LÁGRIMAS DE CRISTAL

LÁGRIMAS DE CRISTAL

Aquella lámpara decimonónica con lágrimas de cristal olía aún como la piel avinagrada de su difunta abuela, fallecida hacía décadas. La había traído de aquella vieja casa de la familia, pero realmente no le gustaba nada. De pronto pensó que le traería mala suerte y deseaba destruirla. Le recordaba que del polvo venimos y que en polvo nos convertiremos. Pero luego se dio cuenta de que no era esa la causa de su aprensión. No tenía nada que coleccionar de aquel piso. Ninguna herencia emocionalmente significativa. Si al menos pudiera lograr que esto no les pasase a sus hijos… Pero eso sería como dar un sentido a la vida.

A la mañana siguiente, metió la lamparita en una bolsa de plástico para abandonarla en algún cubo de basuras. Su valor económico o estético no le importaba. Si su mujer preguntase por ella, le diría que la había guardado en algún lugar,hasta que se olvidase.

Sintió miedo de tropezarse con algún vecino en el ascensor, como si cualquiera pudiera darse cuenta de que estaba a punto de tirar un recuerdo de su abuela y despreciarle por ello. Se sintió como un psicópata cometiendo su primer asesinato, y acaso iniciando una corta serie.

La metió en el coche y circuló hasta una solar en construcción, rodeado de contenedores de obra. La idea primera había sido la de abandonar allí la lámpara de la abuela. Depositarla delicadamente, sin que se estropease, de modo que alguien pudiera rescatarla. Pero junto al solar, había un terreno baldío, una profunda cuneta, y más abajo, las vías de un tren. Empezó a caminar hacia allí y al llegar al punto más alto de la cuneta, sacó la lámpara de su bolsa. Abrió la mano y la bolsa voló empujada por el viento en paralelo a las vías férreas. Después, tomó aquel artilugio de anticuario y chillando lo lanzó hacia el cielo tan alto como pudo para luego verlo chocar contra uno de los carriles de acero y desparramar sus lágrimas entre los guijarros y las traviesas.

Sintió que había matado a alguien. También que era un animal. Y un cierto mareo.

Después desanduvo torpemente hacia el coche, entre los matorrales de aquel repecho inculto. Abrió la puerta de su auto y lo puso en marcha. Pero antes de meter la primera, aquel individuo desesperado rompió a llorar inútilmente apoyando su cabeza engominada en el volante, sobre el que cayeron algunas gotas de angustia. Se sintió por un momento extrañado al escuchar sus propios sollozos, como el bebé que descubre su propia voz en la cuna, pero segundos más tarde oyó cómo se acercaba el traqueteo del tren

SÉ CÓMO TE SIENTES

Se cómo te sientes. Como el día.

Hace mucho calor y notas la corriente fría del aire acondicionado en las piernas, y el sofoco del día continúa aferrado a tu cara, como si vinieras exhausta de un duro camino o de un romance histórico. Frescas las pantorrillas, pero el sudor aferrado a los pómulos y a las ingles, como un molusco.

Hay una mezcla de temperaturas en ti, como una mezcla de sabores. En realidad, tú eres una experta catadora de sinsabores. y por eso localizas distintos amargores en distintas áreas de la lengua y del paladar.

Amarguras. Amargores, es un plural raro que suena mal, pero tú mantienes los regustos separados, sin formar un único amargor, ni una única amargura.

Últimamente detecto tus sensaciones así, simultaneas, pero no unificadas: separadas. No se integran. No promedian. Nada se acaba de disolver ni de resolver. No eres capaz ni de diluir ni de eludir. Avivas recuerdos que no se derriten. Esperaba que fueran como el hielo y fluidificasen rápidamente, pero no. Décadas más tarde te escudas en que un iceberg no se licua tan pronto como un cubito para el gintonic. Cada cual sabe si ha colaborado en la fabricación de los hielos de su vida. Sabes que algunos malos recuerdos no se difuminarán jamás. Tú los cultivas. Corre en tu pecho un líquido espeso que no logras aclarar. Lágrimas que no emulsionan con las risas y andan revueltas en el mismo bolsillo , al alcance de tu mano derecha, como un heterogéneo manojo de llaves para entrar y salir  de tu pasado. Rencores que no logras o no quieres desleír. Miedos corren, como grumos en tu sangre, que no acabas de disgregar. Odios reconcentrados que deberías aguar. Recuerdos que liquidar. Enormes pesos mal distribuidos cuelgan con dolor como enormes senos cuyas cargas no puedes nivelar. Emociones que otro dosificaría, te las tomas de un trago, como un bebedor de aguardiente, una y otra vez. Las piedras que guardas no son para rasar tu camino sino para volver a tropezar. Quieres volver a tropezar. Como no lo puedes reconocer, luego buscas un culpable. Pronto sueñas con clavarle dagas. Tus afrentas imaginarias son para ti más reales que la realidad. Quieres creer que las cosas son como tú te las cuentas. Pero en realidad te odias a ti y no a tus culpables. Algunos lo son. Otros inculpados sabemos que no. Que son inocentes.

Triste y contenta, feliz y desdichada, buena y mala a la vez. Disociada. Por un lado, te comprendes y te consuelas, te perdonas y te engañas y haces bien. Por otro… sospechas de ti. Unas veces lejanamente, como oyendo a tu pesar un eco interior, pero a la vez lejano, Otras veces de un modo consciente y claro. Sé que sospechas de ti.

No deberías sospechar. Porque sabes, es un hecho cierto. Llevas siempre contigo tu daga y tu veneno. Emponzoñas las aguas de tu propio rancho. Siento verte tan confundida.

Ahora quizás tú y yo sintamos lo mismo por ti.

Sentimos parecido
al acabar la cena
pena y miedo,
miedo y pena,
por tu daga
y tu veneno.

 

A veces, cuando cae la tarde cerca del mar, y la luz ya no te permite seguir con tus lecturas, te queda en el alma una caricia suave del aire. En ese momento eres para mí la que podría valer la pena. Pero es solo un instante. Ahí estás tú, mirando la orilla cuando empieza el anochecer. Sensitiva y sola. Sensitiva. Sola.

Y es entonces cuando lo adviertes y te serenas: hay paz allí, donde nada importa.

Pero pronto te olvidas precisamente de esa idea: la paz está donde nada importa.

 

DESPERTAR EN VERANO

DESPERTAR EN VERANO

Lo primero que veo. La lámpara. Nada más abrir los ojos. ¡Zas! La lámpara. Ahí está, la lámpara esa. Sin piedad. El lamparón. Mira que me importa poco a mí lo que pueda colgar del techo. Como si son arañas, me da igual. Pero es que esta lámpara es como una enorme cucaracha colgando del techo. Ya sé que las que cuelgan son las arañas, no las cucarachas… Bueno, pues como una cucaracha araña. O una cucaracha gigante, como de veinte kilos, pendiendo de la telaraña de otra araña gigante. No sé qué puede parecer más raro, si un dormitorio con tanto bicho gigante o una sola cucaracha-araña… Es peor una cucaraña, suena muy repugnante… pero si son dos bichos son más. Es todo totalmente estúpido. No pienso más que estupideces.

¿Sabes? Cuando las cosas no van demasiado bien, pienso más tonterías de las corrientes, no sé por qué será. Así que motivos no me faltan para decir tonterías. Me despierto y pienso como un resacoso, como un borracho. En algún momento de mi vida tuve miedo de ser presa fácil de las drogas. No es que sea un estoico, pero ahora sé que eso no es en lo que yo voy a caer. No puedo. Como no tengo un euro… Pero si lo tuviera tampoco. Ese no es mi estilo.

Pero es que uno abre los ojos y se encuentra con esa lámpara y ya no puede salir nada bien. Luego miro los rincones donde se juntan el techo y las paredes. Dios, qué cuadros tan feos. Es mejor que cierre los ojos. Y los cierro apretando los párpados. Pero eso es una mentalidad de drogadicto. Querer dormir, querer estar atontado para no ver la cucaracha-araña que pende sobre tu cabeza.

Mi mujer compró esa lámpara en un anticuario. Mi mujer trajo la cucaraña, es la culpable de todo, la responsable de esta situación. La abeja reina llenó el panal de estos objetos retorcidos. Toda esta cantidad de cama, que parece un aeródromo vació, es por su culpa, por dejar la cama vacía. Estoy solo. Quedaré solo. Pero ahora debo ponerme de pie, sea como sea, debo levantar la cabeza. No es fácil. Una cabeza puede llegar a pesar mucho si está repleta de tonterías. Puedo asomarme al mundo. Acerco la nariz al precipicio, veamos… Desde la gran altura de mi cama, y sin separar mi maxilar de la sábana, diviso un suelo de parqué con zapatos, calcetines desperdigados… Bueno, todo es mío: mis calzoncillos están incrustados en mis pantalones y gracias a los agujeros por donde se meten las piernas, forman un ocho perfecto hecho de ropas usadas. O quizás sea el símbolo del infinito. Aunque la imagen no queda como muy edificante, lo del infinito si suena muy trascendente y espiritual o algo así, ¿no? Pues es lo que hay, y ahora sigo teniendo que levantarme. Pero… Oh, no. Oigo pisadas. Y una sombra alargada que se acerca. Lo que necesitaba. Un monstruo. Ojalá me devoré. Que me mate y ya está. La sombra se aproxima. Qué bien, voy a poder descansar en paz. La sombra está casi ya aquí, creo que veo algo oscuro asomarse a los pies de la cama. ¡Dios! Lo que me temía exactamente.

-¡Ven aquí, monstruo!

Es Rastas, mi perro. Un perro que no parece que vaya a matarme ahora mismo. Se parece al monstruo de las galletas. Va directo a olisquear mis calcetines y el símbolo del infinito.

-¡Quieto, Rastas! No me gusta que olisquees mi ropa sucia. ¡Quieto! Ven aquí.

Da media vuelta y me hace víctima de su saludo diario: tres lengüetazos en los dedos de cada pie. Un, dos, tres. Ahora el otro: uno, dos y tres. Hala. Ya ha acabado. Ahora viene hacia mí, iba a decir hacia mí, como si mi yo estuviera en mi cara en vez de en mis pies. Como si no pensase yo con ellos más que con la cabeza.

-¿Qué pasa, monstruo? ¿Quieres que te rasque?

Normalmente me muerde la manga para no hacerme daño. Pero ayer no tuve tiempo de ponerme el pijama, sufrí una crisis de sueño súbito. Me tumbé vestido y a las cinco un pie desnudó al otro hasta que cayeron al suelo mis calzados, que Rastas mira de reojo ahora. Luego me bajé el infinito completo y la camiseta la tiré por aquí… estará entre las sábanas. Tenía la boca muy seca. Hace calor seco estos días. Esta temperatura no me ayuda, no favorece que yo presente una respuesta decidida ante la lámpara que amenaza con lanzarse sobre mi cabeza.

-Qué lámpara tan fea.

Bueno, vamos al tema. Me pongo de pie.

-Rastas, no te quedes aquí comiéndote mis zapatos. Vamos, ven a la ducha.

El perro me mira y tuerce la cabeza como si quisiera enterarse mejor y traducir lo que le digo. Me habrá entendido, porque me sigue a la ducha.

Me miro en el espejo. Parezco un náufrago. Perdón. ¿Qué digo? Lo soy. Soy un náufrago.

-Lo ves, ¿no, Rastas?

El hocico de Rastas se pasea por mi pierna con ese tacto de terciopelo mojado.

Me siento en la bañera como el Pensador y Rastas apoya sus patas delanteras en mis muslos y empieza a chuparme la barba. Yo me protejo la cabeza entre los brazos.

-Rastas, me voy a convertir en uno de los personajes favoritos de mis relatos. Y lo peor es que en cierto modo me parece divertido. Pero sé que no lo es, Rastas. No he madurado,

Rastas empieza a chupar y mordisquear amistosamente mis cabellos y yo envuelvo la cabeza entre las rodillas y manos para defenderme.

-No he madurado. Es por la magia negra de los relatos. Cada historia que imagino se hace real en mí.  Debería concentrarme en escribir sobre un millonario.

Tomo a Rastas en brazos. Se resiste un poco, porque sabe lo que va después. Nos metemos juntos en la bañera y cierro la mampara para que no se escape. No le gusta nada bañarse.

-Ven, deja que te despelote.

Le quito el collar y una vez desnudos los dos abro el grifo y el comienza a aullar en cuanto le toca el agua. Gasto en él medio bote de gel. Le froto bien toda su piel de borrego oscuro. Está tiritando, no de frío, sino de terror. Cuando acabo de bañarlo, abro la mampara y salta huyendo del rincón de la tortura y empieza a frotarse contra el suelo y los muebles. Y entonces me ducho yo.

Todos los veranos paso unos días solo. Es una tradición que ya va teniendo algunos años. Dejo de afeitarme y permito que el náufrago renazca, a medida que la organización familiar desaparece. Supongo que debería parecerme dura y aburrida tanta soledad, pero ni lejanamente es así. Rastas y yo vamos a la cocina a preparar el café, la fruta y las tostadas. Ponemos algo de música o noticias mientras tanto. Después organizó una interesante reunión en mi cama. Asisten conmigo, Rastas, el recién bañado, que se tumba en la cama y comparte mi desayuno. También asiste mi pc portátil y con él un montón de personajes que van apareciendo cada uno a su hora y se instalan en el ordenador y en el aire espeso del dormitorio. Y Rastas y yo solo nos levantamos a por más café.

Recuerdo cuando te conocí. A decir verdad no recuerdo cuándo te conocí, sino más bien, cuando te reconocí. Tuvimos unas conversaciones interminables que me impidieron finalmente escribir todo lo que hubiera querido. Pero no me quejo. Valió la pena avanzar en nuestro conocimiento mutuo. Yo había escrito ya mi mejor novela, esa que solo tiene una frase:

-Es difícil luchar desde la realidad contra un huracán imaginario.

No es un microrrelato. Es una micronovela. Condensa con tremenda economía la mayor de las peripecias humanas. Mientras Rastas me chupa  los pies recién lavados, yo siento el huracán que da vueltas sobre mí, agitando al arácnido gigante sin lograr soltarlo del techo. Rastas parece entenderme, y me mira con cara de pena.

-Rastas, explícamelo tú, que todo lo sabes.

Pero entonces llegaste tú, que no tratas de ser correcta ni de dejar de serlo. Llegaste tú, y me pillaste desprevenido, con enormes ganas de hablar, ya que Rastas a veces es muy callado. Tras varios días de soledad y de sueños despierto, llegaste tú, desde el PC, con tu sonrisa de actriz de los años 50, y yo ya no paré de hablar ni de reír contigo

He tenido miedo a ser feliz y a matar al náufrago. Demasiados años tratando de sobrevivir a mi huracán. ¿Qué sería de mí si tu calmases los vientos?

Hoy sé, lo recuerdo muy bien, que por aquellos días recé por una tregua y me fue concedida. Y fue eso exactamente, solo eso. Una tregua. El náufrago vuelve con sus harapos más rotos, y su barba más desaliñada; sus pantorrillas manchadas de lodo y zozobra; su isla cada día más escasa y desierta, sacudida por más tifones; los tiburones saltan hacia la playa para dar dentelladas, no necesitan respirar, solo amenazar y mantenerme en vilo, sumido en la inquietud; y mi huracán imaginario sigue agitando las palmeras y arrasando mi endeble vivac.

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Y tú eres la única que trata de hacerme salir del barro. Sin juzgar cómo soy ni cómo debería ser. Eres el personaje imaginario más benéfico que jamás haya existido.

Rastas apoya el morro en mis pies.

-Vamos por tu collar. Daremos un paseo.

VIAJE A MARRAKECH

Un paseo por Marrakech me hizo cambiar mi opinión sobre el país. Marruecos no lleva años de atraso respecto a Europa.Más bien está completamente detenida en los años 40.

Los gatos están famélicos. Están tumbados a la sombra y andan lo justo. Será una raza especial de gatos esqueléticos, pero como siempre digo, existe una realidad literaria, y he encontrado que todos los gatos parecían hambrientos. Yo no sé de caballos y no distingo los galgos de los podencos, pero creo que aquí los caballos llevan de jinete a La Muerte. Solo tienen huesos y una piel raída y polvorienta, nada que ver con la imagen de los carruajes que con turistas recorren ciudades como Sevilla u otras ciudades. En Marrakech dan verdadera pena los caballos. Se ven pocos perros. Me pregunto qué les pasará. Pero yo no soy animalista por culpa de los animalistas, y en cualquier caso, la sociedad formada por los humanos me parece un poco más importante.

He visto nubes de motocicletas, sonando como nubes de moscas, conducidas como si no hubiera normas de tráfico. Se meten por la medina y atraviesan los mercadillos callejeros por zonas donde puedes extender los brazos y tocar a la vez las tiendas que hay a un lado y al otro. Todo el zoco atestado de gente y entre medias, topas con motocicletas que van tocando sin piedad el pito tanto por delante como por detrás, dicho sea sin segundas interpretaciones, tanto en una dirección como en la contraria.

Tomar un taxi es como vivir uno de esos juegos en los que vas sorteando montones de vehículos que salen de todos los lados. Generas mucha adrenalina, y es uno de los mejores pasatiempos que he vivido en Marrakech. Es como realidad virtual, pero no, no: es realidad a secas. Mientras yo he estado dentro de un taxi, milagrosamente, nadie ha sido atropellado y creo que en ese sentido probablemente haya regalado buena suerte y habré podido salvar a varias personas de magulladuras y otros daños de distinta gravedad, ya que lo lógico es que hubieran ido quedando tumbadas bajo las ruedas recalentadas y mil veces recauchutadas.. La mayoría de esos cacharros, iba a llamarles máquinas, como hacen los comentaristas de fórmula uno, tenían 50 años o más. Coches viejísimos, destartalados, cerrados algunas veces con cadenas y candados en las manivelas; padres con casco que llevan a los hijos sin ninguna protección; niños incluso de meses, llevados en moto por sus padres, una mano al manillar, otra sujetando el pecho del bebé; ancianos escuálidos llevando cargas en bicicleta que les superaban en peso y tamaño; . He visto gente sonándose en la mano; balanzas de pesar el cordero poniendo y quitando pesos. De carnes expuestas en calles que están a 40 grados, ni hablamos, porque ese tópico ya lo sabíamos; también pescado, recogido al final del día con una pinta terrible… Hemos visto unos talleres de arreglos infames. Pasteles de miel rodeados de avispas, seis o siete avispas con las patas puestas en él y el vendedor de pasteles mirándolas impasible, aquiescente, ecuánime. ¿Será la influencia zen de Oriente?

Hay que regatear para todo. «¿Que cuánto vale? ¿Cuánto quieres pagar?» «¡Con eso no gano nada!» «Vamos, señores, lleve babuchas, estas son blancas, blancas como el Madrid.» «No poder bajar precio. Esto más barato que la Mercadona en Andorra.» «Señores ¿a dónde quiere acompañar yo? Yo, guía.»

Yo guía, yo guía, yo guía… Casi todos guías.

Las mujeres que he visto son finas, algunas muy guapas.
Pero de pronto descubres que han limpiado un plato en tu presencia con un papel usado, como me ocurrió a mí en el moderno y vistoso aeropuerto, en una boulagerie muy bonita que parecía de París. Pero no.

Se percibe cierto desdén mal reprimido hacia el turista en algunas personas. Justo es decir que he encontrado gente encantadora también. Los camareros delgadillos. Algunos marroquíes son habladores, tal vez un poco cínicos, y pese a lo lejos que estamos de la costa, Marrakech «la puerta del desierto», y lo cerca de la cordillera del Atlas, hay en el ambiente ese aire del mediterráneo, esa cultura de saber entender las ironías de la vida, especialmente en esos comerciantes cincuentones.

Los policías son los más chulos. Miran con desprecio y jamás responden, ni con amabilidad ni sin ella. Tú les dices gracias y por favor y ellos no reaccionan. Te toman los papeles y cuando te los devuelven no te miran a la cara. Es como si te perdonasen algo pero estuvieran a punto de arrepentirse. Parece ser su forma de mostrar autoridad.

Hay un exceso de personal inactivo, disponible pero ocioso, en todas las tiendas, hoteles, cafés… Siempre. Eso no evita ver un bar con las mesas sin atender y los turistas marchándose por no querer esperar más para tomarse una cerveza. Las mujeres que trabajan cara al público son más educadas que muchas europeas. Menos charlatanas también que los vendedores de los zocos. Algunos tipos son un poco «maromos», pero poco en comparación con lo que podrían ser ante un entorno que a nuestros ojos es terriblemente duro. Pero los que son preguntados por una dirección y saben poco francés se muestran muy cohibidos, casi avergonzados. Tímidos y humildes, esa es la impresión que dan aquellos Marroquíes que no viven de regatear con los turistas.

Algunos diálogos suenan a absurdo:

-¿Qué es aquello de allí?
-Un terreno.
-Um. ¿Y eso otro tan vallado?
-También. Terreno.

Aman su país, como todo el mundo. Y están convencidos de la gran fortuna que es vivir allí, porque gracias a las nieves del Atlas, no les falta agua. Eso el turista no lo percibe, porque la ciudad no está precisamente llena de puntos donde adquirirla. ¡Estábamos a 41 grados! Cuántos podrían vivir solo de vender agua a los turistas. Están muy orgullosos de Marrakech también porque el aeropuerto es pequeño, pero bonito. Hay hoteles del máximo lujo, como el Mamounia, a los que van personas muy importantes, aunque mi taxista no sabe sus nombres. Allí nos tomamos un cóctel una noche perfecta y en unos jardines preciosos, con un grupo de jazz como fondo musical.

Nuestro taxista parece tener la cara prematuramente envejecida, quizás por el sol. Se le ve joven, pero está lleno de arrugas, gruesas como surcos, como aquellos viejos labradores españoles de antes. Es un chofer muy intelectual. Le pregunto por qué, si estamos en pleno Ramadán, unos negocios tienen que cerrar y otros no y se queda pensativo unos segundos y me contesta en francés sintetizando mucho la idea: «La sociedad es compleja».

-¡Coño!

Aún estaba impresionado por las palabras de este conductor tan reflexivo, cuando nos hemos metido de noche en callejuelas y vericuetos que intimidan. No ha sido por mi espíritu de explorador esta vez, sino porque te engañan y te llevan por allí. Sales del taxi y se te acerca el niño de sonrisa angelical que te dice que te lleva a tu restaurante. Crees que le harás feliz con un euro. Pronto te ves en un inframundo de callejones vacíos o llenos de personajes que dan miedo. Y el niño te pide 100 dirhams delante de un amigo suyo adulto que llega en moto justo en ese instante. Temes que vas a acabar teniendo que pagar más al niño que al taxista. Al final, con serenidad y regateando se puede salir bien y con dignidad, porque el regateo les encanta. Son buena gente. Pero es violento estar continuamente así. A la salida del restaurante, pides un taxi y descubres que a la vuelta de la esquina estaba la parada. El niño de sonrisa angelical era un tunante prometedor que de mayor bien podría hacer carrera política en España.

He notado que la gente de Marrakech, de tanto abordar turistas, saben lo que sientes y piensas. Te leen el cerebro, Conocen tus dudas y tus desconfianzas por mucho que trates de disimular. Son psicólogos de sutil olfato.

Los monumentos… Bueno… No es Europa. Nada está muy bien conservado. Mucho quiere recordar el paraíso perdido en España, pero Marrakech no tiene ni el palacio de la Aljafería de Zaragoza, ni por supuesto La Alhambra de Granada.

Con esta descripción que estoy haciendo, que puede parecer negativa, mis hijos no comprenden por qué estamos deseando volver. Yo tampoco.

Es imposible no recordar la novela de Paul Bowles, El cielo protector. Va sobre cómo acaban unos niños bonitos snobs norteamericanos, que no saben dónde se meten, quieren explorar el Marruecos profundo. La novela pasó al cine gracias a Bertolucci. Con Debra Winger y John Malkovich. Gran novela y estupenda película también.

Marruecos es así, y sigue siendo así, como un abismo al que todos se quieren asomar. Te atrae aunque sabes que podrías dar un mal paso y caer. Quizás te atraiga por eso. Es el vértigo que produce un grupo de amigos inconvenientes o una amante peligrosa.

Sí, definitivamente, Marrakech tiene algo. Yo no sabría decir qué es. Pero sí, desde luego, quiero volver a Marrakech cuanto antes y voy a hacerlo. A descifrar la mirada de los viejos y la belleza de las jóvenes. A recorrer su zoco, a tomar una cerveza mirando el atardecer en la ciudad desde los áticos de la plaza Jemaa el Fna. Quiero conocer todos los puestos, recorrer exhaustivamente los tenderetes, como si estuviera censándolos, porque cada uno parece prometer un misterio distinto, una nueva artesanía, un libro secreto, la puerta a una aventura, el acceso a una sabiduría diferente, la apertura de un periodo vital inesperado. Excita tu imaginación. La siguiente vez iré definitivamente a hacer fotos. Fotos y más fotos. Compraré a mis hijas pulseras de Fátima, y cerámica para mi mujer. Y me gustaría conocer más a las personas de allí, y superar reticencias. Quiero saber qué piensan. Si son o no tan distintos o tan parecidos a nosotros. Beber agua helada y té dulce mientras me sofoca el sol. Y recuperarme en la piscina del hotel, tampoco estará nada mal.

Marrakech atrapa. Como esa tontería que ponen los nuevos escritores sobre sus libros en Amazon. «Una novela que te enganchará desde la primera página». Eso nos ha pasado a nosotros, nada más tomar la primera bocanada de aire en llamas de Marruecos. Marrakech nos ha atrapado.

Desde aquí, pese a mi punto de vista, seguramente torpe, de clásico ciudadano occidental, mando mi total respeto y mi aprecio a la gente de Marrakech.

Hasta pronto.

TODOS LOS ASTROS VAN A LO SUYO

El día debería estar muy nublado. Sí, así es. El día debería estar muy nublado y hoy hace un tiempo estupendo. El cielo no se nubla por mí. Es como aquella vez en la que me castigaron sin recreo en el colegio. El resto de los niños salieron gritando al patio y se divirtieron mientras que yo tuve que permanecer de pie, por malo, junto a la cesta de la que sobresalían los sticks de hockey. El mundo sigue a lo suyo, dando vueltas como un idiota, y el sol brilla como si nada cuando tú recibes una información oscura. Oigo piar y veo los flecos del toldo de mi terraza temblando por las caricias de un aire limpio de montaña que se desliza por un azul intenso. Si esto fuera un relato el escenario sería disonante con mi peripecia. La atmósfera no respeta mi dolor y los astros tampoco.
-Será que no se han enterado, Enrique.
-Será por eso.
Me queda el recurso a la esquizofrenia de hacerme yo comprender, razonar, dialogar, conmigo mismo.
-Vamos, no te preocupes. Quizás nada de esto esté ocurriendo.
– Quizás no.
Y luego añado:
– Quizás sí. Quizás la realidad sea real.
– ¿Pero no ves el sol? ¿Crees que brillaría así si… ?
Me interrumpo y me hago callar:
– ¡Bah! Cualquier cosa cabe esperar del sol.

Suspiro.

Los flecos del toldo siguen saludándose con los de otras casas y mientras yo y yo, seguimos ambos conversando.
– ¿Y si me río?
– Sé lo que quieres decir. Te refieres a tu cinismo desesperado.
– Romper a reír ya que no logro llorar.
– No sé si eso te hace más o menos daño.
– ¿Más o menos daño que qué?
Pienso la respuesta y digo.
– No lo sé, la verdad, no lo sé.
-Algunas veces no hay alternativas.

Al final, ni yo mismo me puedo consolar a mí. Ahora somos dos yos sumidos en la perplejidad y la pena. Creemos que sí, que lo mejor será mi cinismo desesperado.

– ¿Y después?
– Estallará el obús.

Miramos al suelo.

-Sí.

El campo tiene un verdor brillante y renovador, es decir, que tampoco se compadece.
– A lo mejor el verde brillante y renovador es una señal que debes interpretar.
Y me contesto.
– A lo mejor no -con las cejas arqueadas y especulativas-. A lo mejor el verdor no es nada. Solo la función clorofílica y la estación del año.
– También puede ser. A lo mejor no es nada.
Callamos yo y yo. Uno de los dos ya se cansa y siente la necesidad de acabar la conversación e irse de allí.
– Me largo.
– Vaya, pues vete. Eres (soy) igual que los niños de mi clase -me reprocho-; igual que la atmósfera y los planetas. Indiferente a mi tragedia. Ni yo siento ya pena por mí.
– Es lo sano, y lo sabes. Eres fuerte.
– Vale.

Vuelvo a escuchar a esos pájaros. Me voy a pasear el perro mientras que yo me quedo pensando un poco más. Pero antes me digo:
– En algo te doy la razón.
– ¿En qué?
– Cualquier cosa cabe esperar del sol.

Y me voy dejando en el aire la gran frase pretenciosa de la mañana mientras yo me quedo en el sitio. De pronto me asalta una duda.
– ¿Pero eso no lo había dicho yo?