por enriquebrossa | 1 01+00:00 Oct 01+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Relatos
BORRADOR
FRAGMENTO
Un asesinato… A ver: «un asesinato, un asesinato…» Dicho así, por supuesto que suena muy fuerte. Pero no es necesario pensar en una cosa que sea como los de la tele o yo qué sé. Con la sangre y todo eso. Puede ser un asesinato que no sea tan, tan, tan… tan asesinato, del modo en el que la gente tiende a mencionarlo. Como si fuera lo más horroroso que hay. A ver: que yo no estoy a favor de los asesinatos. Si es verdad que es horroroso. Para empezar, quiero dejar claro que yo nunca he matado a nadie. Te parecerá que soy mariquita, pero es verdad, yo de momento no he matado a nadie. A lo mejor tú tampoco, yo no lo sé, pero bueno, pues mejor si es así. Hay mucha gente que sí. ¿Quieres otra? ¡Camarero, por favor! ¡Dos más! Cuánta gente ha matado por guerras, ya sea directa o indirectamente. Y se les tiene por gente respetable. ¿No? Lo que quiero decir es que todo depende. En defensa propia todo el mundo entiende que matar está bien. ¡Bueno, bien! No es que esté bien, pero se supone que es lógico hacerlo y moralmente permitido. Y legalmente. Pues ahora imagínate que matas en defensa propia. En el fondo… ¿no es todo en defensa propia? Se alimenta uno de seres vivos en defensa propia. Se miente en defensa propia. Se compite en defensa propia. Se dicen chorradas como hago yo ahora mismo en defensa propia. La vida nos tiene a todos un poco a la defensiva. O a la ofensiva, que es exactamente lo mismo. Sí, hombre, yo sé lo que digo. ¿No me entiendes? La vida… No me mires así, joder, y déjame hablar. Desde luego contigo no se puede hablar de nada serio. Por un día… Pero yo creo que la vida… la vida es… Fíjate, la vida… Es, es es en el fondo… en defensa propia. ¡Claro! Vivir es en defensa propia. Ya está, ya lo he dicho. Vivimos en defensa propia.Siempre estamos al borde del abismo. Todo lo que no cuidamos se deteriora, y en cierto modo te mata o te hunde. Todo lo que hacemos es alejar el peligro y la muerte y tratar de hacerlo de un modo más o menos cómodo,si podemos. Vivimos bajo amenaza de muerte desde que nacemos. Y con tanta abortista revolucionaria de esas, más, porque estamos amenazados de muerte desde antes de nacer. Y si no es una abortista, pues es otra enfermedad. En cuanto llega la vida llega la amenaza de muerte. Es una forma de equilibrio universal un poco jodido, pienso yo, pero es así. Se vive en defensa propia. Si matamos…pues no diré que esté bien, pero… a lo mejor todo es distinto si es uno mismo el que sabe cómo llega a hacer algo así. Yo estaba siendo amenazado. No de muerte. Ni me iban a robar. Simplemente era la vida. La vida me amenazaba con quitarme la vida. O la muerte, no sé. Qué lío. ¿Tú no estás bebiendo demasiado? Estas dos últimas sobraban. Me sentía amenazado Y pensé en matar. Estaba desesperado. Acorralado. No sé si ofuscado o al contrario, por una vez, lúcido. Me di cuenta de que un asesinato era algo… en lo que se podía llegar a pensar.
por enriquebrossa | 16 16+00:00 Sep 16+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Los nuevos salmos
(LOS NUEVOS SALMOS)
Eres una gota de agua.
Suave e inocua. Un pequeño saludo de la naturaleza que, sonriente, mueve la mano mientras se desliza por el cristal.
Eres una gota de agua.
Puedo beberte y besarte sin miedo, y volverás a estar sobre las hojas, y a resbalar transparente y pura en mi ventana.
Eres una gota de agua.
Deseas agradar, deseas lavar la frente de los atormentados como yo, limpiar a los heridos, refrescar a los desfallecidos, calmar la sed. Eres pequeña y sencilla. Eres eterna. Eres la vida.
Eres una gota de agua.
Eres bonita. Hay una niña en ti. Símbolo del renacer. Siempre amable y cariñosa. Verte es la buena noticia. Es que tú sigues ahí, ofreciéndote sin pedirme nada. Grata, sencilla. Estás en mí y voy a ti.
Eres una gota de agua.
por enriquebrossa | 13 13+00:00 Sep 13+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Relatos
Yo tenía unos once años. Las maletas estaban listas para dejar la playa y ya solo faltaban unos minutos para salir. Pero ella era muy rubita, de ojos muy azules y una sonrisa de pastel. Aquel verano me había resultado muy difícil pensar en algo que no fuese aquella niña, un poco más mayor que yo. Era… perfecta ¡Mejor que perfecta! Estaba continuamente en mi cabeza. Así que, no podía volver a la ciudad sin despedirme de ella. En realidad no era por decir adiós. Sabía que a ella le daba igual, parecía no pensar en chicos de esa manera todavía. Era solo por verla unos segundos más.
Llevaba mi bañador, camiseta y mis chanclas. Al llegar a la arena húmeda me quité las chanclas de goma. Había una importante cuestión que arreglar. ¿Cómo
me quedarían las chanclas en la mano que me hicieran parecer más interesante y más «niño mundano» y más mayor ante la rubita? No quería parecer pequeño. ¿Cómo podría sujetarlas con la mano como si fueran otra cosa? Un periódico, un maletín, una pistola láser, Algo que me diese más edad.
El tiempo ya anticipaba el otoño, Uno de esos días con poca gente en la playa, con solo algunos valientes en el agua. Yo lo tenía claro. El cielo estaba triste por mi partida y separación de la rubita hasta el año siguiente. Si mi corazón se ponía melancólico el día lo acusaba también. Lógico.
Probé a llevar una chancla en cada mano,y no quedaba bien. Luego las puse suela contra suela y las tomé por la mitad. Luego las sujeté por los talones. Luego por la parte de los dedos. Me estaba acercando ya al toldo de la rubita y aún no tenía un criterio claro que aplicar respecto a cómo presentarme y con qué posición de las chanclas. Ojalá tuviera un cigarro y llegaría fumando, como un chico malo.
La vi de pronto, la vi, la vi. Sentí un golpe de adrenalina, que yo entonces no sabía lo que era. Ella estaba jugando, a cámara lenta, a las palas con su hermana mayor. Bueno, a mí me pareció verla a cámara lenta. Desde muy pequeño he sabido tomar una decisión en un momento crítico, así que sin pensarlo dos veces, opté por sujetar las chanclas por los talones. Dije hola. Me respondieron lo mismo, hola. Dije: » Ya me voy». Pararon de inmediato de jugar y me dieron un par de besos cada una, muy sonrientes y agradables, como siempre, y con sus labios de pastel. Hasta el año que viene. Adiós. Adiós, adiós. Y ya está. Eso fue todo. La cosa debió de durar tres segundos.
Y me fui hacia casa convencido de que la posición de mis chanclas, el modo elegante, la prestancia con la que las llevaba en la mano izquierda, era algo en lo que no se habían fijado con el detenimiento que merecía la cosa, ni lo habían sabido valorar. ¡Qué mala suerte!
Comenzó a llover suavemente. Pasé por las rocas del final de la playa más larga.
Me quedé mirando a las dos hermanas… Realmente no se las veía ya. Miré la gran nube gris y el oleaje oscuro y de pronto, sentí la necesidad de hacer algo impulsivo y loco y decidí lanzar mis chanclas al mar para ver cómo el Mediterráneo las columpiaba y olvidaba, igual que las emociones que aquella niña me provocaba. Era como la canción aquella de «tiré tu pañuelo al río para mirarlo cómo se hundía», pero con mis chanclas.
Al llegar a casa mi madre me vio mojado, con los pies sucios y doloridos y me preguntó porqué había tardado tanto y cómo era que venía descalzo. Le dije que había tratado de encontrar las chanclas pero que me las habían robado. Mi madre se me quedó mirando intuyendo que algo de aquello no era cierto y ni me preguntó quién me las había robado. Mi primo estaba por allí. Había venido a ayudar, decía él. Cuando mi madre se fue a la cocina me interrogó el primo mientras yo me calzaba unas zapatillas deportivas.
-¿Te has declarado y te ha dado calabazas?
-No, hombre, no me he declarado.
-¿Y entonces?
-Entonces nada.
-¿Quién te ha quitado las chanclas?
-Nadie.
-¿Cómo que nadie?
-¡Que me dejes en paz!
-¡Eres capaz de regalarle unas chanclas usadas!
-¡Que no! ¡Déjame en paz! ¡Vete a tu casa!
-Qué mal carácter.
Me sentí en ridículo y le dije:
-Ya verás al año que viene.
-Al año que viene ¡qué!
-Ya verás.
-¿Qué veré? ¡Dímelo!
– Olvídate, tío, piérdete, lárgate ya, que eres un plasta.
-Ya sé lo que harás al año que viene- dijo mi primo riendo malvadamente.
-¿Qué haré?
-Te tendrás que comprar unas chanclas nuevas.
Los dos nos echamos a reír, aunque yo le metí una buena patada y mi primo se piró a su casa, cojeando y riéndose como yo.

por enriquebrossa | 12 12+00:00 Sep 12+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Reflexiones
Espero no parecer inmodesto si os cuento que hay algo en lo que soy bastante bueno. Es verdad. No es nada tan importante como para que deba ocultarlo así que os lo voy a confesar. Veréis: se me da muy bien adivinar lo que los personajes van a decir en una película.
Por ejemplo:
En una americana de aventuras, suele ocurrir que cuando el protagonista está herido (el típico balazo en el hombro) y la chica está tratando de curarle (le seca la frente sudorosa y le da sopa), él está inconsciente (lo de la sopa llegará después) y junto a la cama, alguien pregunta preocupado:
-¿Crees que se pondrá bien?
Invariablemente la respuesta es esta:
«No lo sé. Ha perdido mucha sangre…»
Mi habilidad consiste en que, medio segundo antes de que lo diga el televisor, yo lo digo y algunas veces me aplauden por eso en mi casa.
Jamás dicen «todavía está muy débil», o «aun está delirando», o «no lo sé, pero come como una lima» o «ahora mismo acaba de ponerle la mano en el culo a Katy»…
¡Jamás! ¡Nunca! Siempre dicen la misma frase:
«No lo sé. Ha perdido mucha sangre»
También a veces se añade la frase:
«Pero es un hombre luchador y muy terco»
¡¡¡Dios!!!
Por favor: no seáis como las películas. Si hay mil modos de contar algo ¿por qué usar la frase que ya está gastada?
por enriquebrossa | 12 12+00:00 Sep 12+00:00 2014 | LIBROSSIANO, Relatos
Llegaron e hicieron sonar el timbre. Mi padre tuvo que salir chorreando de la piscina, sonriente y animado, a recibir en bañador a dos familias de amigos que llegaban en sendos coches, casualmente al mismo tiempo. Detrás de papá iba el perrazo, ladrando y meneando el rabo. Yo acudí también para ayudar a abrir una de las dos grandes puertas de hierro que protegían la finca. Los coches traspasaron la entrada cargados de gente simpática. Era estupendo. Lo íbamos a pasar muy bien todos los niños juntos: mis hermanos, los hijos de los amigos de mis papás y yo. Me encontraba muy a gusto, enseñando nuestro jardín a todos, con los cambios que habíamos hecho para poder jugar por allí. Les enseñé a los otros niños a acariciar a mi perro y les mostré el pinar, el cesped, la pista de tenis, el cenador bajo el porche, el cuarto de las herramientas, la casa de los torreros, las escopetas, mis gafas de bucear, las hormigas, las colchonetas, mi lanza hecha con una rama de almendro no muy derecha, el montículo, algún caracol, mi bicicleta, mi escondite favorito (pero jurarme que no se lo enseñaréis a mis hermanos), los sitios donde había lagartijas, el mirador, las tajaderas del riego, el agujero del seto, los fardos de leña, la chimenea con su atizador y su fuelle, los árboles frutales y especialmente la higuera. Aquella higuera tan grande y frondosa que creció junto al repecho bajo la cuál mi madre leía algunos pasajes de la Biblia. Todos formábamos un solo cuerpo unidos a Dios, como las ramas y las hojas son uno con las raíces de la higuera, me había dicho ella una vez. Pero esto preferí no contarlo a los niños recién llegados y mantenerlo en secreto. Poco después, estábamos todos luchando con una pelota en la piscina o jugando al escondite entre los pinos. Almorzamos, corrimos, nos bañamos cien veces…
El día avanzaba divertido y feliz. Estaba atardeciendo. Pronto los troncos de los árboles tomarían del cielo el color de las brasas. Mi madre nos llamó a los pequeños a entrar a merendar. Había preparado batidos de chocolate y pasteles. Allí me senté a bromear con los demás cuando… No sé cómo ocurrió exactamente, pero es como si me hubiera dormido sin cerrar los ojos. Recuerdo haber visto a uno de los niños, no sé cuál, que fue el último en abandonar el salón de mi casa riendo y corriendo. No recuerdo quién fue. Me había quedado solo sin darme cuenta, en el comedor. Solo junto a los platos sucios y tazas con goterones de chocolate de los otros niños. Me sentí traicionado, porque mi batido estaba por la mitad y nadie me había esperado. Yo era el más pequeño… Salí indignado del comedor de mi casa, muy dolido, con ganas de llorar, preguntándome por qué me habían hecho aquello, por qué me trataban así, y traté de seguirlos al jardín, a ver dónde se habían escondido, pero no estaban ya ni los niños ni los mayores. Entonces vi a mi padre, que súbitamente se había convertido en un anciano. Estaba paralítico, mudo y triste en una silla de ruedas, abrigado con una bufanda y una gorra a cuadros. Mostraba una expresión culpable, como diciéndo que nada podía hacer ya por mí. Nuestra madre no estaba. Una anciana demenciada ocupaba en su lugar. Mis hermanos también habían envejecido de pronto. Tenían los ojos hundidos y, con las manos en los bolsillos, contemplaban el fondo negro de un pozo cavado en la tierra y me miraban torciendo la cabeza. Una supuesta cuñada había asumido el papel de acompañarme a la puerta, esa misma gran puerta de hierro que yo abría con mi padre, y empujando con suavidad mi espalda, me indicó que debía irme y no volver, para que no me tirasen al pozo y no acabase mi sangre brotando por el aljibe. Ahora que mis hermanos mayores lo habían robado todo a mis padres, preferían no verme más. La puerta de la carretera se cerró quedándome solo, fuera, mirando los coches pasar veloces e indiferentes por la autovía. Alguien hablaba al otro lado, aunque las voces se alejaban de la verja. Agucé el oído pero dejaron de oírse enseguida y era evidente que ya no quedaba nadie junto a la puerta y que los usurpadores se habían instalado definitivamente en la casa de mi padre.
