por enriquebrossa | 4 04+00:00 Mar 04+00:00 2019 | Reflexiones
Hace mucho tiempo que decidí desafiar. Ya fuera para perder o para ganar, desafiar, siempre desafiar. Claro que mi estilo de desafiar es un poco original. No voy a molestar a nadie con mis retos. Nunca he hecho un daño que no me lo hayan hecho a mí primero. Desafió a todo aquello que previamente me ha atacado. Incluso cuando es superior a mí. O bien a lo que supone un reto. Nunca seré demasiado cruel, aunque he advertido que hay gente a la que esa manera mía de ser, descuidada respecto al mal que me amenaza, le indigna. Como en mi relato de los disparos en mi casa. Mi aspecto es el de un hombre sin agresividad. Soy un detector de mediocres, que son aquellos que creen que me pueden zarandear y que por algo lo desearán.
Pero decía que desafío cuando me parece conveniente incluso a lo que es superior a mí. Facebook es superior a mí. Ya he explicado que Facebook un día me cerró el perfil de un modo que me pareció arbitrario. En poco tiempo superé en mucho, partiendo de cero, el número de seguidores, que ya se acerca a los 10.000 y, aunque eso no sea nada comparado con la inmensidad de los océanos digitales, yo estoy contento por la cantidad y calidad de tantas personas. No digamos por el tráfico de la web, desafiosliterarios.com. Acepté el desafío. ¡Me estimuló el desafío! Como en esos chistes de maños. ¿Cómo meter 50 aragoneses en un seiscientos y cerrar la puerta? Fácil: hay que decirles que es imposible.
Para llegar a este año en que escribimos peligrosamente ha sido necesario unir voluntades. Les mostré mis sueños y unieron los suyos. Eran gente diversa. Ese es una de nuestras muletillas cuando hablamos de nosotros mismos. “Todos somos distintos”. Sin embargo, hay cosas en común. No es gente contaminada por malas emociones. Esas que nos producen la envidia, o de las propias frustraciones. Somos otra cosa, decía yo.
Un día, hablaba con una de estas excelentes escritoras y le pregunté qué opinaba de Desafíos Literarios. Su respuesta fue ésta. “Es algo precioso. Es tan bonito que tiene que acabar en tragedia”. Por el momento creo que todos seguimos demostrando poseer esa palabra que yo estoy mencionando mucho últimamente: grandeza. No nos ha atacado la mezquindad, ni la miseria, ni la vulgaridad. En consecuencia, seguimos juntos. Unidos. Espero que para siempre. La filosofía de Desafíos Literarios consiste en que cada uno sea uno mismo y compita consigo para superarse, no contra los otros. Los otros están ahí para que les apoyemos. Alejarse de envidias, de celos, de egoísmos o de egocentrismos, que en el mundo de los escritores pueden ser lo peor. Es una filosofía de crecimiento personal. Respetar nos hace crecer. De quien no se respeta, no se aprende. Respetarse a uno mismo es lo importante, y pasa por no hacer nada de lo que no te puedas sentir orgulloso, que no empeore el concepto que tengas de ti mismo. Agrandarnos por dentro para poder escribir desde dentro. Estar a la altura de uno mismo, hay que lograrlo, porque es: o eso, o degradarse. ¿Somos escritores? Pues entonces somos también románticos, o intelectuales, o sensibles, o apasionados, o pensadores, o idealistas, o soñadores, o filósofos. Somos éticos, lo sepamos o no. Algunas veces no lo notamos ni en nosotros mismos. Pero sí. Trascendemos. Por algo escribimos… Esto no es cuestión de afán. Es otra cosa, como nosotros, que somos otra cosa. Seguimos siendo otra cosa y siempre lo seremos.
Me preocupa ese momento en que alguien cree que no se siente suficientemente querido. En realidad, yo sé que ellos (vosotros) saben que sí que se les quiere, pero algunas veces, cada uno necesitamos sentirnos, no solamente queridos, sino los más queridos; el más querido. Al menos a mí me pasa.
Yo trato de querer a todo el mundo de un modo distinto, para poder decirles mirándoles a los ojos que son los más queridos a su manera especial. No sé qué más puedo hacer. Ojalá supiera. No quiero provocar sufrimiento a nadie ni generar despechos contra mi persona. Esto crece y es cada día más difícil mantener las relaciones particulares con cada uno tan estrechas como en los primeros tiempos. Aunque quien piensa que me quiere, lo comprenderá. Hemos multiplicado casi por dos el número de autores y ahora vamos a hacer mucho más con muchas más personas. Y la verdad es que quiero a todos. No quiero perder a ninguno. Sé darme cuenta de que estoy en el Paraíso mientras lo estoy disfrutando, no como otros, que solo lo reconocen cuando lo han perdido, como bien señala mi admirado compañero de juventud, Hermann Hesse. Qué error tan frecuente.
Me preguntaba uno de vosotros un día si era de la opinión de que todo el mundo es en cierto sentido estúpido. Le dije que todos tenemos sobrada inteligencia para saber cuándo hacemos una estupidez, pero no tanta como para evitar cometerla. Muchas veces hemos “llorado” todos por incurrir en errores que siempre supimos que lo serían. Al menos yo. ¿Por qué reflexiono sobre todo esto en un momento tan dulce como éste, que es de triunfo dentro de una línea recta de batallas ganadas? Porque me doy cuenta de que ahora el desafió será mucho mayor, y se llamará mantener el clímax permanentemente. Desafío para todos nosotros y no solo para mí… Mantener el clímax permanentemente. ¿Será eso posible? ¿Será sano? ¿No nos provocará algún tipo de escozor tanto ajetreo emocional? ¿Podemos pasar una vida gruñendo o gimiendo sin parar de puro éxtasis perpetuo? ¿Estará esto previsto en el cuerpo humano, que reacciones químicas así sean de tal persistencia y magnitud? ¡Menudo desafío!
Leo los comentarios de mis compañeros desafiantes, en los que se habla mucho de cariño, de amistad… Yo eso ya lo sentí antes del Libro1, mucho antes de aquella inolvidable presentación. Tan inolvidable y fantástica como la de este año. Ahora estoy construyendo algo que requiere el mismo entusiasmo, pero más voluntad. Persistencia en las ideas y en los sentimientos, es lo que da sentido a las vidas. O persistimos o deambulamos. No vamos a lograr nada extraordinario sin ser extraordinarios y sentirnos así. En positivo me gusta más: para lograr algo extraordinario, tendremos que ser extraordinarios nosotros mismos. ¡Vaya, ya hemos logrado algo impresionante! Se trata de conseguir más, no solo de mantenerlo. Y para ser de ese modo, debemos entregarnos a nosotros mismos, a crecer como escritores y a apoyarnos más. Debemos abrirnos a que todos sumen, integrar a más personas, a más talentos.
Gracias a estas metas, y no pese a ellas, veo el futuro con serenidad, pasión y optimismo, porque sé que no hay un desierto mayor que el que ya he recorrido con vosotros. Con vuestra ayuda.
Resumiendo: ¿la presentación del 10 de marzo? Fantástica, y todo gracias a vosotros. Pero ya está. Ahora, a por la siguiente fase.
por enriquebrossa | 4 04+00:00 Mar 04+00:00 2019 | Reflexiones
—Mañana voy a pasar por Tu ciudad. ¿Nos vemos?
Para un hombre como Carlos, o para cualquiera, qué más da, es difícil rechazar una cita con una mujer hermosa. Pero se dijo que lo prudente era no quedar, si no era seguro que lo fuera.
Ambos eran empleados de sendas empresas que colaboraban entre sí. Se conocían solo de hablar por teléfono y de intercambiar correos electrónicos. Durante mucho tiempo, su relación había sido estrictamente profesional. La prueba es que casi todos los correos de él empezaban por “de acuerdo con el mensaje anterior…”. A eso luego sumaban dos o tres líneas de texto de información concisa tipo “te adjunto la información solicitada para… “ y así avanzaban las relaciones entre sus “respectivas compañías”. Claro que siempre se tutearon desde el segundo o tercer mensaje, porque eso era lo habitual, no porque hubiera entre ellos ningún tipo de trato personal. Hasta que un día, donde tenía que poner 12.000, Carlos escribió 120.000. Ese cero adicional multiplicó por diez las posibilidades de establecer otro tipo de relación, cuando ella le llamó por teléfono. Y, quién podía imaginarlo, era extraordinariamente simpática.
—Perdona que te moleste: he visto en tu email anterior una cifra que se sale delo habitual y he querido asegurarme, porque creo que es fácil confundirse. ¿Me confirmas esos 120.000? ¿Me lo confirmas?
Cuando ella dijo me lo confirmas… algo recorrió la columna vertebral de Carlos. Era como si le hubiera dicho: ¿me lo confirmas, papito? Vamos, confírmamelo bien… Carlos se dijo que necesitaba salir más, que jamás nadie había encontrado una connotación erótica a un término tan concienzudo y profesional como el verbo confirmar. Pero es que, había que oírselo a ella.
—Te lo confirmo con mucho gusto.
—¿En serio? ¿Vais a contratar diez veces más en abril? —dijo ella contenta de semejante incremento de negocio.
—¡Ay, no, no! ¡Qué va! Perdona, me he distraído. ¿Qué íbamos a hacer con tantos espacios publicitarios en ese mes? Me confundí cuando lo escribí y ahora he estado a punto de ratificarlo otra vez.
—¿Sabes que si no te digo nada tu empresa habría tenido que pagar un montón de dinero?
—¡Uf! Menos mal que me lo has dicho. ¡Cuánto te lo agradezco!
—Sí porque a mi empresa le habría encantado esta situación. He ido en contra de mis intereses, pero me he imaginado que sería un despiste. ¡Y aun lo repetías! -decía muriendo de risa, pero de un modo que no resultaba ofensivo.
—Es que tu simpatía me desconcierta hasta ese punto, querida María.
Un minuto después los dos se reían, y él sentía una irrefrenable propensión a tratar de gustarle. Pero no era preciso: ella había tomado la iniciativa.
—Quizás me debas tu puesto de trabajo. Si un día voy a Madrid, a ver cómo te portas.
—Haré todo lo posible por dejarte contenta, no lo dudes.
Cuando Carlos colgó el teléfono le dolían un poco las mejillas de tanto sonreír sin parar, ya que la charla se había prolongado bastante. Pero le fastidiaba que su llegada no tuviera fecha.
A partir de ahí, se acabaron los “de acuerdo con el correo anterior” y empezaron los “Buenos días, María”. Al día siguiente, “hola, María”. Y al tercero, Carlos ya no hizo más progresos. Fue ella la que instauró el chat como medio de comunicación.
A partir de ahí comenzó la relación de trabajo más divertida que Carlos había tenido nunca. Las bromas de ella le sorprendían continuamente y era frecuente que Carlos, acabada la conversación, se observase a sí mismo riéndose solo, como aquel día en el que un compañero entró en su despacho y lo pilló casi llorando de risa con la mirada puesta en algún punto indeterminado de la pared. Llegó a sentir tal grado de confianza con ella que los chateos pasaron entonces del horario laboral al nocturno y a los fines de semana. Empezaron a darse informaciones personales. Ambos casados. Ambos cansados. Ambos con hijos.
Ella le halagaba constantemente. Le recordaba el día en que leyó su primer email en el que él le decía que estaba seguro de que con la participación de ambos generarían “el sistema de colaboración más eficaz posible, en beneficio de ambas empresas” ella ya había notado algo especial en él.
—Te leía y notaba un «tiquitiqui» —decía—. Este tío me va a gustar.
Él arqueaba las primeras arrugas de la frente. ¿Era el tiquitiqui lo que él se imaginaba? ¿Tan elegante y sensual era la prosa empresarial que utilizaban a base de cortar y pegar las fórmulas que todos en su profesión empleaban como para que ella sintiera el tiquitiqui? En realidad, era el equivalente a lo que le pasó a él durante su primera conversación telefónica. Aquel “confírmamelo, papito”, que ya no sabía si el papito lo había dicho ella realmente o no. Él creía que no, pero ya no estaba seguro. Un caso misterioso casi.
Y ahora tenía ante él aquella propuesta:
—Mañana voy a pasar por Tu ciudad. ¿Nos vemos?
Mientras le preguntaba a qué hora se pasaría por su oficina, él se preguntaba si era conveniente tener esas confianzas porque… ¿y si era fea como un avestruz?
—Déjate de oficinas. He ahorrado a tu empresa unos cuantos millones y a ti te salvé de un despiste. ¿No me vas a invitar a un café? ¡Quedemos fuera! Ya hemos superado nuestra época “corporativa”, ¿no? Busca un café chulo de tu ciudad y llévame a allí. Pero necesito que esté lo más cerca posible de unos grandes almacenes.
«Esta va lanzada con su tiquitiqui», se dijo. Bueno, pues si era fea le daría igual. Nadie es perfecto. Realmente era muy simpática y, sobre todo, era una mujer especial, que desbordaba gracia e inteligencia, además de mucho… tiquitiqui.
Cuando llegó, se reconocieron en seguida. Y, vaya, no encontró en ella parecido con un avestruz. Se dieron dos besos en la mejilla, después de la cual ella le miró sonriente, parecía satisfecha, y tomando su cabeza entre las manos, de pronto le dio un beso en la boca. Él estaba sorprendido ante tan pocos preámbulos. Después se sucedieron otro y otro, y luego ya fue uno solo de duración indeterminada
Cuando por fin se tomaron algo de tiempo para respirar, recordaron que estaban en plena calle y repararon en que de hecho deberían tener frío. Ella miró a su alrededor y cuando vio los grandes almacenes, le tomó de la mano y tiró de él, casi corriendo, como una niña que tiene prisa por enseñarle a papá un dibujo que le ha hecho.
–¡Vamos, corre! Tengo poco tiempo, pero quiero hacerte un regalo.
–¿Un regalo?
Subieron por las escaleras mecánicas, riendo a carcajadas, sin saber por qué. Al llegar a la sección de caballero, ella atravesó la planta tomando distintos modelos de pantalones. Nos jeans, unos marrones, otros verdes…
–¿Quieres regalarme unos pantalones?
Un dependiente se acercó a nosotros y ella dijo.
-Quiere probarse estos pantalones. ¿Tiene de su talla?
Mientras el dependiente buscaba ella comenzó de nuevo a besarle. Y le dijo al oído:
–No quiero regalarte ningún pantalón. Solo quiero que te los pruebes…
A los pocos instantes llegó el dependiente con los pantalones de la talla de Carlos. Ella casi se los quitó de las manos mientras le preguntaba por el probador y hacia allí se dirigieron de inmediato mientras el empleado se les quedaba mirando.
Ella cerró la puerta del probador, le volvió a besar en los labios y se sentó en el taburete.
–Vamos, pruébatelos.
Carlos se sintió un poco cohibido, pero ella, aprovechando que estaba sentada, le desabrochó el cinturón y en el tiempo en que se dice uno, dos y tres, Carlos se vio en el espejo con los pantalones en los tobillos.
–¡Qué piernas tan peludas! -dijo siempre con su sonrisa cogiendo uno de sus muslos con las dos manos.
–Bien… Esto… Esta situación, como dicen en las películas, es un tanto inusual… —sonrió él nerviosamente.
–Bueno, si te da corte que te vea en calzoncillos sin apenas conocernos, no te preocupes.
Y de un tirón bajó sus calzoncillos hasta donde estaban sus pantalones, dejando al descubierto toda su dotación, que ella no tardó mucho en sopesar, examinar y en darle todo tipo de muestras de cariño y delectación morosa, hasta que por fin decidió hacer lo que sin duda tenía previsto desde que le anuncio su visita.
El desenlace se hizo esperar y, por este motivo, cuando el dependiente los vio salir del probador les miró con una expresión de sorpresa. Ella le dejo los pantalones, que no llegaron a desplegar, sobre un mostrador y le dijo:
–Gracias, no nos gusta cómo le quedan.
Cuando llegaron a las escaleras mecánicas se volvieron a ver a mirar a aquel hombre, que seguía de pie con los cuatro pantalones colgados del brazo mirándolos descender hacia la planta inferior, como siempre, muertos de risa.
–Ay, María, María… Y a mí que no me gustaba nada ir de compras…
–¿No crees que esto va a “favorecer la cooperación mutua entre nuestras respectivas compañías”?
–¡Sin duda! Esto marcará un antes y un después –dijo Carlos con el mayor entusiasmo–. De hecho, creo que debemos ocuparnos ahora mismo de desarrollar más aún las relaciones, que parecen que van a ser extraordinariamente provechosas.
Fueron a tomar un café y a los pocos minutos, se despidieron. Al parecer, ella había convencido a su marido para que fuese a la ciudad a ver a un colega y se volverían inmediatamente, cuando él terminase.
—Mi marido es como un moro, siempre pensando en que le voy a poner los cuernos.
—Mujer, pues en este caso parece claro que no le faltan motivos al hombre…
—Bueno, estoooo… ¿Tú de parte de quién estás?
Con estas cosas Carlos no paraba de reírse. Era una suerte que con aquella mujer tan encantadora pero tan… resuelta… no pudiera existir nada serio, dado que tantas circunstancias lo hacían imposible. Dos ciudades alejadas, dos familias…
por enriquebrossa | 4 04+00:00 Mar 04+00:00 2019 | Reflexiones
Es probable que yo siempre haya sido un hombre vacío.
Puede extrañar que parta de una afirmación semejante, de una confesión así. Lo cierto es que esto no es en absoluto vejatorio para mi persona, o yo no creo que lo sea. Los hombres vacíos suelen tener suerte. Y los hombres que tienen suerte tienden a ser tipos vacíos. Como yo. He sido un hombre afortunado.
Sin embargo, cuando la suerte de una persona fluctúa ¿Qué ocurre con su vacuidad? No me siento capaz de negar que esta pregunta puede ser una estupidez. Pero en algunos momentos de mi vida me he sentido inclinado a cuestionarme estupideces. Por ejemplo. ¿Quién se cuestiona estupideces es un hombre vacío? ¿O es un hombre lleno de preguntas idiotas? ¿Habré sido quizás un hombre fluctuantemente vacío?
Voy a tratar de contar mi historia. Para poder completar la narración hay que atravesar muchas páginas de inmadurez y simpleza. La duda está en si aparecerá algo distinto hacia el final del libro o no. Para poder juzgarlo no hay más remedio que leer la historia en su totalidad. Así pues empezaré diciendo que me llamo Marcos, como todos los personajes de novela de nuevos escritores de hoy día. Y añadiré que siempre fui… un tipo vacío.
Hay toda una tradición de pensamiento clásico español, muy católico, que relaciona la infelicidad y el sufrimiento con el cultivo de la espiritualidad. Mortificación, ascetismo, virtud… expiación, salvación, unirse al sufrimiento y la pasión de los otros y redimirse con Jesús. Solidaridad sobrenatural… Pues yo creo que de esto, precisamente de esto, no trata mi historia en absoluto. Porque yo creo, ya lo he dicho, que siempre fui un hombre vacío. Y por tanto, con suerte.
por enriquebrossa | 1 01+00:00 Mar 01+00:00 2019 | Reflexiones
Estaba yo escribiendo, cuando de pronto empezaron a sonar disparos. Abrí la ventana para protestar y mi mujer se alarmó pensando que me podían alcanzar y matarme. Estas cosas son las que provocan que la mujer española,o al menos la mía, hable de su marido en tercera persona. Léase así, por favor: «Están disparando en la calle y lo que se le ocurre a él (nótese la aglomeración de pronombres) es asomarse para decirles que no le molesten». Mi mujer no se lo está contando a otro, porque solamente estamos ella y yo. No sé bien el mecanismo que les hace fingir que lo hablan con un tercero en vez de con el interesado. Podría decir, «Están disparando y se te ocurre asomarte, espabilado». Pero las españolas casadas, lo que desean no es tanto discutir como que las comprendan. Y como el niño que tiene un amigo invisible, ellas se lo cuentan a su madre o a alguna amiga, que no está delante en ese momento, pero les da igual. Lo dicen así y sienten que les comprenden, o al menos que están cargadas de razones para ser compadecidas.
«Están disparando en la calle y no se le ocurre nada mejor que asomarse para decirles que no le molesten».
Siempre hay que comprenderlas a ellas. Hay que estar todo el tiempo, en todo momento, sin parar de comprenderlas, ¿Saben ustedes? Y mientras seguían los disparos, claro, uno de ellos acabando con el jarrón chino de la tía Marina, y otro tiro irreverente fulminando esa imagen. ¡Esa bendita imagen! de la Virgen del Pilar! ¡Bendito regalo de bodas! Y yo se lo explicaba todo esto a mi mujer, que es que siempre hay que estar comprendiéndola, que abusa de que siempre haya que estar comprendiéndola. Que a nosotros también nos gustaría sentirnos comprendidos alguna vez, pero es imposible, porque toda la comprensión del mundo, toda la que tienen donde la comprensión se produce para todo el planeta, que será en el Tíbet, con el dalai lama ese, o en algún sitio así, toda, toda, la comprensión toda, toda la que hay, la absorbe ella solita, es toda para ella, y mientras yo le decía eso, una bala que perforó la escayola del falso techo, provocaba una especie de confeti de cal dando a mi pelo un aspecto canoso que no se compadece con mi juvenil y vigorosa realidad. Y ella seguía explicándome las cosas en tercera persona. ¡Pero mírale! ¡Si es que está loco! ¡Pero que lo van a matar y él con sus discursos paseando por el salón! Y de pronto cambiaba a la segunda persona. ¿Pero te quieres agachar, que te van a matar? Para a continuación, volver a la tercera: ¡Dios, qué hombre! Frase que cuando la pronuncia mi mujer no significa que desfallezca ante mi rotundidad muscular y mi sex appeal. No, qué va. Significa más bien que le está entrando un ataque de rabia. Así que me va a matar, qué sé yo quién, y se enfada conmigo… Son reacciones coléricas sin sentido.
No quiero que piensen que soy como el inspector Colombo, siempre hablando de mi mujer, porque yo en realidad de lo que quería hablar es de los tiros. De los disparos. A mi me dio igual , la verdad, bueno, no me dio igual. Mis ojos lloraron de alegría de ver que por fin podría tirar a la basura el bendito jarrón chino de la tía Marina, junto con la otra estatuilla de la Santa Madre de Todos Nosotros, no por nada, que yo tengo mucho respeto a lo que se diga que hay que respetar, sino porque no pintaba nada en mi dormitorio,siendo testigo mudo de cuanto acontecía en el tálamo. Yo me puse a escribir. ¡Pero míralo! ¡Que lo van a matar y se pone a escribir! Seguía ella diciéndoselo a la amiga invisible, para que vea ¡Cómo es! Quiero decir, cómo soy.
Y desde entonces, no han dejado de disparar hacia mi casa. Acabaron con casi todos los televisores, tanto el Black Trinitron de cuando mi paciente lector era pequeño, como el LG Scarlet, que tenía un porrón de pulgadas, y unas luces de club de carretera, pero que cayó justo cuando dictaban sentencia en una película de juicios. Lo atravesó el proyectil en la cabeza del acusado desmintiendo así lo de la lentitud de la justicia . Ya no hemos visto más televisión ni más juicios. Los niños, con su consola en su cuarto. Las chicas con su tablet y sus teléfonos, también. Y mi mujer siempre a mi alrededor, como los tiroteos y detonaciones, disparando a mi alrededor, diciendo a su amiga invisible. ¡Pero míralo! ¡Si es que se ha vuelto loco! ¡Si es que lo van a matar y ni se inmuta! Va desgranando una letanía de si es que esto, si es que lo otro. Lo antedicho: para cargarse de razones. Y para que la comprendan más todavía de lo comprendida que está ya, aun cuando yo crea que no cabe más.
-Mujer, que sí, que lo sé, que me están disparando, y que tratan de matarme. Bueno, ¿y qué? Si a mi los tiros no me quitan de escribir. A mí lo que me distraen son tus siesques.
Ahora mismo, mientras redacto estas líneas han hecho añicos el último vaso de esos que teníamos con burbujita en la base, de cuando nos casamos. Y así llevamos ya más de un año, con esto de los disparos. Me levanto a desayunar y ya huele todo a pólvora quemada y me rozan las sienes las postas de mis sicarios, o del ejercito o lo que sean. Me agacho a tomar el periódico y,menos mal, justo en ese momento me habría dado en la cabeza una bola de metal que parece recién salida del costado de un bergantín. Los muros del pasillo están todos desconchados, el techo tiene un agujero por el que me saluda el vecino de arriba, que es muy cordial y tiene un pijama como uno que tenía yo pero con bolsillo. Por cierto, yo creo que es una familia estupenda. Y no es raro que me encuentre la cocina humeante o hasta con llamas por efecto de alguna granada de mano. Pero yo ya me levanto con los papeles en ristre, venga a escribir sin parar y no levanto la cabeza más que cuando los niños salen al colegio por la puerta de la cocina y yo bebiendo mi café con leche bajo el fuego enemigo.
-Un beso, hijo mío. Cuidate mucho, que hay temporal. Oye, y hay que acostarse antes para llegar a la hora por la mañana, ¿eh? Que salimos muy justos todos los días.
Y antes de que cierre la puerta yo ya tengo la vista en mis escritos.
Y así llevamos un año. Me quieren matar pero yo me hago el distraído. Y si me quieren matar que me maten, oye, que tampoco es para tanto.
Un año así, o más, que vamos tirando con todos estos estrapalucios.
«El año en que escribimos peligrosamente».
Relatos y poemas de 28 autores de DesafiosLiterarios.com
Se presenta el 10 de marzo a las 12:00 en Madrid.
En un lugar secreto, para que no nos disparen.
PARA ACUDIR A LA PRESENTACIÓN DE NUESTRO LIBRO, POR FAVOR, CONTACTAR URGENTE CON ENRIQUE Enrique Brossa.
¡TE ESPERAMOS!
por enriquebrossa | 25 25+00:00 Feb 25+00:00 2019 | Reflexiones
Estoy sufriendo con una dignidad moderada el llamado ocaso de los tranchetes.
Nadie sabe lo dura que es la vida de un Rodríguez. Le entran deseos de comer helado, y el pobre, hala, se pone morado, que además, rima con helado. Es por la falta de cariño… Poco a poco el caos gastronómico se aproxima amenazante a unirse con otros desórdenes, como el del horario. Pero los peores momentos guardan relación con la escasez de los tranchetes. El el principio del fin. Esa es la señal de que lo peor está por llegar. Has comido jamón cocido con pan y tranchetes. Has encontrado en la nevera espinacas congeladas y te has inventado el churro de espinaca envuelta en tranchete. ¡Un asco! Cociste unos espagueti y les añadiste abundantes tranchetes, Pusiste tranchetes sobre los filetes de lomo, incluso has desayunado galletas con tranchete. Todavía recuerdas los trozos de tranchete flotando sobre el gazpacho de bote, como los restos de un naufragio, que no es otro que el tuyo precisamente. ¿Y ahora qué? ¿Que va a ser de ti sin estas láminas insípidas de queso industrial?
No es que sean deliciosos, digamos las cosas como son, ni demasiado nutritivos. Pero eran el tabique maestro de la estructura de tu arte culinario. El punto de apoyo. Lo que sabes hacer para alimentarte es esto: sacar cosas de la nevera y calentarlas en el microondas con un tranchete o cuatro encima. A partir de ahora, ¿cómo subsistiré si no me decido a salir a comprar más? ¿O es que voy interrumpir el tiempo de mi Imperio de la soledad y la tranquilidad para pasear el carrito por Mercadona? ¡Ni hablar! ¡Yo sí que tengo principios! Antes me voy a la playa con mi familia, que por cierto habrán comido hoy una paellita excelente en el Faustino. No.¡Jamás! ¡Debo saborear cada segundo de mi libertad! Nada ni nadie socavará mis ideales, ni sofocará mi rebeldía. Me quedan nueces, además bastantes; salsa de tomate; una lechuga pocha, dos pechugas de pollo muerto, normal es que sean de pollo muerto, claro, pero yo sé por qué lo digo. Las cebollas estas… apestan, pero los ajos yo creo que no. Sal, vinagre… Este puerro seco parece que lo haya empleado ya el verdulero ese tan finito. Aún queda leche, que es un alimento muy completo. Podría sobrevivir mucho tiempo tomando leche. Esta noche quizás cene pimientos del piquillo de lata, que como plato único es perfecto. Y leche. Lo que viene sucediendo en mis intestinos puede tener un efecto positivo en mi aspecto físico a medio plazo.
Luego te ven en un restaurante y dicen: mira cómo se lo monta cuando no está su mujer… Y realmente has salido solo para comprar tranchetes para poder subsistir.
Cuando veas un Rodríguez en la calle, o en algún bar, que seguro que lo vas a reconocer a distancia… ponle un pulgar hacia arriba, anímale, oye, que lo está pasando muy mal, el pobre tío, que está subiendo las cejas y mirando su cerveza y se están riendo de él los jóvenes del fondo. Dale un abrazo de amistad con palmadas en la espalda, muéstrale tu solidaridad y apoyo si eres un hombre.
Y si no lo eres, pues, anda, mira a ver, que algo podrás hacer por él…