Otro post desde las nubes. Crónicas del Firmamento, 3.

Pues sigo muerto. Ya os dije que lo del Domingo de Resurrección era un camelo. Para que te dejen resucitar tienes que ser hijo de Dios por lo menos y yo no tengo tanto enchufe. Creo que hace como 2.000 años que aquí no resucita ni Dios.

Continúa la niebla. Para colmo no sé qué he hecho con mi móvil, que antes miraba siempre el tiempo de los tres próximos días, pero ahora no solo soy yo el incorpóreo, sino que también mi celular se ha esfumado, como dicen al otro lado del Atlántico. Yo me imagino que acabará despejándose tanta nubecita, porque sino, puede que me acabe agobiando. Frío no hace… Vamos, ni frío ni calor. Nada de angelitas, eso ya os lo dije… Lo de mirar a Dios, que eso está muy bien, porque te da mucha paz… Mucha paz, mucha tranquilidad y todo eso, vamos que está uno tan a gusto todo el día mirando a Dios, que es, qué os voy a decir, es como Dios. Ya sabéis que Él conoce lo pasado, lo presente, lo futuro… Está muy enterado de todo. Y se mete hasta en los más ocultos pensamientos… Así que controla bastante… Por eso digo que lo de mirar a Dios toda la eternidad… que sí, que fenomenal. Está… eso está… francamente bien. No sé si no se me hará corta la eternidad. ¡Igual me quedo a medias de mirar a Dios! Podré pedir a lo mejor otra eternidad. En fin, ya me entendéis. Yo si quiero volver a la Tierra es por alguna cosa concreta como mi móvil, saludar a la familia… y luego a mirar otra vez, encantado de la vida. Bueno, encantado de la muerte. No vaya a oírme pensar Dios y se crea que me quejo de algo… encima de que estoy en el cielo.

903417_357721217672624_546951318_oMe asalta una duda. ¿Y si esto no es el cielo? Es que no pone nada…

Me siento un poco tonto…
No sé por qué…
Es como…

A ver. «Se murió y se fue al cielo».
Como que no mola mucho… No sé si se liga mucho diciendo que te has muerto y estás como un alma azulita en el cielo… ¡Queda panoli total!

Yo no quería ser tan bueno. Lo que soy es despistado. Pensaba ser más malo, de verdad… pero te lías, con una cosa y con otra y cuando te das cuenta… ¡Muerto!

¿Y si esto fuera el purgatorio? Casi lo preferiría… Lo que pasa es que si luego resulta que esto no es el cielo y el que estoy mirando todo el día no es Dios sino un mindundi…

La línea azul que separa las montañas del cielo

Hay una línea azul que separa las montañas del cielo. ¿No veis algo que brilla detrás? Mañana llevaré a los niños al colegio. Pero antes meteré en el coche una botella.de agua, mis caramelos de café y mis gafas de sol. El depósito de gasolina estará lleno. Cuando deje a los niños me echarán besos y yo les diré como cada día, que aprendan mucho y hagan más amigos. Después tomaré la autopista en una dirección desconocida. Me dejaré guiar por el resplandor que asoma tras el horizonte.

Pero volveré para almorzar

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Neblina. Crónicas del Firmamento, 2.

Te extrañarán algunas cosas que te estoy contando de la muerte.
Pues mira, yo creía que el domingo de resurrección dejaban resucitar a todo el mundo y por lo visto, de eso nada de nada. Vamos, que tenía que haberme enterado bien y no lo he hecho. Culpa mía. Así que aquí estoy yo, que ahora no sé que hacer. Aquí hay niebla todos los días, parece que el cielo esté en Escocia o algo así. Di que ni siento ni padezco, y eso es una ventaja si sufres mucho en la Tierra, aunque eso ya me lo decía un profesor cuando era pequeño, porque era un niño reflexivo y tranquilo. Vamos, que para mí, que soy flemático, eso no es lo peor. A mí me gusta la radio, aquí no se pilla nada… pero te enteras de todo igual, eso te ocurre mucho en el firmamento si estás de alma como yo. En fin, no vale de nada lo que te cuente, porque esto de morirte, hay que vivirlo, no vale que te lo expliquen, no te haces bien a la idea. Sigue mandándome cuentos tuyos, por favor, porque aunque aquí no hay wifi, ahora me lo leo todo. Bueno, no me lo leo, pero como si lo leyera, ¿sabes? estas cosas raras que tiene el cielo. ¡Si es que estoy en el cielo! Porque esto está muy mal señalizado. En carteles gastan menos que en las carreteras españolas. No pone nada en ningún sitio. Luego, lo de las tías buenas con alas… De momento ni una. Pero vamos… yo estoy bien. No sé por qué, la verdad… No hago nada… Solo mirando a Dios, todo el rato. Y no creas que Dios está haciendo milagros, comunicando revelaciones y montando el show. ¡Qué va! ¡Nada de eso! Todo el rato mirando. Corte no te da, porque por lo visto tampoco hay tiempo, no es como estar dos horas mirándole, que parecería un poco raro. En fin, esto, como sintetizaría una tía de mi mujer, que espero tardar en encontrarme por aquí, el cielo «es que es un poco así».

Sobre perros y pelos

Alberto tenía un perro. No es raro tener un perro, mucha gente tiene. Quizá hay que decir que, en mi opinión, no totalmente imparcial, Alberto era un hombre perro. Por fuera no, exteriormente era como todos. Un poco más cretino de lo normal quizás. Bueno, ser más cretino de lo normal es lo más normal, porque lo que yo entendía como normal se ha convertido en una calidad estadísticamente escasa. Pero lo de recibir mi desdén es independiente de tener perro. A mí los animales domésticos me gustan. Alberto era perro, pero no sé deciros por qué. No es que fuera más malvado de lo normal como un perro rabioso, o más cínico de lo frecuente (ya sabéis la etimología de la palabra cínico), ni más fiel y más generoso, que de eso tenía lo justo o menos. No. Era un hombre del montón. De esos que hay a miles. En mi familia siempre teníamos pastores alemanes. Cuando uno moría adquiríamos otro, y siempre le poníamos el nombre del anterior. ¿Para qué molestarse en ponerle otro apodo? Estoy convencido de que en el fondo todos nuestros perros eran siempre el mismo. La identidad ha sido sobre valorada desde el principio de la edad moderna, tanto en los humanos como en las mascotas. En eso deberíamos volver al medievo. Por eso Alberto era como los canes que tenían mis padres.  Siempre hay alguno así cuidando una finca, y no hay tanta diferencia entre unos y otros.  Alberto cuidaba el negocio de su jefe ladrando como cualquier otro perro, orgulloso, ignorante de que todos los perros pasan a la historia sin más. Era tan parecido a otros tipos como él, que en vez de tener un nombre deberían haberle puesto en la pila bautismal algún código alfanumérico. En realidad todos deberíamos llamarnos igual. No ya como nuestro padre, sino simplemente Humano más una buena ristra de dígitos. Es como esas muñecas que vendían hace años, que las piezas estaban hechas en una cadena de montaje y cambiabas un poco algún detalle entre las posibles opciones para poder regalar a cada hija una muñeca que fuera diferente cualquier otra. Pues no, niña, no. Estaba hecha en serie, como tú misma y como todos los seres que pueblan el mundo. La conciencia de nosotros mismos es un fraude. Lo digo así, en general. Y en el caso de Alberto, en particular. Si no lo conoces, no te pierdes nada que no hayas visto antes.

Alberto, manejó sus asuntos con astucia suficiente como para encontrar su hueco en el negocio de un empresario peculiar. Pronto se convirtió en una especie de director por debajo de su director. Y siendo como era un tipo ramplón trató de potenciar su imagen. Consciente de que su persona carecía de faceta alguna de interés especial, Alberto se compró un bote de gomina y un perro. Se dejó crecer una mata de pelillos rizados que embadurnaba con aquel pegamento. Tenía poco pelo, como su perro. Cuando llovía, al pero se le mojaban sus escasos bucles y entonces parecían padre e hijo. Fue como si una letra «i» hubiese salido a encontrar su punto y volviese con diéresis. Los empleados de aquella empresa, se burlaban de sus cuatro rizos ralos y pringosos. Supe que aquel segundón quería hacerse con la banda y saqué mi silla a la calle para tener donde sentarme el día de la despedida. Y así ocurrió.

La vida es vana. Quizá esperabas algo más de este relato. Pero es que Alberto no daba para más historia.

Le perdí el rastro. Hoy llueve y he visto a un perro como el de Alberto agachar la cabeza bajo el aguacero.