por enriquebrossa | 8 08+00:00 Sep 08+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Reflexiones

Un humano sufre una amenaza en su vida que es similar a la de un coche cuya dirección se ha desequilibrado. Vas por la autopista y notas que necesitas ir corrigiendo continuamente, porque de otro modo, te irías a la cuneta. Lo del coche tiene fácil solución. El humano, en cambio, al conducirse a sí mismo, no siempre nota cuándo se tuerce.
Es bueno que nos avisemos unos a otros de que nuestra dirección nos aleja, sin darnos cuenta, de la zona adecuada de la carretera.
por enriquebrossa | 5 05+00:00 Sep 05+00:00 2014 | Frases y microrrelatos, LIBROSSIANO
Mantener el espíritu y la ilusión del viaje tras la vuelta a casa es un propósito difícil de lograr
por enriquebrossa | 24 24+00:00 Ago 24+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Mis autorretratos
Trabaja con rabia. Puede ser un sustituto eficaz de la ilusión, si necesitas ser productivo. Se ejecuta con ahínco; se avanza de modo implacable y concentrado. Las tareas no solo se realizan, sino que las matas
. Las etapas se van cubriendo con un sentimiento uniforme y agresivo. Implica una suerte de eficacia que tiene con la palabra satisfacción la misma dudosa y extraña relación que la palabra venganza. Sólo espero que, de vez en cuando, pueda volver a ser humano si te veo sonreír.
Ya conozco el secreto para pasar rápidamente de la sensación a la acción y viceversa. Es lo que quería y ya lo tengo. No te asustes. No te alejes. Tú tienes la llave para encontrarme a mí en mí. Suponiendo que la metamorfosis sea reversible, seguro que tú tendrás el rayo mágico que me devuelva a la naturaleza previa.
por enriquebrossa | 22 22+00:00 Jul 22+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Los nuevos salmos, Reflexiones
El día está gris. He dejado la cama sintiendo un fuerte dolor de cabeza. Me he puesto las zapatillas tras palpar el suelo en su busca, escondidas como estaban en la oscuridad de mi habitación y yo con los parpados más cerrados que abiertos. He tomado un café bien cargado y he reunido suficiente energía para ducharme. En este punto, el viento ya sopla suavemente, pero a mi favor. Quiero decir a mi favor, pero suavemente.
El día es gris. Pero he quedado conmigo para ir a cruzar el lago. Un lago estático.
El día es pesado y gris. Pero tengo la superstición de que si muevo los remos, la niebla se disipará. Mi reloj se ha parado. Siempre son las siete menos diez.
El día es desapacible y muy gris. Pero he llegado a la orilla de un lago.
He hundido los pies en un agua sin temperatura perceptible ni humedad. Mis deportivas entran en el líquido como si salieran de un gas. Sin notar algún cambio en los tobillos.
El agua está gris como el plomo. También el día. He subido en una barca, demasiado ancha, inadecuada para el deporte. Pero tengo la esperanza de que, bogando, el esquife se hará más y más esbelto en cada lento paleteo.
Es un amanecer oscuro de niebla que no se levanta. Y comienzo a remar. Ya son las siete menos diez.
Amanecer anodino y gris. Pierdo de vista la orilla, y solo noto una densidad oscura en todas las direcciones. Pero yo remo. Noto mis brazos más fuertes que ayer. Los hombros endurecidos y gruesos. El abdomen más elástico. Mis puños rodeando los remos, parecen de bronce.
Fuera de mí, todo, hasta el lodo, está gris. Pero sigo remando. La orilla no me dijo adiós al verme salir. Pero creo que si sigo remando, lento, despacio, regularmente, cruzaremos las nubes bajas y el día volverá a avanzar con algo más de luz.
por enriquebrossa | 7 07+00:00 Jul 07+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Reflexiones
(481 palabras)
En «The Castle» acabábamos todas las noches de juerga. Ella se llamaba Blanca. Era adicta a la cocaína. La llamábamos Blancanieves. Viéndola, nadie habría adivinado la vida de crápula que llevaba. Blanca no era una colgada, demacrada y famélica. Estaba… muy rica. Ni gorda ni delgada. De de cuerpo generoso y labios dulces. Era muy alta y cuando mis amigos la rodeaban parecían Blancanieves y los enanitos. Manolo pequeñajo y calvo. Juan gordo y con aspecto de turco. Pedro el enano cabrón. Chema con todo el pelo blanco. Félix, el enanito coñazo… Nunca se comían un rosco. En aquellos días me parecían unos amigos estupendos y muy divertidos. Yo soñaba con ella, supongo que como todos, pero me sentía con más derecho a hacerlo. A su lado todos parecían demasiado… ¡Pequeños! ¡Debería darse cuenta! Blanca tenía presencia e inteligencia. Nos llevabamos muy bien, más de una vez la acompañé a su casa y siempre se quedaba un buen rato hablando conmigo, pero mencionando a su novio.
Aquella noche la bruja de su amiga no sabemos qué le llevó ni qué le metió, pero Blanca se dejó de tonterías. La llevaron a un rincón de la discoteca. Estuvo con unos y con otros. Y luego también: estuvo con unos y con otros, pero a la vez. Le hicieron de todo. Al principio parecía reírse. Luego… no sé lo qué le pasaba por la cabeza. Uno de mis amigos me animó a que aprovechase pero el cubata me sentó realmente mal y tuve que salir a vomitar en ese mismo momento. Aquella escena me había llenado el estómago de nervios. Arrojé en un parterre. Después me senté en el bordillo de un portal, y allí me estuve fumando y pasando frío. Me habían faltado cojones para irme a casa. Y antes me faltaron cojones para interrumpir aquello. De hecho, mucho antes me faltaron cojones para terminar de seducirla las veces en que nos quedábamos charlando hasta el amanecer. Ahora lo veía claro. Me deslumbró. Traté de chillar pero…
Tras vomitar, se me pasó de golpe el mareo. Peor fue el efecto de aquella estridente ambulancia que venía hacia mí. Salió personal sanitario corriendo y se metieron en la discoteca. Apoyé la espalda en la puerta de hierro de aquella vivienda y reflexioné sobre la mierda del sitio, mierda de amigos y mierda de mundo. Abrieron la puerta, salieron unos señores y yo me puse de pié.
Estaba helado e imagino que blanco como un muerto. Mi abrigo estaba dentro de aquel antro. Quise entrar al Castel y entonces la vi salir tumbada y rígida, medio desnuda en la camilla. Cuando la subían a la ambulancia, la policía ya controlaba la entrada del Castel y se acercaron a hablar con el médico.
Justo en ese instante llegó su príncipe azul. Empezó a chillar, y a besar a su novia. Pero Blancanieves no se despertó.
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por enriquebrossa | 5 05+00:00 Jul 05+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Mis autorretratos

Soy un hombre compasivo.
Que yo lo crea, no quiere decir que lo sea. Cambiaremos la oración:
Creo que soy un hombre compasivo.
Pero sí, tengo claro que soy mucho más compasivo que mucha gente en determinadas situaciones. Modificaré de nuevo la frase:
Soy un hombre generalmente más compasivo que la mayoría de la gente.
Hasta aquí, creo no haberme quedado con algo que no me pertenezca. Eso no quiero decir que no pueda llegar a ser implacable en ciertos momentos. Cuesta mucho agotar mi aguante ya que además de demasiada compasión, tengo excesiva paciencia. Parece lógico pensar que ambas cosas estén relacionadas, pero ese es otro tema. El caso es que quien logra agotar la segunda me conoce sin la primera.
No es bueno cargarme de razones para hacerme llegar a la intransigencia. En ese caso puedo actuar con pasión o con frialdad. Con pasión, me limito a lanzar información. Me impresiona el dolor que ocasiona un mensaje dañino. Cuando reacciono con frialdad, trazo un plan elaborado, como una jugada de ajedrez. Pero esto ya es muy raro en mí. Como veis, no soy nada perfecto.
Y este es mi dilema. Unos días creo que tengo demasiadas contemplaciones. Sé que es así. Otras veces reacciono, y pego,metafóricamente hablando. Entonces no me siento orgulloso de mí y llego a sentir de nuevo compasión por aquellos a los que objetivamente, tan bien les sienta que se les vuelva a poner en su carril y que sé que volverán a ser dañinos en cuanto puedan, lo que demuestra que realmente he hecho bien en ser duro.
No importa que no creas ni en Dios ni en el diablo: si has crecido profundamente cristiano, eso ya no tiene arreglo. Puede mejorar… pero poco.
Igual que un alcohólico que deja de beber, no será nunca un no alcohólico, sino un ex alcohólico, es decir, un alcohólico apartado de su adicción, si has sido adicto a la Esperanza con mayúsculas, si te has sentido alguna vez unido a los otros humanos compañeros de peripecia en esa barca frágil y a la deriva que es la existencia; si te han enseñado a amar a los otros; si crees que debemos sentir culpa por cada crucifixión… da igual que no tengas fe. Eres un cristiano. Un cristiano ateo quizás. A este modo de ser se le podrá llamar de otra manera, claro, pero yo lo llamo así. Ser cristiano. Yo soy un cristiano ateo.
Me pregunto si he hecho bien al educar a mis hijos en unas creencias que no admito con la razón, aunque sí las asuma con la emoción y con la acción, pero creo que soy yo más cristiano que muchos que sí que tienen fe. Creo que he formado a mis hijos en colegios católicos porque en el fondo prefiero que arrastren una existencia más difícil, lastrados por juicios morales, pero poder sentirme orgulloso de ellos. En cierto modo es egoísmo, porque he pensado más en mí que en mis hijos. Aunque quizás también he pensado en el mundo. Pero a ellos quizá les toque arrastrar mis mismas contradicciones. ¿Qué pensarán mis niños de mí cuando se lo diga? ¿Creerán que soy un hipócrita? Eso no sería justo. No lo soy.¿Y porque siento el deseo de hacer crecer mi condición personal? Condición que no sé seguro si es buena o mala, pretende ser buena, eso sí. Igual que un estúpido nacionalista cree que hay que engrandecer su país para que brille no se sabe qué, no se sabe dónde, ni ante quién, ni para qué, los cristianos ateos, que yo sé que hay más, somos tan tontos que queremos que nuestro pensamiento se expanda sobre la Tierra. Quizá porque al menos tratamos de no causar daño innecesario a los otros. Somos compasivos.