por enriquebrossa | 14 14+00:00 Sep 14+00:00 2019 | Reflexiones
Aquella lámpara decimonónica con lágrimas de cristal olía aún como la piel avinagrada de su difunta abuela, fallecida hacía décadas. La había traído de aquella vieja casa de la familia, pero realmente no le gustaba nada. De pronto pensó que le traería mala suerte y deseaba destruirla. Le recordaba que del polvo venimos y que en polvo nos convertiremos. Pero luego se dio cuenta de que no era esa la causa de su aprensión. No tenía nada que coleccionar de aquel piso. Ninguna herencia emocionalmente significativa. Si al menos pudiera lograr que esto no les pasase a sus hijos… Pero eso sería como dar un sentido a la vida.
A la mañana siguiente, metió la lamparita en una bolsa de plástico para abandonarla en algún cubo de basuras. Su valor económico o estético no le importaba. Si su mujer preguntase por ella, le diría que la había guardado en algún lugar,hasta que se olvidase.
Sintió miedo de tropezarse con algún vecino en el ascensor, como si cualquiera pudiera darse cuenta de que estaba a punto de tirar un recuerdo de su abuela y despreciarle por ello. Se sintió como un psicópata cometiendo su primer asesinato, y acaso iniciando una corta serie.
La metió en el coche y circuló hasta una solar en construcción, rodeado de contenedores de obra. La idea primera había sido la de abandonar allí la lámpara de la abuela. Depositarla delicadamente, sin que se estropease, de modo que alguien pudiera rescatarla. Pero junto al solar, había un terreno baldío, una profunda cuneta, y más abajo, las vías de un tren. Empezó a caminar hacia allí y al llegar al punto más alto de la cuneta, sacó la lámpara de su bolsa. Abrió la mano y la bolsa voló empujada por el viento en paralelo a las vías férreas. Después, tomó aquel artilugio de anticuario y chillando lo lanzó hacia el cielo tan alto como pudo para luego verlo chocar contra uno de los carriles de acero y desparramar sus lágrimas entre los guijarros y las traviesas.
Sintió que había matado a alguien. También que era un animal. Y un cierto mareo.
Después desanduvo torpemente hacia el coche, entre los matorrales de aquel repecho inculto. Abrió la puerta de su auto y lo puso en marcha. Pero antes de meter la primera, aquel individuo desesperado rompió a llorar inútilmente apoyando su cabeza engominada en el volante, sobre el que cayeron algunas gotas de angustia. Se sintió por un momento extrañado al escuchar sus propios sollozos, como el bebé que descubre su propia voz en la cuna, pero segundos más tarde oyó cómo se acercaba el traqueteo del tren
por enriquebrossa | 9 09+00:00 Sep 09+00:00 2019 | Reflexiones
Se cómo te sientes. Como el día.
Hace mucho calor y notas la corriente fría del aire acondicionado en las piernas, y el sofoco del día continúa aferrado a tu cara, como si vinieras exhausta de un duro camino o de un romance histórico. Frescas las pantorrillas, pero el sudor aferrado a los pómulos y a las ingles, como un molusco.
Hay una mezcla de temperaturas en ti, como una mezcla de sabores. En realidad, tú eres una experta catadora de sinsabores. y por eso localizas distintos amargores en distintas áreas de la lengua y del paladar.
Amarguras. Amargores, es un plural raro que suena mal, pero tú mantienes los regustos separados, sin formar un único amargor, ni una única amargura.
Últimamente detecto tus sensaciones así, simultaneas, pero no unificadas: separadas. No se integran. No promedian. Nada se acaba de disolver ni de resolver. No eres capaz ni de diluir ni de eludir. Avivas recuerdos que no se derriten. Esperaba que fueran como el hielo y fluidificasen rápidamente, pero no. Décadas más tarde te escudas en que un iceberg no se licua tan pronto como un cubito para el gintonic. Cada cual sabe si ha colaborado en la fabricación de los hielos de su vida. Sabes que algunos malos recuerdos no se difuminarán jamás. Tú los cultivas. Corre en tu pecho un líquido espeso que no logras aclarar. Lágrimas que no emulsionan con las risas y andan revueltas en el mismo bolsillo , al alcance de tu mano derecha, como un heterogéneo manojo de llaves para entrar y salir de tu pasado. Rencores que no logras o no quieres desleír. Miedos corren, como grumos en tu sangre, que no acabas de disgregar. Odios reconcentrados que deberías aguar. Recuerdos que liquidar. Enormes pesos mal distribuidos cuelgan con dolor como enormes senos cuyas cargas no puedes nivelar. Emociones que otro dosificaría, te las tomas de un trago, como un bebedor de aguardiente, una y otra vez. Las piedras que guardas no son para rasar tu camino sino para volver a tropezar. Quieres volver a tropezar. Como no lo puedes reconocer, luego buscas un culpable. Pronto sueñas con clavarle dagas. Tus afrentas imaginarias son para ti más reales que la realidad. Quieres creer que las cosas son como tú te las cuentas. Pero en realidad te odias a ti y no a tus culpables. Algunos lo son. Otros inculpados sabemos que no. Que son inocentes.
Triste y contenta, feliz y desdichada, buena y mala a la vez. Disociada. Por un lado, te comprendes y te consuelas, te perdonas y te engañas y haces bien. Por otro… sospechas de ti. Unas veces lejanamente, como oyendo a tu pesar un eco interior, pero a la vez lejano, Otras veces de un modo consciente y claro. Sé que sospechas de ti.
No deberías sospechar. Porque sabes, es un hecho cierto. Llevas siempre contigo tu daga y tu veneno. Emponzoñas las aguas de tu propio rancho. Siento verte tan confundida.
Ahora quizás tú y yo sintamos lo mismo por ti.
Sentimos parecido
al acabar la cena
pena y miedo,
miedo y pena,
por tu daga
y tu veneno.
A veces, cuando cae la tarde cerca del mar, y la luz ya no te permite seguir con tus lecturas, te queda en el alma una caricia suave del aire. En ese momento eres para mí la que podría valer la pena. Pero es solo un instante. Ahí estás tú, mirando la orilla cuando empieza el anochecer. Sensitiva y sola. Sensitiva. Sola.
Y es entonces cuando lo adviertes y te serenas: hay paz allí, donde nada importa.
Pero pronto te olvidas precisamente de esa idea: la paz está donde nada importa.
por enriquebrossa | 21 21+00:00 May 21+00:00 2019 | Reflexiones
Durante esta semana tu oído seguirá tan agudo como siempre. Al tomarte el güisqui del domingo por la noche, cuando los tuyos ya duerman, escucharás las pisadas producidas dos plantas más arriba.Te encanta el silencio, pero detectas sonidos imperceptibles.
Tu semana será como todas, rica y doliente.
La actividad de los desenvueltos atrapa las miradas. Quizás, de modo análogo, la gente ignora activamente o sin darse cuenta, a la gente inhibida y amortiguada como tú. Serás siempre un solitario, por necesidad y por necedad. Por placer y por desgracia. Y porque así lo habrá querido Dios.
Sin hacer nada especial, tu vida será siempre admirable por su intensidad y profundidad. Admirable para ti y para ti Nadie desearía una vida como la tuya. Mejor. ¿Para qué más? Tan solo te falta algo de diversión y de risa. Por eso no vas a dejar pasar de largo ese sueño hecho realidad, de confesiones y risas. ¡Qué le vas a hacer!
Ya casi te daba pereza disfrutar, pero se te ha concedido una armisticio, y te gustará aunque ya estés acostumbrado a vivir agachado en la trinchera.
Trata de no ser zoquete. Dale alegrías a alguien a quien importas. Sal a flote. Rompe la corteza de hielo que está cubriendo las aguas que habitas; asómate y respira. Le alegrará verte respirar.
Las fuerzas que te puedan faltar, ruégaselas a Dios. Ella, esa mujer explosiva, te las traerá de su parte.
por enriquebrossa | 21 21+00:00 May 21+00:00 2019 | Reflexiones
El grupo. Ay, el grupo. Me gusta relacionarme con las personas de una en una. También hablar en público, porque doscientos oyentes en una conferencia se comportan en realidad como uno solo. No soy aficionado a volar en bandada El grupo nos condiciona hasta la nausea. Nos vestimos en función del grupo, consumimos según nuestro colectivo referente, nuestra conducta es muy poco nuestra, mucho menos de lo que creemos.
Quisiera no ser previsible pero todos lo somos.
Conspiro respecto a la sociedad. No acabo de ser su enemigo, pero no ceso de murmurar en su contra. No me rebelo del todo, no doy mi golpe de estado, no corto las amarras. Lo malo es que a pesar de todo, mi desconfianza hacia lo colectivo me delata. Se me nota.
Yo comprendo que debo pagar peajes. No es que me guste, claro, pero sé que en el fondo soy un afortunado y eso debe ser compensado retribuyendo a la chusma de alguna manera para que no le escueza. Hay una especie de socialismo de las identidades que pretende no ya acabar con los ricos, sino con todo vestigio de diferencias. Y no por proteger a los desvalidos sino para atacar a quienes creen que descolla injustamente. Les parece provocador que otros sean mejores o peores en algo, o simplemente distintos, aunque sea por silbar, o cocinar croquetas cuadradas. Ni siquiera precisan ser mejores. Simplemente que no sean «100% grupo» es suficiente. Les joden los listos, porque no todos lo son. Las guapas, porque les parece injusto no serlo ellas o ellos también. Los fuertes les intimidan y quieren demostrar que se atreven a darles una patada donde más duela. Los ágiles, con su ritmo, que se alejen y les dejen en paz. Los graciosos siempre quitan brillo a los demás. ¿No podrían pensar un poco en los que somos grises y ser menos divertidos? Como los interesantes, los atractivos, los originales. Los pobres, que se jodan, oye, que los demás no somos millonarios. Los voluntariosos y laboriosos no tienen comprensión y creen que todos deberíamos ser iguales. Los enamorados se creen los primeros y únicos en vivir. ¡Qué decir de las decepcionadas, los extranjeros, los motivados… Todos merecen el rechazo del grupo. Todos: expertas, atentos, despistados, desdichados, educados, felices, buenos, profundas, creativos, deseados, torpes, queridos, odiados, brutos, suaves, simpáticos, sencillos, orgullosos, claros, oscuros, discretos, tontos, asequibles, tiernos, románticos, apasionados, idealistas, ilusionados, fieles, escépticos, orgullosos, pacíficos, modestos, amistosos, animosos, deprimidos, clarividentes, ofuscados, tranquilos, sinuosos, impulsivos, informados, realistas, descreídos, ocurrentes, solitarios, vulnerables, soñadores… Por todo y por su contrario te pueden odiar. Por cualquiera de estas facetas, sobre todo por la de soñador y por ser un ingenuo, y estar con las defensas bajas, y por tres mil motivos más así, nos merecemos un escrache no basado en insultos y pancartas sino en la hipocresía apestante que llega si puede hasta las puertas de tu casa. Es el colectivismo totalitario de la falta de personalidad, que intenta coaccionarte cada día en cada momento. Te requiere para que pagues un impuesto a su administración de la vulgaridad. Una ecotasa inventada al individualismo. Pretende diezmar tu alegría con la acción coordinada de su mala fe, y del linchamiento social. Es como convocar a los espíritus con la ouija. Entre todos la van moviendo un poco con el dedo, empujando y dejando de empujar. Luego dicen que nadie la ha movido, que entre todos la matamos pero ella sola se murió. Es la cobardía. la que manda protegerse en la manada y traicionar al individuo.
Qué palabra tan interesante: individuo. En español parece algo malo. Lo usan los policías, los juristas, las autoridades y los periodistas de sucesos. «A las 23:48 del día de ayer tres individuos abrieron fuego en plena calle contra los empleados de un supermercado… » El individuo es alguien sospechoso y desprovisto de la protección que otorga una mínima descripción. De las víctimas sabemos tan poco como de los asesinos, pero los primeros son empleaados, los asesinos ni son nada, no tienen catalogación. Solo son individuos, expoliados de cualquier otro ropaje, referencia, o clasificación, hasta ser más minuciosamente estudiados y fiscalizados. Los delincuentes son siempre individuos y casi se podría decir que los individuos son delincuentes. . . Desnudos de toda cualificación subjetiva. El individuo es como un espécimen atrapado en la platina del microscopio, bajo la mirada fría del entomólogo. Se le ve pequeño, insignificante, pero al mismo tiempo capta toda la atención del gran ojo escrutador que todo lo mira de modo invasivo, al otro lado del tubo del microscopio, detrás de la lente. El grupo quiere gobernarte y que tú seas su escudero. Debes delatar al individuo. ¿Por qué deberíamos tolerar que alguien sea distinto? Yo le llamo socialismo ya que pretende repartir la riqueza humana individual y arrebatar, no el oro, sino el aura de los que la tienen. Acabar con las distintas clases de personas, que no haya humanos de distintos estilos. Pero no tiene nada que ver con ser socialista, sino con ser rastrero. No es el estado el opresor, sino la mentalidad pobre, cobarde, servil, falsa e hipócrita de cada persona. El grupo es por definición anti filantrópico, aunque se proponga remediar a los marginados, porque el propio concepto de marginación necesariamente hace referencia al grupo, igual que palabras como suburbio o extrarradio no tienen sentido sin la idea de ciudad . Se cimenta en el cálculo de conveniencias personales, el interés disimulado, cobarde e innoble de sus miembros. Resistir al grupo hace que los hombres fracasen o que se conviertan en grandes. Debes medir tus fuerzas, como el escalador ante la montaña, o te vas a autodestruir. El poder es siempre el poder del grupo o el poder de quien maneja el grupo. En cuanto queremos dañar a alguien, tratamos de enfrentarlo al grupo, lo denigramos ante los miembros del grupo. El cotilleo es una actividad neurótica de adoración al grupo y de desprecio a los individuos. La sociedad fomenta la mediocridad y disuade de la veleidad de cualquier posición alternativa personal. Hay un nazismo solapado en las mamás que van a buscar al niño al colegio; en los compañeros de oficina; está soterrado en el resentimiento del conserje, la frustración del peluquero y en la soberbia de la esposa del banquero; en el empresario, el sindicalista, y en el redactor jefe. La coacción es social pero el recelo está en las vísceras de cada persona. Es el origen de la eterna trama cainita que mueve la historia. En cuanto Adán y Eva tuvieron hijos nació el primer Caín.
La mente del escritor es un caleidoscopio. Por si las nuevas generaciones se hubieran olvidado de esta palabra, recordaré que es un tubo con dos o tres espejos inclinados y cristales de colores en su interior, dispuestos de tal manera que si se mueve el tubo y se mira en su interior por uno de sus extremos, se pueden ver distintas figuras geométricas simétricas. El escritor debe estar pendiente de su propia mente. Unas veces debe tratar de no mover su caleidoscopio para que nada se altere y pueda mantener un tono, una voz, una escena imaginada que se le representa vívida en un momento dado. Otras veces se trata de ir moviendo el caleidoscopio suave o bruscamente. Necesitas soledad. La vida social te distrae, no puedes ir a la boda de Laurita y Felix y llevarte el caleidoscopio, porque ése seria un comportamiento inadmisible. Hay que mantener las relaciones personales humanamente enriquecedoras y evitar compromisos sin significado personal. Esa es la relación entre el escritor y la vida social. Esta siempre trata de hacer pasar por el aro al escritor. Su mundo imaginario es infinitamente más rico que las bodas de las Lauritas y de no ser así, sería absurdo seguir escribiendo. A partir de ahí es inevitable que el grupo, la sociedad, te vuelva la espalda. Tu desinterés lo percibirá la madre de Aurorita y el hermano de Laurita, las primas, el padre, pronto renegará de ti todo el círculo de Laurita. Además de tu desinterés, que es real, te atribuirán rareza, inmadurez, soberbia y falta de conexión con la realidad y comprenderás que habría sido mejor para ti no haberlos conocido jamás o tener una vocación… una personalidad, menos antisocial. Vas a ser víctima de la eterna pregunta: ¿Quién te crees que eres? Tú mismo acabarás preguntándotelo. Con suerte, hallarás la respuesta: tú eres tú y tienes todo el deber y el derecho de serlo, aunque implique pagar más peajes y afrontar consecuencias.
Un escritor, como cualquier otro artista, es alguien distinto. Puedes dibujar bien y no ser un artista. Puedes redactar bien y de nuevo, no ser un artista. Ser escritor requiere mostrar una visión subjetiva, y diferencial del mundo y no ser el que puede presumir de tener más conocidos ni mayor éxito social. Tu juegas en otra liga. Escribiendo bien demostrarás conocer las técnicas: el oficio de escritor. Pero en realidad ser escritor no es un oficio. Desconfía de todos los escritores que dicen que escribir es un trabajo como otro cualquiera. Saben que mienten. Con su falsa modestia se disfrazan de desmitificadores. Son ellos los verdaderos pedantes Escribir es un trabajo, sí. Y mucho más. El síntoma del verdadero artista es presentar un cierto grado de falta de integración social, de inadaptación. Si estuvieras en el mundo feliz, el arte sería innecesario. Un gran escritor es un excelente inadaptado no un miembro del grupo, no un gregario del pelotón. El homenaje de la sociedad a los artistas es de las manifestaciones más cínicas que existen. La sociedad rinde pleitesía a los artistas cuando por fin están muertos, después de haberlos detestado y marginado como seres humanos. Remarcan su nacionalidad y lo convierten en símbolo de todo un país, que en realidad recelaba de él. En vida si tienen éxito acaso lo han convertido en bandera o han sabido no tomarse en serio ni a ellos mismos ni a la sociedad. El escritor es impulsivo. A la mierda, decía Fernando Fernán Gómez. Yo he venido a hablar de mi libro, decía Umbral. El autor no se anda con paripés. Por eso, muchos artistas, camino de llegar a serlo, optan acertadamente por marginarse ellos mismos.
Yo tengo la esperanza de que la ciencia nos diagnostique algún día como algún tipo de síndrome de déficit de atención a la realidad circundante. Entonces los individuos dejarán de ser sospechosos y los artistas serán tratados como enfermos, tendremos un dia en el calendario, como los enfermos de cáncer o algunas minorías protegidas por lo políticamente correcto. Se nos prescribirán pastillas con cargo a la seguridad social que actuarán sobre nuestros peculiares neurotransmisores y paliarán nuestro problemático ADN.
De Cela o de Umbral, hasta después de muertos, mucha «gente de grupo», ¿qué decían de ellos? No voy a caer en el recurso demasiado usado de acabar este párrafo con una palabra gruesa. Pero la mayoría los detestaban.
Escribir es un privilegio. Un privilegio individual. Un privilegio de un individuo. Si notas que no te lo hacen pagar es que tus resultados son todavía modestos. Puede que te estés dedicando a ganar dinero al acariciar la melena de lectoras románticas o a mesar el bello facial de niños de más de cuarenta años, lectores impenitentes de tebeos sin dibujitos. Esa es una posición intermedia, sana, legítima y respetable si tu lo sientes así.
Pero yo no hablaba de eso. Yo hablaba de ESCRIBIR.
Precisamente hoy es domingo. Debo elegir entre escribir en una terraza, al sol, o cumplir con algún compromiso social. ¿Qué voy a hacer? ¿Seré suficientemente valiente? ¿Lo bastante individualista, artista y antisocial? Pues no. Me veo en casa de la tonta de Laurita, que domina a la perfección palabras como cenefas y bodoquitos, y el simplón de Felix, con su grupo de amigos. No los hemos visto aun desde que volvieron de su viaje y subsanar ese grave déficit seguramente sea un deber ciudadano para que no nos excluyan, cosa que me haría tan feliz…
por enriquebrossa | 21 21+00:00 May 21+00:00 2019 | Reflexiones
Una voz de mujer canta una melodía sin letra acompañada por una guitarra. Quizas esa música describa a una pasión complicada, o talvez una travesía en carromato entre montañas resecas. Puede que sea la expresión de su duende racial. Es un dulce veneno y esto sí que es un tópico.
Yo era un chaval con poca experiencia con los tres amigos que me acompañaban en aquel viaje de camping. Frente a nuestra tienda de campaña, aquella mujer agitanada, de ojos profundos. Siempre descalza, sentada sobre la trasera de su DKW con su guitarra.
-Deja de mirarla, tío, que esos nos van a rajar a todos. Anda, vamos a tomar un café.
-¿Mirar yo?¿A quién?
Mis tres amigos comenzaron a reírse y de nada me sirvió negar lo evidente. Ellos se fueron a desayunar al bar del camping y yo me quedé a mirar sus pies y sus muslos desnudos. Su cara de guarra hermosa, mayor que yo. Quería cultivar mi obsesión. Mientras seguía cantando canciones sin letra yo me hacia el ocupado, entrando y saliendo de mi tienda de campaña a coger una galleta de mi mochila impostando un aire de tipo curtido. Me pareció que sonreía mientras cantaba. Yo no sabía lo que quería exactamente. En unos minutos mis amigos vendrían del bar y burlándose me preguntarían si había hecho muchos progresos.
Me puse unas gafas de sol para disimular mi vigilancia lo que seguramente fue contraproducente. Parecería un policía. En un momento dado ella me saludo con la mano. Yo traté de disimular mirando mis galletas. Ella sonrió y dejó su guitarra. Se levanto y habló con los maromos que la acompañaban. Al poco se fueron hacia el bar. Inmediatamente ne llamó.
-¡Eh, tú, chico! ¿Puedes hacerme un favor?
Me acerqué con el corazón latiéndome en varias partes del cuerpo.
Cuando estuve a su lado me invito a pasar a su furgoneta donde estaban sus mochilas, un par de cazos, biquinis, toallas arrugadas, zapatillas de deporte y más cosas envueltas en un aire caliente, olores y penumbra. Me quedé mirando, dubitativo.
-Pasa, no tengas miedo.
Me tomó de la nano y entré con ella en la DKW.
-¿Por qué me miras todo el tiempo?
– Porque eres muy guapa.
Me sentí como un niño cuando ella sonrió.
-Tú también me gustas. Les he dicho que se vayan para quedarme contigo un rato.
Inmediatamente comenzó dame un morreo y tras quitarse su vestido playero apareciera dos tetas magníficas. Después me quitó el bañador y en pocos segundos estábamos copulando.
-Acaba, acaba deprisa, cariño, antes de que vengan. Les he dicho que te entretendría mientras os roban.