El afeitado matutino

images (34)Afeitarse no es simplemente rasurarse la cara. Es una costumbre romana. Una muestra de la herencia latina. Pero no sólo significa nuestra admiración y respeto por los clásicos. Tampoco pensemos que significa únicamente un deseo de civilizarnos, alejándonos de nuestra salvaje configuración física. Es mucho más que  domesticar nuestra masculinidad renunciando a arañar los rostros suaves de las mujeres con las que amamos. Afeitarse es ante todo  un momento en el que los hombres hacemos muecas ante el espejo para estirar los recovecos de la piel de la cara. El hombre de hoy, gracias a que se afeita el mentón, sabe que no está listo para salir de casa y lanzarse al mundo sin antes poner varias veces cara de mentecato ante el espejo. Tras este ejercicio, puede complementar su puesta a punto images (33)colocándose una tira de tela que pende del cuello llamada corbata. Esto es lo que debe hacer un caballero para empezar esa unidad de nuestra existencia llamada día (podíamos haber dicho simplemente día) y salir al encuentro de su vida. En general, un hombre bien educado, debe hacer muecas ante el espejo cada vez que la Tierra experimenta un giro completo sobre sí mismo. Quizá sin hacer esos gestos en el cuarto de baño el mundo se pararía y en la mitad del planeta seguiría la noche y se quedarían todos a oscuras. Mirarse en el espejo y poner cara de retrasado mental al quitarte la barba contribuye al normal giro del mundo y al progreso de las cosas. Si una mañana no me afeito y siguen existiendo la tarde y la noche,  y si después llega además otro día, es gracias a que otros varones, en involuntaria solidaridad, me están relevando.
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Cuatro milagros

Es normal, pensaba con mi tercer o cuarto güisqui en otro bar distinto: en mi colegio de curas fui un ateo precoz, que no tendría más de once años o así cuando me dio la primera venada agnóstica. ¿No era eso un signo de genialidad? ¿No es un niño prodigio el que se plantea dudas existenciales a los once años? Fíjate bien: probablemente fui el primer niño ateo de mi clase. ¿Qué te parece? A mí me parece que no debo dejar de serlo así, tontamente, porque eso, oye, ahí está, aunque luego tú vayas y digas: ¿Ah, sí? ¿Conque sin creer en Mí? ¡Pues caña, por ateo! Desde luego, así por las buenas no pienso ponerme a creer. Hombre, en todo caso podría convertirme en un momento de gran dramatismo, como fruto de una profunda reflexión motivada por el choque emocional de algún hecho trágico o algo así. ¡Ponme un milagro! Por ejemplo, me empiezas a hacer varios milagros que yo intento negar, ¿sabes?, que yo intento no creer de acuerdo con mi naturaleza de hombre escéptico y racionalista, y un segundo y un tercer milagro, y yo diciendo: ¡Si no puede ser! Con el ceño fruncido. Todo el rato, ¡Nada! ¡No puedo creerlo! Y Tú venga, hala milagros todo el rato, milagro va y milagro viene. Y yo: que no, que es mentira. Y Tú: ¡Otro milagro! Y yo que nada. Y entonces Tú.¡Pumba! ¡Milagro! Pero ya milagrazo fuerte de verdad. Y entonces voy yo y digo: ¡Gracias, Señor! Y me caigo de rodillas con las manos juntas. Y lloro sin pestañear, como los muñecos, mirando una luz (no de bombilla, sino una luz divina, se entiende). Rezo. Y así ya, sí que dejo de ser ateo y hasta, si me apuras, dedico mi vida a la religión. Después de tantos milagros, oye… Sin meterme a cura ni en ninguna de esas, porque Tú, Dios… No sé. Creo que te pasas mucho conmigo.
Mira, ¿sabes qué?, no lo veo.
No sé, no lo veo.Y bebo güisqui. Bueno, a lo mejor, a lo mejor, caigo de rodillas ¡Pero a lo de las manos juntas me niego, no sé por qué! Si yo fuera Saulo de Tarso, me caería del caballo y diría: “Estaba ciego, pero ahora veo claro, Señor. Abjuro de mi fe atea”. Pero ahora, que no se usan ya los caballos, o me voy a un picadero y me convierto por allí cerca y tal, o me caigo de la moto, y cuando se acerca el guardia digo que estaba ciego y que ahora sí que veo bien y todo eso. Lo normal en un caso así sería que me hicieran soplar. A ver qué papel hacemos si cuando estoy yo con lo de la luz divina y el coro de ángeles porque tengo el alma recién recuperada, se oye, a ver, sople usted. ¿Usted sopla o no sopla el alcoholimetro?, en medio de los coros celestiales. Casi peor que lo de las manos juntas de antes, ¿no le parece, camarero? El camarero no me escucha. Sigamos.Yo qué sé. La verdad es que ni así lo veo claro, lo de volver a creer. ¡Que fui el primer niño ateo de mi clase, macho! Y sigo siendo un niño ateo. Lo que pasa es que soy un ateo no practicante. Un ateo no practicante. ¡Qué frase, Señor, qué ingenio!Quizás sí que hay un santo dentro de mí, me decía yo a mí mismo paseando otra vez bajo la noche. En estas que… ¡Justo! ¡Aparición! Claro que hay un santo dentro de mí. Un profeta quizás. Mi vecina la modelo. Esto sí que es un milagro. Su abrigo blanco, sus piernas, sus pelos, sus ojos (aunque desde allí no se los distinguiera, pero la imaginación hace mucho). Todo en ella era… no sé. Hasta el perro, casi. Ya sé que me la encontraba mucho paseando su perrazo a esas horas, pero… ¡Supongamos que sea un milagro! Señor, no está del todo bien pedirte estas cosas pero, Señor, haz el segundo milagro. Que se cumpla el resto del sueño y lo haga con la modelo del tercer piso, Señor, y vendo mi alma a Dios. Por favor, Señor, que te implora tu siervo, márcate un detalle y al cuarto, yo, tu cordero, creeré en Ti, le dije, porque es que yo en cuanto bebo un poco más de la cuenta enseguida empiezo a tratar a Dios de Tú. Al cuarto milagro. Al cuarto polvazo, Señor. ¡Que digo! Al segundo empezaré a sentir tu llamada, Señor. Está con su perro. ¡Rápido, qué le digo! ¡Algo ingenioso!– Hola… -lo normal era decir eso.

(Fragmento)

¿Con quién quieres hablar?

Hay un yo más consistente. Sin tanta tontería. Otro más dicharachero. Me gusta más el serio. Pero me lo paso mejor con esta otra identidad superficial y alegre. Otra de mis personalidades es la de muermo, y víctima de atropellos. Infeliz y pupas. Este se parece mucho al tímido, aunque el tímido tiene mucha más miga… Y es generoso. Luego está mi mente de científico racionalista. Es una de mis favoritas, pero ¿a quién le interesa? Supongo que ya conocéis al soñador, cuya mirada se funde con el mar y traspasa el horizonte hasta alcanzar a tus ojos. Eso por lo menos.

Luego tengo dos personajes que riñen por tomar el control. Uno es el adolescente. Fundamental para conocerme. Es de lo mejor que tengo. Pensarás que al adolescente se contrapone el adulto. Te confundes: el que lucha con el adolescente es el niño. Con el niño juega aveces el padrazo, que  solo va con mis hijos, claro. En algunos aspectos no da la talla pero en otros se esfuerza en ser verdaderamente cariñoso y especial. A este le acompaña un sacerdote moralista algo cargante, el cuál discute mucho también con otra firma de cuidado: no sé si es seductor o ligón. Depende. Digo yo que tirará hacia hortera, como la canción aquella del que fue paloma por querer ser gavilán. ¡Ay,amiga! Lamentable muchacho, pero tiene mucho de bueno verle cómo desafía el paso de los años. ¡Y cuánto bien hace… ! Pero luego el fiel no le permite pasarse  nada de nada.

El adulto rara vez hace acto de presencia. No se mete casi, pobre hombre. No nos soporta a algunos de nosotros, como por ejemplo al enamorado, al soñador… Con estos tiene poco que ver. El adulto se lleva bien con el ejecutivo, pero más por respeto que por afinidad real. Con estos dos suelen salir a charlar mi faceta realista. Un tipo a la vez cínico y descarnado. En lo crudo coincide con el melodramático y con el pesimista. ¡Vaya par! Si los ves, sal corriendo. Quedan a veces a comentar las noticias con mi yo del sentido del deber: el responsable.
El muermo que he mencionado antes es otro, pero no te creas que le aceptan del todo.
Algo tiene en común con el trabajador incansable. Siempre recriminando al procrastinador, un tío muy bohemio que  últimamente me resulta francamente molesto. ¡Con lo bien que me he llevado siempre con él! Pero nos estamos distanciando…
No le quites la vista al elocuente. Piensa bien, se expresa mejor, es contundente, ecuánime y sin embargo justiciero. No viene para cualquier cosa…
En fin, como he empezado diciendo, hay un yo más consistente y sin tanta tontería. Pero es muy caro de ver. Ojalá viniese más, y así te lo podría presentar.

12 hombres sin piedad

UNA TRAVESÍA EN COCHE Y UN TOCARSE LOS PIES

UNA TRAVESÍA EN COCHE Y UN TOCARSE LOS PIES

fragmento

Todo lo que estoy contando ocurría en aquel año que tanto llovió en Madrid. Porque en Madrid hay años de esterilidad y de sequía. Años de vientos que arrancan las ramas y años también de aguaceros tercermundistas. Nunca nada apocalíptico. Pero es una ciudad cuajada por la inconstancia. Pocas nieves atlánticas, por mucho que nos empeñemos: solamente una vez por lustro llegan aires del norte que cubren de blanco asombro las aceras durante pocas horas, pero se diluye y se ensucia en seguida, porque nada salvo lo errático persiste en este suelo.

Volvía a casa siempre por el mismo camino. Me tocó un semáforo junto a las fuentes de Colón, de espumas blancas que a mí me parece que me tienen que salvar o lavar de algo. Sin embargo, metí el coche por Génova, que tenía un tráfico espeso y grasiento bajo el sudor frío que goteaba de la frente azul oscuro de Dios, y que se escurría indolente y turbio, pendiente abajo hacia la Plaza del Descubrimiento. Anocheció deprisa sobre mi coche, casi de golpe, por distracción mía, porque estaba mirando rodar la grasa azul marino y a mi juventud desarrimándose por la Glorieta de Alonso Martínez, y no me di cuenta de nada más. Eso es, todo tiene su explicación, porque en aquella tarde de aguas no había chicas en la terraza de la Cervecería Santa Bárbara. Es que se acuerda uno de la cervecería Santa Bárbara cuando truena y ha llovido mucho ya, hasta demasiado. Quedaba eso sí, por la zona, un cierto olor a mojado, a metro y a tres pintas y a dos dobles de gambas y a mira a ver, que siempre te estás dejando el mechero en todas partes.

Pero nada más. Sin más gente que algún transeúnte, señora con paraguas, que sortea goterones, canaleras, regachas y canalones. Vacío.

“España huele a eso… “, decía la canción.

Es posible que tenga algo de fiebre, unas décimas.

Goterones, canaleras, y regachas.

Las palabras se repiten como un estribillo:

Canaleras

goterones,

regachas.

¿Qué son las regachas?

Está lloviendo mucho ahora y la lluvia hace mucho ruido sobre el coche. Hay algunos pilotos de color ocre brillante sobre el salpicadero y luces ámbar y rojas detrás de las gotas del Santo Sudor.  Me estorba el limpiaparabrisas. Advierto que una modorra gripal se está instalando en mis brazos y piernas. Cada vez que pasa el limpiaparabrisas se me lava una idea; cada vez una sensación menos. Si lo paro, las gotas de agua van cubriendo el cristal y me siento solo como en un túnel de lavado, o como un submarinista nocturno en altamar.

Nadie arreglará el tráfico de esta ciudad.

3098310237_8c46d14a99Vuelvo a encender el limpiaparabrisas y las escobillas arrojan a un lado un montón de ideas mojadas. Subsiste la nostalgia por Anabel, pegada al cristal como una octavilla lamida por el aguacero.

Ya no era la tarde cuando llegué a mi casa. Arrimé el coche a la acera y miré la lluvia caer, recordando la noche en que nos unió el milagro. La vi, no sé por qué, con una aureola blanquecina de Santa Anabel de la Malasaña, o quizás de Virgen de Maravillas. Aureola reverberando alrededor de su cabeza, al margen del aguaviento; completa su imagen de sacro icono con una de las dos bestias que dieron calor al Divino Portal cogida por una correa, pero sin José y sin Niño Jesús; paseando indiferente su perrazo y su misterio por entre los chuzos, atravesando la cortina, andando sobre las aguas; presta a santificar y dar su bendición a los drogodependientes de la Plaza del Dos de Mayo.

Por la otra ventanilla, a mi derecha, vi al ciego en nuestro portal abriendo su negra boca al agua de lluvia y parando las gotas con sus barbas corrompidas o podridas o putrefactas, no sé como lo decía la vieja, como un pirata pechando el temporal desde la proa, pero quebrado y esquelético, como él era. Le vi arremangándose y levantando los brazos. Tal vez lavándose las pobredumbres. Tal vez pidiendo justicia, maldiciendo o rezando. O riéndose. No sé.

En ese momento se me rompió la nariz en un estruendo y casi llegué tarde con el clínex para contener mi desbordante mucosidad. Quizás fueron cien los estornudos sucesivos y cuarenta o cincuenta los pañuelos de papel en los que los fui depositando y envolviendo, junto con briznas de cerebro escupidas ora por el conducto nasal izquierdo, ora sonándome el derecho. Me pican los ojos y el paladar, me faltan las fuerzas, y entre los sesos rotos bajo mi cráneo queda escrito mil veces y entero el nombre glorioso de Anabel.

Romántica es la cosa…

He subido a mi apartamento soñando el regreso de mi mestiza, pero no he llamado al piso de Anabel, no sea que otra vez tuviese compañía. Afuera, suenan las gotas, ya más despacio. Me metería a gusto en la bañera con agua muy caliente, pero  nunca logré eliminar mis reservas respecto a su asepsia. Me quité los calcetines y pensando en el ciego, en su boca negra y en su cartón, metí a remojar un pie en el bidet y lo noté reblandecerse como el pan en las sopas de ajo. Estuve tocándome el otro pie con los dedos de la mano, casi hasta que el goteo volvió a sonar regularmente, como el tictac del reloj. No sé cuantas horas darían, no tengo ni idea.

¿Qué más quieres saber de mí?

6657830303_27d59cfffa_bEducación: católico, de colegio de curas.
Estado civil: «cabreao».
Algunas veces voy a la iglesia a pensar, a ordenar mis ideas o a sentirme parte de la comunidad. Soy capaz de rezar sin fe, como un ciego que al hablar lanza sus palabras hacia la oscuridad.
Siento la vivencia de la religión, pero racionalmente no creo. ¿Cómo puedo compaginar esto? Pues eso mismo me pregunto yo, pero así es. Defiendo a la Iglesia porque, aunque no le hago caso, en algún sentido, formo parte de una gran masa humana de mentalidad humanista cristiana. Es algo parecido a lo que a partir de cierta edad te sucede con tus padres. No comulgo con sus ideas, veo sus enormes errores, pero siento respeto y mucho cariño hacia el cristianismo. Educo a mis hijos en el cristianismo, que creo es la base cultural de esta civilización, menos imperfecta cada vez si miramos con la perspectiva de los últimos 2000 años.
Algunas veces me complace ser muy superficial. Otras veces, todo lo contrario. Hay tiempo para poder alternar lo frívolo con lo grave.
El Dios en el que no creo nos ha dado capacidad para el placer intelectual que la gente suele desaprovechar. De los demás placeres, qué te voy a contar… 
Admiro y quiero a Charles Darwin como si fuera uno de mis abuelos. Es otro Papa para mí.

Ideología política: partidario de la realidad, aunque viva alejado de ella. Liberal, moderado, demócrata, reformista, regeneracionista (según empleamos hoy este término).

Querida mía

Querida mía

Querida mía.

Desde que te fuiste lo he pasado realmente mal. Me he sentido como un trapo. He salido a buscarte, pero no sabía por dónde. He querido llamarte, decirte a gritos que junto a mí siempre tendrás cabida. Pero perdí mis fuerzas. ¡Estaba tan triste! ¡Tan indefenso sin ti! Me hundí.

A medida que me fui deprimiendo noté que algo en mí estaba cambiando. Me deterioraba. Empecé a enfadarme con todos y por todo. Me volví más irascible que nunca. Entonces comprendí que ya habías vuelto a casa, conmigo. Te quiero, rabia mía. Vamos a volver a hacer mil cosas juntos. Sí,  mi rabia y yo. Tú has vuelto y también he vuelto yo.captura-de-pantalla-2011-12-03-a-las-23-13-091

Te quiero, rabia mía. No sé si nos comeremos el mundo, pero al menos le daremos un buen mordisco. Te necesito. Salgamos. Tú me ayudarás a poner muchas cosas al día. Juntos podremos.