Golf

Golf

10806468_1589324344624882_8926103125936701711_n (1)En el bar del club de golf brillaba una terraza con mesitas cuyos sillones estaban orientados al campo. Y ella estaba allí, rodeada de amigos. Es absurdo pensar que me enamorase de ella en ese momento. Estaba tan lejos… Tan inalcanzable. Sin duda ya me había fijado en ella antes, pero fue en ese momento, viéndola así de diminuta, por allá, donde los últimos hoyos, cuando tomé conciencia de lo mucho que me gustaba. Casi no se la veía, pero yo no dejaba de mirar hacia allí. En el bar sonaba una música bastante animada y a buen volumen, pero yo creí poder escuchar su voz y su carcajada cantarina. Estaba tan graciosa, con sus bermudas y su palo de golf, bromeando, o al menos, eso suponía yo… Y claro, ¿sabes qué? Me levanté de la mesa, porque uno debe saber resistir a estas atracciones. No hay que dejarse subyugar a la primera, no se puede sucumbir de semejante modo, así que pagué mi refresco y fui directo a preguntar el precio de unas clases de golf.
Recuerdos del cuarto oscuro

Recuerdos del cuarto oscuro

Hay un sabor a raro flotando en la penumbra. Sabe a piano antiguo. El olor de un barniz antiguo, como de principios del siglo XX. Pero no lo siento en la nariz, sino en la boca.

Hay un mueble negro, Puedes quitarle un poco de pintura, como si fuese cera. Se queda en las uñas. Pero el mueble sigue completamente negro. Hay un suelo fregado que no huele bien. Un cuarto oscuro. Estoy seguro de que tenía ventana, pero no logro recordarla abierta. Siempre cerrada. Hay un objeto de cristal que no logro comprender.
Una pequeña estatua de sal del niño que se saca la espina del pie. Me molesta la expresión “quiero recordar” cuando podría decir, “creo recordar”. En esta ocasión, yo quiero recordar, porque no tengo total certeza de que una niña chupa la estatua del niño para ver si sabe a sal o no. Luego yo chupo también la figura, y no quedo convencido de que sepa salado.
Hay un colchón antiguo, amorfo, previo a la invención de los muelles. Un pasillo con curva en vez de esquina. Una cocina que se limpia con algo raro. ¿Una piedra? ¿Una madera? ¿Una piedra y serrín? Hay un olor desagradable algunas veces. Hay una presencia hostil. Mantillas negras. Paños de ganchillo sobre los brazos de los sillones. Cortinas de terciopelo. Platos con entremeses sobre el colchón. También una pared recubierta de papel pintado con unos pájaros verdes que eran tres veces mayores que la palma de un niño de cuatro años como yo. Hay una amenaza continua de soledad en el aire. Y un reloj de pesas. Un santo en una rinconera. Una cerraja decimonónica.
Hace mucho calor. Un barrendero moja la plaza. Qué envidia, poder dedicarse a regarlo todo. Vuelvo la cara hacia la mesa cuadrada. Hay un mantel de plástico. Olor a cigarrillos. Las expresiones de los ancianos son de cariño. Pero hay algo hostil en algún sitio. Quizás al fondo, el cuarto cuya ventana está siempre cerrada. Siempre oscuro. Algo permanece al acecho, amenazante. Un olvido que amenaza con hacerse recordar. Un pasado hundido en la memoria que pretende volver a flotar.

Ven a escribir conmigo

Caperucita

Si has llegado hasta aquí, o no te has registrado, o no te has identificado. Hazlo totalmente gratis desde el menú de arriba. Gracias.

🙂

NI aun así me gusta

NI aun así me gusta

Tengo un gran lastre en mi vida. Me disgusta causar daño. Muchos dirán que es una virtud de mi bondadoso espíritu y otros que es una debilidad de mi carácter. A mí me da igual. No tiene mérito ser así, porque no me gustaría ser de otra manera, por tanto no me cuesta esfuerzo. Tampoco me importa si es una debilidad o no, por el mismo motivo. Me gusta ser como soy y por tanto no tengo nada más que pensar. Sin embargo, es una carga. Cuando hago daño a alguien, no me siento bien. Aunque sea para devolver una bofetada.