por enriquebrossa | 9 09+00:00 May 09+00:00 2020 | Relatos
Parece que hay un tiempo que se estanca cuando las últimas horas del día han pasado ya. Desde aquí veo la carretera que rodea la ciudad, separándola del campo como una frontera que marca el principio del territorio de los monstruos y de los lobos. Veo la gasolinera, por la mañana destino de filas de coches, ahora parece un escenario de ciudad fantasma. Miro las farolas, y bajo ellas, diviso la quietud absoluta y helada. Ningún transeúnte profana ese desierto, hasta que se oye un rodar de neumáticos que se acerca y se va en instantes. Y el silencio se recupera: espeso, profundo, imponente. La noche en la ciudad desaparece mientras te acercas a ella. Porque la llenas.Poblando la zona en la que transitas la quebrantas. La contaminas con presencia y con movimiento. La pureza inapelable de la noche se aprecia mejor desde la lejanía de mi ventana, porque las zonas por donde no voy se ven vacías, como son siempre en realidad. Atisbo donde no estoy. Compruebo mejor desde lejos, cómo la vida ocupa provisionalmente lo que de día no podemos ver, que es el vacío entre los átomos sobre los que pretendemos caminar ingenuamente hacia algún sitio. Es el cosmos. El cosmos siempre vacante. Es la vida un musgo nacido en una grieta de la no-vida. Se piensa estridente en su rendija pero desde la altura es mudo como un hormiguero, rebosante de afanes sin sentido, pero silente y sordo. El día es un espejismo provocado por el sol. La materia es un mundo siempre en la noche. Siempre es en el fondo la noche. La luz es una anécdota de la creación. El universo entero es una continua e infinita nocturnidad.
Taller de Enrique Brossa.
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por enriquebrossa | 9 09+00:00 May 09+00:00 2020 | Reflexiones
Yo también he visto esas desoladoras habitaciones. El deterioro de personas y cosas. Es la ruina, que de una forma u otra, nos acecha. Como las cucarachas que normalmente no aparecen si detectan movimiento o luz. La ruina está callada siempre, mirándonos, espiando, mientras nosotros vivimos, pero nuestra vida la mantiene a raya. Seguir viviendo; amar la vida; dar vida; apoyar la vida de los otros, detiene el avance del derrumbamiento normal de las paredes,porque es afortunadamente lento, salvo catástrofe. En general, podemos con ella, con la ruina. La barremos cada día sin casi darnos cuenta. Retrocede si nosotros andamos. Es en realidad sencillo. Mejor será no observarla. Mirar hacia adelante y darte un paseo. Yo pago mis deudas con el pasado actuando cada día y confío en que así las paredes se pintarán solas, mis recuerdos no serán dolorosos y mi memoria estará menos desconchada. Eso y darle besos a quien se le debe, mantiene la casa a salvo.
Por si no lo sabes, yo, aunque nunca he puesto un ladrillo en su sitio, ni he dibujado unos planos, soy un experto mundial en paredes. Si no te lo he dicho antes ha sido por pura modestia
por enriquebrossa | 9 09+00:00 May 09+00:00 2020 | Reflexiones
La capacidad de concentrarse y la de no distraerse, he leído que no son la misma cosa. Yo pensaba que sí, que si no te distraes te puedes concentrar y que si no te puedes concentrar te distraes. Pues yo he leído que no es así. No me fio mucho de toda la ciencia de divulgación que pulula por internet, que normalmente no vale un pimiento. Cualquier boludo con un blog, como diría un argentino, copia, la copia, de la copia, de la copia, de un estudio, y en cada una de estas fases de transcripción, como es lógico el rigor no puede aumentar, solo salir más y más perjudicado cada vez. Es como ese juego del telegrama que al final no se entiende nada, al que juegan todos los niños y los comerciales. Los niños gratis; los comerciales, porque cobran los consultores miles de euros previo comisionamiento al director que los contrata. “Hoy vamos a hablar de la comunicación”. Que uno se salga del aula y el otro diga… Y los comerciales se hacen el harakiri de inmediato, así sentados como estaban. ¿Otra vez a perder el tiempo con chorradas? -se dicen. Da igual. Todos dirán al acabar el cursillo que la charla les va a venir de maravilla. Decir otra cosa estaría mal visto.
Pero bueno, me he ido del tema: me he distraído. Yo quería hablar de la concentración y de la distracción. Que parece ser que NO son las dos caras de la misma moneda. Yo tengo un enorme poder de concentración. Extraordinario. Si me interesa lo que estoy haciendo ya puede caer una bomba a mi lado que yo ni me entero. Sin embargo, según el boludo que tiene un blog al que he leído antes, con los años la tendencia a la distracción aumenta, al margen de la evolución de la capacidad de concentración. Y yo que también soy boludo perdido y hasta tengo varios blogs… ¿Qué voy a hacer? Pues repetirlo a mi manera y estropear más las conclusiones del estudio, si lo hubo, sobre este tema tan mollar.
¿Y todo este rollo para qué? Como diría Gila: ¡Y yo qué sé! No me acuerdo, me he distraído o desconcentrado, vaya usted a saber, si sabe por dónde, y no se distrae. “Que m´he liao”, como se dice ahora. Me distraigo.
La palabra distraer proviene del latín, que es de donde debe venir una palabra seria. El prefijo dis- di- ya lo conocemos todos, implica separación. Por ejemplo: diseminar, discutir, disgregar, distorsionar, disonante, discernir, diseccionar, discapacitar, distinto… Así podemos seguir hasta mañana. Quizá el español tenga más de 2.500 palabras que empiezan por dis-. O quizá no. Da igual. A mi me parece que es un prefijo estupendo. Hay un montón de palabras que me gustan que empiezan así, separando las cosas con dis-. Solo me da miedo el divorcio.
Y traer viene de trahere, que es arrastrar en latín. Una distracción te arrastra de otras cosas, separándote, aunque tú no quieras, de realidades o de objetivos. Las distracciones nos apartan de lo importante. Si no, no serían distracciones, sino cambios foco de interés. En el uso popular de la palabra una distracción y un entretenimiento pueden ser lo mismo: “niño, pinta un dibujito y así te distraes un rato”. Eso nos lleva a la idea de que hay distracciones voluntarias e involuntarias. ¿Si son voluntarias nos distraen de lo importante? Si son voluntarias podrían distraernos de algo tan importante como la soledad o el aburrimiento o el dolor. Hay mucho que aprender de estas tres cosas… Son importantes. Quien no les ha dedicado algún rato, se convierte en una cabeza medio vacía. Más contenta, eso sí… ¡Pero, bah! ¡Vacía!
Los americanos llaman al show bussiness también la industria del entertainment, como bien sabes: el entretenimiento. Pero ahora que estamos en la época de internet, y que con el COVID19 alcanza un estado apoteósico, la industria se debería llamar, no del entretenimiento, sino de la distracción. Internet nos distrae, en la mejor y en la peor de las acepciones. Nos arrastra, nos arranca de la realidad y hasta de nuestros principales intereses. Y el estado, el poder, no nos protege, sino que aspira a utilizarlo. Nos trata como a niños respecto a muchas cosas que nos prohíbe. Sin embargo, nos trata como adultos cuando podemos perder nuestra vida con las ludopatías en general, y en particular con esta nueva adicción compulsiva a consumir memes y memeces por internet, así como a transmitirlas a terceros. En vez de asistir a una asociación local de toxicómanos anónimos, pertenecemos a una gran masa global de adictos con seudónimo.
¿Qué es lo importante? ¿De qué no debo distraerme? ¿De quiénes no deberíamos distraernos? ¿Con quiénes no deberíamos distraernos? El tema tiene su miga.
No quiero perder de vista lo vitales que son algunas cosas. Y algunas personas, más. Y yo me lo estoy temiendo. Voy a pasar del estado de inmadurez al de senectud sin solución de continuidad. Antes me distraía porque era un inmaduro. Esto es cuando las mujeres dicen de alguien eso de “es que ése es un crío”. ¿Me estaré distrayendo ahora también por la erosión causada por los años, según el estudio que mencionaba aquel boludo en su blog? No lo sé. Pienso que nunca fui muy crío. Y ahora me siento más joven que cuando era más joven, si cabe. Sin embargo, me distraigo. Me confundo. Me pierdo. Te pierdo.
Te pierdo.
Te pierdo, y no quiero. Querría distraerme contigo y no distraerme de ti. Que nadie me arrastre lejos de mi realidad, que eres tú.
por enriquebrossa | 9 09+00:00 May 09+00:00 2020 | Relatos
Hace falta respirar de vez en cuando. Dejar pasar el aire que va corriendo de aquí para allá dando la vuelta al mundo en rachas, que son como bandadas de aves migratorias invisibles. Podemos morder la corriente con la boca, y arrancar un trozo de atmósfera para después procesarla y mezclarla con combustible para nuestras viscosas células y escupir el resto. La naturaleza tiene un nombre inapropiado, no debería llamarse naturaleza. Decimos que algo es natural cuando nos parece puro, sencillo y como debe ser. Sin embargo, la naturaleza es extraña. Es muy extraña.
Por ejemplo, los batracios. La primera vez que siendo un niño vi un sapo me sorprendió lo mucho que se parecía a un ser humano. Sus dedos, sus patas, sus ancas, su tripa… Era una versión reducida del portero de mi casa. Ese anfibio recordaba más a nuestro conserje que ningún simio. Un hombre obeso, de ojos saltones y una gran papada. Solía permanecer largas horas sentado sobre una silla negra de madera. De vez en cuando movía la cabeza en algo que pudiera parecerse a un saludo gestual y entonces temblaba todo su pellejo colgante que le unificaba la barbilla, el cuello, el pecho y la tripa. Era un solo saco fofo de vísceras con camisa rozada y corbata de luto; como un enorme escroto vacío con gafas, cuya continuidad se adivinaba por debajo del cinturón, hasta derramarse sobre los muslos. Respiraba con dificultad y con muchos silbidos, debido a que su sistema respiratorio había sido sacrificado con tesón por fidelidad religiosa al tabaco con el que mantenía continuas citas.
Don Sapo daba miedo. El aire no le nutría lo suficiente y dejaba el tragadero abierto, como si emitiera un grito mudo. Pero él seguía suministrando humo a su enfisema pulmonar. Siempre con la boca abierta, los ojos fuera de sus orbitas, no detrás de las gafas, sino asomados por encima de estas, casi desbordando sus lentes que resbalaban por su nariz, siempre brillante como de hozar en chuletas grasientas.
Hoy me duele la cabeza. Tengo asma. Soy grupo de riesgo para el coronavirus y he recordado a don Sapo, que ya nos dejó cuando yo era un niño todavía. Fue un día raro, como la naturaleza misma. Extraño, como es natural. Salí del ascensor y vi que su silla negra estaba vacía en la conserjería. La minúscula cabina del conserje, en aquel momento deshabitada, parecía una vitrina robada. Sobre la silla, un pequeño cojín muy aplastado, de color y antigüedad imprecisa, fue descubierto por los vecinos. Un cojín casi adherido a la silla por el mero efecto de la fuerte presión ejercida y soportada, del sudor de las posaderas y del tiempo casi infinito de una vida sin sentido. Aquel cojín, modesto, abrumado, fiel y digno como las viudas de antes, deseoso de acompañar al finado hasta el otro barrio. El presidente de la comunidad de vecinos estuvo a punto de mandar incinerar el cojín pues seguramente lo imaginó, superpoblado de microbios y miasmas, rodeado por una nube biológica de bacterias, efluvios malsanos y partículas fragantes orbitando alrededor, pero finalmente solo dio una instrucción escueta al suplente. ¡Tírelo! No habiendo un palo cerca ni unos guantes, el presidente no habría podido tocar aquel cojín casi adherido a la silla por el mero efecto de la apabullante presión soportada, el sudor y el calor de unas posaderas y de los infinitos instantes del tiempo de otra vida sin sentido.
Don Sapo no se fue del todo hasta que su almohadilla, desproporcionadamente pequeña en comparación con el abdomen del muerto, no se mezcló en el camión de las basuras con otros desperdicios.
No sé por qué lo he recordado hoy. Quizá porque creo que me iré de este mundo como don Sapo. Con la boca abierta, con ese gesto de grito ahogado de quien no puede respirar. Pero sin la admiración ni la entrega de aquel abnegado cojín, diminuto pero heroico, que siempre soportó su carga sin rechistar.
Yo también habría deseado que alguien atenuase un poco mi contacto con la dura realidad. Nada ha amortiguado nunca mi sufrimiento. Quien ha sabido calarme, sabe que mi existencia ha sido menos mullida de lo normal. No me han faltado momentos de felicidad, ni placeres, ni éxitos, ni satisfacciones, pero en general, he atravesado tormentos que la mayoría de la gente tiene la suerte de no poderse imaginar.
Pero don Sapo, a quien Dios mantenga en su gloria, no era mi modelo a imitar. El mundo está infestado de sapos vestidos, en todos los estratos sociales y profesiones. Casi todos tus vecinos lo son. Gente que come y espera; come y espera. Y saluda con la cabeza.
Yo acepté permanecer mal sentado, porque siempre he sido un dibujante, aunque no dibuje nunca, y quien así se siente, nunca va a empastar su trasero sobre una superficie acolchada, ya que, sea cual sea el asiento, todo artista afronta con orgullo su inadaptación.
No he sabido, ni sé vivir. No sabré nunca, ni quiero, ni querré saber vivir. La naturaleza es muy extraña, está demasiado poblada de invisibles aves migratorias y de batracios con la camisa rozada. No quiero amistad con este mundo.
Yo me ahogaré también, como cualquiera: respiraré sin respirar suficiente y agonizaré hasta desaparecer. Y si la tirana realidad tuviese conciencia de sí misma, debería reconocer que, pese a mi insignificante y pasajera existencia, fui rebelde a mi modo, y que mantuve mi gesto reticente y hostil.
Y que nunca me acomodé.
por enriquebrossa | 15 15+00:00 Sep 15+00:00 2019 | Reflexiones
Tengo en mi cuerpo una bala perdida y otra disparada a conciencia.
Y en mi conciencia, a un lado una duda afilada y al otro un hueco grande como mi cabeza.
Y en mi cabeza, recuerdos dolientes, un sueño sin esperanza y el ánimo a la altura de los pies.
Y los pies en alto, enredados en un laberinto, atados a un pesado manojo de contradicciones, lastrados por un pasado que nunca se aparta de mis ojos.
Y en mis ojos, una mirada cuatro veces perdida:; perdida por mi, extraviada por ti, mirando el cielo y observando la tierra sin poder entenderla.