.

De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.

OREMOS TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.

Que nos proteja el Señor
de quienes necesitan creerse más listos,
porque no lo son.
Que no nos hagan impacientarnos,
ni perder los modales.
Que no nos guarden rencor
por darnos cuenta a nuestro pesar,
de cómo son.
Que no nos calumnien para justificar
su comportamiento impresentable.

TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.

chica lista photo

Photo by Dannyqu

Señor,´Tu que reinas en los valles,
Tu cuidas de los peces y los ríos,
Tú que cruzas junto a nosotros el desierto.
Tú que velas por nuestros rebaños,
Aléjanos, Señor, de todos los listos
Auséntalos de nuestros desafíos.

TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.

Que nos proteja Dios,
o el Estado central,
o la administración local.
Allá cada cual con su credo.
Pero que nos protejan a todos,
que todos estamos expuestos.

TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.
.
Aparta. Señor, a esta gente que no rectifica
Solo descansaré de ellos
cuando salgan de mi vida.
Los detectaré deprisa y huiré corriendo,
Cerraré la puerta de mi casa clavando tableros
como si esperase al huracán Katrina.

TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.

No es cierto que un malo inteligente sea más peligroso.
Un simple que va de listo es mucho peor.
Te vas a exasperar preguntándote
¿Pero cómo se puede ser así?
Cualquier indulgencia por tu parte,
no la vera como una oportunidad regalada,
sino como una debilidad tuya.

TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.

Como un mosquito,
o lo aplastas, o te pincha,
no se le ocurre más.
Estorbar les alimenta.
La ínfima sangre que te quitan
a ti te sobra.
Tú les darías más.
Pero con razón se la niegas
porque te la quiere hurtar.

TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.

Con más información que cultura.
Mucha autoestima y poco respeto a los demás
Demasiado orgullo y escasa dignidad.
Con más determinación que inteligencia.

Más avidez que astucia.
En vez de ambición, avaricia.
Y menos educación que afán.
Todo lo arruinan para si mismos
y para los demás.
Su pasado es tierra quemada.
No les mueve la lógica,
sino la pequeña ventaja.
El fracaso continuo
no les hará cambiar.

TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.

Que nos proteja el Señor
de quienes necesitan creerse más listos,
porque no lo son.
Que Yahvé nos arme de paciencia,
o mejor… que nos la quite de golpe,
Y así les mandemos a todos a tomar
Por cierto,
Y que nos dejen en paz..

TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.
Amén.

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Demasiadas cosas

Demasiadas cosas

Demasiadas cosas que decir. Pugnan por escapar y me bloquean. Mis ocurrencias son gordas, como obesos mórbidos que se atascan tratando de atravesar todos a la vez una puerta pequeña. Me cuesta dar paso a uno antes que a otro. No me gustaría quedar mal  con ninguno de mis pensamientos rollizos.

Demasiadas cosas: alegrías, ideas, reflexiones, dolores, ilusiones, proyectos, sorpresas, expectativas, decepciones, miedos, objetivos, apoyos, tonterías… Demasiadas cosas.

Es duro tener que luchar desde la realidad contra un huracán imaginario. Necesito alejarme un poco de todo. Es un anhelo recurrente. Huír. Sacar el coche del aparcamiento para que las nubes desde su altura lo vean pequeño y gris, confundirse con otros en la carretera. Encontrar un lugar desconocido horas después. Entrar a un café en el que no haya estado antes y al que nunca vaya a volver. Escribir y recuperar la paz. En aquel pueblo remoto, me gustaría pernoctar aferrado a los pechos de una muda. Perder yo también el poder de la palabra y animalizarme al máximo con ella. Ser un episodio más entre trillones de transformaciones de la materia viva  durante fracciones de una pequeño instante del tiempo infinito. Solo sentir, palpar el calor de los senos abrazando antes y después del deseo. Conocerme aislado y sin referencias. Sólo con la hembra humana de El planeta de los simios. Cambiar de lugar y de época. Y al regreso, acarrear algo de lo aprendido sin que se escurra de mis manos. Sin que se evapore en el trayecto de vuelta. Disfrutar al menos dos días sin ruido interior tras el viaje. Meditar. Rezar como si creyera. Hacerme más fuerte dentro de mí.

Demasiadas. Tratar cada día de hacerlo mejor. Mantener una trayectoria derecha dentro de un huracán de sinsentidos en remolino. Sin percatarme de que yo puedo ser otro absurdo parecido a esos a los que trato de resistir o esquivar. Dejar de respirar para escuchar el azote del viento, Porque cuando escuchamos el rozar silbante del aire, si ponemos la suficiente atención, oiremos también el silencio imponente del espacio.

Y volver. Yo soy de los que vuelven. De los que no se van, en realidad. Será que carezco del valor o la locura suficientes. Necesito salir, caminar. Seguramente contigo. Cruzar la noche o la mañana. Alejarme, tomar aire y volver a zambullirme en la cotidianidad torpe, estrecha y amarga. Necesito tumbarme en la calle, buscar un jardín, tocar tierra limpia y mirar, sin pensar, sin juzgar. Sin temer, sin soñar. Solo mirar. Sin ver ni sentir. Como ven la piedra, las hojas, la nube y la arena. Quiero mantenerme impasible como el cielo, hasta fundirme con la lluvia y con él.

Siempre y cuando… eso es todo.

Siempre y cuando… eso es todo.

Hay una zona azulada que podría ser gris. Hay un golpear de olas que percibo amortiguado. Un recodo que no continúa. Oigo una conversación y podría provenir del pasado. Una carretera cortada con un cartel medio caído. Hay un olvido sin nostalgia. Hay un rencor sin rencor. Una huella que se borra. He pestañeado y el mar ya estaba seco.
Te he olvidado. Como a la vida, como a la muerte. Sin preocupación. Sin escándalo. Os he olvidado. Como a las lágrimas. Como a las risas. Os he abandonado. Como al temor y al hambre. Quedo yo. Siempre y cuando piense, quedo yo. Y eso es todo. Con el alma apagada, ya no estoy. Habéis asesinado mi fantasía y está creciendo mi atención. Me volveré reptil como vosotros. Hay un resentimiento sin pasión. Odio tranquilo, casi paternal y afable. Al mismo tiempo sin emoción. Un amor sin amor. Queda la espera. Sin impaciencia. Sin inquietud. Con el tiempo detenido. Ningún crimen vuestro me produce ya sorpresa. Mientras los perros arrancan mis tripas, yo pienso en el sol y el cielo, porque hay una zona azulada que podría ser gris.

En memoria de un naufragio. Siempre y cuando, eso es todo

Hay una zona azulada que podría ser gris. Hay un golpear de olas que percibo amortiguado. Un recodo que no continúa. Oigo una conversación y podría provenir del pasado. Una carretera cortada con un cartel medio caído. Hay un olvido sin nostalgia. Un rencor sin rencor. Una huella que se borra. He pestañeado y el mar ya estaba seco.
Te he olvidado. Como a la vida, como a la muerte. Sin preocupación. Sin escándalo. Os he olvidado. Como a las lágrimas. Como a las risas. Os he abandonado. Como al temor y al hambre. Quedo yo. Siempre y cuando piense, quedo yo. Y eso es todo. Con el alma apagada, ya no estoy. Habéis asesinado mi fantasía y está creciendo mi atención. Me volveré reptil como vosotros. Hay un resentimiento sin pasión. Odio tranquilo, casi paternal y afable. Al mismo tiempo sin emoción. Un amor sin amor. Queda la espera. Sin impaciencia. Sin inquietud. Con el tiempo detenido. Ningún crimen vuestro me produce ya sorpresa. Mientras los perros arrancan mis tripas, yo pienso en el sol y el cielo, porque hay una zona azulada que podría ser gris.

Siempre y cuando… eso es todo.

Fragmento de un «mi ser» encubierto

Fragmento de un «mi ser» encubierto

Una cosa es suspirar… Yo no estoy para suspirar. Y otra cuestión distinta es llenar los pulmones de la paz de la noche. Es que este mayo especial… Te veo como cuando nos hemos despedido contentos y entonces respiro. No quiero ponerme así, seguramente será peor que suspirar, lo sé, pero… yo creo que esto es otra cosa. Es hinchar el pecho de gratitud cuando mi mente recrea tu imagen. Me siento muy bien. Te pienso y creo que el mundo me lleva a ti, y que la vida acaba también felizmente en ti. Ya sabes lo que quiero decir… así que a ver si me lo explicas. Inspirar pensando en tus mejillas de cristal, que se ponen coloradas cuando nuestras risas se desatan. Estamos tan cerca… Esto no es suspirar. Esto es otra cosa. Me pongo un poco tonto, pero nada más. Me doy cuenta enseguida y toso, como disimulando aunque nadie me ve.

Sé que tiene que ser un espejismo. ¡Vamos, yo no creo en esto! Pero me siento realmente bien. Tan bien… ¡Da igual que no me lo crea! Te agradezco que hayas aparecido, eres un regalo. Mis años mozos, tan abruptamente interrumpidos, emergen de nuevo sin complejos décadas más tarde, gracias al deseo que tengo de andar contigo por la calle, pasar mi mano por tu hombro, y hablar y hablar y andar, aunque sea dando vueltas a la misma manzana, qué tontez la mía, y mirarte y reírnos. Esa risa que no se acaba… Claro que hay otras cosas entre nosotros, pero… Lo raro es estar encantado con andar. Eso es raro, sí. Pero simplemente esto ya me hace sentir único, como si Dios no mirase a nadie más y estuviera pendiente de mandarme lo mejor. Inhalo el aire de la calle, que será mejorable, sin duda, pero yo me siento afortunado y en paz. Te vas, vuelves a tu casa, y yo pienso: qué bien que me va andar contigo. El bienestar permanece flotando a mi alrededor, o yo floto en él, aunque te vayas, porque sé que quiero repetir. Y descubrir lo que uno quiere de verdad da toda la fuerza del mundo. Y no sé por qué me pongo agropecuario, cuando soy cien por cien de ciudad, pero me salen tonterías, majaderías todo, pero majaderías de romanticismo agropecuario…como cuando me digo cosas como que tú eres el campo que quiero labrar. ¡Qué labranza ni qué campo! ¡Yo lo que quiero no es labrar! Trato de descontaminar mi cabeza de esas voces que suenan como la mía pero que no son yo en absoluto, las repudio, abomino de ellas. Todo eso sobra. ¡Fuera de mí esas monsergas! Lo que no sobra en absoluto es volverte a ver. Eso sí que es de verdad.

La serenidad vuelve a mí al pensarlo. Lleno otra vez el tórax todo lo que da de sí con la noche de este mayo. No hay nada como respirar a gusto. Y eso es lo que me pasa, que yo no suspiro nunca. Pero eso sí lo hago: respirar hondo, eso sí. Por un momento creo entender el sentido de la vida. Hay que mantener este conocimiento, esta sabiduría, esta Verdad revelada, que me llega por tu forma de mirar.

Pero la certeza de haber comprendido el mundo se escapa enseguida y yo querría retener esos instantes de lucidez pasando las tardes contigo. Pasando contigo los días.

Cuando llega la noche, suelo hacerlo: respirar hondo, beber agua fresca pensando en tus besos y luego acostarme feliz. De tan bien que estoy… estoy de pena.

Photo by Adrian Fallace Photography

Los días empiezan bien o perseguido por la policía

Los días empiezan bien o perseguido por la policía

Yo qué culpa tenía de que me persiguiera un coche de policía por la M-40. La gente me miraba mal cuando una hora más tarde, ya me habían detenido y esposado. Cuando llegué a comisaría, qué casualidad, había en la puerta periodistas de todas las cadenas de televisión, radios, prensa… Yo creo que no faltaba un reportero ni del boletín de la parroquia. Es más: de hecho me pareció ver un niño vestido de monaguillo con una cámara de fotos. ¡Qué tendencia a exagerarlo todo! Yo  que soy siempre tan moderado…  La gente enseguida te mira mal. Puero bueno, y ellos,  ¿qué sabían acerca de los motivos por los que yo estaba siendo detenido? Nada de nada. No saben si es justo o injusto que me encuentre esposado. Que un guardia te sujete por el codo y te empuje. ¿Saben ellos si es lo que merezco? ¿Por qué la gente tiene esa tendencia al linchamiento? A hacer astillas del árbol caído.

Todo había empezado bien. Los días empiezan siempre bien, creo yo. Que un día empiece… es una buena señal. Me dispuse a escribir con el desayuno a la izuierda. Soy cumplidor. Me he metido a columnista en desafiosliterarios.com y al día siguiente tenía que presentar mi relato semanal, así que con mi portatil y mi café con leche, empecé a contarme cosas. Pero claro, no llevaba yo ni dos lineas cuando sonó la primera llamada de teléfono. Una persona que tenía una urgente necesidad de telefonearme para nada. Cómo le gusta a la gente demostrar con montones de preguntas que no tenemos verdaderos temas de conversación comunes.

-¿Qué harás este verano? ¿Cómo te va todo? ¿Hace allí el mismo calor que aquí?

Y yo, que tenía cosas que hacer, me estaba impacientando…

-Pero allí más seco, ¿no?

Al  final, no pude evitarlo:

-Consulta esa comparativa en internet porque yo no sé el calor que está haciendo donde tú vives ni la humedad que  soportáis. ¿No tenéis un barómetro en tu casa? Ni siquiera recuerdo  bien de dónde eres. ¿Estabas tú por Castilla, o en Cabo Cañaveral, o por dónde? ¿Quién me has dicho que eras, a ver?

La gente se ofende. Los conoces de internet. Se empeñan en meterse en tu vida sin motivo. Se dicen: le llamaré, le preguntaré por todo lo preguntable, le confesaré tres asuntos míos que no le interesarán en absoluto y se sentirá muy agradecido de que  me acuerde tanto de molestarle, claro que sí. Pues no. Esa es la gente que luego, cuando te detiene la policía, te mira mal. ¡Son los mismos! Exactamente no, pero igualitos, del mismo tipo de gente. Te aprecian y desprecian sin motivo, según lo hagan los demás.

Cosa distinta es que estés realmente vinculado a ellos por algún tipo de objetivo o actividad común. Por ejemplo, mis amigos, los que se meten como yo en el taller de novela, o los que se vienen a las Escapadas Literarias. Son otro tipo de relaciones y de historias.

Luego dijo que se sentía idiota  por pensar que tenía un amigo. ¡Normal que se sintiera idiota! ¿Cómo se tendría que sentir si no?

Bueno, llevé mi café al microondas,  porque con esta charla innecesaria se me había enfriado. Volví a ponerme a escribir y cuando ya había cogido el hilo,otra persona me llamó. Era una buena  amiga, empeñada en contarme su último desastre amorosos. Bueno, yo también tengo amigos y amigas,  creo, y con esta ya no  pude ser tan desconsiderado.

-Está bien que me lo cuentes, porque yo te quiero mucho, siempre que no te extiendas demasiado. Que me informes me interesa por ser tu vida. Pero si lo que quieres es ampliarme mucho el tema, ya eso es para que lo hables con una amiga, no conmigo. Yo soy un amigo, no una amiga. Es distinto, verás que sí que  lo es, No me acuses de sexixmo, por favor. Yo estoy para otro tipo de temas. Pero, mira, yo te diría que lo mejor es que lo escribas. Si lo escribes, yo lo leeré con interés. Me he metido en DesafíosLiterarios.com, en uno de los talleres de novela. Podrías hacerlo tú también. A mi esto me da la vida. Si te metieras en el mundo de DesafiosLiterarios.com te olvidarías muy pronto del desgraciado de tu ex-marido. Si te metes en el taller o te haces columnista puedes entrar en su siguiente libro de relatos. En fin, hay algo en «Desafíos». Amistad y mil propuestas literarias y… gente que vale la  pena conocer. No solo es literario lo que escriben. Ellos mismos lo son.

Así que lo que le dije a esta amiga mía vale  para todos. Registraos gratis en desafiosliterarios.com, que lo podéis hacer con la F de Facebook  por  ejemplo,  y mandar un texto vuestro. Y luego a disfrutar como columnistas, o  con  los talleres de novela, o con las escapadas. ¿Quieres participar en el libro 2 con un relato o poema tuyo?

¡Ah, sí! Lo de la policía, que os lo estaba contando y me he  ido del tema: pues que no hago más que colgar y me llaman por el messenger.

-Hola. Oye,  ¿tenéis  por allí tanto calor como por aquí? Aquí es tremendo. ¡Sofocadita estoy!

¡Dios! Le pregunté su dirección y le dije que quería hacerle una visita urgente, que no saliese de casa. 400 Km más tarde, perpetré un plasticidio con un cuchillo jamonero. Se me fue la mano, lo sé, está mal… ¡Qué cantidad de sangre, oye! Es lo que mejor recuerdo… Pero bueno, todo esto lo voy a contar en el libro 2 de Desafíos Literarios  que va a salir dentro de dos o tres meses lleno de relatos inéditos de todos mis amigos. Siempre que nos dejen escribir un poco, claro está.

 

La cara de Meg y las gafas nuevas

La cara de Meg y las gafas nuevas

¿Está mal escuchar conversaciones ajenas? Claro que sí. Por supuesto, naturalmente que sí. Es de lo peor. Me degrado si escucho la charla de alguien que no esté dentro de mis propios pensamientos. Escribo  por hacer algo con ese torrente de conversaciones que continuamente rebotan en mi cráneo, por su parte interna, claro. Esas son las conversaciones que escucho y con ellas tengo bastante. No me interesa la vida de nadie. Puedo proclamarlo con la sinceridad más rotunda. No atiendo a lo que no me incumbe, Lo digo con la mano puesta en el corazón o con la mano puesta en cualesquiera otras partes, porque en principio, lo puedo decir ponga la mano donde la ponga. A veces creo que ni siquiera me interesa mucho mi vida. Pero menos las de los demás.

He derrochado el maravilloso regalo que es estar solo durante toda la mañana. Porque solamente hay algo más valioso que la compañía humana, y es la soledad, si sabes disfrutarla. Normalmente yo la disfruto con arte, como un buen cocinero, manejando los ingredientes justos, Hoy he desperdiciado una mañana llena de sol y una piscina que me estaba esperando como una amante. Pero mi mente ha deambulado de una basura informacional a otra usando un cacharro electrónico. Ya eran casi las cuatro de la tarde. El calor sofocante sin duda no favorece el entusiasmo olímpico. Empecé por poner un podcast ya que los audios me paralizan menos que mis propios pensamientos y en unos minutos estaba saliendo a almorzar a la hora de merendar. Precisamente estrenaba unas gafas de sol graduadas. Quizás me marearon un poco,  porque al doblar una esquina, un coche que pasaba a toda velocidad tuvo que hacer una maniobra tremenda para no chocar contra el mío. Total: un buen susto. No es prudente eso de salir a conducir con una graduación nueva. Soy un tipo aturdido por naturaleza. Pues claro, con esas gafas casi me mato.

Y bueno, hay una terraza a la sombra, un sitio que me gusta, ni muy tranquilo ni muy bullicioso que en mi opinión es lo perfecto para estar leyendo o escribiendo con algo de comer y de beber. En toda la fila de mesas que había al aire libre, como ya no eran horas, solamente estaba yo. Bueno, y en otra mesa tres mujeres que.. ¡Quién sabe! Quizás algo influyeron en que yo escogiera precisamente ese café al pasar por allí con el coche. Siempre es más agradable una local con tres clientas que un lugar vacío, ¿no? Dos de ellas parecían bastante jóvenes y otra de mi edad aproximadamente.

Había una que parecía más charlatana. Sin embargo, desde pequeñito he tendido a creer en las niñas modositas; en esas que se quedan calladitas mientras las otras polemizan. Yo es que soy un niño modosito también y tiendo a callarme cuando los otros hablan, y siempre he creído que podría reconocer a mi media naranja sin haber conversado con ella, solo cruzando la mirada a cinco o seis metros de distancia. Silenciosos los dos, nos comprenderíamos… Lo cierto es que uno no se olvida fácilmente de que está casado y de que además ya va teniendo una edad…  ¡Como para andar creyendo en princesitas!

Cuando se me acercó la camarera, no me despertó de ningún ensimismamiento. Así es que pedí un tartar de atún, que fue un acierto, y me dispuse a escribir. Las tres chicas se hacían oír mucho más alto que mis propios pensamientos. Después traté  de leer pero el resultado fue el mismo, así que lo cerré todo y me resigné a compartir mi almuerzo vespertino con la charla de las tres señoritas que estaban de sobremesa con confidencias más allá.

La calladita estaba muy seria,  haciendo honor al nombre que le había puesto, mientras que las otras dos se dedicaban a comentar problemas ajenos. Entendí que el tema era la prima lesbiana de alguna de ellas, y entraron a juzgar el modo en el que sus padres afrontaban aquella circunstancia. Después preguntaron a la calladita si ya iba a romper con su novio. A partir de este punto, la calladita fue la que habló más y más alto de las tres. Al parecer, dudaba respecto a dejar a su novio, no porque lo quisiera todavía, sino porque según decía, la chica tenía miedo a quedarse sola.

Cómo varón me parece que es de la mayor importancia que nosotros de vez en cuando apliquemos oídos a las conversaciones que las mujeres mantienen entre ellas en las terrazas, cuando creen que no les oímos. Esa mezcla de vulnerabilidad y egoísmo me preocupa y me desconcierta. Sus amigas, empezando por la más talludita, se apresuraron a explicarle lo preciosa y encantadora que era la niña a sus veintiún años y que no tenía por qué tener miedo de nada, lo que en el fondo equivalía a decir que si ella no hubiera sido tan guapa, sería de lo más normal que utilizarse al pobre infeliz de su novio con tal de tener compañía. Me sorprendió. No le dijo, niña, tú simplemente debes dejarle por su bien, porque no le quieres y ya encontrarás otro al que querer y todos felices. No. Lo que le dijo es que, mientras seas joven… puedes arriesgarte a ir a por otro. Cuando la música pare y sea más peligroso quedarse de pie en el juego de las sillas, ya pecharás con el primer infeliz que se conforme contigo, como tú con él. Claro que no lo dijo exactamente así, es traducción libre.

Me preocupa esta forma de amor tan inconsistente, ese falso realismo tan cutre, con el que actualmente la gente estropea su vida y la de un montón de gente, lo que incluye a su pareja, el recambio de su pareja, los hijos de todos ellos… Antes todo esto se recubría de una capa generosa de hipocresía y todo el mundo parecía estar profundamente enamorado. Era muchísimo mejor. Quedaba la duda. Cabía la fe gracias a la mentira generalizada. Ahora en cambio, dejamos al descubierto nuestra simpleza. Una naturalidad que ya no es descarada, sino descarnada. Y patética. Con esa misma insolvencia, hay mujeres y hombres que se anhelan sinceramente sin molestarse en conocerse primero. Esos inesperados actos de entrega a mí no me afectarían si en algún momento fuese su destinatario. Al contrario, acelerarían más la pérdida de la ilusión y de la fe. Por otro lado, reconozco que yo podría comportarme igual. Tan nefasto es querer a ciegas como usar a tu pareja.

Algunos de mis lectores, en el caso de que yo tuviera de eso, me preguntarían si me acabo de caer de un guindo. ¿Acaso he descubierto algo nuevo? Lo cierto es que yo siempre he querido creer en los Reyes Magos. Me supieron a poco de pequeño, no sé porqué. De mayor ando buscando ilusiones pero no las encuentro  por ningún lado. O no tan sólidas como querría. Todas se desvanecen.

Mientras mis amigas pasaban a hablar de depilación, yo disfrutaba aún mi atún con algo parecido a mostaza de miel. La calladita de mirada cohibida y virginal explicaba lo que le había ocurrido la vez anterior, tanto en sus axilas como en sus inglés. Se detuvo especialmente a explicar los problemas que le generó en sus zonas más íntimas. ¡Dios!¿Qué le harían a la desdichada? Algo de bultos, de granos, de golondrinos, grandes como bubones, ¡qué sé yo! Lo contaba como si fuera un pregón. ¡Mi calladita, oye! Dios me conserve la vista. Era estar mirando a Meg Ryan y que de pronto se convirtiera en el Yoyas ese. Otro señor, que pasaba por ahí y la oyó, se quedó mirando, como a punto de intervenir sobre las bien aireadas ingles de la muchacha. Vaya con la dulce y cohibida doncella. Moraleja: qué bien haríamos todos manteniéndonos en silencio, dejando a los otros pensar que nuestra enorme personalidad está ocultando pensamientos intensos o ideas valiosas. Pero la gente abre siempre la boca y se rompe el encanto.

Mi mente me puso con algún interlocutor imaginario que me decía, pero Enrique, ¿Te extraña lo de la calladita? ¿Crees que sigue habiendo calladitas como aquellas con las que tú soñabas? ¿Acaso existieron alguna vez, Enrique?¿Qué ha sido de tu cinismo? ¿Dónde está tu mala leche?  No lo sé, tío, no lo sé. Por un momento había creído en las miradas otra vez. No sé qué me ocurre últimamente. Ya me pasó hace poco, con catorce años o así. Y ahora, otra vez. Eso puede que sea porque en el fondo, querría seguir creyendo en los Reyes Magos y en muchas cosas más. O por lo de la nueva graduación de mis lentes. Estaría atontado… Ya me acostumbraré, se tiene que adaptar la vista, ¿no? Y mi interlocutor imaginario me echaba un capote y me decía afirmando con la cabeza que sí, que sí, que fijo. Que así era. Que eso de atribuir un carácter angelical a una niña de buen ver, pasaba mucho con las lentes progresivas.

En realidad yo nunca creí en calladitas. Pero era bonito soñarlas. Comprensivas, dulces, e incondicionales…

Así que, entre la graduación de mis lupas y la del vino blanco, salió este texto así de confuso. La próxima vez que las circunstancias me sitúen ante una conversación ajena, me iré de allí a paso ligero, hacia mis paredes y mi soledad. Quiero seguir viviendo encerrado en mis pensamientos y no saber jamás de nada que no esté destinado a que yo lo escuché. Nada que pueda obligarme a conocer lo que no quiero reconocer. Me amarga ese regusto prosaico que suele dejar todo análisis de los humanos y humanas. Por eso, si nos encontrásemos un día, hazme un favor: al destapar tu alma, cuida, no la desnudes nunca del todo. Intuyo que no será necesario ni conveniente porque, como he dicho otras veces, lo que más me molesta de que me descubran la verdad es caer en la cuenta de que siempre la he sabido.

Historia de terror y paraguas

Historia de terror y paraguas

Nunca he escrito una historia de terror. Voy a probar:

Historia de Terror y paraguas

Hoy he estado a punto de correr dos o tres kilómetros alrededor de mi casa para ventilar mi cerebro. También se me ha ocurrido pedalear unos 30 minutos. Otra posibilidad era hacer gimnasia. Y también he pensado en matarte clavándote la punta de un paraguas en el estómago. Pero ni tengo el paraguas adecuado ni sé cómo encontrarte en alguna calle oscura. He sentido pereza al imaginarme preparando el paraguas afilado, vigilando, siguiéndote con las suelas frías sobre la acera, atisbando posibles consecuencias, previendo errores… Mucho lío. Tiene que haber una manera más cómoda de despejar mi mente. Si pongo demasiado esfuerzo en algo, puede que al final no valga la pena.
Es gracioso: otra posibilidad es usar un cuchillo y dejarme de paraguas. ¡Qué tonterías! Parece un capricho infantil. Sin embargo estoy seguro de que no sería lo mismo. A cuchillo ni me apetece. Hay en un paraguas clásico de caballero un regusto a algo noble, en el sentido elitista de la palabra; a cierto refinamiento, un punto antiguo o viejo; a elegancia; a deseos turbios; a pasado oscuro; a televisión en blanco y negro y a Narciso Ibáñez Serrador. Sería como hacerle un homenaje.
Quizá retome el proyecto del paraguas y lo pruebe en el cuello de alguien, o en el ojo o el vientre. Ahora lo mejor es que utilice las mancuernas. Eso me hará sentir bien, o sentirme mejor, sería más certero decirlo así, porque bien ya estoy, y subiendo y bajando las pesas me olvidaré de matarte. Puede parecer más higiénico para la mente y menos antisocial, pero al mismo tiempo es una pena. Todos los deseos deberían ser realizados. Pero bueno, ya digo que nunca se sabe. La boca se me hace agua al pensarlo. Vaya, quizás se deba a que es la hora de cenar, pero esta noche me siento depredador. Me imagino devorando tus brazos calientes como barras de pan recién hechas. Puedo verme sonreír al mismo tiempo. Qué placer. No se trata de hartarse de carne. Romperte y despedazarte es lo que me produce hambre.

Definitivamente: voy a ir a una tienda de artículos de pesca. Allí quizás encuentre algo bien agudo con lo que pescar. Arponearte la cara o los lomos podría estar bien. ¡Da igual que no sea con un paraguas, seamos razonables!

Calor

Calor

Hubo una vez un verano, no voy a decir cuál, en el que percibí dos tipos de calor. Uno inhumano, que procedía del sol. Otro fue el del apoyo y el cariño, por el que sentí un enorme agradecimiento. Sé que sigo en deuda. Dedicado a aquellos días, este poema.

 

Dame pues tu agua si quieres
para este día de calor.
Dame frescor. Contágiame tu alegría.
Pero yo poco te puedo aportar.
Depositaré pensamientos sobre tus senos,
aunque también amor.
Te daré mi abrazo, mi sopor, mi tregua.
Mis dudas yacerán junto a ti.
Dormirás junto a mis cicatrices.
¿Eso quieres? ¿Verme inconsciente
con los párpados apretados?
Si no deseas respirar el aliento de un convaleciente,
lo podré comprender.
Es tan escaso lo que puedo lograr por ti…
Yo beberé tu agua.
¿Tú qué obtendrás de mí?

 

 

La cabeza ardiendo.  Los salmos ateos.

La cabeza ardiendo. Los salmos ateos.

Tengo la cabeza ardiendo.
Es la pesadilla que avanza,
Indefinida, Inexacta, Oculta,
Te espero
 
Tengo la cabeza ardiendo.
Es la pena que acecha.
Es la oportunidad perdida
Eres el tiempo y te vas.
Te espero.
 
Siento la cabeza ardiendo
Y pesa el sueño agarrado.
profundo , febril, agitado
Agonizo y me muero.
Te espero.
 
Tengo la cabeza ardiendo
Guardo el corazón oculto
y al mismo tiempo expuesto.
lo sabes, lo ignoras.
Lo sufro y presiento
 
Guardo el corazón oculto.
Es grande. Es pequeño.
Es duro, está roto.
Un entierro, un lamento.
Te espero.
 
Guardo el corazón oculto.
Muestro la lengua arrugada
Reseca, de hambriento.
Una lengua de muerto.
Podrida de hormigas e insectos.
 
Tengo las manos tendidas.
De amigo. Depende:
o de hambriento.
Ofreciendo o pidiendo.
Señalando un lugar
Apuntando a un momento.
Te espero.
 
Muestro la lengua arrugada.
Tengo las tripas rotas.
Entre las vísceras salen
espumas oscuras y rojas
Lo sabes, lo notas.
Me miran los cuervos
Y te espero.
 
Tengo las manos tendidas.
Arrastro los pies malheridos.
Sufren las rodillas rotas.
Desolado, el alma torcida.
Eres el tren que no para.
y yo la estación vacía.
 
Tapa mis dedos gastados
rascando tablones y hierros.
Somos la loca y el loco.
Nubes oscuras
pero seco el lodo..
Te espero.
 
Arrastro los pies malheridos.
Mis salmos son ciertos,
de fractalidad errada y perdida.
Acércate un poco
y dame tu bebida.
 
Tengo la cabeza ardiendo.
Es la pesadilla que avanza,
Indefinida, Inexacta, Oculta,
Marchas. Febrero.

Photo by jacilluch

Cuando ruge la marabunta o El niño que jugaba con una hormiga

Cuando ruge la marabunta o El niño que jugaba con una hormiga

Antes de irme a dormir quiero deciros que hoy me interesa mucho una palabra y me voy a acostar sin haber logrado quitármela de la cabeza. Es la palabra “planetario”. No me refiero al sitio donde te cobran la entrada para ver un montaje con los astros del sistema solar. Tampoco me refiero a la acepción de planetario como sinónimo de global o mundial. Me refiero a algo que me evoca eso de lo que no somos conscientes: que habitamos un planeta suspendido en el espacio vacío; que orbitamos alrededor de un astro que parece que vaya a acabar por encendernos; que estamos presos en una inmensidad apabullante.

Unos de mis primeros recuerdos de infancia evocan un suelo de cemento bajo el sol de agosto, una hormiga y una lupa. Era el chalet de mis padres. Un estío pesado como el plomo. Con la lupa aumentaba los rayos solares y los proyectaba sobre la espalda de la hormiga que andaba despistada sobre un cemento casi blanco que reflejaba toda la luz y el calor del  sol. Aquel calor sobre mi cabeza me fue relajando y entré en una especie de trance que favorecía mi obstinación. images (51)La víctima no se estaba quieta ni un momento y era muy difícil mi tarea. No sé cuánto tiempo estuve persiguiendo al animal. Quizás varias horas. Mis hermanos mayores tenían todos que estudiar  y yo estaba sin más compañía, torrando a mi diminuta amiga. Era mi juego solitario de aquella mañana. Me costó paciencia pero, al final la hormiga prendió como una cerilla, haciendo el mismo ruidito característico, pobre bestezuela, y un hilo de humo que olía de un modo especial, a pollo socarrado, entró por mi nariz. Eso me ocurrió. Aspiré a la hormiga sin querer. A los pocos minutos me metí en la casa y la encontré muy fría. La cabeza me dolía de un modo insoportable. Mi madre enseguida notó algo raro y me toco la frente. Me desnudaron, con la ayuda de una señora limpiadora, y me pusieron hielo en la frente. Mientras había estado empeñado en convertir a la hormiga en humo con el peculiar sistema de la lupa, yo había sido víctima de una insolación. Estaba con cuarenta grados de fiebre. Tiene moraleja la cosa. Yo creía que si me encontraba mal  era por respirar el humo de la hormiga incendiada, pero en realidad el quemado era yo. Esto daría para reflexionar.

¡Ah, bueno, lo de la palabra planetario! Pues que el cemento era de una rugosidad planetaria. El calor era planetario. En la cara de la limpiadora había un maquillaje de un espesor planetario. La soledad de la hormiga sobre el cemento, era una soledad muy planetaria. Los haces de luz concentrados por el cristal de la lente, eran planetarios. En un día de calor, como aquella vez de mi infancia, todo es muy planetario. No lo  parece, pero si te fijas bien, percibirás que hay un ambiente planetario… en todo el planeta. Si te parece que estoy diciendo simplezas planetarias, creo que suscribo totalmente ese punto de vista.

Volviendo a la tortura del pobre bichín: quiero poner la palma de mi mano derecha sobre mi pecho, junto al corazón, y así, como un presidente norteamericano, o mejor, como un presidente planetario, rendir un homenaje a aquella hormiga de cuyos antecedentes ni sabía ni supe jamás, pero que involuntariamente entregó su vida para que yo pudiera aumentar mis conocimientos demostrando científicamente lo que había oído decir a niños mayores que yo. Que con una lupa se podía hacer fuego. CuandoRugeLaMarabunta¡Cuánto y qué importante aspiré de la sustancia de aquella hormiga! Esnifar esas microparticulas de ácido fórmico que flotaron por un segundo en el aire quizá me convirtieron en el hormiga solitario que soy desde entonces. ¿Era una hormiga explorador? Algo de eso tengo yo. ¿Era una hormiga perdida en el hormigón? Como yo. ¿Era una adelantada, la vanguardia de la marabunta que se acercaba rugiendo como en la película de Charlton Heston y la tentadora Eleanor Parker? ¿Un himenóptero inadaptado y despistado? ¡Igual que yo! ¿Se trataba de un formícido existencialista? ¡Cuánto me marcó aquella luz, aquel calor, ese espacio vacío… esta soledad!

El niño que jugaba con las hormigas. Algo en mí me lleva a regresar siempre al recuerdo de ese día, sofocante, angustioso, magnífico… y planetario.

 

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