¡Vida!

Vuelve la vida, la siento. Siento en las venas la fuerza con fuerza. Reconozco el estado en el que he estado. Crezco y me crezco. Inspiro y me inspiro. Viene el oxígeno. Me sobra energía. Podria saltar y dar volteretas. Podria comerte y beber té bajo la luz de luna. Pletórico. Regresan los latidos, la vida y la fuerza. Ya están en mi

De deambular a huír

10430374_1495844970648545_7490454924951864270_nAquel perro había pasado de deambular a huir. Los perros sin hogar son perseguidos, no para otorgarles una casa y un buen amo, sino para darles muerte. A aquel que nace desafortunado, la vida le tiene reservada siempre mayores desdichas sin límite. El perro no puede expresarse con palabras, pero sí mirar con ojos de miedo y pena y también notar que el corazón le late agitadamente y que el estómago se le encoge.  Huele el peligro que le acecha. Esos golpes en el corazón los provoca la certeza de que la muerte se ha fijado ya en él y le está persiguiendo. Que la vida está en su contra y en favor de la erradicación de cualquier tristeza vagabunda y suelta. La operación limpieza le está cercando para eliminarle. Mira con tristeza porque un perro no puede evitar su tragedia y sabe que, del mundo, no puede esperarse otra cosa que indiferencia.

Estereotipos

El progreso de la cultura occidental está en la caída paulatina de los estereotipos. Significa no tratarte de un modo especial en función de tu género, religión, procedencia, clase social, nivel cultural, profesión…. Es la extensión natural de una cultura de derechos humanos. Si en una reunión de profesionales hay cuatro mujeres y un hombre, la bromita de decir el hombre «estoy en minoría» no implica odio a la mujer ni mucho menos. Pero implica una mentalidad anticuada, porque en esa reunión hay cinco profesionales y lo demás es irrelevante. El sexo, la religión, o cualquier otra condición humana, puede ser importante, pero nada nos define totalmente y tratar a alguien en función de su etiqueta o estereotipo lo limita y es casi una falta de respeto. El caso más enfermo individual y socialmente es cuando el estereotipo alcanza el grado de prejuicio. Implica toda una opinión previa generalmente negativa respecto a personas. Los prejuicios son devastadores y generan las ideologías más nefastas. Por ejemplo el nacionalismo, que se basa solo en teorizar sobre opiniones arbitrarias del tipo nosotros somos así, los que no son así, no merecen ser de aquí. Los de fuera no son como nosotros. Mezclarnos con estos nos empeora, los de fuera quieren quitarnos lo nuestro. Históricamente, estas simplezas provocan las mayores catástrofes.

Obviar estereotipos nos moderniza, nos hace más cultos, más educados, más civilizados, más pacíficos y mejores personas. Combate los estereotipos. Combate los prejuicios. Combate los nacionalismos. Sea cuál sea tu posición política. Respeta a todos escrupulosamente y todos te respetarán. Haz un entorno social mas feliz.

No voy a quejarme del frío

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Hoy no voy a quejarme del frío porque mi deber es dar abrigo. Tendré que inspirar mis humildes letras en alegrías y en esperanzas. O quizás seguir ilustrando penas, siempre que no sean las mías. Mi tarea no es llorar por mí, sino acudir veloz ante el llanto de los míos. Mi tiempo pasará. Hasta hoy no he tenido ni suficiente egoísmo ni auténtica generosidad. En la segunda mitad de la vida, la vida debe cambiar. No queda tiempo para distracciones. Hay que acabar algunas tareas. Alcanzar las metas que todavía estén por cubrir.

Soy yo

Soy yo quien se aleja. El que se endurece. Es mía la esclerosis. Estáis donde siempre habéis estado. Soy yo el que mira hacia otras coordenadas. Antes no podía dormir. Ahora no puedo soñar.

Pero puedo dormir.

LA CASA DE LOS BAULES (1)-(4), Enrique Brossa, fuera de concurso. ojo, seguramente mejor en scrivener


Fuera de concurso, os paso este borrador.

 

A la muerte de sus padres, los dos hermanos pasaron a vivir con sus abuelos en un palacete enorme que tenían junto a la zona más bonita del parque, ornamentada con estanques y barandillas de piedra; cisnes y patos;  sauces y abetos; rocas y juncos. Para ellos esto supuso obtener una enorme herencia, tanto en patrimonio como en carencias emocionales, justo al atravesar una edad verdaderamente crítica. (más…)

Limpio

De lejos todo parece limpio y azul. Pero si te fijas, descubrirás que el mundo es mucho más ocre y viscoso de lo que se percibe a simple vista. Querría un café con hielo y un cigarrillo y, recuperados mis primeros anteojos, mirar hacia las montañas, o al horizonte, o al mar, o al cielo. Hacia enclaves remotos; puntos indeterminados. Pero no puedo. Ahora estoy ensuciándome los dedos en una inmediatez más pringosa y adhesiva. Me convertiré en un ser de ínfimo tamaño y allí quedaré atrapado sin llegar nunca a poder separar todos mis pares de patas de esta untuosa realidad por la que últimamente transito.

Un error de apreciación

Esto parece una mesa, con sus cuatro patas. Sí, sí, lo reconozco, es verdad que tiene toda la pinta de ser eso mismo. Comprendo que a mucha gente le pueda dar esa impresión, tan equivocada, por otra parte. Pero no. Ya te lo he dicho antes: es un mar. Es un mar, pero nadie lo ve. Sí. ¿No es un mar? Si, hombre, claro que sí. Y tú me dirás, Enrique, perdona, amigo, pero yo sé lo que es una mesa, y he visto muchas durante mi vida, y de pequeño, permítete que me remonte a tiempos pretéritos, ya veía mesas en casa, que teníamos bastantes y de distintos tipos: la del comedor, la de la cocina, la que estaba junto al sofá, y otras, así que estoy totalmente familiarizado con el concepto mesa y la estética de una mesa me es muy familiar también. Además he visto el mar mil veces y practico windsurf siempre que puedo, busco mejillones en las rocas… y, créeme, Enrique, jamás haría windsurf sin que hubiera algún mar debajo o sin un lago,quizás. Es por eso que te digo muy en serio, Enrique. Lo que tú dices que es un mar y que la gente confunde con una mesa, no es otra cosa, efectivamente, que una simple mesa, corriente y vulgar, de escritorio. Lo que se llama una mesa desde toda la vida, y no tiene nada, pero nada nada, de mar. Es solo tu mesa. Y yo te diré: ¿Cómo es que tú, (y gesticularé con los brazos como un profeta, un Moisés de Hollywood) tú que me conoces, tú, a quien tanto aprecio y valoro, como es que tú (decía) puedes estar tan, pero tan, equivocado? ¿Cómo puede ser tu vista así de superficial? No esperaba de ti que te quedases en la simple periferia de las cosas. ¡Si es un mar clarísimo! Llevo años bañándome en él; nadando en él; conduciendo mi lancha en este mar; y mi buque de guerra, y mi barco de vapor del Misisipi; persiguiendo contrabandistas; enamorando sirenas y buceando en él, y no voy a enumerar exhaustivamente todas las posibilidades de cosas que se pueden hacer en un mar tan maravilloso como éste, al que tú (y te señalaré acusador) llamas mesa, así, sin más. Tan frívolamente. ¡Pero hombre! ¡Y dice que ha visto mesas y mares, el listo! ¡Dios mío, qué levedad!

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Mucha gente sensata

Mucha gente sensata, demasiada gente sensata, no se arriesga nunca a mostrar sus posiciones. Entonces quedamos en las manos de los peores. Vivimos una especie de rebelión de los necios: los estúpidos, los menos formados, los más radicales, los más gregarios, los más simples, los más sectarios, los manipulables… están sobrerrepresentados en la sociedad española de hoy, por culpa de que la gente sensata y capaz de pensar por sí misma no trata de ocupar su puesto y hacer oír su voz, ya que están calculando si les merece la pena significarse o no. Esto en una democracia es un problema gravísimo. Todos tenemos el derecho y el deber de opinar en igualdad de condiciones de respeto y atención. La sociedad está intoxicada por tonterías, medias verdades y falsedades rotundas. Si entiendes de qué estoy hablando, quizás deberías moverte. Pero ya

Premonición

El día está nublado como una premonición de tiempos oscuros.
Lo más conveniente será encerrar las sensaciones en el mundo de la escritura y reservar más horas para las actitudes y para las acciones en el ámbito de la realidad, y con el sentido de la realidad. Dominar este entrar y salir de esas dos dimensiones, es importante para mi objetivo de lograr una vida más plena. Para que mis universos paralelos converjan, no en el infinito, sino un poco antes, cuando todavía estemos vivos tú y yo. Para que se apoyen, y se mezclen, pero no se confundan. Para que no me arrastren, sino que me sirvan a mí y también te sirvan a ti.

¡Ay, si hablasen!

¡Ay, si hablasen!


Una frase española que se está perdiendo es aquella de: «Ay, si las paredes hablaran». Nunca me ha gustado, la verdad. Estoy en favor de que se siga perdiendo, y para tal fin, ni siquiera debería haberla evocado. La sentencia, además de ser una cursilería rancia, denota mucha ignorancia, o quizás una gran maldad, dado que, como todo el mundo sabe o debería saber, las paredes oyen. No están sordas como tapias. Y hablar, hablan mucho también. Por tanto, me parece muy feo referirse a ellas como si no estuvieran delante. Delante, detrás, a los lados… Lo que no te gustaría que te hicieran a ti, no se lo hagas tú al tabique. ¿no te parece?

cecilia-paredes-1Yo no siempre he simpatizado con las paredes. De pequeño, uno no sabe comunicarse bien con ellas. Son muy paradas, y no se logra un buen entendimiento por lo general hasta mucho después de obtenida la edad para votar. En la treintena o puede que ya en la vejez. Actualmente paso una parte significativa de mi tiempo entre paredes, como todo el mundo, y me llevo muy bien con ellas. Si a mí me introdujeran por unos cuantos años en un presidio, mi tortura serían claramente los presos, y no los muros. Sé que hay mucha gente que se va de este mundo sin haber dedicado un poco de tiempo a escuchar lo que hablan las tapias. Me resulta difícil describir con claridad mis sentimientos hacia ellas puesto que se mezclan la indignación y la lástima. La lástima es por la ignorancia, claro.

Todo parece indicar que he atravesado ya, como diría un comentarista deportivo, «el Ecuador del partido». Durante estas décadas en las que camino por la calle disfrazado de adulto, puedo decir que he sido curioso y que he tratado de aprender algunas cosas. Pero las más importantes me las han contado las paredes. Mis hijos son todavía demasiado jóvenes. Están en esa edad en la que parece que haya que orientarles mucho, pero que no es así. images (48)Realmente viven el tiempo apasionante en el que uno aprende por sí mismo y casi no hace falta nadie más. La función del padre está en lograr que aprendan más despacio, para que cuando salten del nido no se los coma el gato. Sé que aún me quedan algunos secretos que contarles para su mejor vivir. No les explicaré todo por ahora. Esperaré a que yo ya esté en mi lecho, haciendo esperar a la muerte. Ay, procrastinador, me dirá la muerte,siempre lo has dejado todo para el último minuto. Entonces… pediré que me pongan un almohadón para incorporarme y apoyar la espalda y les pediré que se sienten en la cama a mi alrededor. Tomaré sus manos con las mías, probablemente ya huesudas y frías, y veré sus caras serias e incómodas, porque la juventud siempre apremia. Entonces… Entonces tampoco les diré esos secretos. Solo aconsejaré solemnemente que escuchen a las paredes de vez en cuando. Que hablen con ellas de verdad. Con el primer café del amanecer de invierno. O unos segundos mientras se secan junto a la ducha. O mientras esperan en el recibidor del dentista, o antes de una entrevista de trabajo. Que escuchen a las paredes, sobre todo a aquellas que estén más vacías. Que conversen con ellas cuando la gente duerme. Con sinceridad. Nadie puede engañar a las que están pintadas de blanco, por ejemplo. Ellas lo saben todo y se lo contarán todo. Algún día. No hay prisa. Tiempo habrá. Más tarde o más temprano, en las paredes vacías mis hijos encontrarán el sentido de la vida. Entonces… cuando yo no esté, quiero creer que se acordarán de mí y comprenderán mirando los muros desnudos y lisos, el porqué de tanto amor.Y el porqué de cierta pena. Y entonces… Entonces serán indulgentes con todos los rollos y los necios discursos que, como esta misma perorata, les haya podido transmitir su padre antes de poder dejarles vivir en relativa paz.

Un nuevo día. Una nueva oportunidad.

Os gustan las frases positivas, ¿Verdad? El pesimismo os hiere. Os contagia. Hace aflorar vuestras propias dudas. Vuestros miedos. Vuestro pánico ante la vida, la soledad, la decepción y la muerte. Y no os resuelve nada. No queréis oír, ni saber, ni pensar… Sois como niñas que se tapan las orejas cuando discuten con su hermana: «bla, bla, bla, no te oigo, no te oigo…». Ahora, ya mayores, conserváis esa misma estrategia ante la vida. Tapar con la mano la información que no queréis ver. Sois frágiles. Pensáis que las dudas son como vibraciones que pueden fracturar ese espíritu de fino cristal; agrietar esos ánimos tan quebradizos. Sois débiles, como yo.

Os comprendo. Quiero deciros que en realidad no soy tan pesimista. Me flagelo por simple modestia cartuja, como si tuviera que compensar el exceso de dones que la naturaleza hubiese derramado sobre mí… pero que tampoco son tantos en realidad, y de los que la vida me viene despojando, de uno en uno, y ya estoy casi desnudo. Me flagelo en exceso, sí. A veces siento que me lo estáis advirtiendo. Os doy la razón. Se agota mi pose descarnada. Ya no me aporta nada nuevo. Es por eso que…

Hace tiempo que he iniciado la preparación de una expedición importante, al menos para mí. He estado planificando esta aventura toda mi vida sin saberlo. Os diré de qué se trata: de la búsqueda de un optimismo no estúpido. Voy a salir a hacer un largo viaje intelectual no exento de peligros. Estoy listo. Salgo mañana. Quiero convertirme en geógrafo de la existencia y recorrer el mundo con el pensamiento. Atravesar las selvas. Visitar los desiertos de momento no, que no me hace falta, porque ya los conozco bastante. Obviaremos lo de surcar los mares, escalar cordilleras y cruzar los cielos, por ser una retórica muy manida y a mi la selva es lo que más me mola en realidad. Voy a salir en busca de un optimismo que no sea blandengue. Sin fotos de cachorritos y sin frases cursis. Un optimismo más fuerte. A ver si lo encuentro, aunque sea en el centro de la Tierra.

Me gustaría mucho que me acompañaseis, pero si os quedáis en casa, espero que estemos en contacto. Os iré contando mi camino, mis hallazgos, dificultades y sobresaltos.
Cierto es que necesitaría financiación, para tan larga empresa, pero, con o sin ella, parto ya en mi carabela, a por El Dorado.

Seguid mis pasos a partir de ahora, como hasta ahora. Y si algún día se pierde el contacto, si mis cartas ya no os llegan y me dan por desaparecido, que los más valientes me busquen cerca de algún Amazonas o en las fuentes de posibles nilos, fértiles y caudalosos, y al encontrarme, que me pregunten:
—Taller de Relatos, supongo.

Un nuevo día. Una nueva oportunidad.

La historia de Ricardito, niño cantor.

Ricardito era un niño muy muy muy bueno y más cantor que Joselito. Siempre estaba alegre y siempre cantaba. Respondía cantando gorgoritos a todas las preguntas que le hacía su mamá, o su maestra. Ya fuera buenos días, o me voy a dormir, o puedo ir al lavabo, Ricardito, el niño cantor, siempre lo decía todo cantando y derrochando una gracia… que no se podía aguantar. Tipo «tralalá, tralalá, ay mi maestra del alma, tralalí tralalá, déjeme «usté» ir a orinar.
Un día, Ricardito, corrió a por una pelota que se le escapaba a otro niño de su clase al que quiso ayudar (siempre tan generoso y buen compañero), con tan mala fortuna, que pasó un coche y trágicamente atropelló a Ricardito.
Ricardito quedó tendido en la calle y muy mal herido. A su alrededor se amontonaron llorando los transeúntes. Todos en el barrio querían mucho a Ricardito. llamaron corriendo a su madre y ésta, al verle agonizar, besole, abrazole, y rogole entre sollozos:
– ¡¡¡Ricardito, hijo mío, no te vayas, no me dejes!!! ¡¡¡Dime algo, Ricardito!!!
Y Ricardo mirando con amor a su madre, aunque casi no podía respirar, hizo un esfuerzo por alzar la cabeza y decir::
– ¡Chimpuuuuún!
Y se murió.
Fin

Querubina

Recuerdo perfectamente mi primer día de colegio. Yo tenía cuatro añitos, pero ya por aquel entonces, era más alto que los otros niños. No es que eso se me subiera a la cabeza pero… La verdad es que mis compañeros de clase me parecieron más infantiles que yo, que estaba interesado por las grandes corrientes culturales y sociales del siglo XX, partidas de poker y otras cosas así adecuadas para un párvulo. Sin embargo ellos querían jugar a indios y vaqueros. A mí eso, en principio me parecía bien. Pero claro, enseñaban el índice y el pulgar y eso ya decían que era una pistola. ¡Qué tontería! Y para disparar hacían un ruido con la boca ¡Y ya estaba! Si te disparaban, decían que te habían dado. Entonces te tenías que morir artísticamente. Por ejemplo, te llevabas las manos al corazón, cerrabas los ojos y decías: ¡¡¡Me muero!!!! Y te tirabas al suelo. Luego te veía llegar tu madre así de sucio y es cuando de verdad casi te mataban. Pero ¿Y si no te morías? Decías, «no me habías dado», o «me ha pasado rozando la bala por aquí debajo del brazo». Al final, siempre había un niño que se hartaba y decía: «se lo voy a decir ahora mismo a la señorita Querubina, que tú no te mueres nunca».

Así como ahora yo, lo reconozco, debería seguir en primero de carrera, porque no he madurado mucho más, en aquella época estaba «precoz». Me tenían que haber puesto con los de doce años, o no tenían que haber dejado a mis compañeros entrar en el cole tan críos. Porque, a ver. imagínate esto: «A la señorita vas: – y luego te acusaban -Señorita Querubina, «quesque» Enrique no se muere nunca». Vamos, no me fastidies. Tener que adaptarse a eso…

Cuando se apagó la foto

BORRADOR FRAGMENTO

Un día de septiembre en que deambulaba muy triste,el cuarentón resolvió ir al trabajo dando un rodeo con el coche por calles que no solía cruzar. El final del verano le ponía melancólico y la tarde tenía una tonalidad otoñal. No era época todavía de que las hojas de los árboles alfombras en las aceras, pero un fuerte vendaval lo había anticipado. El día era desagradable y aquellas calles estaban casi desiertas a las cinco.
Muchas cosas no iban demasiado bien. Estaba preocupado. Pensó en su padre. Vivía en otra ciudad y hacía mucho que no le veía. Le habían dicho la noche anterior que el anciano estaba ya muy mal. Se iba. Dejando algunas cosas a medias, pensó. En algún momento pensó que siempre estaría allí, sano y claro de mente, haciendo que las cosas marchasen bien. Pero se fue ya al enfermar, sin morirse, y muchas cosas se estaban desmoronando. Empezando por su propia familia.
Aquella noche, al oír las malas noticias, puso la imagen de su padre en la pantalla de su teléfono móvil. Le gustaba verlo, como si fuera la estampita de un santo. Cada cierto tiempo apretaba el botón del dispositivo y miraba a su padre sin acabar de creerse que fuese a acabar así. Se apartó de su camino al trabajo cada vez más. El cielo empezó a derramar pequeñas gotas, pero con la fuerza del viento, se estrellaban en el parabrisas haciendo sonar de un modo un poco intimidante las lunas del coche.

Nada. La vida era… Nada. Algo sin demasiada importancia.

La lluvia y el viento arreciaron. La poca gente que había se agarraba a sus solapas y hundía la cabeza como si tratasen de penetrar mejor en el aire para poder avanzar. Pronto se vio conduciendo en una autovía, saliendo de la ciudad sin darse cuenta. El pavimento estaba ya encharcado y vio por el retrovisor un amenazante camión de gran tonelaje pulverizando agua hacia los lados con sus enormes ruedas. ¿Cómo podía ser tan irresponsable de ponerse tan cerca de su coche a esa velocidad y con esta lluvia? Se negó a acelerar porque la lluvia era ya tan fuerte que no veía bien. El camión acortaba las distancias de un modo amenazante.

Siguió pensando en su padre. Le quería mucho. Por eso todo era tan decepcionante.Tomó el móvil y fue a llamar a la casa de sus padres. Redujo la velocidad y el camión comenzó a protestar haciéndole señales con las luces largas. Adelántame y deja de molestar, imbécil, pensó.

Tomó su teléfono y apareció la foto de su padre. En ese momento se olvidó de que estaba conduciendo… De pronto, la foto de su padre desapareció gradualmente en tres segundos. ¡Nunca antes había desaparecido así la foto en el móvil! Lo tomó como una señal de que la vida de su padre se extinguía en ese momento y frenó el coche bruscamente. Un bocinazo prolongado del camión se oyó como si proviniera del asiento de al lado. Se dio cuenta de que el camión no podría frenar todas aquellas toneladas a cien kilómetros por hora en tan poco espacio sobre un pavimento encharcado y trató de echarse a un lado, pero no había más de un metro de arcén. El camión intentó torcer hacia la izquierda pero el volante casi no controlaba la dirección. De pronto apareció la entrada de un almacén y el hombre del teléfono móvil se metió allí como último recurso. El claxon del camión seguía bramando, como informándole de que estaba a punto de arroyarle. El coche empezó a girar al margen de su conductor, que de pronto empezó a chillar viendo que se empotraba con la columna de la entrada del almacén y que tenía el camión a medio metro detrás. Chilló hasta desgañitarse una sola palabra. Papá.

El auto patinó fuera de control, y se dio a un lado contra la entrada de aquella tienda de muebles baratos, y luego siguió hasta golpearse con la garita del vigilante del almacén. Pudo ver como se caían todos los cristales y la caseta de aluminio se caía con un ocupante dentro. El camión finalmente torció a la izquierda y tras corregir con varios volantazos el camionero recuperó el control y continuó su marcha sin parar de insultarle a base de largos toques de claxon.

El conductor del coche siniestrado miró su móvil y la cara de su padre no reaparecía. Le quitó la batería al móvil y la volvió a poner. La lluvia seguía ruidosa y espesa sobre el capó arrugado del auto. Con la cara totalmente blanca, el vigilante del almacén salió a gatas y como pudo, pero indemne, de su maltrecha caseta, a ver cómo estaba el automovilista y se lo encontró manipulando su teléfono, lo que le sorprendió todavía más que el propio asalto a su garita.
-¿Está bien?
El conductor se le quedó mirando de un modo raro y solo acertó a decir.
– Sí. Lo que pasa es que se ha quedado sin batería.
Enchufó el cargador y volvió a encender el coche.
-¡No lo haga, podría explotar el depósito de combustible!
La gente del almacén de muebles empezó a salir a mirar el espectáculo y el vigilante les explicaba: tiene pinta de ser un loco.
Pero él hizo una llamada con su móvil.
-Hola, que soy yo. ¿qué tal está Papá?
Le contaron que había pasado una gran crisis, pero que de momento parecía haberla vuelto a superar. Gracias a mí, pensó él. Le habría despertado su chillido.

Damocles

10440891_1495462624020113_4598773515387824034_nPuede que provoque cierta grima tener una espada de Damocles sobre la cabeza pendiendo de un pelo de crin de caballo. Yo creo que si no la atas muy alta, la espada solo te hará daño, pero no te matará. La imagen que infunde de verdad miedo es la de la guadaña o cualquier otra hoja afilada que vaya, no dirigida al cráneo, sino a la garganta. Si sientes un filo metálico bien agudo cerca de tu cuello, es cierto: no puedes disfrutar de los acordes de la cítara, ni de la umbrosa ribera, ni de las enramadas, ni de los céfiros.
Si el mundo que te rodea está demasiado afilado, lo mejor que puedes hacer es hablar con alguien de tu confianza. Si ya te has dado cuenta de que no hay nadie que te sirva, bien sea porque no tienen la amistad que tú querrías, o porque nada pueden hacer por ti, entonces opta por meditar o por hacer ejercicio. Si ya has comprobado que eso te suaviza la angustia pero no resuelve tus problemas… entonces, ¿qué te queda? Cortarte la piel de los dedos con solo rozar el borde de la guillotina para confirmar que, en cualquier momento, los puede hacer rodar por los suelos a la vez que a tu cabeza.

Qué entendemos por asesinato

Qué entendemos por asesinato

BORRADOR
FRAGMENTO

 

Un asesinato… A ver: «un asesinato, un asesinato…» Dicho así, por supuesto que suena muy fuerte. Pero no es necesario pensar en una cosa que sea como los de la tele o yo qué sé. Con la sangre y todo eso. Puede ser un asesinato que no sea tan, tan, tan… tan asesinato, del modo en el que la gente tiende a mencionarlo. Como si fuera lo más horroroso que hay. A ver: que yo no estoy a favor de los asesinatos. Si es verdad que es horroroso. Para empezar, quiero dejar claro que yo nunca he matado a nadie. Te parecerá que soy mariquita, pero es verdad, yo de momento no he matado a nadie. A lo mejor tú tampoco, yo no lo sé, pero bueno, pues mejor si es así. Hay mucha gente que sí. ¿Quieres otra? ¡Camarero, por favor! ¡Dos más! Cuánta gente ha matado por guerras, ya sea directa o indirectamente. Y se les tiene por gente respetable. ¿No? Lo que quiero decir es que todo depende. En defensa propia todo el mundo entiende que matar está bien. ¡Bueno, bien! No es que esté bien, pero se supone que es lógico hacerlo y moralmente permitido. Y legalmente. Pues ahora imagínate que matas en defensa propia. En el fondo… ¿no es todo en defensa propia? Se alimenta uno de seres vivos en defensa propia. Se miente en defensa propia. Se compite en defensa propia. Se dicen chorradas como hago yo ahora mismo en defensa propia. La vida nos tiene a todos un poco a la defensiva. O a la ofensiva, que es exactamente lo mismo. Sí, hombre, yo sé lo que digo. ¿No me entiendes? La vida… No me mires así, joder, y déjame hablar. Desde luego contigo no se puede hablar de nada serio. Por un día… Pero yo creo que la vida… la vida es… Fíjate, la vida… Es, es es en el fondo… en defensa propia. ¡Claro! Vivir es en defensa propia. Ya está, ya lo he dicho. Vivimos en defensa propia.Siempre estamos al borde del abismo. Todo lo que no cuidamos se deteriora, y en cierto modo te mata o te hunde. Todo lo que hacemos es alejar el peligro y la muerte y tratar de hacerlo de un modo más o menos cómodo,si podemos. Vivimos bajo amenaza de muerte desde que nacemos. Y con tanta abortista revolucionaria de esas, más, porque estamos amenazados de muerte desde antes de nacer. Y si no es una abortista, pues es otra enfermedad. En cuanto llega la vida llega la amenaza de muerte. Es una forma de equilibrio universal un poco jodido, pienso yo, pero es así. Se vive en defensa propia. Si matamos…pues no diré que esté bien, pero… a lo mejor todo es distinto si es uno mismo el que sabe cómo llega a hacer algo así. Yo estaba siendo amenazado. No de muerte. Ni me iban a robar. Simplemente era la vida. La vida me amenazaba con quitarme la vida. O la muerte, no sé. Qué lío. ¿Tú no estás bebiendo demasiado? Estas dos últimas sobraban. Me sentía amenazado Y pensé en matar. Estaba desesperado. Acorralado. No sé si ofuscado o al contrario, por una vez, lúcido. Me di cuenta de que un asesinato era algo… en lo que se podía llegar a pensar.

Agua.

Agua.

(LOS NUEVOS SALMOS)

Eres una gota de agua.

Suave e inocua. Un pequeño saludo de la naturaleza que, sonriente, mueve la mano mientras se desliza por el cristal.
Eres una gota de agua.

Puedo beberte y besarte sin miedo, y volverás a estar sobre las hojas, y a resbalar transparente y pura en mi ventana.
Eres una gota de agua.

Deseas agradar, deseas lavar la frente de los atormentados como yo, limpiar a los heridos, refrescar a los desfallecidos, calmar la sed. Eres pequeña y sencilla. Eres eterna. Eres la vida.
Eres una gota de agua.

Eres bonita. Hay una niña en ti. Símbolo del renacer. Siempre amable y cariñosa. Verte es la buena noticia. Es que tú sigues ahí, ofreciéndote sin pedirme nada. Grata, sencilla. Estás en mí y voy a ti.
Eres una gota de agua.gota_de_agua_en_una_hoja-t2

Las chanclas

Yo tenía unos once años. Las maletas estaban listas para dejar la playa y ya solo faltaban unos minutos para salir. Pero ella era muy rubita, de ojos muy azules y una sonrisa de pastel. Aquel verano me había resultado muy difícil pensar en algo que no fuese aquella niña, un poco más mayor que yo. Era… perfecta ¡Mejor  que perfecta! Estaba continuamente en mi cabeza. Así que, no podía volver a la ciudad sin despedirme de ella. En realidad no era por decir adiós. Sabía que a ella le daba igual, parecía no pensar en chicos de esa manera todavía. Era solo por verla unos segundos más.

Llevaba mi bañador, camiseta y mis chanclas. Al llegar a la arena húmeda me quité las chanclas de goma. Había una importante cuestión que arreglar. ¿Cómo926715chanclas-de-playa_src_1 me quedarían las chanclas en la mano que me hicieran parecer más interesante y más «niño mundano» y más mayor ante la rubita? No quería parecer pequeño. ¿Cómo podría sujetarlas con la mano como si fueran otra cosa? Un periódico, un maletín, una pistola láser, Algo que me diese más edad.

El tiempo ya anticipaba el otoño, Uno de esos días con poca gente en la playa, con solo algunos valientes en el agua. Yo lo tenía claro. El cielo estaba triste por mi partida y separación de la rubita hasta el año siguiente. Si mi corazón se ponía melancólico el día lo acusaba también. Lógico.

Probé a llevar una chancla en cada mano,y no quedaba bien. Luego las puse suela contra suela y las tomé por la mitad. Luego las sujeté por los talones. Luego por la parte de los dedos. Me estaba acercando ya al toldo de la rubita y aún no tenía un criterio claro que aplicar respecto a cómo presentarme y con qué posición de las chanclas. Ojalá tuviera un cigarro y llegaría fumando, como un chico malo.

La vi de pronto, la vi, la vi. Sentí un golpe de adrenalina, que yo entonces no sabía lo que era. Ella estaba jugando, a cámara lenta, a las palas con su hermana mayor. Bueno, a mí me pareció verla a cámara lenta. Desde muy pequeño he sabido tomar una decisión en un momento crítico, así que sin pensarlo dos veces, opté por sujetar las chanclas por los talones. Dije hola. Me respondieron lo mismo, hola. Dije: » Ya me voy». Pararon de inmediato de jugar y me dieron un par de besos cada una, muy sonrientes y agradables, como siempre, y con sus labios de pastel. Hasta el año que viene. Adiós. Adiós, adiós. Y ya está. Eso fue todo. La cosa debió de durar tres segundos.

Y me fui hacia casa convencido de que la posición de mis chanclas, el modo elegante, la prestancia con la que las llevaba en la mano izquierda, era algo en lo que no se habían fijado con el detenimiento que merecía la cosa, ni lo habían sabido valorar. ¡Qué mala suerte!

Comenzó a llover suavemente. Pasé por las rocas del final de la playa más larga.
Me quedé mirando a las dos hermanas… Realmente no se las veía ya. Miré la gran nube gris y el oleaje oscuro y de pronto, sentí la necesidad de hacer algo impulsivo y loco y decidí lanzar mis chanclas al mar para ver cómo el Mediterráneo las columpiaba y olvidaba, igual que las emociones que aquella niña me provocaba. Era como la canción aquella de «tiré tu pañuelo al río para mirarlo cómo se hundía», pero con mis chanclas.

Al llegar a casa mi madre me vio mojado, con los pies sucios y doloridos y me preguntó porqué había tardado tanto y cómo era que venía descalzo. Le dije que había tratado de encontrar las chanclas pero que me las habían robado. Mi madre se me quedó mirando intuyendo que algo de aquello no era cierto y ni me preguntó quién me las había robado. Mi primo estaba por allí. Había venido a ayudar, decía él. Cuando mi madre se fue a la cocina me interrogó el primo mientras yo me calzaba unas zapatillas deportivas.

-¿Te has declarado y te ha dado calabazas?
-No, hombre, no me he declarado.
-¿Y entonces?
-Entonces nada.
-¿Quién te ha quitado las chanclas?
-Nadie.
-¿Cómo que nadie?
-¡Que me dejes en paz!
-¡Eres capaz de regalarle unas chanclas usadas!
-¡Que no! ¡Déjame en paz! ¡Vete a tu casa!
-Qué mal carácter.
Me sentí en ridículo y le dije:
-Ya verás al año que viene.
-Al año que viene ¡qué!
-Ya verás.
-¿Qué veré? ¡Dímelo!
– Olvídate, tío, piérdete, lárgate ya, que eres un plasta.
-Ya sé lo que harás al año que viene- dijo mi primo riendo malvadamente.
-¿Qué haré?
-Te tendrás que comprar unas chanclas nuevas.

Los dos nos echamos a reír, aunque yo le metí una buena patada y mi primo se piró a su casa, cojeando y riéndose como yo.

Playa gris

La frase gastada

Espero no parecer inmodesto si os cuento que hay algo en lo que soy bastante bueno. Es verdad. No es nada tan importante como para que deba ocultarlo así que os lo voy a confesar. Veréis: se me da muy bien adivinar lo que los personajes van a decir en una película.

Por ejemplo:

En una americana de aventuras, suele ocurrir que cuando el protagonista está herido (el típico balazo en el hombro) y la chica está tratando de curarle (le seca la frente sudorosa y le da sopa), él está inconsciente (lo de la sopa llegará después) y junto a la cama, alguien pregunta preocupado:

-¿Crees que se pondrá bien?

Invariablemente la respuesta es esta:

«No lo sé. Ha perdido mucha sangre…»

Mi habilidad consiste en que, medio segundo antes de que lo diga el televisor, yo lo digo y algunas veces me aplauden por eso en mi casa.

Jamás dicen «todavía está muy débil», o «aun está delirando», o «no lo sé, pero come como una lima» o «ahora mismo acaba de ponerle la mano en el culo a Katy»…

¡Jamás! ¡Nunca! Siempre dicen la misma frase:

«No lo sé. Ha perdido mucha sangre»

También a veces se añade la frase:

«Pero es un hombre luchador y muy terco»

¡¡¡Dios!!!

Por favor: no seáis como las películas. Si hay mil modos de contar algo ¿por qué usar la frase que ya está gastada?

LA CASA DE MI PADRE

 

josecapturadoLlegaron e hicieron sonar el timbre. Mi padre tuvo que salir chorreando de la piscina, sonriente y animado, a recibir en bañador a dos familias de amigos que llegaban en sendos coches, casualmente al mismo tiempo. Detrás de papá iba el perrazo, ladrando y meneando el rabo. Yo acudí también para ayudar a abrir una de las dos grandes puertas de hierro que protegían la finca. Los coches traspasaron la entrada cargados de gente simpática. Era estupendo. Lo íbamos a pasar muy bien todos los niños juntos: mis hermanos, los hijos de los amigos de mis papás y yo. Me encontraba muy a gusto, enseñando nuestro jardín a todos, con los cambios que habíamos hecho para poder jugar por allí. Les enseñé a los otros niños a acariciar a mi perro y les mostré el pinar, el cesped, la pista de tenis, el cenador bajo el porche, el cuarto de las herramientas, la casa  de los torreros, las escopetas, mis gafas de bucear, las hormigas, las colchonetas, mi lanza hecha con una rama de almendro no muy derecha, el montículo, algún caracol, mi bicicleta, mi escondite favorito (pero jurarme que no se lo enseñaréis a mis hermanos), los sitios donde había lagartijas, el mirador, las tajaderas del riego, el agujero del seto, los fardos de leña, la chimenea con su atizador y su fuelle, los árboles frutales y especialmente la higuera. Aquella higuera tan grande y frondosa que creció junto al repecho bajo la cuál mi madre leía algunos pasajes de la Biblia. Todos formábamos un solo cuerpo unidos a Dios, como las ramas y las hojas son uno con las raíces de la higuera, me había dicho ella una vez. Pero esto preferí no contarlo a los niños recién llegados y mantenerlo en secreto. Poco después, estábamos todos luchando con una pelota en la piscina o jugando al escondite entre los pinos. Almorzamos, corrimos, nos bañamos cien veces…

El día avanzaba divertido y feliz. Estaba atardeciendo. Pronto los troncos de los árboles tomarían del cielo el color de las brasas. Mi madre nos llamó a los pequeños a entrar a merendar. Había preparado batidos de chocolate y pasteles. Allí me senté a bromear con los demás cuando… No sé cómo ocurrió exactamente, pero es como si me hubiera dormido sin cerrar los ojos. Recuerdo haber visto a uno de los niños, no sé cuál, que fue el último en abandonar el salón de mi casa riendo y corriendo. No recuerdo quién fue. Me había quedado solo sin darme cuenta, en el comedor. Solo junto a los platos sucios y tazas con goterones de chocolate de los otros niños. Me sentí traicionado, porque mi batido estaba por la mitad y nadie me había esperado. Yo era el más pequeño… Salí indignado del comedor de mi casa, muy dolido, con ganas de llorar, preguntándome por qué me habían hecho aquello, por qué me trataban así, y traté de seguirlos al jardín, a ver dónde se habían escondido, pero no estaban ya ni los niños ni los mayores. Entonces vi a mi padre, que súbitamente se había convertido en un anciano. Estaba paralítico, mudo y triste en una silla de ruedas, abrigado con una bufanda y una gorra a cuadros. Mostraba una expresión culpable, como diciéndo que nada podía hacer ya por mí. Nuestra madre no estaba. Una anciana demenciada ocupaba en su lugar. Mis hermanos también habían envejecido de pronto. Tenían los ojos hundidos y, con las manos en los bolsillos, contemplaban el fondo negro de un pozo cavado en la tierra y me miraban torciendo la cabeza. Una supuesta cuñada había asumido el papel de acompañarme a la puerta, esa misma gran puerta de hierro que yo abría con mi padre, y empujando con suavidad mi espalda, me indicó que debía irme y no volver, para que no me tirasen al pozo y no acabase mi sangre brotando por el aljibe. Ahora que mis hermanos mayores lo habían robado todo a mis padres, preferían no verme más. La puerta de la carretera se cerró quedándome solo, fuera, mirando los coches pasar veloces e indiferentes por la autovía. Alguien hablaba al otro lado, aunque las voces se alejaban de la verja. Agucé el oído pero dejaron de oírse enseguida y era evidente que ya no quedaba nadie junto a la puerta y que los usurpadores se habían instalado definitivamente en la casa de mi padre.

jose arrojado al pozo de murillo

Estereotipos, etiquetas, prejuicios.

El progreso de la cultura occidental está en la caída paulatina de los estereotipos. Significa no tratarte de un modo especial en función de tu género, religión, procedencia, clase social, nivel cultural, profesión…. Es la prolongación natural de una cultura de derechos humanos. Si en una reunión de profesionales hay cuatro mujeres y un hombre, la bromita de decir el hombre «estoy en minoría» no implica odio a la mujer ni mucho menos. Pero denota una mentalidad anticuada, torpe, porque en esa reunión hay cinco profesionales y lo demás es irrelevante. El sexo, la religión, o cualquier otra condición humana, puede ser importante, pero nada nos define totalmente y tratar a alguien en función de su etiqueta o estereotipo lo limita y es casi una falta de respeto. El caso más enfermo individual y socialmente es cuando el estereotipo alcanza 1378-la-ignorancia-los-prejuicios-y-el-miedo-caminan-tomados-de_380x280_widthel grado de prejuicio. Implica toda una opinión previa respecto a personas y es generalmente negativa. Los prejuicios son devastadores y generan las ideologías más nefastas. Los prejuicios han sido el mayor freno mental al progreso a lo largo de la historia. Pero lo peor es cuando tienen que ver con personas. Por ejemplo el nacionalismo, que se basa solo en teorizar sobre interpretaciones y opiniones arbitrarias del tipo nosotros somos así, los que no son así no merecen ser de aquí, los de fuera no son como nosotros, mezclarnos con estos nos empeora, los de fuera quieren quitarnos lo nuestro, nos roban…  Históricamente, estas simplezas provocan las mayores catástrofes.

Obviar estereotipos nos moderniza, nos hace más cultos, más educados, más civilizados, más pacíficos y mejores personas. Respeta a todos escrupulosamente y todos te respetarán. Combate los estereotipos. Combate los prejuicios. Combate los nacionalismos. Haz un entorno social mas feliz.

Rinitis muy aguda

rinitis_bebesApuntes, borrador.

Durante aquellos años de rinitis continuas, gastaba varios paquetes de pañuelos todos los días. Estornudaba ruidosamente y soltaba por mi nariz trocitos de cerebro, digo yo que de la corteza prefrontal esa. Mi nariz destilaba continuamente conocimiento, goteaba sabiduría. Siento un profundo agradecimiento por quellas alergias. ME aportaron una filosofía resfriada de la vida. Una visión constipada del mundo. Y la mirada de un hombre mocojudo. Más que inquietudes, mi adolescencia y juventud me aportaron picores de nariz y lágrimas, también de dolor y de pena, alguna vez, claro que sí, pero sobre todo, lágrimas de congestión nasal. Entre analgésicos, antigripales y cosas así, perdí el sentido del olfato, lo cual fue muy positivo, porque la mayoría de los olores son malos. Nunca lo recuperé. No suelo contar que desde entonces padezco de alucinaciones olfativas, porque la gente suele ponerme una cara muy rara y creo que se llevan una impresión de mí que no me beneficia. Pero es verdad. Mis pituitarias me engañan. Hasta mis pituitarias me engañan, podríamos decir.Por eso algunas veces, hay personas o lugares que apestan con fragancias inexistentes. Frecuentemente esto son pistas. Días de sol huelen a lluvia. Mujeres que huelen a cordero asado a la brasa, correos con olor a jamón. Son vivencias absurdas y surrealistas que acaban teniendo sentido. Pero de eso podemos hablar otro día. Lo que quería decir, ya hablando totalmente en serio, es que cuando tengo mocos es cuando de verdad me siento identificado conmigo mismo.

Ahí queda.

De lejos

edificios-en-miamiDe lejos todo parece limpio y azul. Pero si te fijas, descubrirás que el mundo es mucho más ocre y viscoso de lo que se percibe a simple vista. Querría un café con hielo y un cigarrillo y, recuperados mis primeros anteojos, mirar hacia las montañas, o al horizonte, o al mar, o al cielo. Hacia enclaves remotos; puntos indeterminados. Pero no puedo. Ahora estoy ensuciándome los dedos en una inmediatez más pringosa y adhesiva. Me convertiré en un ser de ínfimo tamaño y allí quedaré atrapado sin llegar nunca a poder separar todos mis pares de patas de esta untuosa realidad por la que últimamente transito.

Nublado

foto_0000000120140422214406El día está nublado como una premonición de tiempos oscuros.
Lo más conveniente será encerrar las sensaciones en el mundo de la escritura y reservar más horas para las actitudes y para las acciones en el mundo real. Dominar este entrar y salir de esas dos dimensiones, es importante para mi objetivo de lograr una vida más plena. Para que mis universos paralelos converjan, no en el infinito, sino un poco antes, cuando todavía estemos vivos tú y yo. Para que se apoyen, y se mezclen, pero no se confundan. Para que no me arrastren, sino que me sirvan a mí y también te sirvan a ti.

¿Mucha gente sensata?

Mucha gente sensata, demasiada gente sensata, no se arriesga nunca a mostrar sus posiciones. Entonces quedamos en las manos de los peores. Vivimos una especie de rebelión de los necios: los estúpidos, los menos formados, los más radicales, los más gregarios, los más simples, los más sectarios, los manipulables… están sobrerrepresentados en la sociedad española de hoy, por culpa de que la gente sensata y capaz de pensar por sí misma no trata de ocupar su puesto y hacer oír su voz, ya que están calculando si les merece la pena significarse o no. Esto en una democracia es un problema gravísimo. Todos tenemos el derecho y el deber de opinar en igualdad de condiciones de respeto y atención. La sociedad está intoxicada por tonterías, medias verdades y falsedades rotundas. Si entiendes de qué estoy hablando, quizás deberías moverte. Pero ya.

Yo no grito

grito

Yo no grito. Los gritos asustan y estropean mucho la voz. Yo conservo mi voz. Mando mensajes en una botella, llenos de interrogaciones, desde una playa desierta abarrotada de gente. Para que algún náufrago solitario nos rescate a todos

Un nuevo día. Una nueva oportunidad.

Os gustan las frases positivas, ¿Verdad? El pesimismo os hiere. Os contagia. Hace aflorar vuestras propias dudas. Vuestros miedos. Vuestro pánico ante la vida, la soledad, la decepción y la muerte. Y la mirada oscura no os resuelve nada. No queréis oír, ni saber, ni pensar… Sois como niñas que se tapan las orejas cuando discuten con su hermana: «bla, bla, bla, no te oigo, no te oigo…». Ahora, ya mayores, conserváis esa misma estrategia ante la vida. Tapar con la mano la información que no queréis ver ni oir. Sois frágiles. Pensáis que las dudas son como vibraciones que pueden fracturar ese espíritu de fino cristal; agrietar esos ánimos tan quebradizos. Sois débiles: como yo.

Os comprendo. Quiero deciros que en realidad no soy tan pesimista. Me flagelo por simple modestia cartuja, como si tuviera que compensar el exceso de dones que la naturaleza hubiese derramado sobre mí… pero que tampoco son tantos en realidad, y de los que la vida me viene despojando, de uno en uno, y ya estoy casi desnudo. Me flagelo en exceso, sí. A veces siento que me lo estáis advirtiendo. Os doy la razón. Se agota mi pose descarnada. Ya no me aporta nada nuevo. Es por eso que…
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Hace tiempo que he iniciado la preparación de una expedición importante, al menos para mí. He estado planificando esta aventura toda mi vida sin saberlo. Os diré de qué se trata: de la búsqueda de un optimismo no estúpido. Voy a salir a hacer un largo viaje intelectual no exento de peligros. Estoy listo. Salgo mañana. Quiero convertirme en geógrafo de la existencia y recorrer el mundo con el pensamiento. Atravesar las selvas. Visitar los desiertos de momento no, que no me hace falta, porque ya los conozco bastante. Obviaremos lo de surcar los mares, escalar cordilleras y cruzar los cielos, por ser una retórica muy manida y a mi la selva es lo que más me mola en realidad. Voy a salir en busca de un optimismo que no sea blandengue. Sin fotos de cachorritos y sin frases cursis. Un optimismo más fuerte. A ver si lo encuentro, aunque sea en el centro de la Tierra.

Me gustaría mucho que me acompañaseis, pero si os quedáis en casa, espero que estemos en contacto. Os iré contando mi camino, mis hallazgos, dificultades y sobresaltos.
Cierto es que necesitaría financiación, para tan larga empresa, pero, con o sin ella, parto ya en mi carabela, a por El Dorado.

Seguid mis pasos a partir de ahora, como hasta ahora. Y si algún día se pierde el contacto, si mis cartas ya no os llegan y me dan por desaparecido, que los más valientes me busquen cerca de algún Amazonas o en las fuentes de posibles nilos, fértiles y caudalosos, y al encontrarme, que me pregunten:
—Taller de Relatos, supongo.

Un nuevo día. Una nueva oportunidad.

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La vuelta al cole

La vuelta al colegio es dura para mí. Es cierto que ya no estoy en edad escolar, lo reconozco, pero mis hijos sí. ¿Y cuál es el problema? Que todas las mamás lo saben todo. Lo controlan todo. Están en los detalles. Yo llevo a mi hijo pequeño y solo sé cómo se llama él.

vuelta_al_colePor el camino al cole, en el coche, le pregunto:
-Entonces hijo, ¿qué curso vamos a empezar?
-Jo, Papá.
-¿Y a qué clase vas?
-No te enteras de nada Papi. Con razón dice Mamá que no escuchas. Voy a la de Inés.
-¿Eres muy amigo de esa niña?
-¡Que no, papá, que no te enteras! Que no es ninguna niña, que es la profesora. Me ha tocado la clase de Ia seño Inés.
-Hijo, como comprenderás, yo no conozco a todas las profesoras de tu colegio.
-Pero si es la misma del año pasado, Papá. Te reuniste con ella cuatro veces para hacer seguimiento de mi curso. Y me e dijiste que te caía muy bien.
-Ya… Es que no me acordaba. ¿Se llamaba Inés? Eso es lo que se me había olvidado. Inés. .. Me cae muy bien esa profesora.

Miro por el retrovisor y veo a mi hijo que levanta los ojos al cielo como pidiendo al Niño Jesús que lo arme de paciencia.

Llegoamos al patio del cole y me aturden los niños que se saludan efusivamente el primer día de clase. El patio está más lleno que nunca de niños, mamás y papás. Saludo a una mamá que me comenta que este año les cambian la agenda y que qué me parece a mí. Le digo que no tengo una opinión formada sobre ese tema y me mira con mucha atención para saber si le tomo el pelo, o soy un tarado. Le preguntaré a mi mujer, le digo, que ella sabrá más que yo sobre el tema.

Se me acerca el padre de un amigo de mi hijo y me dice:
-Tienes aspecto de moverte por aquí como un pez en el agua… -se burla- ¿Qué tal el verano?
Y mi chaval me dice adiós muy sonriente con la mano y se pierde en el barullo de niños, engullido por un remolino compuestp por cabezas infantiles en vez de agua. Se me va. Su padre es un despistado pero nota que se quieren mucho. Me extrañaría que todos los padres quisieran como yo. Y también que no lo hicieran me sorprendería. Todo me extraña. Todo es en cierto modo extraño.

-¿Me estás escuchando lo que te digo de la agenda del crío? – el otro papá me saca del ensimismamiento – Te veo un poco dormido.
-¡Ah! A ver. Perdona. Dime. Qué es eso de la puta agenda.

Mientras pienso en él, no me centro en ocuparme de él.

Dirección asistida

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Un humano sufre una amenaza en su vida que es similar a la de un coche cuya dirección se ha desequilibrado. Vas por la autopista y notas que necesitas ir corrigiendo continuamente, porque de otro modo, te irías a la cuneta. Lo del coche tiene fácil solución. El humano, en cambio, al conducirse a sí mismo, no siempre nota cuándo se tuerce.

Es bueno que nos avisemos unos a otros de que nuestra dirección nos aleja, sin darnos cuenta, de la zona adecuada de la carretera.

Compañera de trabajo con ganas de hablar

He visto a mi compañera de trabajo con ganas de hablar de sus problemas desde las nueve de la mañana, pero me han faltado reflejos para esquivarla y no he sabido evitar que me los contase. Sus padres no se portan bien porque no le cuidan nunca los niños, ni sus suegros tampoco. No cuenta con su cuñada Marilula (una típica cuñada Marilula de esas que tienen siempre las mujeres habladoras) que es una envidiosa y en definitiva, lo que necesita mi compañera, segun me dice, es que la comprendan un poco, que no la comprenden nada, porque además con su marido, ¡otro igual! ¡Ah! Y su jefa va a por ella (contra ella, laboralmente). No la quiere nadie. Y que, en la empresa, el que mejor le cae soy yo.
Supongo que debería sentir pena por ella, o darle algun buen consejo, o… ¿Qué narices pretende que haga yo con ese tipo de información personal que no es de mi incumbencia? La verdad es que no me está dejando trabajar y para colmo se me abre la boca cada 25 segundos, aprox. Me dice, menudo rollo que te estoy metiendo… y yo la miro con ganas de decirle que no me gustaría tener que enrollarme con otra compañera de trabajo casada e indiscreta, que yo tampoco la quiero, que es demasiado pelmaza y neurótica y que habrá que posponerlo hasta que uno de los dos cambiemos de trabajo. Además su secretaria me motiva bastante más. Pero no soy tan sincero ni tan malo y la sigo mirando callado. Pero bueno, me apremia, ¿no me vas a decir nada?
Pues no sé mujer…. Es que me has contado muchas cosas en poco tiempo. Pero… no sé. ¿Por que no te presentas al Desafio Literario 20 de Taller de Relatos? Creo que el tema va de cariños y esas cosas… Yo es que no sé qué decirte. Francamente.

Trabaja con rabia

images (29)Trabaja con rabia. Puede ser un sustituto eficaz de la ilusión, si necesitas ser productivo. Se ejecuta con ahínco; se avanza de modo implacable y concentrado. Las tareas no solo se realizan, sino que las matas
. Las etapas se van cubriendo con un sentimiento uniforme y agresivo. Implica una suerte de eficacia que tiene con la palabra satisfacción la misma dudosa y extraña relación que la palabra venganza. Sólo espero que, de vez en cuando, pueda volver a ser humano si te veo sonreír.

Ya conozco el secreto para pasar rápidamente de la sensación a la acción y viceversa. Es lo que quería y ya lo tengo. No te asustes. No te alejes. Tú tienes la llave para encontrarme a mí en mí. Suponiendo que la metamorfosis sea reversible, seguro que tú tendrás el rayo mágico que me devuelva a la naturaleza previa.

El día está gris

10471189_1507307562835619_5308299347115587409_n El día está gris. He dejado la cama sintiendo un fuerte dolor de cabeza. Me he puesto las zapatillas tras palpar el suelo en su busca, escondidas como estaban en la oscuridad de mi habitación y yo con los parpados más cerrados que abiertos. He tomado un café bien cargado y he reunido suficiente energía para ducharme. En este punto, el viento ya sopla suavemente, pero a mi favor. Quiero decir a mi favor, pero suavemente.

El día es gris. Pero he quedado conmigo para ir a cruzar el lago. Un lago estático.

El día es pesado y gris. Pero tengo la superstición de que si muevo los remos, la niebla se disipará. Mi reloj se ha parado. Siempre son las siete menos diez.

El día es desapacible y muy gris. Pero he llegado a la orilla de un lago.
He hundido los pies en un agua sin temperatura perceptible ni humedad. Mis deportivas entran en el líquido como si salieran de un gas. Sin notar algún cambio en los tobillos.

El agua está gris como el plomo. También el día. He subido en una barca, demasiado ancha, inadecuada para el deporte. Pero tengo la esperanza de que, bogando, el esquife se hará más y más esbelto en cada lento paleteo.
Es un amanecer oscuro de niebla que no se levanta. Y comienzo a remar. Ya son las siete menos diez.

Amanecer anodino y gris. Pierdo de vista la orilla, y solo noto una densidad oscura en todas las direcciones. Pero yo remo. Noto mis brazos más fuertes que ayer. Los hombros endurecidos y gruesos. El abdomen más elástico. Mis puños rodeando los remos, parecen de bronce.

Fuera de mí, todo, hasta el lodo, está gris. Pero sigo remando. La orilla no me dijo adiós al verme salir. Pero creo que si sigo remando, lento, despacio, regularmente, cruzaremos las nubes bajas y el día volverá a avanzar con algo más de luz.1919629_1507307422835633_5589368019711472444_n

BLANCA Y LA NIEVE

(481 palabras)

En «The Castle» acabábamos todas las noches de juerga. Ella se llamaba Blanca. Era adicta a la cocaína. La llamábamos Blancanieves. Viéndola, nadie habría adivinado la vida de crápula que llevaba. Blanca no era una colgada, demacrada y famélica. Estaba… muy rica. Ni gorda ni delgada. De de cuerpo generoso y labios dulces. Era muy alta y cuando mis amigos la rodeaban parecían Blancanieves y los enanitos. Manolo pequeñajo y calvo. Juan gordo y con aspecto de turco. Pedro el enano cabrón. Chema con todo el pelo blanco. Félix, el enanito coñazo… Nunca se comían un rosco. En aquellos días me parecían unos amigos estupendos y muy divertidos. Yo soñaba con ella, supongo que como todos, pero me sentía con más derecho a hacerlo. A su lado todos parecían demasiado… ¡Pequeños! ¡Debería darse cuenta! Blanca tenía presencia e inteligencia. Nos llevabamos muy bien, más de una vez la acompañé a su casa y siempre se quedaba un buen rato hablando conmigo, pero mencionando a su novio.
Aquella noche la bruja de su amiga no sabemos qué le llevó ni qué le metió, pero Blanca se dejó de tonterías. La llevaron a un rincón de la discoteca. Estuvo con unos y con otros. Y luego también: estuvo con unos y con otros, pero a la vez. Le hicieron de todo. Al principio parecía reírse. Luego… no sé lo qué le pasaba por la cabeza. Uno de mis amigos me animó a que aprovechase pero el cubata me sentó realmente mal y tuve que salir a vomitar en ese mismo momento. Aquella escena me había llenado el estómago de nervios. Arrojé en un parterre. Después me senté en el bordillo de un portal, y allí me estuve fumando y pasando frío. Me habían faltado cojones para irme a casa. Y antes me faltaron cojones para interrumpir aquello. De hecho, mucho antes me faltaron cojones para terminar de seducirla las veces en que nos quedábamos charlando hasta el amanecer. Ahora lo veía claro. Me deslumbró. Traté de chillar pero…
Tras vomitar, se me pasó de golpe el mareo. Peor fue el efecto de aquella estridente ambulancia que venía hacia mí. Salió personal sanitario corriendo y se metieron en la discoteca. Apoyé la espalda en la puerta de hierro de aquella vivienda y reflexioné sobre la mierda del sitio, mierda de amigos y mierda de mundo. Abrieron la puerta, salieron unos señores y yo me puse de pié. ambulancia_nocheEstaba helado e imagino que blanco como un muerto. Mi abrigo estaba dentro de aquel antro. Quise entrar al Castel y entonces la vi salir tumbada y rígida, medio desnuda en la camilla. Cuando la subían a la ambulancia, la policía ya controlaba la entrada del Castel y se acercaron a hablar con el médico.
Justo en ese instante llegó su príncipe azul. Empezó a chillar, y a besar a su novia. Pero Blancanieves no se despertó.

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È

Un hombre compasivo

283853_371055916339154_218974127_nSoy un hombre compasivo.
Que yo lo crea, no quiere decir que lo sea. Cambiaremos la oración:
Creo que soy un hombre compasivo.
Pero sí, tengo claro que soy mucho más compasivo que mucha gente en determinadas situaciones. Modificaré de nuevo la frase:
Soy un hombre generalmente más compasivo que la mayoría de la gente. 
Hasta aquí, creo no haberme quedado con algo que no me pertenezca. Eso no quiero decir que no pueda llegar a ser implacable en ciertos momentos. Cuesta mucho agotar mi aguante ya que además de demasiada compasión, tengo excesiva paciencia. Parece lógico pensar que ambas cosas estén relacionadas, pero ese es otro tema. El caso es que quien logra agotar la segunda me conoce sin la primera.
No es bueno cargarme de razones para hacerme llegar a la intransigencia. En ese caso puedo actuar con pasión o con frialdad. Con pasión, me limito a lanzar información. Me impresiona el dolor que ocasiona un mensaje dañino. Cuando reacciono con frialdad, trazo un plan elaborado, como una jugada de ajedrez. Pero esto ya es muy raro en mí. Como veis, no soy nada perfecto.
Y este es mi dilema. Unos días creo que tengo demasiadas contemplaciones. Sé que es así. Otras veces reacciono, y pego,metafóricamente hablando. Entonces no me siento orgulloso de mí y llego a sentir de nuevo compasión por aquellos a los que objetivamente, tan bien les sienta que se les vuelva a poner en su carril y que sé que volverán a ser dañinos en cuanto puedan, lo que demuestra que realmente he hecho bien en ser duro.
No importa que no creas ni en Dios ni en el diablo: si has crecido profundamente cristiano, eso ya no tiene arreglo. Puede mejorar… pero poco.
Igual que un alcohólico que deja de beber, no será nunca un no alcohólico, sino un ex alcohólico, es decir, un alcohólico apartado de su adicción, si has sido adicto a la Esperanza con mayúsculas, si te has sentido alguna vez unido a los otros humanos compañeros de peripecia en esa barca frágil y a la deriva que es la existencia; si te han enseñado a amar a los otros; si crees que debemos sentir culpa por cada crucifixión…  da igual que no tengas fe. Eres un cristiano. Un cristiano ateo quizás. A este modo de ser se le podrá llamar de otra manera, claro, pero yo lo llamo así. Ser cristiano. Yo soy un cristiano ateo.

Me pregunto si he hecho bien al educar a mis hijos en unas creencias que no admito con la razón, aunque sí las asuma con la emoción y con la acción,   pero creo que soy yo más cristiano que muchos que sí que tienen fe. Creo que he formado a mis hijos en colegios católicos porque en el fondo prefiero que arrastren una existencia más difícil, lastrados por juicios morales, pero poder sentirme orgulloso de ellos. En cierto modo es egoísmo, porque he pensado más en mí que en mis hijos. Aunque quizás también he pensado en el mundo. Pero a ellos quizá les toque arrastrar mis mismas contradicciones. ¿Qué pensarán mis niños de mí cuando se lo diga? ¿Creerán que soy un hipócrita? Eso no sería justo. No lo soy.¿Y porque siento el deseo de hacer crecer mi condición personal? Condición que no sé seguro si es buena o mala, pretende ser buena, eso sí. Igual que un estúpido nacionalista  cree que hay que engrandecer su país para que brille no se sabe qué, no se sabe dónde, ni ante quién, ni para qué, los cristianos ateos, que yo sé que hay más, somos tan tontos que queremos que nuestro pensamiento se expanda sobre la Tierra. Quizá porque al menos tratamos de no causar daño innecesario a los otros. Somos compasivos.943554_371056763005736_116222357_n

¡Largo!

Un espabiladillo menos a mi alrededor significa aportar a mis cosas más tiempo. Ese que nadie tiene que hacerme perder.

A la gente dice que soy muy educado. No es cierto. Hay un bruto dentro de mí. Un energúmeno que acecha.
Soy tan sofisticado como un huevo duro. O quizá, como dos. Soy de al pan pan.
Me gustan las cosas claras, y con los contornos bien delimitados. Creo en lo bueno y en lo malo. En lo correcto y en lo incorrecto. En lo hermosos y en lo feo. Prefiero lo primero. Me gusta lo noble, detesto a los impresentables, y los alejo de mí. Y no soporto la más mínima pillería. Soy en eso muy estricto. A veces hay gente a la que le das la mano y mientras te sonríe notas que está pensando el modo de aprovecharse de ti. Si tratan de quitarme 10.000 euros es grave, pero si lo que me quitan vale lo que un simple cigarrillo, es mucho peor. Cuanto más nimio es lo que te hurtan, más pequeños, miserables e innecesarios son esos personajes insolentes y menos valoran tu amistad. Y en un mundo de listillos, es decir, en el mundo que hay, acepto mi incompatibilidad con todo eso a cambio de un aislamiento espléndido. A mi alrededor quiero verdaderos humanos. Los insectos que se vayan a cumplir con su función fuera de mi casa.

intento de relato erótico

Eran esos trenes de antes, los legendarios, los que estaban divididos en compartimentos para 8 personas. Entré con mi cara de adolescente en uno de ellos con una bolsa de viaje de lona negra y mis cabellos largos de aquellos años setenta. Había un viejo con boina, una señora de aspecto también pueblerino, un árabe, o como decíamos entonces, un moro y una mujer guapa de unos 30 años. Y yo cinco. Traqueteo, ruido. Vaivén. El árabe era un tipo cuya presencia en principio intimidaba a todos por su aspecto sucio y algo salvaje. Encajé mi macuto en la bandeja que había sobre los asientos.

 

Lentes

He perdido unas gafas. Las de lejos. Las que menos necesitaba. Por eso las usaba poco y no he notado en qué momento han dejado de ser mías. Pero ahora las echo de menos. Tengo la vista cansada. Mi presbicia me está afectando ya a todas las distancias. En todos los sitios. Con cualquier luz. Siempre había mirado de lejos. El cielo, el mar, las montañas, el porvenir… Ahora llevo quince días mirando el mundo de cerca. Con las gafas de cerca sigo teniendo los ojos fatigados como casi todo lo demás. Tengo que forzar la mirada y apretar las cejas para ver mejor. Una profunda arruga separa los lados de mi frente como la grieta en un melón roto. Es de tanto marcar el gesto para poder ver lo que anda próximo a mi cara. Parezco enfadado. Y un gesto amargado va desde los lados de mi nariz a las comisuras de mis labios. Es por el asco de mirar lo que suelo encontrar forzando la vista. Letras de pulga. Números mezquinos. Pequeños insectos con diminutas patas delgadas y estilizadas en su minúscula proporción, como los zancos con los que desfilarían las estrellas del circo de las arañas. Patitas picudas y repulsivas. No son una amenaza si no sueñas pesadillas con ellas. De lejos todo parece limpio y azul. Pero si te fijas, descubrirás que el mundo es mucho más ocre y viscoso de lo que se aprecia a simple vista.

Dios ha empezado conmigo. Me ha quitado las antiparras de lejos. Sé que mis lentes valen para cualquier distancia. Pero te digo que no, que ya solo puedo mirar de cerca.

Querría un café con hielo y un cigarrillo y, recuperados mis primeros anteojos, mirar hacia las montañas, o al horizonte, o al mar, o al cielo. Hacia enclaves remotos; puntos indeterminados. Pero no puedo. Ahora estoy ensuciándome los dedos en una inmediatez más pringosa y adhesiva. Me convertiré en un ser de ínfimo tamaño y allí quedaré atrapado sin llegar nunca a poder separar todos mis pares de patas de esa untosa realidad por la que últimamente transito.imagen_de_un_perro_con_lentes-800x600