por enriquebrossa | 9 09+00:00 May 09+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Relatos
Mi hijo me ha dicho que no le funciona la WII. He seguido la senda del cable hacia el enchufe y efectivamente, estaba suelto.
– Oye, pollito, voy a correr el mueble. Tú que cabes, te metes y me acercas ese enchufe.
– ¡Vale, Papi!
El pollito se metió a gatas por un hueco que abrí en la estantería:
-¡Jo, Papi, mira lo que he encontrado!
Salió hacia atrás de entre los muebles y me enseño sus tesoros. En sus manos sucias había una pinza de madera de tender y dos pipas.
– ¿Fumas en pipa?
– Ya no. Lo dejé, hijo. Esta era de mi padre. Y esta es la mía. No la chupes. Quién sabe cuanto tiempo llevan allí.
– Ha sido muy chuli, Papi. Como una peli de egipcios.
– Como entrar en las pirámides, ¿verdad? Mañana se lo cuentas a la señora que limpia. Anda, arqueólogo, dámelas. Voy a lavarlas. Ya tienes arreglada la WII.
Esta noche, después de cenar he ido a mi despacho. He abierto un cajón y he extraido las dos pipas. He estado mirando un buen rato la de mi padre. He abierto la ventana. Finalmente he metido la pipa de mi padre en una caja de madera, la que él usaba para guardar el tabaco. Después he tomado la mía, y sin fumar me la he puesto en la boca y he estado mirando por la ventana la calle vacía y el cielo oscuro, enorme, mudo, sin percibir que la noche aún era fresca en abril.
por enriquebrossa | 8 08+00:00 May 08+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Reflexiones
Las series norteamericanas están llegando a un nivel de calidad que no se encuentra en sus películas de cine.
Ayer vi Mentes Crimnales. Citaron a Adler con un excelente acierto en función del argumento de la historia. La cita es:
No sufrimos por nuestros traumas sino que los aprovechamos para nuestros fines.
Si esta cita te hace pensar en alguien o en ti mismo creo que esta búsqueda en google puede interesarte.
https://www.google.es/search?q=no+sufrimos+por+nuestros+traumas&rlz=1C1SAVU_enES554ES554&oq=no+sufrimos+&aqs=chrome.1.69i57j0l2j69i60j0l2.11443j0j4&sourceid=chrome&espv=210&es_sm=122&ie=UTF-8
Alfred Adler expresó esta idea de un modo más general y en cierto modo menos revelador que como la maneja la película, ya que se refería a la experiencia en general cuando usaba la palabra trauma. La experiencia nos crea dificultades y así aprendemos porque usamos la experiencia para alcanzar nuestros fines. Esto que parece obvio, sin embargo tiene una lectura referida a situaciones más extremas, que también hace Adler y es la que interesa en la película, de modo que cuando le damos a la palabra trauma el sentido grave que se le da en la calle, la frase implica que el trauma te justifica o te potencia para la consecución de tus objetivos. Sirve de punto de apoyo.En el caso de la película de mentes criminales, el asesino recibe del guionista una gran comprensión y respeto, pero no se le exime de culpablidad.
Un negro que fue injustamente acusado de violación y posteriormente castrado por unos blancos cercanos al KKK, se convierte en un mutilador sistemático y asesino de sus verdugos años después. Es impresionante el respeto con el que se trata en la película al asesino, así como el modo en que se le muestra al expectador que ese asesino, aunque merece mucha más simpatía que sus víctimas, ha de pagar por su delito. La película maneja el suspense, la acción y la reflexión magistralmente, sin persecuciones de coches, ni casas que explotan, ni asesinos que se caen por las escaleras en el minuto final y se clavan el cuchillo de cocina.
Los americanos han creado una magnífica industria cultural televisiva que tiene toda mi admiración.
Las comedias televisivas españolas están basadas en una especie de neocostumbrismo zafio, de chistes vulgares, de sal bien gruesa y de personajes ramplones. En vez de ser héroes fuertes, inteligentes y guapos, nuestros personajes favoritos son disparatados, ridículos y penosos. No son como la gente de la calle, que es lo que se argumenta a su favor. Son la caricatura de lo más mediocre de la calle. Y las historias son absolutamente intrascendentes. Las series norteamericanas nos demuestras que se puede llegar a las masas ofreciendo actores que gesticulan poco y transmiten mucho, Con unos guiones que hablan de personajes adultos, profesionales, inteligentes, y de gran interés. Cuentan historias que no están exentas de complejidad y motivos para la reflexión mucho más que los guiones que los propios norteamericanos hacen para el cine, como decía al principio.
España y el resto del mundo Iberoamericano deberíamos pensar un poco al respecto.
Murieron Florinda Chico, y Jose Luis López Vazquez y otros muchos en la cultura española. Respeto y comprendo que algunos sigan la estela de sus películas. Pero tiene que haber más gente, empezando por los productores, interesados en hacer otro tipo de cosas.
por enriquebrossa | 20 20+00:00 Abr 20+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Reflexiones
Al final no he podido cambiar el mundo, porque había demasiados papeles desordenados en mi mesa y así no hay quién haga nada. Me ha dado tiempo de apilar algunos folios. Veremos si encuentro la ocasión para leerlos y tirarlos a la basura. Una jornada en que no tenga que celebrar un cumpleaños de esos que ocupan el día entero. Me lo voy a apuntar, y ya veré cuándo tengo un rato libre, que esté tranquilo, para modificar el curso de la historia. ¡Así, con tantos papeles y con tantos compromisos, no hay quien cambie ni el mundo ni nada!
por enriquebrossa | 20 20+00:00 Abr 20+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Reflexiones
Hoy es domingo. Lo habréis notado porque el aire huele a tibio a las 9 de la mañana. El café está brotando con puntualidad y las tostadas también. Todos los domingos a las 10:00 voy a comprar fruta a un mercadillo al aire libre, cerca de casa. A las 9:30 debo haber desayunado, estar afeitado, duchado, vestido y listo para salir a las paradas.
A la vuelta iré con mi hijo pequeño y su perrillo a comprar el periódico y unos sobres de cromos de la liga de fútbol. El quiosquero tripón y bigotudo tiene una sonrisa y un nombre redundantes con el día. Se llama Domingo. Después, vamos a salir en coche. Celebramos el cumpleaños de alguien de la familia, a unos 50 Km. de Madrid, en dirección a la Sierra. Volveré al final de la tarde. Cansado, porque los cumpleaños familiares generalmente narcotizan mi voluntad. El día me habrá vencido ya. Pero ahora estoy amaneciendo fuerte. Tengo 30 minutos libres. Voy a ver si cambio un poco el mundo en este rato, como tenía apuntado en mi agenda. No puedo seguir escribiendo, o al final no me va a dar tiempo de modificar el rumbo de la historia.
por enriquebrossa | 19 19+00:00 Abr 19+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Relatos
Tiene que llegar, tiene que llegar. Hace falta que suceda ya. Mi estado de ánimo era mezcla de insensata indolencia y nerviosismo. No lograba centrarme en una única emoción que me sirviera para encarar el periodo que se me estaba abriendo. Pensó que eso vendría poco a poco, pero ¿por qué poco a poco? Necesitaba reaccionar ya.
Pensé en golpearme para empezar a sentir algo agudo que me inclinase a la acción. Quizá pincharme, pellizcarme. La idea era bien tonta y pensar en ella me producía mayor indolencia. No tenía ganas, ni de sufrir, ni de llorar, ni lograba alterarme. Quizá fumando, pensé, me concentre mejor y me encuentre ante la verdadera dimensión del peligro que se avecina. Lo cierto es que acabado el cigarrillo, me encontraba igual, solo que algo mareado. Pasear sería peor. Debería salir de ese estado de ánimo. ¿Cómo podría yo… ? Saqué un segundo cigarro y me lo llevé a la boca sin encenderlo. Miré por el ventanal. ¿Y si bebiera? Entonces fue cuando sonó el teléfono. Me volví escéptico a cogerlo sin demasiadas prisas, pero en seguida colgaron. Sabía que esa llamada no me iba a rescatar.
¡Rescatar! Acababa de hacer un gran descubrimiento. Lo que estaba haciendo era esperar un rescate. Algo que me sirviese de estímulo o de punto de partida. ¿Qué será lo que estoy esperando que no se encuentra dentro sino fuera de mí?
¿Sentir más miedo para combatir la apatía? Bastante era ya la situación que poco a poco se me acercaba. ¿Para qué necesitaba tener más miedo? Me encendí por fin el cigarrillo, algo deteriorado de mantenerlo en los labios. Y tras la primera bocanada de humo patinando sobre el cristal de la ventana recordé la relación entre los fluidos y las superficies lisas, que en vez de rebotar resbalan, cosa que no venía a cuento, me dije: ¿Y si todo esto me diera igual, qué pasaría? ¿Si, aunque sé que me debería importar, sucede que no me importa, por mucho que me empeñe, no me importa… qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer?
Pero sí que me importaba.
Centrarme en una única emoción. Debo experimentar una sola emoción.
Allí abajo estaba mi hijo, jugando con su patinete en la calle. Al verle jugar, arrugué la nariz, me froté la frente y las cejas, cerré los párpados con fuerza. Probaré a rezar, aunque no pueda tampoco, pero trataré de rezar. Abrí la ventana para tirar el cigarrillo. Nuevos cigarrillos se encendieron y se agotarón. El alfeizar le quedaba por debajo de la altura de mi cinturón. Noté que estaba mareado por fumar tanto y tan rápido. Sentí vértigo. Y así me quedé un buen rato, hasta que mi hijo dobló la esquina. Entonces me sujeté a la puerta de la ventana y después me senté en el suelo. Me quedé de nuevo impasible mirando las rayas del parquet.
Al cabo de unos minutos suspiré, me puse en pie, tomé el abrigo y salí hacia la iglesia, tratando de que no me viera mi hijo. Al llegar a la parroquia me sentí expuesto al juicio de los vecinos. ¿Qué hará este hombre allí un día como hoy, a estas horas, entrando solo a la iglesia? Si casi nunca acompaña a su familia a la misa dominical.
Primero atravesé el atrio hasta alcanzar el vestíbulo, con sus carteles junto a la entrada. “Dios está contigo”, decía uno. En otro leí: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.”—Filipenses 4:6 (RVR 60)
La luz se terminó de atenuar hasta un grado de mayor recogimiento cuando atravesé la puerta abierta y alcancé la pila de agua bendita. Me hacía ilusión desde pequeño mojarme los dedos y santiguarme con ella, pero en estos tiempos de gripe aviar, quién sabe qué enfermedades podría contraer. Con pena me quedé mirando la pila y su agua decidido a no tocarla, dada la cantidad de dedos y uñas sucias que sin duda se abrían mojado allí. Acababa de entrar y ya surgían las primeras reticencias… En el fondo, la cuestión era otra. Yo era un cristiano ateo. Y todo lo que tuviera algo que ver con mi religión, cualquier pensamiento o elección, sería necesariamente contradictorio y objeto de dudas y reflexiones. Frente a mí, que permanecía retraído y de pié, se divisaban las espaldas encorvadas de media docena escasa de ancianos esparcidos por el conjunto de los bancos del templo. Dudé si parar o irme, si apoyarme en la pared o buscar un lugar en el que sentarme. Si hacer como si tuviera fe, o como si en realidad no necesitase rezar. Y mientras esto hacía, el Señor, Nuestro Señor, en una estatua fruto de la modernidad de los años sesenta, ay, ay, aquella modernidad de los años sesenta, vió claro que muchas de mis contradicciones eran fruto de aquellos años de cambio ideológico. Los sesenta impulsaron la inmadurez de varias generaciones, las que vivieron la década y las posteriores. Ese Cristo raro… tiene en realidad el mismo problema que yo, me dije. Está influenciado por los sesenta. Allí estaba Él: de color bronce, miraba como diciendo, vienes aquí a que te oiga pensar en todas las tonterías que se te vienen ocurriendo. En todas menos en mí. ¿Para esto sufrí yo la Pasión? Haz que te crucifiquen… para esto. ¿Qué puedo hacer contigo, si es que eres una pena?
Acepté como un mensaje divino ese pensamiento que había atribuido al Hombre de la Cruz y me senté dócilmente en un banco, apoyando los codos sobre las rodillas y uniendo las manos, en una postura en la que uno puede estar rezando o viendo los toros, indistintamente. Si hiciera un gran esfuerzo por ponerme a pedir por mis problemas con mucha intensidad, acaso Dios, ese Dios en el que no creía, pudiera concederme la merced de simplificar mis dificultades. Pero sabía que no, que eso no iba a pasar, por mucha fuerza interior que quisiese imprimir a mis oraciones. Ya había probado otras veces. Por ejemplo con el billete de lotería. Allí sentado hablé en realidad conmigo mismo, de las enormes bolsas de frustración que existían en la sociedad. Un mar al que durante años había resistido como un acantilado alto y orgulloso. Luego con los años, conocí a muchos vendedores de las más variopintos bienes y servicios que le hablaban del secreto del universo, que conspira a tu favor, para cumplir con tus deseos. Toda una filosofía para vivir instalado en el fracaso. Eso es lo que nunca funcionó con la Lotería Primitiva ni con el Bonoloto. Quizá probando con otro sorteo… Le encontró la gracia a todo aquello y sonrió. Espero si existes que me comprendas, le dije al Jesús medio cubista que llenaba la pared del altar. Y seguí pensando en el mar de frustración, y en la marea alta, y en que los acantilados también se desgastan con los lametones continuos del mar. En que ya estaba temiendo porque la lucha era desigual, y que quizás acabaría frustrado, como tantos otros. Y en que no me lo podía consentir.