por Enrique Brossa | 6 06+00:00 Feb 06+00:00 2018 | Desbrozando a Brossa
Los años aportan cosas.
Al enunciar esta frase nos estamos refiriendo a cosas positivas. No digo que esta afirmación sea rotundamente clara… A los que ya no somos críos nos gustaría creer que es así Realmente los años se llevan muchas más cosas de las que nos traen, pero… vale, aceptemos esta idea. Los años aportan cosas.
En mis tiempos, los jóvenes tendíamos a ser o unos cretinos superficiales o unos intelectualoides profundos o unos emotivos torpes. Yo asimilo en un solo grupo a los intelectualoides y a los emotivos, por muy patanes que puedan ser algunas veces los emotivos. Intelectuales, no creo yo que quede mucho de eso…. pero bueno, intelectuales y emotivos tiene algo en común que es una falta de adecuación a la realidad. Por tanto, hablaremos de dos tipos: los superficiales cretinos y los intelectualoides/emotivos. Los primeros se mantiene estables hasta los cuarenta años, es decir, siguen cretinos o incluso perseverando, cada cuál en su nivel natural, y los segundos se desesperan ante su incapacidad para manejar su vida y se vuelven frustrados, ya sea en su versión amargada y fracasada; o se acomodan a su relativa marginalidad; o se convierten en “sobreadaptados” a la realidad: arribistas, oportunistas, profesionales corruptos, y demás personajes decepcionantes. Ya has deducido que en mi opinión los cretinos manejan mejor su vida o si la manejan mal, no son conscientes, porque para eso son tan cretinos. Esa ventaja tienen.
Pero con algunos años más, llega un cierto renacimiento personal: entonces es cuando los humanos podemos alcanzar cierto equilibrio. Hemos adquirido destrezas y cicatrices. Hemos aprendido a deslizarnos y tropezar. Vemos que hay un tiempo para lo superficial, y otro para lo trascendental; una necesidad de realidad y otra de imaginación y emoción. Hemos aprendido a habitar en nuestros dos mundos. El externo y el interno. Saber vivir, saber pensar. Al cretino la vida en algún momento habrá conseguido hacerle pensar, salvo que sea un caso muy extremo. El intelectualoide o el emotivo, al final se da cuenta de que el verdadero y único cretino es él mismo. Lo acepta y a lo mejor hasta se ríe de su cretinez anterior, de la actual e incluso de la cretinez más persistente, que le acompañará hasta el fin de sus días. Por tanto, como quería demostrar, quod erat demonstrandum, hay una convergencia entre unos y otros. Aumentan los parecidos porque la vida les suministra su contrapunto. Quizá por eso hay una cierta elegancia fuera y dentro de los cráneos a partir de cierta edad.
Por si ha quedado alguna duda, los cretinos y los intelectiualoides en cierto sentido se reconcilian a los cincuenta, si bien los corruptos no abandonan nunca, pero este ya es otro tema.
Y justo cuando nuestra personalidad alcanza su mayor esplendor nos damos cuenta de que, cuanto más nos parecemos, más somos efímeros como un fuego de artificio: una subida no demasiado larga y una magnifica y rápida explosión, que dura menos que un suspiro. Porque en ese instante en que nos sentimos identificados en la mirada de otros mayores, justo cuando creemos que hemos alcanzado nuestra verdadera esencia, nos percatamos de que pronto ya vamos a ser como todos y a desaparecer. Y antes de extinguirnos nosotros, desaparece ya nuestra identidad. Un anciano se parece mucho más a cualquier otro anciano que al adulto que ha sido. Y no digamos un esqueleto… Nuestro ciclo se está agotando. Estamos perdiendo nuestra diferencia, de tal modo que morir es volver a perder tu identidad hasta diluirte en la materia. Tanto si eras cretino, como si eras cretino. Porque lo eras, puedes estar seguro. Porque lo somos, quiero decir, claro.
NOTAS
1.- Por favor,comentad.
2.- Y si encontráis una foto para esto, me lo decís. Mejor no me lo digáis. Mandádmela.
3.- Admitidme indulgentemente términos como cretinez., intelectualoide y otras muchas libertades e incorrecciones.
por Enrique Brossa | 24 24+00:00 Ene 24+00:00 2018 | Desbrozando a Brossa, PUBLIRRELATO
La empresa para la que trabajo ha decidido este año montar una fiesta de carnaval. Estamos aquí quizás unos seiscientos empleados de todos los escalafones. Es una ocasión estupenda. Una fiesta de carnaval es mejor incluso que poder volverte invisible. Vamos, eso creo, porque evidentemente no tengo experiencia en ser invisible. Pero es estupendo. Aquí estoy, disfrazado del Zorro. Me he puesto mi sombrero y mi antifaz. Tenía un parche para tuertos, del disfraz de pirata del año pasado, y al final me lo he puesto también sobre el antifaz. He añadido un pañuelo rojo que oculta desde mi nariz hasta el cuello, como si fuera a atracar a alguien. En fin, en todos los disfraces la gente se toma libertades. A decir verdad… el único fallo quizás es que estoy un poco mareado, porque voy más tapado que las viudas de Bin Laden y aquí hace bastante calor. Las gotas de sudor resbalan desde mi sombrero de Zorro; la capa esta molesta un montón. Además, me he quitado las gafas, porque me reconocerían y porque son incompatibles con el antifaz, y con el parche como se puede imaginar cualquiera y, ya digo, entre lo que estoy sudando, que veo bastante mal, y los gintonics…ando bastante aturdido… Estoy solo, paseando entre mis compañeros de trabajo, y me río bajo mi pañuelo, porque nadie me reconoce.. Me planto cerca, escucho sus conversaciones… ¡Qué simples son, no me reconocen! Me río, me río mucho, como un conejo que se ríe oculto en su madriguera, en este caso un disfraz, pero me lo paso de maravilla.
¡Hala, a quién vemos por esta zona! Aquí está la tía buena del departamento jurídico disfrazada de Cruella de Ville.. Me acerco, creo que le voy a echar los tejos. Se lleva bien con mi novia, pero no me va a reconocer, y si me reconoce, haré como que ya contaba con ello.
-¡Hola, sexymbol! ¡Quién fuera un dálmata! Cuando quieras, me puedes despellejar, ¿eh? que yo te dejo.
¡Vaya! Vete al cuerno, tía. Esta no deja de ser tonta ni en la noche de carnaval. Me ha puesto mala cara y me ha advertido que la copa que llevo en la mano está inclinada y voy regando la sala. Y se ha ido y me ha dejado tirado como a una colilla. Le va lo de hacer de Cruella…
Voy un poco pedo…
Mi jefe se me queda mirando, como tratando de hacerme ver que no me porto bien… Y yo me encojo de hombros con un gesto un tanto desafiante, no sé si te lo imaginas, pero es un encogerse de hombros como diciendo… ¡Qué! ¡Y a ti qué te pasa! Le señalo con un golpe de mentón hacia arriba, como retándole. ¡Qué! ¿Por que seas muy jefe y muy tonto de las pelotas vas a imponerte también en esta ocasión? ¡Anda y que te den! No lo digo, ¿eh? Pero se entiende igual. Alrededor del jefe todos mis compañeros peloteando se me quedan miando muy serios, menos Suárez que cuchichea y se burla. Odio a esta gente. ¡Cómo odio a esta gente! Y ahora puedo hacer lo que me apetezca en sus narices, porque soy el Zorro, qué divertido. Mira que son simples…
A su lado hay una mujer que me mola, pero no la reconozco. Peluca, maquillaje con estrellitas y brillos, antifaz… seguro que la conozco, pero ahora no estoy para recordar… No sé si acercarme a ella y besarle la oreja directamente. Estoy fatal. Estaba guiñándole el ojo pero claro, no se nota. ¿Cómo se sabe si un tuerto te ha guiñado el ojo o solo está pestañeando? Menudo problema… ¿Todo el mundo pensará que le estoy guiñando el ojo? Casi nada, la tontería, oye… Me quitaré el parche porque además la gomita de los mismísimos me está cortando ya la oreja… Pero ahora no. Que hay una buenorra que se me acerca… Lleva un antifaz sujeto con la mano por un palito. Y en la otra mano lleva un abanico. ¿Ves? Como yo con el antifaz y el parche en el ojo, esta chica lleva también abanico y máscara y de todo.
-¡Hola!
Aunque no se me vea la cara no he podido evitar sonreirle ampliamente y mirarle ese escote de cortesana de Versalles que se ha puesto, que me hace alucinar. Está un poco seria. se queda parada frente a mí y no dice nada. Yo vuelvo a saludar.
-Hola, madame de Pitiminoise…-y me río mucho. He estado muy ocurrente con lo de Pitiminoise- ¡Tanto busto! -y vuelvo a reirme mucho- Perdón, perdón, perdón. Quiero decir, encantado. ¡Enchanté! -yo es que soy políglota de nacimiento.
Ella me responde muy seria.
-El busto es mío.
-Pues hay que felicitarte.
Me vuelvo a reír aunque me acojona un poco su voz seca. Me pregunto quién será.
-Está bien la fiestorra esta, ¿no?
-Estás borracho. Y ridículo por no decir patético, Alberto.
Uf. ¡Qué mal! Me conoce.
-¿Alberto? ¿Quién es ese Alberto?… Vale, está bien, sí, soy Alberto. ¿Cómo has sabido quién soy?
-No hay más que verte… Las pintas que llevas de… Las pintas que llevas… ¡de Alberto! Todos te están reconociendo, no sé si tú esperabas otra cosa.
-Noto que la gente me mira… Incluyendo a mi jefe y esa chica atractiva que está con él. Entonces, como nos reconoces a todos quizás me puedes decir quién es esa con pinta de calienta braguetas que parece que se quiere tirar a mi jefe.
-Claro que puedo decírtelo. Es Sandra López, tu novia.
Me quedo petrificado. La miro bien. ¡¡No pude ser!!. O… o sí que puede ser. ¡Dios mío!
-No tonto, es la directora de ventas. Pero podía haber sido tu novia, que soy yo. A partir de este momento, creo que es mejor que lo dejemos.
-Joder, Sandra, ¿por qué te pones así? ¿Y qué haces enseñando tanta delantera?
-Porque eres tonto, hijo, ya llevaba un tiempo negándome a admitirlo, pero ahora, por fin, veo claro: tú eres tonto. ¡Punto final!
Me quito el sombrero con parsimonia. El pañuelo. El antifaz. También el parche, claro… Bueno, me lo pongo hacia arriba. Y le digo.
-Lo malo de llevar un parche en el ojo es que cualquiera puede creer que le guiño el ojo ¿sabes? Porque cuando pestañeo…-le intento explicar pero ella me corta.
-Ya puedes ir buscándote otra novia, que por cierto, ya lo estabas haciendo muy bien. Y sin prisa pero sin pausa, debes buscarte además otro trabajo…
-Sandra, ¿sabes qué? No tienes sentido del humor… -en este instante desenfundo… ¡No! Se dice desenvaino. Desenvaino pues mi espada del Zorro- ¿Tienes un pañuelo?
Sandra saca un kleen-ex con rastros de maquillaje de entre los prominentes senos de cortesana y me pregunta si voy a llorar. Pero yo ato como buenamente puedo el pañuelo de papel a la punta de mi espada, para lo cual debo sujetar mi espada con mis muslos de tal modo que parece… feo. Se me cae al suelo el kleen-ex, me agacho y se me cae la espada. Tras recogerlo todo lo pincho como si fuera un bicho.
-Alberto, lo del pañuelo en la lanza, que no en la espada… es de antes del Quijote. No del Zorro.
-¡Da igual! Todo esto que ha pasado aquí lo pienso contar en un relato que introduciré en desafiosliterarios.com para el Desafío Carnavalesco. ¡Hala! Y además, que sepas que ganaré el premio y asistiré gratis al taller de escritura de Enrique Brossa, que por cierto, es un tipo fenomenal. Pronto volveré con el premio del Desafío a recuperarte, Madame de Pitiminoise, y volveré con tu pañuelo atado en la punta de mi espada.
-Vienen los de seguridad, Alberto, lárgate ya, por favor. Deja de dar la nota.
-Me voy pero volveré, como dijo… esteee… ¿? Bueno, tú mira los resultados en http://desafiosliterarios.com/ y ya verás cómo ganaré yo.
En ese momento llegan los de seguridad y antes de que me digan nada les ordeno yo a ellos:
-¡Seguidme, muchachos! ¡Escoltadme hacia la puerta!
Y yo me dirigí hacia la salida, aunque me fui solo, ya que los de seguridad me dejaron ir y no me acompañaron ni con la mirada.
por Enrique Brossa | 23 23+00:00 Ene 23+00:00 2018 | Desbrozando a Brossa, LIBROSSIANO, Relatos
Aquel día de abril Juan estaba rabioso. Se había propuesto cambiar su vida de una vez por todas, pero no tenía la sensación de que su camino se estuviera aclarando lo suficiente. Tenía todos los frentes abiertos. Su mujer le amargaba la vida continuamente. Se sentía abocado al divorcio a corto plazo. Las amistades ya no le interesaban, o quizás no le habían interesado nunca. No soportaba relacionarse en la vida entre matrimonios, porque eso le parecía más un paripé que verdadera amistad. Sin embargo, tras años y años de indecisión entre hacer las cosas por el medio más convencional o por el propio, tenía que admitir que había sido incapaz de crearse un mundo, un estilo de vida que le abrigase.
(…)
Agobiado por aquellos pensamientos, decidió ponerse un chándal y salir a correr por el parque cercano al barrio. Salió de modo casi furtivo, porque le pareció preferible que su familia no le viera realizar ese pequeño acto de independencia o de confusión. De independencia, porque no solía hacer nada que no estuviera en función de lo que mejor fuera para todos los suyos. Si alguien le pedía que le ayudase, les ayudaba. Si necesitaban que papá les llevase en coche, les llevaba de inmediato. Si su mujer le pedía que la acompañase a una tediosa revisión de tiendas de ropa de mujer, él lo hacía. Había entendido durante un tiempo que aquello era parte del papel reservado a cualquier marido. Y esa iniciativa personal e independiente de salir a correr, denotaba también cierta confusión, puesto que cuidar su forma física no era lo que más necesitaba en aquella fase de su vida. Sentía que postergaba otras acciones más importantes. Y al sentirse culpable, creía que todos podían advertirlo, tanto su esposa como los niños y hasta el perro podían percibir que estaba confuso y perdido. Es más, se sintió radiografiado por el conserje al atravesar la puerta y por los vecinos con los que se cruzó intercambiando una sonrisa de forzada cortesía.
Comenzó a trotar pero a los diez o doce pasos dejó de hacerlo y siguió caminando. ¿A quién pretendía engañar? A él mismo, claro, pero le resultaba imposible. Estaba deprimido y su fuerza de voluntad no aportaba el suficiente impulso como para comenzar en serio con ese plan deportivo. Se limitó a caminar. Y se sintió ridículo. ¡Ponerse el chándal para caminar un rato!
Cuando él veía a otro señor paseando solo por el parque, le parecía raro. Hacía falta algo, una excusa, para hacer lo mejor que se podía hacer en la vida, que muchas veces no era otra cosa que pasear y disfrutar del día. ¿No era eso absurdo? Llegó a la conclusión de que algunos compraban perros a sus hijos por tener una excusa para salir a pasear a solas, llevando al animal. Juan tenía perro también, pero le molestaba el empeño con el que se ponía a olfatear los rincones más sucios de la calle. Lo que le faltaba para animarse, era salir y quedarse con las imágenes de todas las inmundicias que tanto interés provocaban a la mascota loca de sus hijos. No se llevaba bien con aquel animal desobediente y tenía importantes motivos. El primero es que era un perro pequeñajo y ridículo. Era un perrillo para viejas, de esos que caben en el bolso. En segundo lugar, parecía no estar en sus cabales. De pronto se frenaba y había que tirar de él. Aunque pesaba poco, el perro enano aplastaba la tripa contra la acera y parecía quedarse pegado. La gente le miraba como si fuera un criminal cuando lo llevaba a rastras de la correa. Una señora mayor le recriminó en cierta ocasión y le dijo: “hay gente que no debería tener animales”. Y otra le hizo una oferta por el animalejo, como quien trata de salvar a la perrita desesperadamente de su amo maltratador. Al final no le quedaba más remedio que cogerlo con sus manos y atenerse a las alérgicas consecuencias de tocarle. Picores y estornudos. Ese era el tercer problema. ¿Qué importaba eso? Como decía su mujer: ¿acaso les quitaría a los niños aquel animalito tan inocente y mono, al que realmente sus hijos jamás hacían algún caso? Solo de pensarlo ya le estaban entrando ganas de estornudar. Pero había un cuarto inconveniente en el bicho. Era el nombre. ¡El nombrecito! Dios, él no podía salir a la calle a pensar en los problemas de su vida con una perrita que se llamaba Jasmín.
Entonces vio a dos de sus vecinos en el parque con sus respectivos perros. Vaya lata. Se sintió obligado a acercarse un momento.
-Hola, Juan. Aquí paseando a los animales. ¿No has traído a tu micro perro? -le preguntó uno de ellos.
-No, no me gusta mucho, la verdad. Es de las niñas… Pero me gustan los vuestros…
Uno de ellos era un caniche y el otro un gran danés.
-¿Cómo se llama el perro de tus niñas? -le preguntaron.
-Pienso.
-No entiendo. ¿Dices que se llama así o que estás tratando de recordarlo?
-Se llama Pienso.
-Pienso… ¡Qué nombre tan raro!
-Inspirado en Descartes. ¿Verdad? Cogito ergo sum. Pienso luego existo. Realmente esa frase procede de españoles como Gómez Pereira y Agustín de Hipona -dijo el vecino catedrático.
-Puede ser, puede ser… Pero mi perro se llama así porque cuando le hecho de comer me niego a nombrarlo con el nombre que le puso mi mujer. Así que solo sacudo el saco de comida para perros como si fueran maracas y digo: ¡Pienso! ¡Pienso! Y entonces el bichillo viene a comerse su pienso, corriendo con sus lacitos, sus cascabeles y con su corte de pelo, mucho más caro que el de nosotros tres juntos.
Los vecinos rieron y en ese sentido todo iba bien hasta que uno de ellos, que era padre de un niño amigo de sus hijos le dijo:
-Tu hija estuvo el otro día en nuestra casa y estuvimos hablando… Y sé cómo se llama tu micro perro. Se llama Jasmina.
El dueño del gran danés estalló en una gran carcajada y Juan hizo un gesto como reconociendo cómicamente su frustración, pero cuando vio que el dueño del caniche, el que le había delatado, también se burlaba, le miró con mala cara. Éste le dijo:
-No te ofendas, Juan. Te comprendemos. La verdad es que es una “chochez” de nombre.
-Sí que lo es. Lo sé y lo reconozco. No debí consentirlo. ¿Y el tuyo cómo se llama?
-Es una perrita. Se llama Melody.
-¡Melody! ¿Melody? ¡Vaya mariconada también!
Y los tres vecinos se doblaron de risa a la vez y se sintieron por un instante amigos, hasta que el gran danés empezó a ladrar con una voz más propia de un león que de un perro. ¡Aquello sí que imponía respeto!
-¿Cómo se llama este monstruo tuyo?
-¡Déjanos adivinarlo! -dijo Juan- ¿Scooby Doo?
-No.
-¿No?
-No, no, de verdad. No se llama Scooby.
-¡Qué raro! ¿Y cómo se llama entonces?
-Se llama “Sobras”
Juan y el propietario del caniche se miraron afirmando con la cabeza, como diciendo, ese sí que tiene suerte… y lo que hay que tener: un gran danés, ahí está, y se llama Sobras.
-De mayor quiero ser cómo tú. Tienes un perrazo de verdad, y su nombre… nada que ver con películas de Walt Disney u otros dibujos para niñas. ¡Tú sí que llevas los pantalones en tu casa!
-En el fondo es como el falso nombre de tu perrita Jasmín. Tú le das pienso y yo le doy sobras,
-Ah, Sobras… ¡De las sobras! -dijo Juan sorprendido.
-Sí, claro, Sobras, por las sobras. ¿Por qué iba a ser si no?
-Creía que era un nombre griego.
De nuevo empezaron a reírse de la tontería…
-Pues no. Más bien se refiere a restos de pollo y ensalada, mezclados con pan duro -explicaba el otro como revolviendo la mezcla con la mano.
Cuando los tres convecinos terminaron de reírse, Juan se despidió diciendo que debía seguir corriendo.
-¡Pero si no estabas corriendo! -y volvieron a carcajearse los tres.
Juan se despidió riendo y se alejó haciendo como si fuera un veterano del running mientras los otros le decían.
-¡Juan, estás disimulando! ¡Se nota que no quieres correr! Que te vas a asfixiar.
Y era verdad. Pero siguió sin parar hasta que creyó que los troncos de los árboles y el atardecer ya ocultaban su chándal.
por Enrique Brossa | 16 16+00:00 Ene 16+00:00 2018 | Desbrozando a Brossa
Hace tiempo que hay cosas que me enfadan. Pero no tiene ningún sentido que os las cuente a vosotros, porque ni os interesará mucho el tema ni yo obtengo nada con poner mis trapos al sol. Además luego hay buena gente que me manda mensajes: ¿Enrique, estás bien? ¿Puedo ayudarte? Sin embargo, a esas mujeres tan cariñosas debo decirles que no necesito ahora de muchos mimos, que eso debilita el espíritu del guerrero, y que sí, de verdad, efectivamente estoy bien, que no lo duden. No quiero algodón entre la realidad y yo. Tolero bien el roce.
No me pasa nada. Tengo sueño y trabajo. Lo normal. Hay mundos de los que querría alejarme y otros que están apartados de mi vida. Y no quiero complacer a nadie con el tipo de cosas que escribía en años pasados. No es por fastidiar. Sino porque el mundo, quiero decir, el mío, está cambiando.
De pequeño creo haber entendido en algún momento de mi educación la barbaridad de que la felicidad no era lo importante. De joven recuerdo haberme encontrado en una fiesta de colegio mayor universitario, sobre una cama, con una señorita a la que acababa de conocer y, estúpido de mí, le dije un poco ebrioo que era más importante comprender que ser feliz. Evidentemente la señorita se escapó viva en el ultimo segundo. ¿Qué querría yo comprender? Se fue como asustada, yo que pretendía parecerle interesante… ¿No quería yo comprender? Pues comprendí.
Ese fue el joven Brossa de entonces. El joven Brossa de ahora, con treinta años más de experiencia en juventud, puede decirlo. Sus objetivos están cubiertos. Tengo la sensación de que ya comprendo el mundo. Y el mundo era simple.
Hay una novela de Millás que se llama «La soledad era esto». Gran título. «Era esto». Nuestra magnífica e insuperable lengua española usa el tiempo pretérito en este caso, no para indicar una acción del pasado, sino para relacionarlo con una expectativa generada en el pasado, desaparecida o no. Era esto. El mundo era esto. Y sigue siéndolo, pero yo creía que era otra cosa -sigo usando el pasado-, pero solo era «esto». Es como si llegas a la capital de un país exótico que esperas y deseas que te apasione, y luego resulta que hay un par de zocos mugrientos, y poco más. Resulta que «esto» era todo..
El mundo es simple. Es un montón de apariencias de cosas que no son como al principio creíamos que «eran», pero que no tienen mucho misterio tampoco. Cuanto más simple seas, mejor adaptado estarás para la vida.
A esa chica que se escapó corriendo de mi cama en el último minuto por culpa de mi momento de falsa lucidez alcohólica, aunque no pueda recordar ni su nombre ni su cara, ni ella a mí seguramente, quiero decirle que tenía razón.Que querer comprender es de gente rara. Y que no te lleva muy lejos, Sin embargo, no tengo arreglo. Ahora querría ser feliz, Pero no quiero ser feliz para ser feliz, sino para descubrir otra manera de vivir y de pensar. Un camino distinto. Un nuevo misterio que desentrañar.
De verdad te lo digo, no te molestes. No me aconsejes nada hoy. Además, salgo ahora y me voy a buscar dónde comprar tabaco a estas horas.
por Enrique Brossa | 9 09+00:00 Ene 09+00:00 2018 | Desbrozando a Brossa
Luego estaban las conversaciones con mi amigo el científico, que, bueno, eran como esas comidas para adelgazar que te dejan con hambre, por muchos vasos de agua que te bebas. Mi amigo el científico tenía el pobre una conversación que alimentaba el espíritu pero no lo satisfacía. Era un hombre sin duda inteligente, sencillo y sano. Además, hay que decir que su amistad era de las más verdaderas y desinteresadas que jamás haya conocido. Por eso no valía para nada. Porque las buenas amistades son las que sirven para algo, es decir, las falsas.
– Desde luego, hijo mío, mira que eres raro -me decía Carmen ante este tipo de comentarios míos-. Si es que piensas demasiado. Si no pensaras tanto serías más feliz.
– Tampoco te creas que pienso tanto. Pero es que yo prefiero pensar un poco más y ser menos feliz.
– Pues no sé para qué. No profundices, hijo, que profundizas mucho. Tú lo que tienes que hacer es administrarte el tiempo. Una parte del día piensas. Pero luego ya, el resto, descansas.
– Y hago abdominales.
– ¡Eso! ¡Genial!
Quiero recordar aquí que cuando yo le exponía a Anabel alguna de estas teorías, ella parecía entenderlo ya que torcía sus labios zumbones hacia un lado, como sonriendo con maldad. Yo lo interpretaba como un asentimiento, aunque no podía estar seguro.
Una vez sentenció peinándome con los dedos el pelo revuelto:
– Jorge, Jorge, Jorge… El atormentado. ¿Qué quieres saber? ¿El origen de todo? No está aquí. No está al final del rellano. No está en Madrid.
También me llega el recuerdo del sueño y de la palabra leprino, que no aparecía en el diccionario. Nunca me atreví a preguntarle a Anabel si sabía lo que quería decir leprino.
Anabel odiaba aburrirse. Por eso le bastaba con entender las cosas a la española, o sea, más o menos. Su cabeza no necesitaba conocer todos los pasos de la demostración, como le ocurría a mi amigo Carlos con sus formulaciones matemáticas. Para ella los razonamientos intermedios eran siempre irrelevantes, y si la conclusión de su interlocutor era errónea a ella le sonaba a errónea en seguida. Menos analítica pero más astuta.
Me sorprendía que hubiera tres tipos de inteligencia tan distintos como los de Carmen, Carlos y Anabel.
Carmen: la que de verdad sabía vivir, conocía su papel en el mundo y nos ganaba las partidas a todos de un modo aparentemente simple, con esos ojos dulces, inocentes… Pero perfecta heredera de todo el saber que las madres españolas conservadoras de clase acomodada provinciana han sabido transmitir a sus hijas durante generaciones. La vida es simple para ella y la sabe manejar como nadie.
La inteligencia de Anabel quedaba patente por su realismo y por su intuición para distinguir lo que es auténtico y lo que no. Su individualismo casi felino. La complejidad de su carácter, aparentemente equilibrado. No se vanagloriaba jamás de sí misma. Sabía luchar en la vida y por eso se veía abocada a hacerlo continuamente. El mundo se volvía siempre hostil a su alrededor. Sin embargo no había nada en ella de perdedora. Anabel vivía en favor de sí misma con todas sus fuerzas. Alguien habría podido elucubrar respecto al masoquismo de una personalidad como la suya, aparentemente atraída por los problemas y por los mundos turbios y adversos. Yo no lo creo. Anabel sabía disfrutar aunque no siempre lo hiciera. Simplemente vivía en su medio ambiente y, a su manera un poco descreída y amarga, amaba su mundo igual que un marino ama la mar, con su belleza y sus peligros. Igual que te puede fascinar una jungla de verdosos claroscuros y fieras acechantes.
Mi amigo el científico era el campeón de la inteligencia en su acepción más objetiva: aquélla que miden los test. Incontaminada de ideas, sólo análisis y conclusiones. Sin embargo, su conversación dejaba bien claro que poseía la imaginación, la intuición y la lógica necesarias para encontrar explicación a todos los problemas y misterios del mundo. También la sensibilidad para disfrutar con el verdadero placer superior: el intelectual. Nadie debería engañarse pensando que mi amigo era un mero recopilador de datos. Él mismo los producía. Yo siempre le decía que todas sus opiniones, sus hipótesis, sonaban no ya a acertadas, sino a rigurosamente ciertas. Nunca tenía frases atinadas. Sólo descubría realidades de una certeza exánime y fría. Eso me llevó a pensar que, en la vida, los que tienen el ingenio no son los que tienen la razón. Que es imposible que la verdad resplandezca, porque los guiños de la mentira brillan más. Parecía que Carlos no tomase parte del todo en la vida, como si estuviese por encima de ella, o por debajo. Pero finalmente no era así y su vertiente animal, como él mismo decía, se resentía con frecuencia amargándole con sus reclamaciones mal atendidas.
Tres personalidades muy distintas. Tres tipos de inteligencia.
Carmen era la única que sabía entender la vida y se deslizaba como sin esfuerzo sobre los problemas. En cierto sentido era por eso la mejor.
Junto a Anabel, todos parecíamos ridículos y chatos. Pequeños. Tontos. Conocerla era admirarla sin saber exactamente por qué. También ella parecía, visto así, la mejor.
Mi sabio amigo era un cerebro tal, que a su lado ninguna cabeza podía resistir la comparación. Dejando a un lado el hecho de que fuera un hombre y las otras dos unas chicas muy guapas, refiriéndonos tan solo a la materia gris, él era el mejor.
En resumen: los tres eran superiores a los tres. El Señor reparte sus dones para que todos tengamos nuestra faceta excelente. Lo que importa no es la capacidad que se tiene, sino el modo en que se ha elegido utilizarla, con sus ventajas y sus carencias. Y queda claro para mí que no nos sobra tanto cerebro como se dice ahora. Yo no admiraba realmente a nadie. Tampoco a Carmen y Anabel quizás porque al ser mujeres me provocaban otro tipo de admiración distinta de la verdadera admiración, que creo que no he sentido nunca pero la puedo intuir. Creo que nadie admira realmente a nadie.
Nadie admira realmente a nadie. Esto es importante. Es la prueba de que todos andamos en la tibia mediocridad.
Un domingo por la mañana, al zapear con el control remoto del televisor, escuché el fragmento de una homilía. «¿Cómo vamos a creer en Dios si ni siquiera somos capaces de encontrarlo en nuestros semejantes?» -preguntaba el sacerdote. Yo creo que hace falta mucha fe para encontrar a Dios en un semejante.
por Enrique Brossa | 19 19+00:00 Dic 19+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa
Algunas personas, aunque admiten sus limitaciones, creen serenamente en su capacidad de aprender y mejorar. Eso las convierte en gente ilusionada, honesta y positiva.
Otros llegan a la conclusión de que su talento es mediano en cualquier campo profesional o personal. Como se sienten mediocres, justo por eso lo son sin remedio y su capacidad de mejorar se ve aquejada por una severa esclerosis. Todo esto a su vez les genera un enorme rencor que tratan de compensar conquistando el tipo de logros a los que empuja la avaricia. La mediocridad pone en marcha muchos resortes internos. La falta de talento es productiva. Genera negocios y también mucha corrupción.
Todo Napoleón se sabe en algún sentido bajito. La gente crea imperios económicos, si antes no acaba en la cárcel, por rencor contra el mundo, que injustamente les ha negado algún don que tanto adorna a otros. Y también para poder preguntar con la mirada: ¿quién te has creído que eres? ¿No os creíais mejores que yo?
Una de las mayores fuentes de maldad y de riqueza es la falta de talento o la impresión subjetiva de sufrir esa carencia.