Distraerse

La distracción es un estado de aburrimiento latente. Distraerse es peor que aburrirse. Te mantiene inactivo y conforme con una situación de desaprovechameinto y apatía soterrada.

Crónicas desde el firmamento, otra vez.

Hace mucho ya que no os cuento nada nuevo sobre mi experiencia de muerto. Os pido perdón por teneros tan descuidados. Cuando se tiene por delante una eternidad, el tiempo pasa volando. Bueno, no. La verdad es que estaba exagerando. Pero ya me entendéis. Basta que te sobre tiempo para que vayas dejando lo que tienes que hacer para otro día, y luego otro y así hasta el final de los tiempos.

Yo estoy bastante resignado a estar por aquí en el cielo, o lo que sea esto. A ver: un cachondeo continuo, no es que sea. Pero tampoco tienes grandes motivos de preocupación. Ahora mismo, en el mundo terrenal, los españoles estáis todos agobiados con la declaración de la renta. Oye, pues aquí estamos todos exentos. Esto, por ejemplo, mola. Así que estar en el cielo tiene también cosas que no están mal.cartas-espanolas
Hay un alma amiga mía, una que he conocido aquí, que está todo el día pendiente de casi todos vosotros. Le quería mucha gente en la Tierra, y claro: le rezan, le piden que cuide de ellos… De todo. Sin embargo de mí no se acuerda nadie. Eso de que no me recuerden parece malo, pero tiene la ventaja de que me aporta más tiempo libre. Os preguntaréis que para qué quiero más tiempo, ¿no? Bueno, todo es relativo. El otro día le dije que si quería, yo podría ayudarle y cuidar de alguien. Me dice el tío:
-¿Qué pasa? ¿Es que tú no tienes a nadie tuyo que te rece?
Yo le dije:
-Es que si hacemos deprisa tus tareas, podríamos jugar luego una partida al mus con otras almas.
¡Menudo muermo! ¡La cara que me puso! Me dice:
-Yo no sé qué haces tú por aquí…
-Pues pasar el rato. Qué otra cosa podría hacer…
De verdad que esto del cielo está mejor de lo que parece al principio. Pero no me integro.

BUENAS NOCHES, DUELE EL SUEÑO (de «El abrigo de banquero»)

BUENAS NOCHES, DUELE EL SUEÑO (de «El abrigo de banquero»)

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El sueño me hiere esta noche. Algunos recovecos en los sesos se resienten por el cansancio y porque me faltan de horas de dormir. He estado apunto de escribirte que la vigilia me dolía y que tu ausencia también. Pero no quiero entrar en este tipo actitudes de exaltación de la melancolía. Hace demasiado calor. El cerebro no funciona bien así, y con alcohol tampoco. He estado tentado de adornarme esta noche con una prosa más alambicada, y redicha, demostrarte mis habilidades, si las hubiera… Pero dar volteretas, como aprendí bien de pequeño, no me servirá para conquistar más que el ridículo. Tampoco la sinceridad es útil y por eso no voy a hacer más exhibición de mis penas, porque yo no necesito llegar a tu corazón, sino quedarme con él. Permanecer en él, hasta que te mueras. No te daré más oportunidades de que arrugues mis males como un folio mal escrito. Lo mejor será fumar y dar sorbos a mi copa. Aunque no me encuentre contigo, sé que, al menos,  estoy tropezando con aquel que tenía veinte años. Todavía soñador. Todavía loco…

La diferencia es que ahora puedo vivir sin pensar en ti. Y sin penar por ti. Quiero decir, en general, puedo poner tu recuerdo al margen, y quiero aclarar lo de «en general», porque en este momento no. Ahora mismo es totalmente imposible. Ahora mi mente sólo se ocupa de desentrañar tus misterios. Trato de no lanzarme a marcar tu número de teléfono. En este instante, sostengo una copa corta, seca y fuerte en mis manos y te hago un homenaje pensativo, viendo como el humo de tabaco se diluye en el aire y mis neuronas también, en un intento desaforado de sentir que estás aquí. Estoy absorto en encontrar la piezas de ti que me faltan para poder comprenderte. Algo que, no sé porqué, pienso que se haya enredado en tu melena y en el brillo de tus ojos. Ojos que, como esta copa, me queman un poco, pero me producen un deleite especial.

Pero pronto me dormiré y mañana, las heridas que hoy me estoy lamiendo, habrán dejado de existir.

Buenas noches.

tallerderelatos@gmail.com

Siempre el silencio

Siempre el silencio

Es difícil luchar contra el silencio porque en cuanto dejas de chillar te planta cara. Es inagotable. Persistente. Cruza los brazos y te mira, más alto y fuerte que tú, que yo y que todos. No te deja avanzar. No te deja pasar. Viene del enorme vacío, ese tan famoso, del que pende el planeta y que todo lo envuelve. Esa falsa quietud, esa inmensidad insonora. Vivimos protegiéndonos del silencio en la rendijas del mundo, como los insectos y las cucarachas. Fuera de las grietas que habitamos está la ausencia más densa y pesada. El hueco más vasto y espeso. El vano gigante. Un abismo infinito. La selva  inmaterial. Chillar, hablar, comunicarse es como querer empujar las olas hacia la mar. La comunicación solo son falsas palabras dibujadas en el agua. 

Pero escribir es una actividad sorda y significativa. Solo escribir agota los mutismos. Las palabras se empapan con lo silencios y los absorben. Escribiendo no solo me libro del estruendo callado sin desgastar mi garganta. Es que me burlo de él. Si quieres refugiarte de tu existencia minúscula ante una realidad imponente, indiferente, implacable y muda, siéntate a mi lado. Ponte conmigo y empieza a escribir.

tallerderelatos@gmail.com

La llegada

Mi suegro y yo formábamos una gran pareja. No me refiero a ningún deporte, ni para jugar al mus, ni ninguna cosa así. Ni hablar de eso. Para tales actividades seríamos claramente discordantes. En realidad había una incompatibilidad, nada latente, sino bien patente y clara, aunque atenuada por la pertenencia a la familia y por el trato aceptablemente correcto que siempre ha de haber entre suegro y yerno. Pero precisamente, gracias a esta incompatibilidad, éramos una pareja perfecta… pero para la comedia. Él era un hombre enérgico, de modales recios y orientado a los detalles, empeñado siempre en marcar su territorio e imponer su criterio. Desde siempre, todo el mundo lo había visto como una persona extraordinariamente organizada, hasta para las cosas más simples. Su sentido del orden le venía tanto de su propia naturaleza mental, como de las tradiciones heredadas de sus muchos antecesores militares. Con la edad, había añadido la meticulosidad de los mayores, que por sus dificultades e inseguridades, se esfuerzan especialmente en que se observen las reglas, los horarios y en que las cosas ocupen el lugar que les corresponda.
En contrapartida, yo era un hombre alargado e inhibido, un poco cargado de espaldas. Mi timidez, a veces, me hacía parecer un bobo grande. Y otras veces me hacían parecer un bobo grande otras cosas, y no solo mi timidez. Mi manera de ser, abierto a escuchar, generaba una situación de protagonismo total por su parte en las conversaciones, ya que él era todo lo contrario. Me llamaba cariñosamente «niño», más a mí que a mis hijos, y yo me imaginaba que en realidad, pese al aprecio mutuo, despreciaba mi modo de ser despistado y que mi descuido le irritaba por dentro y que tenía que hacer esfuerzos en determinadas ocasiones para no hacérmelo notar. Él creía que sólo podía existir una única manera correcta de hacer cada cosa. Y yo pensaba que si ya se había demostrado que algo se hacía bien de un modo … ¿Qué interés podría haber en repetirlo?

Curiosamente, solíamos estar de acuerdo en todo, pero era como si llegásemos a las mismas conclusiones desde itinerarios opuestos. Por muy agradable que quisiera ser mi suegro, yo jamás me encontraba totalmente cómodo en su casa. Y es que más tarde o más temprano, mi atención se descuidaba, e infringía algún horario o norma no escrita, o algún cuidado que a él pudiera parecerle fundamental.

Aquel día, al llegar a su apartamento de la playa con toda mi familia, mis suegros me saludaron cordialmente.

-¡Hola, Marquitos! ¿Qué tal ha ido el viaje?

A los dos minutos yo fui al cuarto de baño, después del largo viaje en coche. Eché el pestillo, y pude observar que no funcionaba y que la puerta se quedaba abierta. No le di importancia ya que el baño estaba dentro de nuestro dormitorio, en realidad el de mis suegros, que siempre nos lo cedían amablemente cuando íbamos por allí. A los pocos minutos salí después de lavarme, y toda la familia, mi suegra incluida, estaban en animada charla con mi mujer de pié, al lado de la cama de matrimonio y toda la «maletada» bloqueaba el paso. Entonces mi hijo pequeño fue a meterse en aquel cuarto de baño, y no sé por qué todavía, pero vio que no se podía abrir.hqdefault
-¿Quién ha cerrado esta puerta por dentro?
Todas las miradas, incluidas las de mi mujer y mi suegro, se dirigieron hacia mí.
-¡Qué raro!- dije yo -Precisamente no pude cerrar la puerta. No entiendo lo que ha pasado. ¿Ahora no se puede abrir?
A los pocos segundos mi suegro apareció con un destornillador, en actitud de «ya que lo has hecho tú, ahora a ver cómo lo arreglas».

Tomé el destornillador y en uno instantes había desmontado la cerradura y abierto la puerta.
-Bueno, pues ya está solucionado el problema- dije.
-¡Muy bien, niño! -dijo él, ya mucho más contento.
-Pero no entiendo! Yo había entrado y no se podía cerrar…
Como tratando de reconstruir los hechos me metí en el cuarto de baño, mientras le iba diciendo a mi suegro:
-Simplemente entré, cerré la puerta -mi suegro quedó al otro lado- y luego al salir..
Y entonces di a la manivela para abrir la puerta. Pero como yo mismo la había desmontado, la puerta no se abrió. ¡Dios!
-¡Vaya!
-Niño, ¿qué pasa?. ¿No se abre la puerta?
-¡Pues no!
El silencio de mi suegro me pareció largo, pero seguramente duró solo un instante.
Noté que mi mujer se acercaba nerviosamente a la puerta del baño.
-¿Qué ha pasado?- muy alarmada llamó nerviosamente a la puerta con los nudillos, como si fuera yo que no quisiera salir -. ¡Marcos! ¡Marcos!
-Que se ha quedado encerrado- dijo mi suegro.
-¡Pues desmonta la cerradura! -le dijo a su padre.
-¡Es que ya está desmontada! ¿No lo ves? ¡Si la ha desmontado él!
Mi suegra se acercó también:
-Habrá que llamar a un cerrajero. ¡No lo vamos a dejar ahí,al pobre, en un cuarto de baño! ¡Con el hambre que tendrá!
-Pues hoy es fiesta. Uno de urgencias tendrá que ser…
-Anda, que casi no cobran…
-Papi. ¿No puedes salir?
Mis hijas mayores también se acercaron.
-Papá, ¿por qué te pones a hacer cosas con las cerraduras cuando vamos a comer?
-Va a haber que romper la puerta, porque si no, imposible.
De pronto, la puerta se abrió, gracias a que mi suegro había hurgado con sus alicates en las tripas de la cerradura.
Al abrir la puerta, allí estaba él, con una expresión en la cara, mitad de cabreo y mitad de alivio. Yo, sin poderlo evitar, rompí a reír a carcajada limpia y él solo suspiró y dijo:
-¡Menos mal!
-¿Podemos poner aquí alguna cinta adhesiva para que nadie más toque esta cerradura hasta que se arregle? – propuse entre risas

En centésimas de segundo, mi organizado suegro me dio un trozo de cinta aislante con la que fijar ese «pestillo trampa», y salió del dormitorio con la barbilla hincada en el pecho, como si fuera a embestir al primero que viera. Mi mujer me fulminó con la mirada mientras yo seguía riéndome hasta que me dijo:
-Desde luego. Acabas de llegar y ya la has montado. ¡Estarás contento! No has tardado ni cinco minutos. Eres un desastre. ¡No sé cómo te las arreglas!

-¡Ni yo!

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