Demasiadas frases

10169387_724471244263405_448583577_nSufrimos una epidemia de frases huérfanas muy apreciadas por mujeres de mediana edad y otros humanos en apuros. La gente abandona estas palabras como si fueran globos, esperando verlas elevarse hacia el cielo infinito para que, de paso, tiren del débil espíritu de supervivencia del hombre actual. Y tal como sucede con los globos, que nunca sabe uno dónde y cuándo cayeron de regreso a pisar tierra, estas pretenciosas declaraciones parecen desintegrarse por el camino, en algún lugar de la atmósfera sin que les oigamos hacer pop. Frases  de padres desconocidos, manoseadas y prostituidas, muy categóricas todas, y supuestamente motivadoras; enunciadas como si fueran la clave para salvar el mundo. De duración efímera porque nada sabemos de su contexto, ni a qué razonamiento completo pertenecen o qué filosofía exponen. Con la cabeza hueca, el humano más informado e inconsistente de la historia, lanza sus globitos a semejanza de sus cráneos, llenos de aire o de un gas todavía más liviano, de menor peso aun. La única esperanza es recibir la sonrisa de otro infeliz que aplauda y obtener el apoyo de una ilusoria lucidez, y con ese ánimo, poder pechar con un tiempo al que todos creemos que algo le falta. En realidad le falta mucho y le sobra casi todo a esta civilización del nuevo patán. Tan informado y tan confundido.  Así de perdido.

La avaricia

Algunas personas aunque admiten sus limitaciones, creen serenamente en su capacidad de aprender y mejorar. Eso las convierte en gente ilusionada, honesta y positiva.

Otros llegan a la conclusión de que su talento es mediano en cualquier campo profesional o personal. Como se sienten mediocres justo por eso lo son sin remedio y su capacidad de mejorar se ve aquejada por una severa esclerosis. Todo esto a su vez les genera un enorme rencor que tratan de compensar conquistando el tipo de logros a los que empuja la avaricia. La mediocridad pone en marcha muchos resortes internos. La falta de talento es productiva. Genera negocios y también mucha corrupción.

Todo Napoleón se sabe en algún sentido bajito. La gente crea imperios económicos, si antes no acaba en la cárcel, por rencor contra el mundo, que injustamente le ha negado algún don que tanto adorna a otros. Y también para poder preguntar a todos  con la mirada: ¿quién te has creído que eres? ¿No os creíais más listos que yo?

Una de las mayores fuentes de maldad y de riqueza es la falta de talento o la impresión subjetiva de sufrir esa carencia.

 

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Frases

Sufrimos una epidemia de frases huérfanas muy apreciadas por mujeres de mediana edad y otros humanos en apuros. La gente abandona estas palabras como si fueran globos, esperando verlas elevarse hacia el cielo infinito para que, de paso, tiren del débil espíritu de supervivencia del hombre actual. Y tal como sucede con los globos, que nunca sabe uno dónde y cuándo cayeron de regreso para volver a pisar la tierra, estas pretenciosas declaraciones parecen desintegrarse por el camino, en algún lugar de la atmósfera sin que les oigamos hacer pop. Frases no solo huérfanas, sino de padres desconocidos, manoseadas y hasta prostituidas, muy categóricas todas, y supuestamente motivadoras; enunciadas como si fueran la clave para salvar el mundo. De duración efímera porque nada sabemos de su contexto, ni a qué razonamiento completo pertenecen o qué filosofía exponen. Con la cabecita hueca, el humano más informado e inconsistente de la historia, lanza sus globitos a semejanza de sus cráneos, llenos de aire o de un gas todavía más liviano, de menor peso aun. La única esperanza es recibir la sonrisa de otro humano igual de infeliz que aplauda el color del hinchable. Y obtener el apoyo de una ilusoria lucidez, valga la redundancia, y con ese ánimo, poder pechar con un tiempo al que creemos que le falta algo. En realidad le falta mucho y le sobra casi todo a esta civilización del nuevo patán, tan patán, tan confundido e informado.

El afeitado matutino

images (34)Afeitarse no es simplemente rasurarse la cara. Es una costumbre romana. Una muestra de la herencia latina. Pero no sólo significa nuestra admiración y respeto por los clásicos. Tampoco pensemos que significa únicamente un deseo de civilizarnos, alejándonos de nuestra salvaje configuración física. Es mucho más que  domesticar nuestra masculinidad renunciando a arañar los rostros suaves de las mujeres con las que amamos. Afeitarse es ante todo  un momento en el que los hombres hacemos muecas ante el espejo para estirar los recovecos de la piel de la cara. El hombre de hoy, gracias a que se afeita el mentón, sabe que no está listo para salir de casa y lanzarse al mundo sin antes poner varias veces cara de mentecato ante el espejo. Tras este ejercicio, puede complementar su puesta a punto images (33)colocándose una tira de tela que pende del cuello llamada corbata. Esto es lo que debe hacer un caballero para empezar esa unidad de nuestra existencia llamada día (podíamos haber dicho simplemente día) y salir al encuentro de su vida. En general, un hombre bien educado, debe hacer muecas ante el espejo cada vez que la Tierra experimenta un giro completo sobre sí mismo. Quizá sin hacer esos gestos en el cuarto de baño el mundo se pararía y en la mitad del planeta seguiría la noche y se quedarían todos a oscuras. Mirarse en el espejo y poner cara de retrasado mental al quitarte la barba contribuye al normal giro del mundo y al progreso de las cosas. Si una mañana no me afeito y siguen existiendo la tarde y la noche,  y si después llega además otro día, es gracias a que otros varones, en involuntaria solidaridad, me están relevando.
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Cuatro milagros

Es normal, pensaba con mi tercer o cuarto güisqui en otro bar distinto: en mi colegio de curas fui un ateo precoz, que no tendría más de once años o así cuando me dio la primera venada agnóstica. ¿No era eso un signo de genialidad? ¿No es un niño prodigio el que se plantea dudas existenciales a los once años? Fíjate bien: probablemente fui el primer niño ateo de mi clase. ¿Qué te parece? A mí me parece que no debo dejar de serlo así, tontamente, porque eso, oye, ahí está, aunque luego tú vayas y digas: ¿Ah, sí? ¿Conque sin creer en Mí? ¡Pues caña, por ateo! Desde luego, así por las buenas no pienso ponerme a creer. Hombre, en todo caso podría convertirme en un momento de gran dramatismo, como fruto de una profunda reflexión motivada por el choque emocional de algún hecho trágico o algo así. ¡Ponme un milagro! Por ejemplo, me empiezas a hacer varios milagros que yo intento negar, ¿sabes?, que yo intento no creer de acuerdo con mi naturaleza de hombre escéptico y racionalista, y un segundo y un tercer milagro, y yo diciendo: ¡Si no puede ser! Con el ceño fruncido. Todo el rato, ¡Nada! ¡No puedo creerlo! Y Tú venga, hala milagros todo el rato, milagro va y milagro viene. Y yo: que no, que es mentira. Y Tú: ¡Otro milagro! Y yo que nada. Y entonces Tú.¡Pumba! ¡Milagro! Pero ya milagrazo fuerte de verdad. Y entonces voy yo y digo: ¡Gracias, Señor! Y me caigo de rodillas con las manos juntas. Y lloro sin pestañear, como los muñecos, mirando una luz (no de bombilla, sino una luz divina, se entiende). Rezo. Y así ya, sí que dejo de ser ateo y hasta, si me apuras, dedico mi vida a la religión. Después de tantos milagros, oye… Sin meterme a cura ni en ninguna de esas, porque Tú, Dios… No sé. Creo que te pasas mucho conmigo.
Mira, ¿sabes qué?, no lo veo.
No sé, no lo veo.Y bebo güisqui. Bueno, a lo mejor, a lo mejor, caigo de rodillas ¡Pero a lo de las manos juntas me niego, no sé por qué! Si yo fuera Saulo de Tarso, me caería del caballo y diría: “Estaba ciego, pero ahora veo claro, Señor. Abjuro de mi fe atea”. Pero ahora, que no se usan ya los caballos, o me voy a un picadero y me convierto por allí cerca y tal, o me caigo de la moto, y cuando se acerca el guardia digo que estaba ciego y que ahora sí que veo bien y todo eso. Lo normal en un caso así sería que me hicieran soplar. A ver qué papel hacemos si cuando estoy yo con lo de la luz divina y el coro de ángeles porque tengo el alma recién recuperada, se oye, a ver, sople usted. ¿Usted sopla o no sopla el alcoholimetro?, en medio de los coros celestiales. Casi peor que lo de las manos juntas de antes, ¿no le parece, camarero? El camarero no me escucha. Sigamos.Yo qué sé. La verdad es que ni así lo veo claro, lo de volver a creer. ¡Que fui el primer niño ateo de mi clase, macho! Y sigo siendo un niño ateo. Lo que pasa es que soy un ateo no practicante. Un ateo no practicante. ¡Qué frase, Señor, qué ingenio!Quizás sí que hay un santo dentro de mí, me decía yo a mí mismo paseando otra vez bajo la noche. En estas que… ¡Justo! ¡Aparición! Claro que hay un santo dentro de mí. Un profeta quizás. Mi vecina la modelo. Esto sí que es un milagro. Su abrigo blanco, sus piernas, sus pelos, sus ojos (aunque desde allí no se los distinguiera, pero la imaginación hace mucho). Todo en ella era… no sé. Hasta el perro, casi. Ya sé que me la encontraba mucho paseando su perrazo a esas horas, pero… ¡Supongamos que sea un milagro! Señor, no está del todo bien pedirte estas cosas pero, Señor, haz el segundo milagro. Que se cumpla el resto del sueño y lo haga con la modelo del tercer piso, Señor, y vendo mi alma a Dios. Por favor, Señor, que te implora tu siervo, márcate un detalle y al cuarto, yo, tu cordero, creeré en Ti, le dije, porque es que yo en cuanto bebo un poco más de la cuenta enseguida empiezo a tratar a Dios de Tú. Al cuarto milagro. Al cuarto polvazo, Señor. ¡Que digo! Al segundo empezaré a sentir tu llamada, Señor. Está con su perro. ¡Rápido, qué le digo! ¡Algo ingenioso!– Hola… -lo normal era decir eso.

(Fragmento)