por enriquebrossa | 19 19+00:00 Nov 19+00:00 2013 | LIBROSSIANO, Relatos
Alberto tenía un perro. No es raro tener un perro, mucha gente tiene. Quizá hay que decir que, en mi opinión, no totalmente imparcial, Alberto era un hombre perro. Por fuera no, exteriormente era como todos. Un poco más cretino de lo normal quizás. Bueno, ser más cretino de lo normal es lo más normal, porque lo que yo entendía como normal se ha convertido en una calidad estadísticamente escasa. Pero lo de recibir mi desdén es independiente de tener perro. A mí los animales domésticos me gustan. Alberto era perro, pero no sé deciros por qué. No es que fuera más malvado de lo normal como un perro rabioso, o más cínico de lo frecuente (ya sabéis la etimología de la palabra cínico), ni más fiel y más generoso, que de eso tenía lo justo o menos. No. Era un hombre del montón. De esos que hay a miles. En mi familia siempre teníamos pastores alemanes. Cuando uno moría adquiríamos otro, y siempre le poníamos el nombre del anterior. ¿Para qué molestarse en ponerle otro apodo? Estoy convencido de que en el fondo todos nuestros perros eran siempre el mismo. La identidad ha sido sobre valorada desde el principio de la edad moderna, tanto en los humanos como en las mascotas. En eso deberíamos volver al medievo. Por eso Alberto era como los canes que tenían mis padres. Siempre hay alguno así cuidando una finca, y no hay tanta diferencia entre unos y otros. Alberto cuidaba el negocio de su jefe ladrando como cualquier otro perro, orgulloso, ignorante de que todos los perros pasan a la historia sin más. Era tan parecido a otros tipos como él, que en vez de tener un nombre deberían haberle puesto en la pila bautismal algún código alfanumérico. En realidad todos deberíamos llamarnos igual. No ya como nuestro padre, sino simplemente Humano más una buena ristra de dígitos. Es como esas muñecas que vendían hace años, que las piezas estaban hechas en una cadena de montaje y cambiabas un poco algún detalle entre las posibles opciones para poder regalar a cada hija una muñeca que fuera diferente cualquier otra. Pues no, niña, no. Estaba hecha en serie, como tú misma y como todos los seres que pueblan el mundo. La conciencia de nosotros mismos es un fraude. Lo digo así, en general. Y en el caso de Alberto, en particular. Si no lo conoces, no te pierdes nada que no hayas visto antes.
Alberto, manejó sus asuntos con astucia suficiente como para encontrar su hueco en el negocio de un empresario peculiar. Pronto se convirtió en una especie de director por debajo de su director. Y siendo como era un tipo ramplón trató de potenciar su imagen. Consciente de que su persona carecía de faceta alguna de interés especial, Alberto se compró un bote de gomina y un perro. Se dejó crecer una mata de pelillos rizados que embadurnaba con aquel pegamento. Tenía poco pelo, como su perro. Cuando llovía, al pero se le mojaban sus escasos bucles y entonces parecían padre e hijo. Fue como si una letra «i» hubiese salido a encontrar su punto y volviese con diéresis. Los empleados de aquella empresa, se burlaban de sus cuatro rizos ralos y pringosos. Supe que aquel segundón quería hacerse con la banda y saqué mi silla a la calle para tener donde sentarme el día de la despedida. Y así ocurrió.
La vida es vana. Quizá esperabas algo más de este relato. Pero es que Alberto no daba para más historia.
Le perdí el rastro. Hoy llueve y he visto a un perro como el de Alberto agachar la cabeza bajo el aguacero.
por enriquebrossa | 16 16+00:00 Jun 16+00:00 2013 | Herramientas para Escritores, LIBROSSIANO
Hay personas desagradables por naturaleza. Sin educación. No hace falta describirlos, todos les conocemos. Se auto afirman con frases como las siguientes: yo soy muy directo. Yo soy muy clara. Yo no me ando con rodeos. Es que yo tengo mucho carácter. Yo no tengo horchata en la sangre.Yo tengo sangre en las venas, etc.
están convencidos de que los que tenemos que convivir con ellos por ejemplo en el trabajo tenemos que asumir la mala suerte, porque ellos no tienen por qué cambiar ya que son así, y creen tener derecho a ser como son, aunque molesten.
Otros son los informalistas radicales. Pueden comer como puercos a tu lado (y tratar de no pagar, claro). Se sienten «muy sanos» y les da igual lo que te parezca todo lo que a ellos les apetece hacer.
En otro extremo están los cursis que creen que saben unas supuestas normas muy determinadas para hacerlo todo. Saben como se combinan los colores de la ropa, por ejemplo, y es opinión de muchísimas mujeres y no pocos hombres, que un determinado color no se debe poner nunca al lado algún otro que «no pega». Pelan la fruta con cubiertos, cosa que me parece de agradecer, pero según ellos hay una sola forma de pelar una naranja que sea «correcta» y las demás maneras de mondar esa fruta con cuchillo y tenedor son «incorrectas». Alguien les dijo una vez que comer espárragos con los dedos era «correcto» y me molesta ver que se mojan la mano con el caldillo convencidos de estar dando lecciones de elegancia y clase. Tienen unas frases y actitudes «correctas» para recibir un regalo, para saludar, para invitar, etc. Me irrita la gente así, que extiende como mensaje a la sociedad la imbecilidad, la pérdida total de la naturalidad y que se escandalizan cuando alguien no sigue «correctamente» alguna de sus tonterías. detrás de estas cosas hay dos carencias que quizá van unidas. Mi diagnóstico es falta de seguridad en sí mismos y de personalidad.
Entre medios de estos y otros grupos, aprecio a a gente que trata de no molestar y que no sigue normas sino su propio sentido común, sin tratar de imponer su comportamiento a otros ni dejar que los otros le afecten. Simplemente tienen deseos de convivir.
Para escribir, quiero creer que hay que hacer lo mismo. No todas las normas deben ser respetadas, ni tampoco deben ser transgredidas para demostrar nuestra soberbia. Supongo que deberíamos tratar de sujetarnos al deseo de ser benevolente y de convivir con el posible lector. Y eso implica poner como objetivo la eficacia de tus palabras.
Para mí, la eficacia de un escrito o discurso hablado es el modo en que realmente logra asegurar sus objetivos. Objetivos que en general deberá marcar su autor.
por enriquebrossa | 30 30+00:00 Abr 30+00:00 2013 | Herramientas para Escritores, LIBROSSIANO

Hay personas desagradables por naturaleza. Sin educación. No hace falta describirlos, todos les conocemos. Se auto afirman con frases como las siguientes: yo soy muy directo. Yo soy muy clara. Yo no me ando con rodeos. Es que yo tengo mucho carácter. Yo no tengo horchata en la sangre. Me corre sangre en las venas, etc. Con eso se dan permiso para soltarte impertinencias, ya que están sin civilizar. Están convencidos de que aquellos que tenemos que convivir con ellos, por ejemplo en el trabajo, tenemos que asumir esa mala suerte, porque ellos no tienen por qué cambiar ya que son así, y creen tener derecho a ser como son, aunque nos molesten.
Otros son los informalistas radicales. Pueden comer como puercos a tu lado (y tratar de no pagar, claro). Se sienten «muy sanos» y les da igual lo que te parezca todo lo que a ellos les apetece hacer.
En otro extremo están los cursis que creen que saben unas supuestas normas muy determinadas para hacerlo todo. Saben como se combinan los colores de la ropa, por ejemplo, y es opinión de muchísimas mujeres y no pocos hombres, que un determinado color no se debe poner nunca al lado algún otro porque «no pega». Pelan la fruta con cubiertos, cosa que me parece de agradecer, pero según ellos hay una sola forma de pelar una naranja que sea «correcta» y las demás maneras de mondar esa fruta con cuchillo y tenedor son «incorrectas». Alguien les dijo una vez que comer espárragos con los dedos era «correcto» y me da asco ver que se mojan la mano con el caldillo convencidos de estar dando lecciones de elegancia y clase a todos los comensales. Tienen unas frases y actitudes «correctas» para recibir un regalo, para saludar, para invitar, etc. Me irrita la gente así, que extiende el mensaje a la sociedad de la tontería y la pérdida total de la naturalidad y que se escandalizan cuando alguien no sigue «correctamente» alguna de sus bobadas. Detrás de estas cosas hay dos carencias que quizá vayan unidas. Mi diagnóstico es falta de seguridad en sí mismos y de personalidad. Siguiendo normas se sienten seguras. Y generando inseguridad a los otros también se encuentran a salvo.
Entre medios de estos y otros grupos, aprecio a la gente que solo trata de no molestar y que no sigue normas sino su propio sentido común, sin tratar de imponer su comportamiento a otros ni dejar que los otros le afecten. Simplemente tienen deseos de convivir. El resultado es una comunicación franca, clara con los demás, una relación buena, adecuada, que funciona bien.
Para escribir, quiero creer que hay que hacer lo mismo. No todas las normas deben ser respetadas para demostrar su conocimiento, porque escribir no es una actividad que trate de eso, o sería poco más que caligrafía. Escribir es mucho más que eso. Ni tampoco deben ser transgredidas todas las posibles normas para demostrar nuestra soberbia y nuestras pueriles ansias de epatar. Naturalmente, demostrar tu ignorancia tampoco es motivo de orgullo. Supongo que deberíamos tratar de sujetarnos al deseo de ser benevolente y de convivir con el paciente y sufrido lector. Y eso implica poner como objetivo la eficacia de tus palabras. Tu lector tiene derecho a esperarlo de ti.
Para mí, la eficacia de un escrito o discurso hablado viene dada por el grado en que logra sus objetivos. Objetivos que en general deberá marcar su autor.
¿Normas? No hay ni que pensar en ellas. Ni a favor, ni en contra. Las que te hacen falta las usarás sin pensar y las que te estorben, las dejarás al margen también inadvertidamente. Yo que soy el número cero a la izquierda en un mundo que no es siquiera de números, sino de letras, con estas opiniones no trato de sentar cátedra, que no soy quién para semejante cosa, sino de aclarar mis ideas.