por Enrique Brossa | 7 07+00:00 Ago 07+00:00 2018 | Desbrozando a Brossa
Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Qué gran frase. Interpreto que el santo patriarca Job vino a decir que por mucho que perdamos, por poco que tengamos, algo tenemos que agradecer. No tenemos derecho a nada. Ni a exigir, ni a esperar. Tenemos la posibilidad de alegrarnos y agradecer cuando las personas y los vientos son favorables. Se supone que, si uno tiene derecho a alegrarse, tendrá derecho también a entristecerse. Bueno, esto se está analizando en varios organismos internacionales y hay una gran controversia mundial… Perdón, quería decir «global», porque ahora todo es muy global, ¿verdad? Pero bueno, lo que estaba diciendo es que hay una enorme controversia. La Federación Mundial de Cursilerías Positivas, cuyas siglas en ingles son WPPF (Worldwide Positive Puaj! Federation) es una organización no gubernamental subvencionada, como su nombre indica, por todos los gobiernos corruptos del mundo, con sede en Nueva York y en Ginebra, y se opone frontalmente a que entristecerse pueda considerase un derecho. Aducen que, dado que los nuevos estados que se van creando -imaginemos la siguiente Eslovaquia que aparezca por algún sitio raro del mapamundi- tienden a incluir la declaración internacional de derechos humanos en sus constituciones, entonces esos estados y sus gobiernos, para cumplir con su Carta Magna, tendrían que garantizar motivos para la tristeza de la ciudadanía, lo que no sería positivo, aunque podría seguir siendo cursi. En cambio, la Organización Internacional de Pamplinas y Fantoches (International Pampline and Fantochation Organization, IPFO) opina que eso de dar motivos para la tristeza de los ciudadanos en ningún caso debería ser un inconveniente y que podría resolverse fácil y eficazmente. La cuestión es, como interrogaba en una conferencia en la ONU el reputado chileno Willson Pérez Schneider, ¿debemos garantizar el derecho a la enfermedad además del derecho a la salud? La organización en favor de la muerte digna y la eutanasia de la yaya Adolfita, EXIT (Salida), que aboga por que el suicidio lo pague la Seguridad Social, ha emitido un documento con sus veinte abajofirmantes de siempre aduciendo que si una persona tiene derecho a morirse, también tendrá derecho a algo menos drástico, como enfermar de paperas, pongamos por caso. A esto Willson Pérez Schneider respondió:
-¡Pero si de lo que hablamos es de la tristeza, pendejos! ¡Lo de la enfermedad era solo una analogía!
A lo que los abajofirmantes de siempre, respondieron en un documento diciendo: “Si es que nos estáis liando”. Pero luego se arrepintieron y llegaron a la conclusión de que Willson y su asociación, bajo su piel de cordero, defendían los oscuros intereses de las multinacionales, hala.
La Fundación Jimmy Carter no se hizo esperar y se ofreció como intermediario entre tan prestigiosos organismos. En España, la Federación de Municipios de Izquierdas ha asumido la promoción de estos nuevos derechos “y de todos los que vayan saliendo”. Y además han defendido al pueblo palestino, porque siempre que les queda un hueco, lo aprovechan. Los separatistas catalanes han centrado su discurso en evidenciar que “detrás de todo este surgimiento de nuevos derechos, existe una nueva necesidad latente de financiación”. Tras lo cual han pedido una millonada al presidente del gobierno para poder garantizar la tristeza general de todos los ciudadanos que la precisen. “Y una tristeza de calidad. Una tristeza a la catalana. Cataluña no quiere una tristeza de país subdesarrollado. Cataluña siempre ha sido un poco triste, nos reímos menos y apretando el culo, según Boadella. Para eso en Cataluña se trabaja más que en el Sur, y merecemos más tristeza”.
Una asociación pro-mujer fue la primera en señalar que las que más sufren son ellas, y que era evidente que los hombres, sin ir más lejos, lo de parir, lo llevamos mucho mejor. Casi me sentí culpable por ello y tanto fue así que lo reconocí en seguida. En este debate sobre el derecho a enfermar, penar, llorar y sufrir en silencio las almorranas… ellas debían estar especialmente representadas, y sobre todo, escuchadas y comprendidas. Que se les escucha y se les comprende bien poco.
En Venezuela, Maduro le ha dicho al presidente norteamericano en su programa televisivo:
-Mira, Donal Tran. No vamos a consentir que comercies con nuestras penas. Los venezolanos nos ponemos tristes cuando nos da la gana, ¿oiste? y ni tú ni tus sucios dólares, ni tus armas de destrucción masiva nos lo impedirán jamás, porque Venezuela no se arrodilla, porque Venezuela ama la libertad, porque de Venezuela arranca la gran revolución, porque Venezuela… (varios porquevenezuelas más tarde) … y algún día toda América Latina, digo América Bolivariana o Continente Bolivariano, llorará en unión si le da la gana, y estaremos tristes de tan contentos que estaremos de librarnos de vuestro capitalismo atroz y del FMI, que es el vasallo de… ¡De las multinacionales, la Coca-Cola y el velcro!
-America first -respondió el otro en este diálogo de animal a animal- .No entiendo bien toda esa “bullshit” de querer estar mal, supongo que tiene relación con las filigranas que me hizo una actriz porno después de una reunión de constructores, pero no soy muy aficionado a ese tipo de cosas. En todo caso, eso será cuestión de cada uno, como lo de llevar armas.
Más o menos fue todo así y, aunque hemos podido hacernos un lío con el “pendejo” y el “¿oíste?”, contamos como siempre a nuestro favor con la indulgencia del lector.
Y hablando de indulgencia. El Papa Francisco ha vuelto a pedir perdón y ha asegurado que la Iglesia Católica, cuando ha curado a la gente, ha defendido el bien sagrado de la vida, el don divino de formar parte de la Creación, sin pretender conculcar el derecho a la enfermedad y la tristeza. Los católicos siempre han defendido la tristeza, la culpa, el sacrificio, la mortificación, el arrepentimiento y otras cosas penosas de por sí. No obstante, el Papa pidió perdón.
-Santo Padre. ¿Pero entonces por qué pide perdón esta vez? -le preguntó un cardenal africano, negro y con gafas que estaba fumando por ahí cerca.
El Papa Francisco se quedó sorprendido por un momento y pensativo después, hasta que cayó en la cuenta gracias a la iluminación divina que se hizo esperar unos segundos:
-Por humildad.
-¡Ah, vale! -respondió convencido el cardenal negro con gafas.
-¿Qué ha dicho? -le preguntó otro cardenal checo.
-Que por humildad.
-Ah, bien, bien… ¡Muy bien!
Y siguieron bendiciéndolo todo.
Pero yo no estaba hablando de eso. Si yo supiera de que estoy hablando… Seguramente de la comunicación, que no ha globalizado tanto la economía, como la majadería. Somos víctimas de una majadería globalizada, que da vueltas al planeta varias veces por minuto.
Si yo supiera alguna vez de qué estoy hablando… ¡Ah, sí! Dios me lo dio, Dios me lo quito… Lo controla todo el Mismo. Pero es una gran reflexión. “Desnudo salí del vientre de mi madre. Sin nada volveré al sepulcro. Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Bendito sea Dios».
Mi mujer trabaja en un banco. Ya vuelve a salir mi faceta de inspector Colombo y saco a relucir a mi esposa. Mi mujer trabaja en un banco, pero le han hecho ir a una feria de melones. Los de la feria, en realidad ha sido Dios, le han regalado varias cajas de melones. Qué majos, pero qué bruticos…
-Pero mujer, somos una familia, no un comedor de colegio. ¿Qué haremos con tantos melones? Tendré que regalarlos a los vecinos o salir a venderlos a la carretera como los, los, los, los… esos que venden melones en las carreteras. Tendremos melones para Todos los Santos.
-No sé si para todos, pero para bastantes santos sí que habrá.
-Qué melonada.
-Pues sí.
-¡Los aborreceremos!
-Los santos no tienen la culpa.
Hay que agradecerlo. Si te llenan la casa de melones, hay que agradecerlo. Y si un día se pudren, pues también.
Si me quisiste ayer, hay que agradecértelo. A Dios y quizás también un poco a ti. Si hoy ya me quieres mucho menos, hay que seguir agradeciendo lo que me quisiste ayer. Tristes o no tristes, que ese debate lo dejamos para la International Pampline and Fantochation Organization, IPFO. Pero sé que un día me quisiste.
P.D. … Y estuvo muy bien.
por Enrique Brossa | 30 30+00:00 Jun 30+00:00 2018 | talleres
Noticia de última hora, que hay que lamentar, es la muerte de dos personas en un periódico muy importante, de tirada nacional, en Madrid. Los hechos no están totalmente claros todavía, pero se van esclareciendo poco a poco. Al parecer, el director del importante rotativo comenzó a mostrar síntomas de locura cuando una mañana, según su esposa, hizo una lista con las palabras lúdico, paradigmático, icono, mediático y emblemático. Mientras se aseaba en su casa escuchando la radio, iba poniendo una cruz en cada una de estas palabras cuando sonaban en las distintas cadenas radiofónicas. Cuando se sentó a desayunar se llevó su folio y ya tenían las palabras un número notable de cruces, siempre según su esposa. Leyó el periódico y de nuevo el director de el famoso diario pudo encontrar artículos como: «el emblemático concierto de …. se desarrolló de un modo lúdico. El famoso y mediático cantante es un icono de los años…, con su paradigmático tema….» Cuando el director del periódico llevó a sus hijos al colegio, según estos, detuvo el coche varias veces para seguir anotando cruces al oír noticias similares en todas las emisoras. Fue entonces cuando les pidió a sus hijos que jamás dijeran esas palabras, de modo que los niños no las querían pronunciar ante los policías cuando fueron interrogados pues pensaban que eran «palabras feas». Al llegar el director a su periódico, reunió a todo su equipo de directores de redacción por áreas, y les expresó que ya estaba harto de tales palabras. Que lo mismo si hablaban de un restaurante, un juguete, un cantante, un político, o una «casa de citas», todos los artículos eran idénticos, y solo contenían frases con las palabras, icono, lúdico, paradigmático, mediático y emblemático. Y ante la mirada atónita de su equipo, prohibió el uso de tales palabras durante al menos un trimestre, amenazándoles con que de no cumplirse tan drásticas indicaciones, les despediría. Los redactores, justamente indignados, trataron de hacerle entrar en razón, le pidieron que les permitiese eliminar la palabra paradigmático, pero que no les «quitase de golpe» esas otras palabras. «Al menos- decían -déjenos decir emblemático». «Toda nuestra vida hemos estado colocándo estos términos en todos los artículos y siempre hemos pensado que quedaban muy bien. Es lo que sabemos hacer» . «No nos quite nuestro medio de vida, tenemos familia». Entonces el director le pidió a uno de sus periodistas que escribiese algo sin tales palabras, a fin de demostrarles que era posible. Este comenzó con buena voluntad, pero le entraron unos temblores terribles, hasta que de pronto le clavó un cortaplumas en el cuello a su director y se tiró después por la ventana de un quinto piso, antes de que los presentes pudieran reaccionar, falleciendo seguramente ambos en el acto ya que las ambulancias del SAMUR no pudieron hacer nada, por lo que ingresaron ya cadáveres en el Hospital Ramón y Cajal. No se entiende cómo unas palabras tan paradigmáticas, fueron prohibidas en aquel emblemático periódico de Madrid, cuyo director fue siempre un icono dentro de los ambientes mediáticos. ¡Ah! Y además, allí siempre había sido todo muy lúdico…
por Enrique Brossa | 5 05+00:00 Jun 05+00:00 2018 | Desbrozando a Brossa
El progreso tiene sus cosas.
Los científicos como yo, no sé si estáis al corriente de esta faceta de mi identidad, nunca lo expresamos así. Lo decimos mucho peor para que quede más bonito. Decimos que el crecimiento económico genera contradicciones en el sistema. ¿Eso qué quiere decir? Pues que el progreso tiene sus cosas, ya está.
Una cosa que ocurre con: el mundo desarrollado no favorece el equilibrio mental. Y luego la gente a suicidarse todo el rato, ya se sabe. Por ejemplo: antes las calles estaban más sucias. Ibas caminando por la calle y lo mismo pisabas un chicle que una camiseta, y no vamos a ser exhaustivos enumerando todo lo que te podías encontrar bajo las suelas. Hoy la vía pública está más limpia, pero claro, nos faltan las latas aquellas oxidadas y roñosas. Yo hoy estoy muy rabioso, y querría dar una patada a algún pote. Eso que antes se hacía cuando algo salía mal. Viene recogido en todos los comics, antes llamados tebeos, de Mortadelo y Filemón, el abuelo Cebolleta, o Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, por citar a algunos clásicos. Frecuentemente despejaban alguna conserva. Muchas veces hacen falta este tipo de escombros en la calle. Yo los echo de menos. Hoy por hoy, si quieres desahogarte tienes que guardar los tarros vacíos como si tuvieras el síndrome de Diógenes. En realidad es la sociedad entera lcon su manía del reciclaje a que padece este síndrome con tanto coleccionar y clasificar la inmundicia. En casa ponemos las hojalatas en la bolsa amarilla. Yo finjo estar de acuerdo con eso tan políticamente correcto, pero cuando necesito desfogarme, a mi lo del mindfulness no me hace nada. Yo asomo la nariz para ver si hay alguien en el pasillo, y si no me ve nadie, me deslizo sigiloso como un guerrillero pero sin traje mimetizado ni nada, con mis pantalones y mi camisa de rayas, una cualquiera, da igual. Busco en la bolsa de envases para reciclar, y cuando no me ve nadie…
-Papá, ¿qué estás rebuscando en ese cubo?
-Me has asustado. ¿Dónde estabas, hijo?
-Detrás de ti. Es que me preocupas, papa, te comportas de un modo extraño.
-¿Yo? Solo estaba asegurándome de que ponemos cada tipo de basura en su sitio. No sabes lo importante que es esto de reciclar.
-Ya, ya, ya…
Cuando se va mi hijo vuelvo a revolver todos esos recipientes desechables sucios. Hay un bote de plástico de cacao, bandejas de huevos… Pero eso no me valía. Yo lo que necesitaba era una lata vacía de fabada asturiana por ejemplo, o un tarro pegajoso de melocotón en almíbar. ¿Y qué es lo que me encontré en aquella ocasión? ¡Nada! ¡Una birria! Una minúscula latita de anchoas. ¿A dónde vamos con eso? Tanta comida sana…
Pero yo soy un posibilista. Me aseguro de que nadie me vea y cojo la latita de anchoas, que al fin y al cabo es lo que hay, con el índice y el pulgar, para no mancharme más de lo imprescindible. Y la pongo debajo del grifo del fregadero.
-Papá, ¿para qué estás lavando esa porquería?
-¡Hijo,ya está bien de vigilar a tu padre! ¡No tengo intimidad en mi propia casa! ¿De dónde has salido esta vez?
-¡De detrás, como siempre!
-¡Ya me he cortado! Si no me dieras estos sustos…
-Claro, papá, te lo iba a decir: ten cuidado que te vas a cortar.
Me lo quedo mirando y el niño decide acertadamente volver a desaparecer. Luego seco bien la cochambre, para que al chutarla no moje el suelo. Me da igual si estoy loco o no. Quiero mandarla al espacio sideral. Por fin tiro la latita al suelo, pero… ¡Qué miseria! Esto no vale para nada.
Igual si que estoy un poco loco. No, no es eso: Estoy rabioso, sí que lo estoy. ¡Qué pasa! Necesito darle un puntapié a algo grande que dé volteretas y haga cotoclón-cotoclón. Aliviaría tensiones. No es tan raro. ¿Pero qué puedo hacer con esa menudencia? Total, que he aquí mi mensaje: el progreso nos ha impuesto la razón y la pulcritud y la lógica, y así no hay quien se desahogue. La rabia y la frustración no se contemplan en nuestro mundo feliz porque están coercitivamente mal vistas, casi prohibidas. Te dicen que vayas a hacer running, pero yo quiero dar patadas porque estoy que mi ira ya no cabe en mí. ¿No nos damos cuenta de lo difícil que es mantener así el equilibrio con todos los desperdicios perfectamente clasificados para no deteriorar… (¡qué mentira!) el medio ambiente?
-¡Papi!
-¡¡¡Dios!!! Dime.
-¿Te acuerdas de una cosa?
-¡Qué cosa, hijo, a ver, qué cosa!
-Cuando yo era más pequeño te dije que había marcado once goles en el recreo. Se lo contabas a todos: “éste es el peque, que el otro día metió once goles en el recreo, dos con balón y nueve con papeles.” Te parecía lo más divertido del mundo. ¡Cuánto te reíste con eso! Me llamabas, “mi hijo, el goleador”.
-Sí, es verdad. Me hacía gracia.
-¿Y tú vas a jugar al fútbol con una chapa de esas, papi el goleador? Te he visto otras veces. No es un comportamiento propio de un papá…
-No hijo, no voy a jugar. Es que no lo comprenderías.
-Es que, ¿qué? ¡Venga papá, un poco de consistencia! ¡Que ya tienes una edad! Y sal a la calle, que a mí no me dejas jugar con la pelota en la cocina. ¡Eres un injusto!
En fin…
He besado la cabecita de mi hijo. He bajado atolondrado a la calle. A meditar. Al final, sin restos de conservas. La noche me protege. El ambiente está húmedo y tibio. LLevo las manos en los bolsillos y la mirada hacia el cielo de cristal oscuro, sin estrellas. Respiro. Camino y respiro. Avanzo entre las filas de árboles y coches aparcados que son en realidad como latas enormes. Las patearía, pero podrían saltar las alarmas de los vehículos y los vecinos no me comprenderían, porque son gente cerrada que no analizan el drama existencial del hombre contemporáneo, ni ninguna otra cosa de esas. Vuelvo los ojos hacia la acera y veo a lo lejos un bulto. Es una piedra. Podría darle una patada. Aunque no sea un recipiente para fabada asturiana, vale igual. Podría chutar la piedra. Pero paso de largo. La indulto, magnánimo, de los delitos de los que no es culpable y de la responsabilidad de ostentar, con sus exiguos gramos de peso, la representación de todo este enorme planeta loco en este universo raro, grande y estúpido, como un amigo mío. Y confío en no perder el humor y en que unos minutos de caminar nocturno, respirando la quietud, el silencio y las sombras, me devuelvan la serenidad y la comprensión del inaprensible sentido de la vida.