Un continente nuevo

Un continente nuevo

Se oyen los pájaros adornando el silencio de la mañana. Mas de diez tipos de trinos, píos y gorjeos transmiten una sensación de amanecer exuberante. Sueño despierto con un recuerdo recurrente una y mil veces transitado y recreado de un vergel desbocado. Estiro mi espalda y mis brazos, desnudo, como quien exhibe un despertar en el paraíso a la derecha de una cascada. La puerta de la terraza está entreabierta. Corre un aire leve, un levante suave que se despereza indeciso entre el calor y el frío. Hay una balaustrada blanca y al fondo un bosque con los olivos más altos y grandes que haya visto nunca. También pinos, eucaliptos y palmeras. Quizás por eso algunas aves insisten en un ulular tropical y colorido. Al fondo, el mar, muy cerca. No se ve, pero contagia un brillo de olas a las hojas de los árboles, y flota en el aire el pronóstico de un descubrimiento azulado, especial y profundo. Cerca del mar algo importante puede ocurrir. La yerba junto a la casa refresca la zona. Mi perro me sonríe con la lengua fuera desde un rincón más umbrío, entre el murete y el seto. Una mujer descubre un asiento perfecto para tomar el sol, deposita besos en sus manos y los lleva con los dedos al borde de su tumbona sonriendo como una niña.
 
Aún estoy contaminado por la ansiedad de Madrid, lo sé. Lo noto al sentir que ante tanta paz, querría poder leer y escribir a la vez. Las ramas de los olivos se bandean. El café me incita a ponerme en marcha. Un eco de juventud y de irrealidad va conmigo. Le doy las gracias por acompañarme. Soy el primer hombre que pisa un continente nuevo. La vida debería ser siempre asi.
De nuevo la filosofía

De nuevo la filosofía

Creo, lo presiento, lo noto venir. Como a un tren lejano, si apoyas la oreja en la vía: vuelve la filosofía. Vuelve con fuerza echando vapor como una nostálgica locomotora. Está a punto de llegar. Viene a llenar las cabezas vacías que vamos paseando sobre los hombros sin sentir pudor ni vergüenza, ofendiéndonos porque nos lo recuerden. Contestando sin educación: yo llevo mi cabeza tan estúpida como me da la gana, me gusta así. ¿Qué pasa?.

Ahora que hay escritores que hasta presumen de no leer. Ahora que está más reconocido el derecho a producir y consumir basura literaria, que el de tener la pretensión, -¿quién se creerá éste que es?- de intentar hacer algo bueno, de pensar y de hacer pensar, de escribir bien. Hace falta mucha humildad para tratar de pensar, para tratar de filosofar, y para intentar escribir bien, porque es inevitable que casi nunca llegues a donde querrías. Te vas a quedar sin tocar el sol, seguro. Para colmo, si lo haces bien, aburres a la mayoría . ¿A quién le importa?

Tiene que volver la filosofía, tiene que volver la cultura, la profundidad, porque si no, al agacharnos para atarnos las botas, nuestros cráneos suenan huecos como sonajeros, ya que no hay en ellos casi nada sólido, Solo cuatro sentencias aprendidas de facebook y muchas horas de telebasura.

En fin, solo me has hecho un comentario de seis palabras y yo he empezado a pontificar a borbotones. Como ves, sintetizando mi respuesta: sí, tienes razón: me gusta filosofar. Y lo practico con esa libertad que solo tiene el diletante. O el estudiante.

GANAR DEBE DE SER TREMENDO

 

Un día asistí en una sala de Barcelona, creo que fue en el mítico pub Ibiza, a un repertorio de chistes del no menos célebre humorista Eugeni, que por aquel entonces todavía no lo era tanto. Yo era un estudiante de primero de carrera y acudí allí con otros tres amiguetes. Yo siempre he tenido dificultad para encontrarle la gracia a los chistes. Siempre me parece que realmente la risa en los chistes se debe a algún fenómeno de autosugestión, al apoyo del alcohol, o quizás a una tendencia a seguir a aquel que primero se ríe, porque la mayoría de los chistes que he oído en mi vida son muy malos, absurdos, zafios y aptos solo para cabezas por debajo de la normalidad. Soy partidario de la sonrisa, partidario entusiasta de la sonrisa, en tanto que la carcajada, cuando se da, me parece una bendición, pero tanto tratar de provocarla continuamente me parece patético. Veo gente, como decimos en España, muerta de risa, o partida de risa, etc. Y lo que creo es que es gente que ríe tan ampulosamente porque quizá estaban a punto de llorar.

Aquel día, Eugeni no me pareció mucho mejor, y que me perdone el hombre, que ya se fue al cielo, pero vi que su personaje era un personaje que hablaba como quien va borracho, siempre con una copa y siempre fumando, continuamente fumando, dando unas caladas largas, profundas… Me parecía triste que tubiese que encontrar una imagen tan suicida. Eugeni murió joven. Mejor habría sido un bombín y un bastón, como Charlot o unas gafas redondas o algo así, menos tóxico y cancerígeno que la copa y el cigarro. Sin embargo, hubo un chiste que se me quedo grabado. Fue el chiste del hombre que disfrutaba perdiendo al póker.

—Pero ¿y ganando?

—¿Ganando? ¡Eso debe de ser la ostia!

La gente prorrumpió en una carcajada unánime, o casi, porque yo me quedé especulando respecto a qué era tan gracioso. Estaba claro, a allí la gente iba a reírse y se reían con lo que les pusieran, por eso, porque para eso habían venido. Y se iban a casa con la tarea hecha y el objetivo logrado.

Al acabar, si no recuerdo mal salimos a tomar copas acompañados de uno de los humoristas, que no podía ser más serio fuera del espectáculo, y tras haber injerido una cantidad de copas notable, me fui a casa. Estuvo bien aquella noche. No había encontrado a la estudiante de mis sueños en ninguno de los pubs visitados y, por lo tanto, no había terminado la noche con ella. Ni con la de mis sueños, ni con ninguna otra. Y al pensar sobre esto, delante de mi cama vacía, tiré de mi jersey de lana para sacármelo por la cabeza y pensé en voz alta:

—Como en el póker: ganando debe de ser tremendo —soy menos rotundo que Eugeni.

Entonces comprendí el sentido de este gran chiste de aquel gran humorista. Porque, quizás la gente que se moría de risa en la sala no lo supiera, pero en esta vida hay muchas cosas así. Qué bien lo pasamos perdiendo, o no logrando lo que deseamos. Si ganásemos… ya sería una cosa tremenda. Por ejemplo, escribir. Estoy convencido de que todos los escribidores comprenden la profundidad de este chiste tan aparentemente simple. Y es porque escribiendo lo pasamos muy bien. Disfrutamos como niños con nuestra imaginación con en el acto de masajear solitariamente una y otra vez nuestras emociones, recuerdos, deseos, sentimientos, frustraciones, pensamientos… todo lo conjuramos repetidamente hasta que la tinta brota a borbotones. Cuánto placer obtenemos en eses instantes de éxtasis, para que no paremos de repetirlo y recrearlo, durante casi toda nuestra vida, pese a que, en realidad, todo esto en general no nos lleve a nadie a ningún lado.

Generalmente no ganamos dinero. Ganado debe de ser la ostia, como diría Eugeni

 

Aplaudan sin mí.

Se juntan unas adversidades con otras, igual que se amontonan las letras para escribir. Ya lo dice nuestro refranero, siempre influenciado por ese pesimismo tan castellano: las desgracias nunca vienen solas. Y es cierto. La situación nos exige poca cosa. Solo paciencia, que es una virtud que hoy día es admirada con mucha moderación. Paciencia, ante todo, para mantener una cierta estabilidad psicológica. Hablar de la prudencia, se puede, claro que sí, es importante, pero tampoco hace falta una gran sabiduría para lavarse a menudo y respetar dos o tres normas lógicas. La paciencia va a ir evolucionando, cambiará de color. Se tornará en entereza. Porque algunas malas noticias llegarán, debemos hacernos a la idea. Necesitaremos entereza, no lo dudes. Yo ya estoy mirando con gesto de tipo duro, porque soy de los tiempos en los que amábamos las películas del Oeste. Espero que estos días de entereza mantenida en el tiempo se incorporen a mi carácter, como los anticuerpos del coronavirus a mi sangre. Algunas personas me van a confundir con otro que no soy. Me verán frío, o inexpresivo, o simplemente insensible. Nada más lejos de la realidad. Es entereza muy adelantada, porque por ahora no tengo a mi alrededor ningún asunto al que hacer frente. Solo la reclusión. Se trata de un ejercicio anticipado de estolidez, y hieratismo. Hay quien acude a mí, por medios telemáticos, claro está, a encontrar el consuelo en compartir sufrimiento y a mi me ve relativamente impasible. ¿Qué quieres que haga? Esto no ha hecho más que empezar. Hay una zona colindante entre la solidez emocional a la que aspiro y una extraña falta de emociones que empiezo a acusar.

Queridos agobiados y agobiadas. Queridas desconsoladas y depresivos. Temerosos, hipocondríacos. Amantes separados por el confinamiento. Familias partidas… O forzadas a convivir más de la cuenta. Soy uno más. Igual que vosotros.El virus nos obliga a vivir bajo techo. Como en todas las películas pos-cataclismo, la civilización se refugia en lugares sin luz. Si el virus nos obliga a estar sumergidos, no sabemos cuánto tiempo, es mejor no consumir el oxígeno en aspavientos. Ahorra energía. Es mejor que no lloremos. No hay más remedio que empezar a administrar las emociones.

Tampoco me siento inclinado a lo de los aplausos. Es admirable la actitud de los sanitarios y envidiable, porque muchos querríamos poder hacer algo… Yo no aplaudo, Lo siento, no me esperéis. No he podido ir. No contéis conmigo. ¡Que no! A los sanitarios y a mucha gente les sobran méritos. Pero los humanos en general me empachan. No necesito resquebrajar mi actitud inalterable con una emotividad grupal. Los humanos en general somos muy estúpidos. Yo no quiero compartir mi estupidez con nadie que no considere de mi familia. El virus es la cerilla, pero la estupidez es aquí la estopa sobre la que ha prendido el fuego. No estaríamos así si la gente tuviera un poco de sentido común. Si no defendiera a personajes vacíos. Si no fuera tan aficionado al folclore de lo emocional. Manifestaciones inaplazables, apoyos políticos insólitos a personajes de tercera, insensatez supina de quien se va a comprar unas fresas a Mercadona, que es un momento, que no pasa nada y hay que seguir viviendo. El pensamiento tonto, hipócrita, inconsistente y malvado ha favorecido esta situación. Pues ahora no me pidáis que cante con vosotros el «We are the world, we are the children» desde el balcón. Somos una especie de idiotas. Y lo que me gustaría no es sentirme unido a todos los idiotas de la Tierra,

Solo quiero trabajar. Qué gran refugio es el trabajo. Trabajar y esperar a que escampe.

DE ANHELOS Y CUESCOS

 

—Tus anhelos me matan, mujer.
–Ay, qué romántico suena eso… Nunca me habías dicho cosas así.
–Me parece que me has entendido mal.
–¿Qué quieres decir?
—Lo de los anhelos. No puedo más con eso de los anhelos. No escribes una sola historia en la que no salga lo de los anhelos. «Él era el hombre de sus anhelos… » «Ella le habló de sus anhelos… » Siempre estás con los anhelos. Entre los anhelos, el rocío, la escarcha en las sienes del caballero… Madre mía, madre mía, no puedo más.
–¡Oye!
–Dime.
–¿Pretendes llamarme cursi?
–Al contrario. Me estoy esforzando por no hacerlo.
–Eres un grosero.
–Ya. Pero no digo anhelos.
–¿Pero quién eres tú para prohibir palabras?
–¿Yo? ¡Nadie! Solo digo que me matas. Estas ñoñeces son laxantes. Esta noche tendré que cenar arroz hervido.
—¿Ñoñeces? ¿Y eso qué es? ¿Qué palabra es esa para un escribidor?
—Lo de los anhelos. Eso son ñoñeces.
—Pues no lo voy a quitar.
—Mujer, piensa en tus hijos. Son pequeños aún…
—No lo voy a quitar.
—Pues, hala, deja lo de los anhelos, que es precioso.
—Ya me has hecho quitar lo de: «él la miraba embelesado»
—Bueno, es que eso ya… Lo de los anhelos embelesados… Tú te crees que yo puedo con todo, pero no soy tan fuerte como piensas. No puedo con ese tipo de textos. Y todas tus amigas escribidoras escriben con todo pringado de anhelos y embelesados. No lo soporto. Si mezclaseis vuestros folios sería imposible volverlos a ordenar.
–Te gustará más como escribe mi hija de veinte abriles.
–¿Tu hija? ¡Ja! ¿Tu hija? ¡Por favor!
–¿Qué pasa con mi hija?
—Tu hija no tiene veinte abriles. Tu hija lo que tiene son veinte coces.
–¡Oye, que no te lo consiento!
–Veinte coces de burra que es. Veinte coces en las partes blandas. Tu hija no escribe. Solo da patadas. Todo son escupitajos, tacos, blasfemias, mocos, vomitinas, heridas purulentas… caca, pedo, pis y culo. J****, **ño, f****, l**** y p***a. Tu hija es como tú. Lo tuyo es romanticismo del barato y lo de ella rebeldía sin imaginación.
–Entonces no nos parecemos.
–Sois idénticas en insolvencia. En inconsistencia. Usáis palabras a granel. Es como si tú fueras por la calle con un tocado de señora del siglo XVIII y tu hija se pusiera imperdibles de punky hasta en las muelas. Donde tú colocas un perifollo, ella se tira un cuesco. En el fondo es lo mismo traducido a otra lengua. Cada una tiene su diccionario de referencia. El tuyo tiene los anhelos, lo del «con todo mi ser», lo de «todos los poros de mi piel», «el rocío de la mañana», «la paz en el alma»… y tu hija acude a un listado de procacidades y pedradas, que seguramente se va apuntando cuando está de litrona, y parece soltarlas como una heroína, como si esperase que le aplaudieran con cada obscenidad. ¡Oh! ¡Ha dicho polla! ¡Qué valiente! ¡Qué carácter! ¡Qué indómita! ¡Qué iconoclasta!
–No, eso de iconoclasta mi hija no sabe lo que es. Mi hija y sus amigos dirían algo como rompedora.
–¿Y tú sabes lo que es iconoclasta?
–Pues sí, unos que rompían estatuas…
–¿Unos? ¿Quiénes? ¿Cuándo? ¿Dónde?
–De eso ya no me acuerdo.
–Pues tú has puesto esa palabra en una reseña. ¿Por qué dices eso si no lo conoces? ¿Ves cómo eres inconsistente?
–Pues tanto ella como yo vamos vendiendo libros…
—Y esas incursiones en el porno… ¿Las dos vais a confluir en lo mismo? Porque tú, entre anhelo y anhelo, vas metiendo cada día más carne con tus príncipes guapos de las finanzas… y ella, con esos lances sexuales que son como para tenerle miedo, porque de ahí los hombres salen a trozos… Lo tuyo es más horizontal, más en sábanas de raso rodeados de velas. Lo de tu hija, en cambio, es más en vertical, detrás de las puertas, o a cuatro patas sobre un váter de un bar, siempre bien asqueroso lleno de orines rancios y con desconocidos con los dientes sucios de comer pan con chorizo y fumar al mismo tiempo que fornican. ¿A quién pretende asustar tu hija? Como si fuera fácil escandalizar a alguien hoy día.
—Pues reconoce que nuestro erotismo no se parece en nada.
—Vuestro erotismo se parece en que no es erótico. En que es tópico. El tuyo, es evidentemente tópico, pero el suyo también es ya un cliché dentro del gusto por el mal gusto.
—Me estás deprimiendo.
—Y vosotras a mí.
—Por eso le digo yo a mi hija que escriba cosas normales como yo.
—No sé qué sería peor… Anda, déjala, deja a la chica…
—Pero ¿Y tú? ¿Quién te crees que eres?
— Pues no te creas que no me preocupa… Ayer leí un texto mío a unos compañeros del taller y…
— ¿Estaba todo lleno de anhelos?
—De anhelos no.
— ¿Ponía “por todos los poros de mi piel”?
— Los poros tampoco.
—¿El rocío? ¿La escarcha?
—No.
—Ya sé. Te diste cuenta de que habías escrito “con todo su ser” ¡Has caído en lo del todo su ser!
—No, no he incurrido en nada de eso, gracias a Dios.
—¿Entonces?
—A pesar de todo, al leerlo me di cuenta de que, sin decir esas ñoñeces… también era cursi.
—¡Ay, hijo! ¡Qué ideal! ¡Qué alegría me das! Me lo tienes que dejar enseguida. ¡En mi vida tantas ganas de leerte! ¡Es que en mi vida! ¿Y escupitajos?
—¿Escupitajos?
—¡Sí, sí, escupitajos!
—Uno. O dos.
—Ay, qué divertido. ¡Qué divertido! ¡Es que en…
—Es que en tu vida.
—Pues sí. ¡En mi vida tan contenta!
—Mira, lo mejor es que vayamos al taller de Enrique Brossa. Los jueves te dejan entrar gratis. Creo que te enseñan a quitarte esos tópicos tan ridículos. Mandemos un email solicitándolo a actividades@desafiosliterarios.com y en el asunto hay que poner QUIERO TALLER VIDEOCONFERENCIA GRATIS JUEVES 19:30

—¿Y si soy de Pernambuco? ¿O de Monrovia?
—Da igual. A las 19:30 horas de Madrid, miras qué hora será en tu pueblo. Fíjate que por pronto que sea ya no habrá ni rocío, ni escarchas, ni anhelos, ni…
—¡Ya vale! Que te va a oír mi hija.
—¡¡¡Ay, Dios!!! ¡Qué miedo!!!!