Apatía y temor

Apatía y temor

Tiene que llegar, tiene que llegar. Hace falta que suceda ya. Mi estado de ánimo era mezcla de insensata indolencia y nerviosismo. No lograba centrarme en una única emoción que me sirviera para encarar el periodo que se me estaba abriendo. Pensó que eso vendría poco a poco, pero ¿por qué poco a poco? Necesitaba reaccionar ya.
Pensé en golpearme para empezar a sentir algo agudo que me inclinase a la acción. Quizá pincharme, pellizcarme. La idea era bien tonta y pensar en ella me producía mayor indolencia. No tenía ganas, ni de sufrir, ni de llorar, ni lograba alterarme. Quizá fumando, pensé, me concentre mejor y me encuentre ante la verdadera dimensión del peligro que se avecina. Lo cierto es que acabado el cigarrillo, me encontraba igual, solo que algo mareado. Pasear sería peor. Debería salir de ese estado de ánimo. ¿Cómo podría yo… ? Saqué un segundo cigarro y me lo llevé a la boca sin encenderlo. Miré por el ventanal. ¿Y si bebiera? Entonces fue cuando sonó el teléfono. Me volví escéptico a cogerlo sin demasiadas prisas, pero en seguida colgaron. Sabía que esa llamada no me iba a rescatar.
¡Rescatar! Acababa de hacer un gran descubrimiento. Lo que estaba haciendo era esperar un rescate. Algo que me sirviese de estímulo o de punto de partida. ¿Qué será lo que estoy esperando que no se encuentra dentro sino fuera de mí?
¿Sentir más miedo para combatir la apatía? Bastante era ya la situación que poco a poco se me acercaba. ¿Para qué necesitaba tener más miedo? Me encendí por fin el cigarrillo, algo deteriorado de mantenerlo en los labios. Y tras la primera bocanada de humo patinando sobre el cristal de la ventana recordé la relación entre los fluidos y las superficies lisas, que en vez de rebotar resbalan, cosa que no venía a cuento, me dije: ¿Y si todo esto me diera igual, qué pasaría? ¿Si, aunque sé que me debería importar, sucede que no me importa, por mucho que me empeñe, no me importa… qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer?
Pero sí que me importaba.
Centrarme en una única emoción. Debo experimentar una sola emoción.
Allí abajo estaba mi hijo, jugando con su patinete en la calle. Al verle jugar, arrugué la nariz, me froté la frente y las cejas, cerré los párpados con fuerza. Probaré a rezar, aunque no pueda tampoco, pero trataré de rezar. Abrí la ventana para tirar el cigarrillo. Nuevos cigarrillos se encendieron y se agotarón. El alfeizar le quedaba por debajo de la altura de mi cinturón. Noté que estaba mareado por fumar tanto y tan rápido. Sentí vértigo. Y así me quedé un buen rato, hasta que mi hijo dobló la esquina. Entonces me sujeté a la puerta de la ventana y después me senté en el suelo. Me quedé de nuevo impasible mirando las rayas del parquet.
Al cabo de unos minutos suspiré, me puse en pie, tomé el abrigo y salí hacia la iglesia, tratando de que no me viera mi hijo. Al llegar a la parroquia me sentí expuesto al juicio de los vecinos. ¿Qué hará este hombre allí un día como hoy, a estas horas, entrando solo a la iglesia? Si casi nunca acompaña a su familia a la misa dominical.
Primero atravesé el atrio hasta alcanzar el vestíbulo, con sus carteles junto a la entrada. “Dios está contigo”, decía uno. En otro leí: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.”—Filipenses 4:6 (RVR 60)
La luz se terminó de atenuar hasta un grado de mayor recogimiento cuando atravesé la puerta abierta y alcancé la pila de agua bendita. Me hacía ilusión desde pequeño mojarme los dedos y santiguarme con ella, pero en estos tiempos de gripe aviar, quién sabe qué enfermedades podría contraer. Con pena me quedé mirando la pila y su agua decidido a no tocarla, dada la cantidad de dedos y uñas sucias que sin duda se abrían mojado allí. Acababa de entrar y ya surgían las primeras reticencias… En el fondo, la cuestión era otra. Yo era un cristiano ateo. Y todo lo que tuviera algo que ver con mi religión, cualquier pensamiento o elección, sería necesariamente contradictorio y objeto de dudas y reflexiones. Frente a mí, que permanecía retraído y de pié, se divisaban las espaldas encorvadas de media docena escasa de ancianos esparcidos por el conjunto de los bancos del templo. Dudé si parar o irme, si apoyarme en la pared o buscar un lugar en el que sentarme. Si hacer como si tuviera fe, o como si en realidad no necesitase rezar. Y mientras esto hacía, el Señor, Nuestro Señor, en una estatua fruto de la modernidad de los años sesenta, ay, ay, aquella modernidad de los años sesenta, vió claro que muchas de mis contradicciones eran fruto de aquellos años de cambio ideológico. Los sesenta impulsaron la inmadurez de varias generaciones, las que vivieron la década y las posteriores. Ese Cristo raro… tiene en realidad el mismo problema que yo, me dije. Está influenciado por los sesenta. Allí estaba Él: de color bronce, miraba como diciendo, vienes aquí a que te oiga pensar en todas las tonterías que se te vienen ocurriendo. En todas menos en mí. ¿Para esto sufrí yo la Pasión? Haz que te crucifiquen… para esto. ¿Qué puedo hacer contigo, si es que eres una pena?
Acepté como un mensaje divino ese pensamiento que había atribuido al Hombre de la Cruz y me senté dócilmente en un banco, apoyando los codos sobre las rodillas y uniendo las manos, en una postura en la que uno puede estar rezando o viendo los toros, indistintamente. Si hiciera un gran esfuerzo por ponerme a pedir por mis problemas con mucha intensidad, acaso Dios, ese Dios en el que no creía, pudiera concederme la merced de simplificar mis dificultades. Pero sabía que no, que eso no iba a pasar, por mucha fuerza interior que quisiese imprimir a mis oraciones. Ya había probado otras veces. Por ejemplo con el billete de lotería. Allí sentado hablé en realidad conmigo mismo, de las enormes bolsas de frustración que existían en la sociedad. Un mar al que durante años había resistido como un acantilado alto y orgulloso. Luego con los años, conocí a muchos vendedores de las más variopintos bienes y servicios que le hablaban del secreto del universo, que conspira a tu favor, para cumplir con tus deseos. Toda una filosofía para vivir instalado en el fracaso. Eso es lo que nunca funcionó con la Lotería Primitiva ni con el Bonoloto. Quizá probando con otro sorteo… Le encontró la gracia a todo aquello y sonrió. Espero si existes que me comprendas, le dije al Jesús medio cubista que llenaba la pared del altar. Y seguí pensando en el mar de frustración, y en la marea alta, y en que los acantilados también se desgastan con los lametones continuos del mar. En que ya estaba temiendo porque la lucha era desigual, y que quizás acabaría frustrado, como tantos otros. Y en que no me lo podía consentir.

Cuatro milagros

Es normal, pensaba con mi tercer o cuarto güisqui en otro bar distinto: en mi colegio de curas fui un ateo precoz, que no tendría más de once años o así cuando me dio la primera venada agnóstica. ¿No era eso un signo de genialidad? ¿No es un niño prodigio el que se plantea dudas existenciales a los once años? Fíjate bien: probablemente fui el primer niño ateo de mi clase. ¿Qué te parece? A mí me parece que no debo dejar de serlo así, tontamente, porque eso, oye, ahí está, aunque luego tú vayas y digas: ¿Ah, sí? ¿Conque sin creer en Mí? ¡Pues caña, por ateo! Desde luego, así por las buenas no pienso ponerme a creer. Hombre, en todo caso podría convertirme en un momento de gran dramatismo, como fruto de una profunda reflexión motivada por el choque emocional de algún hecho trágico o algo así. ¡Ponme un milagro! Por ejemplo, me empiezas a hacer varios milagros que yo intento negar, ¿sabes?, que yo intento no creer de acuerdo con mi naturaleza de hombre escéptico y racionalista, y un segundo y un tercer milagro, y yo diciendo: ¡Si no puede ser! Con el ceño fruncido. Todo el rato, ¡Nada! ¡No puedo creerlo! Y Tú venga, hala milagros todo el rato, milagro va y milagro viene. Y yo: que no, que es mentira. Y Tú: ¡Otro milagro! Y yo que nada. Y entonces Tú.¡Pumba! ¡Milagro! Pero ya milagrazo fuerte de verdad. Y entonces voy yo y digo: ¡Gracias, Señor! Y me caigo de rodillas con las manos juntas. Y lloro sin pestañear, como los muñecos, mirando una luz (no de bombilla, sino una luz divina, se entiende). Rezo. Y así ya, sí que dejo de ser ateo y hasta, si me apuras, dedico mi vida a la religión. Después de tantos milagros, oye… Sin meterme a cura ni en ninguna de esas, porque Tú, Dios… No sé. Creo que te pasas mucho conmigo.
Mira, ¿sabes qué?, no lo veo.
No sé, no lo veo.Y bebo güisqui. Bueno, a lo mejor, a lo mejor, caigo de rodillas ¡Pero a lo de las manos juntas me niego, no sé por qué! Si yo fuera Saulo de Tarso, me caería del caballo y diría: “Estaba ciego, pero ahora veo claro, Señor. Abjuro de mi fe atea”. Pero ahora, que no se usan ya los caballos, o me voy a un picadero y me convierto por allí cerca y tal, o me caigo de la moto, y cuando se acerca el guardia digo que estaba ciego y que ahora sí que veo bien y todo eso. Lo normal en un caso así sería que me hicieran soplar. A ver qué papel hacemos si cuando estoy yo con lo de la luz divina y el coro de ángeles porque tengo el alma recién recuperada, se oye, a ver, sople usted. ¿Usted sopla o no sopla el alcoholimetro?, en medio de los coros celestiales. Casi peor que lo de las manos juntas de antes, ¿no le parece, camarero? El camarero no me escucha. Sigamos.Yo qué sé. La verdad es que ni así lo veo claro, lo de volver a creer. ¡Que fui el primer niño ateo de mi clase, macho! Y sigo siendo un niño ateo. Lo que pasa es que soy un ateo no practicante. Un ateo no practicante. ¡Qué frase, Señor, qué ingenio!Quizás sí que hay un santo dentro de mí, me decía yo a mí mismo paseando otra vez bajo la noche. En estas que… ¡Justo! ¡Aparición! Claro que hay un santo dentro de mí. Un profeta quizás. Mi vecina la modelo. Esto sí que es un milagro. Su abrigo blanco, sus piernas, sus pelos, sus ojos (aunque desde allí no se los distinguiera, pero la imaginación hace mucho). Todo en ella era… no sé. Hasta el perro, casi. Ya sé que me la encontraba mucho paseando su perrazo a esas horas, pero… ¡Supongamos que sea un milagro! Señor, no está del todo bien pedirte estas cosas pero, Señor, haz el segundo milagro. Que se cumpla el resto del sueño y lo haga con la modelo del tercer piso, Señor, y vendo mi alma a Dios. Por favor, Señor, que te implora tu siervo, márcate un detalle y al cuarto, yo, tu cordero, creeré en Ti, le dije, porque es que yo en cuanto bebo un poco más de la cuenta enseguida empiezo a tratar a Dios de Tú. Al cuarto milagro. Al cuarto polvazo, Señor. ¡Que digo! Al segundo empezaré a sentir tu llamada, Señor. Está con su perro. ¡Rápido, qué le digo! ¡Algo ingenioso!– Hola… -lo normal era decir eso.

(Fragmento)

UNA TRAVESÍA EN COCHE Y UN TOCARSE LOS PIES

UNA TRAVESÍA EN COCHE Y UN TOCARSE LOS PIES

fragmento

Todo lo que estoy contando ocurría en aquel año que tanto llovió en Madrid. Porque en Madrid hay años de esterilidad y de sequía. Años de vientos que arrancan las ramas y años también de aguaceros tercermundistas. Nunca nada apocalíptico. Pero es una ciudad cuajada por la inconstancia. Pocas nieves atlánticas, por mucho que nos empeñemos: solamente una vez por lustro llegan aires del norte que cubren de blanco asombro las aceras durante pocas horas, pero se diluye y se ensucia en seguida, porque nada salvo lo errático persiste en este suelo.

Volvía a casa siempre por el mismo camino. Me tocó un semáforo junto a las fuentes de Colón, de espumas blancas que a mí me parece que me tienen que salvar o lavar de algo. Sin embargo, metí el coche por Génova, que tenía un tráfico espeso y grasiento bajo el sudor frío que goteaba de la frente azul oscuro de Dios, y que se escurría indolente y turbio, pendiente abajo hacia la Plaza del Descubrimiento. Anocheció deprisa sobre mi coche, casi de golpe, por distracción mía, porque estaba mirando rodar la grasa azul marino y a mi juventud desarrimándose por la Glorieta de Alonso Martínez, y no me di cuenta de nada más. Eso es, todo tiene su explicación, porque en aquella tarde de aguas no había chicas en la terraza de la Cervecería Santa Bárbara. Es que se acuerda uno de la cervecería Santa Bárbara cuando truena y ha llovido mucho ya, hasta demasiado. Quedaba eso sí, por la zona, un cierto olor a mojado, a metro y a tres pintas y a dos dobles de gambas y a mira a ver, que siempre te estás dejando el mechero en todas partes.

Pero nada más. Sin más gente que algún transeúnte, señora con paraguas, que sortea goterones, canaleras, regachas y canalones. Vacío.

“España huele a eso… “, decía la canción.

Es posible que tenga algo de fiebre, unas décimas.

Goterones, canaleras, y regachas.

Las palabras se repiten como un estribillo:

Canaleras

goterones,

regachas.

¿Qué son las regachas?

Está lloviendo mucho ahora y la lluvia hace mucho ruido sobre el coche. Hay algunos pilotos de color ocre brillante sobre el salpicadero y luces ámbar y rojas detrás de las gotas del Santo Sudor.  Me estorba el limpiaparabrisas. Advierto que una modorra gripal se está instalando en mis brazos y piernas. Cada vez que pasa el limpiaparabrisas se me lava una idea; cada vez una sensación menos. Si lo paro, las gotas de agua van cubriendo el cristal y me siento solo como en un túnel de lavado, o como un submarinista nocturno en altamar.

Nadie arreglará el tráfico de esta ciudad.

3098310237_8c46d14a99Vuelvo a encender el limpiaparabrisas y las escobillas arrojan a un lado un montón de ideas mojadas. Subsiste la nostalgia por Anabel, pegada al cristal como una octavilla lamida por el aguacero.

Ya no era la tarde cuando llegué a mi casa. Arrimé el coche a la acera y miré la lluvia caer, recordando la noche en que nos unió el milagro. La vi, no sé por qué, con una aureola blanquecina de Santa Anabel de la Malasaña, o quizás de Virgen de Maravillas. Aureola reverberando alrededor de su cabeza, al margen del aguaviento; completa su imagen de sacro icono con una de las dos bestias que dieron calor al Divino Portal cogida por una correa, pero sin José y sin Niño Jesús; paseando indiferente su perrazo y su misterio por entre los chuzos, atravesando la cortina, andando sobre las aguas; presta a santificar y dar su bendición a los drogodependientes de la Plaza del Dos de Mayo.

Por la otra ventanilla, a mi derecha, vi al ciego en nuestro portal abriendo su negra boca al agua de lluvia y parando las gotas con sus barbas corrompidas o podridas o putrefactas, no sé como lo decía la vieja, como un pirata pechando el temporal desde la proa, pero quebrado y esquelético, como él era. Le vi arremangándose y levantando los brazos. Tal vez lavándose las pobredumbres. Tal vez pidiendo justicia, maldiciendo o rezando. O riéndose. No sé.

En ese momento se me rompió la nariz en un estruendo y casi llegué tarde con el clínex para contener mi desbordante mucosidad. Quizás fueron cien los estornudos sucesivos y cuarenta o cincuenta los pañuelos de papel en los que los fui depositando y envolviendo, junto con briznas de cerebro escupidas ora por el conducto nasal izquierdo, ora sonándome el derecho. Me pican los ojos y el paladar, me faltan las fuerzas, y entre los sesos rotos bajo mi cráneo queda escrito mil veces y entero el nombre glorioso de Anabel.

Romántica es la cosa…

He subido a mi apartamento soñando el regreso de mi mestiza, pero no he llamado al piso de Anabel, no sea que otra vez tuviese compañía. Afuera, suenan las gotas, ya más despacio. Me metería a gusto en la bañera con agua muy caliente, pero  nunca logré eliminar mis reservas respecto a su asepsia. Me quité los calcetines y pensando en el ciego, en su boca negra y en su cartón, metí a remojar un pie en el bidet y lo noté reblandecerse como el pan en las sopas de ajo. Estuve tocándome el otro pie con los dedos de la mano, casi hasta que el goteo volvió a sonar regularmente, como el tictac del reloj. No sé cuantas horas darían, no tengo ni idea.

Mensaje en una botella

mensaje_en_una_botella

Éramos niños y  estábamos jugando junto a la playa cuando vimos una botella de refresco vacía.

-¡No toques eso! -me dijo Luisito.

-¿Qué pasa?

-Que eres un cochino. Mamá dice que no hay que jugar con esas cosas que te encuentras porque no sabes si la ha podido tocar un leproso.

-Me da igual. Me gusta esta botella. La voy a lavar para quitarle la arena. Y además ya no hay leprosos

Y mientras iba a la orilla Luisito me seguía explicando lo temerario de mi acción.

-¡Que te crees tú que no hay leprosos! ¡Sí que hay! ¡Y tuberculosos también hay! Si no te lo crees pregúntale a mi mamá.

-¡Que ahora ya no hay! Eso era antes.

-Además mi mamá dice que te puedes cortar.

-Eso es solo si se rompe, idiota.

-¡Idiota tú! Ya verás si se te rompe.

-¡No se me rompe!

-¡Tú si que eres idiota! Y ahora ¿Qué vas a hacer con ella?

-Voy a mandar un mensaje en una botella, como en las pelis de piratas.

Luisito se rascó la cabeza. Y me dijo suavizando su tono de voz:

-Pero no tenemos corcho… ¿Cómo la vas a tapar?

-Pediré uno en el chiringuito.

-¡Buena idea! Mi madre tiene papel y boli.

Luisito olvidó de pronto sus propias advertencias y salió corriendo a por el papel sumándose a mi empresa. Entre tanto,como la botella estaba mojada decidí secarla con arena caliente. Entonces se me volvió a manchar de arena, lógicamente, y la tuve que volver a lavar en el mar. Finalmente la dejamos secar al sol mientras escribíamos el mensaje bajo la sombrilla de la mamá de Luisito. «Socorro. Nos han secuestrado unos contrabandistas. Necesitamos ayuda». No teníamos una idea clara de lo que era un contrabandista pero pensábamos que debía de ser bastante malo. Entonces metimos el mensaje en la botella de Trinaranjus y el señor del chiringuito nos ayudó a poner el corcho y a taparla bien. Fuimos corriendo, quemándonos las plantas de los pies, hasta que nos metimos en el agua para lanzar la botella lo más lejos posible.

-Mi mamá no me deja pasar de donde me cubre las tetillas.

-¡Qué cagueta eres, con tu mamá todo el rato! Dame la botella, la lanzaré yo.

-¡No! La lanzo yo.

-¡No, trae!

Luisito lanzó la botella muy torpemente antes de que yo se la quitase.

-¡Qué poca fuerza tienes! ¡Vas a ver yo!

Nadé hasta llegar  un poco más allá de donde estaba Luisito parado, que volvía su cabeza para ver si su mamá le estaba observando. Ésta efectivamente hacía señales al niño.

-¡Mi mamá dice que volvamos!

-Espera.

Cuando alcancé la botella yo ya no tocaba el fondo con los pies. Traté de enviarla muy lejos pero, al no tener punto de apoyo, mi lanzamiento no fue mucho mejor, como rápidamente señaló mi amigo. Luego nos sentamos en la orilla a esperar.

-Puede que la botella llegue a América con nuestro mensaje.

-Sí. ¡O a Rusia!

-¡O a Nueva York!

-!Eso es América, tonto, ya lo hemos dicho!

-Pero allí vive Superman.

-¡Hala! ¡Mentira! ¡Superman no existe!

En pocos minutos las olas trajeron la botella hacia la playa a unos metros del agua que lavaba nuestros pies. Un niño la encontró y se la mostró a su hermana.

-¿Ves? No es tan difícil hacerle llegar a alguien un mensaje en una botella -dije -. Si un día me pasase algo pediría ayuda con una botella como hoy. ¡Una idea buenísima! Es lo que hacen siempre los náufragos, ¿sabes?

La hermana del niño trató de destaparla pero como el señor del chiringuito se había empleado a fondo empujando el corcho y la niña no lo lograba, la llevaron a su papá para que se la abriese. Éste miró la botella con aprensión y sin tocarla, les dijo algo que no podíamos oír, señalando con el brazo extendido y el dedo apuntando. Como la estatua de Colón, pero no mirando a la tierra de Superman, sino hacia la papelera. Los hermanos, obedientes, la fueron a dejar allí sin rechistar y volvieron a sus juegos sin darle más importancia.

Nos quedamos un poco decepcionados.

-Bien, hemos comprobado que los mensajes en botella llegan a la gente-dijo Luisito pensativo-. Lo difícil es que te hagan caso.

Y el sol siguió brillando en sonrisas sobre las pequeñas olas, indiferente por completo a nuestra decepción.

Desesperación

995021_381550681956344_740365694_n (1)

El niño empezó a correr y correr y correr… y desplegó los brazos tratando de planear. Agachó la cabeza para penetrar mejor contra el viento, y chilló, chilló, chilló como si fuera a arrancar a mordiscos las tripas de alguien, y seguía y seguía. Seguía corriendo con los brazos en alas, cada vez más veloz, con más rabia y mayor fuerza hasta que la garganta le falló, las zancadas se le agotaron. Siguió tratando de soltar unos gritos afónicos que se le ahogaban en el paladar, y su velocidad fue decayendo por el dolor de sus muslos, y su ánimo se hundió hasta precipitarse contra la tierra y poco a poco comprendió que nunca lograría echar a volar, porque Dios, caprichosamente, no le había querido conceder aquel don que tanto deseaba.

Image

En la Castellana

32499.1217cb9dVeo un aeroplano aterrizando inesperadamente en el Paseo de la Castellana. Varios hombres se lanzan con cuerdas desde las torres de oficinas que flanquean la amplia avenida. Veo el río de la ciudad convertido en el Amazonas, surcado por mi lancha motora, alargada como un enorme lápiz, que casi vuela mientras los monos miran asombrados desde los árboles de las orillas. Los nativos me disparan lanzas, flechas, dardos…, ¡de todo!. Los cocodrilos acechan, el motor ruge y hay una enorme estela de agua que salpica casi con mayor profusión que las bombas que me disparan desde un cielo intenso, lluvioso, tropical.

rey-monica

Veo a un héroe, que podría ser yo mismo, que tira a puñetazos uno a uno a todos los que abordan mi barco desde otras lanchas enemigas. Hasta que finalmente, justo antes de que explote mi planeadora, salto hasta agarrarme a un helicóptero conducido por una hermosa y sofisticada mujer con gafas de sol. 

Al terminar de trepar, mientras esquivo las balas, entro en la cabina y la atractiva piloto se sube las gafas de sol hasta el cabello, sonríe enigmática y se baja la cremallera de su mono mimetizado mostrando rotundas bombas de considerable calibre. Cierra los ojos, profundos como el mar y todo eso. La beso.

El-Niño1

Y luego ella me pone una escafandra. Tras desprenderse de su mono, se queda en una delicada ropa interior y me dice: «¡Rápido!, tenemos solo unos segundos para vestirnos de astronauta». Nuestro helicóptero convertido en el Apolo XXII se dirige a la conquista del espacio. Yo aprecio el imponente cuerpo de mi compañera mientras se pone un traje espacial que le queda tan sexy que noto inmediatamente en cierta parte de mi cuerpo claros síntomas de la pérdida de la atracción de la gravedad. Nuestra cohete se aleja. La Tierra se ve más pequeña cada vez por los visores del cohete y la nave se recorta ya contra la majestuosa estampa de Júpiter que con sus anillos brillantes nos aguarda adornado de verbena, como un planeta en fiestas que nos diera la bienvenida.

top-10-peliculas-de-accion

Soy un soñador. Cuando estoy parado desarrollo una actividad frenética. El niño que hay en mí domina mi mente.Un privilegio y una desgracia.

Pienso en 3D, Dolby y sensorround y todas esas cosas que se quedan tan cortas siempre. Disfruto de realidad virtual sin dispositivo alguno. Alucino sin necesidad de narcóticos ni sustancias tóxicas.

mujer_astronauta

Comprendo que me envidiéis, lo comprendo tanto como que os burléis de mí. Yo lo haría también. Siento que soy el primero del mundo al que le pasa lo que me pasa. Que nadie antes que yo lloró, ni río, ni besó, ni corrió contra el viento, ni comió pipas con sal. Vivo una aventura que no cesa. Y tengo que contárosla toda entera, para que tengáis la suerte de poder imaginar una existencia casi tan apasionante como la mía
.kinopoisk.ru

planetas-hechos-de-diamante