Estás ahí

Al encender estás ahí siempre. Quizás esperando. Unas veces saludas. Otras me miras, o siento yo que me estás observando sin hablar desde tu dispositivo electrónico. Me lees. Otras compartimos charlas muy especiales. Imagino que estamos presos en una cárcel medieval, en dos cámaras separadas. No podemos tocarnos, ni vernos siquiera. Hacernos llegar nuestras voces nos aporta mucho o casi todo. La noche cae sobre nosotros y el silencio nos cubrirá en minutos. Pero antes de quedar dormido recordaré que eres un rayo de luz atravesando la humedad de mi celda de piedra fría. Cuando te acuestes, puedes soñar que te refugias en mí, porque yo también lo siento así, y te lo confirmo: tu nuca,  que yo desearía peinar con mis dedos, y tu cuello delicado de ave, encajarían bien entre mi axila y mi hombro. Cómo no protegerte si compartimos esta peripecia de naves a la deriva. Pero al apagar el ordenador, cambiamos de una realidad a otra más abierta e incómoda que nuestras mazmorras, y cada vez tardo más segundos en olvidar el diminuto haz de luz transparente que estaba iluminando mi sonrisa, la que tú me provocas, endulzando nuestro presidio virtual.

Que descanses,

LA NARIZ (fragmento)

Luis lleva siempre la nariz manchada. Es una raya cuya curvatura leve de los lados hacia abajo casi no puede apreciarse porque la línea es demasiado corta. Se trata de una nariz demasiado grande en la cara de un hombre modesto. Demasiada nariz en un hombre puede llegar a torcer sus espaldas hacia adelante. Hundirle el pecho. Inclinarle el cuello como a una jirafa cuando bebe agua en un charco. Es lo que ve cuando se mira en los espejos de los lavabos de su oficina. Le pesa la nariz o quizás le pesa más la mancha minúscula amarronada que hay sobre ella. La nariz de un hombre cabizbajo no se levanta lo suficiente al beber del café con leche de la máquina expendedora que hay en el pasillo de la entrada de la oficina. El vaso de plástico es muy pequeño y está casi rebosando el líquido oscuro, porque la dirección no repara en gastos ni en ahorros al repartir esta droga beneficiosa para el ritmo de la producción. Como casi siempre, al apurar la última gota de café con leche de máquina, ha metido la nariz en el cubilete de plástico y el borde sucio del vaso le ha señalado con esa línea ligeramente curva dejándole una marca como la del puente de unas gafas. El borde del vaso de plástico se imprime en su nariz cuando apura el último sorbo, el que le devuelve las neuronas a su sitio, o el que se las altera, quién sabe.

Yo mantengo una amable conversación gris con este compañero. Qué mal está todo. Y cuánto trabaja él, según dice. Y qué fiel es a la Compañía, me dice. ¡Claro, claro, y yo! -le digo. Me explica lo que me quiere explicar. Lo que le interesa divulgar. Algo dirigido contra algún compañero que está entre la realidad y sus aspiraciones. Alguien ha dicho que, te pongas donde te pongas, siempre estás en el camino de alguien. Mezquindad es la palabra que mancha su nariz cuando la mete en el vaso de plástico. El café está envenenado. Pagamos cinco duros cada vez que queremos ser un poco más enanos y nos manchamos la nariz de color café de tanto lamerle el culo a la empresa. En inglés existe la palabra brownosing, compuesta de marrón y de nariz. Mancharse la nariz en el culo de alguien. Eso es lo que pasa.

Vaso cafeMientras me habla y me cuenta lo mucho que hace y lo que en su día hizo, su labor, largamente superior a la realizada por sus compañeros, yo me llevo la mano a la nariz, quizás porque es mi manera de decirle que se ha manchado sin obligarle a parar de aburrir con su plática. A lo mejor es que mientras habla siento que también mi nariz se está manchado en el culo de la Dirección.

Me he distraído pensando en Anabel y me voy al lavabo. Al entrar me pregunto: ¿Me he despedido de Luis? No me acuerdo. Entonces debería tomar más café con leche. A lo mejor Anabel no es la causa de que piense en ella. Quizás es este mundo ramplón, por el que no puedo sentir apego, el que hace que me enamore de Anabel. Anabel es realidad, libertad y un montón de cosas así, que suenan así, que se gozan así. Y todo esto es falso. Es mentira, me digo. Todo esto no ocurre. No es nada. Es la nada.

Con estos pensamientos en la cabeza, llego y me inclino sobre el lavabo de la oficina, me miro la nariz y efectivamente, también la veo manchada. Gracias a Dios se disuelve con unas gotas de mi saliva que llevo con los dedos. Veo mi mirada vacía. Detrás de mí entra Luis, se lava las manos a mi lado y me sigue contando. Luego entra un compañero y saluda con energía y cordialidad postizas. Se pone a mear. Luis mete las manos en el grifo y se lava la cara. Le miro y me miro. Tengo la cara roja. Me seco. Entra otro tío, uno de ventas, y también se pone a mear. Luis bebe del agua del grifo, sin agacharse, como los soldados que escogió el profeta.

Tengo que ser capaz de dejar esta empresa.

 

Historia de terror

Historia de terror

0 (1)Hoy he estado a punto de correr dos o tres kilómetros alrededor de mi casa para ventilar mi cerebro. También he pensado en pedalear unos 30 minutos. Otra posibilidad era hacer gimnasia. Y también he pensado en matarte clavándote la punta de un paraguas en el estómago. Pero ni tengo el paraguas adecuado ni sé cómo encontrarte en alguna calle oscura. He sentido pereza al imaginarme preparando el paraguas afilado, vigilando, siguiéndote con las suelas frías sobre la acera, atisbando posibles consecuencias, previendo errores… Mucho lío. Tiene que haber una manera más cómoda de despejar mi mente. Si pongo demasiado esfuerzo en algo, puede que al final no valga la pena.
Es gracioso: otra posibilidad es usar un cuchillo y dejarme de paraguas. ¡Qué tonterías! Parece un capricho infantil. Sin embargo estoy seguro de que no sería lo mismo. A cuchillo ni me apetece. Hay en un paraguas clásico de caballero un regusto a algo noble, en el sentido elitista de la palabra; a cierto refinamiento, un punto antiguo o viejo; a elegancia; a deseos turbios; a pasado oscuro; a televisión en blanco y negro y a Narciso Ibáñez Serrador. Sería como hacerle un homenaje.
Quizá retome el proyecto del paraguas y lo pruebe en el cuello de alguien, o en el ojo o el vientre. Ahora lo mejor es que utilice las mancuernas. Eso me hará sentir bien, o sentirme mejor, sería más certero decirlo así, porque bien ya estoy, y subiendo y bajando las pesas me olvidaré de matarte. Puede parecer más higiénico para la mente y menos antisocial, pero al mismo tiempo es una pena. Todos los deseos deberían ser realizados. Pero bueno, ya digo que nunca se sabe. La boca se me hace agua al pensarlo. Vaya, quizás se deba a que es la hora de cenar, pero esta noche me siento depredador. Me imagino devorando tus brazos calientes como barras de pan recién hechas. Puedo verme sonreír al mismo tiempo. Qué placer. No se trata de hartarse de carne. Romperte y despedazarte es lo que me produce hambre.

Serio

Serio

Su cara de niño inteligente está más seria de lo normal. Ha salido del coche con su mochila al hombro y al cerrar la puerta no me ha mirado sonriendo bajo el flequillo como otros días. Esta vez ha bajado la cabeza y ha seguido hacia la puerta de su colegio.

Nada me importa tanto como lo que te pueda pasar a ti. Nada.

Mira: mañana es sábado, y si Papá ya está recuperado de su lumbalgia, te propondrá una excursión en bici. Pararemos en el campo a descansar un poco sobre la hierba.Tendremos que escoger bien el calzado, porque podríamos caminar un poco cerca del canal, como aquel día, ¿te acuerdas? Junto con unos buenos calcetines, llevaremos algo ligero pero que te sujete bien los tobillos para que durante la aventura, sintamos abrigados y seguros nuestros pasos sobre los pedregales de la orilla, el barro y las ramas secas. Te gustará tirar piedras desde el puente de madera, para asustar a los peces del río; hacernos sendos bastones con los mejores palos que encontremos. Sacaremos las chuches y las repartiremos como colegas. Nos pasaremos el bote del agua. ¡A ver cuánto lo puedes separar de la boca sin mojarte el pecho! Y llevaremos alguna fruta que esté muy rica. Descubriremos hormigueros y arañas. Piñas y culebras. ¡Y setas venenosas! ¿Sabes que hay lagartos muy grandes por esa zona? Pero no salen con el frío. Te enseñaré los nombres de los pocos árboles que me sé. Tengo un árbol favorito. Junto a su tronco, una partidita rápida de cartas está dentro de las posibilidades. No olvidemos el chubasquero, la cámara, y pilas para el faro que te fijé en el manillar, por si se nos hacía tarde. Te atornillaré el cuentakilómetros ese que compramos en un chino, porque sé que al llegar a casa, te gusta chulearte y contarle a Mamá la distancia exacta que hemos recorrido juntos. Ella, lógicamente horrorizada por la magnitud de nuestra proeza, me preguntará si no era demasiada paliza para un niño tan pequeño. Pero ya le diré yo que de «tan pequeño» nada, que ya casi me ganas.

Hijo mío, dar la vuelta al mundo no tendría ni la mitad de gracia de una excursión contigo. Pero, macho, el lunes, al dejarte en la puerta de tu colegio, sonríe como siempre al bajar del coche, hazme el favor. Y así yo, cuando me vaya de allí y mientras algunos haces de luz de sol suave se estén colando entre los árboles y brillen las motas de polvo sobre el parabrisas, notaré un calor tenue sobre el volante y, a través del espejo retrovisor, alejándome, te miraré entrar, y ya sabré, que tú flequillo y tú andáis bien. ¡Que todo anda bien! Y podré seguir conduciendo satisfecho entre guiños de los rayos ligeros de este otoño.

Imbecilidad curativa.

ciclismoEse día me recomendé algo para superar el aburrimiento: desayunar un café , unos huevos fritos, unas gafas de sol y una bicicleta . Me prescribí, resumiendo,  mucho pedaleo y una buena dosis de soledad. Buscar un lugar donde no hubiera nadie, ni nada y permanecer allí buen rato, hasta necesitar de nuevo el paisaje sonoro de ruidos y voces inútiles.

Qué mal soporto que lo innecesario sea tan imprescindible. Que lo molesto tenga que ser tan saludable.

Saldré con mi bicicleta a encontrarme con el deseo perdido de oírte. Mi equilibrio se recuperará quizás cuando vuelva a confundir la estupidez con la alegría.