por enriquebrossa | 20 20+00:00 Abr 20+00:00 2015 | LIBROSSIANO, Reflexiones
Quiero protestar por el sexismo femenino de baja intensidad, que es el más peligroso.
Los fines de semana, por la tarde, en Antena 3, ponen después de comer una película de psicópatas. De esas en las que el guionista no se lo curra mucho. Generalmente es siempre lo mismo. Uno es asesino, porque sí, porque le da por eso, porque está tarado, sin demasiadas explicaciones. Quizá una leve mención a una infancia difícil, y ya está. La víctima es una mujer, y es la protagonista. Son películas destinadas a mujeres… El marido es siempre medio tonto. Los policías también y al principio no le hacen caso. Al final los policías quedarán admirados de la fuerza del carácter de la mujer. La heroína da mil vueltas a todos los varones y resuelve el caso, y hasta suele vencer físicamente al malo, que a veces es una mala que toma la forma de rival que trata de quitarle el bebé o el marido.
Los hombres no somos tan tontos. Si las mujeres que ven esas películas fueran tan listas, adivinarían todo lo que va a ocurrir ya desde el minuto dos, porque es totalmente previsible. El malo muere en el último minuto o es detenido por la policía. Bueno, algunas veces, cuando la heroína es atacada, en vez de salir a la calle, que parece lo lógico, sube las escalera de su casa, hasta donde no hay escapatoria. ¿No es absurdo? Sin embargo el psicópata acabará por caerse por las escaleras o por la ventana y se clavará algo punzante, como un perchero, una monolito de adorno, o un cuchillo de cocina que llevaba en la mano. Y sangrará por la boca. ¡Muerto! Si hay hilillo, está muerto. Ese hilillo de sangre desde la boca, nunca ha fallado.
En mi opinión las películas para mujeres, como las novelas para mujeres, las revistas para mujeres, etc. son un mal síntoma de la situación de la mujer. Pero de eso no se nos puede echar la culpa a nosotros los hombres. Porque no todos los muertos son nuestros. Y todos los despistes, tampoco.
por enriquebrossa | 19 19+00:00 Abr 19+00:00 2015 | Erótico, LIBROSSIANO
Seguramente nos hemos despertado los dos al mismo tiempo. He levantado la cabeza y tú has abierto los ojos levemente , porque la habitación no estaba del todo oscura. Tus mejillas estaban calientes en la cama como un pan horneado bajo el edredón. Tus labios hinchados, aún más bonitos. He apretado mi frente a la tuya y tú te has enroscado en mi cuerpo como un perezoso en su rama, como un dormilón a su almohada. Parecías disfrutar de una sensación muy confortable. Te he destapado un poco y he subido la camiseta de tu pijama y han aparecido tus senos llenos de dicha, aunque un poco rezongones, como tu boca. Has protegido uno de tus pechos y he tenido que bebérmelo. Te has tapado más, pero remolonamente: dejándome hacer. He tirado de tu pantalón hacia abajo, hasta tus rodillas, y has vuelto a hacer un vago ademán de evitarlo y de esconder la curva de tu cadera y tu trasero a la vista, descubierto, a la intemperie. He apartado tus manos de tu seno y tu pubis y las he puesto sobre tu cabeza, juntas tus muñecas, como a una cautiva, y has abierto un instante los ojos.
-¿Qué me haces, cochino?- has dicho con una leve sonrisa sin casi despegar los párpados.
-Comerte un poco más, -beso su cuello -,ahora que estás recién hecha, recién salida del horno- y beso tus tentadores labios, y tus pechos tan disponibles, mientras ocultas tus ojos bajo un brazo -. Estás calentita… -y te beso otra vez -. Estás crujiente – y me apodero de tus tetas.
-¿Crujiente? -sonríes.
-Y sabes dulce. Y hueles muy, muy bien -chupándola por todo-…a cruasán… o a pan de leche… o a bollo de azucar, o algo así. -Y empiezo a olfatearte por los rincones. Ahogas una risita y respondes en voz baja, como avergonzada:
-¡Cochino, cochino, cochino, cochino, cochino… !- y me abrazas y lames mi oreja mientras con un pie empujas piernas abajo tu pantoloncito de pijama, que queda enredado en el otro pie, pequeño, y medio desnudo.
-Con un poco de miel…
por enriquebrossa | 16 16+00:00 Abr 16+00:00 2015 | LIBROSSIANO, Reflexiones
En la década de los setenta empezó a crecer en España cierto interés por tipos de espiritualidad diferentes a la religión, como complemento, claro, no como alternativa al catolicismo. Otra idea no habría sido posible en tiempos de Franco. Y una de las cosas sobre las que escribían los columnistas era la idea del regreso a casa, de la vuelta a las fuentes, a los orígenes. Recuperar la identidad, las esencias perdidas. La idea era que los españoles antes éramos agricultores y ahora nos habíamos convertido en gente de ciudad. La ciudad era mala. Los de la capital eran demasiado engreídos e ignorantes mientras que el palurdo era sabio. Aquí quien daba lecciones era Paco Martínez Soria y Gila decía que debajo de cada boina había un filósofo. John Dember cantaba «Country road, take me home, to the place I belong». Y lejos de West Virginia, unos artistas de mayor relieve cantaban: «muy bien Tomás, muy bien Tomás, te vas al campo y abandonas la ciudad». Los curas españoles se apuntaban a esta corriente mística del flash back y todo renacía: la fe renacía, el amor renacía, las vocaciones se decía que renacían también (se decía eso porque desaparecían), y todo venga a renacer, y Dios era el primer afectado por la corriente y renacía en todos nosotros, hombres de buena voluntad, con la Navidad, con la Eucaristía, con los otros sacramentos, con la oración y hasta sin ninguna excusa, siempre estaba renaciendo.
Volver a la casa del padre, o bien a la del Padre, sería volver a tu identidad, tendría un efecto terapéutico respecto a no se sabe bien qué tipo de enfermedad. Nos aclararía las ideas, nos curaría la ansiedad.
Pues bien. Me ha tocado volver a las fuentes a mí, cuando no solo las fuentes quedan lejos, sino que el tema ya ha dejado de estar de moda. ¿Y qué tengo que decir de mi vuelta a las fuentes? Permítanme la ordinariez, pero me cago en las fuentes.
Mis amigos de la infancia y yo no nos reconocemos por la calle, en gran medida porque no nos recordamos, y ya no estoy seguro de haber tenido de eso, y además por lo ajados que seguramente estaremos todos. Mis hermanos están viejos. Algunos, de un egoísmo enfermizo, débil, han corrido a vender a los otros. Hasta decidieron convertirse en ladrones y estafar a su madre, aquejada de Alzheimer. Cada uno encubre lo que le interesa. He sentido una desagradable vuelta a la infancia. Al llegar a mi tierra pierdo la poca madurez que me cubre y, en este viaje regresivo, me convierto en un niño desprotegido respecto a los dientes sucios de gente decepcionante y embustera que debería haberme querido, porque yo nunca les hice nada, como hermano mucho menor que era, y ellos me han robado la túnica, como a José, y me han tirado al pozo. A la mierda las putas fuentes. Son aguas fecales. Gente podrida. ¿Volver a ver…? ¡Volver a perder!
Se siente por todos los lados la ausencia de mi padre. Su muerte deja la casa como una cantera expoliada, con el filón exhausto. Han roto la gran montaña y con su piedra, más destruída que aprovechada, no han sabido hacerse ni la vida hortera que hubieran deseado tener para aliviarse de no sé qué complejo. Robaron por mezquindad y la mezquindad nunca le dio mucho a nadie. He sentido deseos de gritar ¡Papá! como de pequeño, pero la gran montaña, descarnada en un gran tajo vertical, el vacío que ha dejado mi padre,
al chocar con una pared indiferente, solo me ha devuelto el eco de mi voz y no la suya. No queda nada ni nadie. Al hablar junto a los restos del desfalco suena a hueco, como pasa con las cajas fuertes vacías. Solo han dejado un abismo. El único proyecto vital de algunos hijos hueros y enanos de mente es destruir la imagen de un padre cuya grandeza les acompleja, y con claros motivos. Creen haberlo logrado. Pero eso ha sido imposible. No se consigue vendiendo a la familia por conducir una mierda con ruedas. Papá jamás lo habría hecho. Él era mucho más. No habéis entendido nada. Os habéis puesto en evidencia. Golfos, avariciosos, egoístas, amargados, sinvergüenzas. Inmaduros. Torpes. Creéis que somos idiotas porque no os metemos en la cárcel. Estúpidos. Lo peor que os puede pasar es que algún día vuestros hijos os conozcan bien.
Mi padre fue un hombre que producía riqueza y bienestar a raudales, y sin embargo era bueno. Bueno, generoso, lúcido, sencillo, equilibrado, austero, pragmático, optimista, trabajador, querido, reconocido… Vosotros de eso, nada de nada. Tenía un sentido profundo de la vida que empapaba sus cartas, muchas cartas, a la familia y más exactamente a sus hijos, en las que se mezclaban sus valoraciones patrimoniales con su deseo de igualdad y su amor, que creo que no merecíamos. Allí quedó patente todo lo que sufrió por vuestra culpa. Pudo haber sido un gran ejemplo en muchos aspectos, es imposible no reconocerlo, desgraciados. ¿Por qué no lo fue? ¿Porque hemos aprendido tan poco?
Vuelvo a mi vida y al tiempo actual. Y de las fuentes… ya hablaremos otro día.
por enriquebrossa | 15 15+00:00 Abr 15+00:00 2015 | Fantasías y ensoñaciones, LIBROSSIANO
Ella tenía una mirada de ojos hambrientos. Ni al sonreír o conversar dejaban de parecerlo . Algunas veces, cuando yo le hablaba, se ponía muy seria y me enfocaba con ese par de círculos transparentes de sus iris, tan llenos de significados y de preguntas, y resultaba imposible no vibrar con ellos y contemplarla de la misma manera. Con la cabeza inclinada, parecía observarme y al mismo tiempo verse las cejas, mandándo pensamientos desde su frente a la mía. Coincidir con su mirada era entrar en algo etéreo y azul, atisbar y ser atisbado. Convertirme en vapor y volar lento y suave desde mi asiento hasta sus pupilas. Aproximarme mucho a sus labios. Sus ojos intensos fueron lo más interesante de aquel invierno y la tensión entre nosotros era tal que llegué a pensar que resolverla, dar un paso real hacia ella, nos llevaría a una normalidad que jamás podría igualar el extraño, el intenso placer de sentirnos, de mirarnos. Contagiarme el hambre de sus ojos, a veces tristes, otras profundos, otras sonrientes, pero siempre, siempre, necesitados, hambrientos de capturar una mirada igual. Me dije que quizás la melancolía fijaría más ese recuerdo dulce y triste de deseos de adolescente, que convertirlos en realidad.
fragmento, borrador
Gracias por vuestros selfies. 😉
por enriquebrossa | 6 06+00:00 Abr 06+00:00 2015 | LIBROSSIANO, Reflexiones
Fragmento.
La gente piensa en sus tareas durante años. Tiene su cabeza centrada en sus expectativas, sus retos, y sus propios dramas personales. Pronto la vida se achata y se mueren. Todas las tribulaciones han transcurrido en un nimio suspiro sin consecuencias. Uno no sabe hasta qué punto una postura práctica ante la existencia es una actitud estúpida. Pragamatismo ante qué y para qué. Siento deseos de salir del surco, para que el mundo, que parece ignorarnos activamente, sepa que a mí me matará como a todos, pero al menos no me habrá engañado. Si el cielo nos observa, yo no querría servirle de distracción. Si soy su juguete, seré ése que no quiere funcionar. Esta hormiga se sale de la fila y se quedará quieta y alejada de la senda. Esperará paciente y con los ojos abiertos la pisada que la aplaste. Voy a demostrar al vacío desde el que se nos divisa, que la realidad no solo se puede ver desde arriba. Trataré de mantener una fuerte conciencia de mi mismo. Tenderme al sol, besar, beber y esperar tumbado e impertérrito a que alguna riada me devore.

por enriquebrossa | 30 30+00:00 Mar 30+00:00 2015 | Escribir, LIBROSSIANO, Mis autorretratos

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Un retrato literario no es una foto ni un análisis forense. Es una caricatura, pero una caricatura arbitraria, casi diría que aleatoria. Soy yo ante un espejo ondulado, deformador como los de las ferias. Si doy un paso me hago más largo, o más enano, delgado, gordo o paticorto. El fin de la literatura es la literatura misma, que es más importante que describirme a mí y mi irrelevante existencia en ese mundo posible de lo imposible creado por las palabras. Yo sólo soy real y no existo en la fantasía. El retrato literario pertenece a la creación inmaterial, yo soy solo un montón conglomerado de materia temporalmente viva.