Sexo repentino

Sexo repentino

Siempre empiezas el sexo de repente. Me sorprendes. Estás tranquila, sonriendo, cenando relajada, con tus ojos brillando en la penumbra indirecta del restaurante. Cuando llegamos al coche, estás cariñosa, pero habladora. Llegamos a tu casa y siempre da la impresión de que tan estupendo te parezca que pase a por la eufemística última copa, como que me vaya a casa a dormir prontito, que mañana hay trabajo. Pero en cuanto entro a tu salón, saltas sobre mi como una depredadora. Como si sentarme en tu sofá fuese apretar un resorte que actuase de inmediato en tus neuronas. Como si el tresillo fuera tu tela de araña, te vuelves ansiosa y glotona y yo te lo agradezco mucho. Hoy casi no me has dado tiempo de decirte que el taller de escritura comienza este lunes. Que es online y solo vale 70 euros al mes y que los participantes verán sus libros terminados como que me llamo… ¡Enrique Brossa, eso! El del Taller de Escritura. Es los lunes, martes miércoles o jueves a las 19:30 horas de España peninsular, hasta las 21:00. Un taller distinto, te lo recomiendo. Horarios adicionales para grupos. Está bien, está bien, ya me callo. No hace falta que me metas los 70 euros en la boca. Si tienes paypal puedes pagar por medio de tallerderelatos@gmail.com y para otros medios de pago, yo te lo explico. Mañana por la mañana.

Sentirme en mis zapatos

Sentirme en mis zapatos

Me gusta sentir que estoy en mis zapatos. Mi indumentaria no me interesa nada pese a las advertencias insistentes de mis asesoras familiares, que las tengo de diversos tamaños y edades. Simplemente me gustan las suelas de mis zapatos porque conectan mis pies con la tierra sin dejarme clavado en ella. Porque me permiten caminar con firmeza y aportan una grandiosa sonoridad a mis andares sobre la tarima flotante o el parquet. Me dan equilibrio y estabilidad. Velocidad y protección. Son una buena base. POBRE-ZAPATOS-ROTOS-FOTO-anyka-3998340-desgastadas-y-maltratadas-zapatos-de-un-mendigo-en-las-calles1En estos días en los que la gente vuelve a menear banderolas patrióticas, yo quiero proclamar que ni los hombres ni las mujeres tienen ni han tenido nunca raíces que les aten a la tierra. Poseemos sólo pies, y son para andar. Sólo pies y no raíces. Son para irse. Son para separarnos de lo que amamos y de donde nos quieren o de los que no lo hacen. Lo natural en el hombre es andar. Ir y volver o no. Y encontrar nuevos caminos, buscar otros recodos. Y con un buen calzado, es un placer explorar distancias y trayectos sin concesiones a la nostalgia. Alejarnos de lo que adoramos nos enseña a amar otras cosas y personas y a valorar todo ello. Dar grandes pasos con botas de buena goma en la suela.es un placer para el caminante. Pisar fuerte. Ganar en seguridad y en recorrido. Es normal devoción o querencia por los sitios ya que los lugares son tan fieles como los perros. Las ciudades siempre te defraudarán menos que las personas. Pero a mí me quedan solo mis viejos y varias veces recauchutados zapatos como ultimo y único de mis apegos. Quiero andarlos y destrozarlos cien veces hasta que no puedan dar un paso más. Mis pares de zapatos viejos son mi tesoro. Los abrazo con afán de avaro a sus bolsas de monedas. Cuatro o cinco pares usados a la vez. Los estrecho, les achucho y les beso el hocico como a cachorros. Los quiero, no sabes cuánto. Sueño con echar a caminar en linea recta, en dirección al sol y hacerles trabajar hasta desollar mis pies. Me gustan así de viejos y si están sucios, mejor. Cuanto más polvorientos, mayor es mi orgullo. Es como la sangre en la espada del soldado. Debo esconder estos tesoros que venero con sus tapas y medias suelas. Si no lo hago pronto, mi mujer me los tirará a la basura y, aunque ya no camine tanto ni tan lejos, quiero que su espíritu me acompañe siempre y recordar con todos ellos mis mejores y legendarios momentos. Hay entre estos camaradas y mi esposa una relación de reticencias mutuas, pero yo los protegeré siempre y mantendré la esperanza vana de que mi mujer se integre y brille en nuestro grupo más que el fuego en la chimenea entorno a la que ellos y yo nos calentamos las plantas y revivimos nuestras hazañas.

Sobre perros y pelos

Sobre perros y pelos

Alberto tenía un perro. No es raro tener un perro, mucha gente tiene. Quizá hay que decir que, en mi opinión, no totalmente imparcial, Alberto era un hombre perro. Por fuera no, exteriormente era como todos. Un poco más cretino de lo habitual quizás. Bueno, ser más cretino de lo normal es lo más normal, porque lo que yo entendía como normal se ha convertido en una calidad estadísticamente escasa. Pero lo de recibir mi desdén es independiente de tener perro. A mí los animales domésticos me gustan. Alberto era perro, pero no sé deciros por qué. No es que fuera más malvado de lo corriente como un perro rabioso, o más cínico de lo frecuente (ya sabéis la etimología de la palabra cínico), ni más fiel y más generoso, que de eso tenía lo justo o menos. No. Era un hombre del montón. De esos que hay a miles. En mi familia siempre teníamos pastores alemanes. Cuando uno moría adquiríamos otro, y siempre le poníamos el nombre del anterior. ¿Para qué molestarse en ponerle otro apodo? Estoy convencido de que en el fondo todos nuestros perros eran siempre el mismo. La identidad ha sido sobre valorada desde el principio de la edad moderna, tanto en los humanos como en las mascotas. En eso deberíamos volver al medievo. Por eso Alberto era como los canes que tenían mis padres.  Siempre hay alguno así cuidando una finca, y no hay tanta diferencia entre unos y otros.  Alberto cuidaba el negocio de su jefe ladrando como cualquier otro perro, orgulloso, ignorante de que todos los perros pasan a la historia sin más. Era tan parecido a otros tipos como él, que en vez de tener un nombre deberían haberle puesto en la pila bautismal algún código alfanumérico. En realidad todos deberíamos llamarnos igual. No ya como nuestro padre, sino simplemente Humano más una buena ristra de dígitos. Es como esas muñecas que vendían hace años, que las piezas estaban hechas en una cadena de montaje y cambiabas un poco algún detalle entre las posibles opciones para poder regalar a cada hija una muñeca que fuera diferente cualquier otra. Pues no, niña, no. Estaba hecha en serie, como tú misma y como todos los seres que pueblan el mundo. La conciencia de nosotros mismos es un fraude. Lo digo así, en general. Y en el caso de Alberto, en particular. Si no lo conoces, no te pierdes nada que no hayas visto antes.

Alberto, manejó sus asuntos con astucia suficiente como para encontrar su hueco en el negocio de un empresario peculiar. Pronto se convirtió en una especie de director por debajo de su director. Y siendo como era un tipo ramplón trató de potenciar su imagen. Consciente de que su persona carecía de faceta alguna de interés especial, Alberto se compró un bote de gomina y un perro. Se dejó crecer una mata de pelillos rizados que embadurnaba con aquel pegamento. Tenía poco pelo, como su perro. Cuando llovía, al pero se le mojaban sus escasos bucles y entonces parecían padre e hijo. Fue como si una letra “i” hubiese salido a encontrar su punto y volviese con diéresis. Los empleados de aquella empresa, se burlaban de sus cuatro rizos ralos y pringosos. Supe que aquel segundón quería hacerse con la banda y saqué mi silla a la calle para tener donde sentarme el día de la despedida. Y así ocurrió.

La vida es vana. Quizá esperabas algo más de este relato. Pero es que Alberto no daba para más historia.

Le perdí el rastro. Hoy llueve y he visto a un perro como el de Alberto agachar la cabeza bajo el aguacero.

Cabizbajo

Cabizbajo

Una cosa es andar. Otra diferente es mirarse andar. Observar cómo los pies se relevan continuamente en su posición, es una especie de obsesión geométrica. Una actitud introspectiva. Mientras caminas no puedes ver hacia donde avanzas o retrocedes. Una espiral capaz de arrastrarme hacia el trance hipnótico. Es algo similar al autorretrato en el que figura el retratista en un espejo, y la imagen se reproduce cada vez más pequeña evocando el concepto de infinito. Las manos en los bolsillos. La vista hacia el suelo. Camino pensando en ti y cuidando al mismo tiempo de no pisar las rayas. Avanzo en la noche cerrada como un invidente, porque la noche realmente está en mí. Son indicios de una mente obsesiva. Jugando a no pisar lo negro, como de pequeño, mantengo un ejercicio gráfico imaginario de bordillos y aceras. Sin poder ver hacia donde voy o retrocedo; con qué o quién puedo tropezar; dónde y cómo me pueden atropellar. El español es un idioma introspectivo lleno de reiteraciones, dobles negaciones y cuádruples redundancias que llegan al propio vocabulario. Términos como medioambiental, contigo, ensimismado, etcétera. Mi cabeza se ha llenado de bucles, no en el cabello sino en las ideas. Absorto en círculos concéntricos, solo puedo pensar en ti y mirarme andar.

¿Os hablo de mí?

¿Os hablo de mí?

Qué contaros de mí que podáis creer. Veréis: nunca me miro en el espejo, ni al rasurarme ni para nada. Trato de no simpatizar demasiado con el tipo que se refleja en el cristal ya que desconfío de la clase de amistades que uno puede llegar a entablar consigo mismo. Un medio bohemio como yo es también medio espartano para compensar. Humilde, más de lo normal, pero puedo parecer pedante porque hablo cándidamente de todo lo que me pone contento. Os presento al cíclope de las manos pequeñas. Al que se burla de mí y se ríe de mi sufrimiento. Soy el último idiota que queda. El hombre de los zapatos grandes que compone sinfonías perfectas, que sólo interpreta silbando. Un león, triste y flaco, perdido en las arenas del desierto, resistiendo al hambre y a la soledad. Un ave migratoria que se separó de la bandada y perdió su ruta. Soy un blanco fácil y me matan con frecuencia. Debes reconocer en mí tu oportunidad perdida y la mía. Tu segunda oportunidad y la mía.

Te habla el más importante filósofo del final del siglo XX. Ése que tenía que haber existido y que tanto se echó de menos, precisamente era yo, no se lo digas a nadie. Soy un puedo y no quiero. Peor: un quiero y dos no quiero. Moderado pero no ambiguo. No me parezco a ti, ni para ser cerrado ni para ser abierto.

Puedo subir cualquier cuesta que yo quiera impulsado por un solo dedo del pié, pero carezco de una voluntad en proporción a mi peso y mi fuerza. Tras aparentes rasgos de seductor se esconde un inocente palomo. Romántico y hasta enamoradizo, impulsivo, familiar y también golfo en algún lugar de mi conciencia. Bueno como un niño. Gentil y agradable como un muchacho. Y más aún: benévolo como un abuelo. ¡Me gusta mucho ser benévolo! No todos saben ni pueden. Aquí está el pensador de los análisis certeros y la vida equivocada. Muy parecido a un hombre de bien. Circunspecto pero asequible a un tiempo. De intereses graves y trascendentales, aunque todo me importa un higo. Mi adolescencia fue una enfermedad cronificada.

No parece fácil entenderme, pero si me vieras lo comprenderías. Aquellos que me conocen descubrirán en estas líneas todo lo que ya sabían. Ser sincero es mi lujo. Discreto con mi vida privada, pero mis ojos transparentan mi alma. Y si alguna vez me guardo una carta en la manga es solo por ella: para poder cautivarla con el atractivo de mis misterios.

Un tipo espeluznante

Un tipo espeluznante

Es cierto que te encuentro espeluznante.  Una palabra que puede descubrir muchas cosas y encubrir otras. Hay algo terrible en ti. Tu mediocridad, por ejemplo. Unida a tu afán vano por sobrevivir, puede llevarte a hacer cosas tremendas, como dar la nota cuando deberías callar. Y no digamos tu deseo de prevalecer sobre los demás. Es la rabia que te da ser en el fondo pequeño. Eres un quiero y no llego. ¿A qué no puedes llegar? ¿Cuál es tu fantasía? Acepta que eres un ser prescindible, Todos lo somos, pero unos más que otros, claro. ¿Por qué no te calmas? La quietud, la serenidad, podría ser tu aliada. Así aprenderías a no despreciar a todos. A los que son mejores y a los que son peores que tú, pero sobre todo a los mejores. Ellos son para ti un latigazo en los testículos. Y hay tantos que te superan… Crees que puedes tapar el talento de otros estirando el cuello. Trata de comprenderme. Sé razonable, como creo que yo lo estoy siendo contigo. No estoy dispuesto a dejar que sigas estropeando el mundo con tu memez y con tu agresividad. No puedo. Tu soberbia nos molesta cuando charlamos sobre física en el club, con nuestro café o té en la mano y nuestros periódicos. Nos apreciamos unos a otros y nos respetamos. Y tú vienes a imponer tu voz desafinada, tus registros disonantes y tus malos modales. ¡Cómo estropeas la armonía de fondo de música clásica! Pisas la voz del científico de Badajoz, Martínez-Trecho, que es el que más sabe de todo lo que hablamos, exceptuándome a mí. Su cerebro está muy por encima del tuyo, que es un órgano amazacotado. Ignoras lo que te cuenta López Albor. Ese hombre tiene algo que decir, y puede enseñarte lo mucho que ignoras. El otro día dijiste que se te había ocurrido una teoría que conocemos hace décadas. Eres un pésimo diletante. Tú interrumpes con lo baladí, hablando de cosas que ya damos por triviales. No descubres nada, ni nada aportas salvo necias interrupciones. Cuanto más liderazgo reclamas, mayor rechazo nos generas, y te aíslas más. Las conversaciones agudas sobre ciencia y filosofía que mantenemos un día por semana en el edificio modernista del Casino, mientras escuchamos a Haydn, entre esas columnas de piedra que imitan formas vegetales, y esas vidrieras de colores, son para mí la mayor gratificación que obtengo por observar el mundo. No estás a nuestra altura. Óyeme bien: no voy a prescindir de tan gratos momentos por tu insolencia. Solo pretendo darte una lección de buen comportamiento y de respeto. Si te mutilo es por tu bien. Comprendo que no me entendieras cuando te corté el primer dedo. Estuviste rabioso e indignado. y te agitabas dentro de tus mordazas y ataduras. Te advertí: cuando me veas llegar y me sonrías, será que has aprendido y te perdonaré. Pero no me escuchaste. Tu narcisismo te mantuvo como siempre ajeno a todo lo que no fueras tú, y en este caso, tu dolor era lo único que contemplabas, como si nada más importase en el mundo. Lloraste, te retorciste… Solo pensando en tu martirio y en tu tormento, pero no tuviste la generosidad ni la humildad de escucharme. Te vuelvo a repetir: trata de comprenderme y sé razonable, como creo que yo lo estoy siendo contigo. Esto parará cuando aprendas a sonreír cuando yo llegue, ya te lo dije. Te voy a adiestrar en cordialidad. Después de todo, soy tu anfitrión. Mío es el jergón sobre el que yaces, y mías son las vendas y trincas con las que por tu bien te mantengo trabado; de mi propiedad es este sótano que compartes con mi coche antiguo, mi moto y mis herramientas de bricolaje, que tanta ayuda me prestan para poderte mortificar. Tan solo te pido una sonrisa… No creo que sea para tanto. ¿Hasta cuándo pretendes que te siga cercenando? Muchas molestias me tomo por ti, ¿sabes? Cada día debo seccionar y separar de tu cuerpo alguna parte sobrante, aligerarte, dejarte en lo esencial. Me deberías pagar por eso. Te estoy purificando. Cuando menos, agradécemelo. Has emprendido un viaje a tu alma, mientras te voy despojando de lo accesorio, de tu periferia corporal; deshojándote cual margarita del amor. ¿Crees que esto me gusta? Estoy verdaderamente enojado con tu comportamiento. Esos lloriqueos de maricona me parecen de todo punto insoportables. Si pensaras un poco en los demás, digamos en mí, dado lo reducido de tu actual universo, no gemirías tanto. Presentas un espectáculo penoso con tanta lágrima. Yo me he tenido que molestar en curarte cada vez, desinfectar tus muñones con alcohol, vendarte, cauterizar tus heridas y darte a beber agua con antibióticos y antitérmicos… Tienes que vivir lo suficiente para aprender a sonreír mientras te amputo un miembro u otro. Todas estas tareas roban mi tiempo. ¿Crees que mis obligaciones se resuelven solas mientras me ocupo de ti? Ese egocentrismo tuyo… Yo te lo estoy arreglando. Rebanarte es como podar un seto para hacerlo más bello, sin ramitas que tengan la petulancia y la osadía de sobresalir sin haber acreditado antes méritos suficientes. Así es como quedarás a medida que pasen los días: yo no diría amorfo, sino redondeado y bien recortado.

Tu fragilidad mental me irrita en algunos momentos, pero en otros me produce una gran condescendencia, y aunque me burle, logras que me compadezca. Sé que te has vuelto loco. No creo que venga de las últimas semanas en las que has perdido el rastro de tus extremidades. Quizás fue ya el segundo día, cuando te arranqué otra falange del segundo dedo. Te manchaste, puerco, eso no te lo perdonaré. Tuve que preparar tu camastro para que tus heces cayeran directamente a un cubo con agua y lejía, e introducir tu birrioso y ridículo apéndice en una manguera para drenar tus secreciones. ¡Cómo te asustaste! Pareces un niño. Y si te lo hubiera cortado también, ¿qué? ¿Qué te importa? ¿Acaso estás en situación de pensar en esas cosas? Sí, amigo, sí. Te has vuelto majara. De no ser así, no habrías permitido que tuviera que ir haciendo rodajas de ti, como si fueras uno de esos vulgares embutidos artesanales de tu pueblo. He tenido que secuestrar también a esta pobre mujer encadenada que se encarga de administrar por mí los recipientes fecales, así como de ayudarme a curarte. Y lo hace muy bien… No sé por qué parece tan aterrada… ¡Si yo estoy muy contento con ella! Aunque es la culpable de que, gracias a sus cuidados, tu sufrimiento se prolongue. Sabe que, si tu faltases, Dios no lo quiera, ella sobraría en este sótano…Y parece que en el fondo le encanta sentirse imprescindible, ya sabes cómo son las mujeres. Así que te he conseguido la enfermera perfecta. Lástima que no os hayáis podido conocer en mejores momentos. Los dos parecéis buenos chicos, ahora que te has vuelto más discreto.

Conste que guardo todos tus trocitos en el congelador, envueltos en papel de aluminio. Más que nada para que no te preocupes. Si un día los necesitas, sabes que ahí los tienes. Ya son más de 90 piezas de cochino arrogante. Todas numeradas como las fotos que he ido tomando para registrar mi actividad quirúrgica. Si hiciera falta, podría recomponerte otra vez entero, aunque no sé si estarías muy guapo cosido a tantos despojos. Quizás sea mejor idea que te los haga comer el día de tu cumpleaños. Tendremos que celebrarlo.

Respirabas mal por la nariz. Te ahogabas con las mordazas y claro, no podía verte sufrir así. Tuve que quitarte las mordazas, pero no me gustan los chillidos de socorro ni tus sollozos desesperados, así que te tumbé con tranquilizantes y te corté la lengua. Después de todo, siempre fuiste un deslenguado. Luego, desde el cuello, aprendí a seccionar cuerdas vocales. No sabes lo que sufrí porque creía que te morías. ¡Qué cantidad de sangre! Puede que no lo ejecutase muy bien, no soy cirujano, pero lo hice solo por ti, para que pudieras respirar sin mordazas. Incluso te corté la nariz, era para ti otro ornamento sin utilidad práctica. ¡Fuera estorbos!

He decidido no límpiarte más las hormigas. Que ellas recorran lo que queda de ti, que entren por tus heridas y tomen todo aquello que no necesitas ya. La naturaleza les ha otorgado una gran función de reciclaje que debemos respetar, ¿no crees?

¿Te cuento una cosa? Esta mañana me ha parecido que al verme llegar sonreías por fin y saludabas con la cabeza. He sentido la satisfacción de un mentor al saber de tus progresos. Ya sabes que, cuando trates de ser agradable y correcto, he prometido dejar de ¿recortarte? ¿abreviarte? ¿esculpirte? Y sí, efectivamente, me ha parecido que esas muecas eran un saludo de buenos días… Pero voy a seguir con mi arte, dado que no puede averiguarse de modo preciso lo que son tales gestos. Puede que ya sonrías como un buen vecino en el ascensor, pero, la verdad: no veo ya tus dientes. Están todos en el congelador, donde he tenido que colocarlos por tenerlo todo junto. Bueno, “junto”, no es la palabra adecuada. En el mismo lugar. Ya sabes que lamentablemente los has ido perdiendo…Ni labios te quedan ya. ¿Cómo voy a saber si sonríes? Quizás llorabas, no lo sé. Tú trata mañana de que esas supuestas muestras de alegría al verme llegar sean un poco más notorias. Más expresivas de tu simpatía y respeto hacia mi persona. Convénceme, y veré lo que hago.

Siempre me parece que ya va a ser imposible seguir, pero al final, uno encuentra algunos pequeños salientes en tu cuerpo y en tu personalidad que deben ser corregidos por tu bien. Así que hoy seguiré con lo mío, extirpando de entre tus intersticios cualquier foco de espeluznante mediocridad, hasta dejarte liviano, totalmente limpio, como un pescado antes de hornear; aliviado del peso de lo superfluo, que tanto te lastraba para razonar con lucidez.

Photo by My Buffo