Mujer y vinilo

Mujer y vinilo

Una mujer es como un disco de vinilo. Hay que manejarlo con extrema delicadeza, porque se raya con mucha facilidad. No importa lo que tenga dentro: que sea un disco bueno, o malo, estruendoso o sutil, que su música sea delicada o heavy metal, que sea una espontánea Jam Session o un pautado minueto… Da igual, es un disco de vinilo. Sujétalo por los bordes, como si quemase, y con las yemas de solo tres dedos bien limpios.

Justo es decir que eso es muy incómodo para los gruesos dedos del varón, pero que también por eso aprendimos a valorar y a adorar la música que había dentro de aquellos legendarios discos.

Aprender a tener cuidado con el frágil corazón de la mujer nos hace a los hombres ser más civilizados y mejores personas, aunque en cualquier momento puede asomarnos un impulso asilvestrado, que tardamos toda una vida en no-dominar del todo.
Por favor, sed condescendientes cuando salga el manazas que todos llevamos dentro.disco-vinilo-valeria-lynch-a-cualquier-precio-ano-1988-4088-MLA125273040_3264-F

 

Elecciones

No tengo por qué escoger entre dos cosas buenas. Quiero las dos.
No quiero optar entre una oreja y otra, o entre mi pie y mi mano.
La idea de que hay que elegir continuamente entre unos deseos y otros, limita y frustra a la gente.
Solo cuando realmente no haya más remedio, hay que desechar o posponer algo. De otro modo tu felicidad quedará demediada por tu propia decisión.

Extraños.

13 de mayo
Sales de casa. Hace buen tiempo. Caminas y miras el suelo que refleja la luz del día. Ves también el cielo azul. Y tus ojos repasan los edificios de tu ciudad. En cada ventana imaginas gente como tú o familias como la tuya. Lo que tú entiendes por personas normales. Sientes que tu calle es tu casa.

Pues no es así. Tal como quizá te decían de pequeño el mundo está plagado de gente rara. Y la educación generalizada ha empeorado las cosas. Los seres indeseables se camuflan mejor que antes. No son fruto de la desigualdad, sino de la degeneración que esta sociedad provoca.

Ahora las personas extrañas no se distinguen de las normales hasta que ya es demasiado tarde.

Sobre perros y pelos

Alberto tenía un perro. No es raro tener un perro, mucha gente tiene. Quizá hay que decir que, en mi opinión, no totalmente imparcial, Alberto era un hombre perro. Por fuera no, exteriormente era como todos. Un poco más cretino de lo normal quizás. Bueno, ser más cretino de lo normal es lo más normal, porque lo que yo entendía como normal se ha convertido en una calidad estadísticamente escasa. Pero lo de recibir mi desdén es independiente de tener perro. A mí los animales domésticos me gustan. Alberto era perro, pero no sé deciros por qué. No es que fuera más malvado de lo normal como un perro rabioso, o más cínico de lo frecuente (ya sabéis la etimología de la palabra cínico), ni más fiel y más generoso, que de eso tenía lo justo o menos. No. Era un hombre del montón. De esos que hay a miles. En mi familia siempre teníamos pastores alemanes. Cuando uno moría adquiríamos otro, y siempre le poníamos el nombre del anterior. ¿Para qué molestarse en ponerle otro apodo? Estoy convencido de que en el fondo todos nuestros perros eran siempre el mismo. La identidad ha sido sobre valorada desde el principio de la edad moderna, tanto en los humanos como en las mascotas. En eso deberíamos volver al medievo. Por eso Alberto era como los canes que tenían mis padres.  Siempre hay alguno así cuidando una finca, y no hay tanta diferencia entre unos y otros.  Alberto cuidaba el negocio de su jefe ladrando como cualquier otro perro, orgulloso, ignorante de que todos los perros pasan a la historia sin más. Era tan parecido a otros tipos como él, que en vez de tener un nombre deberían haberle puesto en la pila bautismal algún código alfanumérico. En realidad todos deberíamos llamarnos igual. No ya como nuestro padre, sino simplemente Humano más una buena ristra de dígitos. Es como esas muñecas que vendían hace años, que las piezas estaban hechas en una cadena de montaje y cambiabas un poco algún detalle entre las posibles opciones para poder regalar a cada hija una muñeca que fuera diferente cualquier otra. Pues no, niña, no. Estaba hecha en serie, como tú misma y como todos los seres que pueblan el mundo. La conciencia de nosotros mismos es un fraude. Lo digo así, en general. Y en el caso de Alberto, en particular. Si no lo conoces, no te pierdes nada que no hayas visto antes.

Alberto, manejó sus asuntos con astucia suficiente como para encontrar su hueco en el negocio de un empresario peculiar. Pronto se convirtió en una especie de director por debajo de su director. Y siendo como era un tipo ramplón trató de potenciar su imagen. Consciente de que su persona carecía de faceta alguna de interés especial, Alberto se compró un bote de gomina y un perro. Se dejó crecer una mata de pelillos rizados que embadurnaba con aquel pegamento. Tenía poco pelo, como su perro. Cuando llovía, al pero se le mojaban sus escasos bucles y entonces parecían padre e hijo. Fue como si una letra «i» hubiese salido a encontrar su punto y volviese con diéresis. Los empleados de aquella empresa, se burlaban de sus cuatro rizos ralos y pringosos. Supe que aquel segundón quería hacerse con la banda y saqué mi silla a la calle para tener donde sentarme el día de la despedida. Y así ocurrió.

La vida es vana. Quizá esperabas algo más de este relato. Pero es que Alberto no daba para más historia.

Le perdí el rastro. Hoy llueve y he visto a un perro como el de Alberto agachar la cabeza bajo el aguacero.