por enriquebrossa | 5 05+00:00 Abr 05+00:00 2019 | Reflexiones
Yo también he visto esas desoladoras habitaciones. El deterioro de personas y cosas. Es la ruina, que de una forma u otra, nos acecha. Como las cucarachas que se esconden si detectan movimiento, la ruina permanece siempre callada, mirando, espiando mientras nos movemos. Pero nuestra vida la mantiene a raya. Seguir viviendo; amar la vida; dar vida; apoyar la vida de los otros, detiene el avance del derrumbamiento normal de las paredes, porque es afortunadamente lento, salvo catástrofe. En general podemos con la ruina. La barremos cada día sin casi darnos cuenta. Retrocede si nosotros andamos. Es en realidad sencillo. Mejor será no observarla. MIrar hacia adelante y darte un paseo. Yo pago mis deudas con el pasado actuando cada día y confío en que así las paredes se pintarán solas, mis recuerdos no serán dolorosos y mi memoria estará menos desconchada. Eso y darle besos a quien se le debe, mantiene la casa a salvo.
Por si no lo sabes te diré que yo, aunque nunca he puesto un ladrillo en su sitio ni he dibujado unos planos, soy un experto mundial en paredes. Si no te lo he dicho antes ha sido por pura modestia
por enriquebrossa | 25 25+00:00 Mar 25+00:00 2019 | Reflexiones
Con la llegada del sol y el buen tiempo, Madrid se ha cubierto de cometas invisibles, igual que otros años, solo que esta vez antes de lo normal. Como su nombre indica, no pueden verse, pero se nota que están ahí y que se agitan y dan volteretas sobre la ciudad. Si nos fijamos bien, hay un cierto brillo, invisible también, en el azul del cielo. Los ojos lo notan. Producen un raro desenfoque, el cual provoca abrir más los párpados, en vez de cerrarlos como solemos hacer ante un deslumbramiento corriente. No se ha descrito hasta ahora ningún caso de conjuntivitis asociado a esta manifestación atmosférica. Sin embargo, estos reflejos de las cometas invisibles hacen que la adrenalina fluya aumentando el ritmo de las palpitaciones, lo cual produce ganas de correr y de saltar, estirar mucho las piernas, y hasta arrancar por ejemplo una hoja de un árbol difícil de alcanzar con la mano en condiciones normales. Los hilos que sujetan estas cometas, también imposibles de captar por el ojo humano, se sabe que parten de diversos lugares de la Sierra y otros puntos del horizonte. Se detecta este fenómeno también durante lapsos muy inferiores a la centésima de segundo mirando en superficies lisas, transparentes y limpias, como en el estanque de cualquier parque, donde lo hubiera, o en unos ojos que sean tan grandes y bonitos como los tuyos. Solo así, y si se fija uno bien, allí veremos, o pensaremos que creemos ver, las cometas invisibles que cubren el cielo.
Si tienen preguntas al respecto las responderemos en orden de llegada, aunque más tarde, porque yo me voy a la calle, ya que no aguanto sentado ni un minuto más.
por enriquebrossa | 25 25+00:00 Mar 25+00:00 2019 | Reflexiones
Aquí me siento, otra vez. Una más entre tantas y tantas, a mi mesa de despacho, en mi sillón, sin más iluminación que la que chorrea la bombilla del aplique y el resplandor de mi ordenador reflejado en los folios manuscritos. Mi flexo alumbrando en la oscuridad es la llama y la brasa en el hogar. El salón donde miro el fuego. El haz de luz sobre mis papeles, es la campana de mi chimenea. Me absorbe, me hipnotiza. me hace sentir y pensar. No cabe un viaje mejor para mí que el que recorro sin separarme del escritorio. Recordando, pensando, imaginando, razonando, escribiendo. Convocando a las musas, como quien se frota una herida. Una herida de soledad, pero no necesariamente de tristeza. Como quien atiza rescoldos, bien sea para apagarlos o para reavivar la lumbre, yo aviento mis propios pensamientos con un fuelle de palabras e ideas, avivando sentimientos y pasiones o tratando de serenarlas. Yo soy la leña que se prende y se consume, mientras mi vida poco a poco se va convirtiendo en humo hasta desaparecer.
Me he encerrado yo mismo en la prisión de mis pensamientos. No sé si es egoísmo, o es miedo, apatía, creatividad o duda. Pero aquí estoy, con mi lámpara encendida, en medio de una celda oscura, soñando crímenes y amores; besos y asesinatos. Filosofando o confesándome ante el inapelable testigo que es el papel, a quien de nada sirve engañar ya que me corrige sin miramientos cuando trato de mentir y hasta se burla a veces de mí.
Hemos viajado juntos muchos días y las mil y una noches, mi lámpara y yo, sobrevolando mundos posibles e imposibles, juntos y aferrados a mi mesa, como en una alfombra mágica. Y hoy… Tantas horas han sido que siento ya deseos de plantearte una despedida. Durante estos años, flexo mío, llenos de zarpazos, no has logrado curarme del todo vendando con gasas de ficción sobre sangre y laceraciones reales. He permanecido en la oscuridad, pensando que arraigaba en penumbra. Pero no era penumbra: era la oscuridad. Como un animal cautivo, troglodita que sale de su cueva solo cuando le echan la comida fuera, y luego regresa a su caverna, a su agujero cavado en tierra como una tumba.
Querido flexo, te he de confesar algo y sé que te va a doler: siento fuertes deseos de iniciar una nueva etapa en mi organización y en mi vida, y es una etapa en la que no cuento contigo, porque es precisamente una fase sin ti, o al menos, en la que vas a pasar a un segundo plano. No es un despido ni un divorcio. Voy a salir. Quiero escribir con otras luces, en otras sombras, desde diferentes entornos; al abrigo de distintos rincones, atravesando nuevos recovecos, o al sol de la mañana, o por la noche, bajo estrellas, junto a un río, o en la montaña y a la intemperie. Tú y yo seguiremos siendo lo que nunca debimos dejar de ser: los mejores amigos del mundo. Pero ahora debo tomar aire más fresco para respirar mejor. Trataré de dejar aquí contigo mi pereza y mi asma. Debo cargar mi memoria de experiencias nuevas. Sabes que soy demasiado joven y que además siempre lo seré. Nos seguiremos viendo con regularidad si tú quieres, pero he de sacar del ropero mis botas viejas y salir a desgastar más las suelas y a atesorar imágenes diferentes, porque cada atardecer es siempre distinto y no voy a perderme ni uno más.
Mi querida lámpara de mesa: te he querido mucho, te voy a seguir queriendo y siempre te amaré. Pero mañana escribiré sobre el colchón de una pensión barata, o en el hall de un hotel, tumbado en un banco de la Gran Vía, o en un vuelo transoceánico, o compartiendo la charla de algún pastor en el repecho de un monte. Desde una oficina quizás, o mejor, bebiendo en compañía de dos meretrices dentro un burdel. Nuevos tiempos. Para que mi fuego no se apague, y antes de que mi vida se desvanezca en humo hasta desaparecer consumida entre paredes. A partir de hoy escribiré caminando, pero como un pervertido, te contaré con todo detalle lo ocurrido con cada una de las nuevas luces con las que te habré sido infiel, para después hacerte el amor con mayor placer, si es que tal cosa fuera posible. Pero tú sabes que nunca podré abandonarte del todo y que, en mi vaivén, siempre regresaré a ti, que eres mi orilla favorita del mar.
Regresaré. Te quiero.
por enriquebrossa | 25 25+00:00 Mar 25+00:00 2019 | Reflexiones
Las cosas nunca son como esperamos. Sería ilógico que lo fueran. Si no tenemos dotes de adivinación, es imposible tener una visión exacta de cómo será lo no ocurrido o lo desconocido. Todo descubrimiento nos deja un cierto desencanto. Nada suele exceder a nuestras expectativas.Al contemplar la realidad presentida pero no confirmada, descubrimos en nosotros una voz que nos dice: «era esto». Y en ese momento comprendemos que «esto» ya estaba en nuestro interior pero nos lo ocultábamos. Preferimos intuir algo diferente. Quizás algo mejor o menos malo. Decimos: «era esto». Y notamos que todo encaja. Que lo sabíamos. Que era lógico. Que estaba claro.Pudimos aproximarnos más en nuestro pronóstico, pero no quisimos. Hacemos más caso a la ilusión que a la memoria, la observación, o a la lógica. Sin embargo, hemos gozado de un disfrute injustificado, y eso ya es un rédito importante. Pero lo es mucho más reconocer que, aunque ignorado por nosotros mismos, existe un sabio en nuestro interior al que nunca escuchamos. En cada uno de nosotros hay un anciano y un crédulo. Un sabio y un niño que quiere que se lo compren todo. Y cada tropiezo es una magnifica oportunidad para que ambos dejen de ignorarse y aprendan a seguir juntos y guiarse mutuamente.
por enriquebrossa | 25 25+00:00 Mar 25+00:00 2019 | LIBROSSIANO, Relatos
Carmencita, con la ilusión del casorio, un buen día decidió que dejásemos de acostarnos hasta la noche de bodas. Cuando me lo comunicó por teléfono no me lo creí. Lo digo en sentido literal. No me lo creí. Ni creí que lo hubiese decidido así ni tampoco que ella fuera capaz de lograrlo, porque yo cuando me pongo… Sin embargo, un fin de semana llegó y me dijo que primero iríamos a dejar las maletas a casa de sus primos, unos que tenía en Madrid, porque ¿qué pensarían sus padres cada vez que ella viniese a Madrid y no pasase las noches bajo el techo de sus tíos? De nada sirvió que le dijese lo poco que me importaba a mí el pensamiento de sus papás, salvo para que me llamase egoísta y bestia y además, bestia egoísta. Tampoco le ayudó a entrar en razón que le asegurase que yo ya era mayorcito para esas tonterías.
Aquel viernes no solamente dejamos las maletas en casa de sus tíos, sino que, naturalmente, las subí yo, con una rabia explosiva, y tuve que saludar a sus tíos y tomarme un cafecito con ellos como estaba mandado, y con sus primos, que ya los conocía de otras veces y que no me caían mal. No me caía mal nadie. Pero los últimos años de vida independiente me hacían inflexible para todo aquello que no fuese de mi interés. Los compromisos los solventaba casi siempre bien, porque uno comprendía que el mundo existe, y que hay que pagar ciertos tributos para integrarse en él. Normalmente lo hacía con agilidad, buscando una rápida salida. No me puedo quedar a comer, tenemos que irnos… En fin, como casi todo el mundo hace. Pero Carmen estaba tan guapa cuando llegaba con su pelo recogido en la cinta de terciopelo, que solamente pensaba en estar a solas con ella y el cafecito con el tío y la tía se me hacía insoportable. Luego, claro, salíamos con los primos a cenar, pasaba la tarde y la noche y la devolvía con sus parientes. Por fin, sincerándose con una de sus primas con la que le unía una amistad especial, Carmen encontró el momento de que nos quedásemos a solas ya que, según me dijo, yo empezaba a comportarme como si me picase la camisa.
Entonces pensé que violaríamos la última regla por ella impuesta, como todas las otras. Ese voto de castidad prenupcial. La convencí de que entrase en mi lúgubre apartamento, tras ser advertido de un modo claro y terminante de que una vez allí jamás lograría ceder su renovada virginidad.
– ¡Carmen, de verdad, yo creo que ya no tenemos edad para estas niñerías! -yo ya me estaba enfadando.
– ¡Bueno, pues no entro en tu casa!
La llamé absurda y ella me acusó de ser incapaz de mostrarle mi amor haciendo algún sacrificio. Le dije que no me gustaban los sacrificios, que eran una tontería y que me gustaban las mujeres mujeres y no las niñas. Pero me amenazó con romper.
– Si no te gusto aún estamos a tiempo de evitar un error. A lo mejor deberíamos vender la casa. Así no tendrás que aguantar mis niñerías.
Dicho esto empecé a frenar y, tras unos cuantos argumentos suyos, redundantes unos y nuevos otros, demuéstrame que eres capaz de hacer algo que te cueste, solamente porque a mí me haga ilusión, porque yo hago muchas cosas por ti aunque no las entienda… decidí apaciguarme. Accedió bajo promesa entonces a subir a mi apartamento. Una vez allí pronto empezaron los besos y las caricias. Fuimos a la cama para intentar poner en su sitio no sé que músculo agarrotado y finalmente logré poco a poco desnudarla con la excusa de embadurnarla con un potingue terapéutico que me quedaba de cuando hacía atletismo y que le dejaría el músculo como nuevo. Déjame que te eche por aquí, quítate esto un poco, bájate esto hasta aquí por lo menos para que te pueda frotar este musculito, y así, recordando un juego de adolescentes, o quizás más bien de niños jugando a médicos, acabamos los dos como el Señor nos trajo al mundo, acalorados y, en fin, huelgan las explicaciones porque no es mi intención recrear aquí los íntimos juegos con mi novia. Sin embargo, llegó la cosa al extremo en el que a uno ya le apremia lo que le apremia. Pero en ese momento ella me recordó las promesas y los juramentos:
– De aquí no podemos pasar. Además ya estamos sudorosos y pringados de tu ungüento mágico.
En ese momento, de nada sirven mis ruegos y razonamientos; de nada que le jure que a partir de la siguiente vez, que ya verá ella como en adelante… ¡Imposible convencerla!
– Que de verdad, oye, pero, Carmen, qué historia es ésta tan idiota, no es propia de ti…
Nada, no había manera. Finalmente decidí no enfadarme. Ya estaba convencido de que su tozudez iba a ser mayor aún que mi perseverancia. Total, que entonces me toma de la mano y vamos a la ducha.
Una vez seco me tumbé en la cama, pensando en volverlo a intentar. Ella sale, me trae un vaso de agua. Se tumba a mi lado y me da un cigarro en silencio. Los dos soltamos a la vez una gran bocanada de humo. Hay un gran silencio en el dormitorio. Entonces ella me mira sonriente y divertida y me dice como si continuase una conversación:
– Además: ¿después de la ducha y el cigarro… no te parece que es casi lo mismo?