Querido tetalunero, cascabelero. Mi horóscopo absurdo de hoy va dirigido a ti, que quedaste hechizado por el influjo de esa obra maestra, «La teta y la luna», esas figuras a la vez.imperfectas como esferas, dado que tienen cráteres y areolas, pero más que perfectas, «metaperfectas», ideales, para todo buen tetalunero.
Esta semana, los tetaluneros volverán a contemplar los resplandores de la noche con melancolía. Normal. El tetalunero frecuenta más la luna que la teta. De eso se queja. La teta pertenece al ámbito de la realidad palpable y la luna es, en contraposición, símbolo de inmaterialidad, ese satélite que da vueltas a nuestro alrededor, como los sueños en nuestras cabezas, o como la Campanilla de Peter Pan. El tetalunero, en vez de anclado en las honduras abisales de cualquier océano o entre las masas rocosas de tierra adentro, pende prendido de los cielos, atado al espacio sideral por el tobillo izquierdo, sin apenas poder llegar a rozar con las yemas de los dedos la sustantividad del pezón o del suelo. Eterno soñador, pone distancias con la poesía, porque lo que realmente le conmueve es una prosa prosaica de ubres orondas, rebosantes, sanas rozagantes, generosas, lozanas y bellas y dejemos ya de adjetivar tan obsesivamente. Fantasea con globos en los que enterrar las dos orejas a la vez, o chapuzarse entero, como en esas piscinas de bolas de los cumpleaños infantiles, solo que quizás, sacando algo más la lengua.
Esta semana no será fácil para ti. Cuando recuerdes La teta y la luna, trata de no subirte al tejado de tu casa, porque tus vecinos, menudos rancios, tienen la mente estrecha y les parecerá un comportamiento extravagante, tanto más si comienzas a aullar. En vez de eso, nuestro consejo es este: escápate. Escápate o cápate. Pues casi mejor lo primero. Ráptala ya. Verás que no le parecerá tan mal.
En los próximos siete días estarás estable en el amor y en el dinero. Respecto a la salud, trata de no desgastarte en exceso.
Tetalunero, tu piedra favorita es esa tan fea, la que birlaste del parterre de un bar-jardín tomando una copa con ella, aquella noche en que tanto brillaban sus ojos mientras se derretían los hielos. ¡Vaya manera de quedar como un panoli, con la piedrita!. Mejor la hubieras tomado al menos del macetero, lejos del alcance de los desahogos de un perro. Como no espabiles… Por cierto, que el jardín no era tan bonito como tú creíste verlo.
Mejor día de la semana, el viernes, que como estará nublado, será aquel en el que dejes de dejarte obnubilar por el cosmético rutilar de la luna.
La felicidad está al alcance de tu mano, tetalunero. Céntrate.
Esta semana irás y volverás como si tal cosa. Hay una sensación en ti de pérdida de tiempo pese a que te mantienes tan ocupado.
Si eres una mujer, trata de no parecer tan dispuesta y a la vez tan fría. Prueba a simular exactamente lo contrario, deberías comprender a los hombres. Saludarás a alguien especial en la misa del domingo.
En cuanto a los varones: trata de no frustrarte por no captar el interés de cierto tipo de mujeres. Dedìcate a ganar dinero, que eso te pega más. Sigue siendo un bravucón, que lo haces bien. Prescinde del fijador y comprende que tener pinta de cabrón y criar barriga no es una buena combinación.
Los mentonudos frecuentemente dedicáis sarcasmo respecto a los que están en peor posición. En esos momentos en los que sonreís como un cocodrilo, tratad de pensar en el lagarto Juancho, que siempre parecerá otra cosa.
Es posible que durante los próximos días repareis en que nunca hay manera de encontrar la maldita camisa a rayas. Trata de no exasperarte. Vas a disfrutar mucho denigrando a compañeros en comidas de trabajo y contando a la gente que conoces a gente. Sacarás a relucir con gran desenvoltura tus últimas compras y otros «signos externos».
Mejor día, ese en el que puedas ver el fútbol.
Una mujer aburrida y depresiva con lunar notable en el rostro y también con verrugas genitales, puede cruzarse en tu camino. Mentonudo, esta te podría valer. No tiene ni gracia, ni tiene na. Pero para esposa… ¡Qué más dará, tío, claro que sí!
Respecto a la mujer mentonuda: quizás conocerás en tu gimnasio a una chica muy especial de muslos y senos poderosos y sudados que no te dejará indiferente, como se suele decir de los libros malos.. Puede ser el principio de una gran amistad de varios meses.
Modera tus afanes, o se resentirán algunos órganos como el corazón o el hígado. Tranquilidad, mentonudos.
Buenas noticias para los aemes. Durante esta semana no van a sufrir picores en las corvas, a diferencia de los peemes, que hasta el domingo siguiente deberían abstenerse de lucir bermudas.
El aeme presenta por lo general una naturaleza flemática y organizada. La mujer aeme es muy dada al coleccionismo, sobre todo a partir de los noventa o noventa y cinco años, y se compra cucharillas con el escudo de las ciudades que visita. Excepcionalmente, la aeme con tele encendida puede usar la cucharilla comprada en Milán para pescar trozos de galleta o bizcocho flotando o sumergidos en el fondo del tazón de leche con azúcar. Pero solo en momentos contados de euforia que podrían presentarse sin avisar ante el anuncio de la boda de algún nieto. Lo logico es pescar con cucharilla normal.
Las jóvenes aeme podrán lucir el abrigo ese oscuro que les sienta tan bien, porque hasta ahora no hacía suficiente frío oye, hay que ver que tiempo tan raro..
Las mamás aemme con tele encendida sabrán de un sitio donde hay unos muebles para habitaciones de bebé ideales para ponerlos con cojincitos de color rosa.
Sentirán atracción por un mentonudo de frente estrecha el sábado por la noche. Lastima que ya está casado con una mujer acelga con verrugas genitales. Otra ocasión significativa surgirá también durante la misa del domingo.
Los varones aeme de tele encendida están de suerte esta semana, porque sus parejas colocarán varias cosas en un estante equivocado de su nevera, lo que podrán reprochar obteniendo así un importante refuerzo psicológico, ya que si no fuera porque él pone un poco de coherencia.. ¿no acabaría su mujer colocando los calabacines en el cajón de la fruta? Cualquier cosa sería posible.
Mejor día, el jueves, para el aeme chico, ya que por la noche llevarás el coche a lavar y ordenarás el maletero. Dejarás el nuevo juego de destornilladores minúsculos de relojero bajo el asiento del conductor, por si en un viaje se te afloja el tornillo de la patilla de las gafas de sol, por ejemplo.
Si eres aeme chica, el lunes, es posible que la farmacéutica se despiste y te salga gratis el hilo dental. Discutirlas con tu madre seguramente cuando la veas, pero no antes. Y dirás varias veces alguna expresión que no te pega, como gineceo, desubicado y carpe diem, lo que no es aconsejable, ya que no las usas bien.
Debes mantener a raya a tu cuñada, que es una envidiosa.
Piedra favorita, el diamante, que es para siempre y en un momento dado lo puedes vender. Aunque sea para siempre, da igual, lo puedes vender. No empece. Vamos, que lo puedes vender.
Solicita el horóscopo que más te interese y nosotros con mucho gusto te contestaremos con cualquier chorrada y ya verás que bien. Siempre que no nos pongamos más serios y te pasemos así mismo… cualquier chorrada.
He escrito un horóscopo exclusivamente para ti. No es astrología. Está basado en las nubes, la luz y las sombras. No descubre tu futuro sino tu presente profundo. Yo lo escribo y tú lo comprendes. No te digo nada que no sepas. Te ayudo a comprender que siempre lo has sabido.
Toca pensar. Toca actuar. La calle está mojada y resbaladiza. Has entendido por fin la realidad. La de fuera y la que debes construir dentro. Con decisiones. Con acción. Tiempos apasionantes que te pondrán a prueba. No son difíciles si sostienes tu estado de ánimo hasta descubrir y ejecutar tu próxima meta.
La yerba es sagrada. El mar también. Y la lombriz.
La piedra y tú sois sagrados. Sí, tú eres sagrado. Hasta yo lo soy, aquí donde me ves.
La niebla es sagrada, como el balón de mi hijo, o su goma de borrar.
El pan, el vacío, y la luz.
Mi pensamiento y su risa; las carreteras, la hoja, los perros, la pena, y el sol.
Hay una absoluta sacralidad en cada cosa, ya sea viva o inanimada. En todo átomo, en las cumbres, en el magma, y en el peine de una prima del hombre que cruzó la calle.
Y en el agua, tanto la de la nieve, como la del charco que pisamos ayer.
Hay un explosión gigantesca de belleza en las piezas y en el todo. En tu inquietud, en su indiferencia, y en mi ira. En el barro y en la cal.
Escucha el silencio. Sumérgete. Maréate con él. Disuélvete en él.
Y no me digas más, te lo ruego, lo profundo que es el mar, ni qué hermosa es esa niña, o qué preciosa su mirada.
No exclames más, te lo pido por favor, qué grande es la luz o el color de las rosas.
Te han enseñado que la flor es bonita, y solo repites lo aprendido. Eso no tiene valor. No lo percibes de verdad y por eso no lo puedes transmitir.
Antes de escribir, siéntelo con atención. Respíralo. Has de parar el tiempo. .
Vuelve a descubrir la belleza de las cosas. Partiendo de la soledad. Partiendo de ti.
Enrique Brossa, Taller de Relatos.
Juntos aprendemos modestamente a escribir y a vivir.
Nuevos grupos en febrero
La yerba es sagrada. El mar también. Y la lombriz.
La piedra y tú sois sagrados. Sí, tú eres sagrado. Hasta yo lo soy, aquí donde me ves.
La niebla es sagrada, como el balón de mi hijo, o su goma de borrar.
El pan, el vacío, y la luz.
Mi pensamiento y su risa; las carreteras, la hoja, los perros, la pena, y el sol.
Hay una absoluta sacralidad en cada cosa, ya sea viva o inanimada. En todo átomo, en las cumbres, en el magma, y en el peine de una prima del hombre que cruzó la calle.
Y en el agua, tanto la de la nieve, como la del charco que pisamos ayer.
Hay un explosión gigantesca de belleza en las piezas y en el todo. En tu inquietud, en su indiferencia, y en mi ira. En el barro y en la cal.
Escucha el silencio. Sumérgete. Maréate con él. Disuélvete en él.
Y no me digas más, te lo ruego, lo profundo que es el mar, ni qué hermosa es esa niña, o qué preciosa su mirada.
No exclames más, te lo pido por favor, qué grande es la luz o el color de las rosas.
Te han enseñado que la flor es bonita, y solo repites lo aprendido. Eso no tiene valor. No lo percibes de verdad y por eso no lo puedes transmitir.
Antes de escribir, siéntelo con atención. Respíralo. Has de parar el tiempo. .
Vuelve a descubrir la belleza de las cosas. Partiendo de la soledad. Partiendo de ti.
Enrique Brossa, Taller de Relatos.
Juntos aprendemos modestamente a escribir y a vivir.
Nuevos grupos.
Se hicieron las doce y cayó el sueño como una cortina que casi no me dejaba ver. Abandoné las redes sociales, repletas de princesas azules y de otros colores, y salí, pese al cansancio, con cierto garbo, de mi despacho en dirección al dormitorio. Pero con las prisas, perdí una alpargata en el pasillo. ¿Cómo se pierde una alpargata caminando? La respuesta es que tienes que verme a mí con sueño. Mi hijo pequeño, no sé qué haría despierto a esas horas, la recogió y dijo:
-Se lo voy a decir a Mamá, que tú también te dejas zapatillas por ahí, y te enfadas cuando lo hago yo.
-¡Eso mismo! -dijeron sus hermanos.
-¡Vaya acusicas! Parecéis hijastros malos de cuento.
Mi mujer, dijo:
-¿De quién es esa zapatilla? ¿Os parece bonito? El propietario, mejor que confiese.
Pero yo me metí en la cama, mientras ella seguía tratando de averiguar de quién era. Yo abrí un ojo al oírla entrar al cuarto. Sonriendo, introdujo la mano buscando mi pie bajo el edredón. Cuando por fin lo cazó con maestría como a un gazapo tratando de esconderse asustado en su madriguera, logró sujetarlo:
-Vamos a probar si la zapatilla es de este señor -decía. No sé por qué le hacía tanta gracia la cosa pero pronto me contagió su risa.
-Déjame que te la pruebe -decía- y si es de tu talla está pantufla de cristal, me casaré contigo otra vez. ¿A dónde iremos de luna de miel?.
-Pues sí que tienes ganas de reincidir -le respondí yo, asomando el dedo gordo para permitirlo.
-¡Horror! ¿Sabes que tendremos bodorrio -y me buscó las cosquillas en la planta del pie.
Al día siguiente tendría algunas tareas poco interesantes que hacer. Dejé de soñar despierto. Me quedé pensando en mi zapatilla de Ceniciento… y en que mi coche fantástico se había convertido en calabazas. Lo pensé mejor y me dije: <<Bueno, no. Quizás no>>
Se hicieron las doce y cayó el sueño como una cortina que casi no me dejaba ver. Abandoné las redes sociales, repletas de princesas azules y de otros colores, y salí de mi despacho en dirección al dormitorio, pese al cansancio, con cierto garbo. Pero con las prisas, perdí una alpargata en el pasillo. ¿Cómo se pierde una alpargata caminando? La respuesta es que tienes que verme a mí con sueño. Mi hijo pequeño, no sé qué haría despierto a esas horas, la recogió y dijo:
-Se lo voy a decir a Mamá, que tú también te dejas zapatillas por ahí, y te enfadas cuando lo hago yo.
-¡Eso mismo! -dijeron sus hermanas.
-¡Vaya acusicas! ¡Qué malos hijos!
Mi mujer, dijo:
-¿De quién es esa zapatilla? ¿Os parece bonito? El propietario, mejor que confiese.
Pero yo me metí en la cama, mientras ella seguía tratando de averiguar de quién era. Yo abrí un ojo al oírla entrar al cuarto. Sonriendo, introdujo la mano buscando mi pie bajo el edredón. Cuando por fin lo cazó con maestría como a un gazapo tratando de esconderse asustado en su madriguera, logró sujetarlo:
-Vamos a probar si la zapatilla es de este señor -decía. No sé por qué le hacía tanta gracia la cosa pero pronto me contagió su risa.
-Déjame que te la pruebe -decía- y si es de tu talla está pantufla de cristal, me casaré contigo otra vez. ¿A dónde iremos de luna de miel?.
-Pues sí que tienes ganas de reincidir -le respondí yo, asomando el dedo gordo para permitirlo.
-¡Horror! ¿Sabes que tendremos bodorrio -y me buscó las cosquillas en la planta del pie.
Al día siguiente tendría algunas tareas poco interesantes que hacer. Dejé de soñar despierto. Me quedé pensando en mi zapatilla de Ceniciento… y en que mi coche fantástico se había convertido en calabazas. Lo pensé mejor y me dije: <<Bueno, quizás no>>
Ya muere la madrugada de la Nochevieja. Cuando el jolgorio pase, quedarán rescoldos de juerga callejera. La euforia será un eco cada vez más lejano y algunos fuegos artificiales tardíos dibujarán brillos en la noche. El gruñir de motores, y el canturreo de jóvenes ebrios apurando las últimas oportunidades, perderán la guerra contra el manto oscuro de sueño y silencio, que irá apagando las risas a pocas horas del amanecer.
Pensaré en ti.
Querré pensarte sin nostalgia. Mirar hacia el presente que está a punto de llegar. Quiero dominar los acontecimientos. Moldear los siguientes eventos. Ahuecarlos. Mullirlos para ti, por si quieres permitir que tu nuca repose en ellos un poco, o quizás algo más. Para que podamos jugar y reir sobre una cama que tú sabrás decorar con sonrisas, con el color de tus ojos y con el calor de tus lomos. Querer algo con desesperación, es como rezar con los puños cerrados. Así de intenso es el deseo de que mis hechos labren el tiempo y el mar. O labrarte a ti mientras arañas las sábanas. Te dedicaré mi esfuerzo y mis recaídas, a ti, si nada exiges ni reprochas. Por ti que me tolerarías todo, y que todo lo comprendes, siento que te debo algo y que disfruto con mi ofrenda.
No vuelven solos de nuevo nuestros días. Te los voy a traer yo.
La falta de autenticidad jamás me ha sorprendido, Sin embargo, me produce un muermo existencial profundo, un aburrimiento espeso, narcotizante.
Convivir con la hipocresía continua y generalizada es como estar preso y tener que sentarte a almorzar cada día irremediablemente con una banda de groseros y maleducados, que comen con los dedos y no les molesta embadurnarse la cara y las manos de grasa o pringar los vasos al beber. Uno no querría estar allí. Al cabo del tiempo de convivir con esto, si ya logras dominar la aprensión, siempre permanece el hastío.
Y la pregunta que te sobreviene es: ¿por qué se degradan? ¿tan difícil es hacer las cosas de otro modo?
El año pasado por estas fechas escribí la siguiente frase:
“Este año, os deseo sentido común. Es lo que voy a pedir para mí. Con eso podremos tener todo. Paz, amor, justicia y hasta crear riqueza”.
Para mí el sentido común es lo que evita problemas y encuentra soluciones, y facilita la ecuanimidad.
Este año no sé si volver a desear lo mismo o mejor pedir algo que no sea tan difícil, como que me toque la lotería. Ha sido el año en el que más claro he visto que la falta de sentido común es galopante y que tiene una incidencia tremenda en la paz interior de las personas, en su felicidad, e incluso en sus proyectos. Nos ha faltado sabiduría, equilibrio, humildad, sensibilidad, sensatez, autenticidad, compasión, indulgencia, mano izquierda, saber contemporizar… Yo todo eso me lo perdono a mi y a los demás. Son errores y limitaciones importantes, sí. Pero somos todos tan limitados… No pasa nada.
Luego está la falta de lealtad, que es algo que llevo peor porque mancha mucho todo. Y, por último, lo peor de lo peor, para mí es la vulgaridad. La vulgaridad que a mí me preocupa no tiene relación con una mala elección de calcetines, ni con ninguna norma de comportamiento social o manual de buenas maneras. Yo no me muevo por esas memeces. Me refiero a la vulgaridad de pensar en corto. Con miopía, trivializando lo importante y exaltando lo anecdótico. Vulgar es entrar al trapo con las miserias. Retirar confianzas. Vulgar es devaluarse. Venderse barato o regalarse a la primera conveniencia sin caer en que entregamos así un mundo peor a nuestros hijos.
Yo soy el último idiota que queda. El último ingenuo que piensa que todavía puede encontrarse con gente que se mueve por criterios de honor, ética, lealtad y moralidad. Soy el Quijote, en versión humilde, sin pretensiones caballerescas. Eso no quiere decir que yo piense que soy mejor que los demás, porque luego a la hora de la verdad, soy también humano. Pero soy el último que se plantea que deberíamos ser de otra manera, cuando creo que a los demás estas ideas del Bien les produce una mezcla de condescendencia y risa floja con mirada maternal.
Sinceramente, yo soy así porque por un lado no me parece imprescindible, ni necesario, ni conveniente ser de otro modo. Creo que es generalmente torpe ser así. Es estropear cosas. La falta de continuidad nos debilita, y esa continuidad necesita confianza. Nos condenamos al paripé, a la hipocresía, al sostenimiento de relaciones falsas, meramente formales. En segundo lugar, porque hay muchas ocasiones en las que no es tan difícil hacer lo que se debe. Uno no está sometido a gravísimos dilemas morales por tener un mínimo sentido del honor personal y de la lealtad. No es para tanto. Da bien por bien, paga lo que debes, no decepciones a quien te aprecia… ¿Tan difícil es? No, no lo es. Hay algo para mí de tipo estético. Ser miserable, aunque sea un poco, es de mal gusto. Sin duda, es vulgar, como decía antes. Mucho más que los calcetines blancos, que tanto denigran algunas personas que creen que la educación tiene que ver con conjuntar colores de ropa. Fallar es de mala educación. Es de gente que queda mal, que no es solvente, porque no son de confiar. Es gente que va dejando al andar por la vida un rastro de suciedad evitable, innecesario. Yo veo suciedad en provocar en otros la desilusión, el desencanto, la burla, el chasco, el engaño, el descontento, la contrariedad, el fallo, la frustración… Al final, es gente que quita alegría al mundo y la cambia por tristeza en aquellos con los que se relacionan, como quien va a una piscina climatizada y echa agua fría y sucia, que finalmente baña a todos. Es simple falta de civilización, de educación. Es una animalidad. Nada tan primitivo y atávico como el egoísmo, esa versión chata y taruga de la ambición.
Así que, heme aquí que, aunque ando muy escaso de fe, me encuentro con que estoy por la difusión de ciertos valores cristianos, que muy pocos -cristianos y no cristianos- poseen.
Este año deseo no fallar tanto. No fallar yo. No ser patoso. Respecto a los demás… No. No pediré nada respecto a los demás. Soy una micropartícula en un océano de humanos, transitado por corrientes que me superan como la ola a la cáscara de nuez. Algunas veces, ni siquiera me importa mucho flotar o no. No voy a predicar. Mi deseo para esos otros es que lo disfruten juntos y alejados de la gente de calidad. Trataré de disfrutar yo solo de mi propio sentido de la vida, con las muy escasas personas que yo conozco que parecen poseer esa famosa madera del árbol que nunca existió.
Desde arriba, una ciudad es parecida a una colonia de hormigas. Un trasiego de puntos que se mueven en fila, ya sean coches o personas. Me pregunto si las hormigas tendrán conciencia de sí mismas. Yo creo que sí, que todo animal es capaz de defenderse, y eso significa que saben que ellos son ellos. Cada hormiga parece ocupada. Cada persona también. Las hormigas nos parecen idénticas entre sí, pero las personas, vistas con cierta distancia no lo parecen menos. Nuestro funcionamiento no es menos automático.
Un día vi a un niño robando el monedero a una señora. Me acerqué a reprenderle y extendi el dedo índice. Mientras le reñía moví amenazadoramente el dedo como si le fuera a golpear con él en la cabeza. Tanta fue la energía que puse en ello, que en una de mis advertencias, eleve el tono de voz, agité el dedo con fuerza y mi dedo se separó de la mano y se cayó al suelo.
El niño se fue corriendo y al escapar casi lo atropelló un coche. Yo me agaché y tome mi dedo y me lo quedé mirando sin entender nada. Casi no salía sangre. Daba una sensación especial tenerlo en la mano, como si fuera de otro. Me acaricié la frente con él, me lo metí un poco en la nariz y me rasqué la quijada. Finalmente lo metí en el bolsillo y me fui corriendo a casa, que estaba cerca, para llamar a urgencias.
¿DEMASIADO SENSIBLE? QUIZÁS SEA MEJOR QUE NO LO LEAS. ESTE TEXTO PUEDE HERIRTE.
Aquella tarde el ambiente parecía presagiar alguna agonía. El cielo no presentaba las heridas normales del anochecer, sino que la niebla difuminaba todo en el tono uniforme y extraño de un metal afilado. El viejo perrazo salía de vez en cuando al jardín y se quedaba parado a pocos metros de la puerta, oteando con preocupación, tratando de ver lo más lejos posible, como el padre de un pescador. Yo me acerqué al animal para compartir su inquietud pero al acariciarle el cuello, pareció rechazar mi atención porque se dio media vuelta para meterse en casa, como si dijera, «déjame, que ahora estoy de verdad preocupado». Traté de penetrar con mi vista en la niebla y contuve la respiración por ver si era capaz de detectar el sonido que captaba la atención de mi amigo. Pero solo advertí un mal presentimiento en el aire que mecía las hojas. Permanecí allí, de pie, a unos seis pasos de la casa, sin saber qué era lo que nos intranquilizaba.
Sentí una presencia extraña mirándome. Me dije que eso no podía ser cierto pero al instante los pelos de mis brazos se erizaron.. El miedo aceleró mis latidos. Era absurdo, pero creía notar que alguien silenciosamente se aproximaba a mi espalda, desde la casa en la que solo estábamos mi perro y yo. Me quedé paralizado. Tenía la sensación de que si me volvía a verlo ocurriría algo terrible y no me atreví a moverme. Permanecí rígido. De pronto me asustó el golpe seco de la puerta de entrada y yo me sobresalté como un gato en peligro. Durante un segundo el ruido de la cerradura me pareció la caída de la hoja de una guillotina, no sé por qué. No vi a nadie, pero la casa se había quedado cerrada y no llevaba llaves. Ni llaves, ni teléfono… Nada. Estaba anocheciendo. Pronto la comarca entera caería atrapada por una cruel helada, o quizás era la tormenta de nieve lo que predecía aquel cielo extraño. Me sentí aterrado. Todos estarían reservando ya sus plazas y.daban un mes gratis para el que se apuntase antes del 22 de diciembre. Una oferta buenísima, pero aunque sobreviviera a la congelación, nunca podría llamar por teléfono para matricularme en el Taller de Escritura de Enrique Brossa. De nada me servía recordar su email, info@desafiosliterarios.com o su teléfono, +34 629 205025.Pero seguramente todas las plazas (limitadas) estarían ocupadas ya, tanto a partir de las 19:00 horas de España, como desde las 17:30. ¡Oh, Dios! ¡Con lo que disfrutaba la gente en aquellas sesiones! Entonces noté que me volvía loco y comencé a golpear la puerta con un frenesí salvaje, que nunca antes había experimentado.. Quizás me estaba enfrentando al destino, o tal vez al mismo Satanás, me daba igual, con tal de pillar esa oferta tan buena del Taller de Escritura de Enrique Brossa. Rompí mis nudillos aporreando el portón mientras desde dentro el enorme perro ladraba y gemía asustado. Parecía estar volviéndose loco, como yo. Y eso que él no era escribidor…. Si alguien me encuentra y todavía estoy vivo, pese a los síntomas de congelación, lo primero en esa situación de emergencia, será, por favor, llamar a Enrique Brossa de mi parte y decirle que me vienen bien todos los días y horas para el taller, pero, por Dios, quiero esa oferta tan buena del primer mes gratis.
Esta mañana me han reconocido. No me acuerdo muy bien cómo ha sido pero creo que salía de los lavabos de un bar cuando de pronto una señora me dijo como si me hubiera descubierto:
-¡No será usted!
No supe qué responder y dije:
-Posiblemente.
-Es usted Enrique Brossa.
-Encantado- respondí cortés.
-¿Cómo que encantado? Yo no me he presentado. Hablo de usted, que es Enrique Brossa.
-Creía que me presentaba usted a mí mismo.
-Eso no tiene sentido.
-Si lo tiene, porque las señoras como usted siempre creen saber más de mí que yo.
-¿Y qué tal nos portamos?
-Conmigo por lo general bien. Aunque no se crea que todas y siempre.
-Es usted un protestón. ¿No quiere saber quién soy yo?
-De momento no tengo mucho interés. Lo que sí quiero es saber de qué me conoce.
-¿No se está usted volviendo un poco vanidoso?
Me quedé pensativo. Entonces ella me iluminó con sus palabras.
-Yo soy un sueño matutino. Su despertador sonará en pocos minutos.
-¿En serio? Entonces yo no soy nadie…
– La que no soy nadie soy yo, que soy un sueño. Usted sí, es alguien.
-Todos somos alguien. Pero aquí hay algo que no entiendo.
-¿Qué pasa?
-A mi los sueños nunca me tratan de usted.
-Será que habrá tenido usted un sueño un poco estiradillo esta mañana.
-Eso parece una señal… Un signo de algo.
-Usted no es supersticioso.
-¿Ya empezamos a explicarme cómo soy en realidad? ¡Típica!
-¡Ay, qué hombre tan difícil!
-Pero bueno, no hable así como si yo fuera de su responsabilidad. ¿Esto no lo estoy soñando yo?
-Por supuesto.
-Pues, oiga, deje de hacerme esos comentarios invasivos. ¿No podría haber sido usted un sueño más sexy y menos «resabidillo»?
-Vaya. Ya salió. Al final va a ser usted tan superficial como todos.
-¡Bueno! Como siga usted por ese camino, le advierto que voy a tener que despertarme.
-No tiene escapatoria- y empezó a reírse a carcajadas -. Su vida tiene más de sueño que sus sueños.
-En cuanto me despierte me olvidaré de usted. No pienso tratar de entender lo que quiere decirme.
Entonces ella se alejó diciendo:
-Usted no entiende bien la vida.
-Y usted no tiene ni puñetera idea de lo que es soñar, ni de los sueños ni de lo que es un soñador. Le recomiendo que asista a la videoconferencia que voy a impartir.
-Ah, qué interesante. ¿Cómo se llama su conferencia?
-Manual de supervivencia para soñadores. Valdrá solo 3 euros (porque mi asesor me prohíbe darla gratis) y durará 1,5 horas. Mínimo 10 personas y máximo 10 personas. Será el lunes 12 de noviembre del 2018 a las 19:00 horas de Madrid. Repito, es videoconferencia, la escucharás desde tu casa.
-Pues eso podría estar bien… ¿Cómo puedo apuntarme?
Ingresando el dinero en un BBVA. Pídame por el chat el número de cuenta.
Me he despertado el primero. He preparado el café y la mesa del desayuno. Luego han ido apareciendo críos.La mayor me ha pedido que me quite los altavoces de las orejas y hemos estado desayunando ella y yo, hablando sin parar, durante una hora. Luego he ido a ver un revoltillo de hijos alborotando en una cama, que es como el revuelto de setas, pero con niños, unos sobre otros riéndose sin saber por qué.
Existe una felicidad natural. Los niños, el agua fresca, los besos, el día, las risas, la hierba, tus ojos… Lo inobjetable y lo limpio.
Otro día, Salomón fue a los jardines traseros del palacio, con la esperanza vana de no sentirse observado. Estaba cada día más cansado. Habían dedicado tantos años de entrega a su pueblo… Y si, su tiempo sería juzgado por la historia como una época de esplendor. Pero él sabía la verdad. Su poder político y el de su reinado eran importantes pero su pueblo no había asimilado nada de su sabiduría y Salomón había comprendido que la plebe nunca aprendería nada. Eran necios como bestias de carga. Había soñado un imposible. Hacer un pueblo más fuerte por su cultura. Pero sintió que era un iluso. Su mayor error había sido amar a sus súbditos.
Mientras contemplaba el crecimiento de algunas plantas apareció por allí, Sadoc, su sacerdote y fiel partidario.
-Quería felicitarte, oh mi rey, por…
-Ya vale, ya vale.
-Por el modo magistral en el que resolviste ayer…
-¡Qué ya vale!
-¡Pero que es verdad! ¡Eres sabio!
-Deja ya de adularme, Sadoc, o enterraré tu cabeza en las arenas hasta que mueras, como hice ya con Abiatar, tu antecesor. Tus halagos me ofenden. Seré sabio por cuanto conozco sobre los libros sagrados. No por saber de antemano que una buena madre no partiría su bebé en dos. Eso lo sabe el más bruto de los beduinos.
-Salomón, mi rey. Sois sabio por todo, pero más por saber de antemano que una mala mujer puede preferir matar a un niño antes que permitir que no sea suyo. Eso es abominable. Inimaginable. ¡Un indefenso recién nacido! Pero tú lo sabías, mi rey. Yo nunca osaría compararme, pero si lo hiciera, habría de reconocer que jamás hubiera creído que pudiera existir una reacción así. Y sin embargo, pudiste leer los ojos de aquella alimaña humana que se pretendía madre. Así que, con el debido respeto, podéis enterrar mi cabeza. Seguro que bien hecho estará, ya que sois sabio. Para mí lo sois. Siento ofenderos.
Salomón sonrió.
-Te voy a mandar azotar, sacerdote, si esperas que vaya a consolarte como a una de mis esposas, ofendida por mi desconsideración. Mi sabiduría no tiene mérito alguno. Sabes que también hice ejecutar a mi propio hermano, Adonías. O al confiado Joab. Yo sé cuánto dolor arbitrario he creado. He sido capaz de infligir más castigos que los que deseaba. Y aun no sé cuánto más puedo ocasionar en el futuro.
-Se te recordará por tu justicia sin embargo. Por juicios como éste de las dos madres. El pueblo te ve más cercano cuando zanjas disputas de mujeres, que cuando construyes palacios y templos, como el de Jerusalén. Tardan muchos años en erigirse. Demasiados inviernos para ellos. Aunque son importantes para adorar a Yahvé, naturalmente.
-Esos templos durarán siglos erectos.
-Eso es realmente admirable, mi rey… pero la mayoría de los hombres y mujeres no precisan algo tan prolongado.
-Seguir la recta ley de Yahvé nos hará fuertes, sacerdote. Ya está haciendo grande a Israel.
-Lo sé. Pero es bueno que dediquéis parte de vuestra atención a estos menesteres del pueblo.
-¡Vah! Menesteres domésticos. Maté a mi hermano para ser rey. ¿Para esto? ¿Crees que puedo dedicarme a estas peleas de barriada a las que llamáis juicios? Te diré una cosa, Sadoc. Yahvé se me apareció.
-Lo sé, mi rey, lo sé. Me lo has contado tantas veces… como la anciana tía de mi madre el día de su violación.
-Y no quiero pensar que no me crees, porque si no crees a tu rey, tendré que…
-Enterrar mi cabeza en la arena. Ya. Pero os creo. No os molestéis.
-Yahvé se apareció a tu rey y dijo: «Pide lo que quisieras»
-El corazón de nuestro Dios es grande.
-Y Salomón, tu rey, o sea, yo, dije: «Da pues a tu siervo un corazón magnánimo para juzgar a tu pueblo, para discernir entre lo bueno y lo malo y así para poder gobernar.
-¡Oh! ¡Qué bien estuviste, Salomón, mi rey! ¡Cómo se quedaría Yahvé con esas, tus sentencias!
-¡Cállate, necio!
-Perdón.
-Y respondió Dios: «lo he hecho conforme a tus palabras: he aquí que te he dado corazón sabio y entendido.»
-Pues ahí lo tiene, mi rey: sois sabio porque lo ha querido Dios.
-Y yo debería aplicar a mi reino de Israel los diez mandamientos. En eso consiste mi sabiduría. La ley de Dios. Una misión histórica y hasta sobrenatural. Y no atender a peleas de vecinos. Ni matar a mi hermano y a otros muchos. No estoy contento, Sadoc.
-Qué duramente os juzgáis. ¡Pero si Adonías solo era medio hermano!
-¡Callad, estúpido! Cada día comprendo menos por qué te he otorgado tan alto puesto. No sé si sois un cínico o un idiota. No vale la pena hablaros. Déjame Sadoc. Debo seguir inspirándome aquí entre estas flores y estas palmeras, y pensar mis proverbios.
-Pero mi rey… Han llegado desde el lejano Egipto dos mujeres atraídas por la fama de tu justicia.
-¿Otras dos mujeres? Sadoc, te voy a despellejar.
-Y un hombre.
-¿Qué les pasa? ¿Otro niño a repartir?
-No. Es el hombre. Las dos mujeres afirman que lo aman más que la otra. Cada una de ellas quiere servirle en exclusiva.
-¿Y qué dice de eso el varón?
-Dice que con gusto las entregaría para vuestro harén. Dice que le ponen la cabeza cual tambor en festejo. No son mal parecidas. Pero él solo busca la Paz. Y con ellas no podría encontrarla.
-Ah, es un místico.
-No, mi rey. La Paz es una joven de Ofir.
-Comprendo. Ofir… Eso está en la ribera del Éufrates. ¿verdad?.
-No, mi rey. Más bien en la del Mar Rojo.
Salomón se quedó mirando con ira a Sadoc y éste al punto agachó la cabeza como si revisase sus babuchas.
-¡Hazlos pasar!
-¿Aquí en mitad del jardín?
-¿Qué te pasa, Sadoc?
-No sé…
-¿Qué te pasa, Sadoc?
-Mi rey, esteeee…
-Sadoc, vas a hacerme blasfemar como no me respondas de una sagrada vez.
Pues es que… Yo lo haría sentado en el trono, vamos… No aquí con el hombro apoyado en la palmera. Con un poco más de relumbrón, Salomón, más boato. Que sois el hijo de David y Betsabé. Vestid con vuestro manto, la corona, el cetro… Poneos derechas esas polainas, que no parecen seguir la recta ley de Yahvé. Calzad algo más rico y limpio… En fin, de otras maneras. No vais a impartir vuestra justicia salomónica portando en vuestra mano esa hazadilla embarrada de jardinero, o de niño explorador. Y luego esas…
-¡Basta! ¡Me da igual! ¡Obedece, maldito sacerdote! Tráelos aquí inmediatamente, que yo mientras iré pensando de qué modo voy a ocultar mi hazadilla embarrada en tu blando y panzudo cuerpo.
Al poco tiempo, accedieron a los jardines del palacio las dos mujeres y su hombre.
-Majestad, oh, mi rey Salomón. Si os parece, hablaré yo, que soy el varón.
-No me parece, fíjate qué cosas. Aquí no va a hablar nadie más que yo. Hala. Hoy voy a dictar justicia directamente:
Todos quedaron sorprendidos, pero el monarca alzo la mano y el paisano corto su charla de inmediato.
A este hombre, que lo azoten por venir a importunarme con estas historias de tan bajo perfil.
-Pero, mi rey, yo solo…
-¡Azótenle! Y que no aparezca más por aquí este pendón.
Las mujeres, que parecíeran ser enemigas, se miraron y se sonrieron agradeciendo con muchas reverencias la clarividencia y rapidez de Salomón.
-En cuanto a estas dos hermosas damas…
-¿Las ponemos en tu harén? -sugirió Sadoc.
-Ni hablar. Eso desean ellas. No las quiero. Tengo ya más de mil esposas, adrables unas, impresionantes otras, entre ellas la princesa de Saba y la de Egipto. ¡Qué poco lucirían aquí esas dos! ¡Que las maten!
-¡Pero mi rey, por qué! -decían las dos mujeres aterradas- Hemos venido hasta aquí confiando en tu sabiduría y justicia.
-Mi sabiduría dicta que si el varón fuera hijo de alguna de las dos, al menos una lo habría tratado de salvar. Pero como es solo vuestro sueño de falso amor, con tal de que no sea de otra, lo partiríais en dos hasta matarlo. ¡Siempre están con estas cosas de celos y despechos, este tipo de señoras. ¡Son lo peor! ¡Parecen una canción de Malú! Ya está bien. Realmente no lo quisisteis nunca. En realidad, tácitamente habéis acordado utilizar a ese hombre ingenuo para llegar hasta mí. Que las maten, ya. ¡Cuanto antes, mejor!
-¡Pero no nos has preguntado a nosotras, mi rey! Dejadnos explicar…
-Ni me hacía falta hacerlo. Lo tengo claro. Id y que os maten. No importunaréis más con vuestras cosas.
Se llevaron al hombre a azotar y le hicieron jurar que jamás volvería a estar cerca de Salomón y que se iría a la ciudad de Ofir, donde quiera que eso estuviera, a pasar el resto de sus días con su verdadera amada sin fijarse jamás en otra. Y a las mujeres las ahogaron atándoles piedras al cuello y las piernas y arrojándolas al río.
Salomón se enderezó por fin las polainas, dejándolas rectas como la ley de Dios y sacudió satisfecho el polvo de sus ropajes. Pero entonces vio a Sadoc sonreír. Sadoc se estaba diciendo a sí mismo que un rey debería ser consciente de la maldad o la torpeza humanas, valga la redundancia, porque la maldad es la mayor de las torpezas. Salomón la veía aflorar rápidamente y con nitidez. No era mal rey, o al menos, no lo sería por eso.
¿De qué ríes, sacerdote? Ahora que me acuerdo de ti ¿no teníamos algo pendiente con una hazadilla?
¿Que de qué me río, Salomón? -Sadoc sacudió la cabeza como si negase algo- Y luego diréis que no sois sabio… Os dejaré con vuestros proverbios.
Y se retiró prudentemente andando hacia atrás y haciendo grandes reverencias mientras el monarca trataba de ocultar su sonrisa.
Cuando se es como yo, la hipocresía es un tema de preocupación importante. ¿Y cómo soy yo? Claro y conciso: tengo una tara. Lo digo así de claro porque no soy hipócrita. ¿Y cuál es la tara? Pues esa. No ser hipócrita. En mi caso, no es cosa de presumir. Es que no podría serlo, aunque quisiera. Es como el que nace autista. Es diferente. No es peor, pero es diferente y tiene muchas y evidentes desventajas. Algo así es lo que me pasa a mí. Juro que no presumo de ello. Al contrario.
Cuando alguien me dice eso de: “yo es que soy muy directo”, digo, mira, me anuncia que es un cabrón, que no hay que fiarse de él, que va a ser directo para molestar si puede, y no molestará si no le interesa hacerlo. Será traidor y falso hasta rozar la delincuencia. Los que dicen ser directos no son francos, sino agresivos en la acepción peligrosa del término. Cuidado con esos que se jactan de su claridad, porque son los más tramposos. Esta frase me ha salido como una bienaventuranza al revés, pero es verdad. En cambio, yo no puedo presumir , y nunca he presumido de ser directo. Soy discreto, comedido, educado… Nadie diría de mí que soy especialmente claro en mis manifestaciones. ¡Pero no soy hipócrita!
El otro día, entré en conversación con un grupo de gente y se pusieron a criticar a un ausente. Lo motejaban, se burlan de él y hasta de sus hijos. No es la primera vez. Le hacen el vacío. Se estaban refiriendo a un tipo que verdaderamente es un plasta de libro, de los que salen en las fotos de los libros de plastas. Este es como para salir en la tapa. Con lo buena que estaba la cena, unos pulpos riquísimos, unos chopitos… En fin, lo típico en nuestro país. Estábamos en una sala reservada, en un sótano. A puerta cerrada. Muy tranquilos y muy bien. Pero me molestó que se pusieran a criticar. Reconozco que no me relaciono con él si puedo evitarlo. Pero la conversación respecto al plasta se iba convirtiendo ya en un monográfico multiautor. Los minutos pasaban y ya estaban ridiculizando a su hija de once años, a su mujer, al chavalín… ¿Quiénes eran ellos? ¿Tan estupendos eran los que tanto criticaban como para realizar aquel linchamiento moral? Empecé a quedarme callado. Las piernas las sentía como si padeciera agujetas. También los brazos y los hombros se me pusieron rígidos. Tenía miedo de ponerme verde. Un reproche pugnaba por salir de mi garganta como una vomitina agazapada, como una náusea, que amaga, pero no se termina de arrojar. No digas nada, no digas nada, Eduardo, no digas nada ¿por qué vas a dar la nota por culpa del plasta ese? Él no haría nada por ti. Realmente es un tipo bien baboso. ¿Eres tú el Justicia o el Llanero Solitario? ¡Cállate! Pero es que no podía aguantar eso. Hay que ver la seguridad que sienten los miembros de un grupo una vez que ya se ha señalado una víctima, cuando ya hay alguien que es oficialmente el “peor”, el eslabón más débil. Pero ellos, seguían, seguían y yo los miraba callado, seguramente con ojos saltones… Se me ponen los ojos así, como pegados a la piel de los párpados, como demasiado abiertos, cuando me entra ese tipo de rabia. Tan distraído estaba que se me cayó el cuchillo al suelo. En aquella sala, como solo estaba nuestra mesa, no podía verse ningún camarero al que llamar para cambiarlo. Pero junto a la puerta había una alacena rústica, de pino, con vinajeras, servilletas de papel, cubiertos, vasos… Lo típico. Me levanté y me dirigí al mueble para reemplazar mis cubiertos por unos limpios. Pero mientras tanto, las carcajadas aumentaban burlándose de aquel hombre tan aburrido y de su familia, y de cómo le habían dado esquinazo un día en el que estaban a punto de salir todos juntos con su mujer, y las risas fueron tan grandes que una de las chicas se echó hacia atrás, como quien toma impulso para lanzar una carcajada mayor aún, y tanto era así que me impedía el paso. Yo intentaba decirle que se apartase, pero ella tenía un verdadero ataque de risa cruel y estúpida. Estas cosas, como digo, me ponen muy tenso. Ya casi podía tocar la alacena cuando vi allí un jamonero vacío, sin su jamón. Pero vi el cuchillo jamonero, largo, delgado, recto, afilado como el arco de un violín y sin pensármelo, tomé el cuchillo y se lo puse en el cuello a la que tanto se reía.
-¡Pero qué haces, tío!
-Chicos, como lo estamos pasando tan bien lapidando a un amigo, he pensado en tocar el violín. Rosa será el violín.
-¡Eh, déjala, no seas desagradable!
-¿Sabéis que los violines tienen esas aperturas tan bonitas en la caja, a los lados de las cuerdas? Se llaman oídos en efe. Le voy a hacer las efes a Rosa en el cuello.
Todos me dijeron que dejase el cuchillo de inmediato. Pero yo sujeté la cabeza de Rosa y puse el cuchillo con el filo esta vez ya tocando sobre su delicada piel bien hidratada con pringues de mamá criticona.
-¡Deja eso, Eduardo, no tiene ninguna gracia! ¿Estás loco?
-¡Eduardo, qué desagradable! Le puedes hacer daño.
Las risas se habían cortado. Las caras estaban de pronto muy serías. Y yo empecé a notar algo raro. Latidos fuertes, un gran zumbido… Algo cosquilleaba en mis genitales. Y empecé a hablar.
-Lo que hacéis está mal. ¿Por qué os metéis tanto con esa familia de pelmazos a la que luego saludáis tan amablemente? Aunque sean pelmazos, no está bien que habléis a sus espaldas.
Todos me miraban con la boca abierta, como si estuviera loco.
-A lo mejor nosotros también somos unos aburridos, no somos perfectos nadie. Todos somos iguales.
-¡Me estás haciendo daño! -decía Rosa llorando.
-Es mejor que te estés quieta. No miréis hacia la puerta. ¡Que nadie mire a la puerta! Si alguien va hacia la puerta le cortaré el cuello.
Se lo estaban creyendo. Más que eso: ya estaban todos convencidos de que yo hablaba en serio…
-Os voy a decir algo sobre lo que no habéis pensado. Los hipócritas mueren tan fácilmente como los demás humanos. Tan fácilmente o más.
Alberto, el hermano de Rosa decía:
-Tienes razón, Eduardo. Déjala, por favor, te lo ruego.
Qué gracioso. Quería tranquilizarme. Pero yo ya estaba tranquilo y seguí con mi tema:
-Fijaos qué fácil es matar a un hipócrita.
Al rebanar aquel delicado cuello sangró desde el principio de modo abundante, sí, salió bastante, pero resbalando por el cuello. Pero de pronto, cuando el cuchillo jamonero inició su viaje de vuelta profundizando en la raja abierta, perfeccionado la efe, era como si la sangre estuviera a gran presión y me manchó a mí, al resto de los mal llamados amigos y lo que es peor, mi plato de pulpo, los chopitos, los vasos, manteles… ¡Qué cerda, cómo ensucian los hipócritas al morir! ¡Casi más que en vida! Todo se había salpicado y no quedaba ni un rostro sin sangre. No paraban de chillar. Alberto se levantó y trató de levantar una silla, quizás para tirármela a la cabeza, pero había poco espacio entre la mesa y la pared, y no lograba sacarla de su sitio por mucho que la zarandeaba nerviosamente, qué ridículo. Y yo dejando caer a Rosa como a un despojo que ya ahogaba sus chillidos de cochino en el día de la matanza, le di un botellazo a Alberto en la cabeza que lo dejó KO, dormidito sobre su silla que tanto le gustaba al hombre. Pese que tuve que darle con la mano izquierda, el golpe había sido uno solo pero bien eficaz. Aparte de mí, ya no quedaban en pie más que chicas en la sala. Las otras dos lloraban juntas en el otro rincón. Fuera de la sala, el bar tenía la música alta y la gente cantaba, creo que había una despedida de soltero. Me subí a la mesa y… Ya os podéis imaginar cómo acabaron aquellas, y no me tengan en cuenta que me jacte y disfrute presumiendo y me ría a carcajadas al recordarlo, pero es que les di una buena lección que, si hubieran sobrevivido, no la habrían olvidado.
Bueno, lo cierto es que éste fue un pensamiento oscuro que tuve mientras escuchaba como despellejaban con críticas a los Plómez, y no, no, tranquilos, no asesiné a mis amigos hipócritas. Sin embargo, sí que me sirvió para tomar una decisión. La de realizar un curso de relatos de psicópatas y thrillers en general en el Taller de Escritura de Enrique Brossa. Los lunes precisamente, que de por sí es un día bastante siniestro.
Solo 5 plazas disponibles:
Nuevo taller online, por videoconferencia:
“De psicópatas y otras pesadillas”.
Taller de escritura guiado por Enrique Brossa con algunos invitados.
Lunes, de 19:15 a 20:45 horas de Madrid.
Empezamos el 10 de septiembre.
85 €/mes. Primer nivel, 8 sesiones.
Además, una sesión individual GRATIS.
Pago por transferencia bancaria o PayPal.
Apúntate y solicita el número de cuenta contactando con Enrique Brossa
• por Messenger de Facebook
• o info@desafiosliterarios.com
NOTA: los de Madrid, avísenme si prefieren el taller presencial en vez de por videoconferencia. Prometo que no los mataré, aunque me critiquen un poco. Al menos en la primera sesión. 😉
Tú pensarás que lo dijo Aristóteles, pero esto que voy a enunciar, esto que estoy a punto de formular solemnemente, es una aportación ontológica mía, para iluminar a mis contemporáneos.
Veréis. Las materias esenciales de las que todo en el universo está compuesto, son solamente de cuatro tipos: el ser, el no ser, el poder ser y el ser tranchete.
Yo, por ejemplo. Hoy, toda mi materia se ha trasmutado y me he convertido una vez más en el ser tranchete. Diréis que ya empiezo a excederme con los tranchetes, que es algo recurrente en mí. Realmente es un SOS. Un mensaje en una botella arrojada al mar de las redes sociales. A punto he estado de decir proceloso mar.
Habréis visto visto una película de las que en blanco y negro llevaron al público la novela de R.L. Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Cuando se transforma le sale barba y pelo por toda la cara y por las manos y los dedos. Por eso algunos tenemos un cierto lío entre los hombres lobo y Mr Hyde. Las transformaciones en hombre lobo se caracterizaban en las películas de antes de los sesenta en que se miraban las manos mientras abrían las fauces para lucir la colimillería. Así, acercando las manos convertidas en zarpas al morro del lobo la cámara ya nos mostraba suficiente para demostrar su animalidad. A mí las manos no me cambian como a los licántropos y a Mr. Hyde, pero la barba creo que me crece más rápido cuando me convierto en el ser tranchete. Ya os lo conté hace mucho, y hace poco también, porque yo siempre repito mis chistes, como hacemos todos los pesados. Este mes me quedo solo en casa, es decir, me quedo de Rodríguez, y entonces me alimento de tranchetes, ese elemento tan esencial de la materia.
Pero volvamos al paralelismo con el doctor . La historia empieza con que el doctor Jekyll puede controlar sus transformaciones en el malvado Hyde alternando una fórmula magistral y su antídoto, pero llega un momento en el que las transformaciones operan de modo autónomo, en momentos de ira, por ejemplo, y con trágicas consecuencias. Bien, pues a mí me viene sucediendo igual. Yo ya me convierto en ser tranchete sin comer tranchete ni nada, solo de pensar en lo solito que me voy a quedar en Madrid sin mi familia. Y me da miedo. Al final de la novela, se oculta a la prometida del doctor que él mismo era el terrible Hyde. Se le dice que Hyde ha asesinado a Jekyll, lo cual es un colofón redondo en una novela sobre el bien y el mal. El mal que habita en todo hombre puede llegar a asesinar nuestra personalidad humanizada, civilizada y moralizada. El mal es autodestructivo, parece decirnos Stevenson.
Pues si el doctor comprobó que se convertía en Hyde sin tomar su dosis de la pócima correspondiente, yo ya no necesito tranchete, ni soledad veraniega en la ciudad. Solo el calor, hace que me crezca deprisa la barba de ser tranchete y siento que puedo perder ese porte y esa prestancia que me viene caracterizando. Tengo miedo de que el ser tranchete acabe por asesinar a Brossa.
¿El ser tranchete asesina como Hyde? Sin duda nadie puede dejar de formularse esta misma pregunta, temblando al imaginar qué tipo de estragos puede producir el ser tranchete por ahí suelto.
Responderemos a esta pregunta después de la publicidad a los que quieran apuntarse a mi taller con un 25% de descuento. Pero pienso que Brossa te necesita estos días. Está deseando que le salves del ser tranchete que anida agazapado en su alma.
VOTA CON ESTRELLAS ROJAS EN LA WEB Y CON “LIKES” EN FACEBOOK.
Si vemos muchas estrellas, interpretaremos que quieres saber cómo sigue.
Gracias.
¡Y gracias por compartir!
Aquella noche mandaron al niño a dormir, porque la película era de dos rombos. El niño se fue a la cama. Se quitó una bota y la dejó caer ruidosamente. Luego la otra. Se quito un calcetín… y llegó el trance. Quedó en un estado mitad dormido, mitad despierto. Cuando empezaron los anuncios, su madre fue a ver si se había acostado. Tenía un pie sobre la rodilla con un calcetín colgando del dedo gordo. (Los verdaderos brossistas, saben lo que eso significa. es un misterio solo al alcance de unos pocos iniciados y continuados. Solo lo saben los elegidos). El caso es que la madre le reprendió por no estar entre las sábanas con el pijama puesto y se sentó con él para asegurarse de que no volvería a dormirse con el siguiente calcetín a medio quitar. El niño estaba muy serio.
-Mamá, ¿quién falta?
Su madre no entendía la pregunta.
-Tiene que faltar alguien, ¿no?
La madre no logró entender a qué se refería el chaval.
-¿Quién crees que falta?
-No sé, mamá, pero falta alguien más.
-¿Te refieres al niño Jesús?
-A lo mejor. Pero no me refería a él. Alguien falta.
-Hijo, no sé. Estamos todos.
-No mamá. Aquí falta alguien.
-Siempre estamos los mismos. Tu papi, tus hermanitos… Creo que estabas soñando algo. Vamos duérmete ya.
-Pero, Mamá, aquí falta alguien.
A partir de aquel día, este diálogo se repetía continuamente.
-Mamá, es que aquí falta alguien.
Nadie podía entender al crío. Sus hermanos empezaron a decir que el niño estaba loco. Una tarde, su madre llegó a perder la paciencia:
-¡Basta ya con eso!
Aquella misma noche, ella habló con su marido:
-Adolfo, yo creo que lo que le está pasando a Sergio es que tiene obsesiones.
-Pepa, lo de la bici no es obsesión. Es lo normal a su edad.
-Pero está muy pesado.
-¡Va!
-¿No será que le prestas poca atención?
El domingo siguiente proyectaba las habituales líneas blancas de luz sobre las paredes. Era el sol que se filtraba de las contraventanas de madera. La luz era fuerte, no era la neblina de las primeras horas. Sin duda era un domingo soleado y sería media mañana.
Su padre, se asomó desde la puerta del dormitorio.
-¿Qué hace el peque? ¿Se despierta?
Se sentó en la cama y comenzó a hacerle cosquillas.
Fue un domingo raro. Su padre no fue con toda la familia a pasear al parque, sino que le puso un casco y se lo llevó en moto, provocando las protestas de sus hermanos. Se dieron un largo paseo los dos. Fueron al quiosco y compraron dos periódicos y dos tebeos, unas gominolas y un paquete de Winston. Después se sentaron en un banco mirando a la gente que paseaba perros. Un hombre lanzaba lejos un plato de plástico y su perro salía corriendo a por él, metiéndose en el estanque si era preciso. Lo estaban pasando bien.
-Papá, no fumes.
-Tienes razón, hijo. Debería dejarlo.
El hombre se quedó mirando su cigarrillo encendido en la mano.
-Oye, hijo, si me hablas de ese que dices que falta tiro el tabaco a la basura.
-Qué te voy a contar. Como no viene nunca, no sé nada de él.
-¿Y entonces como sabes que falta?
-Porque tiene que haber otra persona. ¿Tú lo notas, papá? ¿Notas que falta alguien?
Acabado el cigarrillo y un cierto reparto de gominolas subieron a la moto.
-Papa, ¿te imaginas que los cascos que llevamos fuera una escafandra de un traje espacial? ¿Y que nos subiéramos a tu nave y vinieran unos marcianos a atacarnos?
-Corre, corre, agárrate fuerte, que sale el cohete.
La moto salió disparada y el muchacho siguió soñando despierto que paseaban en una moto lunar por un planeta recién descubierto, sin tocar el suelo. Hasta que al parar en un semáforo el padre se volvió a decirle:
-¿Puede ser que eches de menos a tus abuelos?
-El niño se soltó un momento las manos para darle una palmada en la espalda a su padre, y le dijo:
-Papá, no te obsesiones.
2
Días más tarde, el niño fue llevado al psicólogo. Se trataba de una amiga de su padre. Ya que sus padres estaban ocupados, le acompañó, “Fito”, su hermano mayor, que pese a ostentar el nombre de Adolfo como su padre, era un adolescente descontento y pesimista que se quedó en la sala de espera tecleando su teléfono móvil.
La psicóloga en cuestión era una argentina muy atractiva de unos cuarenta años. Junto con su acento, imprimía a sus palabras cierto aire de superioridad, incluso cuando trataba de ser cariñosa con el chiquillo.
-¡Guao, qué niño tan reguapo! ¿Cómo te llamás?
-Sergio.
-¡Sergio, qué bonito nombre! Fíjate que yo tengo una niña de la misma edad que vos.
Sergio apenas sonreía.
-¿Querés un dulce? ¿Un caramelo?
-¡Vale!
-¿Sabés por qué estás aquí? ¿Qué te dijeron tus papás?
-Me dijeron que era bueno charlar con usted, porque tengo mucha imaginación.
-¡Ah, qué bien te lo explicaron! ¡Qué listo es tu papá!
-La que me dijo eso fue mi madre.
-Sí, pero esteeee… tener imaginación es bueno, es muy bueno, ¿vos lo sabés?
Sergio se metió el dedo en la boca para tratar de despegar el caramelo de sus muelas.
-Dejate la boca, Sergio. Es feo urgarse la boca cuando te están hablando. Dejátela ya.
-Es que se me ha quedado pegado…
-Vamos dejátela, Sergio, por favor.
Sergio obedeció y ella trató de recuperar el tono adecuado para la conversación, mientras Sergio empezó a empujarse el caramelo pegajoso con la lengua intentando limpiarlo. Por eso, mientras ella hablaba, esta vez en un tono de dulzura excesivamente obvia, Sergio comenzó a hacer unos gestos extraños con la boca y al final, con toda la cara, de tan entregado que estaba a separar el caramelo con su lengua, o a tratar de aspirarlo, haciendo ruiditos. Entre tanto, Andrea Bonarotti empezaba a impacientarse, porque Sergio le distraía con sus muecas.
-Está bien, Sergio. Sacá los restos de caramelo con el dedo si querés. Yo pienso de que acabaremos antes.
El niño lanzó su dedo índice a la caza y captura del dulce de café con leche, mientras ella se levantó y retocó la colocación de su título académico, como quien disimula para apartar la vista de algo obsceno.
-¡Ya está! -avisó el niño con una amplia sonrisa de agradecimiento.
Andrea se sentó de nuevo a la mesa y abordó directamente el tema:
-Decime, Sergio. ¿Por qué decís que falta alguien en tu casa?
-Me lo parece.
-Sí, pero ¿cómo lo notás? ¿Querés decir que antes había otra persona más en casa?
-No me acuerdo.
– ¿Entonces?
El niño vio sobre el escritorio un cubilete vacío y le preguntó.
-Andrea, ¿no pones lápices en ese cubilete?
-Pues algunas veces.
Andrea se quedó pensativa.
-Vaya que eres inteligente. Ya se a quién has salido. Querés decirme que se nota que faltan lápices aquí, aunque no los has visto antes. Me impresionas.
-No, no lo decía por nada. Pero mi hermana tiene uno parecido y pone sus lápices.
-Ya, ya, ya… Sos endiabladamente relisto.
Andrea se quedó mirando al muchacho con sus ojos verdes tan abiertos como su boca, porque realmente se había quedado deslumbrada. También se sintió algo insegura.
-¿Crees que en tu casa hay una especie de hueco para alguien más, como mi cubilete para los lápices? ¿O quizás para sustituir a alguien de la familia?
-No creo… No.
-¿En qué habitación de la casa viviría esta persona que falta?
-No lo sé. A lo mejor no quiere vivir en casa. Como no sé quien es…
-¿Es hombre o mujer?
-Es que no lo he visto nunca, que yo recuerde.
-¿Pero tú cómo te lo imaginas?
-Que no lo sé, que no lo he visto nunca.
-Pero ahora hablamos de imaginar, no de haber visto. ¿Como te imaginas a esta persona?
-Es que no lo sé.
Suspiraron los dos a la vez.
-Dime una cosa, Sergio. ¿Te da miedo?
Sergio lo pensó unos segundos:
– No.
– ¿Nada, nada de miedo? ¿Ni un poquito?
-Nada. ¿Y a ti te da miedo?
Andrea apoyo la espalda en el respaldo y a partir de aquel momento perdió la poca naturalidad de la que podía hacer gala.
-Yo tampoco lo conozco. Quiero decir… Sergio, esto es como un sistema para cuidar de tu imaginación y funciona de modo que las preguntas las hago yo. Y las haré todas yo. ¿Entendiste?
-Vale.
Andrea se estaba poniendo nerviosa y empezó a garabatear como si estuviera tomando notas. Había perdido el hilo.
-Sergio, entonces es bueno. Si no te da miedo será que es bueno.
-En mi clase hay un niño muy malo que siempre escupe y pega a otros niños. Pero no me da miedo.
-Es cierto, podría ser malo y no darte miedo. Quizás es malo.
-Pues creo que no.
-Bien. ¿Crees que es chico o chica? ¿Viejo o joven? ¿Es un niño?
-Yo creo que no es chica… pero yo no…
-Ya, ya, no lo conocés.
-Ni viejo tampoco. Ni niño. No me pega eso.
-¡Es un joven, entonces!
-Eso ya no lo tengo tan claro.
Andrea se quitó las gafas y se frotó la nariz.
-¿Sabés lo que se me ocurre? Lo vas a dibujar. ¿Te gusta dibujar?
-Mucho.
-¿De verdad? A mí también me rechifla dibujar. Y la gente que dibuja bien es mi favorita. Mira. En este papel vas a dibujar a papá, mamá, tus hermanitos…
-¿A Pumbi?
-Claro, a Pumbi, el lindo gatito también.
-¡Vale!
-Y a esa persona que falta.
-¡Vale!
Vaya, esta vez no le había dicho que no podía dibujarle porque no le había visto nunca. Eso le dio una cierta sensación de victoria a la psicóloga. Para no interferir con el niño, decidió hacer una llamada de teléfono. Comenzó el parloteo:
-¡Leandro, que hiciste! -dijo tras llamar a un amigo suyo. Soltó muchas carcajadas y, mientras hablaba, miraba la evolución del dibujo del niño. Parecía una habitación. Había una mesa, un cuadro en una pared y una puerta. Pintó lo que podría ser su padre y su madre. Después dibujó a sus hermanitos mientras escuchaba la conversación de la psicóloga. Andrea siguió hablando con el tal Leandro un buen rato: -¡Claro que lo conozco! Está cerca de mi despacho. Algunas veces como por allí o me tomo un café… Qué cosas… ¿Pero y no se sabe qué hace allí? No sé si es para tomarlo en serio o a risa… ¡Claro! Ayer me tomaba yo allí un café.
Pero al acabar la conversación, Sergio seguía pintarrajeando la pared de aquella supuesta habitación. Entonces llamó al papá de Sergio y salió del despacho. Su voz adquirió una dulzura especial.
-Sí, aquí lo tengo dibujando. Tu hijo es tan relisto como vos. Me confunde… Sí, también como vos… Debe de ser genético… Bueno, de otra manera. Sí, sí… No me extraña… ¿Comemos mañana? Y lo hablamos… Sí, sí… De momento no le he sacado nada… ¡Dale! Bueno. ¡Dale! Te digo otra cosa. Hablé con mi amigo Leandro. ¿Te acordás que te hablé de él? Me dice que por casualidad ha visto un programa de televisión, “Ahora En Directo”… Sí, pues sale nuestro bar, donde tomamos café. Realmente no dicen nada del bar. Solo que sucede que hay un hombre allí que se ha encerrado con cinco mochilas en los lavabos… sí. ¿Ah? No se sabe. No se sabe nada… Los de Ahora en Directo dicen que es una vergüenza que no desalojen la zona, porque podría ser un terrorista o un suicida con una bomba… Si claro, también puede ser un terrorista suicida, muy gracioso. Están los guardias, pero no hacen nada…
Andrea miraba por la ventana, hacia un lado, por ver si veía algo de gente o coches de policía por lo del bar próximo del que estaban hablando. El cielo tenía una tonalidad metálica muy extraña, manchada de ocre. <<Debe de estar a punto de caer una buena tormenta>>
Cuando Andrea volvió a su sillón, Sergio le dijo que ya había terminado. Andrea miró con la mayor atención el dibujo del chaval.
-Sergio. El dibujo es precioso. Está regio, diría yo. Pero fíjate que está faltando el otro personaje.
El pequeño lo miró con atención, como si tuviera que comprobarlo.
-Sergio, falta el otro personaje. ¿No lo ves? Habíamos quedado en que lo ibas a dibujar también.
El chico levantó la mirada hacia la profesional
y dijo:
– ¿Te das cuenta?
-¿De qué, querido niño?
– ¿Lo ves cómo falta? Tú misma has dicho que falta. Siempre falta.
– ¡Sergio! ¡Pero es porque no lo dibujaste! ¿Te estás riendo de mí? ¿Acaso querés visitar a la amiga bruja de tu mamá? ¡Quiero que lo dibujes ahí, como si estuviera!
Andrea se sentía muy indignada. Su cara de mujer de telenovela pareció acumular de pronto diez años más y su voz reflejaba una irritación que Sergio parecía no comprender.
3
Cuando Fito regresó a casa con Sergio, Pepa llamó inmediatamente a su marido.
-Adolfo, que ya han vuelto.
-Ah, vale.
-¿Por qué no llamas la psicóloga esa a ver qué te dice?
-Ya hemos hablado.
-¿Y qué ha dicho?
Adolfo le explicó que Andrea Bonarotti no había logrado sacarle nada. Y que no le dieran importancia, porque era solo un niño y solo trataba de captar la atención de todos. Pronto se le olvidaría.
En realidad, Adolfo estaba inventándose ese juicio de Andrea, ya que lo que estaba expresando era su propia opinión. Pero su mujer le preguntó:
-¿Entonces para qué tiene que volver Sergio la semana que viene?
Adolfo comprendió que Andrea le había dicho eso a Fito, y Fito se lo dijo a su madre.
-Bueno, ya sabes cómo son los psicólogos, siempre quieren tener visitas semanales…
-¿Entonces?
-¿Entonces qué?
-¿Que si le llevamos otra vez o no?
-Pues quizás…
-Nunca me ha gustado esa Barbie.
-¡Vaya! Seguro que se habrá tomado mucho interés…
-Sí, ya…
Adolfo hizo como si no percibiese lo que su mujer estaba pensando, y le dijo que tenían mucho trabajo, que ya lo hablarían en casa.
-Una cosa, Pepa. Ni se te ocurra llamar a la bruja Maruja esa.
-No es ninguna bruja.
-Te lo digo muy en serio. No quiero a nuestro hijo envuelto es sus majaderías esotéricas.
-A lo mejor son majaderías para ti, pero para otras personas no.
-¡Mira, Pepa, no me fastidies!
La discusión fue corta porque es esas cosas Pepa simplemente no le hacía ningún caso a su marido.
-Pepa, que alto tienes el televisor. Casi no te oigo ¿Qué estás viendo?
-“Ahora en directo”. No sé qué dicen de un terrorista encerrado en un váter de un bar. Por cierto, cerca de tu oficina.
-Vale, ya me lo han contado. Te dejo, que yo tengo trabajo y no tengo tiempo de ver la tele.
Ese comentario que encerraba un reproche no hizo más que animar a Pepa a ignorar más a su marido, así que, acabada la conversación, Pepa tomó de nuevo el teléfono.
-Hola, Marujita, guapa. ¿Cómo estás, amiga mía? ¿En el más allá o en el más acá? ¿Te pillo en buen momento para poder hablar o estás con clientes? … Sí, bueno, contarte algo referente a mi hijo Sergio.
En aquellos mismos momentos, Fito y Sergio caminaban en dirección a su casa.
– ¿Qué tal con la psicóloga esa?
-Bien.
-¿Qué habéis hecho en su despacho? ¿Te ha hecho muchas preguntas?
-Algunas. Pero he estado dibujando casi todo el tiempo…
-Es que creo que por los dibujos se puede saber si alguien esta majara como tú. ¿Y te lo ha dicho ya?
-¿El qué?
-Si estás loco.
-No. Dice que tengo que volver.
-¡Vaya psicóloga! Para qué tantas reuniones. Si se te nota al kilómetro que estás como una regadera.
-¡Pues tú más!
-¡Mira aquello!
Cerca de donde estaban, había mucha gente. Vieron un coche de policía aparcado en segunda fila con sus luces azules y rojas intermitentes.
-¡Qué chulo! ¿Vamos a verlo?
-¿Y si es peligroso? -dudó Sergio.
-Mira, hay un coche de la tele.
-¿Eso es lo que llaman una unidad móvil?
-¿Qué habrá pasado? Vamos a mirar.
¡Hazte ya miembro del Club!
Un club de escritores y lectores.
Si escribes bien, puedes ser miembro del club y tener un espacio para tus textos y beneficiarte del 100% de las ventajas de Desafíos Literarios
La hora de los acúfenos llega tanto a las 12 de la noche, como a las 10 de la mañana, o en cualquier otro momento, siempre que haya silencio a mi alrededor. Ya sabes a qué me refiero. Son una sensación auditiva no provocada por un sonido exterior. De modo prosaico se les atribuye ser indicadores de algún cambio en el flujo sanguíneo. Eso es mentira, y hay que decirlo así de claro. Los acúfenos ni tienen explicación ni falta que les hace.
Puede parecer algo misterioso pero esos ruidos no son una presencia fantasmagórica venida del más allá para entrometerse en mi normalidad cotidiana, porque yo no sé si tengo de eso, quiero decir, si poseo algo como normalidad y cotidianidad. Además, no creo en espíritus. Tampoco siento estos ruidos como una avería en mis tímpanos ni como un batallón de trompetas de infantería que anuncian con honores la llegada de los primeros achaques. Al contrario: tal como yo lo vivo, se presentan para aportar a mi vida una banda sonora que yo, como crítico musical, calificaría de posminimalista y experimental, de gran calidad artística. Es un zumbido que puedo interpretar de distintos modos. Puede ser inquietante como de película de psicópatas; puede ser relajante y zen; quizás puedo tomarla como ambiental, como una nueva versión de aquello que llamábamos Hilo Musical, pero solo para mí. Hay veces que es un «tinnitus pulsátil», que marca un ritmo perfectamente acompasado con mis latidos. Eso mola. Otras veces es como un soplido en el pabellón auditivo: da gustirrinín. O oigo un silbido. Yo soy un gran silbador, y me prodigo lo mío entonando una especie de segunda voz silbada de lo que ponen en los 40 principales, y ahora con los acúfenos llegaré a ser un virtuoso del tema. Lástima no poder grabarlo, claro. Frecuentemente oigo como un murmullo. Eso genera el ambiente previo al inicio de cualquier evento, como de nervios y sudoración fría en las manos, pero como a mí me gusta mucho hablar en público, pues me viene perfecto, porque son como los susurros de antes del inicio de una gala, de modo que algunas veces me muevo por mi casa haciendo discursos. A mis hijos les extraña, claro, que estén hablando conmigo y de pronto me oigan decir por el pasillo: “damas y caballeros, ante todo, quisiera agradecer su presencia en esta estimulante velada con la que tanto honran a mi humilde persona…”
-¡Papá, pero qué dices!
Se creerán que estoy loco. Pero no. ¡Qué va! Nada más lejos. Eso es todo por los acúfenos.
He tenido mucha suerte con los tintineos que me han correspondido y, por supuesto, no pienso prestarme a ningún tipo de tratamiento. No me los quiero curar. ¿Recordáis la canción de Atahualpa?
Porque no engraso los ejes
Me llaman abandona’o
Si a mí me gusta que suenen
¿Pa qué los quiero engrasaos ?
E demasiado aburrido
Seguir y seguir la huella
Demasiado largo el camino
Sin nada que me entretenga
No necesito silencio
Yo no tengo en qué pensar
Tenía, pero hace tiempo
Ahora ya no pienso mas
Los ejes de mi carreta
Nunca los voy a engrasar
Seguramente no tienen cura. A lo mejor podrían ponerme Spotify, con un canal chill out o algo más convencional todavía. ¡Ni hablar de eso! Calcula lo que supondría tener un pianista metido en cada oreja. Imagina que por culpa de tus acúfenos te toca escuchar uno de esos pianistas tristes que interpretan magistralmente todo tipo de canciones en la melancolía de los halls de los hoteles de lujo para ejecutivos. Esos pianistas Incitan a practicar un sexo blue, sí, sexo azul, azul oscuro petróleo, como de blue velvet, pero sin llegar a tanto. Un sexo amargo y desesperado entre desconocidos. Esos pianistas incitan también al alcoholismo. Esas canciones sí que hacen que te sientas solo y fuera de tu casa, pero para mal. Yo no necesito que me injerten esos sentimientos que de por sí, siempre me han perseguido. Prefiero la compañía mis acúfenos, porque son cultos, vanguardistas, sutiles, como de película de serie de las buenas. Hay un remoto esnobismo, reminiscente, como en esos cuadros que son basura, que no son nada, salvo feos, pero circulan por todas las exposiciones e incluso encuentran algún petimetre que asegura sentirlos, comprenderlos y hasta los compra. Mis acúfenos son también una melodía desestructurada e indescifrable, sonidos sin sentido, y, como un test de Rorschachs, me permiten proyectar otros sonidos acordes con mis pensamientos, y escuchar en sus zumbidos lo que primero me brinque a la mente. Debería escucharlos más, prestarles más atención. Y poder subir el volumen, porque esa es una limitación importante que te impide oírlos bien en la ducha o en la calle, y espero que las siguientes actualizaciones me permitan sustituir una configuración tan básica por otra que prevea la posibilidad de conectar con los altavoces del coche.
Mis acúfenos… No te acomplejes si tú todavía no los disfrutas. Quizás en el futuro… No hay que desesperare. Son un lujo, otro nivel, otra categoría… Tanto es así, que no sé yo si podré preservar mi natural campechanía, y mi modo de ser, asequible, directo y majetón. Temo que mi personalidad de tan llana cordialidad se vea afectada por estos ruiditos tan elitistas, y que mi temperamento buenazo no sea compatible con la elegancia de los zumbidos que se generan en mi sistema auditivo. Que se me suban a la cabeza y me vuelva más tonto de lo que a lo peor ya soy. En realidad, no tengo de qué presumir. Es una música progresiva que no he compuesto yo. Es como si de pronto presumo de que la Fulls Overture sucede en mis oídos.
Una cosa que me preocupa es que este fenómeno tenía más sentido cuando pensaba que yo era el protagonista de mi vida y todo lo demás era atrezzo. Ahora que ya sé que la protagonista de mi vida eres tú, ¿Debería escuchar tus acúfenos en vez de los míos para tener la banda sonora apropiada? Esta noche acercaré bien mi oído al tuyo, y ya verás: en esta época en la que tanto se airean las perversiones, nosotros vamos a salir despuntando con esta nueva modalidad de acoplamiento de orejas y vamos a captar toda la atención que quede por ahí suelta todavía. Sé que incurriré en cursilería si te digo lo que creo: que tus acúfenos serán como el sonido del mar que se escucha en las caracolas. ¡Toma ya! O quizás en ti se oiga como cuando te metes mi oreja en la boca y la ensalivas, con ese ruido de chapoteo y mojadina que hacen las cabras antes de deglutir una porción del prado, «con fruición y glotonería». No podría resistir la escucha de tus acúfenos durante todo el día, si esa fuera la sensación que me provocase. Cada cosa en su momento y los nabos en adviento.
¿Cuántas parejas sucumbirán ante un problema de incompatibilidad de sus respectivos acúfenos, que suenan de modo desacompasado, inarmónico y con mutuas discordancias? ¡Madre mía! ¡Hay que ver lo que da de sí este tema y lo poco que se preocupa la administración!
Lo apasionante de la emoción se debe a que no es un destino, sino el punto de partida.
Un sentimiento es el principio de un viaje.
Prueba una sesión
del taller de Enrique Brossa
¡Apúntate!
Por videoconferencia.
Manda un whatsapp pulsando el icono del telefono verde que puedes ver abajo y te explicaremos cómo funciona y el horario que te interesa.
¡Manda tu whatsapp ya!
¿En qué sección te gustaría escribir?
Vamos a premiar
un libro y anuncios gratis al autor que más estrellas rojas consiga este mes.
Se multiplicará el número de votos por el promedio de puntos obtenidos. No cuentan promedios inferiores a 3 estrellas rojas ni textos con menos de 6 votos
No se pueden retener los buenos momentos. Hacerse mayor implica admitir realidades. La vida es cruel y nos proporciona instantes en los que querríamos quedarnos a vivir para siempre, pero más tarde, el tiempo acaba quitándonos todo. Nos expolia con lenta delectación hasta dejarnos indefensos y desnudos. Sin padres, sin infancia, sin amor, sin canción, sin sorpresas, sin amigos, sin salud, sin fuerza, sin fe, sin confianza, sin vida. Algunos dicen que a ellos no les pasará eso. Bien, estoy dispuesto a discutirlo en otro momento. Pero la verdad se resume en que atrapamos cosas que se convierten en nada. Agarramos nuestros trapos y nos los arrancan los días a tirones o simplemente los convierte en polvo para llenar el gran reloj de arena que nadie ha logrado invertir, el que siempre mide la existencia dejando que todos los granos se acumulen engullidos en un depósito llamado «antes». Especialmente los instantes de felicidad, no podemos retenerlos, ni parar los relojes.
He dejado de pensar en el pasado. Me he independizado de él. Hay que emanciparse. El pasado es como un buen padre, al que le debes todo, pero no le debes nada. Ni es posible devolvérselo, ni quiere que lo hagas. De los grandes instantes significativos pretéritos sólo me queda el respeto. Conservo el respeto. Quizás escribir como cualquier otra actividad artística, sea rendir homenaje al asombro, al descubrimiento, a esa sensación momentánea de sabiduría que se nos escapa como el resplandor de un fósforo. Yo respeto esos momentos de felicidad con significado. Me abstengo de comportarme de modo desconsiderado con lo que un día sentí con intensidad. No lo pisoteo. No lo deshonro. Si no sabes lo que significa respetar esos minutos grandiosos, acaso no los has vivido, o quizás no respetas tampoco tu vida, y la profanas, la desbaratas. Porque esos instantes son en el fondo toda tu vida. He dejado de importunar al pasado con mis visitas, porque eso es desconsiderado con él. En cambio, cuando es él quien viene a por mí, lo trato con respeto, lo agasajo, lo venero como al antepasado que es. Le hago saber que no olvido lo mucho que debo a ciertos episodios en los que mi vida adquirió otra profundidad, otro sentido. Después le dejo partir.
He grabado en mi memoria una fragancia, una sombra y una luz, una mirada junto a unas tablas, una canción y una sonrisa. Colecciono estos tesoros, sin añorar nada. Sé que son irrepetibles. Pero los admiro porque fueron puros o porque yo creí que lo eran. Son figuras de cristal del bueno en la vitrina de los momentos ya acaecidos. Son símbolos, y mantienen su significado. Perdida la fe, toda la fe, la fe en todo, seguiré mirando con devoción tanto las cruces como los atardeceres.
A partir de ahora voy a empezar a hacer textos sobre esto. Textos, videos, audios… y un libro. Lo que vaya saliendo será publicado. Una parte quedará a disposición del público y otra como contenidos exclusivos para suscriptores. Si te interesa manda un email a actividades@desafiosliterarios.com y en el asunto escribe ¿Qué pasa cuando escribo? Por un módico precio disfrutarás de todos los contenidos, solo para suscriptores, o como se suele decir en internet, contenidos premium. Y por supuesto, mi libro ¿Qué pasa cuando escribo?
Hoy he empezado el taller con una nueva escritora. Hemos estado hablando de qué es en mi opinión escribir literariamente. Debe de ser que yo estaba hambriento porque hemos estado hablando de hacer costilladas de ternasco. Disfruto con ellas. Le he dicho que la preparación de una buena costillada empieza preparando el fuego. Necesitas leña. También necesitas algo para que el fuego prenda fácilmente. Las pastillas para encender fuego son innecesarias si tienes el típico papel de periódico arrugado. Sin él, la hoguera es difícil que prenda. Pero nadie es tan estúpido como para creer que se puede hacer una costillada de ternasco con papeles arrugados de periódico. Hace falta leña.
Los estados de ánimo son importantes para el escritor. Siempre empezamos con ellos. El día estaba gris… Es se sentía melancólico… La neblina, la lluvia…. Aunque parezca un parte metereológico, estamos hablando de un estado anímico. Se sacó distraído un cigarrode su petaca y tras encenderlo, observó el discurrir de las volutas de humo… ¿Cuántas veces habré leído yo cosas así? Parece que hable del tabaco, pero habla del estado de ánimo del autor. Está bien, te comprendo, me identifico contigo. Son el papel de periódico arrugado al que aplicamos la primera llama. El fuego se enciende con rapidez porque sé cómo te sientes. Pero si no lo ponemos dentro del montón de leña, se extinguirá de inmediato. Hace falta algo más consistente para generar las brasas, de otro modo, solo quedarían cenizas. Si no dejamos de volvernos sobre nosotros mismos, y nuestro estado de ánimo, y empezamos a usar la imaginación para narrar, esto en vez de una costillada -o chuletada, según se diga localmente- va a ser un desastre. Nuestro relato se agotará solo. No se terminará y si se termina peor: será un lamentable montón de carne arruinada. Casi todo el mundo empieza así.
Claro que hay autores capaces de mantener un fuego espléndido con narración de escasos eventos, pero si lo analizas bien, quizás la profundidad psicológica probablemente sea mucho mayor que lo de describir simples estados melancólicos. Y en cualquier caso, será que el autor en esa faceta posee un talento fabuloso. Plantéate si ése es realmente tu modelo, porque en general, para la gran mayoría de los casos, para crear tu hoguera o tu barbacoa literaria, necesitas imaginación, narración. Necesitas leña. Y carne también. ¡La chicha!
¿QUÉ PASA CUANDO ESCRIBO?
A partir de ahora voy a empezar a hacer textos sobre esto. Textos, videos, audios… y un libro. Lo que vaya saliendo será publicado. Una parte quedará a disposición del público y otra como contenidos exclusivos para suscriptores. Si te interesa manda un email a actividades@desafiosliterarios.com y en el asunto escribe ¿Qué pasa cuando escribo? Por un módico precio disfrutarás de todos los contenidos, solo para suscriptores, o como se suele decir en internet, contenidos premium. Y por supuesto, mi libro ¿Qué pasa cuando escribo?
En estos momentos me encuentro parado en un embotellamiento en la carretera de La Coruña tratando de volver a entrar en Madrid. Llevo desde antes del amanecer haciendo algunos trayectos en coche porque hoy es un día especial en el que he tenido que asistir a mis hijos en algunos problemas. Estoy conduciendo y dictando y es una maravilla darse cuenta de cómo, sin peligro alguno, puedo aprovechar para escribir dentro del coche con o sin atasco.
Estoy últimamente muy interesado en lograr una escena realmente complicada para una novela muy fundamentada en dramas concretos y hay que reconocer que esas obras que llamamos despectivamente bestsellers, novelas que suelen estar basadas ante todo en su trama, tienen su dificultad.
Cada mañana empieza una aventura. Hay mañanas que comienzan tristes y otras llenas de estímulo y expectativas. Esta es así de prometedora. De este día espero una vivencia importante. Pero lo voy a experimentar en la ficción, en la escena que he comentado. Me acosté pensando en ella y me he levantado pensando en ella. No es una mujer, sino esa escena, ya me entendéis. He desayunado con ella y me he duchado con ella. Con la escena.
Siempre pienso que para escribir algo que valga la pena hay entre otras, dos posibilidades importantes. O bien, lo sentimos, lo cual es eficaz cuando la duración de lo que queremos escribir es relativamente corta o bien lo soñamos y nos obsesionamos con ello. Una tercera posibilidad es vivirlo primero en la realidad. Todos hemos visto una película o hemos leído una novela que por algún motivo no nos ha acabado de convencer. Sin embargo, nos hemos dado cuenta, hemos tenido que admitirlo, que al cabo del tiempo seguíamos recordando y pensando en las situaciones que habíamos visto o leído. Eso quiere decir que tampoco era tan mala esa novela o esa película porque realmente creó un mundo que logró atraparnos después de cerrar el libro o encender las luces del patio de butacas. Si es así, quiero decir que seguramente estamos ante una obra digna de consideración. Análogamente, si yo mantengo sin querer lo que escribo en mi mente, la cosa seguramente puede ir bien. Si estoy escribiendo algo y realmente no me acompaña cuándo dejó de escribir, si mis pensamientos no vuelven recurrentemente a los personajes y a las circunstancias que estoy describiendo, quiere decir que ni yo estoy gozando con la escritura ni lo que estoy escribiendo por el momento me parece importante, no pienso que valga demasiado. No estoy excitado por mi propia escritura. Si al autor no le atrapa su historia ¿cómo podría atrapar a otros? Por tanto, es importantísimo para mí incurrir en esta doble vida, en esta existencia secreta qué significa escribir un libro.
Esto me hace pensar hasta qué punto todo lo que se relaciona con el oficio de escritor es anti rentable y difiere de lo que dictan esas teorías de la productividad personal. Existe un montón de literatura barata de autoayuda qué recomienda huir de lo que llaman multitarea, es decir, hacer varias cosas a la vez. La idea es hacer las cosas con la mayor concentración, y también sin estrés. Es posible que sea un gran consejo para poner en marcha un negocio, y para sacar adelante la declaración fiscal. Sin embargo, para escribir un libro no lo es. Al menos en mi caso. Cuando estoy escribiendo algo de corta duración sí que reconozco que me concentro mucho en mí mismo y de ahí me sale algo rápido porque normalmente son cosas que hablan de mi interior y que tienen mucha relación con un estado de ánimo momentáneo. Pero cuando lo que pretendo es hacer algo más largo ya no es solamente una cuestión de sensibilidad y de ánimo sino que por el contrario tengo que disfrutar de la complejidad asociada a una determinada situación. Una complejidad que explote salpicando gran cantidad de posibilidades, que a su vez pueden dar lugar a nuevas emociones y circunstancias. Eso normalmente cuando mejor me sale es cuando estoy haciendo otras cosas, cuando no estoy interfiriendo en el discurrir de mis pensamientos de modo totalmente consciente porque se supone que no estoy literalmente escribiendo, con letras y signos de puntuación.
Una situación ilustrativa de lo que estoy contando sucede cuando me voy a la cama. Algunas veces caigo rendido nada más apoyarme en la almohada, pero otras tardo un poco más y comienzo a soñar despierto con algo que estoy escribiendo. De ahí salen grandes historias e incluso frases concretas que me satisfacen y que al día siguiente puedo transcribir con puntos y comas. Sí estas oraciones son muy redondas no puedo evitar repetírmelas a mí mismo en la cama tratando de mejorarlas todavía más o simplemente de memorizarlas para escribirlas al día siguiente. Esto es un gran placer para mí. Mi cabeza empezó sacando de sí misma algo para el papel, pero ahora estas historias inundan mi cerebro como si vinieran de algún otro sitio exterior con el objetivo de colonizarlo.
Añoro aquellos despertares de estudiante, en los que me quedaba en la cama mirando el techo, acompañado por mis pensamientos y ensoñaciones. Ahora no puedo hacerlo, tengo una familia en casa y me sentiría culpable, porque no es muy edificante que los hijos vean a su padre, que se supone que es un señor, levantándose cuando ya han acabado las noticias del telediario de las 3 de la tarde. Por supuesto que mi manera de pensar real no es así de espartana y respeto el derecho de cualquiera a levantarse cuando le parece, pero si quieren que les diga la verdad, me parece importante que mis hijos se levanten con ímpetus mayores que los míos y salgan de la cama como tigres dispuestos a completar sus obligaciones. Pero, es mi contradicción, yo sacaba en ese estado rezongón frases que me han acompañado toda mi vida y con las que yo mismo me he marcado mi modo de ser, para bien, para mal, o para nada. Pero han sido importantes para mí, y han tenido mucho que ver con mis escritos. Y es que hay algo importante para escribir: pensar. Darse tiempo para pensar. En libertad.
Pues todo esto está escrito o, mejor dicho, dictado mientras conduzco, hablando conmigo mismo, y no habría sido mejor si lo hubiera hecho sentado en mi escritorio. Y peor tampoco. No lo habría hecho. No estaba previsto hacerlo y no figuraba mi lista de cosas por hacer. La idea de toda esta parrafada es: hay que obsesionarse con lo que se está escribiendo, aunque esto puede no depender de ti. Y debes estar activamente “escribiendo” al despertar, al ducharte, al desayunar, al pasear, al ir en metro o conduciendo tu coche. Tienes que vivir la historia que quieres reflejar. Transformarte en tus personajes. Vivir sus escenas y sufrir o disfrutar sus vicisitudes. Esto es al menos lo que a mí me pasa cuando escribo. Y doy gracias por tener este don, tan justamente ridiculizado por la sociedad. El de ser un soñador.
¿QUÉ PASA CUANDO ESCRIBO?
A partir de ahora voy a empezar a hacer textos sobre esto. Textos, videos, audios… Y un libro. Lo que vaya saliendo será publicado. Una parte quedará a disposición del público y otra como contenidos cerrados, solo para suscriptores. Si te interesa y eres capaz de tomarte esto en serio manda un email a actividades@desafiosliterarios.com y en el asunto escribe ¿Qué pasa cuando escribo? Por un módico precio disfrutarás de todos mis contenidos, solo para suscriptores, o como se suele decir en internet, contenidos premium. Y por supuesto, mi libro ¿Qué pasa cuando escribo?
Y ahora, voy a seguir con esa escena que os he dicho antes que me ronda en la cabeza.
Hace frío, la verdad. Mi cabaña ofrece un aspecto acogedor que queda desmentido por el vaho que mi respiración desprende. Estoy incomunicado. La nieve no me permite ni abrir la puerta. Podría salir por la ventana, pero mi coche está cubierto bajo una espeso alud que por suerte no se ha llevado esta choza. Mi teléfono móvil parece tener una cierta cobertura intermitente, pero no logro avisar a nadie. Mis dedos tiemblan. Me cuesta telefonear. He echado ya los últimos troncos que tenía en la chimenea. Mantengo una llama suave para que no se consuma deprisa. Calculo que tengo fuego para una hora o dos. A partir de ahí, tendré que empezar a quemar las sillas.
Es tan bonita esta cabaña por dentro… A pesar de haberse quedado sin electricidad, y de estar tan oscura con este día horrendo. Pero la casa sigue preciosa, iluminada por la tenue fogata de la chimenea. Por ahora no tengo miedo. Hambre sí, ya son tres días… Ya tengo la primera silla preparada, con las patas rotas, listas para convertirse en combustible. Apenas hay algo de papel… Solo un periódico atrasado que he distribuido bajo mi camiseta y pantalones. Aísla muy bien del frío, esto ha sido una gran idea inspirada en los hombres sin casa que pasan las noches en los portales. Pero lo tendré que usar si me quedo dormido y las llamas se extinguen. Si el fuego se apagase… no sé si lograría hacerlo prender de nuevo. Quizás fuera haya doce grados bajo cero… Tengo helados los pies, pese a los mil calcetines que llevo puestos. Todo está muy húmedo. Necesito moverme, pero como tampoco he comido apenas… He abierto la ventana y he empezado a masticar y tragar las hojas de las plantas que tan cariñosamente viene cuidando la propietaria sobre el alfeizar. Muy bien no me siento.
Alquilé esta cabaña para estar solo escribiendo el Desafío Literario.
Quería aislarme… y sí que lo he logrado…
Mi portátil, como mi móvil se quedará pronto sin batería…
Lo peor del caso es que me voy a quedar sin mi sesión de hoy del taller de Enrique Brossa, por videoconferencia. Son unas sesiones magníficas y especiales. Si salgo de esta… creo que no desaprovecharé más mi tiempo. Escribiré más y me apuntaré a sesiones diarias de Enrique Brossa. Puede que dos o tres al día. ¡O cuatro! Y me convertirá en novelista. Me enseñará a expresarme como yo mismo soy. De momento voy a usar lo que me queda de batería para hacer el Desafío Relámpago.
Espero que no sea tarde, porque ahora lo veo todo claro. Escribir… Escribir es importante. Más que comer.
El policía más grande salió por la puerta, seguido por el otro, de aspecto más quebradizo, pero también más cruel.
– ¿Qué te pasa, Paco?
Paco volvió a tocarse el bigote y con cara de enfadado empezó a otear la calle por un lado y por otro, escudriñando a todos aquellos que pudieran estar parados. Su compañero Tito lo miró irónicamente. Paco le provocaba simultáneamente respeto y risa. Por un lado, era un gran tipo, un gran policía por muchos conceptos y en parte, Tito habría querido ser como él, fuerte y fiable, pero se sentía a su lado solo un pequeño pillo. Pero desde otro punto de vista, se burlaba de Paco. De las caras que ponía de duro cuando barría las calles con su mirada de águila para tratar de detectar el mal. Paco se sentía siempre protagonista de una película policiaca. Tito en cambio estaba frustrado. Ser policía para él era una mierda. Quería meterse cada día más dentro de un sindicato policial, para tener otro tener otro tipo de poder, más interesante. Además, los políticos no les dejaban hacer su trabajo. En vez de patadas en la entrepierna, acabarían repartiendo besitos a los delincuentes.
Paco siguió dirigiendo su aguda y recelosa mirada por las aceras, pero no vio nada sospechoso.
-Que qué te pasa, Paco.
Paco hinchó sus pulmones, contuvo la respiración y miró el cielo, que parecía una lata roñosa. Siguió haciendo esperar su respuesta a Tito, que esperaba con mirada irónica. Por fin, soltó el aire.
-Tenemos un día raro -dijo.
-¿Me quieres decir por qué no le has dicho al majadero del váter que está detenido y que salga o tiramos la puerta abajo?
-Ya te lo estoy diciendo. Tenemos un día raro. el cielo está raro, yo estoy raro, y… -por fin empezó a sonreír mirando a Tito- y no me digas que lo del tipo del váter no es raro.
-Sí que está raro el cielo, parece que vaya a nevar… Aquella nube parece un ovni. Igual es un marciano. Pero con tanta mochila… ¿Tú crees que un marciano vendría a la tierra con cinco mochilas y se haría fuerte en los váteres de este barucho? Será solo un tarado más.
-Seguramente. Pero ¿y las mochilas? ¿Qué hay dentro de esas mochilas?
Tito se quedó callado de pronto, como si le hubieran olvidado las mochilas. Pero reaccionó y le propuso tirar la puerta, que luego ya revisarían ellos todo.
Paco se lo quedó mirando inexpresivo, y Tito comprendió que se lo había pensado poco.
-Las mochilas… -dijo Tito tratando de adivinar lo que pensaba Paco- Pueden ser muchas cosas. Puede ser un terrorista. Un terrorista imbécil, porque… Puede ser alguien que está destruyendo papeles comprometedores en el váter… Puede estar deshaciéndose de un cargamento de drogas u otro tráfico prohibido…
-¿Qué otro tráfico?
-¡Yo qué sé, joder! Puede estar disfrazándose de fallera. ¡Yo qué sé! Puede estar convirtiéndose en vampiro.
– Lo mejor será hacer una llamada, como he dicho antes.
Tito se dio media vuelta y llamó a José Luis.
-¿Podrían cortarle el agua?
Las protestas de José Luis y Fermín no se hicieron esperar. Más cuando Tito era incapaz de explicar el porqué de aquella iniciativa suya. Pensó que el lugar en el que se había encerrado aquel tipo solo podía aportar dos cosas. Agua e intimidad. Quizás si le faltaba una de las dos cosas, optaría por largarse. Pero la teoría le pareció tan floja a su propio autor, que decidió no explicarla. Finalmente, José Luis accedió y tuvieron que cortar el agua a todo el bar, pues la llave de paso de los lavabos estaba justamente allí, bajo un lavabo.
Paco hizo su llamada. Cuando acabó estaba de mal genio.
– ¿Qué te han dicho?
– Que nos quedemos aquí.
– ¿Cómo que nos quedemos aquí?
-Que nos quedemos aquí y no hagamos nada.
-Vamos, Paco, no me jodas. ¿Y si es un terrorista cargado de bombas y muere toda esta gente? O peor. ¿Si solo es un idiota y por su culpa nos pasamos aquí todo el día?
-Que sea un terrorista no les preocupa, Tito. Al menos no tanto como que sea un okupa.
– ¿Un okupa? Vamos, no me jodas. ¿Un okupa que solo okupa un cuarto de aseo? ¿Domínguez te ha dicho eso?
-Domínguez está harto de tener problemas por enfrentarse a algún okupa porque el alcalde parece creer que son lo mejor de la sociedad.
-Pero, Paco, no le vamos a hacer caso, ¿verdad?
-Vamos a esperar…
– ¿A qué?
-Ya sabes que Domínguez pide permiso a la superioridad hasta para orinar. A ver qué le dicen.
Tito dio un fuerte puñetazo a la persiana y empezó a maldecir. ¡Esto era ser policía! ¡Esto era! ¡Tragar y tragar sapos cada día! Arriesgarse mientras otros inútiles que no sabían por dónde andaban les trataban a su vez como si lo tontos fueran ellos. ¿Un okupa de váteres? ¡Qué broma era esa!
José Luis se acercó y con modales exageradamente cuidadosos les preguntó a los señores policías si habían pedido refuerzos para sacar al estreñido del váter o le habían pedido permiso al Presidente del Gobierno. ¿Iban a venir los GEO?
-No podemos ni beber ni mear -apostilló Fermín.
Tito no dejó de darles la razón, mientras que Paco decidió que para estar en su lugar de policía perfecto no debía delatar lo que estaba pensando de su estúpido jefe.
-Ustedes lo ven absurdo y nosotros… nosotros nos tenemos que callar, porque es nuestro trabajo -decía Tito.
Poco a poco, el bar se iba llenando de mirones ya que el coche de policía aparcado en doble fila presagiaba acontecimientos. Gente que pedía un café como excusa para poder seguir allí, conociendo de primera mano lo que estaba sucediendo. Jubilados que solían «supervisar» la zanja abierta en la calle para instalar la tubería del gas, habían visto el coche policial y allí estaban encantados de verlo todo en primera fila. Fermín les instaba a pedir para que José Luis viera que hacía lo posible para aumentar el negocio. Al menos estaban saliendo cortados y cigarrillos de la máquina expendedora.
Habían pasado más de dos horas y media desde que todo el incidente había comenzado. Paco, seguía más preocupado por lo que pasaba en el exterior, siempre en la puerta, revisando los coches aparcando con alguien dentro. Disimuladamente empezó a hacer fotos con su teléfono. Tito lo vigilaba:
-¿Pero qué narices buscas, Paco?
-Hazme un favor. No te muevas de al lado de la puerta del servicio y trata de escuchar todo lo que sucede ahí.
No se oía absolutamente nada. José Luis preguntó:
-¡Eh, oiga! ¿Va usted a salir?
El público se calló de inmediato para poder escuchar la respuesta del extraño del váter.
-Sin duda, sin duda… Pero bueno, ahora mismo, no.
La gente se reía mucho. Algunos jubilados no lo habían oído bien y preguntaban al anciano de al lado, menos duro de oído y el otro se lo contaba admirado por la incomparable dotación glandular de quien así respondía, muy refinadamente, «sin duda, sin duda».
Cuando las risas ya se estaban calmando, añadió el hombre.
-Créanme, no les engaño. Al final saldré. Lo que pasa es que ahora mismo no voy a salir.
Tiito fue a hablar con Paco. Aquello era un ridículo de dimensiones históricas. Era como para dejar la pistola y la gorra allí mismo y largarse. En el sindicato lo contaría y… De pronto se calló.
-Ay, Tito, qué día tan raro. A ver si rompe a llover de una puñetera vez. Yo creo que es este cielo tan extraño, que nos vuelve a todos idiotas.
-Paco, demos publicidad a esto.
-Eso no nos corresponde.
-A nosotros no. ¿Pero a tu amiga, la rubita del telediario?
Se miraron los dos. La rubita era una amiga de Paco que habían conocido cuando ella informaba de un suceso callejero en el que Paco estaba asistiendo. Si eso salía en informativos, algún idiota tendría que tomar una decisión.
-No sabía que tú pensabas, Tito. Lo has estado llevando en secreto todo este tiempo. ¡Tú piensas! No nos habíamos dado cuenta nadie. De verdad que no sabía nada de que tú hicieras eso. Si decimos que ha venido la prensa, tendrán que tomar decisiones. Hoy has desayunado bien.
-¡Venga, genio, llámala tú! Voy a la puerta del servicio.
Llamó a la periodista rubita y le dijo que esas cosas estaban bien para el noticiario local, donde aprovechaban cualquier cosa para convertirlo en noticia. Ella dudó al principio.
-Un tío que tarda en salir de un bar…
-Un tío que no sale ni por orden de la policía y que está encerrado con cinco mochilas de las grandes.
Pero debía ser secreto que él la había llamado. Diría que se había enterado por casualidad.
Más de tres horas habían pasado. Hasta los jubilados se aburrían de tanta inacción. Pero llegó la rubia y un cámara y el ambiente se electrizó. Todo era más importante si salía en la tele. Ella iba a darle dos besos a Paco, pero él la detuvo disimuladamente.
-Ahora no nos conocemos.
Fermín le dijo a su suegro que les iba a ofrecer unos cafés a los dos policías, a ver si así les salía algo de nervio a esos cachazas.
A los pocos minutos Fermín fue con un café a la puerta para ofrecérselo a Paco, y se cruzó con la periodista.
-Éramos pocos y… -dijo Fermín.
-Hay que ver, cómo se enteran de todo, los reporteros estos…
-Una cosa, agente. Si el dueño del bar, mi suegro, decide darle una patada a la puerta, que es su puerta -dijo marcando mucho el «su»- de su baño., de su bar… ¿Verdad que nadie se lo puede prohibir?
Tenía que decírselo, aquello no podía seguir así.
-Por favor, abra la puerta.
Pero él continuaba en la misma linea.
-Lo siento pero no puedo.
-Oiga, que abra inmediatamente. ¿No ve que esta situación es absurda?
-Mire, será absurda pero no pienso salir.
-Pues llamaré a la policía.
-Muy bien, llame, llame.
El problema había empezado más o menos así:
José Luis tenía una cafetería.Una del montón de cafeterías del centro. Aquel día había llegado un tipo de aspecto más o menos normal con una gran mochila de montañero. Pidió un café con leche y lo pagó antes de tomarlo. Al poco tiempo llegaron otros cinco amigos con sus mochilas, llenas hasta los topes. Las mochilas sí que parecían para el campo, pero ellos iban vestidos de ciudad, uno hasta con traje y corbata. El que había llegado primero se metió en el lavabo. Al cabo de un rato fueron el segundo y el tercero y volvieron en pocos minutos sin las mochilas. Entonces fueron el cuarto y el quinto. Se supone que dejaron las mochilas en los servicios y salieron.Pero el primero no salía.
-Oiga, ¿Por qué dejan tantas mochilas en nuestro cuarto de aseo? ¿Piensan poner una bomba?
-No señor, no se preocupe por eso. No tiene por qué explotar nada.
-Me alegro mucho. ¿Entonces? He contado 5 mochilas.¿Qué están haciendo ahí?
-Son para nuestro amigo.
-¿Y por qué tiene que meter las mochilas su amigo en nuestros servicios? ¿Es que se va a instalar en el retrete? -dijo José Luis tratando de impostar un sentido del humor castizo.
-Yo no lo entiendo muy bien, pero ha elegido sus aseos.
-¿Pretenden ocupar mi bar?
-No. En todo caso, solo sus lavabos.
-Ah. ¿Sí? Ya me están empezando a tocar las narices todos. Que salga de ahí de in mediato, que lo más suave que se me ocurre es llamar a la policía.
-Pues llame. Hará muy bien. Yo si alguien acampase en mi cuarto de baño llamaría a la policía.
-¿Y entonces por qué le ayuda? ¿Se está burlando de mí?
Aquel insensato comenzó a argumentar sobre la amistad y la filantropía. ¿Acaso hay alguien que no tenga algún amigo un poco loco pero al que en todo caso ayudaría porque la amistad en la vida era como…
-¡Mire, no me diga más sandeces!
-¡Eh, un poco de respeto!
-¿Un poco de respeto? ¡Respeto a nosotros! Saquen inmediatamente al del váter, que no estoy para muchas tonterías.
José Luis se acercó a la puerta y golpeó rabioso con los nudillos.
-Oiga, le doy dos minutos para salir de los aseos con todo ese equipaje que han metido.
Una voz se oyó del otro lado de la puerta.
-Eso no va a pasar por ahora.
-¿Cómo dice?
-Que por ahora no.
-¿Se encuentra bien?
-Bueno, sí, no me pasa nada. No es un lugar muy cómodo, pero sí, estoy bien.
-¿Cómodo? Tiene un minuto para salir o llamo a la polícía.
-No, mire, es que por ahora no voy a salir.
-¿Le pasa algo?
-Por ahora no.
-¿Por ahora no? Por ahora voy a llamar al 091.
-Bueno.
José Luis sacó su teléfono y unos instantes después empezó a dar explicaciones a algún policía.
-No, si mucho tiempo no llevan, pero es que dice que no piensa salir por ahora. Han metido allí cinco mochilas… ¿Cómo que les deje? A ver si van a ser terroristas y va usted a tener toda la responsabilidad de lo que pase aquí por no hacerme caso. ¡Oiga, que no quiero calmarme!
De pronto, al ver que los amigos del presunto okupa salen a la calle les increpa.
-Eh, ¿a dónde creen que van?
-A nuestras cosas. No hemos tomado nada.
-Nos tenemos que ir. Hay que trabajar. No se preocupe tanto, que no es tan grave.
José Luis estaba pensando que todo sería una broma. ¿O nos estábamos volviendo todos locos?
Fermín, el yerno de José Luis, en paro, estaba ayudando en la cafetería y decidió que como macho joven que era, debía tomar cartas en el asunto en apoyo de su suegro. Fermín no sabe nada de hostelería y para sentirse más experto, lleva siempre un trapo en el hombro porque piensa que eso le da un aire de camarero de los de toda la vida. Su suegro no lo traga y lo mira con escepticismo. Realmnte José Luis querría que Fermín trabajase en cualquier otro sitio que no fuera su bar. El joven se echó impulsivamente el trapo a la espalda como quien se azota por los.pecados del mundo, o como si quisiera sacudirse una avispa. Con andares de matón se acercó a la puerta de los servicios y llamó con enérgicos puñetazos. Entre tanto, toda la clientela se había percatado del asunto. Algunos se iban yendo, ya que el público era en general empleados en las oficinas de la zona. Otros parecían muy interesados en el asunto.
-¿Oiga? -dijo el yerno.
-¿Sí, dígame?
El tono de ese «sí, dígame» hizo sonreír a muchos clientes, que estaban atentos, ya que parecía una llamada de teléfono, pero en realidad era una conversación a los lados de la puerta de un váter.
-¿Podría salir, por favor? Hay más gente que necesita usar los servicios.
-Ya…
-¿Podría salir?
-Pues… Es que ahora mismo está ocupado.
-Claro. Por eso lo digo. ¿Podría salir, por favor?
-¿Cómo dice?
-Qué si podría salir ahora mismo, ya, del servicio
-¿Cómo?
-¿Qué si podría salir ya del servicio?
-¿Eh?
-¿No me oye bien?
-Pues no mucho.
-¿Quiere salir?
-Pues… por ahora no.
-¿Cuando va a salir?
-No le sé decir.
El suegro se irritaba más aun:
-¿No ves que se está riendo de ti?
El yerno ya vio que no seria fácil ganarse a Jose Luis con ese gesto de apoyo que estaba intentando. Se cambió el trapo de hombro y prosiguió.
-Yo se lo aconsejo, porque va a venir la policía.
-Bueno.
-Las puertas son caras…
No hubo contestación.
-Si tenemos que echar la puerta abajo la pagará usted. Y son caras.
-Depende de dónde la compre… Ya le daré yo una dirección de unos tíos que conozco. Son baratos y trabajan bien.
-A mí no. La tendrá que pagar usted.
-No sé.
José Luis estaba cada vez más alterado:
-¿No ves cómo se está cachondeando de ti? ¿Es que no lo ves? Hasta se están riendo los clientes.
¿La gente opinaba. ¿Cómo era posible que hubiera tanto loco suelto?
Llegó la policía. Dos guardias uniformados saludaron y empezaron a preguntar a Fermín hasta que Jose Luis se interpuso.
-Buenas. José Luis Domínguez, propietario del establecimiento. Gracias por venir.
-Para eso estamos.
Se acercaron a los servicios.
-Buenos días. Somos de la policia.
-Encantado.
-Nos han dicho que usted se esta negando a abandonar estos servicios. ¿Es correcto?
-Por ahora, voy a seguir. No es que no quiera salir. Ya saldré, eso seguro, pero más adelante.
-¿Nos puede decir por qué no sale ya?
-No, no me apetece mucho hablar de eso ahora.
-No es cuestión de que le apetezca. Somos la policía y si no me responde ahora se lo preguntaré en comisaría. ¿Lo entiende?
-Creo que sí.
-Pues responda ya, por favor.
Silencio.
-¿Oiga?
-Es que… No me parece necesario.
Al oír esto, Fermín hace un gesto con el puño, dando a entender que le daría una paliza. José Luis se acerco a los policías y les preguntó qué les parecía semejante caso.
-Pues qué le vamos a decir nosotros. Si supiera la cantidad de locos que vemos cada día…
-¿Y ahora qué?
-Pues ya le hemos dicho que salga.
-¿Y si no sale? Vamos, ya ve lo que dice, que no va a salir.
-Dice que por ahora no. Quizás le ha pasado algo, puede que esté indispuesto.
-¡No, no, no! -se desgañitaba José Luis, desesperado- Le digo que han venido unos individuos con él y le han metido allí cinco mochilas de montaña. Es algo preparado, no sabemos para qué. En cualquier caso, esto es privado, y ese tipo tiene que irse.
-Comprendo.
-Oiga, no me diga que lo comprende. Dígame qué narices van a hacer.
El policía más mayor se acarició el bigote con un dedo.
-Lo primero que vamos a hacer es una llamada de teléfono.
CONTINUARÁ
SI TE INTERESA ESTA HISTORIA, VOTA CON ESTRELLAS ROJAS EN LA WEB Y CON «LIKES» EN FACEBOOK.
Si vemos pocas estrellas, interpretaremos que esta historia no os interesa. Gracias.
Era la tercera vez que me llamaban por teléfono y al final, de mal humor, contesté a la llamada. ¡Rarísima era la cosa! Un hombre que decía ser comisario de la policía me contaba que había una oleada de crímenes y que querían hablar conmigo.
-Pues yo no he sido.
-Solo le digo que necesito hablar con usted.
-Pero si es que no he estado para crímenes en toda la mañana, de verdad. No sabe todo lo que tengo que hacer…
Un silencio largo de mi interlocutor me hizo ver que él se lo estaba tomando muy en serio.
-Venga y se lo explicaré todo- me dijo finalmente.
Al llegar a comisaría y preguntar por el comisario Escoriaza me dijeron.
-LLega tarde. Hace rato que le estamos esperando.
Salió el tal Escoriaza, que parecía un tipo muy activo y de expresión severa.
-¡Vamos!
Ese fue su saludo. Le seguian 3 policías de uniforme. Montamos en un coche.
-¿Puedo saber a dónde o es una sorpresa?
-Las dos cosas.
-No entiendo.
El malcarado comisario replicó.
-Puede saber a dónde vamos. A ver un hombre que acaba de ser asesinado. Pero creo que será una sorpresa para usted.
Me clavó su mirada de poli duro de película y yo le respondí arqueando las cejas impasible. Era evidente que no nos haríamos amigos. Las personas que ponen las cejas en diferentes posiciones nunca se llevan bien. Las suyas clavadas en dirección a su nariz, son concentradas, amenazantes y acusadoras. Las mías, abiertas hacia mi frente, son de inocencia, resignación y despiste.
Cruzamos la Gran Vía, que es una calle perfecta para una historia de película. El cielo estaba plomizo y comenzó a gotear lentamente. Mi nariz en lo más parecido a un higrómetro. Mide la proporción de vapor de agua en estornudos, y aquella mañana la atmósfera registraba una humedad diez estruendosos estornudos, lo que equivale a un 90%. El coche dobló algunas calles del centro. Paramos junto a la entrada de una casa. Parecía una vivienda normal, pero estaba llena de policías que iban saludando al malhumorado Escoriaza.
En el ascensor antiguo de madera, yo seguía estornudando y moqueando con gran facilidad y desenvoltura y el comisario me miraba con desprecio, como si pensase <<qué asco de tío, cómo estornuda>>
-Espero que no le maree la sangre- dijo lacónico, y sin esperar comentarios por mi parte abrió la puerta del ascensor. Entramos en una casa donde había policías buscando indicios por todos los rincones. Hasta que por fin, en el salón vi el cadáver. Estaba en un sillón orejero, la boca muy abierta, los ojos mirando al techo, horrorizados. Murió tratando de separar del cuello el cable del ordenador portátil con el que sin duda había sido estrangulado. No solo eso. El portatil lo tenía clavado en la cabeza, como si fuera una de esas grandes crestas que se ponían los punkies.´La sangre cubría su cara y su camisa.
Mientras yo miraba todo eso atónito, Escoriaza me observaba, como tratando de deducir de mi rostro mi reacción involuntaria ante una imagen así de dura.
-¿Qué me dice?
-Que yo conozco a este hombre -le respondí.
-Lo sé. Por eso le he traído.
Y mientras miraba él también el cadáver, añadió.
-Dígame algo más que yo no sepa.
-Creo que es un asesinato, comisario.
Giró lentamente la cabeza para mirarme y decir:
-No me diga…
-Si, sí, seguro. Esto no es un accidente. El era muy cuidadoso siempre con todo lo de la informática.
El policía cerró los ojos y se frotó la frente. Parecía muy estresado.
-Este es el quinto muerto aparecido en tres días con el ordenador clavado en la cabeza. Y hemos detectado que todos estaban leyendo los relatos del desafío espeluznante de su página: desafiosliterarios.com
-Dios mío, ¿eso me convierte en sospechoso? Yo no he sido. Hoy estoy muy liado, ya se lo he dicho, y además con un catarro tremendo. ¡Como para irme por ahí a matar a nadie!
Un hombre que estaba junto a Escoriaza apostilló.
-Por el momento no hemos encontrado ningún moco del sospechoso junto al cadáver, comisario.
Escoriaza parecía no escuchar a su ayudante.
-Brossa, tú sabes algo. ¡Habla!
-Miren, estamos votando estos días para elegir el ganador del Desafío Espeluznante. Hay un yate de no-se-cuantos metros de largo en juego. Lo más seguro es que alguien esté tratando de eliminar a los candidatos mejor situados para obtener el premio. Así que el asesino será un escribidor de relatos de terror.
-Oiga, Brossa. ¿No le parece que esta historia tiene más de novela negra que de terror?
Me quedé pensando un instante.
-¡Vaya! Tienen razón. Eso podría ser un indicio. Mi recomendación es que se registren GRATIS en desafiosliterarios.com y que busquen en el menú el Desafío Espeluznante. Allí encontrarán unos relatos estupendos. Pueden votar también y quizá eso les permita descubrir este terrorífico misterio.
A modo de despedida, Escoriaza sacó una tarjeta y me dijo:
-Bien. Si se le ocurre algo más que nos pueda ayudar aquí tiene mi…
Le interrumpí con una nueva serie de estornudos estruendosos. LLovía como en las monzónicas. Humedad del 100% son más de veinticinco estornudos seguidos, así que me despedí agitando su tarjeta con la mano ya que con la otra estaba buscando un kleen-ex desesperadamente por alguno de mis bolsillos.
De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.
OREMOS TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.
Que nos proteja el Señor
de quienes necesitan creerse más listos,
porque no lo son.
Que no nos hagan impacientarnos,
ni perder los modales.
Que no nos guarden rencor
por darnos cuenta a nuestro pesar,
de cómo son.
Que no nos calumnien para justificar
su comportamiento impresentable
TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.
Señor,´Tu que reinas en los valles,
Tu cuidas de los peces y los ríos,
Tú que cruzas junto a nosotros el desierto.
Tú que velas por nuestros rebaños,
Aléjanos, Señor, de todos los listos
Auséntalos de nuestros desafíos.
TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.
Que nos proteja Dios,
o el Estado central,
o la administración local.
Allá cada cual con su credo.
Pero que nos protejan a todos,
que todos estamos expuestos,
TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.
.
Apárta. Señor, a esta gente que no rectifica
Solo descansaré de ellos
cuando salgan de mi vida o mi camino.
Los detectaré deprisa y huiré corriendo,
Cerraré la puerta de mi casa
clavando tableros
como si esperase al huracán Katrina.
TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.
No es cierto que un malo listo sea más peligroso.
Un simple que va de listo es mucho peor.
Te vas a exasperar preguntándote
¿Pero cómo se puede ser así?
Cualquier indulgencia por tu parte,
no la verá como una oportunidad regalada,
sino como una debilidad tuya.
TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.
Como un mosquito,
o lo aplastas, o te pincha,
no se le ocurre más.
Estorbar les alimenta.
La ínfima sangre que te quitan
a ti te sobra.
Tú les darías más.
Pero con razón se la niegas
porque te la quiere hurtar.
TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.
Con más información que cultura.
Mucha autoestima y poco respeto a los demás
Demasiado orgullo y escasa dignidad.
Con más determinación que inteligencia.
Mucha cabezonería pero poca cabeza
En vez de ambición, avaricia.
Y menos educación que afán.
Todo lo arruinan para si mismos
y para los demás.
Su pasado es tierra quemada.
No les mueve la lógica,
sino la pequeña ventaja.
El fracaso continuo no les hará cambiar.
TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.
Que nos proteja el Señor
de quienes necesitan creerse más listos,
porque no lo son.
Que Yahvé nos arme de paciencia,
o mejor… que nos la quite de golpe,
Y así les mandemos a todos a tomar
Y ya que nos dejen en paz..
TODOS: De los simples que van de listos, que Dios nos proteja.
Amén.
Parece mentira que en aquella época pudiera yo vivir semejantes momentos de peligro. Lo primero que recuerdo como becario de periodismo gráfico es que prácticamente no hacía más que fotografías de mesas y de atriles. Desde tales muebles, ejecutivos de tercer nivel de empresas de mayor o menor pelaje transmitían en ruedas de prensa información sobre una nueva crema antienvejecimiento, un nuevo juego electrónico, un nuevo partner publicitario… Cosas así. Ese vago glamour que la gente atribuye a las ruedas de prensa desaparece rápidamente cuando asistes a dos o tres de ellas. Son casi siempre convocatorias corporativas tediosas y sin ningún interés. Como becarios que éramos, nos mandaban además a presentaciones de poca monta. Yo no tenía ningún interés en aquello. Frecuentemente la información que traíamos a la oficina no encontraba ningún hueco y simplemente era borrada. Los comerciales de publicidad rogaban que no se publicasen esas noticias, salvo las de compañías que insertasen anuncios de verdad, de los que valían dinero.
A todas estas reuniones yo acudía cargado con mi cámara más voluminosa y una enorme mochila repleta de accesorios, que me había comprado al acabar mis estudios con un dinero de mis padres, por unos 8.000 euros. Algo verdaderamente estrafalario. Realmente lo que llevaba era como una especie de estudio fotográfico ambulante, siempre soñando con un golpe de suerte. Quizás encontraría por ahí una top model a la que le haría el mejor book de su vida, además de otras cosas, ya puestos a soñar. ¡Aquel pesado y enorme macuto lleno de chismes caros útiles para nada! Siempre conmigo por si acaso surgiera la oportunidad de estrenarlos. En parte, era mi inseguridad la que me hacía acarrear aquel peso, en la idea de que esos cachivaches impresionarían y me harían pasar por un gran profesional. Pero siempre había algún colega impertinente que me hacía alguna pregunta:
-¿Vienes conmigo a la rueda de prensa o vas a escalar el Everest?
-Muy gracioso. Mí mochila resucita el humor español y eso es bueno.
-Es que no te falta más que la cantimplora y el saco de dormir -apuntaba otro tratando de explotar la veta cómica descubierta por el colega anterior.
-Ni los fotógrafos de boda, que cobran seis veces en dos horas lo que tú en un mes de becario, necesitan todo eso.
Siempre acudía a las reuniones con algún compañero licenciado en periodismo. Casi siempre eran chicas. No duraban mucho en la empresa, pero todas entraban dispuestas a matar por lograrlo. Solía clasificarlas en función de sus características más sobresalientes en tres grupos distintos: o eran muy espabiladas, grupo uno, o estaban muy buenas, grupo dos, o ambas cosas a la vez, grupo tres. Esto era para mí tremendamente mortificante ya que todas ellas me gustaban, incluso las feas espabiladas. Pero la sensación con la que volvía de todos estos acontecimientos periodísticos irrelevantes era de total fracaso personal y profesional. Ellas trataban de portarse como si fueran Mary Taylor Moore y yo fuera “Animal”, el de las fotos. Me veían como de casta inferior. Yo no lo entendía. Cuando conocía una chica fuera del ámbito del trabajo y le explicaba que era reportero gráfico… la chica caía. Pero en cambio, con periodistas, no presentaba yo un perfil estadístico muy boyante.
A veces ellas se hacían las interesantes formulando preguntas que suponían un esfuerzo titánico e innecesario para sus neuronas, puesto que generalmente no tenían ni remota idea de lo que preguntaban y mucho menos de lo que se les respondía.
Recuerdo por ejemplo aquella ocasión en la que una pequeña entidad financiera, el Banco de Negocios Privados, decidió convocar a los medios para explicar que había implantado tres oficinas más en Madrid y de paso comunicar los resultados del primer trimestre. ¿Cómo podían llamarnos para explicar cosas tan aburridas?
Mi compañera Susana, era novata, del grupo tres, buenorra y espabilada. Pero novata, novata, novata, como para repetir lo novata que era cuarenta veces más y quedarse corto. Parecía que no se estrenase en la profesión sino que era recién llegada al planeta. Siempre preocupada por tonterías cuando estábamos en la oficina. Y fuera también. Levantó la mano y lo primero que preguntó fue si podía hacer preguntas. Una vez que le confirmaron que ya las estaba haciendo, y que terminó el murmullo de risitas de sus colegas, mi compañera de un modo muy pomposo se presentó.
-Susana López, de Teleglobo Universal 21.
El comunicador sacó su labio inferior como para beber agua de lluvia y asintió varias veces con la cabeza. ¡Casi nada! De nuevo hubo un murmullo de risitas.
Entonces Susana, preguntó por la evolución de los precios de los alquileres de pisos. Al parecer el speaker había usado la palabra inmobiliario y a ella eso le suscitó tal pregunta. El comunicador, extrañado, le hizo repetir la pregunta, totalmente ajena a la temática de la presentación. El ejecutivo respondió que hacía varios años que no buscaba alojamiento. ¿Alguien en la sala estaba al corriente de los precios de los alquileres? ¿Estaba ella buscando piso? Risitas entre los asistentes animaron el ambiente.
¿Alguna pregunta más que sí que tenga que ver con el Banco de Negocios?
Las risitas volvieron a animar la sala. Ella acertadamente se sintió en ridículo y se volvió rápidamente a mirarme. Me pilló riéndome y su mirada parecía encerrar una dura advertencia. Yo decidí disimular por vergüenza ajena y para ello, saqué de mi mochila algunos de los cacharros que se podían acoplar a mi cámara como si tuviese necesidad de ellos. Comencé a rebuscar en mi mochila y como estaba de pie, algunos de los asistentes al acto, me seguían con la mirada sin que yo me diera cuenta. Como emulando el bolso de Mary Poppins de mi mochila iban saliendo cosas, y más cosas, que parecía imposible que cupieran. Entre ellas, un trípode telescópico de 1,60, que se desplegó él solo a medida que yo lo sacaba del macuto, como hacen los magos extrayendo una barita mágica de un pañuelo. La gente, creía estar alucinando y todos empezaron a reírse de nuevo de mi show de prestidigitación.
El orador se sintió molesto de que le robaran la atención de su público.
-¡Perdona, joven! Como hemos dicho antes no es necesario que hagan fotos porque, en el dossier que les vamos a entregar, tienen varias a elegir en un pendrive junto con la información correspondiente.
-Ah, vale, vale, -balbuceé yo.
-¿De qué medio es usted?
-De Teleglobo Universal 21.
-¡Ah, qué coincidencia! ¿Como la señorita que ha preguntado antes por los alquileres?
Entonces la sala se llenó de carcajadas estruendosas. Habíamos logrado establecer en poco tiempo que éramos del canal de televisión que mandaba a los becarios más estúpidos a las ruedas de prensa más anodinas.
Puede parecer contradictorio que diga que mis compañeras eran muy espabiladas y que cuente una anécdota de idiotas. Pues la verdad es que en la mayoría de los casos muy inteligentes no eran, pero insisto en que sí que eran muy listas. Siempre se quedaban con los regalos que suelen hacer las empresas en las ruedas de prensa para ganarse a los periodistas. Normalmente no eran cosas sumamente valiosas, pero fuera como fuera siempre se lo acababan metiendo en el bolso. Y eran muy activas criticando a todos en la máquina de café de la oficina.
Comimos juntos ella y yo en un restaurante de menú para empleados. Parecía tener cada pelo en su sitio, perfectamente pintada y arreglada, y aunque yo traté de ser simpático, ella tenía esa expresión agresiva de las personas competitivas que te hacen reconocer que su actitud respecto a ti responde a una decisión que ya ha sido tomada y que por lo tanto hay poco que puedas hacer al respecto. Fuimos después a otra rueda de prensa de viajes El Lince. Otro dossier, y otro pendrive con textos e imágenes… De regalo unos bonos de hotel que se quedó ella… Quise justificar mi presencia y la de mi voluminosa mochila de accesorios de fotografía tomando algunas imágenes. Como siempre yo estaba de pie y ella estaba sentada tomando notas en el Bloc y bolígrafo corporativo con el que también obsequiaban a todos los periodistas. Ella al ver que sacaba mis teleobjetivos, muy totémicos ellos, me chistó.
¡No hagas fotos! Ya nos dan ellos. ¡Por favor, no empieces otra vez!
Yo insistí para no tener que volver a la oficina sin ningún trabajo realizado. Entonces ella interrumpió al orador y preguntó.
Perdón. ¿Es necesario hacer fotografías?
-Naturalmente que no. Os vamos a dar un pendrive con las imágenes de nuestras modelos salpicándose gotitas de mar en Copacabana y seguro que despertarán mucho más interés en vuestros lectores que un tipo medio calvo y feo como yo -dijo el empalagoso directivo de El Lince, tratando de parecer muy agradable.
A regañadientes metí de nuevo todos mis cacharros en mi “zurrón” y noté qué la gente me estaba mirando y que eso estaba distrayendo también al responsable de comunicación. Decidí sentarme en una silla que quedaba vacía en la segunda fila, justo delante de Susana que estaba en la tercera.
Acabó la bendita rueda de prensa de Viajes El Lince. Salí de allí con una gran sensación de aburrimiento. Entramos juntos en el Metro, camino a las oficinas. Ella estaba a mi derecha, callada, como si no supiera que yo estaba a su lado. Los asientos del vagón miraban hacia las ventanillas. En ellas, su cabeza de lista, tonta y sexy se reflejaba de un modo que uno no podía dejar de mirar. De vez en cuando, algún tipo de mala pinta tenía que sentarse en los asientos de enfrente y me privaba de seguir recreándome. Entonces yo me inclinaba ligeramente hacia ella hasta que recuperaba la visión. Creo que me pilló mirando su reflejo en el cristal al menos dos veces. Ella volvió la cara, como contrariada. Sacó su teléfono y no dijo palabra hasta que la vi sonreír, muy atractiva, reflejada en la ventanilla entre dos cabezas de dos adolescentes que le miraban las piernas y comentaban. Me pareció que quería que me diese cuenta de que algo le parecía muy divertido, pero yo estaba receloso, o rabioso y decidí no preguntar nada para fastidiarla un poco. Sin embargo, ella no tardó en hablar.
-Mira qué guapo.
Era yo. Me había tomado algunas fotos. En casi todas yo estaba distraído, claro, no tenía motivo para otra actitud. Pasó unas cuatro fotos mías y luego vi que había tomado varias de toda la reunión.
–¿Has hecho lo posible para que no haga fotografías y luego te has puesto a hacerlas tú? ¿Qué pretendes?
-Es que he pensado que no quedaba muy bien que volvieras al trabajo sin haber tomado una sola imagen. ¿No decías eso? Habrás visto que casi todos las hacen con su móvil. Si quieres yo te las paso y cuando lleguemos a la oficina, di que son tuyas. Mi móvil las hace muy bien y sin tanta parafernalia como la que arrastras tú.
Le dije con orgullo que no iba a presentar como mío un trabajo que no había hecho yo. Ella con una sonrisa dijo:
-Como quieras.
Estaba claro que le daba igual. Porque, aunque no aceptase caer en su trampa, realmente había caído ya.
Cuando llegamos a Teleglobo Universal 21 la espabilada Susana supo rápidamente adelantarse a cualquier comentario que yo pudiese hacer respecto a lo ocurrido, aunque realmente no pensase contar absolutamente nada. Pero vi cómo se introducía en el despacho de nuestra jefa y me di cuenta de que tenían un trato de mayor confianza de la que podía suponer. Se sonreían mucho. En un momento me miraron y bajaron la voz. Segundos después cerraron la puerta de cristal, y eso me provocó una sensación desagradable en el estómago. Cuando se cerraba una puerta era que algo generalmente relacionado con ascensos o despidos se estaba cociendo.
Yo me senté junto a una mesa que no era de nadie y dejé mi mochila sobre ella. Con mi teléfono comencé a buscar algo. Al rato la puerta de cristal se abrió y salió Susana muy sonriente, que pasó por mi lado sin mirarme. Nuestra jefa me llamó y me ofreció asiento frente a su escritorio.
-Quería decirte que vamos a prescindir de ti por ahora. Tu perfil es sumamente interesante, pero por ahora no necesitamos alguien como tú para ir a esas simples ruedas de prensa. Estás sobrecapacitado. Yo creo que alguien tan bien equipado como tú -la muy hija de su madre se estaba burlando de mi equipo- es más adecuado para trabajos de tipo artístico quizás, que para el periodismo de comunicación corporativa. Ya sabes que nuestro grupo tiene algunas revistas también… En fin, si sale otro tipo de oportunidad laborar que yo me entere, tengo tu currículum. Pero aquí no aprenderías gran cosa en ruedas de prensa, y no puedes tampoco llamar sueldo a lo que ganas como becario. Perderías tu tiempo.
-De acuerdo -dije lacónicamente.
-Lo siento.
-No te preocupes -yo ya estaba de pie y con cara de indisimulado rencor.
-Ya sabes, si necesitas referencias…
-Ya, ya, ya… Hablarás de mí de maravilla.
Salí del despacho a recoger mis cosas. Vamos, mi macuto. Y en ese momento una chica llamaba a mi ya exjefa.
-¡Lidia, Lidia! ¡Tiroteo en plaza Arroyuelo Azul, 23! Aquí a la vuelta de la esquina. Dice Martínez que mandes a alguien de inmediato a cubrir la noticia.
-¡Pero si eso está a dos calles de aquí mismo! No tenemos a nadie ahora, todos los equipos están fuera.
-¿Y los becarios?
-¿Pero cómo vamos a mandar a esos pobres? ¡Dios! Susana, Alberto, venid, por favor.
Susana estaba mostrando su mejor actitud al segundo, pensando que tenía ante sí una oportunidad. Pero yo no iba a hacerle caso.
-Alberto, ven un momento tú también, por favor.
Acudí de mala gana.
-¿Alberto, tienes cámara de vídeo en tu equipo o solo de fotos?
-Claro que llevo vídeo.
-Tienes que ir con Susana a cubrir una noticia muy importante. Rápido.
Yo sonreí.
-Lo siento, pero yo ya no trabajo aquí. Hasta luego, chicas.
-Alberto, por favor, te lo ruego.
-Pues mira, no pienso ir a arriesgarme en un tiroteo por un salario de becario, en una empresa de la que me acaban de echar.
-Es una oportunidad para ti. ¡Demuestra que puedes hacerlo! Hay gente allí que se está muriendo en este momento.
-Pues necesitan un médico, no un periodista carroñero y un fotógrafo.
Sin alterarse, Susana dijo:
-Creo que con lo de carroñera está hablando de mí.
-¡Alberto, no seas tonto!
-Claro que voy a hacerlo. Iré como freelance y se lo venderé a quién lo quiera.
-Nadie te lo comprará, Alberto. Tráemelo a mí que quizás yo sí que te lo pueda pagar.
-¡Adiós chicas!
Salí de allí con la satisfacción de un torero dando la espalda a la res ante el aplauso del público.
Fui a buen paso a Arroyuelo Azul 23. Me costó menos de un minuto llegar. La mañana era muy gris, como preludiando una gran tormenta. La gente miraba escondida tras las esquinas. Me dijeron que alguien estaba disparando a los transeúntes desde algún balcón. Una chica había sido malherida y la estaban atendiendo. Pero otro hombre bastante gordito estaba inmóvil tirado en la plaza sin que nadie se atreviera a rescatarlo del tiroteo.
Abrí por fin la mochila y me preparé para captar al hombre tendido en la calzada. Efectivamente, era muy obeso. Seguramente le falto agilidad para escapar después del primer disparo y le sobró contorno para poder evitar ser el siguiente blanco. El zum me permitió ver que tenía dos disparos. Podía ver la sangre brotar. Se apreciaba que aun respiraba y con bastante agitación. La mirada estaba perdida, pero parecía estar consciente todavía.
-¡Alberto!
Era Susana.
-Déjame en paz, lárgate.
-Yo no quería que te echaran. Traté de convencer a Lidia, pero la decisión debía de estar ya tomada, de verdad. Te lo juro. Hasta dije que las fotos de mi móvil me las habías pasado tú.
-Eres una perra, déjame en paz.
-Lo mejor es que hagamos este trabajo juntos. Es nuestra oportunidad.
-¡Que me dejes en paz y te largues!
-Pareces un niño.
Susana se fue. Yo seguía filmando la respiración de aquel pobre hombre y de vez en cuando trataba de descubrir el origen de los disparos apuntando con mi teleobjetivo hacia las ventanas. De pronto noté movimientos a mi izquierda y volví la cara instintivamente. Era otra vez Susana. Se estaba ahuecando la melena y pintándose los labios. Después se desabrochó un botón de la camisa para dejar asomar parte de su personalidad. Una vez segura de su aspecto, comenzó a grabarse.
-Susana López para Teleglobo Universal 21. Un trágico atentado parece haber causado ya dos heridos que quizás en estos momentos estén cadáveres. La confusión reina en la plaza Arroyuelo Azul donde, desde hace varios minutos, un hombre está tiroteando a todo el que se asoma y…
-¡Qué hija de puta!
Pero ella no escuchaba mis comentarios de desaprobación. Se acercó una señora a la esquina desde la que nos asomábamos.
-Se acerca a nuestras cámaras…
-¿Nuestras cámaras? Solo estáis tu teléfono móvil y tú
– …una señora que ha vivido en primera persona el principio de esta tragedia.
-¿Yo? -respondió la señora extrañada.
-Señora, que nos puede decir de este horrible suceso que está conmocionando todo el barrio de… del barrio este en el que estamos?
-Pues yo me acabo de enterar, cariño -dijo la buena mujer.
-¿Y cómo se siente?
-Mujer, cómo me voy a sentir. Pues mal. Si hay alguien matando a la gente no me voy a sentir bien. Porque eso no está bien.
-¿Qué quiere transmitir en este trágico momento a la televisión mundial?
-Que no hay que matar, que no se hace eso. Y que el que mate a la gente, que lo metan en la cárcel, claro, porque eso no se puede hacer, digo yo.
La entrevista, de tan lamentable, era cómica, pero mientras aquel hombre seguía muriéndose.
-Ya han oído ustedes el grito desgarrador de toda la población en este momento, la gente de la calle, los españoles de a pie, no comprenden la tragedia. Que lo metan en la cárcel es la demanda unánime de todos los hombres y mujeres justos y justas-decía Susana como resumen de su maravillosa entrevista.
Yo seguía viendo morir a aquel desgraciado mientras Susana seguía diciendo majaderías ante su teléfono móvil. De pronto el herido aumentó el gesto de dolor y se retorció. No sabía si era algún tipo de convulsión o que había recibido un tercer disparo. Después elevé el objetivo y pude ver el que podría ser un francotirador en uno de los áticos de la plaza. Lo miré bien. Pareció apoyar lo que podría ser su fusil en la barandilla. Pensé que era el momento de tratar de retirar a aquel hombre. Aunque sin soltar la cámara de mi mano salí corriendo a mover al desdichado. El camino se me hizo desmesuradamente largo ya que pensaba que en cualquier momento podían empezar a dispárame a mí también.
-Hola. Trataré de ayudarle. ¿Cree que puede moverse?
-Creo que no -me pareció oírle decir.
Oí disparos, pero pensé que eran en el ático donde había visto al posible francotirador. Sería la policía, que ya le estaría reduciendo. Le pasé las manos por las axilas y empecé a tirar de él, pero era casi imposible moverlo. Pesaría unos 120 kilos. Entonces vi a Susana que venía corriendo con su móvil hacia nosotros. Se puso en cuclillas, se retocó el peinado y acercando su cara al herido y en plan selfi, dijo casi risueña:
-Nos encontramos en este momento ante este señor herido al que nos gustaría hacerle algunas preguntas ahora que aún se puede…
-¿Serás estúpida? Ayúdame a ponerlo fuera del alcance de las balas o lárgate.
-Lárgate tú. Que sepas que ya te han mangado tu super mochila.
-¿Pero es que no te importa que esté en juego la vida de este hombre?
-Tú haz de héroe, que para eso te acaban de dejar en paro. Yo tengo un trabajo y voy a hacerlo.
Seguí tirando del herido que pesaba como si fueran varios y ella agachada seguía con su entrevista.
-¿Puede decirnos su nombre?
El moribundo trató de entrar en el juego y dijo llamarse Sergio. Creo yo, porque no tenía fuerzas para hablar. Yo entendí realmente algo como “gió”
-No sabemos si los espectadores han podido oírle, pero…
-¿Pero qué espectadores? ¡Estás loca! -dije yo-. Solo eres tú y tu móvil.
Ella paró el móvil y me miró con odio. Entonces volvió a empezar:
-No sabemos si se ha entendido bien, pero creo que ha dicho llamarse Casio.
-¡Será Sergio! -le dije yo con rabia- ¡Estúpida gilipollas, ayúdame a ponerlo bajo el soportal o nos van a matar a los tres!
-No sabemos si ha dicho Casio o Sergio o Cristo. Lo que si sabemos es que este hombre inocente en estos momentos está luchando contra la muerte, librando la que podría ser su última batalla -seguía ella tratando de añadir dramatismo.
-Ha dicho Sergio. Casio era una marca de relojes.
-A ver: Sergio, soy Susana López de Teleglobo Universal 21. ¿Cómo te sientes en este momento? ¿Cres que es justo que te disparen así cuando inocentemente paseabas por la madrileña plaza del Arroyuelo Azul, quebrando la paz de un barrio trabajador, pacífico y democrático?
De pronto, sonó un disparo y Susana López se llevó las manos a la frente y al instante sus antebrazos se llenaron de hilos de la sangre que manaba de su cabeza, y se cayó hacia atrás.
Sergio, o como se llamase, igual era Santi, qué se yo, dijo algo que creí entender:
-¡Dios mío!
-No se preocupe, víctima -le dije sinceramente-. ¡Ésta era una gilipollas que no veas! ¡Menuda cretina!
El hombre levantó un poco las cejas expresando algo que no me quedó muy claro. Sería como un “bueno, entonces… “ Yo seguía tratando de arrastrarle con más energía todavía, ya que, si ya la habían matado a ella, el siguiente objetivo sería yo.
-Vamos, ayúdeme un poco, Sergio. Empuje un poco con los pies al menos. Que tengo el culo en dirección al francotirador.
Sergio se desmayaba y yo casi no lograba moverlo. Afortunadamente mi cámara que colgaba de mi cuello por una bandolera, en el lógico zarandeo, oscilaba caóticamente y de vez en cuando le daba un buen trompazo en el ojo al ya casi finado Sergio, que gracias a ello se despertaba. A medida que desplazaba aquel cuerpo iba dejando una franja de sangre de unos 60 centímetros de ancho que era la superficie de suelo que estaba tocando con su trasero. Sergio contemplaba asustado aquella mancha y parecía pensar que de esa ya no iba a salir. Yo traté de animarle un poco mientras tiraba ya de sus muñecas sin lograr avanzar.
-Parece una alfombra roja-le dije-. No me gusta nada. Me recuerda a mi boda.
En ese momento llegaban a la plaza varios camiones tipo antidisturbios de los que bajaron unos cuántos policías uniformados que empezaron a disparar hacia el ático que estaba como hemos indicado ya, a mi espalda. Me sentí seguro por un momento, hasta que vi que Susana se levantaba. Al parecer, el disparo le había dado de costadillo, como decía mi abuela, y el aspecto era más aparatoso que la realidad. La escena con la becaria resucitando ensangrentada era de película de zombis.
-¡Vamos, vamos, deprisa, Sergio, trata de moverte, que viene otra vez ésta! ¡Plasta es, la tía, oye!
-Señoras y señores, como ven, pese a que me han herido en la cabeza, aquí sigo rindiendo tributo a la noticia. Sergio, ¿crees que vas a poder perdonar al autor de los disparos que ha tratado de acabar con tu vida? ¿Les deseas algún mal en su vida?
-Sergio, dile que es una perra y que me ayude a arrastrarte hasta el soportal.
Sergio parecía a punto de expirar, pero con un leve soplido, pude oír lo que dijo el pobre hombre, muy, muy bajito.
-Perra.
Y tras esta palabra, sus ojos parecieron paralizarse mirando en dirección a las nubes. Susana aprovecho para arengarle.
-¡Sergio, no te mueras! Todos los televidentes de Teleglobo Universal 21 quieren que te salves. ¡Sergio, resiste, por tu vida! ¡Sergio, que tú eres un luchador! -decía la becaria.
-Qué cretina es, qué cretina es… Pero ¿cómo puedes ser tan cretina? -repetía yo.
Una furgoneta medicalizada del SAMUR llegó hasta nosotros. Me dijeron que soltase al buen hombre, lo cual me animó porque no había conseguido moverlo más de un metro y medio. Reanimaron al herido y con una rapidez digna de los boxes de fórmula uno, lo subieron en una camilla y lo metieron en la ambulancia.
-Yo también estoy herida, ¿no me ven? -dijo Susana en cuclillas enseñando sus muslos y con los brazos con sangre. Los médicos del servicio de urgencia la miraron y se miraron entre ellos como diciéndose sin palabras, <<coño, que buena está esta paciente>>
-¡Pues sube, sube, deprisa!
Susana, tapando su herida en la cabeza con un pañuelo y con el móvil a modo de micrófono en la otra, me sonrió malvada, mientras cerraban las puertas de la ambulancia con ella dentro y yo me quedaba mirando, Después se volvió hacia Sergio y todavía pude escucharla decir:
-Sergio, ¿qué sientes en estos momentos al volver a nacer?
Y la muchacha se asomó por la ventanilla trasera y me dijo adiós con la mano guiñándome el ojo.
La ambulancia se fue con la sirena puesta, pero los disparos dejaron de sonar ya que el asesino había sido reducido. Los policías vinieron corriendo hacia mí, pero pasaron de largo sin decirme nada. Querían subir hacia el ático del asesino. En pocos segundos acordonaron todas las entradas a la plaza y yo me quedé solo en aquella explanada de cemento con cuatro bancos de madera y una fuente que chorreaba impertérrita, como si no se hubiera enterado de toda la peripecia, ni de nada. Permanecí sentado en el suelo de la plaza un buen rato tratando de calmarme. Detrás de los cordones policiales, la gente se iba amontonando y me miraba sin entender mi presencia allí inmóvil. Finalmente me puse de pie, miré la alfombra roja, y mi ropa sucia tras la batalla. Después metí las manos ensangrentadas en los bolsillos del pantalón, dispuesto a caminar hacia casa sin hablar con nadie. Pero un policía se me acercó y me dijo:
-¿Se encuentra bien?
-Bien, bien… mientras todo pasó. Pero ahora… estoy un poco impresionado y… aturdido. Y mareado.
-Me han dicho que es usted reportero gráfico.
-Becario sin trabajo.
-Vaya. Pues se ha portado usted como un reportero de guerra.
Me lo quedé mirando. Aquello me había sonado bien. El policía se percató y me sonrió paternalmente.
-¿Por qué no se sienta allí un momento, joven? Es mejor que…
-No, no… Gracias. Esto… ¿Han visto ustedes una mochila de fotógrafo que he dejado en esta esquina?
-¡Claro que sí! ¿Era suya? La tienen los TEDAX en esa otra zona de allí, junto al parque. ¿La ve? Esa zona acordonada tan llena de policías.
-¿Los TEDAX? Eso es algo contra las plagas, ¿verdad?
-En cierto modo -torció la boca al reírse-. Técnicos Especialistas en Desactivación de Artefactos Explosivos, TEDAX, son policías para la desactivación de explosivos, con alta tecnología, robots especializados… Les ha parecido un bulto sospechoso, dadas las circunstancias. Están a punto de hacer explosionar su petate. ¡Eh, oiga, joven, vuelva! ¡Eh! ¡Deténgase! ¡Que no le dejarán acercarse! ¡Oiga!
¡¡PINCHA EN LA CAMPANITA ROJA, ABAJO A LA DERECHA!!
Hace poco alguien me pidió una lista de películas que me habían gustado a lo largo de mi vida. La tarea parece simple pero no lo es. Actualmente me gusta una película de cada veinte que veo. Voy al cine como concesión a la inercia, como indulgencia rendida a los otros. Naturalmente, esto no fue siempre así. El cine me impresionaba cuando era un niño, como a cualquiera. Bueno, no, en realidad no tanto. Quizás me deslumbraba algo menos que a cualquiera, porque yo era muy alto y eso me daba un aire de madurez que yo mismo me atribuía, seguramente sin corresponderme. Íbamos a ver unas películas de luchadores japoneses y mis compañeros de clase salían luchando como ellos. Yo me los quedaba mirando… ¿Qué hago yo aquí con estos críos? Íbamos a ver una película de tiros y a la salida, mis amiguitos, todos bajitos, se disparaban con el dedo índice y se tiraban al suelo retorciéndose de dolor antes de decir «me muero». ¿Qué pintaba yo con gente tan infantil? Quizás yo era igual que ellos, pero los veía así. Creo haberos contado esto antes, debe de ser importante para mí.
Pasaron los años, pero no muchos. Y me enamoré. Mis amigos seguían tirándose piedras, jugando a las canicas o disparándose con el índice y yo no tenía edad para enamorarme, pero sentí deseos de… escribir.
Un día fui al cine al aire libre. Era verano, un pueblo, una playa… Allí estaba la chica, oliendo a transpiración y a mar. Algo me pasaba… Vimos la película Horizontes de grandeza, cuyo título suelo confundir con Horizontes lejanos. A mí lo de los horizontes… Protagonistas: Gregory Peck, Jean Simmons, Charlton Heston, Carroll Baker. Un tipo del Este se introduce en un rancho del Oeste profundo para conocer a la familia de su novia. Un hombre educado en una tierra de gente que se odia con estupidez y obstinación. Gregorý Peck se preguntaría: ¿qué pinto yo con esta gente anglocazurra? Claro. Lo vi claro. ¡Era como yo! ¿Qué pintaba él allí? Bueno, a mí los cazurros me caen muy bien, que son muy sanos y todo eso, así que no es por ahí por donde va la cosa, sino por la dificultad para ser como se es o se viene siendo por aquí o por allá, eso da igual. Yo soy un desclasado, ejerzo de ello y presumo. El clasismo no va conmigo. No me siento ni el Norte ni del Sur, ni del Este ni del Oeste. Para colmo, siguiendo con la película, Peck se empeña en domar un potro cuando nadie le ve, tema para el que no parecía muy capacitado. Si no recuerdo mal, la chica, viendo que se iba a matar, le pregunta: ¿a quién quieres demostrar que eres capaz de hacer eso y para qué? Gregory Peck, exhausto, dada la gran cantidad de trompazos recibidos, le dice algo que yo creo recordar (a ver si alguien me encuentra esa frase con mayor exactitud): «un hombre solo tiene que demostrarse a sí mismo de lo que es capaz». Más menos, no lo recuerdo bien porque han pasado un porrón de décadas.
Demostrarse las cosas a sí mismo…
¿Cuánto daño me habrá hecho esa frase? A partir de ahí fue quizás cuando encontré mi lema definitivo y me convertí en autista. Soy un autista muy sociable, muy amigable, eso sí, pero… Como Jesucristo. «Mi reino no es de este mundo». Por cierto que con esa frase de Jesús no se obró el milagro. Yo como era pequeño, la primera vez que la oí no reparé en ello. Pero Jesús con aquella frase no convenció a los malos. No convenció Nuestro Señor ni a Herodes ni a Pilatos. No los dejó nada tranquilos con esa evasiva altisonante. ¡Que su reino no era de este mundo! ¿Quién se había creído que era Ése? ¿El Rey de los Judíos? ¿Dios? ¡Tira, macho, anda, tira pa la cruz! La gente es así. Ellos no respetan la vida interior de los demás porque no tienen acceso a ella, y se sienten excluidos. Y además tampoco la entienden. La imaginación de los demás nos ofende.
Desde cualquier creencia, o incluso de no creencia, la historia de Jesús nos permitirá siempre atisbar algo de esperanza en que los humanos sepamos algún día trascender de nuestra animalidad y nuestras tendencias crucificadoras. La afición de los humanos para convertirse en chusma y linchar. La historia de Jesús puso a los humanos ante el espejo, para que vieran su animalidad, su cobardía, su vileza, su traición y su falsedad.
Pues a mí me pasa igual que a Cristo y a Gregory Peck, salvando las distancias. Vivo en mi burbuja. Mi reino no es de este mundo. Con razón luego la gente me crucifica. Y es algo muy molesto. Que te crucifiquen no sienta bien. Es un reino el mío de pensamientos y palabras de las que no sé dejar traslucir apenas nada. ¿Para qué? No tengo que demostrar nada a nadie. Me lo creí de pequeño: eso, lo de que soy como Gregory Peck, aunque no dome al pura sangre. No me lo tengo que demostrar quizás ni a mí. Y desde luego, yo no demuestro nada a nadie. Aunque me llamen perro. Punto.
Me viene a la cabeza alguien que se quejaba -con otras palabras- de que yo no le escupiera, aunque solo fuera un poco, pese a lo que él se esmeraba por molestarme. Pues no, no tengo por qué entrar en ese terreno si no me apetece. Yo solo rivalizo conmigo mismo. Eso no es sentirse por encima, sino en otro lugar. En otro planeta. En otro «reino». Yo hay veces que soy más del reino mineral o vegetal que del animal.
Soy cien por cien un hombre del Este en el Oeste, o viceversa, vaya a donde vaya, cualquiera que sea el punto cardinal donde me encuentre. No demuestro nada a nadie, mi reino no es de este mundo, porque… ¿Qué hago yo con estos críos? Y juro por todos mis sueños sagrados que no hay en estos planteamientos ningunas ínfulas, ni aires de superioridad. Soy modesto, y con razón. De verdad. Lo juro. Que la grandeza se queda en los horizontes, en ese punto borroso e impreciso del inalcanzable infinito. Lo que me pasa es… ¿queréis saberlo? Os lo diré bajito: lo que me pasa a mí simplemente es que algunas veces, no sé tratar con vosotros: con vosotros, los que siempre salís del cine tan contentos. ¿Y qué culpa tengo yo? ¿Y qué hago yo con estos críos?
Te noto.
Te oigo pensar,
claro como si hablaras junto a mí.
Eres el ave que alegra al cielo.
las alas que abanican mi frente.
Una sonrisa que alivia la sed
Sé lo que sientes.
Tengo la vista puesta en una nube.
Siempre se va.
Siempre muda y reaparece.
Se lo que sientes.
Hoy he corrido sobre tierra seca
con los brazos abiertos al sol.
Gracias es todo lo que puedo decir.
Hoy he paseado con mis amigos,
la serpiente y el escorpión.
Junto a las colinas vi un riachuelo
que me orientó para volver.
Pero sé lo que sientes
No quiero volver.
No busco el frescor del arroyo.
Busco el calor y la fiebre.
Algún día me alejaré más.
En la explanada inabarcable
te soñaré mejor.
Volveré a correr sobre tierra de azafrán
Hasta donde tu voz, por fin,
ya no pueda imaginarse.
Cómo te sientes.
Hoy he mordido piedras y viento.
He vuelto a oírte pensar.
Se lo que estás sintiendo.
Persistes en hacerme vivir.
Y esperas que te lleve una flor
que no crece en el desierto.
He estado algún tiempo sin escribir sobre etimologías, tema al que soy muy adicto. En el caso de que alguien haya querido compartir conmigo esta afición, le pido disculpas por mi ausencia, ojalá hubiera podido. Sin embargo, hoy vuelvo a los orígenes. Bueno, a los míos, no. Al origen de las palabras, que es el nombre de esta sección. Hoy es especialmente interesante.
¿Y qué palabra escojo hoy?
He decidido explicaros la etimología del nombre de este mes. Pero luego he pensado que no hacía falta llamarse Lázaro Carreter para imaginárselo. Septiembre y séptimo suenan a que algo tienen que ver. ¿Cierto?
En latín, siete se dice septem. Septiembre es el séptimo mes del año. En realidad, lo era en el calendario romano. Primavera es un vocablo que significa primera era. Entonces… ¿Por qué el año empieza en enero?
Nos remontamos al 153 a. C. En aquel año estalló un grave conflicto entre la ciudad hispana de Segeda y el Imperio Romano. Segeda era una ciudad «española», bueno, de Hispania, cerca de las actuales ciudades de Calatayud y Zaragoza. Ségeda estaba poblada por los belos. Diremos que tenía el privilegio concedido por los romanos de acuñar moneda, como muestra de la pujanza de aquella urbe. Aspiraban a convertirse en ciudad estado tratando de acoger en su interior a otras tribus celtíberas de la zona y sacudirse el sometimiento a los romanos, a los que estaba obligada a tributar con dinero y soldados. No querían seguir gobernados por los romanos. Por eso Segeda decidió comenzar una ampliación de su muralla para defenderse ante un eventual ataque de los ejércitos romanos.
En el Imperio la noticia resulto irritante, dada la importancia que Hispania tenía para Roma. Era un ejemplo peligroso. Advirtieron a Segeda de que iban por muy mal camino. Viendo que Segeda no desistía, Roma decidió atacar y destruir la ciudad. Para ello el Senado romano decidió enviar al cónsul Nobilior a Hispania. Entonces, el año comenzaba en marzo y era el momento de la la toma de posesión de los nuevos cónsules, durante los idus de marzo.Estos cónsules eran los que eran enviados a dirigir las batallas más importantes. Enero y febrero eran los dos últimos meses del calendario. Si hubieran respetado aquellas normas, habrían tenido que celebrar después unas prolongadas fiestas y luego tendría que tardar mucho en llegar a tierras tan lejanas para ir a pie desde otras partes de la actual Italia o desde otros puntos de Europa. Las tropas romanas no estarían listas para la guerra hasta septiembre u octubre, con lo que se desaprovecharía la época estival, que era más propicia para la guerra que acampar allí al ejército durante el crudo invierno. Además la muralla de Segeda estaría ya construida. Se tenía que partir de inmediato, pero no podían hacerlo hasta nombrar a los nuevos cónsules.
Así como los reyes medievales no solían estar preocupados por muchas normas, los del derecho romano en cambio…
El Senado Romano adelantó el comienzo del año del 15 de marzo (los idus de marzo) al 1 de enero para nombrar nuevos cónsules e iniciar la expedición por mar a Hispania para llegar después a Ségeda atravesando parte de la Península Ibérica en primavera, antes de que terminara de fortificarse. Por este motivo se adelantó la fecha de comienzo del año, y por tanto la de la elección consular, al 1 de enero, que pasó a ser el primer día del nuevo calendario.
Resumiendo: para poder reconquistar una ciudad hispana, de tozudos aragoneses si queremos caer en el tópico, los romanos tuvieron que cambiar el calendario, así que se pasó el principio del año de marzo a enero. Los meses todavía conservan su nombre original latino. Por eso septiembre, octubre, noviembre y diciembre todavía conservan los prefijos como séptimo, octavo, noveno y décimo respectivamente, pese a que pasaron a ser los meses noveno, al duodécimo.
Una vez cumplidos los nuevos tramites y normas, las tropas del Imperio Romano comandadas por Nobilior avanzaron rápidamente hacia Segeda. Los segedanos huyeron de la ciudad que quedó arrrasada poco después por los romanos, que para eso de exterminar enemigos tenían menos cortapisas legales. Persiguieron a los segedanos hacia Numancia, pero estos generaron tal revuelta que sorprendieron al imperio en una terrible y cruenta batalla, en la que murieron 6.000 soldados romanos. Esto demuestra hasta qué punto hay que reconocer que en Roma tuvieron buen olfato para darle tanta importancia a la ciudad de Segeda y a su muralla. Esto todavía se celebra en la localidad, muy próxima al cerro de la antigua Segeda, de Mara, provincia de Zaragoza, con la llamada Vulcanada. La Vulcanalia es el domingo más próximo al 23 de agosto, fecha de la batalla y fiesta romana de Vulcano. Durante siglos, los romanos no querían guerrear durante el día de Vulcano. Otro de los días festivos de Mara es el 15 de marzo (Los idus de marzo), fecha en que los romanos elegían a sus cónsules al comenzar el nuevo año.
Aquella victoria indígena, fue de efímero efecto. Los romanos reforzaron su ejercito con Publio Cornelio Escipión y los celtíberos fueron después derrotados en Numancia, tras un sitio y una resistencia míticos en la historia de España. Una Ségeda romana, fue construida después, completamente sometida a Roma.
Así fue como Roma, para derrotar a Segeda, cambió el día de elección de cónsules y para ello el calendario. Desde entonces y por esta causa, el año se inicia el 1 de enero en Occidente.
Volviendo a septiembre: La tradicional es setiembre (sin p). La forma latinizante septiembre la introdujo la Academia en 1739. Las dos grafías son correctas, con preferencia por la variante con p en la lengua culta.
¿Quieres saber más? Pincha aquí.
Sin embargo, el Año Nuevo empezó a festejarse el 1 de enero hace cuatro siglos a instancias de la Iglesia Católica, en función de la supuesta fecha de circuncisión de Jesús, rito judío que se realiza al octavo día del nacimiento; pero astronómicamente empieza el 21 de marzo, con el equinoccio de Primavera en el norte.
En 1582, el papa Gregorio XIII puso en vigencia el calendario gregoriano para reemplazar al juliano, de Julio César, que acumulaba un desajuste de 11 días respecto al tiempo sideral.
España y sus colonias, y otros países católicos, asumieron el nuevo calendario, no los protestantes. En Gran Bretaña el calendario gregoriano empezó a regir en 1752. Los rusos, en 1918, y entonces era ya de trece días en el calendario juliano. La famosa Revolución de Octubre (juliano) de 1917, pasó a noviembre (la Gran revolución Rusa).
Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Qué gran frase. Interpreto que el santo patriarca Job vino a decir que por mucho que perdamos, por poco que tengamos, algo tenemos que agradecer. No tenemos derecho a nada. Ni a exigir, ni a esperar. Tenemos la posibilidad de alegrarnos y agradecer cuando las personas y los vientos son favorables. Se supone que, si uno tiene derecho a alegrarse, tendrá derecho también a entristecerse. Bueno, esto se está analizando en varios organismos internacionales y hay una gran controversia mundial… Perdón, quería decir «global», porque ahora todo es muy global, ¿verdad? Pero bueno, lo que estaba diciendo es que hay una enorme controversia. La Federación Mundial de Cursilerías Positivas, cuyas siglas en ingles son WPPF (Worldwide Positive Puaj! Federation) es una organización no gubernamental subvencionada, como su nombre indica, por todos los gobiernos corruptos del mundo, con sede en Nueva York y en Ginebra, y se opone frontalmente a que entristecerse pueda considerase un derecho. Aducen que, dado que los nuevos estados que se van creando -imaginemos la siguiente Eslovaquia que aparezca por algún sitio raro del mapamundi- tienden a incluir la declaración internacional de derechos humanos en sus constituciones, entonces esos estados y sus gobiernos, para cumplir con su Carta Magna, tendrían que garantizar motivos para la tristeza de la ciudadanía, lo que no sería positivo, aunque podría seguir siendo cursi. En cambio, la Organización Internacional de Pamplinas y Fantoches (International Pampline and Fantochation Organization, IPFO) opina que eso de dar motivos para la tristeza de los ciudadanos en ningún caso debería ser un inconveniente y que podría resolverse fácil y eficazmente. La cuestión es, como interrogaba en una conferencia en la ONU el reputado chileno Willson Pérez Schneider, ¿debemos garantizar el derecho a la enfermedad además del derecho a la salud? La organización en favor de la muerte digna y la eutanasia de la yaya Adolfita, EXIT (Salida), que aboga por que el suicidio lo pague la Seguridad Social, ha emitido un documento con sus veinte abajofirmantes de siempre aduciendo que si una persona tiene derecho a morirse, también tendrá derecho a algo menos drástico, como enfermar de paperas, pongamos por caso. A esto Willson Pérez Schneider respondió:
-¡Pero si de lo que hablamos es de la tristeza, pendejos! ¡Lo de la enfermedad era solo una analogía!
A lo que los abajofirmantes de siempre, respondieron en un documento diciendo: “Si es que nos estáis liando”. Pero luego se arrepintieron y llegaron a la conclusión de que Willson y su asociación, bajo su piel de cordero, defendían los oscuros intereses de las multinacionales, hala.
La Fundación Jimmy Carter no se hizo esperar y se ofreció como intermediario entre tan prestigiosos organismos. En España, la Federación de Municipios de Izquierdas ha asumido la promoción de estos nuevos derechos “y de todos los que vayan saliendo”. Y además han defendido al pueblo palestino, porque siempre que les queda un hueco, lo aprovechan. Los separatistas catalanes han centrado su discurso en evidenciar que “detrás de todo este surgimiento de nuevos derechos, existe una nueva necesidad latente de financiación”. Tras lo cual han pedido una millonada al presidente del gobierno para poder garantizar la tristeza general de todos los ciudadanos que la precisen. “Y una tristeza de calidad. Una tristeza a la catalana. Cataluña no quiere una tristeza de país subdesarrollado. Cataluña siempre ha sido un poco triste, nos reímos menos y apretando el culo, según Boadella. Para eso en Cataluña se trabaja más que en el Sur, y merecemos más tristeza”.
Una asociación pro-mujer fue la primera en señalar que las que más sufren son ellas, y que era evidente que los hombres, sin ir más lejos, lo de parir, lo llevamos mucho mejor. Casi me sentí culpable por ello y tanto fue así que lo reconocí en seguida. En este debate sobre el derecho a enfermar, penar, llorar y sufrir en silencio las almorranas… ellas debían estar especialmente representadas, y sobre todo, escuchadas y comprendidas. Que se les escucha y se les comprende bien poco.
En Venezuela, Maduro le ha dicho al presidente norteamericano en su programa televisivo:
-Mira, Donal Tran. No vamos a consentir que comercies con nuestras penas. Los venezolanos nos ponemos tristes cuando nos da la gana, ¿oiste? y ni tú ni tus sucios dólares, ni tus armas de destrucción masiva nos lo impedirán jamás, porque Venezuela no se arrodilla, porque Venezuela ama la libertad, porque de Venezuela arranca la gran revolución, porque Venezuela… (varios porquevenezuelas más tarde) … y algún día toda América Latina, digo América Bolivariana o Continente Bolivariano, llorará en unión si le da la gana, y estaremos tristes de tan contentos que estaremos de librarnos de vuestro capitalismo atroz y del FMI, que es el vasallo de… ¡De las multinacionales, la Coca-Cola y el velcro!
-America first -respondió el otro en este diálogo de animal a animal- .No entiendo bien toda esa “bullshit” de querer estar mal, supongo que tiene relación con las filigranas que me hizo una actriz porno después de una reunión de constructores, pero no soy muy aficionado a ese tipo de cosas. En todo caso, eso será cuestión de cada uno, como lo de llevar armas.
Más o menos fue todo así y, aunque hemos podido hacernos un lío con el “pendejo” y el “¿oíste?”, contamos como siempre a nuestro favor con la indulgencia del lector.
Y hablando de indulgencia. El Papa Francisco ha vuelto a pedir perdón y ha asegurado que la Iglesia Católica, cuando ha curado a la gente, ha defendido el bien sagrado de la vida, el don divino de formar parte de la Creación, sin pretender conculcar el derecho a la enfermedad y la tristeza. Los católicos siempre han defendido la tristeza, la culpa, el sacrificio, la mortificación, el arrepentimiento y otras cosas penosas de por sí. No obstante, el Papa pidió perdón.
-Santo Padre. ¿Pero entonces por qué pide perdón esta vez? -le preguntó un cardenal africano, negro y con gafas que estaba fumando por ahí cerca.
El Papa Francisco se quedó sorprendido por un momento y pensativo después, hasta que cayó en la cuenta gracias a la iluminación divina que se hizo esperar unos segundos:
-Por humildad.
-¡Ah, vale! -respondió convencido el cardenal negro con gafas.
-¿Qué ha dicho? -le preguntó otro cardenal checo.
-Que por humildad.
-Ah, bien, bien… ¡Muy bien!
Y siguieron bendiciéndolo todo.
Pero yo no estaba hablando de eso. Si yo supiera de que estoy hablando… Seguramente de la comunicación, que no ha globalizado tanto la economía, como la majadería. Somos víctimas de una majadería globalizada, que da vueltas al planeta varias veces por minuto.
Si yo supiera alguna vez de qué estoy hablando… ¡Ah, sí! Dios me lo dio, Dios me lo quito… Lo controla todo el Mismo. Pero es una gran reflexión. “Desnudo salí del vientre de mi madre. Sin nada volveré al sepulcro. Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Bendito sea Dios».
Mi mujer trabaja en un banco. Ya vuelve a salir mi faceta de inspector Colombo y saco a relucir a mi esposa. Mi mujer trabaja en un banco, pero le han hecho ir a una feria de melones. Los de la feria, en realidad ha sido Dios, le han regalado varias cajas de melones. Qué majos, pero qué bruticos…
-Pero mujer, somos una familia, no un comedor de colegio. ¿Qué haremos con tantos melones? Tendré que regalarlos a los vecinos o salir a venderlos a la carretera como los, los, los, los… esos que venden melones en las carreteras. Tendremos melones para Todos los Santos.
-No sé si para todos, pero para bastantes santos sí que habrá.
-Qué melonada.
-Pues sí.
-¡Los aborreceremos!
-Los santos no tienen la culpa.
Hay que agradecerlo. Si te llenan la casa de melones, hay que agradecerlo. Y si un día se pudren, pues también.
Si me quisiste ayer, hay que agradecértelo. A Dios y quizás también un poco a ti. Si hoy ya me quieres mucho menos, hay que seguir agradeciendo lo que me quisiste ayer. Tristes o no tristes, que ese debate lo dejamos para la International Pampline and Fantochation Organization, IPFO. Pero sé que un día me quisiste.