por enriquebrossa | 7 07+00:00 Dic 07+00:00 2013 | Crónicas del firmamento, LIBROSSIANO
Queridos amigos y amigas. Hoy tengo que contaros algo serio de verdad. Espero que los errores del corrector del móvil unidos a los míos, de por sí frecuentes y bochornosos, os hagan sonreír ante mi grave comunicación. Creo que lo mejor que podéis hacer es tomaros esto con una sonrisa y como lo que es: una fase más de la vida. Sí, amigos y amigas, lo cierto es que me he muerto. El otro día empezó a dolerme la cabeza de un modo brutal. Tardé varios días en atribuir peligro a mi dolor, que no se atenuaba ni con medicinas, ni con cama. Cuando decidí ir al médico de urgencias, ya era demasiado tarde. Nunca regresé a mi casa y de mí nada más se ha sabido.
Por favor, no lloreis por mí. Todos tenemos que morir, así que igual podría yo llorar por vosotros.
Qué más decir…
Por ahora es prematuro decir qué tal es estar muerto. No hay nada muy distinto de lo quue siempre imaginé. Como ya suponía, al morirme yo se ha acabado el mundo. Espero no molestaros al haceroslo notar. En cierto modo, eso me incomoda, como si hubiera estropeado la tarde a todos los reunidos. No es mi intención. También he perdido la memoria (bueno, ya en vida fui un despistado, desde pequeño, para qué engañarme) y claro no recuerdo si me morí por decisión propia o por extinción del periodo previsto. Qué cabeza tengo. Pero al menos, no quería partir sin despedirme. No siento desconsuelo. Miro a las tinieblas de frente, con serenidad. Aunque ahora sé que en estas nubes sobre las que flota mi espíritu me seguiré encontrando con esas tías buenas con alas que me mandabais en facebook las autoras de «miseres» (te quiero con todo «miser», me abrazaba con todo «miser»… ). Y bueno… Tampoco es,una mala manera de pasar la eternidad. A ver si las veo.
Hasta siempre.
por enriquebrossa | 7 07+00:00 Dic 07+00:00 2013 | Erótico, LIBROSSIANO, Reflexiones
¿POR DÓNDE ENTRA EL FRÍO?
¿Cuál es la parte del cuerpo que más nos expone al frío? Hay muchos puntos de vista sobre este controvertido tema.
Durante años se ha tenido como aspecto imprescindible la protección de la zona lumbar. De ahí los tradicionales fajines de los trajes típicos españoles, frecuentemente de color rojo que sobre la también típica barriga agropecuaria del habitante de la península ibérica, generaba una imagen no demasiado liviana. Las fajas pierden terreno con los años, pero todos seguimos usando el cinturón. Ya lo dice un tío de no sé qué pueblo: «yo si me quito el cinturón, estornudo».
Pero, poco a poco, padres y madres llegaron a la conclusión de que los pies jugaban un papel clave. De ahí el célebre: hijo, cálzate de una vez si no quieres que te de una bofetada.
No sería hasta finales del siglo XX cuando este humilde… este humilde metafísico, logra descubrir el punto del cuerpo que debe protegerse prioritariamente del frío para no sufrir catarros. Son los tobillos. Sin duda. El frío entra por los tobillos, lo tengo claro. Y sobre esto puedo narrar miles de anécdotas. Por ejemplo, la que os voy a contar:
Yo tenía veinte años cuando estaba una noche con una amiga en mi coche. Una buena amiga, sin más, nunca habíamos tenido nada más que amistad. Era una zona poco transitada. Estábamos hablando de temas comunes y puse la radio del coche. Empezó a fluir una música dulce, tranquila, amorosa… Ella llevaba una faldita muy ligera, estábamos en septiembre y ya se sabe: calor por la tarde y fresco por la noche. Mi amiga estaba bien, ya me había dado cuenta antes… De pronto los dos nos quedamos callados. La música seguía sonando. Le pasé la mano por un hombro. Ella se me quedó mirando callada, con sus ojos redondos y oscuros. Me atreví a besarla por primera vez. Bajó la cabeza. La volví a besar, y está vez ya nada bajó, todo fue en aumento, incluso el vaho empañando las lunas del coche, que nos aisló del resto del mundo. Tanto fue así, que a los pocos minutos, alargué la mano hasta la palanca del asiento y recliné su respaldo.
-¿Qué estás haciendo? -dijo ella tratando de incorporarse para no quedarse tumbada.
-Ponerte más cómoda, así ¿Ves?.-le respondí empujándola suavemente en dirección al respaldo. Ella apoyó la espalda pero dijo:
-Ya. No, por favor. Vámonos de aquí. Tengo un poco de frío.
-No me extraña. -le dije dándole un beso.
-Tus tobillos. No los llevas nada abrigados. Por eso se enfría la gente… -y le di otro beso.
-¿Por los tobillos? -recibía mis besos como dudando…
-Claro, mujer -otro besillo- Proteger los tobillos del frío en fundamental. Deja que te los tape un momento y verás qué diferencia.
Mis manos se metieron bajo su falda y tras acariciar entre los muslos por unos segundos, tiraron hacia abajo de su braguita. Pero como estaba sentada, al primer tirón se resistieron. Al segundo, ella levantó dócilmente el culete y la prenda íntima se dejó llevar suavemente por sus piernas en dirección a sus pies. Mientras ella, tendida, estiraba el cuello para ver cómo se alejaba su braguita de encaje.
-La dejaremos aquí, en los tobillos, para que no te enfríes. Ya verás qué diferencia, con los tobillos así bien tapados.
Al cabo de unos treinta minutos, sacó de su bolso un par de cigarrillos y tras aspirar y soplar con placer el humo de uno de ellos, me dijo la chica riéndose satisfecha:
por enriquebrossa | 7 07+00:00 Dic 07+00:00 2013 | LIBROSSIANO
Pasaron los años
del potencial infinito.
Los de la esperanza
acabaron después.
Superado el espejismo
de la mejora personal
Nos reunimos en la penúltima fase
de una vida achatada
Perdidos el garbo y la mirada.
Más dispuestos que nunca
a tolerar limitaciones ajenas,
una vez que las propias
nos han humillado ya
y que van a hacerlo mañana más.
Quedan la voluntad y la resignación.
Aceptamos lo que nos falta,
que es parte de lo que quisimos ser.
Con otro patrón para medir
el tiempo que nos espera.
por enriquebrossa | 7 07+00:00 Dic 07+00:00 2013 | Relatos
Por fin llegó Carmen. Fui a recibirla a la estación de Chamartín el viernes por la noche y la invité a cenar a un restaurante de moda. Ella estaba más guapa de lo que recordaba. ¿Te gusto con mi jersey rosa palo?, me preguntó.
Estaba guapísima, así que no hacía falta responder, sé que se reflejaban en mí su alegrón y sus latidos y que su jersey rosa palo, como ella decía, resplandecía en mi cara. Con tales estímulos, me mostré ameno y brillante. Sí, recuerdo que estuve inspirado. Me porté como un hombre de mundo seduciendo a la niña que viene a la ciudad. Parecía que siempre hubiese vivido allí, perfectamente adaptado, y no que los vecinos me estuviesen volviendo loco.
Cuando volvíamos de la cena me dijo en el coche:
– Estás más hablador pero más tranquilo. Se te ve
más maduro -e hizo un gesto suave con la mano que expresaba tranquilidad.
– Deben de ser los antibióticos que estoy tomando por lo de mi catarro. O el insomnio, yo qué sé. Todo el mundo me dice que me encuentra más maduro últimamente y hace así con la mano como tú, y en realidad estoy baldado por culpa de los medicamentos.
A ella le hizo mucho gracia que a mí los antibióticos me produjeran madurez. Dijo que le parecía genial.
– ¿Sabes lo que significa eso? -le pregunté.
Ella hizo como si se burlase de que me iba a poner filosófico, aunque en realidad yo sabía que esa era una de mis facetas que más le gustaban.
– A ver si lo adivino. Has llegado a la conclusión de que la inmadurez es como un bacilo -dijo.
– Muy graciosa. Lista -ella no dejaba de sonreír-. Bueno pues por ahí ibas bien. Creo que la inmadurez es un exceso de energías. Lo que llamamos madurez es simplemente esa pérdida de facultades.
– ¿Sexuales?
– Quizás también -sentencié.
Me acuerdo que salíamos del semáforo que está enfrente del Palacio de Oriente, cuando ella se colgó de mi cuello y chupándome la oreja me dijo:
– Bueno, pues no madures más, ¿eh? que ahora estás en tu punto…
por enriquebrossa | 5 05+00:00 Dic 05+00:00 2013 | LIBROSSIANO

BORRADOR
Hay momentos que son una joya. Un placer secreto. El silencio cuando cae la nieve, el espectàculo del amanecer, el descanso después de la charla, la mirada al mar, o encontrarme con tus ojos. No debemos hablar con otros de nuestros instantes especiales. Son efímeras victorias en la batalla contra el tiempo. Creemos con ellas parar su avance, y hasta amigarnos con él. Detener el reloj por haber contenido la respiración. Encontrado un alivio, o un sentido a nuestro deambular. Pero no hay que vivir de ilusiones. Todo eso desaparece como el agua entre los dedos. Se desvanece en segundos. Queda simplemente una mezcla de ilusión con cierto onanismo azul. La estafa de la que somos objeto sigue ahí y seguirá pese a nuestros mejores momentos.