Se están apoderando de nuestro planeta

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Reconozco que ya soy presa del pánico.  Están dominando la casa. Ya he tirado varios por la ventana y he metido muchos en la basura. Pero al día siguiente parece haber más. Por eso pido ayuda a todo aquel al que llegue este mensaje. Quiero dejar claro que estoy pidiendo socorro urgente.  Los hay en todas las zonas clave del piso. En el salón casi no caben más. En el dormitorio…  ya no puedo dormir allí. Sorprende verlos incluso sobre las sillas de la cocina. Pero lo que más me horroriza es percatarme de cómo proliferan en las habitaciones de los niños. Me angustia pensar que en cualquier momento puedan volverse en contra de mis hijos.

COJINES ROCA2 (1)

Sospecho que ya dominan el cerebro de mi mujer. Están poco a poco tomando la casa. Un día vas por ahí y notas que hay dos más. Mueves uno y, sorpresa, hay otro escondido detrás. Es imposible saber cuántos son en realidad ni por dónde entran, ni de dónde proceden… No creo que sean de Marte. Pero puedo decirlo ya claramente y con todas las letras: se trata de una verdadera INVASIÓN y en toda regla. Repito: una invasión. ¡Y han venido para quedarse! Necesito ayuda. Sé que en otros hogares ya ha ocurrido lo mismo. Si alguien esta experimentando este fenómeno u otro similar, se lo ruego, deberíamos comunicarnos cuanto antes, repito, lo antes posible, inmediatamente. Quizá aun no sea tarde. ¡Dios mío! ¡Quien sabe! A lo mejor juntos podemos hacerles frente. Por favor, estoy desesperado. Necesito ayuda contra lo que estoy sufriendo, sea lo que sea. ¡Repito, desesperado! Alguien tiene que ayudarme a parar esto. Hagamos frente unidos, todos los hombres de la Tierra, contra esta invasión… ¡¡¡La Invasion de los Cojines!!!

En el siguiente episodio, tras la toma de la casa por los cojines, llega un nuevo invasor, aliado de estos. Las mantitas. images (2) 368986911_507 MC05-0030 space_invader_pillows images (1) invasores_de_neon_cojines-re5a8cc2d378b462cb8d6d28dea59d1dc_2zbjl_8byvr_324

Mensaje en una botella

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Éramos niños y  estábamos jugando junto a la playa cuando vimos una botella de refresco vacía.

-¡No toques eso! -me dijo Luisito.

-¿Qué pasa?

-Que eres un cochino. Mamá dice que no hay que jugar con esas cosas que te encuentras porque no sabes si la ha podido tocar un leproso.

-Me da igual. Me gusta esta botella. La voy a lavar para quitarle la arena. Y además ya no hay leprosos

Y mientras iba a la orilla Luisito me seguía explicando lo temerario de mi acción.

-¡Que te crees tú que no hay leprosos! ¡Sí que hay! ¡Y tuberculosos también hay! Si no te lo crees pregúntale a mi mamá.

-¡Que ahora ya no hay! Eso era antes.

-Además mi mamá dice que te puedes cortar.

-Eso es solo si se rompe, idiota.

-¡Idiota tú! Ya verás si se te rompe.

-¡No se me rompe!

-¡Tú si que eres idiota! Y ahora ¿Qué vas a hacer con ella?

-Voy a mandar un mensaje en una botella, como en las pelis de piratas.

Luisito se rascó la cabeza. Y me dijo suavizando su tono de voz:

-Pero no tenemos corcho… ¿Cómo la vas a tapar?

-Pediré uno en el chiringuito.

-¡Buena idea! Mi madre tiene papel y boli.

Luisito olvidó de pronto sus propias advertencias y salió corriendo a por el papel sumándose a mi empresa. Entre tanto,como la botella estaba mojada decidí secarla con arena caliente. Entonces se me volvió a manchar de arena, lógicamente, y la tuve que volver a lavar en el mar. Finalmente la dejamos secar al sol mientras escribíamos el mensaje bajo la sombrilla de la mamá de Luisito. «Socorro. Nos han secuestrado unos contrabandistas. Necesitamos ayuda». No teníamos una idea clara de lo que era un contrabandista pero pensábamos que debía de ser bastante malo. Entonces metimos el mensaje en la botella de Trinaranjus y el señor del chiringuito nos ayudó a poner el corcho y a taparla bien. Fuimos corriendo, quemándonos las plantas de los pies, hasta que nos metimos en el agua para lanzar la botella lo más lejos posible.

-Mi mamá no me deja pasar de donde me cubre las tetillas.

-¡Qué cagueta eres, con tu mamá todo el rato! Dame la botella, la lanzaré yo.

-¡No! La lanzo yo.

-¡No, trae!

Luisito lanzó la botella muy torpemente antes de que yo se la quitase.

-¡Qué poca fuerza tienes! ¡Vas a ver yo!

Nadé hasta llegar  un poco más allá de donde estaba Luisito parado, que volvía su cabeza para ver si su mamá le estaba observando. Ésta efectivamente hacía señales al niño.

-¡Mi mamá dice que volvamos!

-Espera.

Cuando alcancé la botella yo ya no tocaba el fondo con los pies. Traté de enviarla muy lejos pero, al no tener punto de apoyo, mi lanzamiento no fue mucho mejor, como rápidamente señaló mi amigo. Luego nos sentamos en la orilla a esperar.

-Puede que la botella llegue a América con nuestro mensaje.

-Sí. ¡O a Rusia!

-¡O a Nueva York!

-!Eso es América, tonto, ya lo hemos dicho!

-Pero allí vive Superman.

-¡Hala! ¡Mentira! ¡Superman no existe!

En pocos minutos las olas trajeron la botella hacia la playa a unos metros del agua que lavaba nuestros pies. Un niño la encontró y se la mostró a su hermana.

-¿Ves? No es tan difícil hacerle llegar a alguien un mensaje en una botella -dije -. Si un día me pasase algo pediría ayuda con una botella como hoy. ¡Una idea buenísima! Es lo que hacen siempre los náufragos, ¿sabes?

La hermana del niño trató de destaparla pero como el señor del chiringuito se había empleado a fondo empujando el corcho y la niña no lo lograba, la llevaron a su papá para que se la abriese. Éste miró la botella con aprensión y sin tocarla, les dijo algo que no podíamos oír, señalando con el brazo extendido y el dedo apuntando. Como la estatua de Colón, pero no mirando a la tierra de Superman, sino hacia la papelera. Los hermanos, obedientes, la fueron a dejar allí sin rechistar y volvieron a sus juegos sin darle más importancia.

Nos quedamos un poco decepcionados.

-Bien, hemos comprobado que los mensajes en botella llegan a la gente-dijo Luisito pensativo-. Lo difícil es que te hagan caso.

Y el sol siguió brillando en sonrisas sobre las pequeñas olas, indiferente por completo a nuestra decepción.

Aire

AIRE

La presión atmosférica media al nivel del mar se sitúa en torno a los 101.325 kPa, con una altura de aproximadamente 8.5 km. No puedo soportar tanto aire sobre mi cabeza. Y delante, detrás, a los lados… está todo lleno de aire, demasiado aire. Por mucho que inspiro no logro respirármelo todo y cambiar todo ese gas por mi aliento.

Creo que me ha dejado

Por ningún lado. No está. Necesito mi rabia y no la encuentro. Esta mañana estaba conmigo… Estuvimos tan juntos y encolerizados…. pero ahora… No puedo creer que ya no esté.
Quién sabe porqué me habrá abandonado. ¿Y si le ha pasado algo?

Vuelve, por favor. Sabes que formas parte de mí. Si tú me faltas, no sé qué voy a hacer.
¡Rabia, vuelve conmigo!

Sumas y restas

Ella cerró la puerta con llave. Apagó las luces. Se aseguró de que el perro dormía enroscado sobre su manta. Graduó el termostato antes de irse a dormir. Revisó los dormitorios de los niños. Dejó lista la mesa del desayuno para la mañana siguiente. Se lavó los dientes. Se puso el pijama. Se metió en la cama y apagó la luz.

Yo me acerqué a la ventana. La abrí. Sentí el frío. Me encendí un cigarro. Fui a la cocina dejando las ventanas abiertas, usé una taza del desayuno para servirme un güisqui. El perro salió a olfatearme los zapatos y luego se fue a dormir al sofá del salón. La botella se me acabó y abrí la puerta de la calle que ella había cerrado con llave y dejé el frasco con las basuras. El perro despertó a los niños. Luego fui a mi cuarto, encendí la luz, la desperté sin querer.

Pienso que estoy deshaciendo todo cuanto ella hace.

El muro

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Él no quería que nadie hiciera imposible lo que siempre había sido imposible.

Parece una locura pero se puede llegar a sentir así cuando las emociones se mueven cerca de la frontera. Los dos estaban tan próximos ya que les parecía que no estaban lejos de traspasarla. Pero la cuestión no era la distancia hasta la barrera, sino su altura.

Por eso no estaba en su mano aceptar que nadie le quitase aquello que, afortunadamente, nunca había tenido.