EN TIEMPOS DE CAMBIO.

EN TIEMPOS DE CAMBIO.

Aquella noche, como tantas otras, salí a contemplar desde la terraza el modo en que la noche suave recorría las calles y a encontrarme con mis reflexiones mirando las nubes. No es que tuviera nada contra las estrellas, pero en Madrid no se ven fácilmente, y mi vista tampoco era perfecta. Por eso me recreaba más en las nubes que en las estrellas. Sin embargo, no sabía qué pensamientos y emociones elegir. Me di cuenta de que tenía que definirme. Tanto entrenamiento zen de la conciencia, tanto eliminar los pensamientos negativos, tanto desbrozar el jardín de mi mente de las malas hierbas, tanta relajación, tanta visualización…

Puesta de sol sobre el terreno

Puesta de sol sobre el terreno

No sabía cuáles eran mis sentimientos. Los que tenía antes, o los que me había tratado de autoinculcar. Los viejos o los nuevos.. Me sentí a mitad de camino. Yo ya no era el de antes, pero todavía no era el futuro ser en el que me estaba transformando. Ni el doctor Jeckly ni Mr. Hide. Respiré profundamente la noche pero no supe si tenía que mirar la luna llena o anclar mi atención en la percepción del paso del aire por mi nariz, que por cierto, me estaba picando un poco.

(fragmento)

La última rendija

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Lo mejor que logro encontrar al final de una historia es un quién sabe si tal vez. Esta es la situación del hombre ante la existencia. Queda la esperanza. Una esperanza desesperada, pequeña y helada.  Más que un quizás es un difícil «nunca se sabe». Aferrarse a una falsa incertidumbre. Es una fe escasa, matizada, remota. Una mirada de párpados fruncidos.. Una confianza minúscula. Un débil hilo. El haz de luz atravesando la última rendija que queda antes de que la puerta se cierre del todo. Y quede la oscuridad muda.

Noche

Hoy la noche se siente lejana, como si nunca hubiera existido. Antes llena de significados y ahora no se muestra siquiera. No noto los ecos, no percibo los rumores. La oscuridad está vacía. ¿O es mi corazón?

La oscuridad o mi alma están ya ciegas.

Buenas noches.

Urgencias

Urgencias

Nada une tanto a dos desconocidos como la sala de espera de urgencias de pediatría de un hospital. Miras a otro padre y sabes exactamente lo que piensa él y él sabe cómo lo estás pasando tú. Nada que decir. Todo está dicho ya. Esperemos que no sea nada importante. Los dos estamos muy concentrados, como si pudiéramos cambiar los hechos con nuestros pensamientos. Quizás rezando. Enviando fuerza, cada uno a su hijo. Quizás tratando de sobornar al destino con promesas. «Si al final no pasa nada juro que haré por este crío… » ¡Lo que sea! Esos momentos en que no piensas en ti mismo, sino en otro, y si el otro es nada menos que tu hijo, deberían dejarnos suficiente huella como para, resuelto el problema, salir transformados. Como personas que han recordado qué era lo que de verdad les importaba: el amor de verdad. ¡Resulta que era eso! ImagenF4Ese momento de los padres y madres, o de hijos; ese silencio preocupado, lleno de significado, debería merecer el mayor respeto. Más aun que los fallecidos. Son seres humanos tropezándose, cara a cara, con las verdades de la vida. 

Mi selva

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Has brotado tú, en forma de maravilla. Como las fuentes, como las selvas. Igual que me gusta beber, o escuchar música alterando mi ánimo, igual me gusta mirarte. Me emborracha. Noto que algo me está volviendo más y más tonto aún de lo que ya era, y son tus labios, tu voz y tus ojos. No me importa quedarme así. Mirarte vale la pena.