por enriquebrossa | 22 22+00:00 Feb 22+00:00 2019 | Reflexiones
Hace unos días vi un documental sobre pintores surrealistas. Creo que duró unos cuarenta minutos. Nombraron quizás a unos cuarenta artistas y de todos dijeron que eran fabulosos. Hasta que llegaron a Dalí. Dijeron que era un falso surrealista, que no era bueno, «aunque dibujaba bien», que no era original -con la «orginalidad» que disfrutamos desde hace 100 años que llevamos de manchar lienzos, que ya ni provoca escándalo. Se metieron con su vida sexual, le atribuyeron mil traumas personales… Lo despreciaron sin piedad. Pero lo más sorprendente es que hablaron más tiempo de él que de nadie. Quizás le dedicaron unos diez minutos de los cuarenta y usaron los treinta minutos restantes para mencionar a todos los otros.
Estas cosas llenan mi cabeza de preguntas:
¿Por qué hay que hablar de alguien si supuestamente no vale nada y no tiene ningún interés?
Y además, ¿por qué hay que hablar durante tanto tiempo? ¿No estaba tan claro que era malísimo?
Modestamente daré mi opinión. Creo que el problema del autor del documental con Dalí no es que éste no le guste a él sino que sí que le gustaba a mucha gente. O a todo el mundo. Su genialidad era clara y eso impide que algunos puedan «explicarnos» el arte, como quien descifra algo oscuro convocando a los espíritus. No hay intermediarios posibles entre un cuadro de Dalí y la emoción de los que lo contemplan. Pocos pintores logran eso. El mensaje del documental es: atención, señores. Que nadie se fije en Dali, que Dalí es muy malo. Pues eso desde luego, sí que es surrealista y freudiano. Qué gran reconocimiento implícito. A algunas calles de Cataluña les están quitando el nombre de Dalí, dado que no era precisamente separatista. Quizás pondrán ahora el nombre de Tardá o Rufián, o Mas o al otro, el del análisis del ADN. Quo vadis, Cataluña?
Pero no creo que su españolidad fuera el problema. Más bien su grandeza. Parece que algunas personas tienen una relación contradictoria con la gente a la que ¿no valoran? ¿o sí que la valoran y mucho? Están pendientes continuamente de ellos y su mayor esperanza es poder denigrarlos. Ahí están los llamados programas del corazón. Son un fenómeno parecido que consiste en destrozar la intimidad y la dignidad de alguien por el mero hecho de ser conocido. Millones de personas se degradan viendo estos programas malsanos y miserables.
No es fácil ignorar a Dalí. Su narcisismo y sus bigotes velazqueños indignan a los mediocres. Como sucedió con otros grandes pintores, no solo sus cuadros, sino también su vida, y su personalidad fueron obras de arte. Su trabajo fue gigantesco, creativo y genial y no sé por qué a mucha gente le molesta. Por cierto, escribió poco, pero de maravilla. Leí unas palabras sobre su tierra que me encantaron. Y también un libro recopilatorio de frases suyas, a cual más brillante.
No, no es fácil ignorarle. Eso es una cruz para algunos críticos. Yo a los que disfrutan (o disfrutarían) viendo fracasar a las personas que valen más que ellos les daría un consejo: Si no te gusta Dalí, vive sin Dalí. Dalí vive perfectamente sin ti.
por enriquebrossa | 21 21+00:00 Feb 21+00:00 2019 | Reflexiones
Hay un estado que podemos llamar serenidad. Suena muy bien. Se asocia a un tipo de plenitud espiritual y sabiduría. Es eso que hay que mantener en momento de peligro. Lo que nos previene de los cambios de estado de ánimo que pueden provocarnos otras personas o factores externos. Otro parecido llamado tranquilidad, que sin embargo tiene mala prensa. Cuando nos referimos a una persona, frecuentemente lo asociamos a una cierta falta de interés, o de capacidad de reacción, como si estuviera cerca de la abulia o de la apatía. Hay un estado de alerta, que puede ser interesante, ya que implica un grado alto de atención. No obstante las personas que viven en permanente estado de alerta bordean el estrés y lo transmiten otros. En el lado opuesto están el temor y el miedo. El miedo es imprescindible para la supervivencia. No me refiero para reaccionar ante el enemigo, no. El miedo es imprescindible para la supervivencia de todos los cantamañanas que dan consejos a los demás sobre el miedo por un módico precio. Esos que te dicen, que debes vencer el miedo, que el miedo es tu enemigo, tienes que vivir sin miedo… Esos rollos baratos son toda una industria, porque aproximadamente el 50% de la población actual de los países desarrollados pretende vivir de dar consejos al otro 50% y solo se saben lo de los miedos y lo de la zona de confort. LLevan con eso unos veinte años y ya nos lo sabemos todos, pero por lo visto sigue funcionando. Por lo demás el miedo es una sensación de peligro que te hace generar estados de alarma necesarios o útiles para superar los peligros, cuando os peligros son reales y concretos. De alarma, no de alerta. Si estos estados de alarma no son respecto a peligros concretos como un león, o una reunión de copropietarios, sino sobre algo inconcreto y continuo, como el futuro, se califica como algo patológico y puede ser estrés y también ansiedad. A todos los tipos de miedo que superen un alto nivel de alarma tenemos que llamarles pánico. El pánico está al extremo de este gradiente o escala que hemos descrito. No tiene sentido hablar redundantemente de enorme pánico, en general, aunque lo digamos con frecuencia, porque si es pánico, es ya enorme. En principio, tampoco tiene sentido hablar de pánico pequeño, por el mismo motivo. Si es pánico,no es pequeño. El terror es algo que está presente en realidades y relatos presididos por expectativas inmediatas de muerte no producidas por la enfermedad sino en circunstancias difíciles de aceptar como normales, ya sea por la acción de un monstruo o de un aserradero.
¿Y qué? ¿A dónde quiero llegar con todo esto?
He vuelto a sentirlo. Estoy tranquilo. Estoy sereno. Pero he vuelto a oír tambores de guerra muy distantes. Siento como un pánico ligero, casi nimio, remoto. Sí, ya sé que estoy contradiciendo lo que acabo de explicar pero es lo que siento. Un pánico alejado y leve… Como el anuncio de una guerra en un territorio vecino, distante, pero que parece querer traspasar la frontera y dirigirse hacia mí. Lo presiento. El mal me acecha. El infortunio me está rastreando y sus tropas de infantería vienen despacio, a pie. Andan buscándome para cercarme antes de hacerme preso o hasta eliminarme. Creo que no es miedo, sino pánico… pero muy pequeño. Amortiguado. Un pánico más pequeño aún que el propio miedo leve. Yo estoy tan pancho, porque realmente no me pasa nada. Están perfectas mis funciones gástricas e intestinales. Acaso mi corazón arde agitado por eso, pero no lo creo: será por mis cuatro cafés diarios. Estoy muy bien. Pero lo que sí que tengo es un pánico chiquitín, de nada. Un terror del tamaño de una anchoa o menor. Como media anchoilla, o un tercio de anchoilla esmirriada. Eso no es miedo ni es nada. Pero lo oigo… Ese redoble de tambores que lleva años persiguiéndome. Creí haberme acostumbrado a él y que podía ignorarlo, ningunearlo, seguir siendo feliz no haciéndole caso, pero yo diría que ahora lo acuso más que otras veces… Precisamente ahora. Y hoy, domingo, ¿dónde encuentro yo algún charlatán de guardia que me explique cómo superar un pánico leve? Antes de que la lombriz se convierta en tiburón o en boa constrictor gigante, necesito un rearme mental y eso solo se consigue remunerando con cien euros a algún listo.
Y lo trágico es saber que en el fondo, mi peculiar acúfeno de tambores y arcabuceros lejanos desaparecería si pudiera darte ese abrazo que quizás tú necesites más que yo, si cabe.
por enriquebrossa | 21 21+00:00 Feb 21+00:00 2019 | Escribir
Creo que ya llevo todo un año sin hablar del género «miser» y por tanto me he ganado el derecho a reincidir. Tenéis que comprender que me divierte hacerlo y que a algunas personas les interesa el tema.
Ya he dicho antes que llamo género «miser» al que está compuesto por obras romántico-carnales baratas, valga la redundancia, en las que los personajes y el narrador compiten siempre con lo del «todo mi ser». Lo quería con todo su ser, la deseaba con todo mi ser», y siempre con el ser por todos lados.
También os he puesto otros ejemplos de vocabulario especial «miser». Un ejemplo claro eran los poros. El amor que destilaba por todos los «poros de su piel», Quise memorizar con mis besos cada poro de tu piel… Estas frases hay quien las encuentra románticas, pero yo percibo una imagen algo sucia, me recuerdan los poros de los adolescentes y los problemas de acné juvenil.
Todos los tópicos son ridículos. y muchas veces no los son solamente por demasiado por repetidos, sino porque ya nacieron así. Pero de esto ya habíamos hablado.
Entre las palabras que, aplicadas en el género folletinesco y a la narrativa romantiquera contemporánea, me producen flato, trastornos intestinales y otras reacciones adversas no deseadas, valga la redundancia, así como prurito en algunas zonas del cuerpo, está la familia «embriagar», «embriagada», «embriagador» y derivados.
Sus susurros me embriagaban. El néctar de sus labios la embriagaba. El aroma de su cuerpo era embriagador, la música lenta y la visión de sus pupilas la estaban embriagando lentamente y no le quedaban fuerzas sino para sucumbir…
¡Dios!
Me faltan adjetivos para ilustrar lo que todo esto me transmite. Decir anticuado es ser muy discreto. Cursi es muy poco. ¿Laxante? Real, pero se queda corto. Estomagante es demasiado incompleto. Vomitivo. puede ser. ¿Rancio?
A ver: sé que alguna de mis lectoras-escribidoras ha empleado este término más de una vez y no es mi intención molestarlas. Se preguntarán con motivo: ¿Quién soy yo para condenar un término perfectamente ubicado en el diccionario de la Real Academia Española? ¿Acaso soy lector de ese tipo de novelámenes? ¿Cómo tengo la desfachatez de meterme con esa manera de escribir, con las cifras que se despachan en Amazon de libros plagados de joyas así?
Bueno… Sin problemas. Tú sigue usando todo mi ser, los poros y el embriagador. No pasa nada. Tienes todo el derecho. Yo te ayudaré. Por ejemplo: añade en el momento culminante a una protagonista femenina que, tapándose los pechos con una sábana, espeta a su amante, que se está anudando la corbata.
-¡Leandro, eres un canalla!
Y no olvides buscar una imagen así para la tapa del libro. No dudo de que tiene su público. Y tampoco de que puedes tener claro que tu público es ése exactamente, el que compra esos libros. Yo eso lo respeto mucho, porque escribir es para algunos afortunados y afortunadas un oficio. Eres consciente de tu oficio y lo estás haciendo a propósito y al terminar la oración estás pensando en el número de unidades que lograrás vender con este texto, teniendo en cuenta la marcha de los anteriores. Lo que yo digo no es para ti, perdona que te haya ultrajado, como a las protagonistas de tus novelas, que tienden a estar siempre ultrajaditas, oye. Lo que digo es para esos escritores y escritoras que no son realmente conscientes de lo que están perpetrando. Que están convencidas de que lo están haciendo estupendamente. Y que tienen capacidad para darse cuenta, reírse de sus propios textos e intentar no caer en todos esos rollos. A todos ellos, que son capaces de sonreír y de concederme la razón. Se puede hacer de otro modo.
A los otros, suerte con el género miser:
- ¡Leandro, me has embriagado y has entrado en mi vida como un vendaval por todo «miser»! ¡Eres un bandido!
- ¡Ah! ¡Y por todos los poros de mi piel!
¡Dios!
No, si la verdad es que es muy bonito…
por enriquebrossa | 21 21+00:00 Feb 21+00:00 2019 | Reflexiones
Os he dicho muchas veces que me siento cristiano cultural y psicológicamente aunque sin demasiada fe. Es decir, que sufro de los condicionantes morales, pero no me reconforta la esperanza que la religión nos puede aportar.Tengo solo los inconvenientes de tener conciencia y ninguna de las ventajas. Eso es ser un «cristiano ateo», y estoy convencido de que somos muchos en el Sur de Europa.
La historia de Jesús me interesa. Un hombre del que nunca se ha dicho que hiciese algo malo, fue maltratado hasta la muerte. Lo normal, sin intoxicaciones ideológicas, es sentir pena por esa historia. Yo sé que se burlarán de mí todos los que se pasan la vida criticando a los obispos. Los obispos son personajes muy peculiares, desde luego. Pero no tienen la culpa de todo. O mejor, digamos que no tienen la culpa de nada o casi de nada hoy día. Criticamos siempre de modo sectario.
La vida de Jesús es enormemente interesante, seas creyente o no. La gente gritaba. ¡Crucifícale, crucifícale! Pilatos, que representaba al cruel y depravado invasor romano, demostró tener una pizca de vergüenza, más que la chusma. Más que la gente «corriente», que de pronto se apuntó a disfrutar con el linchamiento. El malvado Herodes tampoco quiso verse responsable de aquella muerte de cruz. La gentuza de la calle, sí. La gente normal fue decisiva. ¡Crucifícale, crucifícale! La gente normal es así. Le mataron ellos.
Yo creo que el cristianismo, o al menos el que yo entiendo, va sobre eso. Habla de sentir vergüenza de ser humanos por nuestra miseria moral. Aunque no esté de moda, yo quiero decir que estoy en favor de lo bueno frente a lo malo. Yo creo que es mejor el amor y que es una realidad evidente. Pero por desgracia no es lo que domina nuestras acciones, y mucho menos el mundo. Creo en la paz, sin ser pacifista, porque el pacifismo es una majadería ideológica falsa, como todos los mensajes escritos en pancartas. Sí, creo en la paz y creo en la compasión. Esa es religión cristiana. Sin compasión somos monstruosos.
La ignorancia es sádica, porque efectivamente veo en la violencia siempre miseria mental y cultural. La crítica a la Iglesia ahora ha dejado de interesarme. Me parece un tema anecdótico. Lo que me parece verdaderamente horrendo es la gente, o muchísima gente. La misma chusma, más de 2.000 años después nos andamos crucificando unos a otros cada día. A algunas personas no les gusta que hable de mis impresiones negativas respecto a muchas cosas. Quieren vivir en «un mundo feliz», con una sonrisa pintada en la cara, como dice la canción de Amaral. Es la «Nueva Era». El minimalismo neuronal. El pensamiento indoloro… Conmigo que no cuenten.
Otros quieren tener un monigote al que vapulear, ¡Crucificadle! Y convencernos de que el mal está en él en vez de en cada uno de nosotros. Denuncian a ciertos políticos, instituciones, ideas… son el mal… Lo mismo digo otra vez. Conmigo que no cuenten para esos aquelarres. Menos ideas plastificadas, menos críticas de manual. Un poco más de independencia individual, de criterio propio.
El cristianismo sigue hoy día hablando de conciencia, que es algo que necesitamos recuperar, también los no creyentes. Un diálogo interior. No culpabilidad. Conciencia sí. Pues yo creo que está bien que alguien nos la recuerde. Otros pensarán que no hay que ponerse nunca trascendental. Pues a mí sí que me apetece y creo que a muchos les vendría muy bien y que esta manera de pensar es beneficiosa para el mundo. Amor, compasión y conciencia. Dudo que sea posible instaurar eso en nuestras vidas, más que de modo parcial, pero estaría bien.
El anticlericalismo era muy moderno en el siglo XIX. Tiene gracia que yo defienda a la Iglesia actual. Realmente me parece un artefacto anacrónico, pero… a ver si vamos a insultar a los curas y adorar a Maduro. De todos modos yo no pretendo hablar de la Iglesia sino de la jauría humana (gran película) que me parece más importante. Más grave. Más preocupante. Más triste. Más necesario hablar de esto. Los escritores anglosajones miran con cierta superioridad a los católicos. Los protestantes no reconocen el sacramento de la confesión, y creen que uno se salva por la fe y no por las obras. En consecuencia, piensan que ellos no están tan sometidos al sentimiento de culpabilidad como los católicos. Pero tal como veo yo la vida de Jesús, trata precisamente de la culpabilidad. De la crueldad innecesaria de la gente corriente. De como llora Pedro, Judas… por su cobardía, por su traición. Humana, digna de la misericordia, pero triste. Porque la jauría humana abarca a todos. A los invasores, a las autoridades locales, a la chusma y a los propios apóstoles y partidarios. El cristianismo sirve para que efectivamente sintamos culpabilidad, y a mí me parece bien y mal a la vez. Sirve para que reflexionemos acerca del monstruo que todos llevamos dentro y tratemos de purgarlo de modo personal.
Y ahora no podemos hablar de eso, porque algunos presumen de agnósticos y creen que los que no lo son, es porque son idiotas. Todo eso ya me lo sé. Pero está anticuado. Ya he dicho que yo no creo. Ahora vosotros me venís a contar que el los papas fueron malos, que la religión mata, que la Iglesia siempre atesora riqueza y poder, que los Reyes Magos no existen, y que Papá Noel tampoco tenía en su trineo un reno volador. Y es verdad. Pero por muy cierto que sea, es una conversación para cuando tenía otros añitos. Somos adultos. Ya lo sabemos todos. Lo cierto es que la Iglesia ahora no es el origen del mal. Y además distingo entre la Iglesia y la filosofía humanista a la cual pertenecemos todos, aunque algunos no lo sepan. No me interesa criticar a los obispos. Puedo respetarlos.
Me interesa hablar de la condición humana y de la necesidad de buscar valores humanos, de los cuales, por cierto, ninguno de nosotros carecemos. Y hablar ahora de la Iglesia, cuando el género humano es lo que es… Dejemos de advertir que los Reyes Magos son los papás, que ya somos mayorcitos. Y seamos capaces de plantearnos también que las normas son imprescindibles, incluidas las morales. ¿De donde deberían emanar? Claramente, de la política no.
Mi conclusión personal. Admito nuestra tradición cultural cristiana. Tampoco puedo evitarlo, pero no lo intento. Con o sin fe. Precisamente la falta de fe, permite una actitud crítica muy útil para separar el grano de la paja.
por enriquebrossa | 21 21+00:00 Feb 21+00:00 2019 | Reflexiones
En aquel momento quiso flotar. Había estado caminando un rato. Desolado, triste, tratando de encontrar un sentido a las cosas. Sentía una cierta inclinación por la derrota. Se aflojó levemente la corbata y se alejó del coche sabiendo que el día estaba gris y que se pondría más gris aún. Quizá deseaba la lluvia. Quizás deseaba ahogarse. Caminaba, miraba… como quien trata de encontrar algo, pero no descubría nada que fuera suficiente para cambiar ni su humor ni su vida. ¿Dónde aparecería lo que estaba buscando? ¿Era el letrero de alguna tienda? Quizás un perro abandonado. ¿Podría ser una chica que le ayudase a arrancar un capítulo nuevo? ¿Una propuesta inesperada? ¿Un conflicto distinto?
El cielo estaba tan oscuro… Y comenzó a gotear. Pero él siguió cargando sobre su espalda cierta lástima por sí mismo, ya que no veía de qué modo las cosas podrían variar. La cara y el pelo ya estaban mojados. La corbata parecía ser de las que se estropeaban con el agua. ¿Qué más le daba?
Quizás debería entregarse a la bebida y morir algo más rápidamente… Beber, caminar bajo la lluvia y morir sobre un charco… Se percató de que tal muerte le parecía más dulce que trágica. Lo trágico era seguir viviendo.
Las nubes estaban imponentes al atardecer. Parecían el casco de acero de una flota de submarinos sumergidos en el cielo de Madrid. Pero realmente eran nubes y tan pronto dejaban pasar el sol como le regaban la cabeza. Pero él seguía alejándose del coche, aunque pensando en su paraguas abandonado en el asiento trasero. Allí estaba el paraguas.
La lluvia ya era intensa y le recordaba de modo impertinente que debía volver a la realidad y dejar de volar imaginariamente entre las gotas. Las chicas que salían de un colegio se ponían las carpetas sobre la cabeza para cruzar corriendo las calles. Los viejos se sujetaban el sombrero o la gorra. La gente se agolpaba bajo las marquesinas y se quedaban mirando su andar lento de caballo moribundo. Un camarero recogía los toldos y dejaba sin resguardo a unos peatones allí refugiados. Y cuando el agua ya manaba del cielo con rabia, empezó el verdadero aguacero. De los tejados chorreaban cataratas de un agua gris oscuro que rebotaba con fuerza de los aleros. Algunos coches paraban a un lado de la calle, porque se había convertido en un embalse. Los limpiaparabrisas no daban abasto para retirar el agua y dentro de cada auto, los hombres miraban con ojos igualmente intimidados y redondos que las mujeres y los niños por lo que parecía que era el principio de una inundación que llenaría la ciudad como si estuviera edificada dentro de un depósito, y se estaban temiendo llegar a ver el nivel del agua por encima de sus ventanillas. La tormenta era ruidosa por los chasquidos y latigazos que los chorros infligían sobre las aceras y las fachadas, pero de vez en cuando se escuchaba la voz de algún niño gritando, mamá, fíjate cómo llueve. Y mientras el caminante seguía impasible.
La lluvia arreció cuando él ya estaba empapado. En consecuencia, optó por decirse a sí mismo que eso no empeoraba dramáticamente las cosas. Se sentía patético y por algún extraño motivo, quería resistir así, permanecer patético. El mundo no le prestaba suficiente abrigo, pues el ignoraría al mundo, empezando por los fenómenos atmosféricos. Su traje y zapatos estaban ya arruinados y su triste figura siguió avanzando hasta que resbaló. Era imposible decir que se precipitó en un charco. Casi sería más apropiado contar que cayó sobre un estanque. El golpe le dolió. Se sentó sobre la acera notando el empuje del agua que circulaba cuesta abajo. Un matrimonio con un paraguas acudió a ayudarle. Pero él solo decía, estoy bien, estoy bien, hasta que casi enojado les dijo que podía levantarse solo, que le dejasen en paz.
El matrimonio se fue. Y siguió sentado empapándose.
Notó que lo miraban desde una cafetería extrañados. Se dijo que pensarían que era un loco. Y quizás acertaban.
Cada cierto tiempo alguien pasaba por ahí con un paraguas y le preguntaba si podían ayudarle. Otros, tal como estaba, decidían que era un marginado. Y a los marginados no se les ayuda nunca, porque se les ve ya instalados en su infortunio tan ricamente. Les dará igual. Solo sentimos mayor compasión algunas veces por los que no están tan mal. Quizás debía profundizar en eso… En lo de la derrota. De nuevo el alcohol le parecía la mejor idea.
Se hizo de noche y él, entre tanto, siguió sentado mirando hacia la leve cuesta arriba cómo brillaban las luces naranjas intermitentes de un cruce, sin poder decir en qué pensaba exactamente. Solo mojándose sentado en mitad de la acera. Los nubarrones no podían distinguir bien desde su altura a aquel hombre, oculto entre la tormenta y las sombras.
Le sobresaltó la voz de un policía:
Levantó la vista y vio al hombre uniformado. Subió las cejas, pensativo,sin saber qué responder.
-Me encuentro como siempre más o menos.
-Levántese, aquí se va a poner malo.
El policía llamó a su compañero que lo miraba apoyado en el volante del coche de policía. Este salió de mala gana. Entre los dos lo tomaron por los hombros:
-Venga, haga el favor, que aunque usted se quiera mojar, nosotros no.
Le pusieron de pie a la fuerza y se refugiaron en un portal que había al lado. Comenzaron a preguntarle dónde vivía, qué le había ocurrido, si estaba bien. Él se encogía de hombros…
-Este hombre no tiene pinta de haberse fumado nada.
-Déjenme. No estoy enfermo, ni drogado, y creo que… no tanto como loco, por ahora.
-Entonces, ¿qué le ha pasado?
Giró la cara como buscando hacia dónde seguir antes de responder:
-Nada. Que quiero flotar.
Hubo unos largos segundos de silencio, en los que los policías se miraron.
-Oiga, amigo. ¿Flotar? No flota, créame. ¿No será que usted en realidad lo que quiere no es flotar sino hundirse?
Él trató de sentarse de nuevo en el suelo pero se lo impidieron sujetándole otra vez.
-Vamos, levántese. ¿Qué le sucede?
-¿Quiere que le llevemos a su casa? -dijo el otro.
-¿Dónde vive? ¿Vive solo?
Los miró con calma y respondió.
-Llévenme a mi coche si quieren ayudarme, gracias.
-No. Olvídese un poco del coche, ya me dirá dónde lo tiene. O a su casa o a que un hospital le haga un reconocimiento.
Al dirigirse hacia el coche de policía se quedó mirando las gotas que, como pequeños brillantes, caían junto a los faros sin que nadie los recogiera y se subió al asiento trasero sin pensar en nada más.