Liderazgo y amor
El liderazgo produce siempre una relación parecida a la familiar, en la que el líder es como un padre y los seguidores son como hijos y hermanos. Por mucho que el padre quiera atenderles a todos, siempre sufren episodios de intranquilidad y estrés, porque, no solamente necesitan sentirse queridos, sino que precisan ser más queridos que los otros hijos. El hambre de sentir que el líder les da «cariño» y valoración individual se hace patente en aquellos que se sienten más alejados.
La atención del líder es siempre escasa en el sentido económico de la palabra. El líder tiene recursos físicos limitados como su propio tiempo, energía y capacidad de atención individualizada. Nunca es suficiente su entrega al equipo, porque no todos pueden sentirse más queridos que todos los demás. Es algo imposible.
Donde no llega esta atención siempre limitada físicamente de cualquier líder, y de cualquier ser humano, llegan los «hermanos» favoreciendo esa integración de todos los individuos del grupo.
Que el ambiente sea agradable, no solo depende de la atención del padre o líder, sino del «amor» de los hermanos entre sí. Y el líder debe promoverla.
Muchas organizaciones favorecen la desunión entre los miembros para que el líder se sienta seguro. Mientras los miembros del equipo se atacan entre sí, el líder no se parece cuestionado. La palabra que sirve de coartada a esta política miserable se llama competitividad. Se dice, el ambiente de esta empresa es muy competitivo y así se presume de algo que es finalmente una guerra de gerrillas continua que se produce en los pasillos y que no favorece a aquel que más talento tiene. Para adaptarse esa situación, siempre comprometida, los miembros del grupo no promueven las decisiones óptimas, sino las que menos reacciones provocan.
Hay una alternativa más beneficiosa para todos, que es promover espíritu de grupo, conciencia de equipo, una verdadera y profunda «hermandad» entre los miembros y una mayor humildad del líder, para que los miembros del grupo se sientan integrados incluso el día en que el padre/líder no les ha podido mirar. Esto es en sí mismo una recompensa para los integrantes del grupo. De este modo, los objetivos personales y los del colectivo quedan mejor alineados que en la empresa que se pretende autodenominar competitiva. En la empresa competitiva, los objetivos del grupo están continuamente detrás de los intereses personales espúreos de poder y de cada individuo.
Otro factor positivo es acabar con la igualdad. La igualdad es aquello que afortunadamente nunca existe ni existirá. La felicidad de los miembros de un equipo está en tener cada uno un papel diferente y ser valorado por él, no por repartos de roles idénticos. Cuando cada uno tiene su propio rol basado en lo que quiere y puede hacer bien, se valora a sí mismo y no depende de la aprobación del líder ni de los demás. Una organización consigue metas extraordinarias cuando cada uno hace aquello para lo que siente que vale, de modo diferente y personal. La igualdad es frustrante entre personas diferentes, solo es un modo de tortura de la identidad personal. Cada individuo debe encontrar su propia diferencia para sentirse querido primero por sí mismo y luego por todos los otros. Es algo así como un equipo multidisciplinar de especialistas, donde todos se complementan y se necesitan. El padre/líder debe promover esta admiración compartida por la unión de diferentes. La diferencia evita las tensiones por comparaciones estériles.
¿Es realmente posible esta idílica situación de cohesión dentro de un grupo o la naturaleza humana hará que más temprano que tarde surjan los problemas y la desunión?
Efectivamente tiene mucho de utopía. Son equilibrios muy inestables. Pero hay una palabra mágica:
PROYECTO
Dale a un grupo un proyecto, algo que empiece y termine en una fecha o suponga alcanzar un objetivo y la cohesión tenderá a durar tanto como el proyecto. Mantén a la gente ocupada e ilusionada con proyectos sucesivos variados y se llevarán bien entre ellos, darán todo de sí mismos y aceptarán durante ese periodo las virtudes de los demás.
Golf
En el bar del club de golf brillaba una terraza con mesitas cuyos sillones estaban orientados al campo. Y ella estaba allí, rodeada de amigos. Es absurdo pensar que me enamorase de ella en ese momento. Estaba tan lejos… Tan inalcanzable. Sin duda ya me había fijado en ella antes, pero fue en ese momento, viéndola así de diminuta, por allá, donde los últimos hoyos, cuando tomé conciencia de lo mucho que me gustaba. Casi no se la veía, pero yo no dejaba de mirar hacia allí. En el bar sonaba una música bastante animada y a buen volumen, pero yo creí poder escuchar su voz y su carcajada cantarina. Estaba tan graciosa, con sus bermudas y su palo de golf, bromeando, o al menos, eso suponía yo… Y claro, ¿sabes qué? Me levanté de la mesa, porque uno debe saber resistir a estas atracciones. No hay que dejarse subyugar a la primera, no se puede sucumbir de semejante modo, así que pagué mi refresco y fui directo a preguntar el precio de unas clases de golf.
Recuerdos del cuarto oscuro
Hay un sabor a raro flotando en la penumbra. Sabe a piano antiguo. El olor de un barniz antiguo, como de principios del siglo XX. Pero no lo siento en la nariz, sino en la boca.
Ven a escribir conmigo
Inteligencia, madurez, tonificar y otras palabras que engañan
NI aun así me gusta
Tengo un gran lastre en mi vida. Me disgusta causar daño. Muchos dirán que es una virtud de mi bondadoso espíritu y otros que es una debilidad de mi carácter. A mí me da igual. No tiene mérito ser así, porque no me gustaría ser de otra manera, por tanto no me cuesta esfuerzo. Tampoco me importa si es una debilidad o no, por el mismo motivo. Me gusta ser como soy y por tanto no tengo nada más que pensar. Sin embargo, es una carga. Cuando hago daño a alguien, no me siento bien. Aunque sea para devolver una bofetada.