por enriquebrossa | 16 16+00:00 Dic 16+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Relatos
(borrador de un fragmento) (o fragmento de un borrador).
Fue el día gris en el que celebramos la boda de Carmina, la sobrina que trabajaba de relaciones públicas de un hotel, creo recordar. Estaba distraído pensando en las noticias del día. Algo había pasado, no recuerdo qué. También estaba preocupado por lo difícil que se estaba poniendo ejercer mi profesión de controlador aéreo . Y ese era precisamente el problema. Estaba demasiado distraído para ese trabajo. Mi responsabilidad era demasiado grande.Mientras caminaba, miraba a la gente sin fijarme en nadie. En un escaparate había uno de esos maniquíes que hablan. Se proyecta sobre su cara una película con un rostro parlante y el efecto es algo extraño. El maniquí parece estar vivo. Pero ese truco era ya muy viejo. Simplemente me puse en aquel escaparate para seguir pensando, por no pararme en medio de una acera. Yo seguía con mis pensamientos. El maniquí dejó de gesticular. La gente se fue y yo seguía allí, cavilando y solo junto al vidrio que me separaba del muñeco parlanchín. Sonreía estúpidamente. Como si empezáramos a simpatizar. Yo le sonreí también. Sonreír es bueno. No es malo… Es bueno sonreír.
Algo me despertó. Un poco de frío en los pies. Miré y vi que se había formado un charco que yo estaba empapando mis zapatos. Por un momento creí que me había orinado encima, no sé por qué. Seguí caminando. Con las manos en los bolsillos de mi traje gris. Pero el charquito se agrandaba avanzando más que yo. Me paré a mirar hacia atrás y entonces me di cuenta de que la calle estaba desierta y cubierta de una uniforme capa de agua, de unos dos centímetros. Eso me recordaba la primera vez que fui a Venecia. Toda la plaza de San Marcos estaba inundada, algo que allí se acepta con naturalidad. Yo no sé si es muy normal que yo viva esto en esta ciudad de secano y lo contemple con apatía, como un veneciano, pero después de todo, ¿qué podía yo hacer? Solo seguir andando con las manos en los bolsillos y pensar en las noticias y en mi trabajo, en el que tanto me estaba distrayendo. Ahora sí que estaba parado en mitad de la calle, mirando alrededor. Todo vacío. No estaba claro de dónde salía el agua. No notaba que hubiera corriente alguna. Sin embargo , sí que me entró una soledad sobrecogedora y magnifica. Vi un banco con una paloma encima y, pese a llevar el traje impecable, me dirigí hacia él arrastrando los pasos por el estanque que ya tendría unos diez centímetros de agua, para poner los pies en el asiento y apoyarme en el borde del respaldo. La paloma se fue batiendo alas, claro, y la seguí con la vista hasta que la perdí. Busqué mi tabaco mientras me relajaba a medida que el agua iba transformando aquella avenida. Pero no llevaba cigarrillos encima. Estaba tan aturdido… Creo que en general los días húmedos, o de bajas presiones en lo meteorológico, me afectan. Alteran mi salud y mi estado de ánimo. Aunque no había visto llover ese día. ¿O sí? Lamenté profundamente no llevar tabaco encima. Estuve recordando la boda de Carmina. Tenía una duda. ¿Quien era Carmina? No recordaba bien si era la mayor de las chicas de mi hermana o si era una prima mía. Todo estaba confuso. Había ido a la iglesia y… Algunas iglesias tienen ese tipo de altares que detesto, llenos de estatuas de madera con columnas jónicas pintadas de un color dorado oscuro. Son retablos tristes, aburridos. Yo había llegado con el resto me mi familia, pero Nieves me pidió que fuera al coche para traerle el chupete del pequeño. De mi hijo. Por un momento no sabía qué niño necesitaba el chupete. Y no tenía claro dónde había dejado el coche. De pronto me pregunté si se le estarían mojando los bajos. La famosa tapa del delco. ¿Existiría la famosa tapa del delco? Quizás los coches modernos ya no tengan esa tapa o carezcan del delco ese. El agua parecía ya moverse un poco, hasta el punto de que hacía un bonito murmullo al salpicar junto a las patas del banco que estaba ocupando. Era normal que tanta agua en una ciudad tan abierta encontrase algún desnivel. Mi asiento era de madera, pero las patas eran de hierro. También los brazos. Sobre esos apoyacodos de hierro tuve que poner pronto mis pies porque el nivel del agua ya superaba el del asiento. Y yo todavía no había ido al coche a por el chupete o lo que fuese. Soy capaz de reaccionar y lo hice. Baje del banco y empecé a andar hacia las murallas árabes, con el agua por encima de las rodillas. Recordé que había una bajada un instante antes de caer por la escalinata cubierta de agua y verme nadando por ahi. Daba gusto hacer braza en aquella enorme piscina. Me preocupaba que mi mujer necesitaría el chupete para el niño. Y ver mi corbata mojada también me debió de molestar. Mis corbatas son de seda. Empecé a nadar y claro, recordé las noticias de la noche anterior. En Levante habían alcanzado los ventisiete grados en pleno mes de noviembre. ¡Veintisiete! Seguí nadando aunque no era fácil, porque la corriente era cada vez mayor. De nuevo me quedé distraído como con el escaparate y me dejé llevar. Me daba todo igual. Cuando se evaporase toda ese lago ya volvería yo a donde antes. El agua no estaba fría. Me puse a sonreír. Sonreír… Es como las cosas se arreglan. Sonriendo. Veo que el agua me arrastra en circulo. Hay un remolino en el centro de la plaza, como si hubiera un sumidero gigante. Será mejor que sonría. Espero que el maniquí me vea sonreír. Está lejos. Mi cara esta tirante… Me va a tragar el agua. Haré el gesto de sonreír mejor, que ya no sé cómo era, pero algo haré. Las mejillas están muy tensas como si la piel hubiera encogido. Hago un cierto esfuerzo por alargar mi boca hacia los lados. Como que soy como el maniquí, que en realidad mi cara no se mueve mientras la corriente me lleva. Sonreír es muy bueno. Las cosas mejoran. Y si el extraño desagüe me traga, quizá, sonriendo, no muera ni sienta nada. Ni frío ni calor. Me pregunto qué tal se estará en Levante ahora. Ayer salió en las noticias. Dijeron que había bastante gente tumbada al sol en las playas de Levante.
por enriquebrossa | 10 10+00:00 Dic 10+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Relatos
BORRADOR Y FRAGMENTO
Es dura la vida de un trapecista espeleólogo porque implica muchas contradicciones y paradojas.
Mi madre era una mujer rumana muy alta y muy fuerte. Trabajaba en el circo y era la mejor sobre el trapecio. Un trapecio es eso que sale en los circos que parece el palico de la jaula de un periquito. Pues desde ahí daba unas volteretas increibles en el aire. Era capaz de sujetar a un hombre que llegase volando desde otro trapecio y estando bocabajo los dos, lanzarlo cuando su columpio estaba de vuelta. Se la veía muy guapa desde lejos, quizás más que de cerca, y no es que fuera fea, no, pero claro, con esa especie de bañadores morados con lentejuelas que llevaba, se subía al trapecio y doblaba una rodilla, y quedaba muy así, la mujer, meciendo sus formas desde aquellas alturas tan peligrosas.
Como cuando se columpiaba sin manos ni pies, apoyada tan solo por el torso. ¡Vaya torso! En cambio, si te acercabas mucho, mi madre ya tenía un poco más cara de gorila, solo que con un moño rubio y alto. Era guapa, pero muy a su estilo. Como de carcelera en la Rumanía comunista, la imaginaba yo.
Un día mi padre, estaba haciendo la mili y fue con un compañero de regimiento al circo aprovechando que estaba de permiso en una ciudad que no era la suya y no sabía qué hacer. El primer día libre en cuatro meses, según contaba mi padre. Cuando su amigo y él vieron a mi madre saludar al público desde arriba se les disparó algún resorte y decidieron ir a verla a su camerino. Bueno, a su carromato. Su amigo le dijo que no tenía cojones de meterse
allí, y mi padre -que era muy valiente-, pues… ¡Para dentro! ¡Menudo era! La cogió medio en pelotas, pero no hizo más que verla y ella empezó a chillar, y un gitano que por allí andaba le pego, por la espalda, el muy desgraciado, un puñetazo en la cabeza a mi papá y otro en el ojo y luego, tras apearle del carro a hostias, lo dejó tirado junto a un remolque, bajo la mirada impertérrita de un león que, con aire aristocrático, movió el rabo y arqueó una ceja desde su jaula, mientras miraba el pateo propianado a mi padre. Mi madre se tapó un poco el pechamen con un trapo brillante que había por ahí, y protestó porque, aunque se soldado se hubiera metido en su furgón cuando se estaba desnudando, a lo mejor su intención era buena… Y salió a ver al recluta. El crío tendría dieciocho años y ella unos quince más. Le dió pena. Le hizo subir al furgón así como estaba ella, con el traje a medio poner y una especie de chal por encima. Mientras le curaba el ojo, empezaron a charlar. Le quitó la camisa para verle las patadas recién recibidas. A mi madre los musculitos no le impresionaban ya. Había mucho músculo en el circo. Pero se ve que le hizo gracia el crío.
-¡Ay qué locos sois los chicos! ¡Quién te mandaba a ti meterte aquí! -dijo mientras le limpiaba la ceja partida con la punta de un pañuelo mojado con saliva.
-Es que yo me meto por todo. ¿Sabe? Por eso voy a ser espeleólogo cuando acabe la mili. Me gusta penetrar en las cuevas y en todos los lados. ¡Y usted, qué carnes más prietas que tiene!
-¡Ahí va este! ¡Descarado! – y le apretó fuerte en la ceja como represalia.
Aquella noche mi mamá, con todo lo grande que era, se enamoró locamente, impresionada por la capacidad penetrativa de papá, el cuál, acabó metiéndome a mí en su tripa. Se casarón al cabo de tres meses, lo que no le valió para conseguir muchos permisos como recluta como pensaba él, pero es lo que hizo. Y antes de que acabase la mili, nací yo.
Mi madre, que no quería dejar el circo, le dijo a mi padre que podía hacer, por ejemplo, números de escapismo de esos en los que uno se mete en un cofre cargado de cadenas y camisas de fuerza y luego te tiran al agua con todo, pero al final sales vivo por lo general… Porque esos números pegaban más con el circo que la espeleología esa rara… Pero a mi padre, aunque lo probó un par de veces, eso no le gusto. Lo suyo era más meterse que sacarse, solía decir mi madre mirándome a mí, no sé por qué. Y él mismo se colocó de ayudante de un catedrático con el afán de arrastrase por todas las cuevas de la zona que le dejaran, que era lo suyo.
Mis papás, aunque luego fueron muy felices, estuvieron toda su vida discutiendo por mi culpa.
-Te digo que el chico va a ser espeleólogo como yo. No hay más que verlo.
-Qué va. ¡Es un artista, como su mamá! ¿No lo ves, que parece un mono? A salido a mí.
-En la cara sí. Pero su mente…
-¡Chorradas, Abelino! Éste en el trapecio hará filigranas con su madre -decía ella orgullosa.
Y a resultas de esto, yo salí como salí. Seguramente el único trapecista espeleólogo que haya existido hasta nuestros días. Ese soy yo.
Y bueno, pues lo que decía. Es dura la vida de un trapecista espeleólogo. Implica contradicciones y paradojas. Sí, ya lo creo: es difícil ser trapecista y espeleólogo a la vez. Siempre hay una cosa que te gusta más y otra que te exige más trabajo. Una te pide sacrificio y la otra quizá más entrega. En fin… Yo ya he explicado en algún sitio, que las líneas de la vida aveces son paralelas. Será porque yo también seré un poco lelo -¿lo captan?-. Pero he comprendido que todo es cuestión de fuerza de voluntad.
Todo el mundo necesita mucha fuerza de voluntad para tirar del carromato de su vida. Y yo necesito el doble de mucha. Y ya está. Esto es lo que hay. Y como lo he comprendido, me he puesto manos a la obra.
Debo unificar mis vocaciones, y hacer de ellas una sola, aunque con distintas facetas. Tratar de compaginar las dos cosas: el trapecio y las cuevas; los columpios y las grutas.
No necesité meterme en una gruta subterránea para darme cuenta de que, si casi no me podía mover ahí dentro, menos podía dar un doble salto mortal. De hecho, en las cuevas es raro encontrar dónde situar un trapecio. Frecuentemente me tengo que quitar el casco para poder meter la cabeza. Una vez lo hice y llegué a desesperarme, dado que estaba solo y luego no podía sacarla. Empecé a probar todo tipo de movimientos y giros, pero mi cabeza no salía de ahí. Estuve a punto de partirme el cuello. Recordé a mi padre. «Más de meterse que de sacarse». Fue muy agobiante el primer minuto, pero los noventa y tantos restantes que estuve allí, fueron mucho peores. ¡Cómo lo pasé de mal! Llegó un momento en el que decidí dejar de luchar y prepararme para una muerte horrenda. Sería de sed seguramente. O devorado por algún tipo de alimaña que me comería vivo. Me esforcé en no llorar para no desaprovechar el agua de mi cuerpo. Y e
mpecé a reflexionar. Nadie podría rescatarme. No cabía especulación posible sobre ese tema. El cerebro consume energía, sobre todo el mío, que tengo mucho, así que era mejor no pensar. Traté de dormir. Y hasta soñé, no sé si dormido o despierto. En mis onirismos estaba yo con mi chandal blanco recién lavado por mi mamá con detergente del bueno. Como era rumana, le gustaban estos atuendos como de patinador artístico de países del Este. Y me lanzaba desde mi trapecio a dar la vuelta en el aire quedando por un momento suspendido, entre los aplausos cerrados del público que chillaba al ver cómo, de pronto, me lanzaba contra una montaña, con cueva incluida, que había por allí y en la que nadie se había fijado aún. Me metía en la cueva volando ante el asombro del público que pensaba que me iba a romper mi nariz de gitano contra la roca. Luego soñé que al avanzar por la roca, poco a poco pero con esfuerzo, lograría alcanzar un bonito lago subterráneo dentro de una gran cavidad kárstica, iluminada con antorchas cuyas luces de
ocres y anaranjadas titilarían por todas las bóvedas y se reflejarían en las aguas tranquilas sobre las que volaría yo como Tarzán, de liana en liana. Sorteando estalactitas y estalagmitas traslúcidas, hasta dejarme caer de cabeza a aquel estanque, al mismo tiempo brillante y oscuro, donde reduciría a un cocodrilo, y, luego ya, me daría un bañito tan tranquilo. Me despertó el dolor de mis miembros entumecidos. Empecé a meditar y a hacer relajación, pero me mareaba, porque la postura era muy incómoda. Me rendí. Me tranquilicé. Después de todo, al meterme en esos vericuetos, yo había crecido. Mi intelecto se había desarrollado. A consecuencia de eso probablemente mi cabeza habría crecido en aquel momento y, claro, ahora ya no había Cristo que la sacase de ahí.
Pero debía enorgullecerme de que mi mente se hubiera desarrollado tanto… ¡La de inteligencia que demostraba tener al morir así, con tanta cabeza! Me tranquilicé. Y milagrosamente al notar que se me dormían todas las extremidades, y hasta los genitales, hice un gesto torpe, propio de quien ya no controla sus movimientos y de pronto noté que mi cabeza se había liberado. Entonces ya sí que lloré de alegría y di gracias a Dios todo el rato.
Luego el problema era retroceder arrastras con las extremidades frías y sin circulación sanguínea. sentía un hormigueo doloroso y no notaba si mis pies topaban con alguna pared de roca o no. Requirió mucha paciencia y mucha capacidad para sufrir. Al moverme percibí que me había hecho en mis pantalones. Si hubiera querido dejar la espeleología y dedicarme al trapecio, no me habrían pasado estas cosas. Al final, logré salir. ¡Y hasta recuperé mi casco, que era practicamente nuevo! Eso fue casi lo mejor.
Pero bueno, es lo que quería decir: que en las cuevas no se puede hacer funambulismo, ni doble salto mortal, ni acrobacias, ni nada. ¿Cómo podría algún día unificar mis dos profesiones?
Volví al circo y hablé precisamente con el mismo gitano que le zurró a mi padre de jovenzano, que era totalmente imparcial para estas cosas. Los años le habían blanqueado el cabello y lo habían asentado. Siempre estaba asentado en una silla, con una vara y un sombrero, en plan patriarca, sin hacer nada más. Le conté mis apuros allí metido y me dijo:
-Hijo mío, solo te pareces a mí en la nariz. Está claro que no podría ser nunca tu padre, más que nada por las tonterías que dices. Tienes que ser una cosa u otra. O vas a husmear madrigueras de esas o te haces un hombre de circo como Dios manda. No las dos cosas.
Pero eso era lo fácil. Demasiado fácil. No era el consejo que buscaba y hablé con el manager del circo, que aunque decían que era un cantamañanas, a mí me parecía muy listo.
-Muchacho, es una cuestión de mentalización. Tienes que aprender a pensar realmente como un espeleólogo trapecista. Ven pacá.
Le seguí hasta el remolque que él llamaba «la oficina», donde su hija- qué fea era la jodida -, tenía un ordenador viejo y una impresora ruidosa que despertaba a los elefantes.
-Josefa. Hazle al chico unas tarjetas, como esas que me hiciste a mí. Ya verás, muchacho, lo que sabe hacer mi chica.
-¿Y qué le pongo? ¿Felisín, manager circense?
-No hija. Manager yo. Ponle: Don Félix Montoya López. Espeleólogo y trapecista. Y le pones el teléfono del circo.
En poco tiempo la chica- cuidao que era fea, la puñetera -hizo salir de la impresora una página de cartón con hendiduras, con esos mismos datos. Separamos el cartón en tarjetas idénticas, oye, qué ideas tan buenas tiene la gente, y me las dieron atadas con una goma de pelo de la chica del manager.
-Tú mira tu tarjeta con frecuencia. Hasta que realmente asumas que eres un espeleólogo trapecista, que es lo que eres, y así triunfarás. Y si un día quieres ofrecer tus servicios de espeleólogo trapecista, le das a alguien tu tarjeta, para que vea que eres un profesional. ¡Pero me avisas antes, a mí y a tus padres! ¿no nos dejes sin función de un día para el otro!
-¿Usted cree que habrá demanda de mucho espeleólogo trapecista por ahí?
-Es la oferta la que crea la demanda, muchacho, te lo digo yo. No lo dudes. Y si hubiera demanda, como serás el único, pues toda para ti. ¡Pero tienes que asumirlo!
Pero yo ya no le oía. Salía de su oficina releyendo continuamente mi título, en mi primera y flamante tarjeta.
-Don Félix Montoya López. Espeleólogo y trapecista. Don Félix Montoya López. Espeleólogo y trapecista.Don Félix Montoya López. Espeleólogo y trapecista. Don Félix Montoya López. Espeleólogo y trapecista. ¡Ya lo asumo, ya lo asumo! Gracias, manager. Te debo un favor. -y en voz baja yo seguía y seguía -Don Félix Montoya López. Espeleólogo y trapecista. Don Félix Montoya…
-¡No te preocupes, figura! ¡Nada de gracias! ¡Venga! ¡A triunfar!
por enriquebrossa | 2 02+00:00 Dic 02+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Relatos
Buenas tardes, escritores.
Como estamos en estas fechas de «Todos los Santos» os voy a relatar una historia de epitafios que me contaron hace más de 20 años.
Hace muchas décadas, cerca de un viejo cementerio de París, vivía un matrimonio compuesto por dos buenas personas. El matrimonio Martin, estaba muy unido. Se querían mucho y eso les ayudaba a soportar mejor su enorme frustración. Esta era que no lograban traer hijos al mundo que frucificasen el enorme amor que mutuamente se profesaban.
Se habían casado muy jóvenes y derrocharon todo su amor diariamente para engendrar un varón que prolongase aquella rama de los Martin. Pero por mucha semilla que juntos sembraban, nada lograba germinar. Pronto empezaron a visitar médicos pero ni ella ni él mostraban ningún problema o disfunción que justificase su infertilidad. Llegaron ambos a cumplir más de cincuenta años de edad, treinta de ellos suspirando, y decidieron por fin resignarse y vivir el uno para el otro lo que les quedaba de vida.
Un día, Virginia, la esposa, se levantó de la cama y notó un hueco en su estómago. Tomó un orinal que tenían bajo el lecho y pronto comenzó a vomitar. Los Martin, siempre silenciosos, solo se miraron a los ojos unos instantes y corrieron a contárselo al médico. Y siete meses después los Martin no cabían en sí de alegría. Cuando ya no esperaban cumplir su deseo, Dios les premiaba con un pequeño varón guapísimo, aunque de poco peso, pero eso no parecía importante. Tan eufóricos estaban, tan agradecidos a Dios por aquella bendición, que el día del bautizo sorprendieron al sacerdote.
-¿Como le ponemos?
-Magnífico -dijeron a la vez.
-¿A qué se refieren?
Llamaron al niño Magnifico Martin. Después de todo era la mejor noticia de su vida.
Creció quizás demasiado contemplado. Muchos mimos. Excesivos cuidados. Y heredó de sus padres aquel profundo romanticismo. Algunas veces el niño iba al cementerio que había cerca de la casa de sus padres y robaba una florecilla y la guardaba en un libro de poemas. Era todo emoción, todo sentimiento.
Igual que sus padres, se enamoró en seguida de una mujer buena y desmesuradamente flaca que sentía por él la mayor devoción posible en una esposa.
Aparte de su mala salud, su vida fue muy feliz. Consiguió un trabajo de administrador que le permitía pensar en su esposa mientras rellenaba los asientos contables de una hospedería cercana al cementerio.Todos los días, antes de cenar, los amantes esposos paseaban de la manita junto a las lápidas de aquel cementerio que se ponía muy bonito con el tenue sol parisiense, y esa afición les llevó cierta mañana a comprar un panteón con los pocos francos que habían logrado ahorrar.
En adelante, igual que otros iban a ver su casa rural los domingos, los Martin iban a misa y luego pasaban orgullosos por su panteón, donde algún día descansarían juntos para siempre.
Una tarde muy primaveral, fueron a visitar su panteón vacío y Magnifique tosió. Con la pulcritud característica de los buenos contables, extrajo un pañuelito de su americana y se lo llevó a la boca antes de toser más. Al notar cierto sabor salado en su paladar, miró el pañuelo y sin decir nada, allí junto al panteón, se lo mostró con gesto grave a su flaca esposa. Había esputado sangre. Nunca más dejaría de hacerlo.
Días después, el doctor Balmain-Roissire, el buen médico de la familia de toda la vida, metía su fonendoscopio en su raído maletín de cuero y, muy serio, salía de la casa de los Martin acompañado hasta la puerta por la escuálida esposa de Magnifique Martin, que lloraba de un modo caudaloso y sin embargo, silente.
Volvió la mujer al dormitorio a acompañar al moribundo y se sentó distante en una silla como si fuera ya el velatorio. Magnifique, febril y congestionado, dio a sus toses la entonación precisa para que ella, tras veloz interpretación, se acercase, le humedeciera la frente y le tomase la mano. Fue entonces cuando él le expresó su último deseo.
Magnifique le comunicó entre carraspeos y gárgaras su eterno agradecimiento por la vida feliz que había disfrutado junto a ella y a sus sacrificados padres. Tan sólo había acusado el dolor provocado por una cosa que a él le hubiera gustado mucho poder cambiar en su existencia: su nombre. Llamarse Magnifique, siendo él tan enclenque y enfermizo, había supuesto una pesada cruz. En el colegio todos los niños se burlaban de él y en la adolescencia no se atrevía jamas a acercarse a las chicas por no pasar el mal rato de presentarse. Hasta que la conoció a ella… Y mientras su mujer lloraba intentando convencerle de que callase y ahorrase sus fuerzas para resistir las puñaladas de la enfermedad, Magnifique seguía narrando en su lecho de muerte el dolor que le había ocasionado aquel nombre tan peculiar. Y asi fue como Magnifique Martin, alentado por una fiebre altísima, le hizo prometer a su mujer que jamás perpetuaría su inoportuno nombre en una lápida. Viéndolo tan acomplejado, la escuálida mujer accedió y se lo juró llorando y lo besó apasionadamente, aunque desafiando la infección.
Magnifique falleció muy poco después.
La viuda más desconsolada de París se puso de riguroso luto y comenzó solitaria los preparativos para el entierro. No sabiendo qué poner en el epitafio si no podía grabar el nombre del fallecido, se le ocurrió hacer que tallasen la siguiente inscripción:
«Yace aquí un hombre que sólo amó a una mujer a la que fue completamente fiel durante toda su vida».
Pero el destino es inapelable por definición. Tras el entierro, la mujer se separó del finado y pudo comprobar que su marido parecía ser reconocido por todas las mujeres de París, ya que al leer que sólo había amado a una mujer y siempre le había sido fiel, sonriendo exclamaban todas entre sorprendidas e incrédulas
-Ohlalá! Cest magnifique! (¡es magnífico! )
Y la viuda comenzó una nueva llorera silenciosa, quizá por creer infiel a su santo marido o tal vez al darse cuenta de que no había podido cumplir con el último deseo de su difunto esposo de que su nombre no fuera nunca más evocado después de su muerte.