¡Largo!

Un espabiladillo menos a mi alrededor significa aportar a mis cosas más tiempo. Ese que nadie tiene que hacerme perder.

A la gente dice que soy muy educado. No es cierto. Hay un bruto dentro de mí. Un energúmeno que acecha.
Soy tan sofisticado como un huevo duro. O quizá, como dos. Soy de al pan pan.
Me gustan las cosas claras, y con los contornos bien delimitados. Creo en lo bueno y en lo malo. En lo correcto y en lo incorrecto. En lo hermosos y en lo feo. Prefiero lo primero. Me gusta lo noble, detesto a los impresentables, y los alejo de mí. Y no soporto la más mínima pillería. Soy en eso muy estricto. A veces hay gente a la que le das la mano y mientras te sonríe notas que está pensando el modo de aprovecharse de ti. Si tratan de quitarme 10.000 euros es grave, pero si lo que me quitan vale lo que un simple cigarrillo, es mucho peor. Cuanto más nimio es lo que te hurtan, más pequeños, miserables e innecesarios son esos personajes insolentes y menos valoran tu amistad. Y en un mundo de listillos, es decir, en el mundo que hay, acepto mi incompatibilidad con todo eso a cambio de un aislamiento espléndido. A mi alrededor quiero verdaderos humanos. Los insectos que se vayan a cumplir con su función fuera de mi casa.

intento de relato erótico

Eran esos trenes de antes, los legendarios, los que estaban divididos en compartimentos para 8 personas. Entré con mi cara de adolescente en uno de ellos con una bolsa de viaje de lona negra y mis cabellos largos de aquellos años setenta. Había un viejo con boina, una señora de aspecto también pueblerino, un árabe, o como decíamos entonces, un moro y una mujer guapa de unos 30 años. Y yo cinco. Traqueteo, ruido. Vaivén. El árabe era un tipo cuya presencia en principio intimidaba a todos por su aspecto sucio y algo salvaje. Encajé mi macuto en la bandeja que había sobre los asientos.

 

Lentes

He perdido unas gafas. Las de lejos. Las que menos necesitaba. Por eso las usaba poco y no he notado en qué momento han dejado de ser mías. Pero ahora las echo de menos. Tengo la vista cansada. Mi presbicia me está afectando ya a todas las distancias. En todos los sitios. Con cualquier luz. Siempre había mirado de lejos. El cielo, el mar, las montañas, el porvenir… Ahora llevo quince días mirando el mundo de cerca. Con las gafas de cerca sigo teniendo los ojos fatigados como casi todo lo demás. Tengo que forzar la mirada y apretar las cejas para ver mejor. Una profunda arruga separa los lados de mi frente como la grieta en un melón roto. Es de tanto marcar el gesto para poder ver lo que anda próximo a mi cara. Parezco enfadado. Y un gesto amargado va desde los lados de mi nariz a las comisuras de mis labios. Es por el asco de mirar lo que suelo encontrar forzando la vista. Letras de pulga. Números mezquinos. Pequeños insectos con diminutas patas delgadas y estilizadas en su minúscula proporción, como los zancos con los que desfilarían las estrellas del circo de las arañas. Patitas picudas y repulsivas. No son una amenaza si no sueñas pesadillas con ellas. De lejos todo parece limpio y azul. Pero si te fijas, descubrirás que el mundo es mucho más ocre y viscoso de lo que se aprecia a simple vista.

Dios ha empezado conmigo. Me ha quitado las antiparras de lejos. Sé que mis lentes valen para cualquier distancia. Pero te digo que no, que ya solo puedo mirar de cerca.

Querría un café con hielo y un cigarrillo y, recuperados mis primeros anteojos, mirar hacia las montañas, o al horizonte, o al mar, o al cielo. Hacia enclaves remotos; puntos indeterminados. Pero no puedo. Ahora estoy ensuciándome los dedos en una inmediatez más pringosa y adhesiva. Me convertiré en un ser de ínfimo tamaño y allí quedaré atrapado sin llegar nunca a poder separar todos mis pares de patas de esa untosa realidad por la que últimamente transito.imagen_de_un_perro_con_lentes-800x600

Mis terrazas del casco antiguo

Mis terrazas del casco antiguo

fachada-dosHe vuelto a ver aquellas terrazas del centro que nunca puedo visitar contigo. Yo encuentro románticas esas mesas con velas, pero tú te imaginas porreros en ellas. Yo soy un explorador de calles castizas y tú una aficionada al centro comercial. Donde yo presiento aromas tú detectas pestes. Donde yo contemplo jardines, tú vuelves la cara para no advertir la mugre. Llamas gentuza a lo que yo considero contrastes. Lo que yo digo que es interesante tú lo tachas de turbio. La asepsia con la que disfrutas no me permite pasear. Si le encuentro el sabor, tu señalas lo sucio. Me apasiona lo diferente y a ti te aterra. Yo querría encontrar un tiendurrio de partituras antiguas y tu buscas la escalera mecánica de un gran almacén. Soy un inspirado improvisador con una compañera demasiado ordenada. Te gusta ir a donde te han contado y a mi hacer mis 394692_7propios descubrimientos. Yo soy un soñador improductivo y tú eres de un realismo castrante. Lo que nos separa no es nuestra manera pensar. Es el modo de sentir y el de mirar. Ninguno de los dos tenemos la culpa
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Mi amigo Jorge quiere ser un chino.

Hablé con mi amigo Jorge en un bar. Estaba mal. Anímicamente hundido en sus problemas. Muy dolorido. Una pertinaz derrota.Un continuo fracaso. Decepción tras decepción. Traté de animarle y debió de notarme que no sabía qué decir, porque me cortó:
-¡Déjalo! Anda… déjalo. No te lo estoy contando para que me consueles ni para que me arengues. Déjalo estar.

Me quedé callado. Fueron unos segundos un poco patéticos.
Por fin, fue él quien rompió el silencio y continuó con su confesión encorvando la espalda:

-Yo querría que las cosas no me afectasen. La gente me dice que sea «más zen»; que sea como el junco que nunca se parte; que sea como el agua, y todo eso que decía Bruce Lee entre patada y patada en los huevos. Todas las frases majaderas que polucionan intenet, todos los consejos terapéuticos amateurs que nunca he pedido, toda la basura emoliente de autoayuda, todas esas tonterías positivas, toda esa mierda…. Todo eso me cuentan siempre. Pero yo… no puedo. ¡Ojalá! ¡Ojalá pudiera! Pero no. Ni agua, ni zen, ni juncos, ni nada, Taller. Yo querría ser un chino, pero… no puedo, Taller. No puedo ser un chino. ¿Me comprendes? No puedo ser un chino.
-Está claro: que no puedes ser un chino.- y me reí.

Jorge tiene los ojos diminutos y la mirada de mascota abandonada, aunque con gafas. No se sabe si ríe, llora o tirita.
-Amigo Jorge- le dije -, qué risas más tristes estamos echando. Mira: mañana ven a montar en bicicleta con nosotros. No hará mucho calor.
-¿Ese es tu sistema? ¿Es una receta?
-No, qué va. Eso no arreglará tu vida- se me quedó mirando como preguntándose si yo era otro hijo de perra -. Pero ir en bici está bien.

Pagamos la cervezas y nos fuimos como si ya tuviéramos que prepararnos para pedalear.

 

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El sábado por la mañana Jorge vino a dar una vuelta en bicicleta con mi familia. Bajamos todos y allí estaba él, en la puerta del jardín esperando. Con su bici, perfectamente equipado como para hacer el Tour de France. Mi mujer salía a mi lado andando con la bicicleta y al verlo, pequeño, paticorto y con unas mallas y casco deslumbrantes, me dijo casi al oído que mi amigo parecía salir de El Señor de los Anillos. Mi hijo lo oyó y dijo eso de «parece la Hormiga Atómica». Su bicicleta le iba grande.
Al juntarnos todos comencé las presentaciones:
– Os presento a Jorge, un buen amigo mío que querría ser chino.
– Qué graciosillo es vuestro papá -dijo Jorge sonriendo.
Mi mujer me echó una pequeña regañina hipócritamente y Jorge dio la mano a mi hijo y un beso a las niñas.
– Venga, chicos, Iremos en fila- dije yo. Mi mujer me cortó:
– Los mayores al principio y al final, los pequeños en medio.
Mi hijo Rafa le dió una palmada en la espalda a Jorge y le dijo:
-Tú y yo en medio…
-¿Pero te vas a callar? -dijo Carmen.
-Dejad a Jorge en paz -tercié-. Aunque sea pequeño irá conmigo.
-Papá, ¿vamos a ir a China?

 

Hoy lo he visto por primera vez

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Hoy me ha ocurrido algo muy especial. Estaba lavándome las manos cuando, como es normal, he levantado la vista. Entonces ha sucedido. He descubierto al hombre que estaba al otro lado del espejo. ¡A pesar de tantos años sin verlo! Está mucho más mayor, claro. Muy cambiado. Eso da un poco de pena. Pero no me cabe duda: era yo. Me ha caído bien. Ha sido solamente un instante, pero preveo que va a aparecer cada vez más a menudo, hasta despedir definitivamente al joven, a ese joven inviable, que me empeño en no dejar de ser.

Estoy contento y deseando volverme a ver.