por enriquebrossa | 28 28+00:00 Ene 28+00:00 2019 | Reflexiones
Se hicieron las doce y cayó el sueño como una cortina que casi no me dejaba ver. Abandoné las redes sociales, repletas de princesas azules y de otros colores, y salí de mi despacho en dirección al dormitorio, pese al cansancio, con cierto garbo. Pero con las prisas, perdí una alpargata en el pasillo. ¿Cómo se pierde una alpargata caminando? La respuesta es que tienes que verme a mí con sueño. Mi hijo pequeño, no sé qué haría despierto a esas horas, la recogió y dijo:
-Se lo voy a decir a Mamá, que tú también te dejas zapatillas por ahí, y te enfadas cuando lo hago yo.
-¡Eso mismo! -dijeron sus hermanas.
-¡Vaya acusicas! ¡Qué malos hijos!
Mi mujer, dijo:
-¿De quién es esa zapatilla? ¿Os parece bonito? El propietario, mejor que confiese.
Pero yo me metí en la cama, mientras ella seguía tratando de averiguar de quién era. Yo abrí un ojo al oírla entrar al cuarto. Sonriendo, introdujo la mano buscando mi pie bajo el edredón. Cuando por fin lo cazó con maestría como a un gazapo tratando de esconderse asustado en su madriguera, logró sujetarlo:
-Vamos a probar si la zapatilla es de este señor -decía. No sé por qué le hacía tanta gracia la cosa pero pronto me contagió su risa.
-Déjame que te la pruebe -decía- y si es de tu talla está pantufla de cristal, me casaré contigo otra vez. ¿A dónde iremos de luna de miel?.
-Pues sí que tienes ganas de reincidir -le respondí yo, asomando el dedo gordo para permitirlo.
-¡Horror! ¿Sabes que tendremos bodorrio -y me buscó las cosquillas en la planta del pie.
Al día siguiente tendría algunas tareas poco interesantes que hacer. Dejé de soñar despierto. Me quedé pensando en mi zapatilla de Ceniciento… y en que mi coche fantástico se había convertido en calabazas. Lo pensé mejor y me dije: <<Bueno, quizás no>>
por enriquebrossa | 31 31+00:00 Dic 31+00:00 2018 | LIBROSSIANO, Reflexiones
La falta de autenticidad jamás me ha sorprendido, Sin embargo, me produce un muermo existencial profundo, un aburrimiento espeso, narcotizante.
Convivir con la hipocresía continua y generalizada es como estar preso y tener que sentarte a almorzar cada día irremediablemente con una banda de groseros y maleducados, que comen con los dedos y no les molesta embadurnarse la cara y las manos de grasa o pringar los vasos al beber. Uno no querría estar allí. Al cabo del tiempo de convivir con esto, si ya logras dominar la aprensión, siempre permanece el hastío.
Y la pregunta que te sobreviene es: ¿por qué se degradan? ¿tan difícil es hacer las cosas de otro modo?
por enriquebrossa | 31 31+00:00 Dic 31+00:00 2018 | LIBROSSIANO, Reflexiones
El año pasado por estas fechas escribí la siguiente frase:
“Este año, os deseo sentido común. Es lo que voy a pedir para mí. Con eso podremos tener todo. Paz, amor, justicia y hasta crear riqueza”.
Para mí el sentido común es lo que evita problemas y encuentra soluciones, y facilita la ecuanimidad.
Este año no sé si volver a desear lo mismo o mejor pedir algo que no sea tan difícil, como que me toque la lotería. Ha sido el año en el que más claro he visto que la falta de sentido común es galopante y que tiene una incidencia tremenda en la paz interior de las personas, en su felicidad, e incluso en sus proyectos. Nos ha faltado sabiduría, equilibrio, humildad, sensibilidad, sensatez, autenticidad, compasión, indulgencia, mano izquierda, saber contemporizar… Yo todo eso me lo perdono a mi y a los demás. Son errores y limitaciones importantes, sí. Pero somos todos tan limitados… No pasa nada.
Luego está la falta de lealtad, que es algo que llevo peor porque mancha mucho todo. Y, por último, lo peor de lo peor, para mí es la vulgaridad. La vulgaridad que a mí me preocupa no tiene relación con una mala elección de calcetines, ni con ninguna norma de comportamiento social o manual de buenas maneras. Yo no me muevo por esas memeces. Me refiero a la vulgaridad de pensar en corto. Con miopía, trivializando lo importante y exaltando lo anecdótico. Vulgar es entrar al trapo con las miserias. Retirar confianzas. Vulgar es devaluarse. Venderse barato o regalarse a la primera conveniencia sin caer en que entregamos así un mundo peor a nuestros hijos.
Yo soy el último idiota que queda. El último ingenuo que piensa que todavía puede encontrarse con gente que se mueve por criterios de honor, ética, lealtad y moralidad. Soy el Quijote, en versión humilde, sin pretensiones caballerescas. Eso no quiere decir que yo piense que soy mejor que los demás, porque luego a la hora de la verdad, soy también humano. Pero soy el último que se plantea que deberíamos ser de otra manera, cuando creo que a los demás estas ideas del Bien les produce una mezcla de condescendencia y risa floja con mirada maternal.
Sinceramente, yo soy así porque por un lado no me parece imprescindible, ni necesario, ni conveniente ser de otro modo. Creo que es generalmente torpe ser así. Es estropear cosas. La falta de continuidad nos debilita, y esa continuidad necesita confianza. Nos condenamos al paripé, a la hipocresía, al sostenimiento de relaciones falsas, meramente formales. En segundo lugar, porque hay muchas ocasiones en las que no es tan difícil hacer lo que se debe. Uno no está sometido a gravísimos dilemas morales por tener un mínimo sentido del honor personal y de la lealtad. No es para tanto. Da bien por bien, paga lo que debes, no decepciones a quien te aprecia… ¿Tan difícil es? No, no lo es. Hay algo para mí de tipo estético. Ser miserable, aunque sea un poco, es de mal gusto. Sin duda, es vulgar, como decía antes. Mucho más que los calcetines blancos, que tanto denigran algunas personas que creen que la educación tiene que ver con conjuntar colores de ropa. Fallar es de mala educación. Es de gente que queda mal, que no es solvente, porque no son de confiar. Es gente que va dejando al andar por la vida un rastro de suciedad evitable, innecesario. Yo veo suciedad en provocar en otros la desilusión, el desencanto, la burla, el chasco, el engaño, el descontento, la contrariedad, el fallo, la frustración… Al final, es gente que quita alegría al mundo y la cambia por tristeza en aquellos con los que se relacionan, como quien va a una piscina climatizada y echa agua fría y sucia, que finalmente baña a todos. Es simple falta de civilización, de educación. Es una animalidad. Nada tan primitivo y atávico como el egoísmo, esa versión chata y taruga de la ambición.
Así que, heme aquí que, aunque ando muy escaso de fe, me encuentro con que estoy por la difusión de ciertos valores cristianos, que muy pocos -cristianos y no cristianos- poseen.
Este año deseo no fallar tanto. No fallar yo. No ser patoso. Respecto a los demás… No. No pediré nada respecto a los demás. Soy una micropartícula en un océano de humanos, transitado por corrientes que me superan como la ola a la cáscara de nuez. Algunas veces, ni siquiera me importa mucho flotar o no. No voy a predicar. Mi deseo para esos otros es que lo disfruten juntos y alejados de la gente de calidad. Trataré de disfrutar yo solo de mi propio sentido de la vida, con las muy escasas personas que yo conozco que parecen poseer esa famosa madera del árbol que nunca existió.
por enriquebrossa | 18 18+00:00 Dic 18+00:00 2018 | LIBROSSIANO, Reflexiones
Desde arriba, una ciudad es parecida a una colonia de hormigas. Un trasiego de puntos que se mueven en fila, ya sean coches o personas. Me pregunto si las hormigas tendrán conciencia de sí mismas. Yo creo que sí, que todo animal es capaz de defenderse, y eso significa que saben que ellos son ellos. Cada hormiga parece ocupada. Cada persona también. Las hormigas nos parecen idénticas entre sí, pero las personas, vistas con cierta distancia no lo parecen menos. Nuestro funcionamiento no es menos automático.
por enriquebrossa | 27 27+00:00 Nov 27+00:00 2018 | LIBROSSIANO, Reflexiones
Cuando se es como yo, la hipocresía es un tema de preocupación importante. ¿Y cómo soy yo? Claro y conciso: tengo una tara. Lo digo así de claro porque no soy hipócrita. ¿Y cuál es la tara? Pues esa. No ser hipócrita. En mi caso, no es cosa de presumir. Es que no podría serlo, aunque quisiera. Es como el que nace autista. Es diferente. No es peor, pero es diferente y tiene muchas y evidentes desventajas. Algo así es lo que me pasa a mí. Juro que no presumo de ello. Al contrario.
Cuando alguien me dice eso de: “yo es que soy muy directo”, digo, mira, me anuncia que es un cabrón, que no hay que fiarse de él, que va a ser directo para molestar si puede, y no molestará si no le interesa hacerlo. Será traidor y falso hasta rozar la delincuencia. Los que dicen ser directos no son francos, sino agresivos en la acepción peligrosa del término. Cuidado con esos que se jactan de su claridad, porque son los más tramposos. Esta frase me ha salido como una bienaventuranza al revés, pero es verdad. En cambio, yo no puedo presumir , y nunca he presumido de ser directo. Soy discreto, comedido, educado… Nadie diría de mí que soy especialmente claro en mis manifestaciones. ¡Pero no soy hipócrita!
El otro día, entré en conversación con un grupo de gente y se pusieron a criticar a un ausente. Lo motejaban, se burlan de él y hasta de sus hijos. No es la primera vez. Le hacen el vacío. Se estaban refiriendo a un tipo que verdaderamente es un plasta de libro, de los que salen en las fotos de los libros de plastas. Este es como para salir en la tapa. Con lo buena que estaba la cena, unos pulpos riquísimos, unos chopitos… En fin, lo típico en nuestro país. Estábamos en una sala reservada, en un sótano. A puerta cerrada. Muy tranquilos y muy bien. Pero me molestó que se pusieran a criticar. Reconozco que no me relaciono con él si puedo evitarlo. Pero la conversación respecto al plasta se iba convirtiendo ya en un monográfico multiautor. Los minutos pasaban y ya estaban ridiculizando a su hija de once años, a su mujer, al chavalín… ¿Quiénes eran ellos? ¿Tan estupendos eran los que tanto criticaban como para realizar aquel linchamiento moral? Empecé a quedarme callado. Las piernas las sentía como si padeciera agujetas. También los brazos y los hombros se me pusieron rígidos. Tenía miedo de ponerme verde. Un reproche pugnaba por salir de mi garganta como una vomitina agazapada, como una náusea, que amaga, pero no se termina de arrojar. No digas nada, no digas nada, Eduardo, no digas nada ¿por qué vas a dar la nota por culpa del plasta ese? Él no haría nada por ti. Realmente es un tipo bien baboso. ¿Eres tú el Justicia o el Llanero Solitario? ¡Cállate! Pero es que no podía aguantar eso. Hay que ver la seguridad que sienten los miembros de un grupo una vez que ya se ha señalado una víctima, cuando ya hay alguien que es oficialmente el “peor”, el eslabón más débil. Pero ellos, seguían, seguían y yo los miraba callado, seguramente con ojos saltones… Se me ponen los ojos así, como pegados a la piel de los párpados, como demasiado abiertos, cuando me entra ese tipo de rabia. Tan distraído estaba que se me cayó el cuchillo al suelo. En aquella sala, como solo estaba nuestra mesa, no podía verse ningún camarero al que llamar para cambiarlo. Pero junto a la puerta había una alacena rústica, de pino, con vinajeras, servilletas de papel, cubiertos, vasos… Lo típico. Me levanté y me dirigí al mueble para reemplazar mis cubiertos por unos limpios. Pero mientras tanto, las carcajadas aumentaban burlándose de aquel hombre tan aburrido y de su familia, y de cómo le habían dado esquinazo un día en el que estaban a punto de salir todos juntos con su mujer, y las risas fueron tan grandes que una de las chicas se echó hacia atrás, como quien toma impulso para lanzar una carcajada mayor aún, y tanto era así que me impedía el paso. Yo intentaba decirle que se apartase, pero ella tenía un verdadero ataque de risa cruel y estúpida. Estas cosas, como digo, me ponen muy tenso. Ya casi podía tocar la alacena cuando vi allí un jamonero vacío, sin su jamón. Pero vi el cuchillo jamonero, largo, delgado, recto, afilado como el arco de un violín y sin pensármelo, tomé el cuchillo y se lo puse en el cuello a la que tanto se reía.
-¡Pero qué haces, tío!
-Chicos, como lo estamos pasando tan bien lapidando a un amigo, he pensado en tocar el violín. Rosa será el violín.
-¡Eh, déjala, no seas desagradable!
-¿Sabéis que los violines tienen esas aperturas tan bonitas en la caja, a los lados de las cuerdas? Se llaman oídos en efe. Le voy a hacer las efes a Rosa en el cuello.
Todos me dijeron que dejase el cuchillo de inmediato. Pero yo sujeté la cabeza de Rosa y puse el cuchillo con el filo esta vez ya tocando sobre su delicada piel bien hidratada con pringues de mamá criticona.
-¡Deja eso, Eduardo, no tiene ninguna gracia! ¿Estás loco?
-¡Eduardo, qué desagradable! Le puedes hacer daño.
Las risas se habían cortado. Las caras estaban de pronto muy serías. Y yo empecé a notar algo raro. Latidos fuertes, un gran zumbido… Algo cosquilleaba en mis genitales. Y empecé a hablar.
-Lo que hacéis está mal. ¿Por qué os metéis tanto con esa familia de pelmazos a la que luego saludáis tan amablemente? Aunque sean pelmazos, no está bien que habléis a sus espaldas.
Todos me miraban con la boca abierta, como si estuviera loco.
-A lo mejor nosotros también somos unos aburridos, no somos perfectos nadie. Todos somos iguales.
-¡Me estás haciendo daño! -decía Rosa llorando.
-Es mejor que te estés quieta. No miréis hacia la puerta. ¡Que nadie mire a la puerta! Si alguien va hacia la puerta le cortaré el cuello.
Se lo estaban creyendo. Más que eso: ya estaban todos convencidos de que yo hablaba en serio…
-Os voy a decir algo sobre lo que no habéis pensado. Los hipócritas mueren tan fácilmente como los demás humanos. Tan fácilmente o más.
Alberto, el hermano de Rosa decía:
-Tienes razón, Eduardo. Déjala, por favor, te lo ruego.
Qué gracioso. Quería tranquilizarme. Pero yo ya estaba tranquilo y seguí con mi tema:
-Fijaos qué fácil es matar a un hipócrita.
Al rebanar aquel delicado cuello sangró desde el principio de modo abundante, sí, salió bastante, pero resbalando por el cuello. Pero de pronto, cuando el cuchillo jamonero inició su viaje de vuelta profundizando en la raja abierta, perfeccionado la efe, era como si la sangre estuviera a gran presión y me manchó a mí, al resto de los mal llamados amigos y lo que es peor, mi plato de pulpo, los chopitos, los vasos, manteles… ¡Qué cerda, cómo ensucian los hipócritas al morir! ¡Casi más que en vida! Todo se había salpicado y no quedaba ni un rostro sin sangre. No paraban de chillar. Alberto se levantó y trató de levantar una silla, quizás para tirármela a la cabeza, pero había poco espacio entre la mesa y la pared, y no lograba sacarla de su sitio por mucho que la zarandeaba nerviosamente, qué ridículo. Y yo dejando caer a Rosa como a un despojo que ya ahogaba sus chillidos de cochino en el día de la matanza, le di un botellazo a Alberto en la cabeza que lo dejó KO, dormidito sobre su silla que tanto le gustaba al hombre. Pese que tuve que darle con la mano izquierda, el golpe había sido uno solo pero bien eficaz. Aparte de mí, ya no quedaban en pie más que chicas en la sala. Las otras dos lloraban juntas en el otro rincón. Fuera de la sala, el bar tenía la música alta y la gente cantaba, creo que había una despedida de soltero. Me subí a la mesa y… Ya os podéis imaginar cómo acabaron aquellas, y no me tengan en cuenta que me jacte y disfrute presumiendo y me ría a carcajadas al recordarlo, pero es que les di una buena lección que, si hubieran sobrevivido, no la habrían olvidado.
Bueno, lo cierto es que éste fue un pensamiento oscuro que tuve mientras escuchaba como despellejaban con críticas a los Plómez, y no, no, tranquilos, no asesiné a mis amigos hipócritas. Sin embargo, sí que me sirvió para tomar una decisión. La de realizar un curso de relatos de psicópatas y thrillers en general en el Taller de Escritura de Enrique Brossa. Los lunes precisamente, que de por sí es un día bastante siniestro.
Solo 5 plazas disponibles:
Nuevo taller online, por videoconferencia:
“De psicópatas y otras pesadillas”.
Taller de escritura guiado por Enrique Brossa con algunos invitados.
Lunes, de 19:15 a 20:45 horas de Madrid.
Empezamos el 10 de septiembre.
85 €/mes. Primer nivel, 8 sesiones.
Además, una sesión individual GRATIS.
Pago por transferencia bancaria o PayPal.
Apúntate y solicita el número de cuenta contactando con Enrique Brossa
• por Messenger de Facebook
• o info@desafiosliterarios.com
NOTA: los de Madrid, avísenme si prefieren el taller presencial en vez de por videoconferencia. Prometo que no los mataré, aunque me critiquen un poco. Al menos en la primera sesión. 😉
por enriquebrossa | 26 26+00:00 Nov 26+00:00 2018 | LIBROSSIANO, Reflexiones
Tú pensarás que lo dijo Aristóteles, pero esto que voy a enunciar, esto que estoy a punto de formular solemnemente, es una aportación ontológica mía, para iluminar a mis contemporáneos.
Veréis. Las materias esenciales de las que todo en el universo está compuesto, son solamente de cuatro tipos: el ser, el no ser, el poder ser y el ser tranchete.
Yo, por ejemplo. Hoy, toda mi materia se ha trasmutado y me he convertido una vez más en el ser tranchete. Diréis que ya empiezo a excederme con los tranchetes, que es algo recurrente en mí. Realmente es un SOS. Un mensaje en una botella arrojada al mar de las redes sociales. A punto he estado de decir proceloso mar.
Habréis visto visto una película de las que en blanco y negro llevaron al público la novela de R.L. Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Cuando se transforma le sale barba y pelo por toda la cara y por las manos y los dedos. Por eso algunos tenemos un cierto lío entre los hombres lobo y Mr Hyde. Las transformaciones en hombre lobo se caracterizaban en las películas de antes de los sesenta en que se miraban las manos mientras abrían las fauces para lucir la colimillería. Así, acercando las manos convertidas en zarpas al morro del lobo la cámara ya nos mostraba suficiente para demostrar su animalidad. A mí las manos no me cambian como a los licántropos y a Mr. Hyde, pero la barba creo que me crece más rápido cuando me convierto en el ser tranchete. Ya os lo conté hace mucho, y hace poco también, porque yo siempre repito mis chistes, como hacemos todos los pesados. Este mes me quedo solo en casa, es decir, me quedo de Rodríguez, y entonces me alimento de tranchetes, ese elemento tan esencial de la materia.
Pero volvamos al paralelismo con el doctor . La historia empieza con que el doctor Jekyll puede controlar sus transformaciones en el malvado Hyde alternando una fórmula magistral y su antídoto, pero llega un momento en el que las transformaciones operan de modo autónomo, en momentos de ira, por ejemplo, y con trágicas consecuencias. Bien, pues a mí me viene sucediendo igual. Yo ya me convierto en ser tranchete sin comer tranchete ni nada, solo de pensar en lo solito que me voy a quedar en Madrid sin mi familia. Y me da miedo. Al final de la novela, se oculta a la prometida del doctor que él mismo era el terrible Hyde. Se le dice que Hyde ha asesinado a Jekyll, lo cual es un colofón redondo en una novela sobre el bien y el mal. El mal que habita en todo hombre puede llegar a asesinar nuestra personalidad humanizada, civilizada y moralizada. El mal es autodestructivo, parece decirnos Stevenson.
Pues si el doctor comprobó que se convertía en Hyde sin tomar su dosis de la pócima correspondiente, yo ya no necesito tranchete, ni soledad veraniega en la ciudad. Solo el calor, hace que me crezca deprisa la barba de ser tranchete y siento que puedo perder ese porte y esa prestancia que me viene caracterizando. Tengo miedo de que el ser tranchete acabe por asesinar a Brossa.
¿El ser tranchete asesina como Hyde? Sin duda nadie puede dejar de formularse esta misma pregunta, temblando al imaginar qué tipo de estragos puede producir el ser tranchete por ahí suelto.
Responderemos a esta pregunta después de la publicidad a los que quieran apuntarse a mi taller con un 25% de descuento. Pero pienso que Brossa te necesita estos días. Está deseando que le salves del ser tranchete que anida agazapado en su alma.