De lejos

edificios-en-miamiDe lejos todo parece limpio y azul. Pero si te fijas, descubrirás que el mundo es mucho más ocre y viscoso de lo que se percibe a simple vista. Querría un café con hielo y un cigarrillo y, recuperados mis primeros anteojos, mirar hacia las montañas, o al horizonte, o al mar, o al cielo. Hacia enclaves remotos; puntos indeterminados. Pero no puedo. Ahora estoy ensuciándome los dedos en una inmediatez más pringosa y adhesiva. Me convertiré en un ser de ínfimo tamaño y allí quedaré atrapado sin llegar nunca a poder separar todos mis pares de patas de esta untuosa realidad por la que últimamente transito.

Nublado

foto_0000000120140422214406El día está nublado como una premonición de tiempos oscuros.
Lo más conveniente será encerrar las sensaciones en el mundo de la escritura y reservar más horas para las actitudes y para las acciones en el mundo real. Dominar este entrar y salir de esas dos dimensiones, es importante para mi objetivo de lograr una vida más plena. Para que mis universos paralelos converjan, no en el infinito, sino un poco antes, cuando todavía estemos vivos tú y yo. Para que se apoyen, y se mezclen, pero no se confundan. Para que no me arrastren, sino que me sirvan a mí y también te sirvan a ti.

¿Mucha gente sensata?

Mucha gente sensata, demasiada gente sensata, no se arriesga nunca a mostrar sus posiciones. Entonces quedamos en las manos de los peores. Vivimos una especie de rebelión de los necios: los estúpidos, los menos formados, los más radicales, los más gregarios, los más simples, los más sectarios, los manipulables… están sobrerrepresentados en la sociedad española de hoy, por culpa de que la gente sensata y capaz de pensar por sí misma no trata de ocupar su puesto y hacer oír su voz, ya que están calculando si les merece la pena significarse o no. Esto en una democracia es un problema gravísimo. Todos tenemos el derecho y el deber de opinar en igualdad de condiciones de respeto y atención. La sociedad está intoxicada por tonterías, medias verdades y falsedades rotundas. Si entiendes de qué estoy hablando, quizás deberías moverte. Pero ya.

Yo no grito

grito

Yo no grito. Los gritos asustan y estropean mucho la voz. Yo conservo mi voz. Mando mensajes en una botella, llenos de interrogaciones, desde una playa desierta abarrotada de gente. Para que algún náufrago solitario nos rescate a todos

Un nuevo día. Una nueva oportunidad.

Os gustan las frases positivas, ¿Verdad? El pesimismo os hiere. Os contagia. Hace aflorar vuestras propias dudas. Vuestros miedos. Vuestro pánico ante la vida, la soledad, la decepción y la muerte. Y la mirada oscura no os resuelve nada. No queréis oír, ni saber, ni pensar… Sois como niñas que se tapan las orejas cuando discuten con su hermana: «bla, bla, bla, no te oigo, no te oigo…». Ahora, ya mayores, conserváis esa misma estrategia ante la vida. Tapar con la mano la información que no queréis ver ni oir. Sois frágiles. Pensáis que las dudas son como vibraciones que pueden fracturar ese espíritu de fino cristal; agrietar esos ánimos tan quebradizos. Sois débiles: como yo.

Os comprendo. Quiero deciros que en realidad no soy tan pesimista. Me flagelo por simple modestia cartuja, como si tuviera que compensar el exceso de dones que la naturaleza hubiese derramado sobre mí… pero que tampoco son tantos en realidad, y de los que la vida me viene despojando, de uno en uno, y ya estoy casi desnudo. Me flagelo en exceso, sí. A veces siento que me lo estáis advirtiendo. Os doy la razón. Se agota mi pose descarnada. Ya no me aporta nada nuevo. Es por eso que…
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Hace tiempo que he iniciado la preparación de una expedición importante, al menos para mí. He estado planificando esta aventura toda mi vida sin saberlo. Os diré de qué se trata: de la búsqueda de un optimismo no estúpido. Voy a salir a hacer un largo viaje intelectual no exento de peligros. Estoy listo. Salgo mañana. Quiero convertirme en geógrafo de la existencia y recorrer el mundo con el pensamiento. Atravesar las selvas. Visitar los desiertos de momento no, que no me hace falta, porque ya los conozco bastante. Obviaremos lo de surcar los mares, escalar cordilleras y cruzar los cielos, por ser una retórica muy manida y a mi la selva es lo que más me mola en realidad. Voy a salir en busca de un optimismo que no sea blandengue. Sin fotos de cachorritos y sin frases cursis. Un optimismo más fuerte. A ver si lo encuentro, aunque sea en el centro de la Tierra.

Me gustaría mucho que me acompañaseis, pero si os quedáis en casa, espero que estemos en contacto. Os iré contando mi camino, mis hallazgos, dificultades y sobresaltos.
Cierto es que necesitaría financiación, para tan larga empresa, pero, con o sin ella, parto ya en mi carabela, a por El Dorado.

Seguid mis pasos a partir de ahora, como hasta ahora. Y si algún día se pierde el contacto, si mis cartas ya no os llegan y me dan por desaparecido, que los más valientes me busquen cerca de algún Amazonas o en las fuentes de posibles nilos, fértiles y caudalosos, y al encontrarme, que me pregunten:
—Taller de Relatos, supongo.

Un nuevo día. Una nueva oportunidad.

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La vuelta al cole

La vuelta al colegio es dura para mí. Es cierto que ya no estoy en edad escolar, lo reconozco, pero mis hijos sí. ¿Y cuál es el problema? Que todas las mamás lo saben todo. Lo controlan todo. Están en los detalles. Yo llevo a mi hijo pequeño y solo sé cómo se llama él.

vuelta_al_colePor el camino al cole, en el coche, le pregunto:
-Entonces hijo, ¿qué curso vamos a empezar?
-Jo, Papá.
-¿Y a qué clase vas?
-No te enteras de nada Papi. Con razón dice Mamá que no escuchas. Voy a la de Inés.
-¿Eres muy amigo de esa niña?
-¡Que no, papá, que no te enteras! Que no es ninguna niña, que es la profesora. Me ha tocado la clase de Ia seño Inés.
-Hijo, como comprenderás, yo no conozco a todas las profesoras de tu colegio.
-Pero si es la misma del año pasado, Papá. Te reuniste con ella cuatro veces para hacer seguimiento de mi curso. Y me e dijiste que te caía muy bien.
-Ya… Es que no me acordaba. ¿Se llamaba Inés? Eso es lo que se me había olvidado. Inés. .. Me cae muy bien esa profesora.

Miro por el retrovisor y veo a mi hijo que levanta los ojos al cielo como pidiendo al Niño Jesús que lo arme de paciencia.

Llegoamos al patio del cole y me aturden los niños que se saludan efusivamente el primer día de clase. El patio está más lleno que nunca de niños, mamás y papás. Saludo a una mamá que me comenta que este año les cambian la agenda y que qué me parece a mí. Le digo que no tengo una opinión formada sobre ese tema y me mira con mucha atención para saber si le tomo el pelo, o soy un tarado. Le preguntaré a mi mujer, le digo, que ella sabrá más que yo sobre el tema.

Se me acerca el padre de un amigo de mi hijo y me dice:
-Tienes aspecto de moverte por aquí como un pez en el agua… -se burla- ¿Qué tal el verano?
Y mi chaval me dice adiós muy sonriente con la mano y se pierde en el barullo de niños, engullido por un remolino compuestp por cabezas infantiles en vez de agua. Se me va. Su padre es un despistado pero nota que se quieren mucho. Me extrañaría que todos los padres quisieran como yo. Y también que no lo hicieran me sorprendería. Todo me extraña. Todo es en cierto modo extraño.

-¿Me estás escuchando lo que te digo de la agenda del crío? – el otro papá me saca del ensimismamiento – Te veo un poco dormido.
-¡Ah! A ver. Perdona. Dime. Qué es eso de la puta agenda.

Mientras pienso en él, no me centro en ocuparme de él.