Joe Cocker

Eres tan bella para mí. Interpretado por un alma sin piel. Es decir, un alma despellejada.

Cuando tenía 20 años fui a un concierto de Joe Cocker en Barcelona. Yo pude colocarme a unos 3 metros de él. Era un hombre prematuramente avejentado, feo, lloroso, alcohólico, contrahecho que parecía volverse mongólico literalmente en los momentos especiales de sus canciones. Emocionó a todos. El mundialmente famoso rock star nos daba pena y pese asu éxito sentimos compasión, cuando estábamos allí para vociferar y beber. No podía darse más interpretando canciones. Saliendo del concierto estábamos casi tristes porque no seguía cantando. Pensábamos que para ser realmente gigante como él era preciso ser un desastre en todo lo demás. A mí, ser un desastre no me ha convertido en gigante después de todo…
Si hay cielo, Joe, tanto como parecías sufrir, tú tienes que estar allí, Joe. Un abrazo fuerte, amigo mío, de los tiempos de las aventuras y de los pensamientos intensos. Descansa en paz. Nunca he olvidado aquel concierto. Gracias.

Ante el vudú. Carta abierta a una colaboradora desatendida

Ante el vudú. Carta abierta a una colaboradora desatendida

ANTE EL VUDÚ

Cuanto más me apuñalan, más condescendiente me siento yo. Más paternal. Me asesinarán un día y miraré enternecido a mi asesino antes de fenecer. Un navajazo siempre es un homenaje.

La envidia es un móvil común de asesinato. A mi me enseñaron que la envida era desear el mal del que tiene más. No es así. Es que el que tiene más no soporta al que tiene menos. Ni que tenga…. «algo».

-¿Qué se habrá creído el desgraciado?
-¿Por qué?
-¡Porque si! Seguro que se cree algo. Y no lo voy a consentir.
-¿No puede creerse nada?
-¡Claro que no! ¿Para eso yo voy de algo? ¿Para que a él no le importe???? ¿Quién se cree que es?

El deseo de ser más importante, la necesidad de ser el centro, mueve a los individuos, mueve también bastante a las individuas y sí, sí, claro que sí, que es también lo que por desgracia mueve la historia, aunque Marx nunca lo mencionase porque no le interesaba mucho el individuo. Estuve en una boda en la que una señora invitada se quejó porque una columna de la sala del banquete le impedía ver a los novios y se sintió menospreciada, mire usted, por no haber considerado aquel detalle. La importancia de dónde ponen mi asiento,está presente en la gente. Yo sería incapaz de sentirme reconocido en función de algo así, ni aunque me pusieran entre el novio y la novia. Ser el centro o no poder ser uno más, que es casi peor, es una forma torcida de mostrar necesidad de cariño. Exige que se le reconozca una especie de hidalguía autoatribuida. Pero olvidan un dato importante. Que se van a morir. Por mucho que odien y que jodan al vecino. Por mucho que anden sacando el mentón. Se van a morir igual. Que en cien años no quedará nadie que haya oído hablar de ellos porque hasta sus nietos estarán muertos. Sin embargo, no tardarán tanto en ser prácticamente barridos de toda memoria humana. Muchos familiares y amigos te olvidarán en meses. Otros en pocos años o en pocos días, o en diez minutos. Si asistes a un entierro de una persona mayor, encuentras muy poca gente en el último adiós que vaya a sobrevivirle por mucho tiempo. Y me atrevo a decir que pocos son significativos para el finado. Aquel va porque es el marido de aquella, que a su vez tiene que ir porque es cuñada de… ¡Va! Pocas lágrimas sinceras, y al acabar de meter al muerto en el nicho, que es de prestado, porque luego te sacan y ponen otro muerto, los apenados familiares y amigos se dicen, ¿queréis que tomemos algo, ya que hace tanto que no nos vemos? Normal. El hijo se dedica a hablar con un cliente importante. La hija la verdad es que está encantada de ver a la prima Sarita, aunque esté bastante vieja ya la pobre… Qué buen rato pasan recordando la infancia. Y te vuelves a casa y dices, se murió y yo me lo he pasado hasta bien hoy. He aquí la gran transcendencia del momento de nuestra desaparición. El final de tan mediano señorío.

Ante esta realidad incontrovertible, de que no somos gran cosa, y menos en chándal, lo más inteligente que podríamos hacer sería besarnos. ¡Todos a besarnos! Cada cuál según sus inclinaciones, claro. A ver, tú. ¿Te vas a morir? Sí, ¿verdad? Pues besémonos como locos. ¡Claro! No perdamos tiempo. Amarse, como resulta generalmente agradable, es lo poco que puede tener sentido, Tendríamos que amarnos todo el rato. Si se me permite recurrir a la sabiduría popular, ya lo dijo el poeta:

De esta vida sacarás
lo que metas nada más.

Guardiola, (otro clásico), decía que los problemas del vestuario del Barça consistían en hacer ver «que no quiero a éste más que al otro». Vaya… Vaya, qué vestuario de hombres que harán pis en cuclillas. ¡Pues quiere y deja querer, por Dios! Respétate, respeta a todos y te respetarán. Quiere. Sé amigo. Y si no, pues nada. Sin embargo, en vez de besar, o ser amigo, perdemos nuestro tiempo buscando motivos para odiar. Motivos torpes o enrevesados, apoyados sobre dos simplezas o enterrados bajo montones de argumentos absurdos, razonadas sinrazones que ocultan mal las realidades que creemos inconfesables (y que a su vez son puras tonterías humanas). Conservando resentimiento por nimiedades, alimentando despechos y resquemores. Evidenciando limitaciones ajenas. Te quiero tanto, que si no me quieres tú también a mí te voy a hundir. ¡Ole! Eso es amor, cariño, amistad… ¡Todo! Somos tan amigos, que mis rivalidades pueriles y mis celos pesan mucho más que el aprecio ese tan grande que nos teníamos. ¡Ole! Te mataré por ser más amigo de ese niño que mío. ¡Ole ahí! Mi deseo de vengarme de tu supuesta desatención se mantiene a lo largo de los meses y hasta va creciendo como un cáncer. Un cáncer ominoso y autodestructivo, como todos. Mientras el supuesto «agresor», el infeliz, vive feliz y encantado de la vida, porque no sospecha que ha cometido delito alguno. No sabe nada de tu sufrimiento. Y tú llevas un año paladeando y salivando al hacer vudú. Tanto te aprecio que te trataré con desprecio. ¡Ole! Boicot, sabotaje, cabildeo, gestión del rumor, guerrilla urbana. ¡Lo que sea preciso! Esto no puede quedar así. Te perseguiré, haré lo posible porque todos te abandonen y trataré de infligirte el mayor daño posible, a ti y a tus proyectos, aunque afecten a tu economía y a tu familia, tus niños, todo para demostrarte que es intolerable que no me hayas prestado más atención.

Te has inventado una ofensa y yo ni me he enterado de que te has ofendido. ¡Pero hombre! ¡Entonces eres más culpable todavía! ¿Cómo se puede ser tan distraído? ¿Cabe mayor afrenta que sentirse maltratado y el supuesto malvado ni se percate? ¡Ah, pues que no haya querido hacer daño alguno no es motivo para dejar de odiar. ¡Ole, ole, ole y ole! Eso sí que suena lógico. Como lo de no te odio, pero te voy a joder. ¡Así no te seré indiferente! Como no has respondido a mis expectativas dado que me caías muy bien, ahora te castigo. ¡Ole!

¡Ojo! ¡Pero no te abandono, eso no! Eso sería algo menos inmaduro. Lo maduro sería no tener celos y seguir amigos, pero si no tiene remedio, apartarse es menos inmaduro… ¡Pues no! Porque si solo me alejo de ti, sigues sin enterarte y eso no me resarce del escozor de mis llagas, de mi orgullo autolesionado. Me quedo por aquí, continuo a tu alrededor. Mirando displicente. Dosificando silencios y comentarios. Apuntando a cada uno, en qué bando está. Te sigo de cerca para poder hacerte más daño. Te arrancaré todo lo que pueda. Alargaremos esto.

¿A quién apreciabas tanto? ¿Con quién tenías esa amistad? ¿Qué te han hecho a ti tan grave? ¿Seguro que el culpable es el que ahora quieres convertir en víctima? ¿Qué te pasa realmente? ¿Lo sabes tú?

Hay dos maneras de expresar una misma idea. Una es más contundente y ordinaria y la otra más reflexiva e hipócrita. La primera es «que se joda», y la otra es «no siento remordimiento». La primera es para decirla a un tercero mientras que la segunda se la puedes decir al propio «interesado». Las dos expresiones implican el mismo reconocimiento de que conscientemente se está obrando mal. Y se quiere obrar mal. Demuestran la misma falta de atención a los sentimientos y problemas ajenos si escuecen los propios. Las dos frases son una confesión de culpabilidad ya que al decir que no siente remordimiento se confiesa implícitamente que debería sentirlo.

Pues te vas a morir como yo, como cualquiera. Y aunque generes molestias a algún contemporáneo ni tú ni él, ni yo somos relevantes. No somos nada. Para qué tanto orgullo dolido, tantos celos, tanto despecho y tanta rabia. Para qué tanto deseo de hacer daño. Te morirás y no coincidirá el evento con el homenaje de una estrella fugaz cruzando el firmamento. No habrá remolinos de hojas, ni rayos de sol iluminando tu cara. No se parará nada, ni la rotación de la Tierra, ni los concursos de cocineros en TV, ni se acabará la luz del sol, ni nada de lo que nos parece acaso permanente, interminable, infinito, eterno desde nuestra corta humana perspectiva temporal. Al final, ya sea en nicho o en panteón familiar, seremos basura orgánica (bolsa marrón). No quedará ni el eco de nuestras pataletas, tan terrenales; tan futiles rabietas. Qué pérdida de tiempo. Quien las recuerde, se burlará.

Hala, ya hemos escrito sobre ti. Y mucho. Estarás feliz, espero. Lo que crees una demostración de fuerza es claramente enseñarnos tu alma y tu debilidad.

Cuanto más me apuñalan, más condescendiente me siento yo. Qué cosas. Son realmente homenajes que me hacen, solo que innecesarios, compulsivos y feos. Pero homenajes. Me asesinarán un día y miraré enternecido a mi asesino antes de expirar. Esto creo que lo he dicho al principio. Da igual, lo repito.

Lo único que siento es que alguien siga herido… por nada. Como se decía antes, «por tu mala cabeza». Por nada de nada.¿Sentimientos? Por tu ego, no por mí. Porque nada había pasado.

Bueno….

Bueno, si, hay algo de lo que sí que puedo ser culpable: disculpa si no soy del todo monopolizable.

Qué pena.

OTRA VEZ EL RÍO

Es otra vez ese mismo sueño recurrente y apaciguador: vuelvo a pensar en el gran río de aguas verdes. Veo mi canoa rudimentaria deslizarse a favor de un curso desbordante y pletórico. Con mi remo, no sé si doy impulso o convoco suaves cosquillas en la corriente que me conducirá a desembocar y perderme en el mar.

Estoy en paz. Formo parte del caudal. No hay nadie conmigo pero me siento acompañado y completo. No importan los hombres, porque soy los hombres. No importan las plantas que se enredan en mi barca porque soy la vegetación y las algas. No me afecta el torrente, porque el torrente está en mí y yo formo parte minúscula en él. Estoy feliz.

La tarde cae mientras miro las ondas del agua. Me dejo llevar. Me tumbo en mi barca, cierro los ojos y entonces sé que sigues ahí. Me miras y sonríes. Y el sueño vuelve a empezar.

Vuelve a ser ayer y mañana. Siempre ayer y mañana.

El sueño vuelve a empezar.

Días de reflexión

Enrique Brossa

Estoy de jornada de reflexión. Con un poco de suerte mañana habré terminado, y lo dejaré todo completamente reflexionado y ya no habrá quien pueda reflexionarlo más.

Tengo un lamento callado. Como un fandanguillo mudo. Es un sentir dolor como quien quiere tomar carrerilla, para luego correr con renovado entusiasmo. Un apenarse para rectificar. Es una meditación con luto oficial y protocolo con señales de duelo. Pero yo no tengo banderas que mostrar a media asta.

He dejado a media nariz mis gafas, la persiana a la mitad de su altura, la toalla de mi lavabo descolgada, y así también mi tupé. Hasta los calcetines los pensaba arriar como dos pendones derrotados, hasta dejarlos muy por debajo de la media caña, enrollados en mis tobillos, pero he rectificado a tiempo, ya que leí hace años que los calcetines lo dicen todo de un hombre, y que si alguien los lleva medio caídos y arrugados la gente, tienden a pensar que todo en él andará de igual manera, medio caído y arrugado, así que le los he estirado hacia las pantorrillas todo lo que dan de sí.

Calcetines aparte, algunas veces, esta vez y otras, vivo una suerte de Jueves Santo particular, como cuando la Semana de Pascua no era para irse a la playa y en la radio solo ponían música sacra. Yo la paso en mi Madrid y en mi casa.

Salgo de procesión en una cofradía a la que solo pertenezco yo, y voy por el pasillo de mi casa hacia la cocina echando incienso y tocando el tambor con el ritmo de una campana que tañe a difuntos. Con eso ya tengo bastante y, claro, no puedo aguantar la vela si tengo que estar redoblando. Tendrá que ser otro palo el que la aguante. También me doy golpes de pecho, yo pecador, al mismo tiempo que machaco el parche con mi baqueta. O rasgo el cuero o parto la bellota.

Mi joven amigo y perro, T.O., me mira extrañado con una mirada de genio loco escondida entre greñas, o me sigue por el corredor, como si hiciese de cofrade también, o me observa cual si fuera la gente de la calle, o ladra y aúlla, como reclamando a Dios que le diga por qué no le concede el don de comprender mejor a los humanos. No pides tú nada…

Debo penar. Pensar y penar. Lo siento así. Pero no hay derecho a que para que yo cumpla con mi penitencia y liturgia de exaltación de mi particular crucifixión fuera de temporada, tú tengas que vivir un silencio de Viernes Santo y verte en un Via Crucis que no te corresponde. La mortificada resultas ser tú. Te estoy infligiendo un daño colateral e inmerecido.

Ruego a Dios que mañana sea otro día y que cambie el tiempo claramente. Por ti, que no tienes culpa por la que te debas mortificar. Mereces celebrar la Epifanía y recibir los regalos, y vivir otra pasión conmigo, que no sea según San Marcos.

el mundo, la mujer y la ducha

En la ducha se estaba bien para pensar. El agua parecía brotar desde un manantial caliente en su cabeza y mientras frotaba su cuerpo, sentía las pequeñas cascadas de agua y jabón que le recorrían desde la cara hasta las piernas.

Y entonces lo vio todo claro:

-El mundo avanza en espiral -dijo en voz alta.

Cerró los ojos. Últimamente, se le escapaban frases enteras, como a los vagabundos locos que hablan solos por la calle. Se imaginó de pronto a su mujer, mirándole a través de la mampara.

-¿Qué has dicho? ¿No sé qué de una espiral? -diría ella.

Entonces le miraría los ojos tratando de adivinar si se había demenciado, tan joven el pobre. Abrió los párpados y confirmó que estaba solo. Los juntó de nuevo para sentir mejor la caricia del agua y entonces volvió a decir en voz alta pero esta vez de modo consciente:

-El mundo avanza en espinal.

Imaginó que lo miraba ella con una gran sonrisa y cara de deseo, y le decía que le encantaba que su cabeza estuviese llena de pensamientos así. Soñó también que se desnudaba ante él sin dejar de sonreír y que miraba su cuerpo y le abrazaba bajo la ducha diciendo:

-Me gusta eso que has dicho. Vamos hablar de cómo avanza el mundo en espiral mientras nos pasamos la esponja.

Abrió los ojos de nuevo y cerró el grifo para no llegar tarde al trabajo.