por enriquebrossa | 17 17+00:00 Feb 17+00:00 2019 | LIBROSSIANO, Reflexiones
AYER TUVE UN MOMENTO DE ESCRITURA EXPERIMENTAL
He salido de casa andando. Me pregunto por qué, si yo voy a todos los sitios en coche. Pero esta vez no. El día estaba gris. Hay un insistente golpeteo lejano. Seguramente alguna obra en un piso de la calle. Luego casi me ha atropellado un niño con un patinete. Me caen bien los niños, pero este no se ha disculpado. Se embalan cuesta abajo y algún día…
Y me pregunto que si todo estaba tan gris, ¿por qué saldría yo andando? Amenazaba la lluvia… No sé, me dio por andar.
Y anduve. Cuesta arriba. Tampoco cansa tanto.
Esos críos… Qué poco respeto.
El día estaba tan oscuro… Y de fondo ese repiqueteo, como de tablones chocando, sin un ritmo determinado. Sin un sentido. Como yo. Caminando cuesta arriba. Qué raro.
Avanzaba hacia mí un señor con un perro. Me quedé pensando en lo que ensucian los perros. Detesto esa zona de los muros, cuando se encuentran con el pavimento de la acera. Realmente mugriento, asqueroso. Qué cantidad de bacterias habrá por allí. Un niño que baje en patinete se cae y si se hace sangre junto a esos recovecos… Mejor levantar la vista. Mirar el cielo.
Aunque realmente el cielo…
Está muy gris. Da miedo. Tenía que haber salido en coche. Mejor no mirar el cielo, con semejante día. Siento que se apoya sobre mi espalda. El cielo puede ser una carga muy pesada. Además si miro al cielo, puedo tropezar y caer. Sobre esa zona donde más manchan los perros. Y si un chaval baja corriendo en patinete y yo estoy mirando el cielo o el suelo…. Me atropellará. Van tan rápidos… Podría tirarme al suelo. Junto a esa zona infecta. ¿Se disculparía?
¡Qué más da!
Me crucé con aquel señor y con su animal. El ruido ese irregular de maderas chocando parece seguirme, por mucho que me aleje de la casa, se oye igual, con idéntica insistencia. No es estridente, pero sí molesto. Porque no tiene sentido. Se supone que con todo lo que ya llevaba andado no debería seguir oyendo eso. Todo el tiempo, toc toc. Toc toc. Y ese chico con el patinete…
Por fin llegué al parque. Quiero sentarme en un banco. Nunca lo hago. Por algún motivo no me doy permiso para sentarme en un banco. No me siento legitimado para sentarme en un banco. ¡Cuando me jubile! La cuesta arriba se acaba al llegar al parque. Hay un hombre tumbado en el banco. ¡No es posible! ¿Qué hace ese tipo ahí? Está sucio. Como los muros regados por los chuchos. Desconsideradamente.
Hay una gran ausencia general de consideración. Yo quería sentarme allí. Y estaba ese vagabundo. Ese impostor. Yo soy el verdadero vagabundo. No puedo sentarme en el columpio. Sería peor aún que sentarse en un banco sin estar jubilado. Sería absurdo. No puedo sentarme en un columpio.
Tanto andar para no llegar a ningún sitio. Para eso, mejor habría sido venir conduciendo. Aunque me da miedo atropellar a algún crío de esos que cruzan la calle en patinete.
Cómo estorba ese ruidito lejano. Toctoc, toctoc… Es desconsiderado hacer continuamente estos ruidos. Hay tantas cosas así… Comprendo que no puede haber en cada calle una zona para patinetes. Lo malo no son los patinetes. Lo malo es que no se disculpen por abalanzarse sobre ti… Toctoc, toctoc.
Tiene que haber otro banco.
Allí creo que está…
Me pregunto si realmente todo está cuesta arriba… O es por este día tan gris. Todo te cansa. Andas y andas y andas, y no recibes más que algún empujón que otro.
Veo otro banco y otro vagabundo. Qué mala suerte.
Quizás soy yo mismo, que me veo en todos los bancos, como falso vagabundo, como falso impostor…
No sé dónde estoy, no sé si hay banco, no sé si hay impostor. NO sé si hay pendiente o es el día gris. Lo único seguro es ese extraño ruido. Suave, remoto, que me sigue desde lejos como un ave carroñera al animal moribundo. Ese ruido que no está en ningún lugar.
Ahí sigue como un péndulo el pequeño asiento para que los párvulos se balanceen. Está oscilando de un modo extraño. Como si hubiera sentado sobre él un niño invisible. Miro por los alrededores creo ver junto a un seto un patinete, como ese del niño desconsiderado. Me acerco, pero me distraigo pensando en el ruido y luego ya no lo veo más.
Toctoc, toctoc.
Aveces quiero que realmente la energía fluya como antes en mí. Que el viento no me diluya. Que el agua no me hunda. Que el ruido no me lleve.Que mi conciencia no se llegue a desleir en el borrón gris del cielo. Que mis recuerdos no se confundan con mis pensamientos. En esos momentos de rebeldía contra la fuerza inercial de mis derrotas, quiero salir de la oscuridad y busco a tientas la vida. Y en esos momentos emerges tú ante mí, como mi única esperanza. Para conservar mi cordura y mi fuerza mental, tú, mujer, eres la luz de un puerto amigo. Cando tu imagen se abre paso en el desorden de mis ideas, olvido el ruido, y los cielos oscuros, y trato de atravesar la membrana viscosa que separa a la realidad de mi mundo sin voluntad y en disolución.
No es fácil. Todo está cuesta arriba. Pero si hablo mentalmente contigo, me olvido del cansancio y de la mancha gris en la que estoy sumergido.
Por fin me despierto.
No estaba caminando. Estoy sentado con desidia sobre un sillón en mi casa. Tengo un teléfono móvil haciendo un ruido irregular, toctoc, toctoc. Y siento una tristeza espesa.
Prefiero la peor pesadilla a un sueño extraño. Hasta en sueños me sé defender de los monstruos. Pero cómo defenderse del absurdo… si no lo es.
La tristeza está prohibida. Me la prohibo yo mismo. No me concedo el derecho a estar triste, hasta que me jubile, es como lo de sentarme en un banco. Lo mejor será salir a andar. Iré cuesta arriba. El esfuerzo me sacará de la apatía. Eso y pensar otra vez en ti.
por enriquebrossa | 17 17+00:00 Feb 17+00:00 2019 | Escribir, PUBLIRRELATO
La yerba es sagrada. El mar también. Y la lombriz.
La piedra y tú sois sagrados. Sí, tú eres sagrado. Hasta yo lo soy, aquí donde me ves.
La niebla es sagrada, como el balón de mi hijo, o su goma de borrar.
El pan, el vacío, y la luz.
Mi pensamiento y su risa; las carreteras, la hoja, los perros, la pena, y el sol.
Hay una absoluta sacralidad en cada cosa, ya sea viva o inanimada. En todo átomo, en las cumbres, en el magma, y en el peine de una prima del hombre que cruzó la calle.
Y en el agua, tanto la de la nieve, como la del charco que pisamos ayer.
Hay un explosión gigantesca de belleza en las piezas y en el todo. En tu inquietud, en su indiferencia, y en mi ira. En el barro y en la cal.
Escucha el silencio. Sumérgete. Maréate con él. Disuélvete en él.
Y no me digas más, te lo ruego, lo profundo que es el mar, ni qué hermosa es esa niña, o qué preciosa su mirada.
No exclames más, te lo pido por favor, qué grande es la luz o el color de las rosas.
Te han enseñado que la flor es bonita, y solo repites lo aprendido. Eso no tiene valor. No lo percibes de verdad y por eso no lo puedes transmitir.
Antes de escribir, siéntelo con atención. Respíralo. Has de parar el tiempo. .
Vuelve a descubrir la belleza de las cosas. Partiendo de la soledad. Partiendo de ti.
Enrique Brossa, Taller de Relatos.
Juntos aprendemos modestamente a escribir y a vivir.
Nuevos grupos en febrero
por enriquebrossa | 17 17+00:00 Feb 17+00:00 2019 | Fantasías y ensoñaciones, LIBROSSIANO
BORRADOR (SERIE CURSILERIAS PARA DAR LAS BUENAS NOCHES)
Podrías quizás tener un perro. Un perro bonito adorna a una mujer atractiva. Sí, sí, mejor que salir a correr, podrías tener una gran perro y salir esta noche los dos, el animal y su ama, a desafiar el viento y el frío. Tú con tu cabello largo y él con sus espesas lanas caninas. Estaría bien. Y estaría bien que yo necesitase fumar. Y que esta noche, yo fumando y tú paseando el perro, nos conociéramos por casualidad junto a un árbol, y conversásemos mientras tu perro regase un parterre. Acariciaría al animal y tú ya sabrías que estaba adorando al santo por la peana. Te ofrecería tabaco, y charlaríamos. Yo te preguntaría, ¿A qué horas sueles pasear tu perro? Y tú me dirías, ¿Y a qué hora sueles fumar tú? Tus ojos y dientes brillarían en la oscuridad y yo bajaría mi cabeza para poder verte por encima de mis gafas empañadas por la niebla suave. Te acompañaría a casa quizás, y como no sería normal pedirte el teléfono nada más haberte conocido, nos daríamos algunas pistas para el siguiente encuentro casual.
De vuelta a casa, con la alegría del simple, sacaría la mano del bolsillo del abrigo para arrancar cualquier hoja de un seto o de una yedra, y me sentiría tonto y feliz, a diferencia de como me siento ahora, tonto también pero infeliz, por estar soñando contigo, sin saber si existes. Seguiría camino a casa, arrancando hojas y partiéndolas nerviosamente en trocitos y sembrándolos por la acera. Estaría bien. Pero todo esto son fantasías imposibles que debí haber olvidado a los diecisiete. No voy a soñar más encuentros. Aunque… ¿Y si yo me comprara el perro? Por si acaso existieras.
por enriquebrossa | 17 17+00:00 Feb 17+00:00 2019 | LIBROSSIANO, Reflexiones
Has vuelto a hacer lo mismo.
A poner luto en mis ojos.
A dejar un eco de abatimiento y tristeza.
Sin respeto, ni por ti ni por mí.
Ni por los tesoros que debemos cuidar.
Ha soplado de nuevo
un vendaval de insolencia
de amargura y violencia.
De cólera egoísta, irracional.
Has dado un nuevo empujón..
Para convertir lo que pudo tener sentido
en una chapuza trivial.
Y no diste un solo paso hacia mí
para hablar, para escuchar.
Nuestra vida se he convertido
en un episodio suelto
Comprendo que eres así.
Lo acepto. Es tu realidad.
¿Pero qué comprendes tú?
Si no diste un solo paso hacia mí.
Para compartir, para cambiar.
Has vuelto a cerrar los ojos.
En tu cabeza no penetra una visión
que a ti te cueste asumir.
Tu explicación es un artefacto.
Con tu cólera fuera de cuadro.
Has vuelto a tapar tus oidos.
En tu mente solo se jalean
conveniencias y deseos
Mis palabras son serenas
Pero solo son ruido para ti.
Para mí lo son tus gritos.
No diste un solo paso hacia mí
Para la paz, para aceptar.
.
Nuestra habitación luce tus logros.
Tapizando suelos y paredes
Ocultando muchos vacíos.
Y el vació que te envuelve.
Y ahora sé que nada importa.
No importa de quién es la razón.
De quién el dolor.
De quien la traición y la culpa.
Ahora sé que no importa nada.
Porque no diste un solo paso hacia mí
por superar, para avanzar.
Te falta un sentimiento.
Una cuerda vocal
no te vibra al hablar
Un músculo tuyo no está
donde debería estar.
Gestionas situaciones.
no emociones.
Con estallidos.
Sin miramientos.
No se puede amar sin amar.
Sin escuchar, ni querer.
Sin valorar, ni valer.
Útil para acompañarte al llegar
y para seguirte al volver
hallarás un nuevo idiota
al que tendrás que comprar.
Porque no diste un solo paso real.
Lo tuyo es perder o ganar
Aquí no acaba un relato
que guardar en la memoria
Cuando te oigo, percibo
el final de un simulacro.
Epílogo de una no-historia.
por enriquebrossa | 15 15+00:00 Feb 15+00:00 2019 | LIBROSSIANO, Reflexiones
Hay un estado que podemos llamar serenidad. Suena muy bien. Se asocia a un tipo de plenitud espiritual y sabiduría. Es eso que hay que mantener en momento de peligro. Lo que nos previene de los cambios de estado de ánimo que pueden provocarnos otras personas o factores externos. Existe otro estado parecido llamado tranquilidad, que sin embargo tiene mala prensa. Cuando lo referimos a una persona, frecuentemente lo asociamos a una cierta falta de interés, o de capacidad de reacción, como si estuviera cerca de la abulia o de la apatía. Hay un estado de alerta, que puede ser interesante, ya que implica un grado alto de atención. No obstante las personas que viven en permanente estado de alerta bordean el estrés y lo transmiten otros. En el lado opuesto están el temor y el miedo. El miedo es imprescindible para la supervivencia. No me refiero para reaccionar ante el enemigo, no. El miedo es imprescindible para la supervivencia de todos los cantamañanas que dan consejos a los demás sobre el miedo por un módico precio. Esos que te dicen, que debes vencer el miedo, que el miedo es tu enemigo, tienes que vivir sin miedo… Esos rollos baratos son toda una industria, porque aproximadamente el 50% de la población actual de los países desarrollados pretende vivir de dar consejos al otro 50% y solo se saben lo de los miedos y lo de la zona de confort. LLevan con eso unos veinte años y ya nos lo sabemos todos, pero por lo visto sigue funcionando. Por lo demás, el miedo es una sensación de peligro que te hace generar estados de alarma necesarios o útiles para superar los peligros, cuando los peligros son reales y concretos. De alarma, no de alerta. Si estos estados de alarma no son respecto a peligros concretos como un león, o una reunión de copropietarios, sino sobre algo inconcreto y continuo, como el futuro, se califica como algo patológico: estrés y ansiedad. A todos los tipos de miedo que superen un alto nivel de alarma tenemos que llamarles pánico. El pánico está al extremo de este gradiente o escala que hemos descrito. No tiene sentido hablar redundantemente de enorme pánico, en general, aunque lo digamos con frecuencia, porque si es pánico, es ya enorme. En principio, tampoco tiene sentido hablar de pánico pequeño, por el mismo motivo. Si es pánico,no es pequeño. El terror es algo que está presente en realidades y relatos presididos por expectativas inmediatas de muerte no producidas por la enfermedad sino en circunstancias difíciles de aceptar como normales, ya sea por la acción de un monstruo o de un aserradero.
Bueno. ¿Y qué? ¿A dónde quiero llegar con todo esto?
He vuelto a sentirlo. Estoy tranquilo. Estoy sereno. Pero he vuelto a oír tambores de guerra muy distantes. Siento como un pánico ligero, casi nimio, remoto. Sí, ya sé que estoy contradiciendo lo que acabo de explicar pero es lo que siento. Un pánico alejado y leve… Como el anuncio de una guerra en un territorio vecino, distante, pero que parece querer traspasar la frontera y dirigirse hacia mí. Lo presiento. El mal me acecha. El infortunio me está rastreando y sus tropas de infantería vienen despacio, a pie. Andan buscándome para cercarme antes de hacerme preso o hasta eliminarme. Creo que no es miedo, sino pánico… pero muy pequeño. Amortiguado. Un pánico más pequeño aún que el propio miedo leve. Yo estoy tan pancho, porque realmente no me pasa nada. Están perfectas mis funciones gástricas e intestinales. Acaso mi corazón ande agitado por eso, pero no lo creo: será por mis cuatro cafés diarios. Estoy muy bien. Pero lo que sí que tengo es un pánico chiquitín, de nada. Un terror del tamaño de una anchoa o menor. Como media anchoilla, o un tercio de anchoilla esmirriada. Eso no es miedo ni es nada. Pero lo oigo… Ese redoble de tambores que lleva años persiguiéndome. Creí haberme acostumbrado a él y puedo ignorarlo, ningunearlo, seguir siendo feliz no haciéndole caso, pero yo diría que ahora lo acuso más que otras veces… Precisamente ahora. Y hoy, domingo, ¿dónde encuentro yo algún charlatán de guardia que me explique cómo superar un pánico leve? Antes de que la lombriz se convierta en tiburón o en boa constrictor gigante, necesito un rearme mental y eso solo se consigue remunerando con cien euros a algún gilipollas.
Y lo trágico es saber que en el fondo, mi peculiar acúfeno de tambores y arcabuceros lejanos desaparecería si pudiera darte ese abrazo que quizás tú necesites más que yo. Si cabe.