Frases y reflexiones sueltas para una Filosofía Antipositiva

Estoy aburrido de frasecitas estomagantes «positive thinking» en contra del miedo. ¿Es que todo el mundo lee las mismas chorradas?

 

Sin miedo la vida es demasiado simple. Tened siempre bastante miedo. Si no tenéis motivos, echaos a temblar.

Se acercan las primeras curvas.  Me falta mucho miedo para tanto peligro como viene.

¿Avanza el peligro o avanza el miedo?

 

Los miedos nos identifican más que las alegrías y que las esperanzas. Son más constantes, más nobles. Los conocemos al nacer, vamos mejorando en conocimiento mutuo con los años, lo que no siempre sucede entre los esposos.

Al final de la vida, nuestros miedos son los únicos que nos acompañan hasta el otro mundo. Todos los que nos lloran, sin embargo, se quedan, no se mueren con nosotros para acompañarnos, los muy falsos. Sin embargo el miedo no es hipócrita. Es el más sincero y espontáneo de nuestros sentimientos.


Todos los humanos formamos la miedosfera, que tenemos el deber de cuidar para que generaciones venideras hereden nuestros miedos.


Una nación es un conjunto de seres que comparten los mismos miedos.

El miedo me da cobijo y seguridad. Si perdemos el miedo, ¿qué nos queda?

 

Vamos a devenir en una mayéutica diacrónica del miedo en sí y para sí, pero no por sí. La miedosfera avanza.

 

El miedo nos diferencia de la materia en sí y por sí.

 

Dejadme tranquilo con mis miedos

(Heinrich Brossen Tallernauer, el filósofo del miedo).

El agua

El agua

venecia(borrador de un fragmento) (o fragmento de un borrador).

Fue el día gris en el que celebramos la boda de Carmina, la sobrina que trabajaba de relaciones públicas de un hotel, creo recordar. Estaba distraído pensando en las noticias del día. Algo había pasado, no recuerdo qué. También estaba preocupado por lo difícil que se estaba poniendo ejercer mi profesión de controlador aéreo . Y ese era precisamente el problema. Estaba demasiado distraído para ese trabajo. Mi responsabilidad era demasiado grande.Mientras caminaba, miraba a la gente sin fijarme en nadie. En un escaparate había uno de esos maniquíes que hablan. Se proyecta sobre su cara una película con un rostro parlante y el efecto es algo extraño. El maniquí parece estar vivo. Pero ese truco era ya muy viejo. Simplemente me puse en aquel escaparate para seguir pensando, por no pararme en medio de una acera. Yo seguía con mis pensamientos. El maniquí dejó de gesticular. La gente se fue y yo seguía allí, cavilando y solo junto al vidrio que me separaba del muñeco parlanchín. Sonreía estúpidamente. Como si empezáramos a simpatizar. Yo le sonreí también. Sonreír es bueno. No es malo… Es bueno sonreír.
Algo me despertó. Un poco de frío en los pies. Miré y vi que se había formado un charco que yo estaba empapando mis zapatos. Por un momento creí que me había orinado encima, no sé por qué. Seguí caminando. Con las manos en los bolsillos de mi traje gris. Pero el charquito se agrandaba avanzando más que yo. Me paré a mirar hacia atrás y entonces me di cuenta de que la calle estaba desierta y cubierta de una uniforme capa de agua, de unos dos centímetros. Eso me recordaba la primera vez que fui a Venecia. Toda la plaza de San Marcos estaba inundada, algo que allí se acepta con naturalidad. Yo no sé si es muy normal que yo viva esto en esta ciudad de secano y lo contemple con apatía, como un veneciano, pero después de todo, ¿qué podía yo hacer? Solo seguir andando con las manos en los bolsillos y pensar en las noticias y en mi trabajo, en el que tanto me estaba distrayendo. Ahora sí que estaba parado en mitad de la calle, mirando alrededor. Todo vacío. No estaba claro de dónde salía el agua. No notaba que hubiera corriente alguna. Sin embargo , sí que me entró una soledad sobrecogedora y magnifica. Vi un banco con una paloma encima y, pese a llevar el traje impecable, me dirigí hacia él arrastrando los pasos por el estanque que ya tendría unos diez centímetros de agua, para poner los pies en el asiento y apoyarme en el borde del respaldo. La paloma se fue batiendo alas, claro, y la seguí con la vista hasta que la perdí. Busqué mi tabaco mientras me relajaba a medida que el agua iba transformando aquella avenida. Pero no llevaba cigarrillos encima. Estaba tan aturdido… Creo que en general los días húmedos, o de bajas presiones en lo meteorológico, me afectan. Alteran mi salud y mi estado de ánimo. Aunque no había visto llover ese día. ¿O sí? Lamenté profundamente no llevar tabaco encima. Estuve recordando la boda de Carmina. Tenía una duda. ¿Quien era Carmina? No recordaba bien si era la mayor de las chicas de mi hermana o si era una prima mía. Todo estaba confuso. Había ido a la iglesia y… Algunas iglesias tienen ese tipo de altares que detesto, llenos de estatuas de madera con columnas jónicas pintadas de un color dorado oscuro. Son retablos tristes, aburridos. Yo había llegado con el resto me mi familia, pero Nieves me pidió que fuera al coche para traerle el chupete del pequeño. De mi hijo. Por un momento no sabía qué niño necesitaba el chupete. Y no tenía claro dónde había dejado el coche. De pronto me pregunté si se le estarían mojando los bajos. La famosa tapa del delco. ¿Existiría la famosa tapa del delco? Quizás los coches modernos ya no tengan esa tapa o carezcan del delco ese. El agua parecía ya moverse un poco, hasta el punto de que hacía un bonito murmullo al salpicar junto a las patas del banco que estaba ocupando. Era normal que tanta agua en una ciudad tan abierta encontrase algún desnivel. Mi asiento era de madera, pero las patas eran de hierro. También los brazos. Sobre esos apoyacodos de hierro tuve que poner pronto mis pies porque el nivel del agua ya superaba el del asiento. Y yo todavía no había ido al coche a por el chupete o lo que fuese. Soy capaz de reaccionar y lo hice. Baje del banco y empecé a andar hacia las murallas árabes, con el agua por encima de las rodillas. Recordé que había una bajada un instante antes de caer por la escalinata cubierta de agua y verme nadando por ahi. Daba gusto hacer braza en aquella enorme piscina. Me preocupaba que mi mujer necesitaría el chupete para el niño. Y ver mi corbata mojada también me debió de molestar. Mis corbatas son de seda. Empecé a nadar y claro, recordé las noticias de la noche anterior. En Levante habían alcanzado los ventisiete grados en pleno mes de noviembre. ¡Veintisiete!  Seguí nadando aunque no era fácil, porque la corriente era cada vez mayor. De nuevo me quedé distraído como con el escaparate y me dejé llevar. Me daba todo igual. Cuando se evaporase toda ese lago ya volvería yo a  donde antes. El agua no estaba fría. Me puse a sonreír. Sonreír… Es como las cosas se arreglan. Sonriendo. Veo que el agua me arrastra en circulo. Hay un remolino en el centro de la plaza, como si hubiera un sumidero gigante. Será mejor que sonría. Espero que el maniquí me vea sonreír. Está lejos. Mi cara esta tirante… Me va a tragar el agua. Haré el gesto de sonreír mejor, que ya no sé cómo era, pero algo haré. Las mejillas están muy tensas como si la piel hubiera encogido. Hago un cierto esfuerzo por alargar mi boca hacia los lados. Como que soy como el maniquí, que en realidad mi cara no se mueve mientras la corriente me lleva. Sonreír es muy bueno. Las cosas mejoran. Y si el extraño desagüe me traga, quizá, sonriendo, no muera ni sienta nada. Ni frío ni calor. Me pregunto qué tal se estará en Levante ahora. Ayer salió en las noticias. Dijeron que había bastante gente tumbada al sol en las playas de Levante.

Sentirme en mis zapatos

Sentirme en mis zapatos

Me gusta sentir que estoy en mis zapatos. Mi indumentaria no me interesa nada pese a las advertencias insistentes de mis asesoras familiares, que las tengo de diversos tamaños y edades. Simplemente me gustan las suelas de mis zapatos porque conectan mis pies con la tierra sin dejarme clavado en ella. Porque me permiten caminar con firmeza y aportan una grandiosa sonoridad a mis andares sobre la tarima flotante o el parquet. Me dan equilibrio y estabilidad. Velocidad y protección. Son una buena base. POBRE-ZAPATOS-ROTOS-FOTO-anyka-3998340-desgastadas-y-maltratadas-zapatos-de-un-mendigo-en-las-calles1En estos días en los que la gente vuelve a menear banderolas patrióticas, yo quiero proclamar que ni los hombres ni las mujeres tienen ni han tenido nunca raíces que les aten a la tierra. Poseemos sólo pies, y son para andar. Sólo pies y no raíces. Son para irse. Son para separarnos de lo que amamos y de donde nos quieren o de los que no lo hacen. Lo natural en el hombre es andar. Ir y volver o no. Y encontrar nuevos caminos, buscar otros recodos. Y con un buen calzado, es un placer explorar distancias y trayectos sin concesiones a la nostalgia. Alejarnos de lo que adoramos nos enseña a amar otras cosas y personas y a valorar todo ello. Dar grandes pasos con botas de buena goma en la suela.es un placer para el caminante. Pisar fuerte. Ganar en seguridad y en recorrido. Es normal devoción o querencia por los sitios ya que los lugares son tan fieles como los perros. Las ciudades siempre te defraudarán menos que las personas. Pero a mí me quedan solo mis viejos y varias veces recauchutados zapatos como ultimo y único de mis apegos. Quiero andarlos y destrozarlos cien veces hasta que no puedan dar un paso más. Mis pares de zapatos viejos son mi tesoro. Los abrazo con afán de avaro a sus bolsas de monedas. Cuatro o cinco pares usados a la vez. Los estrecho, les achucho y les beso el hocico como a cachorros. Los quiero, no sabes cuánto. Sueño con echar a caminar en linea recta, en dirección al sol y hacerles trabajar hasta desollar mis pies. Me gustan así de viejos y si están sucios, mejor. Cuanto más polvorientos, mayor es mi orgullo. Es como la sangre en la espada del soldado. Debo esconder estos tesoros que venero con sus tapas y medias suelas. Si no lo hago pronto, mi mujer me los tirará a la basura y, aunque ya no camine tanto ni tan lejos, quiero que su espíritu me acompañe siempre y recordar con todos ellos mis mejores y legendarios momentos. Hay entre estos camaradas y mi esposa una relación de reticencias mutuas, pero yo los protegeré siempre y mantendré la esperanza vana de que mi mujer se integre y brille en nuestro grupo más que el fuego en la chimenea entorno a la que ellos y yo nos calentamos las plantas y revivimos nuestras hazañas.

Un muchacho normal

Él era un muchacho normal. Agradable. Caía bien. Buena gente. No es que las chicas no se fijasen en él. Pero no tanto hasta que se descalzó una vez en un parque. La pandilla encontró un cesped bajo el sol de junio e hicieron un corro para contar chistes y tocar la guitarra. Estaban su mejor amigo y una compañera de clase de ojos color de miel y labios gruesos con un mohín de niña enfadada. Luego vendrian los otros. Tere dijo que su hermano fumaba sujetando el cigarro con los dedos de los pies. En segundos su amigo José se habia descalzado para intentarlo. Roque se dejo llevar por la tontería y comenzó a deanudar su pie derecho. Su calcetin se iba poniendo del revés a medida que tiraba de él hasta que todo su pie quedó completamente a la vista y los ojos de Tere se abrieron a tope y sus pupilas cambiaron totalmente su mirada.
-¡Qué pedazo de pie! – dijo la chica.- ¡¡Es impresionante!!

Continuará.

El trapecista espeleólogo

BORRADOR Y FRAGMENTO

 

Aerialist-Pinito-del-Oro-1953Es dura la vida de un trapecista espeleólogo porque implica muchas contradicciones y paradojas.

Mi madre era una mujer rumana muy alta y muy fuerte. Trabajaba en el circo y era la mejor sobre el trapecio. Un trapecio es eso que sale en los circos que parece el palico de la jaula de un periquito. Pues desde ahí daba unas volteretas increibles en el aire. Era capaz de sujetar a un hombre que llegase volando desde otro trapecio y estando bocabajo los dos, lanzarlo cuando su columpio estaba de vuelta. Se la veía muy guapa desde lejos, quizás más que de cerca, y no es que fuera fea, no, pero claro, con esa especie de bañadores morados con lentejuelas que llevaba, se subía al trapecio y doblaba una rodilla, y quedaba muy así, la mujer, meciendo sus formas desde aquellas alturas tan peligrosas.
Como cuando se columpiaba sin manos ni pies, apoyada tan solo por el torso. ¡Vaya torso! En cambio, si te acercabas mucho, mi madre ya tenía un poco más cara de gorila, solo que con un moño rubio y alto. Era guapa, pero muy a su estilo. Como de carcelera en la Rumanía comunista, la imaginaba yo.irma02

Trapecista Erica de la Vega.Un día mi padre, estaba haciendo la mili y fue con un compañero de regimiento al circo aprovechando que estaba de permiso en una ciudad que no era la suya y no sabía qué hacer. El primer día libre en cuatro meses, según contaba mi padre. Cuando su amigo y él vieron a mi madre saludar al público desde arriba se les disparó algún resorte y decidieron ir a verla a su camerino. Bueno, a su carromato. Su amigo le dijo que no tenía cojones de meterse23926 allí, y mi padre -que era muy valiente-, pues… ¡Para dentro! ¡Menudo era! La cogió medio en pelotas, pero no hizo más que verla y ella empezó a chillar, y un gitano que por allí andaba le pego, por la espalda, el muy desgraciado, un puñetazo en la cabeza a mi papá y otro en el ojo y luego, tras apearle del carro a hostias, lo dejó tirado junto a un remolque, bajo la mirada impertérrita de un león que, con aire aristocrático,  movió el rabo y arqueó una ceja desde su jaula, mientras miraba el pateo propianado a mi padre. Mi madre se tapó un poco el pechamen con un trapo brillante que había por ahí, y protestó porque, aunque se soldado se hubiera metido en su furgón cuando se estaba desnudando, a lo mejor su intención era buena… Y salió a ver al recluta. El crío tendría dieciocho años y ella unos quince más. Le dió pena. Le hizo subir al furgón así como estaba ella, con el traje a medio poner y una especie de chal por encima. Mientras le curaba el ojo, empezaron a charlar. Le quitó la camisa para verle las patadas recién recibidas. A mi madre los musculitos no le impresionaban ya. Había mucho músculo en el circo. Pero se ve que le hizo gracia el crío.descarga (12)

-¡Ay qué locos sois los chicos! ¡Quién te mandaba a ti meterte aquí! -dijo mientras le limpiaba la ceja partida con la punta de un pañuelo mojado con saliva.

-Es que yo me meto por todo. ¿Sabe? Por eso voy a ser espeleólogo cuando acabe la mili. Me gusta penetrar en las cuevas y en todos los lados. ¡Y usted, qué carnes más prietas que tiene!

-¡Ahí va este! ¡Descarado! – y le apretó fuerte en la ceja como represalia.

Aquella noche mi mamá, con todo lo grande que era, se enamoró locamente, impresionada por la capacidad penetrativa de papá, el cuál, acabó metiéndome a mí en su tripa. Se casarón al cabo de tres meses, lo que no le valió para conseguir muchos permisos como recluta como pensaba él, pero es lo que hizo. Y antes de que acabase la mili, nací yo.

Trapeze Artist Practicing her ActMi madre, que no quería dejar el circo, le dijo a mi padre que podía hacer, por ejemplo, números de escapismo de esos en los que uno se mete en un cofre cargado de cadenas y camisas de fuerza y luego te tiran al agua con todo, pero al final sales vivo por lo general… Porque esos números pegaban más con el circo que la espeleología esa rara… Pero a mi padre, aunque lo probó un par de veces, eso no le gusto. Lo suyo era más meterse que sacarse, solía decir mi madre mirándome a mí, no sé por qué.  Y él mismo se colocó de ayudante de un catedrático con el afán de arrastrase por todas las cuevas de la zona que le dejaran, que era lo suyo.

Mis papás, aunque luego fueron muy felices, estuvieron toda su vida discutiendo por mi culpa.

-Te digo que el chico va a ser espeleólogo como yo. No hay más que verlo.

-Qué va. ¡Es un artista, como su mamá! ¿No lo ves, que parece un mono? A salido a mí.

-En la cara sí. Pero su mente…

-¡Chorradas, Abelino! Éste en el trapecio hará filigranas con su madre -decía ella orgullosa.

Y a resultas de esto, yo salí como salí. Seguramente el único trapecista espeleólogo que haya existido hasta nuestros días. Ese soy yo.

Y bueno, pues lo que decía. Es dura la vida de un trapecista espeleólogo. Implica contradicciones y paradojas. Sí, ya lo creo: es difícil ser trapecista y espeleólogo a la vez. Siempre hay una cosa que te gusta más y otra que te exige más trabajo. Una te pide sacrificio y la otra quizá más entrega. En fin… Yo ya he explicado en algún sitio, que las líneas de la vida aveces son paralelas. Será porque yo también seré un poco lelo -¿lo captan?-.  Pero he comprendido que todo es cuestión de fuerza de voluntad.

Todo el mundo necesita mucha fuerza de voluntad para tirar del carromato de su vida. Y yo necesito el doble de mucha. Y ya está. Esto es lo que hay. Y como lo he comprendido, me he puesto manos a la obra.

Debo unificar mis vocaciones, y hacer de ellas una sola, aunque con distintas facetas. Tratar de compaginar las dos cosas: el trapecio y las cuevas; los columpios y las grutas.

No necesité meterme en una gruta subterránea para darme cuenta de que, si casi no me podía mover ahí dentro, menos podía dar un doble salto mortal. De hecho, en las cuevas es raro encontrar dónde situar un trapecio. Frecuentemente me tengo que quitar el casco para poder meter la cabeza. Una vez lo hice y llegué a desesperarme, dado que estaba solo y luego no podía sacarla. Empecé a probar todo tipo de movimientos y giros, pero mi cabeza no salía de ahí. Estuve a punto de partirme el cuello. Recordé a mi padre. «Más de meterse que de sacarse». Fue muy agobiante el primer minuto, pero los noventa y tantos restantes que estuve allí, fueron mucho peores. ¡Cómo lo pasé de mal! Llegó un momento en el que decidí dejar de luchar y prepararme para una muerte horrenda. Sería de sed seguramente. O devorado por algún tipo de alimaña que me comería vivo. Me esforcé en no llorar para no desaprovechar el agua de mi cuerpo. Y e00080287d0960b7b37e810mpecé a reflexionar. Nadie podría rescatarme. No cabía especulación posible sobre ese tema.  El cerebro consume energía, sobre todo el mío, que tengo mucho, así que era mejor no pensar. Traté de dormir. Y hasta soñé, no sé si dormido o despierto. En mis onirismos estaba yo con mi chandal blanco recién lavado por mi mamá con detergente del bueno. Como era rumana, le gustaban estos atuendos como de patinador artístico de países del Este. Y me lanzaba desde mi trapecio a dar la vuelta en el aire quedando por un momento suspendido, entre los aplausos cerrados del público que chillaba al ver cómo, de pronto, me lanzaba contra una montaña, con cueva incluida, que había por allí y en la que nadie se había fijado aún. Me metía en la cueva volando ante el asombro del público que pensaba que me iba a romper mi nariz de gitano contra la roca. Luego soñé que al avanzar por la roca, poco a poco pero con esfuerzo, lograría alcanzar un bonito lago subterráneo dentro de una gran cavidad kárstica, iluminada con antorchas cuyas luces deDOCU_GRUPO RESCATA ESPELEOLOGA EN SIMA DE ISABA ocres y anaranjadas titilarían por todas las bóvedas y se reflejarían en las aguas tranquilas sobre las que volaría yo como Tarzán, de liana en liana. Sorteando estalactitas y estalagmitas traslúcidas, hasta dejarme caer de cabeza a  aquel estanque, al mismo tiempo brillante y oscuro, donde reduciría a un cocodrilo, y, luego ya, me daría un bañito tan tranquilo. Me despertó el dolor de mis miembros entumecidos. Empecé a meditar y a hacer relajación, pero me mareaba, porque la postura era muy incómoda. Me rendí. Me tranquilicé. Después de todo, al meterme en esos vericuetos, yo había crecido. Mi intelecto se había desarrollado. A consecuencia de eso probablemente mi cabeza habría crecido en aquel momento y, claro, ahora ya no había Cristo que la sacase de ahí. espeleologia2Pero debía enorgullecerme de que mi mente se hubiera desarrollado tanto… ¡La de inteligencia que demostraba tener al morir así, con tanta cabeza! Me tranquilicé. Y milagrosamente al notar que se me dormían todas las extremidades, y hasta los genitales, hice un gesto torpe, propio de quien ya no controla sus movimientos y de pronto noté que mi cabeza se había liberado. Entonces ya sí que lloré de alegría y di gracias a Dios todo el rato.

Luego el problema era retroceder arrastras con las extremidades frías y sin circulación sanguínea. sentía un hormigueo doloroso y no notaba si mis pies topaban con alguna pared de roca o no. Requirió mucha paciencia y mucha capacidad para sufrir. Al moverme percibí que me había hecho en mis pantalones. Si hubiera querido dejar la espeleología y dedicarme al trapecio, no me habrían pasado estas cosas. Al final, logré salir. ¡Y hasta recuperé mi casco, que era practicamente nuevo! Eso fue casi lo mejor.

Pero bueno, es lo que quería decir: que en las cuevas no se puede hacer funambulismo, ni doble salto mortal, ni acrobacias, ni nada. ¿Cómo podría algún día unificar mis dos profesiones?

Volví al circo y hablé precisamente con el mismo gitano que le zurró a mi padre de jovenzano, que era totalmente imparcial para estas cosas. Los años le habían blanqueado el cabello y lo habían asentado. Siempre estaba asentado en una silla, con una vara y un sombrero, en plan patriarca, sin hacer nada más.  Le conté mis apuros allí metido y me dijo:

-Hijo mío, solo te pareces a mí en la nariz. Está claro que no podría ser nunca tu padre, más que nada por las tonterías que dices. Tienes que ser una cosa u otra. O vas a husmear madrigueras de esas o te haces un hombre de circo como Dios manda. No las dos cosas.

Pero eso era lo fácil. Demasiado fácil. No era el consejo que buscaba y hablé con el manager del circo, que aunque decían que era un cantamañanas, a mí me parecía muy listo.

-Muchacho, es una cuestión de mentalización. Tienes que aprender a pensar realmente como un espeleólogo trapecista. Ven pacá.

Le seguí hasta el remolque que él llamaba «la oficina», donde su hija- qué fea era la jodida -, tenía un ordenador viejo y una impresora ruidosa que despertaba a los elefantes.

images (42)-Josefa. Hazle al chico unas tarjetas, como esas que me hiciste a mí. Ya verás, muchacho, lo que sabe hacer mi chica.

-¿Y qué le pongo? ¿Felisín, manager circense?

-No hija. Manager yo. Ponle: Don Félix Montoya López. Espeleólogo y trapecista. Y le pones el teléfono del circo.

En poco tiempo la chica- cuidao que era  fea, la puñetera -hizo salir de la impresora una página de cartón con hendiduras, con esos mismos datos. Separamos el cartón en tarjetas idénticas, oye, qué ideas tan buenas tiene la gente, y me las dieron atadas con una goma de pelo de la chica del manager.

-Tú mira tu tarjeta con frecuencia. Hasta que realmente asumas que eres un espeleólogo trapecista, que es lo que eres, y así triunfarás. Y si un día quieres ofrecer tus servicios de espeleólogo trapecista, le das a alguien tu tarjeta, para que vea que eres un profesional. ¡Pero me avisas antes, a mí y a tus padres! ¿no nos dejes sin función de un día para el otro!

-¿Usted cree que habrá demanda de mucho espeleólogo trapecista por ahí?

-Es la oferta la que crea la demanda, muchacho, te lo digo yo. No lo dudes. Y si hubiera demanda, como serás el único, pues toda para ti. ¡Pero tienes que asumirlo!

Pero yo ya no le oía. Salía de su oficina releyendo continuamente mi título, en mi primera y flamante tarjeta.

88c392408e094cd8fac9a9b76f1fcf2e-Don Félix Montoya López. Espeleólogo y trapecista. Don Félix Montoya López. Espeleólogo y trapecista.Don Félix Montoya López. Espeleólogo y trapecista.  Don Félix Montoya López. Espeleólogo y trapecista. ¡Ya lo asumo, ya lo asumo! Gracias, manager. Te debo un favor. -y en voz baja yo seguía y seguía -Don Félix Montoya López. Espeleólogo y trapecista.  Don Félix Montoya…

-¡No te preocupes, figura! ¡Nada de gracias! ¡Venga! ¡A triunfar!

Metamorfosis a lagartija

Lagartija-EFE

Mis cejas comenzaron a despoblarse. El proceso era lento. Creo que solo yo podía percibirlo pero mis uñas crecían como garras y mi piel se cubrió de escamas. La mutación había empezado y yo solo deseaba que fuera más rápida y profunda para obtener pronto los réditos de mi nueva animalidad. La causa de mi transformación en reptil no era la noche, ni la luna tampoco. No era una pastilla, ni la fuerza de un rayo. Mi secreto era ella, que me ponía de mala leche. Ese era el motor de mi metamorfosis: solo era ella.