El modo adecuado de ver las cosas

El modo adecuado de ver las cosas

Has encontrado un modo de ver las cosas al que llamas el adecuado. ¿O más exactamente has hallado una manera alambicada de no verlas? Un relato cojo, un traje a la medida que, claro, no te puede quedar bien, porque no son tus hechuras. Es solo una explicación maltrecha que comprarte a ti mismo.
 
Esto es muy frecuente, lo sé. Lo comprendo. Es necesario. Pero yo no hago eso. Verlo, lo veo todo, o seguramente, casi todo. Porque cuando creo que ya algo no podría ser peor…. me equivoco.
 
Yo no me engaño. Mi comportamiento está al margen del lado práctico de la vida. Y pago satisfecho el coste y las desventajas que mi actitud conlleva.
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Cocodrilos

Cocodrilos

De bebé se llora con rabia por causa de cualquier pequeño inconveniente. Pero a medida que creces muchas cosas pierden importancia. Ya no te escandaliza nada, ni te decepciona nadie más de lo decepcionado que ya estabas. La gente falla. es un hecho. Falla continuamente. La gente no vale nada. Se quejan de los navajazos que les dan los demás y al momento te los dan a ti por… prácticamente por nada que necesiten en realidad. Por una mezcla de maldad, instinto, estupidez y frustraciones. Vamos multiplicando una cadena de dolores innecesarios, de sufrimientos sin razón. Hasta que ya muchas cosas no te alteran, no te sorprenden.
Es imposible hacer que un reptil sienta vergüenza de serlo, por arrastrarse, por acechar taimado sus oportunidades como hace un cocodrilo en el río. Los humanos tampoco se avergüenzan realmente y son peores. Los hombres no muerden para comer sino porque sus inteligencias nacen ya enfermas. O te apartas de todos, o te haces pasar por ciego. No puede existir una civilización que integre solo a un minúsculo grupo de humanos decentes. Sería muy insegura. Tienes que vivir con todos los otros reptiles.
La hipocresía es nuestra civilización. Como el barrizal en el que se revuelve el cocodrilo.
Liderazgo y amor

Liderazgo y amor

El liderazgo produce siempre una relación parecida a la familiar, en la que el líder es como un padre y los seguidores son como hijos y hermanos. Por mucho que el padre quiera atenderles a todos, siempre sufren episodios de intranquilidad y estrés, porque, no solamente necesitan sentirse queridos, sino que precisan ser más queridos que los otros hijos. El hambre de sentir que el líder les da «cariño» y valoración individual se hace patente en aquellos que se sienten más alejados.

La atención del líder es siempre escasa en el sentido económico de la palabra. El líder tiene recursos físicos limitados como su propio tiempo, energía  y capacidad de atención individualizada. Nunca es suficiente su entrega al equipo, porque no todos pueden sentirse más queridos que todos los demás. Es algo imposible.

Donde no llega esta atención siempre limitada físicamente de cualquier líder, y de cualquier ser humano, llegan los «hermanos» favoreciendo esa integración de todos los individuos del grupo.

Que el ambiente sea agradable, no solo depende de la atención del padre o líder, sino del «amor» de los hermanos entre sí. Y el líder debe promoverla.

Muchas organizaciones favorecen la desunión entre los miembros para que el líder se sienta seguro. Mientras los miembros del equipo se atacan entre sí, el líder no se parece cuestionado. La palabra que sirve de coartada a esta política miserable se llama competitividad. Se dice, el ambiente de esta empresa es muy competitivo y así se presume de algo que es finalmente una guerra de gerrillas continua que se produce en los pasillos y que no favorece a aquel que más talento tiene. Para adaptarse esa situación, siempre comprometida, los miembros del grupo no promueven las decisiones óptimas, sino las que menos reacciones provocan.

Hay una alternativa más beneficiosa para todos, que es promover espíritu de grupo, conciencia de equipo, una verdadera y profunda «hermandad» entre los miembros y una mayor humildad del líder, para que los miembros del grupo se sientan integrados incluso el día en que el padre/líder no les ha podido mirar. Esto es en sí mismo una recompensa para los integrantes del grupo. De este modo, los objetivos personales y los del colectivo quedan mejor alineados que en la empresa que se pretende autodenominar competitiva. En la empresa competitiva, los objetivos del grupo están continuamente detrás de los intereses personales espúreos de poder y de cada individuo.

Otro factor positivo es acabar con la igualdad. La igualdad es aquello que afortunadamente nunca existe ni existirá. La felicidad de los miembros de un equipo está en tener cada uno un papel diferente y ser valorado por él, no por repartos de roles idénticos. Cuando cada uno tiene su propio rol basado en lo que quiere y puede hacer bien, se valora a sí mismo y no depende de la aprobación del líder ni de los demás. Una organización consigue metas extraordinarias cuando cada uno hace aquello para lo que siente que vale, de modo diferente y personal. La igualdad es frustrante entre personas diferentes, solo es un modo de tortura de la identidad personal. Cada individuo debe encontrar su propia diferencia para sentirse querido primero por sí mismo y luego por todos los otros. Es algo así como un equipo multidisciplinar de especialistas, donde todos se complementan y se necesitan. El padre/líder debe promover esta admiración compartida por la unión de diferentes. La diferencia evita las tensiones por comparaciones estériles.

¿Es realmente posible esta idílica situación de cohesión dentro de un grupo o la naturaleza humana hará que más temprano que tarde surjan los problemas y la desunión?

Efectivamente tiene mucho de utopía. Son equilibrios muy inestables. Pero hay una palabra mágica:

PROYECTO

Dale a un grupo un proyecto, algo que empiece y termine en una fecha o suponga alcanzar un objetivo y la cohesión tenderá a durar tanto como el proyecto. Mantén a la gente ocupada e ilusionada con proyectos sucesivos variados y se llevarán bien entre ellos, darán todo de sí mismos y aceptarán durante ese periodo las virtudes de los demás.

 

 

Recuerdos del cuarto oscuro

Recuerdos del cuarto oscuro

Hay un sabor a raro flotando en la penumbra. Sabe a piano antiguo. El olor de un barniz antiguo, como de principios del siglo XX. Pero no lo siento en la nariz, sino en la boca.

Hay un mueble negro, Puedes quitarle un poco de pintura, como si fuese cera. Se queda en las uñas. Pero el mueble sigue completamente negro. Hay un suelo fregado que no huele bien. Un cuarto oscuro. Estoy seguro de que tenía ventana, pero no logro recordarla abierta. Siempre cerrada. Hay un objeto de cristal que no logro comprender.
Una pequeña estatua de sal del niño que se saca la espina del pie. Me molesta la expresión “quiero recordar” cuando podría decir, “creo recordar”. En esta ocasión, yo quiero recordar, porque no tengo total certeza de que una niña chupa la estatua del niño para ver si sabe a sal o no. Luego yo chupo también la figura, y no quedo convencido de que sepa salado.
Hay un colchón antiguo, amorfo, previo a la invención de los muelles. Un pasillo con curva en vez de esquina. Una cocina que se limpia con algo raro. ¿Una piedra? ¿Una madera? ¿Una piedra y serrín? Hay un olor desagradable algunas veces. Hay una presencia hostil. Mantillas negras. Paños de ganchillo sobre los brazos de los sillones. Cortinas de terciopelo. Platos con entremeses sobre el colchón. También una pared recubierta de papel pintado con unos pájaros verdes que eran tres veces mayores que la palma de un niño de cuatro años como yo. Hay una amenaza continua de soledad en el aire. Y un reloj de pesas. Un santo en una rinconera. Una cerraja decimonónica.
Hace mucho calor. Un barrendero moja la plaza. Qué envidia, poder dedicarse a regarlo todo. Vuelvo la cara hacia la mesa cuadrada. Hay un mantel de plástico. Olor a cigarrillos. Las expresiones de los ancianos son de cariño. Pero hay algo hostil en algún sitio. Quizás al fondo, el cuarto cuya ventana está siempre cerrada. Siempre oscuro. Algo permanece al acecho, amenazante. Un olvido que amenaza con hacerse recordar. Un pasado hundido en la memoria que pretende volver a flotar.

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Caperucita

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🙂

NI aun así me gusta

NI aun así me gusta

Tengo un gran lastre en mi vida. Me disgusta causar daño. Muchos dirán que es una virtud de mi bondadoso espíritu y otros que es una debilidad de mi carácter. A mí me da igual. No tiene mérito ser así, porque no me gustaría ser de otra manera, por tanto no me cuesta esfuerzo. Tampoco me importa si es una debilidad o no, por el mismo motivo. Me gusta ser como soy y por tanto no tengo nada más que pensar. Sin embargo, es una carga. Cuando hago daño a alguien, no me siento bien. Aunque sea para devolver una bofetada.