De verdad

Eres entre otras cosas el equilibrio. Eres la sensatez. Eres la neurosis. Eres la madurez. La gracia, el secreto, tu gracilidad, el amor, la sensualidad, la maternidad, la vulnerabilidad, la frivolidad, tu verdad, tus lágrimas, el reposo, el orden, tus gestos, tu cuello, tu resolución, tu sacrificio, tu inteligencia, la torpeza, la vida, tu fragilidad, tu perspicacia, tu regazo, tus detalles, la fuerza, la fe, la tristeza, el realismo, tu vaso, tu interior, tu simpatía, tu coquetería, tu garbo, tu superstición, la esperanza, tu mano, la alegría, la atención, la atracción, el cariño, la belleza, tu mirar, tu cuerpo, la memoria, la fantasía, la virtud, tu sexo, tu valor, tu miedo, la resistencia, el cariño, la traición, tu entrega, tu trasero, tus hijos, tus padres, la religión, tu ironía, el misterio, tu desnudez, el optimismo, tus lecciones, tus dudas, las caricias, tu fragancia, mi vida, tu decisión, tu espera, tu paciencia, tus huesos, la rabia, tus prontos, tu paz, tu cabello, tu perdón, tus ojos, tu hablar, tu risa… y tú.

Todo lo que eres parece imposible a la vez

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CABIZBAJO  (Una cosa es andar).

CABIZBAJO (Una cosa es andar).

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cabizbajoUna cosa es andar. Otra diferente es mirarse andar. Observar como los pies se relevan continuamente en su posición, es una especie de obsesión geométrica. Una actitud introspectiva. Mientras caminas no puedes ver hacia donde avanzas o retrocedes. Una espiral capaz de arrastrarme hacia el trance hipnótico. Es algo similar al autorretrato en el que figura el retratista en un espejo, y la imagen se reproduce cada vez más pequeña evocando el concepto de infinito. Las manos en los bolsillos. La vista hacia el suelo. Camino pensando en ti y cuidando al mismo tiempo de no pisar las rayas. Avanzo en la noche cerrada como un invidente, porque la noche realmente está en mí. Son dos indicios de una mente obsesiva. Jugando a no pisar lo negro, como de pequeños, mantengo un ejercicio gráfico imaginario de bordillos y aceras. Sin poder ver hacia donde voy o retrocedo, con qué o quien puedo tropezar, dónde y cómo me pueden atropellar. No es mi culpa. Es del español. El español es un idioma introspectivo lleno de reiteraciones, dobles negaciones y cuádruples redundancias que llegan al propio vocabulario. Vocablos como medioambiental, contigo, ensimismado, etcetera. Mi cabeza se ha llenado de bucles, no en el pelo sino en las ideas. Solo puedo mirarme andar.

Sombra-Cabizbajo

Baches

Baches

Atornillados al pavimento hay unos baches de goma para que los coches reduzcan la marcha. Mis hijos van en el asiento trasero. Alex en su silla infantil a la derecha clava su mirada en la mía a través del retrovisor. Está serio. Entonces yo grito.

– ¡¡¡Cuidado hijos míos!!! ¡¡¡Nos atacan, bajad la cabeza!!!

Empiezo a dar volantazos de un lado a otro y al pisar los baches a considerable velocidad se oye un ruido tremendo en mi coche como si nos disparasen. Las niñas me siguen la broma y piden socorro entre gritos y risas pero Alex agacha la cabeza y mi mujer trata de hacerse oír más que los ruidos y las chicas diciéndome. 

-¡¡Vale!! ¡¡Para ya!! ¡¡No seas gamberro, que es peligroso!!

Yo no le hago caso y sigo dando golpes de volante y los baches hacen clonc, clonc, clonc, clonc, como si las bombas explotasen cerca del coche y yo las esquivase con mis curvas. Las niñas gritan con todas sus fuerzas y se ríen empujándose hacia los lados con cada curva. Alex está casi llorando pero se da cuenta de que todo es un juego y se ríe con los ojos lacrimosos. Mi mujer me llama al orden con gritos más agudos y todos los demás nos carcajeamos. Llegamos al stop. Me detengo y un coche se pone a nuestro lado. El matrimonio que ocupa un todoterreno nos mira con gesto de censura. Mi mujer les da la razón y aunque el coche está detenido los chicos siguen alborotando. Alex me sonríe desde el retrovisor. Mi mujer sintetiza la escena:

-Qué loco estás.

Alex dice:

– Qué chulo, Papi.

Y sigue mirándome desde el retrovisor.

Frases y reflexiones sueltas para una Filosofía Antipositiva

Estoy aburrido de frasecitas estomagantes «positive thinking» en contra del miedo. ¿Es que todo el mundo lee las mismas chorradas?

 

Sin miedo la vida es demasiado simple. Tened siempre bastante miedo. Si no tenéis motivos, echaos a temblar.

Se acercan las primeras curvas.  Me falta mucho miedo para tanto peligro como viene.

¿Avanza el peligro o avanza el miedo?

 

Los miedos nos identifican más que las alegrías y que las esperanzas. Son más constantes, más nobles. Los conocemos al nacer, vamos mejorando en conocimiento mutuo con los años, lo que no siempre sucede entre los esposos.

Al final de la vida, nuestros miedos son los únicos que nos acompañan hasta el otro mundo. Todos los que nos lloran, sin embargo, se quedan, no se mueren con nosotros para acompañarnos, los muy falsos. Sin embargo el miedo no es hipócrita. Es el más sincero y espontáneo de nuestros sentimientos.


Todos los humanos formamos la miedosfera, que tenemos el deber de cuidar para que generaciones venideras hereden nuestros miedos.


Una nación es un conjunto de seres que comparten los mismos miedos.

El miedo me da cobijo y seguridad. Si perdemos el miedo, ¿qué nos queda?

 

Vamos a devenir en una mayéutica diacrónica del miedo en sí y para sí, pero no por sí. La miedosfera avanza.

 

El miedo nos diferencia de la materia en sí y por sí.

 

Dejadme tranquilo con mis miedos

(Heinrich Brossen Tallernauer, el filósofo del miedo).

El agua

El agua

venecia(borrador de un fragmento) (o fragmento de un borrador).

Fue el día gris en el que celebramos la boda de Carmina, la sobrina que trabajaba de relaciones públicas de un hotel, creo recordar. Estaba distraído pensando en las noticias del día. Algo había pasado, no recuerdo qué. También estaba preocupado por lo difícil que se estaba poniendo ejercer mi profesión de controlador aéreo . Y ese era precisamente el problema. Estaba demasiado distraído para ese trabajo. Mi responsabilidad era demasiado grande.Mientras caminaba, miraba a la gente sin fijarme en nadie. En un escaparate había uno de esos maniquíes que hablan. Se proyecta sobre su cara una película con un rostro parlante y el efecto es algo extraño. El maniquí parece estar vivo. Pero ese truco era ya muy viejo. Simplemente me puse en aquel escaparate para seguir pensando, por no pararme en medio de una acera. Yo seguía con mis pensamientos. El maniquí dejó de gesticular. La gente se fue y yo seguía allí, cavilando y solo junto al vidrio que me separaba del muñeco parlanchín. Sonreía estúpidamente. Como si empezáramos a simpatizar. Yo le sonreí también. Sonreír es bueno. No es malo… Es bueno sonreír.
Algo me despertó. Un poco de frío en los pies. Miré y vi que se había formado un charco que yo estaba empapando mis zapatos. Por un momento creí que me había orinado encima, no sé por qué. Seguí caminando. Con las manos en los bolsillos de mi traje gris. Pero el charquito se agrandaba avanzando más que yo. Me paré a mirar hacia atrás y entonces me di cuenta de que la calle estaba desierta y cubierta de una uniforme capa de agua, de unos dos centímetros. Eso me recordaba la primera vez que fui a Venecia. Toda la plaza de San Marcos estaba inundada, algo que allí se acepta con naturalidad. Yo no sé si es muy normal que yo viva esto en esta ciudad de secano y lo contemple con apatía, como un veneciano, pero después de todo, ¿qué podía yo hacer? Solo seguir andando con las manos en los bolsillos y pensar en las noticias y en mi trabajo, en el que tanto me estaba distrayendo. Ahora sí que estaba parado en mitad de la calle, mirando alrededor. Todo vacío. No estaba claro de dónde salía el agua. No notaba que hubiera corriente alguna. Sin embargo , sí que me entró una soledad sobrecogedora y magnifica. Vi un banco con una paloma encima y, pese a llevar el traje impecable, me dirigí hacia él arrastrando los pasos por el estanque que ya tendría unos diez centímetros de agua, para poner los pies en el asiento y apoyarme en el borde del respaldo. La paloma se fue batiendo alas, claro, y la seguí con la vista hasta que la perdí. Busqué mi tabaco mientras me relajaba a medida que el agua iba transformando aquella avenida. Pero no llevaba cigarrillos encima. Estaba tan aturdido… Creo que en general los días húmedos, o de bajas presiones en lo meteorológico, me afectan. Alteran mi salud y mi estado de ánimo. Aunque no había visto llover ese día. ¿O sí? Lamenté profundamente no llevar tabaco encima. Estuve recordando la boda de Carmina. Tenía una duda. ¿Quien era Carmina? No recordaba bien si era la mayor de las chicas de mi hermana o si era una prima mía. Todo estaba confuso. Había ido a la iglesia y… Algunas iglesias tienen ese tipo de altares que detesto, llenos de estatuas de madera con columnas jónicas pintadas de un color dorado oscuro. Son retablos tristes, aburridos. Yo había llegado con el resto me mi familia, pero Nieves me pidió que fuera al coche para traerle el chupete del pequeño. De mi hijo. Por un momento no sabía qué niño necesitaba el chupete. Y no tenía claro dónde había dejado el coche. De pronto me pregunté si se le estarían mojando los bajos. La famosa tapa del delco. ¿Existiría la famosa tapa del delco? Quizás los coches modernos ya no tengan esa tapa o carezcan del delco ese. El agua parecía ya moverse un poco, hasta el punto de que hacía un bonito murmullo al salpicar junto a las patas del banco que estaba ocupando. Era normal que tanta agua en una ciudad tan abierta encontrase algún desnivel. Mi asiento era de madera, pero las patas eran de hierro. También los brazos. Sobre esos apoyacodos de hierro tuve que poner pronto mis pies porque el nivel del agua ya superaba el del asiento. Y yo todavía no había ido al coche a por el chupete o lo que fuese. Soy capaz de reaccionar y lo hice. Baje del banco y empecé a andar hacia las murallas árabes, con el agua por encima de las rodillas. Recordé que había una bajada un instante antes de caer por la escalinata cubierta de agua y verme nadando por ahi. Daba gusto hacer braza en aquella enorme piscina. Me preocupaba que mi mujer necesitaría el chupete para el niño. Y ver mi corbata mojada también me debió de molestar. Mis corbatas son de seda. Empecé a nadar y claro, recordé las noticias de la noche anterior. En Levante habían alcanzado los ventisiete grados en pleno mes de noviembre. ¡Veintisiete!  Seguí nadando aunque no era fácil, porque la corriente era cada vez mayor. De nuevo me quedé distraído como con el escaparate y me dejé llevar. Me daba todo igual. Cuando se evaporase toda ese lago ya volvería yo a  donde antes. El agua no estaba fría. Me puse a sonreír. Sonreír… Es como las cosas se arreglan. Sonriendo. Veo que el agua me arrastra en circulo. Hay un remolino en el centro de la plaza, como si hubiera un sumidero gigante. Será mejor que sonría. Espero que el maniquí me vea sonreír. Está lejos. Mi cara esta tirante… Me va a tragar el agua. Haré el gesto de sonreír mejor, que ya no sé cómo era, pero algo haré. Las mejillas están muy tensas como si la piel hubiera encogido. Hago un cierto esfuerzo por alargar mi boca hacia los lados. Como que soy como el maniquí, que en realidad mi cara no se mueve mientras la corriente me lleva. Sonreír es muy bueno. Las cosas mejoran. Y si el extraño desagüe me traga, quizá, sonriendo, no muera ni sienta nada. Ni frío ni calor. Me pregunto qué tal se estará en Levante ahora. Ayer salió en las noticias. Dijeron que había bastante gente tumbada al sol en las playas de Levante.