El extraño caso de las 5 mochilas (2), por Enrique Brossa

El extraño caso de las 5 mochilas (2), por Enrique Brossa

La historia empieza clicando aquí:

El extraño caso de las cinco mochilas (1)

El policía más grande salió por la puerta, seguido por el otro, de aspecto más quebradizo, pero también más cruel.

– ¿Qué te pasa, Paco?

Paco volvió a tocarse el bigote y con cara de enfadado empezó a otear la calle por un lado y por otro, escudriñando a todos aquellos que pudieran estar parados. Su compañero Tito lo miró irónicamente. Paco le provocaba simultáneamente respeto y risa. Por un lado, era un gran tipo, un gran policía por muchos conceptos y en parte, Tito habría querido ser como él, fuerte y fiable, pero se sentía a su lado solo un pequeño pillo. Pero desde otro punto de vista, se burlaba de Paco. De las caras que ponía de duro cuando barría las calles con su mirada de águila para tratar de detectar el mal. Paco se sentía siempre protagonista de una película policiaca. Tito en cambio estaba frustrado. Ser policía para él era una mierda. Quería meterse cada día más dentro de un sindicato policial, para tener otro tener otro tipo de poder, más interesante. Además, los políticos no les dejaban hacer su trabajo. En vez de patadas en la entrepierna, acabarían repartiendo besitos a los delincuentes.

Paco siguió dirigiendo su aguda y recelosa mirada por las aceras, pero no vio nada sospechoso.

-Que qué te pasa, Paco.

Paco hinchó sus pulmones, contuvo la respiración y miró el cielo, que parecía una lata roñosa. Siguió haciendo esperar su respuesta a Tito, que esperaba con mirada irónica. Por fin, soltó el aire.

-Tenemos un día raro -dijo.
-¿Me quieres decir por qué no le has dicho al majadero del váter que está detenido y que salga o tiramos la puerta abajo?
-Ya te lo estoy diciendo. Tenemos un día raro. el cielo está raro, yo estoy raro, y… -por fin empezó a sonreír mirando a Tito- y no me digas que lo del tipo del váter no es raro.
-Sí que está raro el cielo, parece que vaya a nevar… Aquella nube parece un ovni. Igual es un marciano. Pero con tanta mochila… ¿Tú crees que un marciano vendría a la tierra con cinco mochilas y se haría fuerte en los váteres de este barucho? Será solo un tarado más.
-Seguramente. Pero ¿y las mochilas? ¿Qué hay dentro de esas mochilas?

Tito se quedó callado de pronto, como si le hubieran olvidado las mochilas. Pero reaccionó y le propuso tirar la puerta, que luego ya revisarían ellos todo.
Paco se lo quedó mirando inexpresivo, y Tito comprendió que se lo había pensado poco.

-Las mochilas… -dijo Tito tratando de adivinar lo que pensaba Paco- Pueden ser muchas cosas. Puede ser un terrorista. Un terrorista imbécil, porque… Puede ser alguien que está destruyendo papeles comprometedores en el váter… Puede estar deshaciéndose de un cargamento de drogas u otro tráfico prohibido…
-¿Qué otro tráfico?
-¡Yo qué sé, joder! Puede estar disfrazándose de fallera. ¡Yo qué sé! Puede estar convirtiéndose en vampiro.
– Lo mejor será hacer una llamada, como he dicho antes.
Tito se dio media vuelta y llamó a José Luis.

-¿Podrían cortarle el agua?

Las protestas de José Luis y Fermín no se hicieron esperar. Más cuando Tito era incapaz de explicar el porqué de aquella iniciativa suya. Pensó que el lugar en el que se había encerrado aquel tipo solo podía aportar dos cosas. Agua e intimidad. Quizás si le faltaba una de las dos cosas, optaría por largarse. Pero la teoría le pareció tan floja a su propio autor, que decidió no explicarla. Finalmente, José Luis accedió y tuvieron que cortar el agua a todo el bar, pues la llave de paso de los lavabos estaba justamente allí, bajo un lavabo.
Paco hizo su llamada. Cuando acabó estaba de mal genio.

– ¿Qué te han dicho?
– Que nos quedemos aquí.
– ¿Cómo que nos quedemos aquí?
-Que nos quedemos aquí y no hagamos nada.
-Vamos, Paco, no me jodas. ¿Y si es un terrorista cargado de bombas y muere toda esta gente? O peor. ¿Si solo es un idiota y por su culpa nos pasamos aquí todo el día?
-Que sea un terrorista no les preocupa, Tito. Al menos no tanto como que sea un okupa.
– ¿Un okupa? Vamos, no me jodas. ¿Un okupa que solo okupa un cuarto de aseo? ¿Domínguez te ha dicho eso?
-Domínguez está harto de tener problemas por enfrentarse a algún okupa porque el alcalde parece creer que son lo mejor de la sociedad.
-Pero, Paco, no le vamos a hacer caso, ¿verdad?
-Vamos a esperar…
– ¿A qué?
-Ya sabes que Domínguez pide permiso a la superioridad hasta para orinar. A ver qué le dicen.

Tito dio un fuerte puñetazo a la persiana y empezó a maldecir. ¡Esto era ser policía! ¡Esto era! ¡Tragar y tragar sapos cada día! Arriesgarse mientras otros inútiles que no sabían por dónde andaban les trataban a su vez como si lo tontos fueran ellos. ¿Un okupa de váteres? ¡Qué broma era esa!
José Luis se acercó y con modales exageradamente cuidadosos les preguntó a los señores policías si habían pedido refuerzos para sacar al estreñido del váter o le habían pedido permiso al Presidente del Gobierno. ¿Iban a venir los GEO?

-No podemos ni beber ni mear -apostilló Fermín.

Tito no dejó de darles la razón, mientras que Paco decidió que para estar en su lugar de policía perfecto no debía delatar lo que estaba pensando de su estúpido jefe.

-Ustedes lo ven absurdo y nosotros… nosotros nos tenemos que callar, porque es nuestro trabajo -decía Tito.

Poco a poco, el bar se iba llenando de mirones ya que el coche de policía aparcado en doble fila presagiaba acontecimientos. Gente que pedía un café como excusa para poder seguir allí, conociendo de primera mano lo que estaba sucediendo. Jubilados que solían «supervisar» la zanja abierta en la calle para instalar la tubería del gas, habían visto el coche policial y allí estaban encantados de verlo todo en primera fila. Fermín les instaba a pedir para que José Luis viera que hacía lo posible para aumentar el negocio. Al menos estaban saliendo cortados y cigarrillos de la máquina expendedora.
Habían pasado más de dos horas y media desde que todo el incidente había comenzado. Paco, seguía más preocupado por lo que pasaba en el exterior, siempre en la puerta, revisando los coches aparcando con alguien dentro. Disimuladamente empezó a hacer fotos con su teléfono. Tito lo vigilaba:

-¿Pero qué narices buscas, Paco?
-Hazme un favor. No te muevas de al lado de la puerta del servicio y trata de escuchar todo lo que sucede ahí.

No se oía absolutamente nada. José Luis preguntó:

-¡Eh, oiga! ¿Va usted a salir?
El público se calló de inmediato para poder escuchar la respuesta del extraño del váter.
-Sin duda, sin duda… Pero bueno, ahora mismo, no.

La gente se reía mucho. Algunos jubilados no lo habían oído bien y preguntaban al anciano de al lado, menos duro de oído y el otro se lo contaba admirado por la incomparable dotación glandular de quien así respondía, muy refinadamente, «sin duda, sin duda».
Cuando las risas ya se estaban calmando, añadió el hombre.

-Créanme, no les engaño. Al final saldré. Lo que pasa es que ahora mismo no voy a salir.

Tiito fue a hablar con Paco. Aquello era un ridículo de dimensiones históricas. Era como para dejar la pistola y la gorra allí mismo y largarse. En el sindicato lo contaría y… De pronto se calló.

-Ay, Tito, qué día tan raro. A ver si rompe a llover de una puñetera vez. Yo creo que es este cielo tan extraño, que nos vuelve a todos idiotas.
-Paco, demos publicidad a esto.
-Eso no nos corresponde.
-A nosotros no. ¿Pero a tu amiga, la rubita del telediario?
Se miraron los dos. La rubita era una amiga de Paco que habían conocido cuando ella informaba de un suceso callejero en el que Paco estaba asistiendo. Si eso salía en informativos, algún idiota tendría que tomar una decisión.
-No sabía que tú pensabas, Tito. Lo has estado llevando en secreto todo este tiempo. ¡Tú piensas! No nos habíamos dado cuenta nadie. De verdad que no sabía nada de que tú hicieras eso. Si decimos que ha venido la prensa, tendrán que tomar decisiones. Hoy has desayunado bien.
-¡Venga, genio, llámala tú! Voy a la puerta del servicio.
Llamó a la periodista rubita y le dijo que esas cosas estaban bien para el noticiario local, donde aprovechaban cualquier cosa para convertirlo en noticia. Ella dudó al principio.
-Un tío que tarda en salir de un bar…
-Un tío que no sale ni por orden de la policía y que está encerrado con cinco mochilas de las grandes.
Pero debía ser secreto que él la había llamado. Diría que se había enterado por casualidad.

Más de tres horas habían pasado. Hasta los jubilados se aburrían de tanta inacción. Pero llegó la rubia y un cámara y el ambiente se electrizó. Todo era más importante si salía en la tele. Ella iba a darle dos besos a Paco, pero él la detuvo disimuladamente.
-Ahora no nos conocemos.
Fermín le dijo a su suegro que les iba a ofrecer unos cafés a los dos policías, a ver si así les salía algo de nervio a esos cachazas.
A los pocos minutos Fermín fue con un café a la puerta para ofrecérselo a Paco, y se cruzó con la periodista.
-Éramos pocos y… -dijo Fermín.
-Hay que ver, cómo se enteran de todo, los reporteros estos…
-Una cosa, agente. Si el dueño del bar, mi suegro, decide darle una patada a la puerta, que es su puerta -dijo marcando mucho el «su»- de su baño., de su bar… ¿Verdad que nadie se lo puede prohibir?

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El extraño caso de las cinco mochilas (1)

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El extraño caso de las 5 mochilas (1), por Enrique Brossa

El extraño caso de las 5 mochilas (1), por Enrique Brossa

Tenía que decírselo, aquello no podía seguir así.
-Por favor, abra la puerta.
Pero él continuaba en la misma linea.
-Lo siento pero no puedo.
-Oiga, que abra inmediatamente. ¿No ve que esta situación es absurda?
-Mire, será absurda pero no pienso salir.
-Pues llamaré a la policía.
-Muy bien, llame, llame.

El problema había empezado más o menos así:

José Luis tenía una cafetería.Una del montón de cafeterías del centro. Aquel día había llegado un tipo de aspecto más o menos normal con una gran mochila de montañero. Pidió un café con leche y lo pagó antes de tomarlo. Al poco tiempo llegaron otros cinco amigos con sus mochilas, llenas hasta los topes. Las mochilas sí que parecían para el campo, pero ellos iban vestidos de ciudad, uno hasta con traje y corbata. El que había llegado primero se metió en el lavabo. Al cabo de un rato fueron el segundo y el tercero y volvieron en pocos minutos sin las mochilas. Entonces fueron el cuarto y el quinto. Se supone que dejaron las mochilas en los servicios y salieron.Pero el primero no salía.

-Oiga, ¿Por qué dejan tantas mochilas en nuestro cuarto de aseo? ¿Piensan poner una bomba?
-No señor, no se preocupe por eso. No tiene por qué explotar nada.
-Me alegro mucho. ¿Entonces? He contado 5 mochilas.¿Qué están haciendo ahí?
-Son para nuestro amigo.
-¿Y por qué tiene que meter las mochilas su amigo en nuestros servicios? ¿Es que se va a instalar en el retrete? -dijo José Luis tratando de impostar un sentido del humor castizo.
-Yo no lo entiendo muy bien, pero ha elegido sus aseos.
-¿Pretenden ocupar mi bar?
-No. En todo caso, solo sus lavabos.
-Ah. ¿Sí? Ya me están empezando a tocar las narices todos. Que salga de ahí de in mediato, que lo más suave que se me ocurre es llamar a la policía.
-Pues llame. Hará muy bien. Yo si alguien acampase en mi cuarto de baño llamaría a la policía.
-¿Y entonces por qué le ayuda? ¿Se está burlando de mí?
Aquel insensato comenzó a argumentar sobre la amistad y la filantropía. ¿Acaso hay alguien que  no tenga algún amigo un poco loco pero al que en todo caso ayudaría porque la amistad en la vida era como…

-¡Mire, no me diga más sandeces!

-¡Eh, un poco de respeto!

-¿Un poco de respeto? ¡Respeto a nosotros! Saquen inmediatamente al del váter, que no estoy para  muchas tonterías.

José Luis se acercó a la puerta y golpeó rabioso con los nudillos.
-Oiga, le doy dos minutos para salir de los aseos con todo ese equipaje que han metido.
Una voz se oyó del otro lado de la puerta.
-Eso no va a pasar por ahora.
-¿Cómo dice?
-Que por ahora no.
-¿Se encuentra bien?
-Bueno, sí, no me pasa nada. No es un lugar muy cómodo, pero sí, estoy bien.
-¿Cómodo? Tiene un minuto para salir o llamo a la polícía.
-No, mire, es que por ahora no voy a salir.
-¿Le pasa algo?
-Por ahora no.
-¿Por ahora no? Por ahora voy a llamar al 091.
-Bueno.

José Luis sacó su teléfono y unos instantes después empezó a dar explicaciones a algún policía.
-No, si mucho tiempo no llevan, pero es que dice que no piensa salir por ahora. Han metido allí cinco mochilas… ¿Cómo que les deje? A ver si van a ser terroristas y va usted a tener toda la responsabilidad de lo que pase aquí por no hacerme caso. ¡Oiga, que no quiero calmarme!

De pronto, al ver que los amigos del presunto okupa salen a la calle les increpa.
-Eh, ¿a dónde creen que van?
-A nuestras cosas. No hemos tomado nada.
-Nos tenemos que ir. Hay que trabajar. No se preocupe tanto, que no es tan grave.

José Luis estaba pensando que todo sería una broma. ¿O nos estábamos volviendo todos locos?

Fermín, el yerno de José Luis, en paro, estaba ayudando en la cafetería y decidió que como macho joven que era, debía tomar cartas en el asunto en apoyo de su suegro. Fermín no sabe nada de hostelería y para sentirse más experto, lleva siempre un trapo en el hombro porque piensa que eso le da un aire de camarero de los de toda la vida. Su suegro no lo traga y lo mira con escepticismo. Realmnte José Luis querría que Fermín trabajase en cualquier otro sitio que no fuera su bar. El joven se echó impulsivamente el trapo a la espalda como quien se azota por los.pecados del mundo, o como si quisiera sacudirse una avispa. Con andares de matón se acercó a la puerta de los servicios y llamó con enérgicos puñetazos. Entre tanto, toda la clientela se había percatado del asunto. Algunos se iban yendo, ya que el público era en general empleados en las oficinas de la zona. Otros parecían muy interesados en el asunto.

-¿Oiga? -dijo el yerno.
-¿Sí, dígame?
El tono de ese «sí, dígame» hizo sonreír a muchos clientes, que estaban atentos, ya que parecía una llamada de teléfono, pero en realidad era una conversación a los lados de la puerta de un váter.
-¿Podría salir, por favor? Hay más gente que necesita usar los servicios.
-Ya…
-¿Podría salir?
-Pues… Es que ahora mismo está ocupado.
-Claro. Por eso lo digo. ¿Podría salir, por favor?
-¿Cómo dice?
-Qué si podría salir ahora mismo, ya, del servicio
-¿Cómo?
-¿Qué si podría salir ya del servicio?
-¿Eh?
-¿No me oye bien?
-Pues no mucho.
-¿Quiere salir?
-Pues… por ahora no.
-¿Cuando va a salir?
-No le sé decir.

El suegro se irritaba más aun:
-¿No ves que se está riendo de ti?

El yerno ya vio que no seria fácil ganarse a Jose Luis con ese gesto de apoyo que estaba intentando. Se cambió el trapo de hombro y prosiguió.

-Yo se lo aconsejo, porque va a venir la policía.
-Bueno.
-Las puertas son caras…
No hubo contestación.
-Si tenemos que echar la puerta abajo la pagará usted. Y son caras.
-Depende de dónde la compre… Ya le daré yo una dirección de unos tíos que conozco. Son baratos y trabajan bien.
-A mí no. La tendrá que pagar usted.
-No sé.

José Luis estaba cada vez más alterado:
-¿No ves cómo se está cachondeando de ti? ¿Es que no lo ves? Hasta se están riendo los clientes.

¿La gente opinaba. ¿Cómo era posible que hubiera tanto loco suelto?

Llegó la policía. Dos guardias uniformados saludaron y empezaron a preguntar a Fermín hasta que Jose Luis se interpuso.

-Buenas. José Luis Domínguez, propietario del establecimiento. Gracias por venir.
-Para eso estamos.

Se acercaron a los servicios.
-Buenos días. Somos de la policia.
-Encantado.
-Nos han dicho que usted se esta negando a abandonar estos servicios. ¿Es correcto?
-Por ahora, voy a seguir. No es que no quiera salir. Ya saldré, eso seguro, pero más adelante.
-¿Nos puede decir por qué no sale ya?
-No, no me apetece mucho hablar de eso ahora.
-No es cuestión de que le apetezca. Somos la policía y si no me responde ahora se lo preguntaré en comisaría. ¿Lo entiende?
-Creo que sí.
-Pues responda ya, por favor.
Silencio.
-¿Oiga?
-Es que… No me parece necesario.

Al  oír esto, Fermín hace un gesto con el puño, dando a entender que le daría una paliza. José Luis se acerco a los policías y  les preguntó qué les parecía semejante caso.

-Pues qué  le  vamos a decir nosotros. Si supiera la cantidad de locos que vemos cada día…

-¿Y ahora qué?

-Pues ya le hemos dicho que salga.

-¿Y si no sale? Vamos, ya ve lo que dice, que  no va a salir.

-Dice que por ahora no. Quizás le ha pasado algo, puede que esté indispuesto.

-¡No, no, no! -se desgañitaba José Luis, desesperado- Le digo  que han venido unos individuos con él y le han metido allí cinco mochilas de montaña. Es algo preparado, no sabemos para qué. En cualquier caso, esto es privado, y ese tipo tiene que irse.

-Comprendo.

-Oiga, no me diga que lo comprende. Dígame qué narices van a hacer.

El policía más mayor se acarició el bigote con un dedo.

-Lo primero que vamos a hacer es una llamada de teléfono.

CONTINUARÁ

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Todos los crímenes eran idénticos

Todos los crímenes eran idénticos

Era la tercera vez que me llamaban por teléfono y al final, de mal humor, contesté a la llamada. ¡Rarísima era la cosa! Un hombre que decía ser comisario de la policía me contaba que había una oleada de crímenes y que querían hablar conmigo.
-Pues yo no he sido.
-Solo le digo que necesito hablar con usted.
-Pero si es que no he estado para crímenes en toda la mañana, de verdad. No sabe todo lo que tengo que hacer…
Un silencio largo de mi interlocutor me hizo ver que él se lo estaba tomando muy en serio.
-Venga y se lo explicaré todo- me dijo finalmente.
Al llegar a comisaría y preguntar por el comisario Escoriaza me dijeron.
-LLega tarde. Hace rato que le estamos esperando.
Salió el tal Escoriaza, que parecía un tipo muy activo y de expresión severa.
-¡Vamos!
Ese fue su saludo. Le seguian 3 policías de uniforme. Montamos en un coche.
-¿Puedo saber a dónde o es una sorpresa?
-Las dos cosas.
-No entiendo.
El malcarado comisario replicó.
-Puede saber a dónde vamos. A ver un hombre que acaba de ser asesinado. Pero creo que será una sorpresa para usted.
Me clavó su mirada de poli duro de película y yo le respondí arqueando las cejas impasible. Era evidente que no nos haríamos amigos. Las personas que ponen las cejas en diferentes posiciones nunca se llevan bien. Las suyas clavadas en dirección a su nariz, son concentradas, amenazantes y acusadoras. Las mías, abiertas hacia mi frente, son de inocencia, resignación y despiste.

Cruzamos la Gran Vía, que es una calle perfecta para una historia de película. El cielo estaba plomizo y comenzó a gotear lentamente. Mi nariz en lo más parecido a un higrómetro. Mide la proporción de vapor de agua en estornudos, y aquella mañana la atmósfera registraba una humedad diez estruendosos estornudos, lo que equivale a un 90%. El coche dobló algunas calles del centro. Paramos junto a la entrada de una casa. Parecía una vivienda normal, pero estaba llena de policías que iban saludando al malhumorado Escoriaza.

En el ascensor antiguo de madera, yo seguía estornudando y moqueando con gran facilidad y desenvoltura y el comisario me miraba con desprecio, como si pensase <<qué asco de tío, cómo estornuda>>

-Espero que no le maree la sangre- dijo lacónico, y sin esperar comentarios por mi parte abrió la puerta del ascensor. Entramos en una casa donde había policías buscando indicios por todos los rincones. Hasta que por fin, en el salón vi el cadáver. Estaba en un sillón orejero, la boca muy abierta, los ojos mirando al techo, horrorizados. Murió tratando de separar del cuello el cable del ordenador portátil con el que sin duda había sido estrangulado. No solo eso. El portatil lo tenía clavado en la cabeza, como si fuera una de esas grandes crestas que se ponían los punkies.´La sangre cubría su cara y su camisa.

Mientras yo miraba todo eso atónito, Escoriaza me observaba, como tratando de deducir de mi rostro mi reacción involuntaria ante una imagen así de dura.

-¿Qué me dice?
-Que yo conozco a este hombre -le respondí.
-Lo sé. Por eso le he traído.
Y mientras miraba él también el cadáver, añadió.
-Dígame algo más que yo no sepa.
-Creo que es un asesinato, comisario.
Giró lentamente la cabeza para mirarme y decir:

-No me diga…
-Si, sí, seguro. Esto no es un accidente. El era muy cuidadoso siempre con todo lo de la informática.
El policía cerró los ojos y se frotó la frente. Parecía muy estresado.
-Este es el quinto muerto aparecido en tres días con el ordenador clavado en la cabeza. Y hemos detectado que todos estaban leyendo los relatos del desafío espeluznante de su página: desafiosliterarios.com
-Dios mío, ¿eso me convierte en sospechoso? Yo no he sido. Hoy estoy muy liado, ya se lo he dicho, y además con un catarro tremendo. ¡Como para irme por ahí a matar a nadie!

Un hombre que estaba junto a Escoriaza apostilló.
-Por el momento no hemos encontrado ningún moco del sospechoso junto al cadáver, comisario.
Escoriaza parecía no escuchar a su ayudante.
-Brossa, tú sabes algo. ¡Habla!
-Miren, estamos votando estos días para elegir el ganador del Desafío Espeluznante. Hay un yate de no-se-cuantos metros de largo en juego. Lo más seguro es que alguien esté tratando de eliminar a los candidatos mejor situados para obtener el premio. Así que el asesino será un escribidor de relatos de terror.
-Oiga, Brossa. ¿No le parece que esta historia tiene más de novela negra que de terror?

Me quedé pensando un instante.

-¡Vaya! Tienen razón. Eso podría ser un indicio. Mi recomendación es que se registren GRATIS en desafiosliterarios.com y que busquen en el menú el Desafío Espeluznante. Allí encontrarán unos relatos estupendos. Pueden votar también y quizá eso les permita descubrir este terrorífico misterio.

A modo de despedida, Escoriaza sacó una tarjeta y me dijo:

-Bien. Si se le ocurre algo más que nos pueda ayudar aquí tiene mi…

Le interrumpí con una nueva serie de estornudos estruendosos. LLovía como en las monzónicas. Humedad del 100% son más de veinticinco estornudos seguidos, así que me despedí agitando su tarjeta con la mano ya que con la otra estaba buscando un kleen-ex desesperadamente por alguno de mis bolsillos.

El ayudante, mientras me veía salir, preguntó.

-¿No cree que oculta algo, comisario?

Los reporteros

Los reporteros

¿¿Recortar el principio??

Parece mentira que en aquella época pudiera yo vivir semejantes momentos de peligro. Lo primero que recuerdo como becario de periodismo gráfico es que prácticamente no hacía más que fotografías de mesas y de atriles. Desde tales muebles, ejecutivos de tercer nivel de empresas de mayor o menor pelaje transmitían en ruedas de prensa información sobre una nueva crema antienvejecimiento, un nuevo juego electrónico, un nuevo partner publicitario… Cosas así. Ese vago glamour que la gente atribuye a las ruedas de prensa desaparece rápidamente cuando asistes a dos o tres de ellas. Son casi siempre convocatorias corporativas tediosas y sin ningún interés. Como becarios que éramos, nos mandaban además a presentaciones de poca monta. Yo no tenía ningún interés en aquello. Frecuentemente la información que traíamos a la oficina no encontraba ningún hueco y simplemente era borrada. Los comerciales de publicidad rogaban que no se publicasen esas noticias, salvo las de compañías que insertasen anuncios de verdad, de los que valían dinero.

A todas estas reuniones yo acudía cargado con mi cámara más voluminosa y una enorme mochila repleta de accesorios, que me había comprado al acabar mis estudios con un dinero de mis padres, por unos 8.000 euros. Algo verdaderamente estrafalario. Realmente lo que llevaba era como una especie de estudio fotográfico ambulante, siempre soñando con un golpe de suerte. Quizás encontraría por ahí una top model a la que le haría el mejor book de su vida, además de otras cosas, ya puestos a soñar. ¡Aquel pesado y enorme macuto lleno de chismes caros útiles para nada! Siempre conmigo por si acaso surgiera la oportunidad de estrenarlos. En parte, era mi inseguridad la que me hacía acarrear aquel peso, en la idea de que esos cachivaches impresionarían y me harían pasar por un gran profesional. Pero siempre había algún colega impertinente que me hacía alguna pregunta:

-¿Vienes conmigo a la rueda de prensa o vas a escalar el Everest?
-Muy gracioso. Mí mochila resucita el humor español y eso es bueno.
-Es que no te falta más que la cantimplora y el saco de dormir -apuntaba otro tratando de explotar la veta cómica descubierta por el colega anterior.
-Ni los fotógrafos de boda, que cobran seis veces en dos horas lo que tú en un mes de becario, necesitan todo eso.

Siempre acudía a las reuniones con algún compañero licenciado en periodismo. Casi siempre eran chicas. No duraban mucho en la empresa, pero todas entraban dispuestas a matar por lograrlo. Solía clasificarlas en función de sus características más sobresalientes en tres grupos distintos: o eran muy espabiladas, grupo uno, o estaban muy buenas, grupo dos, o ambas cosas a la vez, grupo tres. Esto era para mí tremendamente mortificante ya que todas ellas me gustaban, incluso las feas espabiladas. Pero la sensación con la que volvía de todos estos acontecimientos periodísticos irrelevantes era de total fracaso personal y profesional. Ellas trataban de portarse como si fueran Mary Taylor Moore y yo fuera “Animal”, el de las fotos. Me veían como de casta inferior. Yo no lo entendía. Cuando conocía una chica fuera del ámbito del trabajo y le explicaba que era reportero gráfico… la chica caía. Pero en cambio, con periodistas, no presentaba yo un perfil estadístico muy boyante.

A veces ellas se hacían las interesantes formulando preguntas que suponían un esfuerzo titánico e innecesario para sus neuronas, puesto que generalmente no tenían ni remota idea de lo que preguntaban y mucho menos de lo que se les respondía.

Recuerdo por ejemplo aquella ocasión en la que una pequeña entidad financiera, el Banco de Negocios Privados, decidió convocar a los medios para explicar que había implantado tres oficinas más en Madrid y de paso comunicar los resultados del primer trimestre. ¿Cómo podían llamarnos para explicar cosas tan aburridas?

Mi compañera Susana, era novata, del grupo tres, buenorra y espabilada. Pero novata, novata, novata, como para repetir lo novata que era cuarenta veces más y quedarse corto. Parecía que no se estrenase en la profesión sino que era recién llegada al planeta. Siempre preocupada por tonterías cuando estábamos en la oficina. Y fuera también. Levantó la mano y lo primero que preguntó fue si podía hacer preguntas. Una vez que le confirmaron que ya las estaba haciendo, y que terminó el murmullo de risitas de sus colegas, mi compañera de un modo muy pomposo se presentó.

-Susana López, de Teleglobo Universal 21.

El comunicador sacó su labio inferior como para beber agua de lluvia y asintió varias veces con la cabeza. ¡Casi nada! De nuevo hubo un murmullo de risitas.

Entonces Susana, preguntó por la evolución de los precios de los alquileres de pisos. Al parecer el speaker había usado la palabra inmobiliario y a ella eso le suscitó tal pregunta. El comunicador, extrañado, le hizo repetir la pregunta, totalmente ajena a la temática de la presentación. El ejecutivo respondió que hacía varios años que no buscaba alojamiento. ¿Alguien en la sala estaba al corriente de los precios de los alquileres? ¿Estaba ella buscando piso? Risitas entre los asistentes animaron el ambiente.

  • ¿Alguna pregunta más que sí que tenga que ver con el Banco de Negocios?

Las risitas volvieron a animar la sala. Ella acertadamente se sintió en ridículo y se volvió rápidamente a mirarme. Me pilló riéndome y su mirada parecía encerrar una dura advertencia. Yo decidí disimular por vergüenza ajena y para ello, saqué de mi mochila algunos de los cacharros que se podían acoplar a mi cámara como si tuviese necesidad de ellos. Comencé a rebuscar en mi mochila y como estaba de pie, algunos de los asistentes al acto, me seguían con la mirada sin que yo me diera cuenta. Como emulando el bolso de Mary Poppins de mi mochila iban saliendo cosas, y más cosas, que parecía imposible que cupieran. Entre ellas, un trípode telescópico de 1,60, que se desplegó él solo a medida que yo lo sacaba del macuto, como hacen los magos extrayendo una barita mágica de un pañuelo. La gente, creía estar alucinando y todos empezaron a reírse de nuevo de mi show de prestidigitación.
El orador se sintió molesto de que le robaran la atención de su público.

-¡Perdona, joven! Como hemos dicho antes no es necesario que hagan fotos porque, en el dossier que les vamos a entregar, tienen varias a elegir en un pendrive junto con la información correspondiente.

-Ah, vale, vale, -balbuceé yo.
-¿De qué medio es usted?
-De Teleglobo Universal 21.
-¡Ah, qué coincidencia! ¿Como la señorita que ha preguntado antes por los alquileres?

Entonces la sala se llenó de carcajadas estruendosas. Habíamos logrado establecer en poco tiempo que éramos del canal de televisión que mandaba a los becarios más estúpidos a las ruedas de prensa más anodinas.

Puede parecer contradictorio que diga que mis compañeras eran muy espabiladas y que cuente una anécdota de idiotas. Pues la verdad es que en la mayoría de los casos muy inteligentes no eran, pero insisto en que sí que eran muy listas. Siempre se quedaban con los regalos que suelen hacer las empresas en las ruedas de prensa para ganarse a los periodistas. Normalmente no eran cosas sumamente valiosas, pero fuera como fuera siempre se lo acababan metiendo en el bolso. Y eran muy activas criticando a todos en la máquina de café de la oficina.

Comimos juntos ella y yo en un restaurante de menú para empleados. Parecía tener cada pelo en su sitio, perfectamente pintada y arreglada, y aunque yo traté de ser simpático, ella tenía esa expresión agresiva de las personas competitivas que te hacen reconocer que su actitud respecto a ti responde a una decisión que ya ha sido tomada y que por lo tanto hay poco que puedas hacer al respecto. Fuimos después a otra rueda de prensa de viajes El Lince. Otro dossier, y otro pendrive con textos e imágenes… De regalo unos bonos de hotel que se quedó ella… Quise justificar mi presencia y la de mi voluminosa mochila de accesorios de fotografía tomando algunas imágenes. Como siempre yo estaba de pie y ella estaba sentada tomando notas en el Bloc y bolígrafo corporativo con el que también obsequiaban a todos los periodistas. Ella al ver que sacaba mis teleobjetivos, muy totémicos ellos, me chistó.

  • ¡No hagas fotos! Ya nos dan ellos. ¡Por favor, no empieces otra vez!

Yo insistí para no tener que volver a la oficina sin ningún trabajo realizado. Entonces ella interrumpió al orador y preguntó.

  • Perdón. ¿Es necesario hacer fotografías?
    -Naturalmente que no. Os vamos a dar un pendrive con las imágenes de nuestras modelos salpicándose gotitas de mar en Copacabana y seguro que despertarán mucho más interés en vuestros lectores que un tipo medio calvo y feo como yo -dijo el empalagoso directivo de El Lince, tratando de parecer muy agradable.

A regañadientes metí de nuevo todos mis cacharros en mi “zurrón” y noté qué la gente me estaba mirando y que eso estaba distrayendo también al responsable de comunicación. Decidí sentarme en una silla que quedaba vacía en la segunda fila, justo delante de Susana que estaba en la tercera.

Acabó la bendita rueda de prensa de Viajes El Lince. Salí de allí con una gran sensación de aburrimiento. Entramos juntos en el Metro, camino a las oficinas. Ella estaba a mi derecha, callada, como si no supiera que yo estaba a su lado. Los asientos del vagón miraban hacia las ventanillas. En ellas, su cabeza de lista, tonta y sexy se reflejaba de un modo que uno no podía dejar de mirar. De vez en cuando, algún tipo de mala pinta tenía que sentarse en los asientos de enfrente y me privaba de seguir recreándome. Entonces yo me inclinaba ligeramente hacia ella hasta que recuperaba la visión. Creo que me pilló mirando su reflejo en el cristal al menos dos veces. Ella volvió la cara, como contrariada. Sacó su teléfono y no dijo palabra hasta que la vi sonreír, muy atractiva, reflejada en la ventanilla entre dos cabezas de dos adolescentes que le miraban las piernas y comentaban. Me pareció que quería que me diese cuenta de que algo le parecía muy divertido, pero yo estaba receloso, o rabioso y decidí no preguntar nada para fastidiarla un poco. Sin embargo, ella no tardó en hablar.

-Mira qué guapo.

Era yo. Me había tomado algunas fotos. En casi todas yo estaba distraído, claro, no tenía motivo para otra actitud. Pasó unas cuatro fotos mías y luego vi que había tomado varias de toda la reunión.

–¿Has hecho lo posible para que no haga fotografías y luego te has puesto a hacerlas tú? ¿Qué pretendes?

-Es que he pensado que no quedaba muy bien que volvieras al trabajo sin haber tomado una sola imagen. ¿No decías eso? Habrás visto que casi todos las hacen con su móvil. Si quieres yo te las paso y cuando lleguemos a la oficina, di que son tuyas. Mi móvil las hace muy bien y sin tanta parafernalia como la que arrastras tú.

Le dije con orgullo que no iba a presentar como mío un trabajo que no había hecho yo. Ella con una sonrisa dijo:

-Como quieras.

Estaba claro que le daba igual. Porque, aunque no aceptase caer en su trampa, realmente había caído ya.

Cuando llegamos a Teleglobo Universal 21 la espabilada Susana supo rápidamente adelantarse a cualquier comentario que yo pudiese hacer respecto a lo ocurrido, aunque realmente no pensase contar absolutamente nada. Pero vi cómo se introducía en el despacho de nuestra jefa y me di cuenta de que tenían un trato de mayor confianza de la que podía suponer. Se sonreían mucho. En un momento me miraron y bajaron la voz. Segundos después cerraron la puerta de cristal, y eso me provocó una sensación desagradable en el estómago. Cuando se cerraba una puerta era que algo generalmente relacionado con ascensos o despidos se estaba cociendo.

Yo me senté junto a una mesa que no era de nadie y dejé mi mochila sobre ella. Con mi teléfono comencé a buscar algo. Al rato la puerta de cristal se abrió y salió Susana muy sonriente, que pasó por mi lado sin mirarme. Nuestra jefa me llamó y me ofreció asiento frente a su escritorio.

-Quería decirte que vamos a prescindir de ti por ahora. Tu perfil es sumamente interesante, pero por ahora no necesitamos alguien como tú para ir a esas simples ruedas de prensa. Estás sobrecapacitado. Yo creo que alguien tan bien equipado como tú -la muy hija de su madre se estaba burlando de mi equipo- es más adecuado para trabajos de tipo artístico quizás, que para el periodismo de comunicación corporativa. Ya sabes que nuestro grupo tiene algunas revistas también… En fin, si sale otro tipo de oportunidad laborar que yo me entere, tengo tu currículum. Pero aquí no aprenderías gran cosa en ruedas de prensa, y no puedes tampoco llamar sueldo a lo que ganas como becario. Perderías tu tiempo.

-De acuerdo -dije lacónicamente.
-Lo siento.
-No te preocupes -yo ya estaba de pie y con cara de indisimulado rencor.
-Ya sabes, si necesitas referencias…
-Ya, ya, ya… Hablarás de mí de maravilla.

Salí del despacho a recoger mis cosas. Vamos, mi macuto. Y en ese momento una chica llamaba a mi ya exjefa.

-¡Lidia, Lidia! ¡Tiroteo en plaza Arroyuelo Azul, 23! Aquí a la vuelta de la esquina. Dice Martínez que mandes a alguien de inmediato a cubrir la noticia.
-¡Pero si eso está a dos calles de aquí mismo! No tenemos a nadie ahora, todos los equipos están fuera.
-¿Y los becarios?
-¿Pero cómo vamos a mandar a esos pobres? ¡Dios! Susana, Alberto, venid, por favor.
Susana estaba mostrando su mejor actitud al segundo, pensando que tenía ante sí una oportunidad. Pero yo no iba a hacerle caso.

-Alberto, ven un momento tú también, por favor.

Acudí de mala gana.

-¿Alberto, tienes cámara de vídeo en tu equipo o solo de fotos?
-Claro que llevo vídeo.
-Tienes que ir con Susana a cubrir una noticia muy importante. Rápido.

Yo sonreí.
-Lo siento, pero yo ya no trabajo aquí. Hasta luego, chicas.
-Alberto, por favor, te lo ruego.
-Pues mira, no pienso ir a arriesgarme en un tiroteo por un salario de becario, en una empresa de la que me acaban de echar.
-Es una oportunidad para ti. ¡Demuestra que puedes hacerlo! Hay gente allí que se está muriendo en este momento.
-Pues necesitan un médico, no un periodista carroñero y un fotógrafo.
Sin alterarse, Susana dijo:
-Creo que con lo de carroñera está hablando de mí.
-¡Alberto, no seas tonto!
-Claro que voy a hacerlo. Iré como freelance y se lo venderé a quién lo quiera.
-Nadie te lo comprará, Alberto. Tráemelo a mí que quizás yo sí que te lo pueda pagar.
-¡Adiós chicas!

Salí de allí con la satisfacción de un torero dando la espalda a la res ante el aplauso del público.

Fui a buen paso a Arroyuelo Azul 23. Me costó menos de un minuto llegar. La mañana era muy gris, como preludiando una gran tormenta. La gente miraba escondida tras las esquinas. Me dijeron que alguien estaba disparando a los transeúntes desde algún balcón. Una chica había sido malherida y la estaban atendiendo. Pero otro hombre bastante gordito estaba inmóvil tirado en la plaza sin que nadie se atreviera a rescatarlo del tiroteo.

Abrí por fin la mochila y me preparé para captar al hombre tendido en la calzada. Efectivamente, era muy obeso. Seguramente le falto agilidad para escapar después del primer disparo y le sobró contorno para poder evitar ser el siguiente blanco. El zum me permitió ver que tenía dos disparos. Podía ver la sangre brotar. Se apreciaba que aun respiraba y con bastante agitación. La mirada estaba perdida, pero parecía estar consciente todavía.

-¡Alberto!
Era Susana.
-Déjame en paz, lárgate.
-Yo no quería que te echaran. Traté de convencer a Lidia, pero la decisión debía de estar ya tomada, de verdad. Te lo juro. Hasta dije que las fotos de mi móvil me las habías pasado tú.
-Eres una perra, déjame en paz.
-Lo mejor es que hagamos este trabajo juntos. Es nuestra oportunidad.
-¡Que me dejes en paz y te largues!
-Pareces un niño.

Susana se fue. Yo seguía filmando la respiración de aquel pobre hombre y de vez en cuando trataba de descubrir el origen de los disparos apuntando con mi teleobjetivo hacia las ventanas. De pronto noté movimientos a mi izquierda y volví la cara instintivamente. Era otra vez Susana. Se estaba ahuecando la melena y pintándose los labios. Después se desabrochó un botón de la camisa para dejar asomar parte de su personalidad. Una vez segura de su aspecto, comenzó a grabarse.

-Susana López para Teleglobo Universal 21. Un trágico atentado parece haber causado ya dos heridos que quizás en estos momentos estén cadáveres. La confusión reina en la plaza Arroyuelo Azul donde, desde hace varios minutos, un hombre está tiroteando a todo el que se asoma y…

-¡Qué hija de puta!

Pero ella no escuchaba mis comentarios de desaprobación. Se acercó una señora a la esquina desde la que nos asomábamos.

-Se acerca a nuestras cámaras…
-¿Nuestras cámaras? Solo estáis tu teléfono móvil y tú
– …una señora que ha vivido en primera persona el principio de esta tragedia.
-¿Yo? -respondió la señora extrañada.
-Señora, que nos puede decir de este horrible suceso que está conmocionando todo el barrio de… del barrio este en el que estamos?
-Pues yo me acabo de enterar, cariño -dijo la buena mujer.
-¿Y cómo se siente?
-Mujer, cómo me voy a sentir. Pues mal. Si hay alguien matando a la gente no me voy a sentir bien. Porque eso no está bien.
-¿Qué quiere transmitir en este trágico momento a la televisión mundial?
-Que no hay que matar, que no se hace eso. Y que el que mate a la gente, que lo metan en la cárcel, claro, porque eso no se puede hacer, digo yo.

La entrevista, de tan lamentable, era cómica, pero mientras aquel hombre seguía muriéndose.

-Ya han oído ustedes el grito desgarrador de toda la población en este momento, la gente de la calle, los españoles de a pie, no comprenden la tragedia. Que lo metan en la cárcel es la demanda unánime de todos los hombres y mujeres justos y justas-decía Susana como resumen de su maravillosa entrevista.

Yo seguía viendo morir a aquel desgraciado mientras Susana seguía diciendo majaderías ante su teléfono móvil. De pronto el herido aumentó el gesto de dolor y se retorció. No sabía si era algún tipo de convulsión o que había recibido un tercer disparo. Después elevé el objetivo y pude ver el que podría ser un francotirador en uno de los áticos de la plaza. Lo miré bien. Pareció apoyar lo que podría ser su fusil en la barandilla. Pensé que era el momento de tratar de retirar a aquel hombre. Aunque sin soltar la cámara de mi mano salí corriendo a mover al desdichado. El camino se me hizo desmesuradamente largo ya que pensaba que en cualquier momento podían empezar a dispárame a mí también.

-Hola. Trataré de ayudarle. ¿Cree que puede moverse?
-Creo que no -me pareció oírle decir.

Oí disparos, pero pensé que eran en el ático donde había visto al posible francotirador. Sería la policía, que ya le estaría reduciendo. Le pasé las manos por las axilas y empecé a tirar de él, pero era casi imposible moverlo. Pesaría unos 120 kilos. Entonces vi a Susana que venía corriendo con su móvil hacia nosotros. Se puso en cuclillas, se retocó el peinado y acercando su cara al herido y en plan selfi, dijo casi risueña:

-Nos encontramos en este momento ante este señor herido al que nos gustaría hacerle algunas preguntas ahora que aún se puede…

-¿Serás estúpida? Ayúdame a ponerlo fuera del alcance de las balas o lárgate.
-Lárgate tú. Que sepas que ya te han mangado tu super mochila.
-¿Pero es que no te importa que esté en juego la vida de este hombre?
-Tú haz de héroe, que para eso te acaban de dejar en paro. Yo tengo un trabajo y voy a hacerlo.

Seguí tirando del herido que pesaba como si fueran varios y ella agachada seguía con su entrevista.

-¿Puede decirnos su nombre?
El moribundo trató de entrar en el juego y dijo llamarse Sergio. Creo yo, porque no tenía fuerzas para hablar. Yo entendí realmente algo como “gió”
-No sabemos si los espectadores han podido oírle, pero…
-¿Pero qué espectadores? ¡Estás loca! -dije yo-. Solo eres tú y tu móvil.
Ella paró el móvil y me miró con odio. Entonces volvió a empezar:
-No sabemos si se ha entendido bien, pero creo que ha dicho llamarse Casio.
-¡Será Sergio! -le dije yo con rabia- ¡Estúpida gilipollas, ayúdame a ponerlo bajo el soportal o nos van a matar a los tres!
-No sabemos si ha dicho Casio o Sergio o Cristo. Lo que si sabemos es que este hombre inocente en estos momentos está luchando contra la muerte, librando la que podría ser su última batalla -seguía ella tratando de añadir dramatismo.
-Ha dicho Sergio. Casio era una marca de relojes.
-A ver: Sergio, soy Susana López de Teleglobo Universal 21. ¿Cómo te sientes en este momento? ¿Cres que es justo que te disparen así cuando inocentemente paseabas por la madrileña plaza del Arroyuelo Azul, quebrando la paz de un barrio trabajador, pacífico y democrático?

De pronto, sonó un disparo y Susana López se llevó las manos a la frente y al instante sus antebrazos se llenaron de hilos de la sangre que manaba de su cabeza, y se cayó hacia atrás.

Sergio, o como se llamase, igual era Santi, qué se yo, dijo algo que creí entender:
-¡Dios mío!
-No se preocupe, víctima -le dije sinceramente-. ¡Ésta era una gilipollas que no veas! ¡Menuda cretina!

El hombre levantó un poco las cejas expresando algo que no me quedó muy claro. Sería como un “bueno, entonces… “ Yo seguía tratando de arrastrarle con más energía todavía, ya que, si ya la habían matado a ella, el siguiente objetivo sería yo.

-Vamos, ayúdeme un poco, Sergio. Empuje un poco con los pies al menos. Que tengo el culo en dirección al francotirador.

Sergio se desmayaba y yo casi no lograba moverlo. Afortunadamente mi cámara que colgaba de mi cuello por una bandolera, en el lógico zarandeo, oscilaba caóticamente y de vez en cuando le daba un buen trompazo en el ojo al ya casi finado Sergio, que gracias a ello se despertaba. A medida que desplazaba aquel cuerpo iba dejando una franja de sangre de unos 60 centímetros de ancho que era la superficie de suelo que estaba tocando con su trasero. Sergio contemplaba asustado aquella mancha y parecía pensar que de esa ya no iba a salir. Yo traté de animarle un poco mientras tiraba ya de sus muñecas sin lograr avanzar.

-Parece una alfombra roja-le dije-. No me gusta nada. Me recuerda a mi boda.

En ese momento llegaban a la plaza varios camiones tipo antidisturbios de los que bajaron unos cuántos policías uniformados que empezaron a disparar hacia el ático que estaba como hemos indicado ya, a mi espalda. Me sentí seguro por un momento, hasta que vi que Susana se levantaba. Al parecer, el disparo le había dado de costadillo, como decía mi abuela, y el aspecto era más aparatoso que la realidad. La escena con la becaria resucitando ensangrentada era de película de zombis.

-¡Vamos, vamos, deprisa, Sergio, trata de moverte, que viene otra vez ésta! ¡Plasta es, la tía, oye!

-Señoras y señores, como ven, pese a que me han herido en la cabeza, aquí sigo rindiendo tributo a la noticia. Sergio, ¿crees que vas a poder perdonar al autor de los disparos que ha tratado de acabar con tu vida? ¿Les deseas algún mal en su vida?

-Sergio, dile que es una perra y que me ayude a arrastrarte hasta el soportal.

Sergio parecía a punto de expirar, pero con un leve soplido, pude oír lo que dijo el pobre hombre, muy, muy bajito.

-Perra.

Y tras esta palabra, sus ojos parecieron paralizarse mirando en dirección a las nubes. Susana aprovecho para arengarle.

-¡Sergio, no te mueras! Todos los televidentes de Teleglobo Universal 21 quieren que te salves. ¡Sergio, resiste, por tu vida! ¡Sergio, que tú eres un luchador! -decía la becaria.

-Qué cretina es, qué cretina es… Pero ¿cómo puedes ser tan cretina? -repetía yo.

Una furgoneta medicalizada del SAMUR llegó hasta nosotros. Me dijeron que soltase al buen hombre, lo cual me animó porque no había conseguido moverlo más de un metro y medio. Reanimaron al herido y con una rapidez digna de los boxes de fórmula uno, lo subieron en una camilla y lo metieron en la ambulancia.

-Yo también estoy herida, ¿no me ven? -dijo Susana en cuclillas enseñando sus muslos y con los brazos con sangre. Los médicos del servicio de urgencia la miraron y se miraron entre ellos como diciéndose sin palabras, <<coño, que buena está esta paciente>>
-¡Pues sube, sube, deprisa!

Susana, tapando su herida en la cabeza con un pañuelo y con el móvil a modo de micrófono en la otra, me sonrió malvada, mientras cerraban las puertas de la ambulancia con ella dentro y yo me quedaba mirando, Después se volvió hacia Sergio y todavía pude escucharla decir:

-Sergio, ¿qué sientes en estos momentos al volver a nacer?

Y la muchacha se asomó por la ventanilla trasera y me dijo adiós con la mano guiñándome el ojo.

La ambulancia se fue con la sirena puesta, pero los disparos dejaron de sonar ya que el asesino había sido reducido. Los policías vinieron corriendo hacia mí, pero pasaron de largo sin decirme nada. Querían subir hacia el ático del asesino. En pocos segundos acordonaron todas las entradas a la plaza y yo me quedé solo en aquella explanada de cemento con cuatro bancos de madera y una fuente que chorreaba impertérrita, como si no se hubiera enterado de toda la peripecia, ni de nada. Permanecí sentado en el suelo de la plaza un buen rato tratando de calmarme. Detrás de los cordones policiales, la gente se iba amontonando y me miraba sin entender mi presencia allí inmóvil. Finalmente me puse de pie, miré la alfombra roja, y mi ropa sucia tras la batalla. Después metí las manos ensangrentadas en los bolsillos del pantalón, dispuesto a caminar hacia casa sin hablar con nadie. Pero un policía se me acercó y me dijo:
-¿Se encuentra bien?
-Bien, bien… mientras todo pasó. Pero ahora… estoy un poco impresionado y… aturdido. Y mareado.
-Me han dicho que es usted reportero gráfico.
-Becario sin trabajo.
-Vaya. Pues se ha portado usted como un reportero de guerra.

Me lo quedé mirando. Aquello me había sonado bien. El policía se percató y me sonrió paternalmente.

-¿Por qué no se sienta allí un momento, joven? Es mejor que…
-No, no… Gracias. Esto… ¿Han visto ustedes una mochila de fotógrafo que he dejado en esta esquina?
-¡Claro que sí! ¿Era suya? La tienen los TEDAX en esa otra zona de allí, junto al parque. ¿La ve? Esa zona acordonada tan llena de policías.
-¿Los TEDAX? Eso es algo contra las plagas, ¿verdad?
-En cierto modo -torció la boca al reírse-. Técnicos Especialistas en Desactivación de Artefactos Explosivos, TEDAX, son policías para la desactivación de explosivos, con alta tecnología, robots especializados… Les ha parecido un bulto sospechoso, dadas las circunstancias. Están a punto de hacer explosionar su petate. ¡Eh, oiga, joven, vuelva! ¡Eh! ¡Deténgase! ¡Que no le dejarán acercarse! ¡Oiga!

 

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Horizontes de grandeza

Horizontes de grandeza

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Hace poco alguien me pidió una lista de películas que me habían gustado a lo largo de mi vida. La tarea parece simple pero no lo es. Actualmente me gusta una película de cada veinte que veo. Voy al cine como concesión a la inercia, como indulgencia rendida a los otros. Naturalmente, esto no fue siempre así. El cine me impresionaba cuando era un niño, como a cualquiera. Bueno, no, en realidad no tanto. Quizás me deslumbraba algo menos que a cualquiera, porque yo era muy alto y eso me daba un aire de madurez que yo mismo me atribuía, seguramente sin corresponderme. Íbamos a ver unas películas de luchadores japoneses y mis compañeros de clase salían luchando como ellos. Yo me los quedaba mirando… ¿Qué hago yo aquí con estos críos? Íbamos a ver una película de tiros y a la salida, mis amiguitos, todos bajitos, se disparaban con el dedo índice y se tiraban al suelo retorciéndose de dolor antes de decir «me muero». ¿Qué pintaba yo con gente tan infantil? Quizás yo era igual que ellos, pero los veía así. Creo haberos contado esto antes, debe de ser importante para mí.
 
Pasaron los años, pero no muchos. Y me enamoré. Mis amigos seguían tirándose piedras, jugando a las canicas  o disparándose con el índice y yo no tenía edad para enamorarme, pero sentí deseos de… escribir.
 
Un día fui al cine al aire libre. Era verano, un pueblo, una playa… Allí estaba la chica, oliendo a transpiración y a mar. Algo me pasaba… Vimos la película Horizontes de grandeza, cuyo título suelo confundir con Horizontes lejanos. A mí lo de los horizontes… Protagonistas: Gregory Peck, Jean Simmons, Charlton Heston, Carroll Baker. Un tipo del Este se introduce en un rancho del Oeste profundo para conocer a la familia de su novia. Un hombre educado en una tierra de gente que se odia con estupidez y obstinación. Gregorý Peck se preguntaría: ¿qué pinto yo con esta gente anglocazurra? Claro. Lo vi claro. ¡Era como yo! ¿Qué pintaba él allí? Bueno, a mí los cazurros me caen muy bien, que son muy sanos y todo eso, así que no es por ahí por donde va la cosa, sino por la dificultad para ser como se es o se viene siendo por aquí o por allá, eso da igual. Yo soy un desclasado, ejerzo de ello y presumo. El clasismo no va conmigo. No me siento ni el Norte ni del Sur, ni del Este ni del  Oeste. Para colmo, siguiendo con la película, Peck se empeña en domar un potro cuando nadie le ve, tema para el que no parecía muy capacitado. Si no recuerdo mal, la chica, viendo que se iba a matar, le pregunta: ¿a quién quieres demostrar que eres capaz de hacer eso y para qué? Gregory Peck, exhausto, dada la gran cantidad de trompazos recibidos, le dice algo que yo creo recordar (a ver si alguien me encuentra esa frase con mayor exactitud): «un hombre solo tiene que demostrarse a sí mismo de lo que es capaz». Más menos, no lo recuerdo bien porque han pasado un porrón de décadas.
 
Demostrarse las cosas a sí mismo…
 
¿Cuánto daño me habrá hecho esa frase? A partir de ahí fue quizás cuando encontré mi lema definitivo y me convertí en autista. Soy un autista muy sociable, muy amigable, eso sí, pero… Como Jesucristo. «Mi reino no es de este mundo». Por cierto que con esa frase de Jesús no se obró el milagro. Yo como era pequeño, la primera vez que la oí no reparé en ello. Pero Jesús con aquella frase no convenció a los malos. No convenció Nuestro Señor ni a Herodes ni a Pilatos. No los dejó nada tranquilos con esa evasiva altisonante. ¡Que su reino no era de este mundo! ¿Quién se había creído que era Ése? ¿El Rey de los Judíos? ¿Dios? ¡Tira, macho, anda, tira pa la cruz! La gente es así. Ellos no respetan la vida interior de los demás porque no tienen acceso a ella, y se sienten excluidos. Y además tampoco la entienden. La imaginación de los demás nos ofende.
Desde cualquier creencia, o  incluso de no creencia, la historia de Jesús nos permitirá siempre atisbar algo de esperanza en que los humanos sepamos algún día trascender de nuestra animalidad y nuestras tendencias crucificadoras. La afición de los humanos para convertirse en chusma y linchar. La historia de Jesús puso a los humanos ante el espejo, para que vieran su animalidad, su cobardía, su vileza, su traición y su falsedad.
 
Pues a mí me pasa igual que a Cristo y a Gregory Peck, salvando las distancias. Vivo en mi burbuja. Mi reino no es de este mundo. Con razón luego la gente me crucifica. Y es algo muy molesto. Que te crucifiquen no sienta bien. Es un reino el mío de pensamientos y palabras de las que no sé dejar traslucir apenas nada. ¿Para qué? No tengo que demostrar nada a nadie. Me lo creí de pequeño: eso, lo de que soy como Gregory Peck, aunque no dome al pura sangre. No me lo tengo que demostrar quizás ni a mí. Y desde luego, yo no demuestro nada a nadie. Aunque me llamen perro. Punto.
Me viene a la cabeza alguien que se quejaba -con otras palabras- de que yo no le escupiera, aunque solo fuera un poco, pese a lo que él se esmeraba por molestarme. Pues no, no tengo por qué entrar en ese terreno si no me apetece. Yo solo rivalizo conmigo mismo. Eso no es sentirse por encima, sino en otro lugar. En otro planeta. En otro «reino». Yo hay veces que soy más del reino mineral o vegetal que del animal.
Soy cien por cien un hombre del Este en el Oeste, o viceversa, vaya a donde vaya, cualquiera que sea el punto cardinal donde me encuentre. No demuestro nada a nadie, mi reino no es de este mundo, porque… ¿Qué hago yo con estos críos? Y juro por todos mis sueños sagrados que no hay en estos planteamientos ningunas ínfulas, ni aires de superioridad. Soy modesto, y con razón. De verdad. Lo juro. Que la grandeza se queda en los horizontes, en ese punto borroso e impreciso del inalcanzable infinito. Lo que me pasa es… ¿queréis saberlo? Os lo diré bajito: lo que me pasa a mí simplemente es que algunas veces, no sé tratar con vosotros: con vosotros, los que siempre salís del cine tan contentos. ¿Y qué culpa tengo yo? ¿Y qué hago yo con estos críos?