Diferencia entre bruxismo y brossismo.

Bruxismo es el problema que tiene algunas personas, que frotan sus dientes mientras duermen. Esto es un claro síntoma de ansiedad, rabia, nervios… Ellos sabrán lo que les pasa.

El brossismo, en cambio afecta solo a la gente a la que le gusta seguir a Enrique Brossa. A diferencia del bruxismo, el brossismo no estropea los dientes, ni es síntoma de rabia, nervios, ni de nada malo. Lo único malo del brossismo es que según todos los estudios, afecta solo a gente simpática, inteligente y agradable. El brossismo se ceba con la gente maja… Si eres brossista, no dejes de apuntarte a la Asociación de Brossistas Anónimos. Está bien, porque no se trata de desengancharse, sino todo lo contrario. Hablamos de escribir sin cursilerías, sin afectamiento y sin ponernos tontos. Sin rivalidades ni otras miserias.

Quien padece bruxismo, tiene dos posibles soluciones. Una es ponerse una férula, previa visita y pago al dentista. La otra, mucho mejor, es hacerse brossista.

Si no quieres que te rechinen los dientes, hazte brossista.

¡Gracias, brossistas! 

Las cosas

A veces las cosas se modifican solas. Los vientos se paran, los amigos desaparecen, los silencios cortan el silbido del tiempo. Las aves se ausentan, pero las lombrices chillan. Las puertas cerradas se abren o al contrario; lo marcado, se desmarca; lo organizado, se altera, porque las equivocaciones son más tozudas que los aciertos. Los despistes más ubicuos de lo previsto. La maldad más persistente también de lo que debería ser. Y por este motivo…

Por este motivo no pasa nada. Estos fenómenos deben estar presentes en nuestros presupuestos. Hay que contar siempre con el insidioso pero limitado poder de la oscuridad. La que habita en nuestras cabezas, en las atmósferas de todos los lugares y en los corazones mal ventilados. La vileza anda siempre herida de soberbia, ese es el origen de muchos pecados, y por eso mismo, es ilógica, caprichosa, voluble y visceral.

Yo , puedo meter la mano en las fauces de la de la iniquidad durante su conspiración patente o latente. Me atrevo a mirar al demonio de frente. Él nunca lo hace. Y nunca lo hará.

Nada

Nada parecido a la realidad,
nada posible.
Nada que pueda extrañar,
nada añorable.
Nada que vaya a necesitar o preferir.
Nada deseable.
Nada que pueda querer.
Ni nadie.
Algo que pueda sentir,
por alguien.
Nada que me pueda ilusionar.
Ni hundirme

Ante el vudú. Carta abierta a una colaboradora desatendida

Ante el vudú. Carta abierta a una colaboradora desatendida

ANTE EL VUDÚ

Cuanto más me apuñalan, más condescendiente me siento yo. Más paternal. Me asesinarán un día y miraré enternecido a mi asesino antes de fenecer. Un navajazo siempre es un homenaje.

La envidia es un móvil común de asesinato. A mi me enseñaron que la envida era desear el mal del que tiene más. No es así. Es que el que tiene más no soporta al que tiene menos. Ni que tenga…. «algo».

-¿Qué se habrá creído el desgraciado?
-¿Por qué?
-¡Porque si! Seguro que se cree algo. Y no lo voy a consentir.
-¿No puede creerse nada?
-¡Claro que no! ¿Para eso yo voy de algo? ¿Para que a él no le importe???? ¿Quién se cree que es?

El deseo de ser más importante, la necesidad de ser el centro, mueve a los individuos, mueve también bastante a las individuas y sí, sí, claro que sí, que es también lo que por desgracia mueve la historia, aunque Marx nunca lo mencionase porque no le interesaba mucho el individuo. Estuve en una boda en la que una señora invitada se quejó porque una columna de la sala del banquete le impedía ver a los novios y se sintió menospreciada, mire usted, por no haber considerado aquel detalle. La importancia de dónde ponen mi asiento,está presente en la gente. Yo sería incapaz de sentirme reconocido en función de algo así, ni aunque me pusieran entre el novio y la novia. Ser el centro o no poder ser uno más, que es casi peor, es una forma torcida de mostrar necesidad de cariño. Exige que se le reconozca una especie de hidalguía autoatribuida. Pero olvidan un dato importante. Que se van a morir. Por mucho que odien y que jodan al vecino. Por mucho que anden sacando el mentón. Se van a morir igual. Que en cien años no quedará nadie que haya oído hablar de ellos porque hasta sus nietos estarán muertos. Sin embargo, no tardarán tanto en ser prácticamente barridos de toda memoria humana. Muchos familiares y amigos te olvidarán en meses. Otros en pocos años o en pocos días, o en diez minutos. Si asistes a un entierro de una persona mayor, encuentras muy poca gente en el último adiós que vaya a sobrevivirle por mucho tiempo. Y me atrevo a decir que pocos son significativos para el finado. Aquel va porque es el marido de aquella, que a su vez tiene que ir porque es cuñada de… ¡Va! Pocas lágrimas sinceras, y al acabar de meter al muerto en el nicho, que es de prestado, porque luego te sacan y ponen otro muerto, los apenados familiares y amigos se dicen, ¿queréis que tomemos algo, ya que hace tanto que no nos vemos? Normal. El hijo se dedica a hablar con un cliente importante. La hija la verdad es que está encantada de ver a la prima Sarita, aunque esté bastante vieja ya la pobre… Qué buen rato pasan recordando la infancia. Y te vuelves a casa y dices, se murió y yo me lo he pasado hasta bien hoy. He aquí la gran transcendencia del momento de nuestra desaparición. El final de tan mediano señorío.

Ante esta realidad incontrovertible, de que no somos gran cosa, y menos en chándal, lo más inteligente que podríamos hacer sería besarnos. ¡Todos a besarnos! Cada cuál según sus inclinaciones, claro. A ver, tú. ¿Te vas a morir? Sí, ¿verdad? Pues besémonos como locos. ¡Claro! No perdamos tiempo. Amarse, como resulta generalmente agradable, es lo poco que puede tener sentido, Tendríamos que amarnos todo el rato. Si se me permite recurrir a la sabiduría popular, ya lo dijo el poeta:

De esta vida sacarás
lo que metas nada más.

Guardiola, (otro clásico), decía que los problemas del vestuario del Barça consistían en hacer ver «que no quiero a éste más que al otro». Vaya… Vaya, qué vestuario de hombres que harán pis en cuclillas. ¡Pues quiere y deja querer, por Dios! Respétate, respeta a todos y te respetarán. Quiere. Sé amigo. Y si no, pues nada. Sin embargo, en vez de besar, o ser amigo, perdemos nuestro tiempo buscando motivos para odiar. Motivos torpes o enrevesados, apoyados sobre dos simplezas o enterrados bajo montones de argumentos absurdos, razonadas sinrazones que ocultan mal las realidades que creemos inconfesables (y que a su vez son puras tonterías humanas). Conservando resentimiento por nimiedades, alimentando despechos y resquemores. Evidenciando limitaciones ajenas. Te quiero tanto, que si no me quieres tú también a mí te voy a hundir. ¡Ole! Eso es amor, cariño, amistad… ¡Todo! Somos tan amigos, que mis rivalidades pueriles y mis celos pesan mucho más que el aprecio ese tan grande que nos teníamos. ¡Ole! Te mataré por ser más amigo de ese niño que mío. ¡Ole ahí! Mi deseo de vengarme de tu supuesta desatención se mantiene a lo largo de los meses y hasta va creciendo como un cáncer. Un cáncer ominoso y autodestructivo, como todos. Mientras el supuesto «agresor», el infeliz, vive feliz y encantado de la vida, porque no sospecha que ha cometido delito alguno. No sabe nada de tu sufrimiento. Y tú llevas un año paladeando y salivando al hacer vudú. Tanto te aprecio que te trataré con desprecio. ¡Ole! Boicot, sabotaje, cabildeo, gestión del rumor, guerrilla urbana. ¡Lo que sea preciso! Esto no puede quedar así. Te perseguiré, haré lo posible porque todos te abandonen y trataré de infligirte el mayor daño posible, a ti y a tus proyectos, aunque afecten a tu economía y a tu familia, tus niños, todo para demostrarte que es intolerable que no me hayas prestado más atención.

Te has inventado una ofensa y yo ni me he enterado de que te has ofendido. ¡Pero hombre! ¡Entonces eres más culpable todavía! ¿Cómo se puede ser tan distraído? ¿Cabe mayor afrenta que sentirse maltratado y el supuesto malvado ni se percate? ¡Ah, pues que no haya querido hacer daño alguno no es motivo para dejar de odiar. ¡Ole, ole, ole y ole! Eso sí que suena lógico. Como lo de no te odio, pero te voy a joder. ¡Así no te seré indiferente! Como no has respondido a mis expectativas dado que me caías muy bien, ahora te castigo. ¡Ole!

¡Ojo! ¡Pero no te abandono, eso no! Eso sería algo menos inmaduro. Lo maduro sería no tener celos y seguir amigos, pero si no tiene remedio, apartarse es menos inmaduro… ¡Pues no! Porque si solo me alejo de ti, sigues sin enterarte y eso no me resarce del escozor de mis llagas, de mi orgullo autolesionado. Me quedo por aquí, continuo a tu alrededor. Mirando displicente. Dosificando silencios y comentarios. Apuntando a cada uno, en qué bando está. Te sigo de cerca para poder hacerte más daño. Te arrancaré todo lo que pueda. Alargaremos esto.

¿A quién apreciabas tanto? ¿Con quién tenías esa amistad? ¿Qué te han hecho a ti tan grave? ¿Seguro que el culpable es el que ahora quieres convertir en víctima? ¿Qué te pasa realmente? ¿Lo sabes tú?

Hay dos maneras de expresar una misma idea. Una es más contundente y ordinaria y la otra más reflexiva e hipócrita. La primera es «que se joda», y la otra es «no siento remordimiento». La primera es para decirla a un tercero mientras que la segunda se la puedes decir al propio «interesado». Las dos expresiones implican el mismo reconocimiento de que conscientemente se está obrando mal. Y se quiere obrar mal. Demuestran la misma falta de atención a los sentimientos y problemas ajenos si escuecen los propios. Las dos frases son una confesión de culpabilidad ya que al decir que no siente remordimiento se confiesa implícitamente que debería sentirlo.

Pues te vas a morir como yo, como cualquiera. Y aunque generes molestias a algún contemporáneo ni tú ni él, ni yo somos relevantes. No somos nada. Para qué tanto orgullo dolido, tantos celos, tanto despecho y tanta rabia. Para qué tanto deseo de hacer daño. Te morirás y no coincidirá el evento con el homenaje de una estrella fugaz cruzando el firmamento. No habrá remolinos de hojas, ni rayos de sol iluminando tu cara. No se parará nada, ni la rotación de la Tierra, ni los concursos de cocineros en TV, ni se acabará la luz del sol, ni nada de lo que nos parece acaso permanente, interminable, infinito, eterno desde nuestra corta humana perspectiva temporal. Al final, ya sea en nicho o en panteón familiar, seremos basura orgánica (bolsa marrón). No quedará ni el eco de nuestras pataletas, tan terrenales; tan futiles rabietas. Qué pérdida de tiempo. Quien las recuerde, se burlará.

Hala, ya hemos escrito sobre ti. Y mucho. Estarás feliz, espero. Lo que crees una demostración de fuerza es claramente enseñarnos tu alma y tu debilidad.

Cuanto más me apuñalan, más condescendiente me siento yo. Qué cosas. Son realmente homenajes que me hacen, solo que innecesarios, compulsivos y feos. Pero homenajes. Me asesinarán un día y miraré enternecido a mi asesino antes de expirar. Esto creo que lo he dicho al principio. Da igual, lo repito.

Lo único que siento es que alguien siga herido… por nada. Como se decía antes, «por tu mala cabeza». Por nada de nada.¿Sentimientos? Por tu ego, no por mí. Porque nada había pasado.

Bueno….

Bueno, si, hay algo de lo que sí que puedo ser culpable: disculpa si no soy del todo monopolizable.

Qué pena.

OTRA VEZ EL RÍO

Es otra vez ese mismo sueño recurrente y apaciguador: vuelvo a pensar en el gran río de aguas verdes. Veo mi canoa rudimentaria deslizarse a favor de un curso desbordante y pletórico. Con mi remo, no sé si doy impulso o convoco suaves cosquillas en la corriente que me conducirá a desembocar y perderme en el mar.

Estoy en paz. Formo parte del caudal. No hay nadie conmigo pero me siento acompañado y completo. No importan los hombres, porque soy los hombres. No importan las plantas que se enredan en mi barca porque soy la vegetación y las algas. No me afecta el torrente, porque el torrente está en mí y yo formo parte minúscula en él. Estoy feliz.

La tarde cae mientras miro las ondas del agua. Me dejo llevar. Me tumbo en mi barca, cierro los ojos y entonces sé que sigues ahí. Me miras y sonríes. Y el sueño vuelve a empezar.

Vuelve a ser ayer y mañana. Siempre ayer y mañana.

El sueño vuelve a empezar.

Escóndelas bien

CONSEJO DE HOY

Yo soy un caballero español clásico en algunos aspectos, lo reconozco apenado. No siempre me preocupa mi aspecto pero cuando quiero vestir bien, quiero hacerlo sin que nadie lo note. Trato de tener buen aspecto, pero detesto que me digan que mi camisa o chaqueta son una «preciosidad». ¡Puaj! No intento que alguien se fije en una prenda concreta. Al contrario que muchas mujeres y hombres que pueden sentirse felices si alguien elogia su vestido, o su corbata, o sus zapatos. Con esto no quiero dar a entender que soy el ejemplo a seguir, pero me puede valer para formular la siguiente analogía.

Para mí, escribir es lo mismo: al leer las palabras no debo ver palabras. Debo ver ideas, sensaciones, belleza, emociones, música, acción, descripciones, reflexiones, circunstancias, impresiones… Las palabras no deben distraer.

Muchos tratan de demostrar cómo seleccionan palabras. de modo excesivamente obvio. Yo te aconsejo que lo hagas, pero que no se note. Trata de esconder tus palabras.

Libre elección

La vida es un relato en el que cada cual elige libremente su personaje. Y la gente, no sé por qué, tiende a decidirse por un papel feo, de villano, y secundario.

Soledad y belleza

Diré solamente que suspiro por un sueño antes de irme a dormir. Que soy un astronauta a la deriva deseando recibir señales de otras formas de vida como la mía en algún planeta cercano.Que hay paz dentro de mí, y que tengo las manos grandes. Desde mi nave perdida siempre se ven estrellas y una oscuridad inmensa que brilla. La vista es muy hermosa pero me duelen los ojos de tanto esforzarme por descubrir un punto que seas tú mirando a través de un cristal. No te diré buenas noches, porque en el vacío no hay mañanas ni tardes, sino soledad y belleza. Pero es triste que no estés aquí.

Días de reflexión

Enrique Brossa

Estoy de jornada de reflexión. Con un poco de suerte mañana habré terminado, y lo dejaré todo completamente reflexionado y ya no habrá quien pueda reflexionarlo más.

Tengo un lamento callado. Como un fandanguillo mudo. Es un sentir dolor como quien quiere tomar carrerilla, para luego correr con renovado entusiasmo. Un apenarse para rectificar. Es una meditación con luto oficial y protocolo con señales de duelo. Pero yo no tengo banderas que mostrar a media asta.

He dejado a media nariz mis gafas, la persiana a la mitad de su altura, la toalla de mi lavabo descolgada, y así también mi tupé. Hasta los calcetines los pensaba arriar como dos pendones derrotados, hasta dejarlos muy por debajo de la media caña, enrollados en mis tobillos, pero he rectificado a tiempo, ya que leí hace años que los calcetines lo dicen todo de un hombre, y que si alguien los lleva medio caídos y arrugados la gente, tienden a pensar que todo en él andará de igual manera, medio caído y arrugado, así que le los he estirado hacia las pantorrillas todo lo que dan de sí.

Calcetines aparte, algunas veces, esta vez y otras, vivo una suerte de Jueves Santo particular, como cuando la Semana de Pascua no era para irse a la playa y en la radio solo ponían música sacra. Yo la paso en mi Madrid y en mi casa.

Salgo de procesión en una cofradía a la que solo pertenezco yo, y voy por el pasillo de mi casa hacia la cocina echando incienso y tocando el tambor con el ritmo de una campana que tañe a difuntos. Con eso ya tengo bastante y, claro, no puedo aguantar la vela si tengo que estar redoblando. Tendrá que ser otro palo el que la aguante. También me doy golpes de pecho, yo pecador, al mismo tiempo que machaco el parche con mi baqueta. O rasgo el cuero o parto la bellota.

Mi joven amigo y perro, T.O., me mira extrañado con una mirada de genio loco escondida entre greñas, o me sigue por el corredor, como si hiciese de cofrade también, o me observa cual si fuera la gente de la calle, o ladra y aúlla, como reclamando a Dios que le diga por qué no le concede el don de comprender mejor a los humanos. No pides tú nada…

Debo penar. Pensar y penar. Lo siento así. Pero no hay derecho a que para que yo cumpla con mi penitencia y liturgia de exaltación de mi particular crucifixión fuera de temporada, tú tengas que vivir un silencio de Viernes Santo y verte en un Via Crucis que no te corresponde. La mortificada resultas ser tú. Te estoy infligiendo un daño colateral e inmerecido.

Ruego a Dios que mañana sea otro día y que cambie el tiempo claramente. Por ti, que no tienes culpa por la que te debas mortificar. Mereces celebrar la Epifanía y recibir los regalos, y vivir otra pasión conmigo, que no sea según San Marcos.

Mocos

Lo que él sentía cuando hablaba con ella le despeja la nariz y le cortaba la rinitis. Podía prescindir de sus Kleen-Ex. El aire pasaba fresco, fresco. Sus pulmones se llenaban de aire y sanísimos, oxigenaban su cerebro. Sus ideas se aclaraban. Prodigaba mayor atención y más sonrisas. Pensaba que aunque no creyera en Dios, Éste le ayudaría, porque se sentía bueno. Lo peor era eso: lo de sentirse bueno. Semejante estado de cosas era casi repugnante, y tenía que evitarlo a toda costa. Aquello no podía continuar así. ¡Con la cantidad de paquetes de Kleen-Ex de oferta que había acaparado! Sabía que si volvía a sentirse bueno, todo acabaría mal. Tenía que producir muchos más mocos urgentemente.

el mundo, la mujer y la ducha

En la ducha se estaba bien para pensar. El agua parecía brotar desde un manantial caliente en su cabeza y mientras frotaba su cuerpo, sentía las pequeñas cascadas de agua y jabón que le recorrían desde la cara hasta las piernas.

Y entonces lo vio todo claro:

-El mundo avanza en espiral -dijo en voz alta.

Cerró los ojos. Últimamente, se le escapaban frases enteras, como a los vagabundos locos que hablan solos por la calle. Se imaginó de pronto a su mujer, mirándole a través de la mampara.

-¿Qué has dicho? ¿No sé qué de una espiral? -diría ella.

Entonces le miraría los ojos tratando de adivinar si se había demenciado, tan joven el pobre. Abrió los párpados y confirmó que estaba solo. Los juntó de nuevo para sentir mejor la caricia del agua y entonces volvió a decir en voz alta pero esta vez de modo consciente:

-El mundo avanza en espinal.

Imaginó que lo miraba ella con una gran sonrisa y cara de deseo, y le decía que le encantaba que su cabeza estuviese llena de pensamientos así. Soñó también que se desnudaba ante él sin dejar de sonreír y que miraba su cuerpo y le abrazaba bajo la ducha diciendo:

-Me gusta eso que has dicho. Vamos hablar de cómo avanza el mundo en espiral mientras nos pasamos la esponja.

Abrió los ojos de nuevo y cerró el grifo para no llegar tarde al trabajo.

Alfombra

Hay una alfombra de tristeza
sobre la que alguien camina.
Mojándose bajo la lluvia.
Resbaladiza.

Sin espejo para verte

Yo sé de un punto en tu frente
donde los ruidos se apagan.
En él las voces se callan.
Sin espejo para verte.
Mira el punto de tu frente.

Escribir en el tren

Da miedo superar una etapa. Es peor que abandonar tu país o tu casa porque no se puede regresar nunca a un tiempo pasado. Solo puedes transitar por él, como un muerto viviente, hasta cortar un día de modo definitivo. A mí ese estado de reliquia incorrupta me gusta. Siento ese apego que está tan mal visto por los partidarios del presente. Prefiero y siempre preferiré la triste melancolía al supuestamente saludable olvido y a la felicidad artificial, aséptica, funcional y fría como una clínica. No hay significación en ese sucedáneo de alegría. No quiero desatender mis viejos sueños, aunque quizás ya no valgan para nada. Son mi religión. Mi camino me sigue aportando momentos especiales. Algunas veces buceo en el gris azulado de la niebla. Otros bajo un sol feliz, brillante y eufórico. Vivir es eso. Los años tienen estaciones, unas más inclementes que otras. Quiero que el roce del aire, el frío y el calor impresionen la piel de mi frente. No creo que nadie realmente desee pasar su vida dentro de un centro comercial climatizado.

Te invito a vivir conmigo o, mejor dicho, a la vez que yo, porque cada uno estará en su casa. Tengo interés en contarte cómo veo yo esto de tener que existir; que hay una alternativa al optimismo simplón del pensamiento positivo. Que no hay por qué elegir entre la depresión y la idiotez. Que me niego a sonreír sin motivo para sentirme mejor. No hay felicidad en lo insípido, ni placer en lo insulso. Que tengo otro enfoque, otra solución, aunque la vida no tenga por qué solucionarse. La profundidad y la autenticidad conllevan riesgos y costes, pero yo pago contento por comida de verdad y renuncio a la comodidad de alimentar mal mis vivencias con los sabores de experiencias envasadas en un blíster.

He estado ausente. Bueno, por aquí, como siempre, pero distraído. Disfrutando de todos vosotros. De vuestro apoyo, de vuestro cariño, que ha sido tanto que llegó a sorprenderme. Creo que ahora siento añoranza de la perplejidad que cargaba cuando me conocisteis. Vuelvo a ella, vuelvo a mí.

No es una despedida. Al contrario. Es un reencuentro. Siento que al traicionarme un poco a mí mismo os he faltado también a vosotros. Regreso entonces a mi carril, para que vosotros, amigos o desconocidos, podáis volver a montar en mi tren y viajar conmigo.

Os daré un consejo: no abarrotéis vuestros textos ni vuestra vida de metáforas, al contrario de lo que yo hago ahora al deciros que desde vuestra ventana se seguirá viendo mi parcela. ¿Pero no estábamos en un tren? –diréis con razón- Da igual. Desde vuestra ventana se seguirá viendo mi parcela. Si os animáis me acercaré al seto que nos une y hablaremos como siempre y mientras podaremos las hojas, para que nos veamos con mayor comodidad. Reconocedlo, me lo han dicho hace poco y es cierto, soy amigable. Es absurdo que eso no sea lo normal, pero más allá de estos contactos vecinales, quiero decirte que vuelvo a iniciar un viaje interior que dejé a medias un día. Creo que mi trayecto… ¿Otra vez al tren cuando estábamos en la parcela y el seto? …puede seros útil. El que quiera, que me siga. O mejor, que me acompañe y me ayude a descubrir juntos el camino. ¿Quién se apunta a escribir su vida a mi lado?. Hablaremos de eso: de escribir y vivir de modo creativo. De ser, de buscarse, de “desbrozar” pensamientos. De superar etapas o continuar en ellas.

Subido a una escalera (sin terminar)

La palabra clave que distingue el cariño del verdadero amor, me gustaría creer que es la palabra «incondicional». Nosotros hemos querido a nuestro padre de modo incondicional, a pesar de sus extravagancias.

Mis hermanos y yo no nacimos en españa. Mis padres sí. Él era diplomático. Cambiábamos continuamente de país, de idioma, de niñera, de colegio, de amigos… Pero lo vimos como normal, porque era lo que habíamos vivido siempre. Por fin, a mi padre le hicieron embajador en España de un país que ni siquiera era el suyo. Es decir, que pasó de pertenecer al cuerpo diplomático español a servir de embajador en Madrid de un república extranjera que nadie sabía situar en el mapa, gobernada por un tirano de una tribu primitiva. Así de original era mi padre. Tan amigable, que todo el mundo contaba con él al poco de conocerle para cualquier cosa que se le ocurriese. Dejó de pertenecer al cuerpo diplomático español para representar al Gobierno que creó un amiguete suyo africano después de matar miles de personas en una guerra que duró varios meses. Nadie entendía semejante cambio. Pero el siempre respondía, que lo importante era vivir en España finalmente.

Su salario lo negoció con el Presidente de aquel país, un negro gordo y calvo al que le gustaba mucho todo aquello que fueran vicios.

-Presidente.
-Puedes seguir llamando Bimbo a mí.
-Viviré en la embajada en Madrid. ¿Te parece bien, Bimbo?
-Claro. No problemas.
-Sera un piso de techos muy altos.
-Así será. Te pondré embajada en tú dices y no problemas. ¿Por qué techos muy altos?
-Para que quepa una gran boiserie.

Mi padre encontró un edificio singular con una gran cúpula, y vio que podría tener una boiserie de tal envergadura que cabrían todos los libros recuperados que había tenido que ir abandonando paulatinamente en almacenes de trastos por no poderlos poner en su casa o embajada.

Cuando llegamos a Madrid le dijo a mi madre.

-Voy a trepar a la parte alta de las estanterías.

Desde entonces, pasó la mayor parte del tiempo leyendo sobre una escalera de mano que usaba para buscar en la estantería. Iba a buscar un libro o  ponerlo en su sitio y entonces descubría otro, y comenzaba a hojearlo y la lectura de éste quizás le llevaba  consultar un tercer o cuarto texto. Había mañanas  en las que subía a depositar un libro y tres horas más tarde todavía seguía con él en la mano. Esto le aportaba una gran cultura, pero le comía su tiempo. Afortunadamente, su amigo Bimbo no le llamaba nunca y solía tener poco que hacer en Madrid, salvo acudir a algún que otro cóctel. Otra desventaja era que sus músculos se contracturaban con facilidad de tanto estar leyendo colgado de una escalera en posturas absurdas.

Cuando cumplió cincuenta y dos años mi madre le regaló un casco con linterna que había conseguido gracias al novio minero de una sirvienta que teníamos, Xosefa, que era asturiana. Por si se cae de la biblioteca, mejor que lleve casco, decía mi madre, y además, que los cascos de minero tienen luz y le vendrá bien para leer. El caso es que mi padre empezó a ir a desayunar cada mañana con su libro y su casco para leer un poco también mientras se tomaba su café con leche. Mis hermanos y yo nos reíamos, pero nuestra madre empezaba a hartarse de su propia broma y se quejaba amargamente de que Aurelio, mi padre, había descubierto que era un complemento muy útil para leer en la cama, de modo que a la hora de acostarse, salía del cuarto de baño en pijama  y batín, e  iba a su biblioteca a tomar un libro y su casco de minero y con ambos volvía y se metía en la cama. Xosefa le guiñaba el ojo a mi madre:

-Señora, qué afortunada, no sabe usted lo que es un minero… Con todo respeto, otras querrían. Qué gran pareja hacen, tan guapos los dos: la embajadora y el minero.

-¡Xosefa!

Mi madre no sabía qué cara poner. Quería por un lado ser tolerante y moderna pero por otro ser precisamente eso, la embajadora, y no entrar al trapo en según qué tipo de bromas.

-¡Xosefa, qué lengua tenemos!

Cuando llegaba el embajador, Xosefa salía solícita a preguntarle si podía servirle una copa o si necesitaba alguna cosa, pero mi padre le contestaba siempre que no quería nada, le daba las gracias y le daba un beso a mi madre. Entonces Xosefa salía de la escena tarareando el «Soy minero», como Antonio Molina.

-Aurelio, debes devolver ese casco al novio de Xosefa. Aquí hay un cachondeo a costa del casquito que tienes que cortar de raíz.

-No te preocupes, cariño. Voy a poner unos focos estupendos para poder leer allí, que…

MI madre le cortó.

-¿Por qué tienes que poner luces de lectura ahí? ¿No puedes leer en un sillón, como todo el mundo hace? Eso de leer subido a un palo será normal en la «República de Bimbo», que es el eslabón perdido, pero aquí no leemos colgados de los árboles.

-Estás equivocada, cariño. En la tribu de Bimbo, es muy cierto que se suben mucho a los árboles, pero nunca leen allí ni en ninguna otra parte, ya que la mayoría no saben leer.

Mis hermanos, Xosefa  y yo nos moríamos de risa. Sin embargo, mi padre puso una iluminación magnífica «para poder ver bien y no para ponerme a leer», decía el embajador, pero Xosefa no aceptó que le devolvieran el casco de su novio.

Poco a poco, no. Muy rápidamente la asturiana les tomó  medida a mis padres. Xosefa le llevaba siempre algún tentenpié a mitad de mañana.

-Déjemelo sobre ese escritorio, por favor, Xosefa.

Pero se distraía con sus libros y al final todo se le quedaba frío. Hasta que Xosefa, con sus carcajadas, decidió inventar una bandeja para don Aurelio, que pudiera colgarse en lo alto de la boiserie. Esto lo hizo con uno colgadores de camisas, unas pinzas de tender la ropa y una bandeja de las medidas adecuadas que logró encajar en el triángulo de las perchas. El invento era bien antiestético, pero funcionó.

-Mire, don Aurelio, lo que se me ha ocurrido para que pueda almorzar sin bajar de su biblioteca.

Mi padre lo probó y… ¡Era muy cómodo!

-Xosefa, yo no miento nunca y menos a mi esposa. Pero  si no me pregunta si lo ha hecho usted no se lo diré, ya que no creo que le guste su idea. Sin embargo, yo la encuentro muy interesante. Gracias, Xosefa, siga usted con ese ingenio tan particular.

 

CARTA ABIERTA A UN DETRACTOR DE UNAMUNO

Cuando se ningunea la relevancia de alguien como Unamuno recuerdo esos abueletes que ven el fútbol en la tele del bar del pueblo e increpan a los jugadores: ¡Cristiano eres un inútil! ¡¡Messi,que no estás haciendo nada!! ¡¡Árbitro, que no te enteras!! ¿¿Entrenador, por qué no sacas a Isco??

Uno se vuelve a mirar de dónde salen esas voces y encuentra un despojo soportando a duras penas el peso de una boina. Despojo que seguramente tampoco fue superman en su juventud. ¿De qué vanidad hablamos? ¿De la de Unamuno? ¿De qué soberbia? Quizás la del que juega a los iconoclastas.

Lo que usted dice se puede plantear con algo más de moderación y prudencia. Unamuno me parece grande. Está entre mis favoritos. Me da igual en qué bando de sectarios españoles estaba, porque para fijarse en eso no hace falta escribir más. Se le pone la etiqueta, y listo.

Yo también insultaré a Unamuno un día de estos y despreciaré toda su obra. No lo he hecho todavía, porque creo que primero tendré que tener una obra mejor que la suya y reconozco que por ahora, créame, por torpe que le parezca Unamuno, yo aún no tengo una obra que lo supere.

Cada obra y cada autor, son el reflejo de un mundo, con sus propias reglas de juego. No creo que se deban hacer comparaciones ni establecer rankings. Intuyo que jamás Unamuno trató de compararse con los autores que citó él y con los que cita usted. No por ser superior ni inferior, sino por ser otra cosa, y estar en otra línea. Tiene todo el derecho a criticar lo que quiera, eso está claro. Parece además que haya usted leído sobre el tema. Pero, creo que Unamuno se merece que le dé usted una o dos vueltas más a su juicio crítico.

Con mis jerseys

Has tenido tiempo para crecer. Más que yo para cuidarte. Tus ojos redondos, y enormes en tu cabecita esférica de bebé se han enmarcado ya en pestañas de mujer.Te vistes con mis jerseys de lana, que te van tan enormes, y eso nos divierte mucho. Espero que te protejan. Pero ya no vamos juntos a comprar chuches al quiosco. Pusiste fotos mías en el cristal de tu ventana cuando eras una niña. Pero cuando te asomes, pronto pensarás en alguien que ya no será papá.

Una vez te dije, hija mía, que mi papel era lograr no hacerte falta, que eso querría decir que estabas lista para vivir. Ahora me da miedo pensar que ya tienes una edad y una madurez tal que pronto no seré necesario para ti. Pídeme algo mañana, por favor. Estos años han volado, y ahora siento que hubiera querido hacer mucho más por tus hermanos y por ti. Pedidme algo mañana. Siempre querré ser útil. Iré a comprar los churros y haré el zumo antes de que os despertéis. Después os propondré una excursión dominical y trataré de que nos perdamos un poco con el coche para que tengáis un tiempo adicional de seguir cantando desde los asientos de atrás.

No sé cómo voy a manejar el imprevisto éste de que os hayáis hecho tan mayores. Pero os quiero de verdad.

En compañía de los tuyos

Bueno, tengo la sensación de que te felicito el año nuevo cada semana, así de rápido me parece el paso del tiempo. Te felicitaría el año próximo y pensaría, ¿otra vez igual? ¿no me estaré haciendo pesado? Me diréis, que sí, hombre, que sí, que feliz año, que ya me lo vienes diciendo desde el siglo pasado. Afortunadamente hay un número que cambia. Hoy toca el 2019, así que no es exactamente lo mismo otra vez. Cambia el 9. Ese es el motivo de tanto alboroto. El numerico. Sin acento, que es el diminutivo cariñoso de origen aragonés, como las mejores aceitunas negras del mundo.

¿Y qué os deseo yo? Pues eso, lo normal, que todo sea muy bueno y abundante. Diréis, este Enrique Brossa, qué poco entusiasmo pone en la felicitación. ¡Pues no! Solo en esta parte de mi felicitación, tan obligada, tan manida y manoseada que os dice todo el mundo: lo de la ilusión, el amor, la paz, la alegría, la justicia…Y lo de «los tuyos», Lo de «en compañía de los tuyos» realmente es más de Navidad pero muchos lo dicen igual en Nochevieja. ¿Por qué no? A mí me gusta lo de los tuyos. Siempre «con los tuyos»… Eso me hace gracia. ¡Los tuyos! ¡Con los de otro, no, ¿eh?!!! ¡Ojo! Algunos querrían estar esta noche con la de otro… Pues no. Paz, amor, alegría, salud, y todo lo demás, siempre con los tuyos, refiriéndonos a la familia, no con la plantilla del Real Madrid o el equipo que corresponda. Con la familia, que es la que en España se despide a las 00:10, después de tomar uvas a las 00:00 y brindar, se van corriendo con cualquiera que no sean los suyos, sino con unos «amigos suyos». Huyen despavoridos de la programación especial Nochevieja de los canales de televisión. O te vas, o te quedas con la tele tocándote los tuyos. Antes se decía «Feliz Nochevieja y próspero año nuevo (me gustaría decir Añonuevo).Pero la palabra feliz yo creo que no encaja con algunas expectativas de Nochevieja. Es otra cosa, más eufórica y excitada. Y respecto a lo de la prosperidad… ¿Qué narices era eso de la prosperidad? ¿Alguien lo sabe? Algo del siglo XX, creo, no lo recordamos bien.

Resumiendo: yo que siempre he sido y soy, nótese mi retórica, he sido y soy, decía, partidario del cambio y de la innovación, os traigo un deseo distinto a todos, porque, oye, hay que ventilar ya esas viejas felicitaciones. A ver, dejadme que me aclare la voz. Un carraspeo y os escribo mi felicitación solemne del 2009. ¡Ay no, del 2019!

Voy:

Te deseo que en el próximo año 20… 19… y en los siguientes, que leas mucho en la web desafiosliterarios .com.

Hala. Ahí quedó.

¡No,perdón! ¡¡Esperad, que lo he dicho mal!!

Te deseo que leas mucho en Desafíos Literarios.punto com… ¡en compañía de los tuyos!

Sabía yo que faltaba algo…Y bueno, todo lo de antes. La paz, el amor, la justicia, la libertad, los éxitos, y ganar la liga. Lo que sea, incluso recuperar el cabello, Os deseo «lo más». Lo más, lo más, lo más que haya. Hala, todo para vosotros, y con eso ya gano yo, porque no se puede desear por encima de eso. ¿Para qué añadir nada?

Propósitos de Nochevieja

Feliz Nochevieja. Cuando el jolgorio pase, quedarán rescoldos de juerga callejera. La euforia será un eco cada vez más lejano y algunos fuegos artificiales tardíos dibujarán brillos en la noche. El gruñir de motores, y el canturreo de jóvenes ebrios apurando las últimas oportunidades, perderán la guerra contra el manto oscuro del sueño y el silencio, que irá apagando las risas a pocas horas del amanecer.

Pensaré en ti. Querré pensarte sin nostalgia. Mirar hacia el presente que está a punto de llegar. Quiero dominar los acontecimientos. Moldear los siguientes eventos. Ahuecarlos. Mullirlos para ti, por si quieres permitir que tu nuca repose en ellos un poco, o quizás algo más. Para que podamos jugar y reir sobre una cama que tú sabrás decorar con sonrisas, con el color de tus ojos y con el calor de tus lomos.

Querer algo con desesperación, es como rezar con los puños cerrados. Así de intenso es el deseo de que mis hechos labren el tiempo y el mar. Y de labrarte a ti, mientras arañas las sábanas. Te ofrendaré mi esfuerzo y mis recaídas, a ti, si nada exiges ni reprochas. Por ti que me tolerarías todo, y que todo lo comprendes, siento que te debo algo y que disfruto con mi entrega.

No vuelven solos de nuevo nuestros días. Te los quiero traer yo.

YA SE VAN

Hemos sobrevivido a otras Navidades, a sus maratones gastronómicos y roscones y turrones, y copas y a las nostalgias, a los cotillones… Hemos sobrevivido a la pandereta del sobrinito insoportable, quítale también el matasuegras al otro, bajad la televisión, por favor, niño, deja de tocar las velas. A las lagrimitas de la abuela, a los momentos tirantes con la cuñada, la irritación de la anfitriona, al empacho, a los discursos, a los brindis, a las compras y despilfarros… A las Nocheviejas prolongadas más allá del amanecer,, a los excesos etílicos, a lamentables conversaciones sobre vino y champán evidenciando ridículas pretensiones enológicas, a la cena con los del trabajo, con los del cole, con los de la universidad, con los del equipo, a las llamadas telefónicas con personas con las que solo hablamos en fiestas, a las felicitaciones, a los olvidos imperdonables, ¡no me digas que te has vuelto a olvidar de llamar este año a… , !!! Hemos sobrevivido a las ausencias; a los recuerdos. Hemos sobrevivido a los desplazamientos por carretera, casi todos hemos sobrevivido, y a los atascos. Hemos sobrevivido al estreno de la infernal metralleta de Carlitos en la comida del día de Reyes, ¿pero de qué rey mago cabrón habrá salido ese cacharro? Hemos sobrevivido una vez más al oportunismo de los políticos, al engendro de la Navidad laica y a las muletillas sobre la paz y el amor; a los anuncios de fragancias que transmiten mensajes tan edificantes como la adoración de la pasta gansa y la subyugación sexual. Hemos sobrevivido a los programas musicales de televisión, a las películas navideñas con final estomagante… a las colas para empaquetar regalos, aunque nos falta pechar con los cambios y devoluciones.

Hemos sobrevivido, al menos yo, a los momentos de cierto reblandecimiento al ver a nuestros hijos, y su ilusión… el brillo de sus ojos. Al pequeño que disimula como que si no supiera lo de los Reyes.

Y la conclusión es paradójica. Donde he escrito sobrevivido podría sustituirlo por… sucumbido.

Déspotas

Un déspota no es nada, no representa ninguna ideología. Solo es un fulano, un mal perro, un tipo tratando de abusar del poder. Los sátrapas no son ni de izquierdas ni de derechas. Pertenecen al mundo, a la especie. Son la faceta animal, simple, elemental, silvestre y patán de un humano. Quizás alguien que se sabe mediocre y trata de sobrecompensarlo y convierte su egoísmo gigante en una tortura para todos. No hagamos debate ideológico donde no lo hay. Salvo el de democracia sí o no. Quien matiza y pone adjetivos a las democracias… cuidado con él.

Los burros a la cuadra.

HORÓSCOPO DE LA SEMANA PARA LOS NACIDOS ANTES DEL MEDIODÍA CON LA TELE ENCENDIDA

HORÓSCOPO DE LA SEMANA PARA LOS NACIDOS ANTES DEL MEDIODÍA CON LA TELE ENCENDIDA

Buenas noticias para los aemes. Durante esta semana no van a sufrir picores en las corvas, a diferencia de los peemes, que hasta el domingo siguiente deberían abstenerse de lucir bermudas.

El aeme presenta por lo general una naturaleza flemática y organizada. La mujer aeme es muy dada al coleccionismo, sobre todo a partir de los noventa o noventa y cinco años, y se compra cucharillas con el escudo de las ciudades que visita. Excepcionalmente, la aeme con tele encendida puede usar la cucharilla comprada en Milán para pescar trozos de galleta o bizcocho flotando o sumergidos en el fondo del tazón de leche con azúcar. Pero solo en momentos contados de euforia que podrían presentarse sin avisar ante el anuncio de la boda de algún nieto. Lo logico es pescar con cucharilla normal.

Las jóvenes aeme podrán lucir el abrigo ese oscuro que les sienta tan bien, porque hasta ahora no hacía suficiente frío oye, hay que ver que tiempo tan raro..

Las mamás aemme con tele encendida sabrán de un sitio donde hay unos muebles para habitaciones de bebé ideales para ponerlos con cojincitos de color rosa.

Sentirán atracción por un mentonudo de frente estrecha el sábado por la noche. Lastima que ya está casado con una mujer acelga con verrugas genitales. Otra ocasión significativa surgirá también durante la misa del domingo.

Los varones aeme de tele encendida están de suerte esta semana, porque sus parejas colocarán varias cosas en un estante equivocado de su nevera, lo que podrán reprochar obteniendo así un importante refuerzo psicológico, ya que si no fuera porque él pone un poco de coherencia.. ¿no acabaría su mujer colocando los calabacines en el cajón de la fruta? Cualquier cosa sería posible.

Mejor día, el jueves, para el aeme chico, ya que por la noche llevarás el coche a lavar y ordenarás el maletero. Dejarás el nuevo juego de destornilladores minúsculos de relojero bajo el asiento del conductor, por si en un viaje se te afloja el tornillo de la patilla de las gafas de sol, por ejemplo.

Si eres aeme chica, el lunes, es posible que la farmacéutica se despiste y te salga gratis el hilo dental. Discutirlas con tu madre seguramente cuando la veas, pero no antes. Y dirás varias veces alguna expresión que no te pega, como gineceo, desubicado y carpe diem, lo que no es aconsejable, ya que no las usas bien.

Debes mantener a raya a tu cuñada, que es una envidiosa.

Piedra favorita, el diamante, que es para siempre y en un momento dado lo puedes vender. Aunque sea para siempre, da igual, lo puedes vender. No empece. Vamos, que lo puedes vender.

Solicita el horóscopo que más te interese y nosotros con mucho gusto te contestaremos con cualquier chorrada y ya verás que bien. Siempre que no nos pongamos más serios y te pasemos así mismo… cualquier chorrada.

Invento tu horóscopo

Invento tu horóscopo

He escrito un horóscopo exclusivamente para ti. No es astrología. Está basado en las nubes, la luz y las sombras. No descubre tu futuro sino tu presente profundo. Yo lo escribo y tú lo comprendes. No te digo nada que no sepas. Te ayudo a comprender que siempre lo has sabido.

Toca pensar. Toca actuar. La calle está mojada y resbaladiza. Has entendido por fin la realidad. La de fuera y la que debes construir dentro. Con decisiones. Con acción. Tiempos apasionantes que te pondrán a prueba. No son difíciles si sostienes tu estado de ánimo hasta descubrir y ejecutar tu próxima meta.

Cuidado con las concesiones.

Tambores lejanos

Tambores lejanos

Hay un estado que podemos llamar serenidad. Suena muy bien. Se asocia a un tipo de plenitud espiritual y sabiduría. Es eso que hay que mantener en momento de peligro. Lo que nos previene de los cambios de estado de ánimo que pueden provocarnos otras personas o factores externos. Otro parecido llamado tranquilidad, que sin embargo tiene mala prensa. Cuando nos referimos a una persona, frecuentemente lo asociamos a una cierta falta de interés, o de capacidad de reacción, como si estuviera cerca de la abulia o de la apatía. Hay un estado de alerta, que puede ser interesante, ya que implica un grado alto de atención. No obstante las personas que viven en permanente estado de alerta bordean el estrés y lo transmiten otros. En el lado opuesto están el temor y el miedo. El miedo es imprescindible para la supervivencia. No me refiero para reaccionar ante el enemigo, no. El miedo es imprescindible para la supervivencia de todos los cantamañanas que dan consejos a los demás sobre el miedo por un módico precio. Esos que te dicen, que debes vencer el miedo, que el miedo es tu enemigo, tienes que vivir sin miedo… Esos rollos baratos son toda una industria, porque aproximadamente el 50% de la población actual de los países desarrollados pretende vivir de dar consejos al otro 50% y solo se saben lo de los miedos y lo de la zona de confort. LLevan con eso unos veinte años y ya nos lo sabemos todos, pero por lo visto sigue funcionando. Por lo demás el miedo es una sensación de peligro que te hace generar estados de alarma necesarios o útiles para superar los peligros, cuando os peligros son reales y concretos. De alarma, no de alerta. Si estos estados de alarma no son respecto a peligros concretos como un león, o una reunión de copropietarios, sino sobre algo inconcreto y continuo, como el futuro, se califica como algo patológico y puede ser estrés y también ansiedad. A todos los tipos de miedo que superen un alto nivel de alarma tenemos que llamarles pánico. El pánico está al extremo de este gradiente o escala que hemos descrito. No tiene sentido hablar redundantemente de enorme pánico, en general, aunque lo digamos con frecuencia, porque si es pánico, es ya enorme. En principio, tampoco tiene sentido hablar de pánico pequeño, por el mismo motivo. Si es pánico,no es pequeño. El terror es algo que está presente en realidades y relatos presididos por expectativas inmediatas de muerte no producidas por la enfermedad sino en circunstancias difíciles de aceptar como normales, ya sea por la acción de un monstruo o de un aserradero.
¿Y qué? ¿A dónde quiero llegar con todo esto?
He vuelto a sentirlo. Estoy tranquilo. Estoy sereno. Pero he vuelto a oír tambores de guerra muy distantes. Siento como un pánico ligero, casi nimio, remoto. Sí, ya sé que estoy contradiciendo lo que acabo de explicar pero es lo que siento. Un pánico alejado y leve… Como el anuncio de una guerra en un territorio vecino, distante, pero que parece querer traspasar la frontera y dirigirse hacia mí. Lo presiento. El mal me acecha. El infortunio me está rastreando y sus tropas de infantería vienen despacio, a pie. Andan buscándome para cercarme antes de hacerme preso o hasta eliminarme. Creo que no es miedo, sino pánico… pero muy pequeño. Amortiguado. Un pánico más pequeño aún que el propio miedo leve. Yo estoy tan pancho, porque realmente no me pasa nada. Están perfectas mis funciones gástricas e intestinales. Acaso mi corazón ande agitado por eso, pero no lo creo: será por mis cuatro cafés diarios. Estoy muy bien. Pero lo que sí que tengo es un pánico chiquitín, de nada. Un terror del tamaño de una anchoa o menor. Como media anchoilla, o un tercio de anchoilla esmirriada. Eso no es miedo ni es nada. Pero lo oigo… Ese redoble de tambores que lleva años persiguiéndome. Creí haberme acostumbrado a él y puedo ignorarlo, ningunearlo, seguir siendo feliz no haciéndole caso, pero yo diría que ahora lo acuso más que otras veces… Precisamente ahora. Y hoy, domingo, ¿dónde encuentro yo algún charlatán de guardia que me explique cómo superar un pánico leve? Antes de que la lombriz se convierta en tiburón o en boa constrictor gigante, necesito un rearme mental y eso solo se consigue remunerando con cien euros a algún gilipollas.
Y lo trágico es saber que en el fondo, mi peculiar acúfeno de tambores y arcabuceros lejanos desaparecería si pudiera darte ese abrazo que quizás tú necesites más que yo, si cabe.
HORÓSCOPO DE LA SEMANA PARA LOS NACIDOS CON EL MENTÓN PROMINENTE

HORÓSCOPO DE LA SEMANA PARA LOS NACIDOS CON EL MENTÓN PROMINENTE

Esta semana irás y volverás como si tal cosa. Hay una sensación en ti de pérdida de tiempo pese a que te mantienes tan ocupado.

Si eres una mujer, trata de no parecer tan dispuesta y a la vez tan fría. Prueba a simular exactamente lo contrario, deberías comprender a los hombres. Saludarás a alguien especial en la misa del domingo.

En cuanto a los varones: trata de no frustrarte por no captar el interés de cierto tipo de mujeres. Dedìcate a ganar dinero, que eso te pega más. Sigue siendo un bravucón, que lo haces bien. Prescinde del fijador y comprende que tener pinta de cabrón y criar barriga no es una buena combinación.

Los mentonudos frecuentemente dedicáis sarcasmo respecto a los que están en peor posición. En esos momentos en los que sonreís como un cocodrilo, tratad de pensar en el lagarto Juancho, que siempre parecerá otra cosa.

Es posible que durante los próximos días repareis en que nunca hay manera de encontrar la maldita camisa a rayas. Trata de no exasperarte. Vas a disfrutar mucho denigrando a compañeros en comidas de trabajo y contando a la gente que conoces a gente. Sacarás a relucir con gran desenvoltura tus últimas compras y otros «signos externos».

Mejor día, ese en el que puedas ver el fútbol.

Una mujer aburrida y depresiva con lunar notable en el rostro y también con verrugas genitales, puede cruzarse en tu camino. Mentonudo, esta te podría valer. No tiene ni gracia, ni tiene na. Pero para esposa… ¡Qué más dará, tío, claro que sí!

Respecto a la mujer mentonuda: quizás conocerás en tu gimnasio a una chica muy especial de muslos y senos poderosos y sudados que no te dejará indiferente, como se suele decir de los libros malos.. Puede ser el principio de una gran amistad de varios meses.

Modera tus afanes, o se resentirán algunos órganos como el corazón o el hígado. Tranquilidad, mentonudos.

Piedra de la suerte, en el ojo de alguien.

El hombre de la bolsa de galletas

Para el hombre de la bolsa de galletas nada tenía tanta lógica como sentarse a mirar en vez de actuar. Hacerse a un lado antes que mostrar afanes, en aquel mundo sin sentido. Unos pajaros comenzaron a aproximarse tímidamente atraídos por la expectativa de poder hacerse con alguna migaja de sus pastas. Él los miró. Frágiles, graciosos, inocuos y vivos. Se fijó especialmente en uno que se acercaba dando pequeños saltitos muy cómicos. Estas cosas y el suave calor del sol en el parque durante un instante le generaron dudas y estuvo a punto de apostatar de su fe catastrofista. Pero tampoco. ¿Qué significado podría tener un gorrión en el contexto de la cruda realidad? Aquel pajarito era como una licencia poética, en una parodia infinita, un capricho más del absurdo existencial. El mundo es solo una mentira, un escenario en el que todos somos a la vez personaje y atrezo de un drama inacabable. Es la vida que se imita a sí misma.

DOCUMENTAL CONTRA DALÍ

DOCUMENTAL CONTRA DALÍ

Hace unos días vi un documental sobre pintores surrealistas. Creo que duró unos cuarenta minutos. Nombraron quizás a unos cuarenta artistas y de todos dijeron que eran fabulosos. Hasta que llegaron a Dalí. Dijeron que era un falso surrealista, que no era bueno, «aunque dibujaba bien», que no era original -con la «orginalidad» que disfrutamos desde hace 100 años que llevamos de manchar lienzos, que ya ni provoca escándalo. Se metieron con su vida sexual, le atribuyeron mil traumas personales… Lo despreciaron sin piedad. Pero lo más sorprendente es que hablaron más tiempo de él que de nadie. Quizás le dedicaron unos diez minutos de los cuarenta y usaron los treinta minutos restantes para mencionar a todos los otros.

Estas cosas llenan mi cabeza de preguntas:

¿Por qué hay que hablar de alguien si supuestamente no vale nada y no tiene ningún interés?
Y además, ¿por qué hay que hablar durante tanto tiempo? ¿No estaba tan claro que era malísimo?

Modestamente daré mi opinión. Creo que el problema del autor del documental con Dalí no es que éste no le guste a él sino que sí que le gustaba a mucha gente. O a todo el mundo. Su genialidad era clara y eso impide que algunos puedan «explicarnos» el arte, como quien descifra algo oscuro convocando a los espíritus. No hay intermediarios posibles entre un cuadro de Dalí y la emoción de los que lo contemplan. Pocos pintores logran eso. El mensaje del documental es: atención, señores. Que nadie se fije en Dali, que Dalí es muy malo. Pues eso desde luego, sí que es surrealista y freudiano. Qué gran reconocimiento implícito. A algunas calles de Cataluña les están quitando el nombre de Dalí, dado que no era precisamente separatista. Quizás pondrán ahora el nombre de Tardá o Rufián, o Mas o al otro, el del análisis del ADN. Quo vadis, Cataluña?

Pero no creo que su españolidad fuera el problema. Más bien su grandeza. Parece que algunas personas tienen una relación contradictoria con la gente a la que ¿no valoran? ¿o sí que la valoran y mucho? Están pendientes continuamente de ellos y su mayor esperanza es poder denigrarlos. Ahí están los llamados programas del corazón. Son un fenómeno parecido que consiste en destrozar la intimidad y la dignidad de alguien por el mero hecho de ser conocido. Millones de personas se degradan viendo estos programas malsanos y miserables.

No es fácil ignorar a Dalí. Su narcisismo y sus bigotes velazqueños indignan a los mediocres. Como sucedió con otros grandes pintores, no solo sus cuadros, sino también su vida, y su personalidad fueron obras de arte. Su trabajo fue gigantesco, creativo y genial y no sé por qué a mucha gente le molesta. Por cierto, escribió poco, pero de maravilla. Leí unas palabras sobre su tierra que me encantaron. Y también un libro recopilatorio de frases suyas, a cual más brillante.

No, no es fácil ignorarle. Eso es una cruz para algunos críticos. Yo a los que disfrutan (o disfrutarían) viendo fracasar a las personas que valen más que ellos les daría un consejo: Si no te gusta Dalí, vive sin Dalí. Dalí vive perfectamente sin ti.

Horóscopo para los que piensan en la teta y la luna.

Horóscopo para los que piensan en la teta y la luna.

Querido tetalunero, cascabelero. Mi horóscopo absurdo de hoy va dirigido a ti, que quedaste hechizado por el influjo de esa obra maestra, «La teta y la luna», esas figuras a la vez.imperfectas como esferas, dado que tienen cráteres y areolas, pero más que perfectas, «metaperfectas», ideales, para todo buen tetalunero.

Esta semana, los tetaluneros volverán a contemplar los resplandores de la noche con melancolía. Normal. El tetalunero frecuenta más la luna que la teta. De eso se queja. La teta pertenece al ámbito de la realidad palpable y la luna es, en contraposición, símbolo de inmaterialidad, ese satélite que da vueltas a nuestro alrededor, como los sueños en nuestras cabezas, o como la Campanilla de Peter Pan. El tetalunero,  en vez de anclado en las honduras abisales de cualquier océano o entre las masas rocosas de tierra adentro, pende prendido de los cielos, atado al espacio sideral por el tobillo izquierdo, sin apenas poder llegar a rozar con las yemas de  los dedos la sustantividad del pezón o del suelo. Eterno soñador, pone distancias con la poesía, porque lo que realmente le conmueve es una prosa prosaica de ubres orondas, rebosantes, sanas rozagantes, generosas, lozanas y bellas y dejemos ya de adjetivar tan obsesivamente. Fantasea con globos en los que enterrar las dos orejas a la vez, o chapuzarse entero, como en esas piscinas de bolas de los cumpleaños infantiles, solo que quizás, sacando algo más la lengua.

Esta semana no será fácil para ti. Cuando recuerdes La teta y la luna, trata de no subirte al tejado de tu casa, porque tus vecinos, menudos rancios, tienen la mente estrecha y les parecerá un comportamiento extravagante, tanto más si comienzas a aullar. En vez de eso, nuestro consejo es este: escápate. Escápate o cápate. Pues casi mejor lo primero. Ráptala ya. Verás que no le parecerá tan mal.

En los próximos siete días estarás estable en el amor y en el dinero. Respecto a la salud, trata de no desgastarte en exceso.

Tetalunero, tu piedra favorita es esa tan fea,  la que birlaste del parterre de un bar-jardín tomando una copa con ella, aquella noche en que tanto brillaban sus ojos mientras se derretían los hielos. ¡Vaya manera de quedar como un panoli, con la piedrita!. Mejor la hubieras tomado al menos del macetero, lejos del alcance de los desahogos  de un perro. Como no espabiles… Por cierto, que el jardín no era tan bonito como tú creíste verlo.

Mejor día de la semana, el viernes, que como estará nublado, será aquel en el que dejes de dejarte obnubilar  por el cosmético rutilar de la luna.

La felicidad está al alcance de tu mano, tetalunero. Céntrate.

Tambores lejanos

Hay un estado que podemos llamar serenidad. Suena muy bien. Se asocia a un tipo de plenitud espiritual y sabiduría. Es eso que hay que mantener en momento de peligro. Lo que nos previene de los cambios de estado de ánimo que pueden provocarnos otras personas o factores externos. Otro parecido llamado tranquilidad, que sin embargo tiene mala prensa. Cuando nos referimos a una persona, frecuentemente lo asociamos a una cierta falta de interés, o de capacidad de reacción, como si estuviera cerca de la abulia o de la apatía. Hay un estado de alerta, que puede ser interesante, ya que implica un grado alto de atención. No obstante las personas que viven en permanente estado de alerta bordean el estrés y lo transmiten otros. En el lado opuesto están el temor y el miedo. El miedo es imprescindible para la supervivencia. No me refiero para reaccionar ante el enemigo, no. El miedo es imprescindible para la supervivencia de todos los cantamañanas que dan consejos a los demás sobre el miedo por un módico precio. Esos que te dicen, que debes vencer el miedo, que el miedo es tu enemigo, tienes que vivir sin miedo… Esos rollos baratos son toda una industria, porque aproximadamente el 50% de la población actual de los países desarrollados pretende vivir de dar consejos al otro 50% y solo se saben lo de los miedos y lo de la zona de confort. LLevan con eso unos veinte años y ya nos lo sabemos todos, pero por lo visto sigue funcionando. Por lo demás el miedo es una sensación de peligro que te hace generar estados de alarma necesarios o útiles para superar los peligros, cuando os peligros son reales y concretos. De alarma, no de alerta. Si estos estados de alarma no son respecto a peligros concretos como un león, o una reunión de copropietarios, sino sobre algo inconcreto y continuo, como el futuro, se califica como algo patológico y puede ser estrés y también ansiedad. A todos los tipos de miedo que superen un alto nivel de alarma tenemos que llamarles pánico. El pánico está al extremo de este gradiente o escala que hemos descrito. No tiene sentido hablar redundantemente de enorme pánico, en general, aunque lo digamos con frecuencia, porque si es pánico, es ya enorme. En principio, tampoco tiene sentido hablar de pánico pequeño, por el mismo motivo. Si es pánico,no es pequeño. El terror es algo que está presente en realidades y relatos presididos por expectativas inmediatas de muerte no producidas por la enfermedad sino en circunstancias difíciles de aceptar como normales, ya sea por la acción de un monstruo o de un aserradero.
¿Y qué? ¿A dónde quiero llegar con todo esto?
He vuelto a sentirlo. Estoy tranquilo. Estoy sereno. Pero he vuelto a oír tambores de guerra muy distantes. Siento como un pánico ligero, casi nimio, remoto. Sí, ya sé que estoy contradiciendo lo que acabo de explicar pero es lo que siento. Un pánico alejado y leve… Como el anuncio de una guerra en un territorio vecino, distante, pero que parece querer traspasar la frontera y dirigirse hacia mí. Lo presiento. El mal me acecha. El infortunio me está rastreando y sus tropas de infantería vienen despacio, a pie. Andan buscándome para cercarme antes de hacerme preso o hasta eliminarme. Creo que no es miedo, sino pánico… pero muy pequeño. Amortiguado. Un pánico más pequeño aún que el propio miedo leve. Yo estoy tan pancho, porque realmente no me pasa nada. Están perfectas mis funciones gástricas e intestinales. Acaso mi corazón arde agitado por eso, pero no lo creo: será por mis cuatro cafés diarios. Estoy muy bien. Pero lo que sí que tengo es un pánico chiquitín, de nada. Un terror del tamaño de una anchoa o menor. Como media anchoilla, o un tercio de anchoilla esmirriada. Eso no es miedo ni es nada. Pero lo oigo… Ese redoble de tambores que lleva años persiguiéndome. Creí haberme acostumbrado a él y que podía ignorarlo, ningunearlo, seguir siendo feliz no haciéndole caso, pero yo diría que ahora lo acuso más que otras veces… Precisamente ahora. Y hoy, domingo, ¿dónde encuentro yo algún charlatán de guardia que me explique cómo superar un pánico leve? Antes de que la lombriz se convierta en tiburón o en boa constrictor gigante, necesito un rearme mental y eso solo se consigue remunerando con cien euros a algún listo.
Y lo trágico es saber que en el fondo, mi peculiar acúfeno de tambores y arcabuceros lejanos desaparecería si pudiera darte ese abrazo que quizás tú necesites más que yo, si cabe.
EMBRIAGAMIENTOS

EMBRIAGAMIENTOS

Creo que ya llevo todo un año sin hablar del género «miser» y por tanto me he ganado el derecho a reincidir. Tenéis que comprender que me divierte hacerlo y que a algunas personas les interesa el tema.

Ya he dicho antes que llamo género «miser» al que está compuesto por obras romántico-carnales baratas, valga la redundancia, en las que los personajes y el narrador compiten siempre con lo del «todo mi ser». Lo quería con todo su ser, la deseaba con todo mi ser», y siempre con el ser por todos lados.

También os he puesto otros ejemplos de vocabulario especial «miser». Un ejemplo claro eran los poros. El amor que destilaba por todos los «poros de su piel», Quise memorizar con mis besos cada poro de tu piel… Estas frases hay quien las encuentra románticas, pero yo percibo una imagen algo sucia, me recuerdan los poros de los adolescentes y los problemas de acné juvenil.

Todos los tópicos son ridículos. y muchas veces no los son solamente por demasiado por repetidos, sino porque ya nacieron así. Pero de esto ya habíamos hablado.

Entre las palabras que, aplicadas en el género folletinesco y a la narrativa romantiquera contemporánea, me producen flato, trastornos intestinales y otras reacciones adversas no deseadas, valga la redundancia, así como prurito en algunas zonas del cuerpo, está la familia «embriagar», «embriagada», «embriagador» y derivados.

Sus susurros me embriagaban. El néctar de sus labios la embriagaba. El aroma de su cuerpo era embriagador, la música lenta y la visión de sus pupilas la estaban embriagando lentamente y no le quedaban fuerzas sino para sucumbir…

¡Dios!

Me faltan adjetivos para ilustrar lo que todo esto me transmite. Decir anticuado es ser muy discreto. Cursi es muy poco. ¿Laxante? Real, pero se queda corto. Estomagante es demasiado incompleto. Vomitivo. puede ser. ¿Rancio?

A ver: sé que alguna de mis lectoras-escribidoras ha empleado este término más de una vez y no es mi intención molestarlas. Se preguntarán con motivo: ¿Quién soy yo para condenar un término perfectamente ubicado en el diccionario de la Real Academia Española? ¿Acaso soy lector de ese tipo de novelámenes? ¿Cómo tengo la desfachatez de meterme con esa manera de escribir, con las cifras que se despachan en Amazon de libros plagados de joyas así?

Bueno… Sin problemas. Tú sigue usando todo mi ser, los poros y el embriagador. No pasa nada. Tienes todo el derecho. Yo te ayudaré. Por ejemplo: añade en el momento culminante a una protagonista femenina que, tapándose los pechos con una sábana, espeta a su amante, que se está anudando la corbata.

-¡Leandro, eres un canalla!

Y no olvides buscar una imagen así para la tapa del libro. No dudo de que tiene su público. Y tampoco de que puedes tener claro que tu público es ése exactamente, el que compra esos libros. Yo eso lo respeto mucho, porque escribir es para algunos afortunados y afortunadas un oficio. Eres consciente de tu oficio y lo estás haciendo a propósito y al terminar la oración estás pensando en el número de unidades que lograrás vender con este texto, teniendo en cuenta la marcha de los anteriores. Lo que yo digo no es para ti, perdona que te haya ultrajado, como a las protagonistas de tus novelas, que tienden a estar siempre ultrajaditas, oye. Lo que digo es para esos escritores y escritoras que no son realmente conscientes de lo que están perpetrando. Que están convencidas de que lo están haciendo estupendamente. Y que tienen capacidad para darse cuenta, reírse de sus propios textos e intentar no caer en todos esos rollos. A todos ellos, que son capaces de sonreír y de concederme la razón. Se puede hacer de otro modo.

A los otros, suerte con el género miser:

  • ¡Leandro, me has embriagado y has entrado en mi vida como un vendaval por todo «miser»! ¡Eres un bandido!
  • ¡Ah! ¡Y por todos los poros de mi piel!

¡Dios!

No, si la verdad es que es muy bonito…

¡Crucificadle, crucificadle! BORRADOR Y FRAGMENTO

¡Crucificadle, crucificadle! BORRADOR Y FRAGMENTO

Os he dicho muchas veces que me siento cristiano  cultural y psicológicamente aunque sin demasiada fe. Es decir, que sufro de los condicionantes morales, pero no me reconforta la esperanza que la religión nos puede aportar.Tengo solo los inconvenientes de tener conciencia y ninguna de las ventajas. Eso es ser un «cristiano ateo», y estoy convencido de que somos muchos en el Sur de Europa.

La historia de Jesús me interesa. Un hombre del que nunca se ha dicho que hiciese algo malo, fue maltratado hasta la muerte. Lo normal, sin intoxicaciones ideológicas, es sentir pena por esa historia. Yo sé que se burlarán de mí todos los que se pasan la vida criticando a los obispos. Los obispos son personajes muy peculiares, desde luego. Pero no tienen la culpa de todo. O mejor, digamos que no tienen la culpa de nada o casi de nada hoy día. Criticamos siempre de modo sectario.

La vida de Jesús es enormemente interesante, seas creyente o no. La gente gritaba. ¡Crucifícale, crucifícale! Pilatos, que representaba al cruel y depravado invasor romano, demostró tener una pizca de vergüenza, más que la chusma. Más que la gente «corriente», que de pronto se apuntó a disfrutar con el linchamiento. El malvado Herodes tampoco quiso verse responsable de aquella muerte de cruz. La gentuza de la calle, sí. La gente normal fue decisiva. ¡Crucifícale, crucifícale! La gente normal es así. Le mataron ellos.

Yo creo que el cristianismo, o al menos el que yo entiendo, va sobre eso. Habla de sentir vergüenza de ser humanos por nuestra miseria moral. Aunque no esté de moda, yo quiero decir que estoy en favor de lo bueno frente a lo malo. Yo creo que es mejor el amor y que es una realidad evidente. Pero por desgracia no es lo que domina nuestras acciones, y mucho menos el mundo. Creo en la paz, sin ser pacifista, porque el pacifismo es una majadería ideológica falsa, como todos los mensajes escritos en pancartas. Sí, creo en la paz y creo en la compasión. Esa es religión cristiana. Sin compasión somos monstruosos.

La ignorancia es sádica, porque efectivamente veo en la violencia siempre miseria mental y cultural. La crítica a la Iglesia ahora ha dejado de interesarme. Me parece un tema anecdótico. Lo que me parece verdaderamente horrendo es la gente, o muchísima gente. La misma chusma, más de 2.000 años después nos andamos crucificando unos a otros cada día. A algunas personas no les gusta que hable de mis impresiones negativas respecto a muchas cosas. Quieren vivir en «un mundo feliz», con una sonrisa pintada en la cara, como dice la canción de Amaral. Es la «Nueva Era». El minimalismo neuronal. El pensamiento indoloro… Conmigo que no cuenten.

Otros quieren tener un monigote al que vapulear, ¡Crucificadle! Y convencernos de que el mal está en él en vez de en cada uno de nosotros. Denuncian a ciertos políticos, instituciones, ideas… son el mal… Lo mismo digo otra vez. Conmigo que no cuenten para esos aquelarres. Menos ideas plastificadas, menos críticas de manual. Un poco más de independencia individual, de criterio propio.

El cristianismo sigue hoy día hablando de conciencia, que es algo que necesitamos recuperar, también los no creyentes. Un diálogo interior. No culpabilidad. Conciencia sí. Pues yo creo que está bien que alguien nos la recuerde. Otros pensarán que no hay que ponerse nunca trascendental. Pues a mí sí que me apetece y creo que a muchos les vendría muy bien y que esta manera de pensar es beneficiosa para el mundo. Amor, compasión y conciencia. Dudo que sea posible instaurar eso en nuestras vidas, más que de modo parcial, pero estaría bien.

El anticlericalismo era muy moderno en el siglo XIX. Tiene gracia que yo defienda a la Iglesia actual. Realmente me parece un artefacto anacrónico, pero… a ver si vamos a insultar a los curas y adorar a Maduro. De todos modos yo no pretendo hablar de la Iglesia sino de la jauría humana (gran película) que me parece más importante. Más grave. Más preocupante. Más triste. Más necesario hablar de esto. Los escritores anglosajones miran con cierta superioridad a los católicos. Los protestantes no reconocen el sacramento de la confesión, y creen que uno se salva por la fe y no por las obras. En consecuencia, piensan que ellos no están tan sometidos al sentimiento de culpabilidad como los católicos. Pero tal como veo yo la vida de Jesús, trata precisamente de la culpabilidad. De la crueldad innecesaria de la gente corriente. De como llora Pedro, Judas… por su cobardía, por su traición. Humana, digna de la misericordia, pero triste. Porque la jauría humana abarca a todos. A los invasores, a las autoridades locales, a la chusma y a los propios apóstoles y partidarios. El cristianismo sirve para que efectivamente sintamos culpabilidad, y a mí me parece bien y mal a la vez. Sirve para que reflexionemos acerca del monstruo que todos llevamos dentro y tratemos de purgarlo de modo personal.

Y ahora no podemos hablar de eso, porque algunos presumen de agnósticos y creen que los que no lo son, es porque son idiotas. Todo eso ya me lo sé. Pero está anticuado. Ya he dicho que yo no creo. Ahora vosotros me venís a contar que el  los  papas fueron malos, que la religión mata, que la Iglesia siempre atesora riqueza y poder, que los Reyes Magos no existen, y que Papá Noel tampoco tenía en su trineo un reno volador. Y es verdad. Pero por muy cierto que sea, es una conversación para cuando tenía otros añitos. Somos adultos. Ya lo sabemos todos. Lo cierto es que la Iglesia ahora no es el origen del mal. Y además distingo entre la Iglesia y la filosofía humanista a la cual pertenecemos todos, aunque algunos no lo sepan. No me interesa criticar a los obispos. Puedo respetarlos.

Me interesa hablar de la condición humana y de la necesidad de buscar valores humanos, de los cuales, por cierto, ninguno de nosotros carecemos. Y hablar ahora de la Iglesia, cuando el género humano es lo que es… Dejemos de advertir que los Reyes Magos son los papás, que ya somos mayorcitos. Y seamos capaces de plantearnos también que las normas son imprescindibles, incluidas las morales. ¿De donde deberían emanar? Claramente, de la política no.

Mi conclusión personal. Admito nuestra tradición cultural cristiana. Tampoco puedo evitarlo, pero no lo intento. Con o sin fe. Precisamente la falta de fe, permite una actitud crítica muy útil para separar el grano de la paja.

En aquel momento quiso flotar

En aquel momento quiso flotar. Había estado caminando un rato. Desolado, triste, tratando de encontrar un sentido a las cosas. Sentía una cierta inclinación por la derrota. Se aflojó levemente la corbata y se alejó del coche sabiendo que el día estaba gris y que se pondría más gris aún. Quizá deseaba la lluvia. Quizás deseaba ahogarse. Caminaba, miraba… como quien trata de encontrar algo, pero no descubría nada que fuera suficiente para cambiar ni su humor ni su vida. ¿Dónde aparecería lo que estaba buscando? ¿Era el letrero de alguna tienda? Quizás un perro abandonado. ¿Podría ser una chica que le ayudase a arrancar un capítulo nuevo? ¿Una propuesta inesperada? ¿Un conflicto distinto?
 
El cielo estaba tan oscuro… Y comenzó a gotear. Pero él siguió cargando sobre su espalda cierta lástima por sí mismo, ya que no veía de qué modo las cosas podrían variar. La cara y el pelo ya estaban mojados. La corbata parecía ser de las que se estropeaban con el agua. ¿Qué más le daba?
 
Quizás debería entregarse a la bebida y morir algo más rápidamente… Beber, caminar bajo la lluvia y morir sobre un charco… Se percató de que tal muerte le parecía más dulce que trágica. Lo trágico era seguir viviendo.
 
Las nubes estaban imponentes al atardecer. Parecían el casco de acero de una flota de submarinos sumergidos en el cielo de Madrid. Pero realmente eran nubes y tan pronto dejaban pasar el sol como le regaban la cabeza. Pero él seguía alejándose del coche, aunque pensando en su paraguas abandonado en el asiento trasero. Allí estaba el paraguas.
 
La lluvia ya era intensa y le recordaba de modo impertinente que debía volver a la realidad y dejar de volar imaginariamente entre las gotas. Las chicas que salían de un colegio se ponían las carpetas sobre la cabeza para cruzar corriendo las calles. Los viejos se sujetaban el sombrero o la gorra. La gente se agolpaba bajo las marquesinas y se quedaban mirando su andar lento de caballo moribundo. Un camarero recogía los toldos y dejaba sin resguardo a unos peatones allí refugiados. Y cuando el agua ya manaba del cielo con rabia, empezó el verdadero aguacero. De los tejados chorreaban cataratas de un agua gris oscuro que rebotaba con fuerza de los aleros. Algunos coches paraban a un lado de la calle, porque se había convertido en un embalse. Los limpiaparabrisas no daban abasto para retirar el agua y dentro de cada auto, los hombres miraban con ojos igualmente intimidados y redondos que las mujeres y los niños por lo que parecía que era el principio de una inundación que llenaría la ciudad como si estuviera edificada dentro de un depósito, y se estaban temiendo llegar a ver el nivel del agua por encima de sus ventanillas. La tormenta era ruidosa por los chasquidos y latigazos que los chorros infligían sobre las aceras y las fachadas, pero de vez en cuando se escuchaba la voz de algún niño gritando, mamá, fíjate cómo llueve. Y mientras el caminante seguía impasible.
 
La lluvia arreció cuando él ya estaba empapado. En consecuencia, optó por decirse a sí mismo que eso no empeoraba dramáticamente las cosas. Se sentía patético y por algún extraño motivo, quería resistir así, permanecer patético. El mundo no le prestaba suficiente abrigo, pues el ignoraría al mundo, empezando por los fenómenos atmosféricos. Su traje y zapatos estaban ya arruinados y su triste figura siguió avanzando hasta que resbaló. Era imposible decir que se precipitó en un charco. Casi sería más apropiado contar que cayó sobre un estanque. El golpe le dolió. Se sentó sobre la acera notando el empuje del agua que circulaba cuesta abajo. Un matrimonio con un paraguas acudió a ayudarle. Pero él solo decía, estoy bien, estoy bien, hasta que casi enojado les dijo que podía levantarse solo, que le dejasen en paz.
 
El matrimonio se fue. Y siguió sentado empapándose.
 
Notó que lo miraban desde una cafetería extrañados. Se dijo que pensarían que era un loco. Y quizás acertaban.
 
Cada cierto tiempo alguien pasaba por ahí con un paraguas y le preguntaba si podían ayudarle. Otros, tal como estaba, decidían que era un marginado. Y a los marginados no se les ayuda nunca, porque se les ve ya instalados en su infortunio tan ricamente. Les dará igual. Solo sentimos mayor compasión algunas veces por los que no están tan mal. Quizás debía profundizar en eso… En lo de la derrota. De nuevo el alcohol le parecía la mejor idea.
 
Se hizo de noche y él, entre tanto, siguió sentado mirando hacia la leve cuesta arriba cómo brillaban las luces naranjas intermitentes de un cruce, sin poder decir en qué pensaba exactamente. Solo mojándose sentado en mitad de la acera. Los nubarrones no podían distinguir bien desde su altura a aquel  hombre, oculto entre la tormenta y las sombras.
 
Le sobresaltó la voz de un policía:
-¿Se encuentra bien?
Levantó la vista y vio al hombre uniformado. Subió las cejas, pensativo,sin saber qué responder.
-Me encuentro como siempre más o menos.
-Levántese, aquí se va a poner malo.
Bajo la cabeza.
-Ya estoy mal.
 
El policía llamó a su compañero que lo miraba apoyado en el volante del coche de policía. Este salió de mala gana. Entre los dos lo tomaron por los hombros:
 
-Venga, haga el favor, que aunque usted se quiera mojar, nosotros no.
 
Le pusieron de pie a la fuerza y se refugiaron en un portal que había al lado. Comenzaron a preguntarle dónde vivía, qué le había ocurrido, si estaba bien. Él se encogía de hombros…
-Este hombre no tiene pinta de haberse fumado nada. 
-Déjenme. No estoy enfermo, ni drogado, y creo que… no tanto como loco, por ahora.
-Entonces, ¿qué le ha pasado?
Giró la cara como buscando hacia dónde seguir antes de responder:
-Nada. Que quiero flotar.
 
Hubo unos largos segundos de silencio, en los que los policías se miraron.
 
-Oiga, amigo. ¿Flotar? No flota, créame. ¿No será que usted en realidad lo que quiere no es flotar sino hundirse?
Él trató de sentarse de nuevo en el suelo pero se lo impidieron sujetándole otra vez.
-Vamos, levántese. ¿Qué le sucede?
-¿Quiere que le llevemos a su casa? -dijo el otro.
-¿Dónde vive? ¿Vive solo?
Los miró con calma y respondió.
-Llévenme a mi coche si quieren ayudarme, gracias.
-No. Olvídese un poco del coche, ya me dirá dónde lo tiene. O a su casa o a que un hospital le haga un reconocimiento.
Al dirigirse hacia el coche de policía se quedó mirando las gotas que, como pequeños brillantes, caían junto a los faros sin que nadie los recogiera y se subió al asiento trasero sin pensar en nada más.

Experimental

AYER TUVE UN MOMENTO DE ESCRITURA EXPERIMENTAL

He salido de casa andando. Me pregunto por qué, si yo voy a todos los sitios en coche. Pero esta vez no. El día estaba gris. Hay un insistente golpeteo lejano. Seguramente alguna obra en un piso de la calle. Luego casi me ha atropellado un niño con un patinete. Me caen bien los niños, pero este no se ha disculpado. Se embalan cuesta abajo y algún día…

Y me pregunto que si todo estaba tan gris, ¿por qué saldría yo andando? Amenazaba la lluvia… No sé, me dio por andar.

Y anduve. Cuesta arriba. Tampoco cansa tanto.
Esos críos… Qué poco respeto.

El día estaba tan oscuro… Y de fondo ese repiqueteo, como de tablones chocando, sin un ritmo determinado. Sin un sentido. Como yo. Caminando cuesta arriba. Qué raro.

Avanzaba hacia mí un señor con un perro. Me quedé pensando en lo que ensucian los perros. Detesto esa zona de los muros, cuando se encuentran con el pavimento de la acera. Realmente mugriento, asqueroso. Qué cantidad de bacterias habrá por allí. Un niño que baje en patinete se cae y si se hace sangre junto a esos recovecos… Mejor levantar la vista. Mirar el cielo.

Aunque realmente el cielo…

Está muy gris. Da miedo. Tenía que haber salido en coche. Mejor no mirar el cielo, con semejante día. Siento que se apoya sobre mi espalda. El cielo puede ser una carga muy pesada. Además si miro al cielo, puedo tropezar y caer. Sobre esa zona donde más manchan los perros. Y si un chaval baja corriendo en patinete y yo estoy mirando el cielo o el suelo…. Me atropellará. Van tan rápidos… Podría tirarme al suelo. Junto a esa zona infecta. ¿Se disculparía?

¡Qué más da!

Me crucé con aquel señor y con su animal. El ruido ese irregular de maderas chocando parece seguirme, por mucho que me aleje de la casa, se oye igual, con idéntica insistencia. No es estridente, pero sí molesto. Porque no tiene sentido. Se supone que con todo lo que ya llevaba andado no debería seguir oyendo eso. Todo el tiempo, toc toc. Toc toc. Y ese chico con el patinete…

Por fin llegué al parque. Quiero sentarme en un banco. Nunca lo hago. Por algún motivo no me doy permiso para sentarme en un banco. No me siento legitimado para sentarme en un banco. ¡Cuando me jubile! La cuesta arriba se acaba al llegar al parque. Hay un hombre tumbado en el banco. ¡No es posible! ¿Qué hace ese tipo ahí? Está sucio. Como los muros regados por los chuchos. Desconsideradamente.

Hay una gran ausencia general de consideración. Yo quería sentarme allí. Y estaba ese vagabundo. Ese impostor. Yo soy el verdadero vagabundo. No puedo sentarme en el columpio. Sería peor aún que sentarse en un banco sin estar jubilado. Sería absurdo. No puedo sentarme en un columpio.

Tanto andar para no llegar a ningún sitio. Para eso, mejor habría sido venir conduciendo. Aunque me da miedo atropellar a algún crío de esos que cruzan la calle en patinete.

Cómo estorba ese ruidito lejano. Toctoc, toctoc… Es desconsiderado hacer continuamente estos ruidos. Hay tantas cosas así… Comprendo que no puede haber en cada calle una zona para patinetes. Lo malo no son los patinetes. Lo malo es que no se disculpen por abalanzarse sobre ti… Toctoc, toctoc.

Tiene que haber otro banco.
Allí creo que está…

Me pregunto si realmente todo está cuesta arriba… O es por este día tan gris. Todo te cansa. Andas y andas y andas, y no recibes más que algún empujón que otro.

Veo otro banco y otro vagabundo. Qué mala suerte.

Quizás soy yo mismo, que me veo en todos los bancos, como falso vagabundo, como falso impostor…

No sé dónde estoy, no sé si hay banco, no sé si hay impostor. NO sé si hay pendiente o es el día gris. Lo único seguro es ese extraño ruido. Suave, remoto, que me sigue desde lejos como un ave carroñera al animal moribundo. Ese ruido que no está en ningún lugar.

Ahí sigue como un péndulo el pequeño asiento para que los párvulos se balanceen. Está oscilando de un modo extraño. Como si hubiera sentado sobre él un niño invisible. Miro por los alrededores creo ver junto a un seto un patinete, como ese del niño desconsiderado. Me acerco, pero me distraigo pensando en el ruido y luego ya no lo veo más.

Toctoc, toctoc.

Aveces quiero que realmente la energía fluya como antes en mí. Que el viento no me diluya. Que el agua no me hunda. Que el ruido no me lleve.Que mi conciencia no se llegue a desleir en el borrón gris del cielo. Que mis recuerdos no se confundan con mis pensamientos. En esos momentos de rebeldía contra la fuerza inercial de mis derrotas, quiero salir de la oscuridad y busco a tientas la vida. Y en esos momentos emerges tú ante mí, como mi única esperanza. Para conservar mi cordura y mi fuerza mental, tú, mujer, eres la luz de un puerto amigo. Cando tu imagen se abre paso en el desorden de mis ideas, olvido el ruido, y los cielos oscuros, y trato de atravesar la membrana viscosa que separa a la realidad de mi mundo sin voluntad y en disolución.

No es fácil. Todo está cuesta arriba. Pero si hablo mentalmente contigo, me olvido del cansancio y de la mancha gris en la que estoy sumergido.

Por fin me despierto.

No estaba caminando. Estoy sentado con desidia sobre un sillón en mi casa. Tengo un teléfono móvil haciendo un ruido irregular, toctoc, toctoc. Y siento una tristeza espesa.

Prefiero la peor pesadilla a un sueño extraño. Hasta en sueños me sé defender de los monstruos. Pero cómo defenderse del absurdo… si no lo es.

La tristeza está prohibida. Me la prohibo yo mismo. No me concedo el derecho a estar triste, hasta que me jubile, es como lo de sentarme en un banco. Lo mejor será salir a andar. Iré cuesta arriba. El esfuerzo me sacará de la apatía. Eso y pensar otra vez en ti.

Sumérgete o por qué la yerba es sagrada

La yerba es sagrada. El mar también. Y la lombriz.

La piedra y tú sois sagrados. Sí, tú eres sagrado. Hasta yo lo soy, aquí donde me ves.

La niebla es sagrada, como el balón de mi hijo, o su goma de borrar.

El pan, el vacío, y la luz.

Mi pensamiento y su risa; las carreteras, la hoja, los perros, la pena, y el sol.

Hay una absoluta sacralidad en cada cosa, ya sea viva o inanimada. En todo átomo, en las cumbres, en el magma, y en el peine de una prima del hombre que cruzó la calle.

Y en el agua, tanto la de la nieve, como la del charco que pisamos ayer.

Hay un explosión gigantesca de belleza en las piezas y en el todo. En tu inquietud, en su indiferencia, y en mi ira. En el barro y en la cal.


Escucha el silencio. Sumérgete. Maréate con él. Disuélvete en él.


Y no me digas más, te lo ruego, lo profundo que es el mar, ni qué hermosa es esa niña, o qué preciosa su mirada.

No exclames más, te lo pido por favor, qué grande es la luz o el color de las rosas.

Te han enseñado que la flor es bonita, y solo repites lo aprendido. Eso no tiene valor. No lo percibes de verdad y por eso no lo puedes transmitir.

Antes de escribir, siéntelo con atención. Respíralo. Has de parar el tiempo. .
Vuelve a descubrir la belleza de las cosas. Partiendo de la soledad. Partiendo de ti.
Enrique Brossa, Taller de Relatos.
Juntos aprendemos modestamente a escribir y a vivir.
Nuevos grupos en febrero

Podrías quizás tener un perro

BORRADOR (SERIE CURSILERIAS PARA DAR LAS BUENAS NOCHES)

Podrías quizás tener un perro. Un perro bonito adorna a una mujer atractiva. Sí, sí, mejor que salir a correr, podrías tener una gran perro y salir esta noche los dos, el animal y su ama, a desafiar el viento y el frío. Tú con tu cabello largo y él con sus espesas lanas caninas. Estaría bien. Y estaría bien que yo necesitase fumar. Y que esta noche, yo fumando y tú paseando el perro, nos conociéramos por casualidad junto a un árbol, y conversásemos mientras tu perro regase un parterre. Acariciaría al animal y tú ya sabrías que estaba adorando al santo por la peana. Te ofrecería tabaco, y charlaríamos. Yo te preguntaría, ¿A qué horas sueles pasear tu perro? Y tú me dirías, ¿Y a qué hora sueles fumar tú? Tus ojos y dientes brillarían en la oscuridad y yo bajaría mi cabeza para poder verte por encima de mis gafas empañadas por la niebla suave. Te acompañaría a casa quizás, y como no sería normal pedirte el teléfono nada más haberte conocido, nos daríamos algunas pistas para el siguiente encuentro casual.
De vuelta a casa, con la alegría del simple, sacaría la mano del bolsillo del abrigo para arrancar cualquier hoja de un seto o de una yedra, y me sentiría tonto y feliz, a diferencia de como me siento ahora, tonto también pero infeliz, por estar soñando contigo, sin saber si existes. Seguiría camino a casa, arrancando hojas y partiéndolas nerviosamente en trocitos y sembrándolos por la acera. Estaría bien. Pero todo esto son fantasías imposibles que debí haber olvidado a los diecisiete. No voy a soñar más encuentros. Aunque… ¿Y si yo me comprara el perro? Por si acaso existieras.

SALMOS CONTEMPORÁNEOS. EPÍLOGO DE NINGUNA HISTORIA.

SALMOS CONTEMPORÁNEOS. EPÍLOGO DE NINGUNA HISTORIA.

Has vuelto a hacer lo mismo.
A poner luto en mis ojos.
A dejar un eco de abatimiento y tristeza.
Sin respeto, ni por ti ni por mí.
Ni por los tesoros que debemos cuidar.

Ha soplado de nuevo
un vendaval de insolencia
de amargura y violencia.
De cólera egoísta, irracional.
Has dado un nuevo empujón..
Para convertir lo que pudo tener sentido
en una chapuza trivial.
Y no diste un solo paso hacia mí
para hablar, para escuchar.
Nuestra vida se he convertido
en un episodio suelto

Comprendo que eres así.
Lo acepto. Es tu realidad.
¿Pero qué comprendes tú?
Si no diste un solo paso hacia mí.
Para compartir, para cambiar.

Has vuelto a cerrar los ojos.
En tu cabeza no penetra una visión
que a ti te cueste asumir.
Tu explicación es un artefacto.
Con tu cólera fuera de cuadro.

Has vuelto a tapar tus oidos.
En tu mente solo se jalean
conveniencias y deseos
Mis palabras son serenas
Pero solo son ruido para ti.
Para mí lo son tus gritos.

No diste un solo paso hacia mí
Para la paz, para aceptar.
.
Nuestra habitación luce tus logros.
Tapizando suelos y paredes
Ocultando muchos vacíos.
Y el vació que te envuelve.

Y ahora sé que nada importa.
No importa de quién es la razón.
De quién el dolor.
De quien la traición y la culpa.
Ahora sé que no importa nada.
Porque no diste un solo paso hacia mí
por superar, para avanzar.

Te falta un sentimiento.
Una cuerda vocal
no te vibra al hablar
Un músculo tuyo no está
donde debería estar.
Gestionas situaciones.
no emociones.
Con estallidos.
Sin miramientos.

No se puede amar sin amar.
Sin escuchar, ni querer.
Sin valorar, ni valer.

Útil para acompañarte al llegar
y para seguirte al volver
hallarás un nuevo idiota
al que tendrás que comprar.

Porque no diste un solo paso real.
Lo tuyo es perder o ganar

Aquí no acaba un relato
que guardar en la memoria
Cuando te oigo, percibo
el final de un simulacro.
Epílogo de una no-historia.

Miedo a tambores lejanos

Miedo a tambores lejanos

Hay un estado que podemos llamar serenidad. Suena muy bien. Se asocia a un tipo de plenitud espiritual y sabiduría. Es eso que hay que mantener en momento de peligro. Lo que nos previene de los cambios de estado de ánimo que pueden provocarnos otras personas o factores externos. Existe otro estado parecido llamado tranquilidad, que sin embargo tiene mala prensa. Cuando lo referimos a una persona, frecuentemente lo asociamos a una cierta falta de interés, o de capacidad de reacción, como si estuviera cerca de la abulia o de la apatía. Hay un estado de alerta, que puede ser interesante, ya que implica un grado alto de atención. No obstante las personas que viven en permanente estado de alerta bordean el estrés y lo transmiten otros. En el lado opuesto están el temor y el miedo. El miedo es imprescindible para la supervivencia. No me refiero para reaccionar ante el enemigo, no. El miedo es imprescindible para la supervivencia de todos los cantamañanas que dan consejos a los demás sobre el miedo por un módico precio. Esos que te dicen, que debes vencer el miedo, que el miedo es tu enemigo, tienes que vivir sin miedo… Esos rollos baratos son toda una industria, porque aproximadamente el 50% de la población actual de los países desarrollados pretende vivir de dar consejos al otro 50% y solo se saben lo de los miedos y lo de la zona de confort. LLevan con eso unos veinte años y ya nos lo sabemos todos, pero por lo visto sigue funcionando. Por lo demás, el miedo es una sensación de peligro que te hace generar estados de alarma necesarios o útiles para superar los peligros, cuando los peligros son reales y concretos. De alarma, no de alerta. Si estos estados de alarma no son respecto a peligros concretos como un león, o una reunión de copropietarios, sino sobre algo inconcreto y continuo, como el futuro, se califica como algo patológico: estrés y ansiedad. A todos los tipos de miedo que superen un alto nivel de alarma tenemos que llamarles pánico. El pánico está al extremo de este gradiente o escala que hemos descrito. No tiene sentido hablar redundantemente de enorme pánico, en general, aunque lo digamos con frecuencia, porque si es pánico, es ya enorme. En principio, tampoco tiene sentido hablar de pánico pequeño, por el mismo motivo. Si es pánico,no es pequeño. El terror es algo que está presente en realidades y relatos presididos por expectativas inmediatas de muerte no producidas por la enfermedad sino en circunstancias difíciles de aceptar como normales, ya sea por la acción de un monstruo o de un aserradero.
Bueno. ¿Y qué? ¿A dónde quiero llegar con todo esto?
He vuelto a sentirlo. Estoy tranquilo. Estoy sereno. Pero he vuelto a oír tambores de guerra muy distantes. Siento como un pánico ligero, casi nimio, remoto. Sí, ya sé que estoy contradiciendo lo que acabo de explicar pero es lo que siento. Un pánico alejado y leve… Como el anuncio de una guerra en un territorio vecino, distante, pero que parece querer traspasar la frontera y dirigirse hacia mí. Lo presiento. El mal me acecha. El infortunio me está rastreando y sus tropas de infantería vienen despacio, a pie. Andan buscándome para cercarme antes de hacerme preso o hasta eliminarme. Creo que no es miedo, sino pánico… pero muy pequeño. Amortiguado. Un pánico más pequeño aún que el propio miedo leve. Yo estoy tan pancho, porque realmente no me pasa nada. Están perfectas mis funciones gástricas e intestinales. Acaso mi corazón ande agitado por eso, pero no lo creo: será por mis cuatro cafés diarios. Estoy muy bien. Pero lo que sí que tengo es un pánico chiquitín, de nada. Un terror del tamaño de una anchoa o menor. Como media anchoilla, o un tercio de anchoilla esmirriada. Eso no es miedo ni es nada. Pero lo oigo… Ese redoble de tambores que lleva años persiguiéndome. Creí haberme acostumbrado a él y puedo ignorarlo, ningunearlo, seguir siendo feliz no haciéndole caso, pero yo diría que ahora lo acuso más que otras veces… Precisamente ahora. Y hoy, domingo, ¿dónde encuentro yo algún charlatán de guardia que me explique cómo superar un pánico leve? Antes de que la lombriz se convierta en tiburón o en boa constrictor gigante, necesito un rearme mental y eso solo se consigue remunerando con cien euros a algún gilipollas.
Y lo trágico es saber que en el fondo, mi peculiar acúfeno de tambores y arcabuceros lejanos desaparecería si pudiera darte ese abrazo que quizás tú necesites más que yo. Si cabe.