Se aproxima
Algo viene. Es como un zumbido. Procede de la calle. Parece estar en alto. Se aproxima muy lentamente. Sé que viene por mí.
Lo mejor que puedo hacer es ignorarlo mientras pueda. Haré como quien está ocupado.
Algo viene. Es como un zumbido. Procede de la calle. Parece estar en alto. Se aproxima muy lentamente. Sé que viene por mí.
Lo mejor que puedo hacer es ignorarlo mientras pueda. Haré como quien está ocupado.
Hay una corriente de opinión mayoritariamente extendida según la cual muchas de nuestras necesidades son artificiales, y generadas por la sociedad.
Esto es evidentemente cierto, o al menos yo lo comparto. La necedad está en que, habiendo llegado a esa conclusión, alguien, algún iluminado radical, crea tener el derecho y la capacidad superior para poder decidir cuáles habrán de ser las necesidades buenas que se puedan permitir a los demás y cuáles serán las necesidades que habrá que erradicar por decreto. Sueñan con quitar la moda, los todoterreno, los objetos de lujo y ostentación, lo meramente estético, las televisiones y radios privadas, las joyerías, los vuelos a Estados Unidos… Ellos decidirán, cuando lleguen al poder, lo que será necesario y «necesitable». Las necesidades que ellos no comprendan quedarán eliminadas y el que tenga esos deseos, será quizás declarado enemigo del pueblo.
Esa filosofía demuestra que la primera necesidad que no comparten conmigo es la de libertad, cosa que me preocupa. La libertad de hacer lo que a uno le dé la gana, siendo adulto y sin dañar a nadie, equivocado o no.
Prefiero equivocarme yo a que me obligue a acertar el partido.
Desde el principio de los tiempos, la vida se ha visto como un ensayo corto antes de pasar a un estado superior y eterno. Este cielo, varía en diferentes culturas, pero siempre presenta una situación en la que se nos libera de las limitaciones que crea la realidad terrenal. Dicho lo cual, pasaré a aseverar tras esta pequeña introducción lo que viene a continuación:
Internet es como el cielo.
Una vez leída mi afirmación puede haber algunos gestos de sorpresa, exclamaciones más o menos malsonantes o irónicas, como «caramba», o «toma castaña», etc. Pero lo cierto es que Internet es lo que más se parece al cielo, dado que aquí las
almas se relacionan entre ellas, sin intervención de los cuerpos. Aquí las personas no tienen edad, ni color de piel, ni nacionalidad (mientras que no confundan las zetas y las eses), ni indicios claros de riqueza. Lo que sigue existiendo, pese a esta evaporación de los cuerpos, es el sexo en las mentes. Osea: que bien.
Mi alma es bastante clara, no sé si me la habéis visto ya, aunque con algunas manchas pardas, seguramente de tomar café. Y… es pequeñita. Y tiene dos alas. Sale desde mi ordenador y conoce almitas. Las de chica, son de color rosa, y muy simpáticas. Lo mejor de estos espíritus que voy conociendo es que, como no tenemos cuerpo, nunca podemos ser almas gemelas. Pensaba que tanto revolotear me acabaría molestando, pero de momento, es gracioso.
Definitivamente, el cielo será como internet pero de cuarta generación y con fibra recontrasuperóptica. Todos nos comprenderemos espiritualmente sin saber de nuestras piernas o del pelo que tenemos, o que no tenemos o si hemos cepillado los zapatos con betún antes de salir de casa. Mucho más fácil y mejor que la vida, en la que las circunstancias nos etiquetan y nos separan casi sin remedio, pese a que, refugiados en este firmamento digital, nos caigamos todos tan bien.
Yo no soy tecnólogo, pero he de decir que la inteligencia es un concepto que se escurre entre los dedos como el aire y no hay modo de agarrarlo. Te puedo contar que hace ya unos cuanto años, después de que se crease la primera computadora, el mundo científico estaba excitado. La prensa dijo: las máquinas pueden tener inteligencia. Pronto algunos detuvieron la euforia: las computadoras pueden resolver con exactitud problemas más complicados de los que puede resolver un humano sin ayuda, en tiempo record. Sin embargo, eso no es inteligencia. Décadas más tarde, un ordenador ganaba jugando al ajedrez a un campeón mundial. Pero de nuevo dijeron: eso está muy bien, pero no es inteligencia. Este año unos españoles han creado unos robots con sentimientos. Se ponen tristes, sus expectativas mejoran cuando están felices y empeoran cuando se deprimen. El proyecto es muy interesante porque servirá para estudiar los mecanismos de la las emociones humanas, al poder separarlos en una máquina, cosa que no puede hacerse con las personas. Además estas máquinas son capaces de resolver todo tipo de problemas. Preguntando a uno de los impulsores de este brillante proyecto si por fin se estaba llegando a la inteligencia artificial, citó la frase de otro erudito: la inteligencia no se demuestra al resolver los problemas, sino al encontrarlos.
Él era de ese tipo de personas a las que les gustaba la frase esa tan gastada: «hoy es el primer día del resto de mi vida». Vivía instalado en esa filosofía y eso era lo peor para él. El síntoma más evidente de su proyecto vital enfermo. Siempre a punto de empezar una nueva manera de ver las cosas, con otro enfoque, otra lucidez, otra visión. Inaugurando un nuevo talante. Siempre abriendo un nuevo camino.
Sin embargo, cuando llegaba la noche, sabía que nada había cambiado.Los caminos habían desaparecido, tanto el último como todos los anteriores. No había ninguno para la siguiente mañana, y él no había avanzado nada. Estaba en el mismo lugar, pero con menos vida por delante.
Hay mucha gente que cree que lo que no es simple y radical son «todo mariconadas». ¿De centro? ¡Déjame de mariconadas! ¿Autonomía? Independencia, tío, y déjate de pamplinas.
Esa tendencia a la síntesis, a expensas del mínimo análisis, es lo que creo que caracteriza a todos los brutos y brutas de hoy día. Ese gusto por el trazo grueso facilita que alguien te dirija o manipule, porque un diagnóstico aceptable se mezcla con propuestas demenciales y ya obtienes la fórmula mágica para manejar una minoría ideologizada, y sectaria. Con el diagnóstico se consigue adhesión fácilmente. Por ejemplo: hay demasiados desahucios, Debería haber menos. ¿Quién podría estar en contra de eso? ¡Nadie! Pues alguien empieza a gritar contra los desahucios junto a algún bruto. Y cuando ya está el bruto cabraeado por el diagnóstico, veraz y doloroso, se le da un proyecto pensado con la frente, pero con la parte de fuera de la frente. No con la de dentro, no con la corteza prefrontal del cerebro, sino con los cuernos, siempre deseosos de embestir. Para acabar con los desahucios vamos a acabar con los ricos, con los que alquilan, con los políticos, con los funcionarios, con la policía, con los curas, los obispos, con las emisoras de radio de la derechona, con las televisiones privadas, con los anuncios, con los colegios concertados, con el golf, con los grandes almacenes, con las multinacionales, con las cárceles, con los cereales para el desayuno, esto porque a mí me da la gana, con los coches, los tejanos de marca, los diseñadores, acabaremos con el master chef, prohibiremos los limpiabotas, pero legalizaremos la prostitución, acabaremos con el alcohol, pero legalizaremos el porro, todas las playas serán nudistas, implantaremos la formación del espíritu bisexual… No quedará títere con cabeza. Y desde luego no habrá más desahucios porque el país quedará como un enorme parking completamente vacío, excepto por los idiotas que queden sentados en el suelo. Pero antes, la masa de gente con motivos reales de frustración, convertida en chusma gracias a estos mensajes, reponde: ¡Sí! ¡Me apunto a esto!
El bruto de hoy no habla estilo cazurro como Fernando Esteso. No es consciente de su condición, ni entiende que otros tengan derecho a no ser como son ellos. Te increpa, te insulta, trata de intimidarte. Y no es consciente. Le parece normal. Tiene una visión peculiar de sus derechos y ninguna sobre los tuyos. Le han enseñado que la historia solo tiene un sentido y es un camino que pasa por encima de ti. O eres trasparente y no se te ve, o directamente es que eres un enemigo de la Historia, y del pueblo, ¡cabrón! El bruto es radical. Y el radical es bruto.
Ahora hay mucha más información que antes pero poca y mediocre educación. La educación nos enseña a valorar la información que recibimos. Aporta moderación y sensatez. Nos enseña precaución. A no ser brutos de ideas. A ser libres. Y a pensar un poco, que no es ninguna mariconada.