Cuando no le dejan hablar. Fragmento.

Cuando no le dejan hablar. Fragmento.

Noté que esa era una charla preparada por una persona sin mucha facilidad de palabra. Y como siempre voy unos pasos por delante de lo que pasa en la película, ya vi que eso iba a enlazar con un comentario, y de ese a otro, hasta que saliera el asunto sobre el que realmente me quería contar o preguntar. Sabía que sería algo, para bien o para mal, de interés para mí. Sin embargo, no podía evitar el impulso travieso de romperle su discursito y salir por peteneras, preguntándole por cualquier conocido común o recordándole alguna anécdota que no tuviera relación con su conversación. Entonces, cada vez con voz más firme, como quien da a entender que esa charla es la suya, volvía otra vez al principio, y a contar lo preocupada que estaba con la posibilidad de que alguien con mi trayectoria, y bla, bla, bla… y mientras yo me temía que iba a ser portadora de malas noticias, porque buenas no las podía haber, se me escapaba una sonrisa tonta de gato jugando con el ratón. Pero ella estaba decidida a volver una y otra vez al mismo surco y entonces ya, desesperada, cuando estaba yo desviando la charla hacia la anécdota del día que apareció un ratón en la planta 14 del edificio Bancpro durante una rueda de prensa y… Me interrumpió:
-Porque yo creo que tú puedes salir vivo de todo esto, Marcos- me corto subiendo la voz.

Entonces decidí escucharla.

La nariz (fragmento)

La nariz (fragmento)

X lleva siempre la nariz manchada. Es una raya cuya curvatura leve de los lados hacia abajo casi no puede apreciarse porque la línea es demasiado corta. Se trata de una nariz demasiado grande en la cara de un hombre modesto. Demasiada nariz en un hombre puede llegar a torcer sus espaldas hacia adelante. Hundirle el pecho. Inclinarle el cuello como a una jirafa cuando bebe agua en un charco. Es lo que ve cuando se mira en los espejos de los lavabos de su oficina. Le pesa la nariz o quizás le pesa más la mancha minúscula amarronada que hay sobre ella. La nariz de un hombre cabizbajo no se levanta lo suficiente al beber del café con leche de la máquina expendedora que hay en el pasillo de la entrada de la oficina. El vaso de plástico es muy Ojeras con mancha en narizpequeño y está casi rebosando el líquido oscuro, porque la dirección no repara en gastos ni en ahorros al repartir esta droga beneficiosa para el ritmo de la producción. Como casi siempre, al apurar la última gota de café con leche de máquina, ha metido la nariz en el cubilete de plástico y el borde sucio del vaso le ha señalado con esa línea ligeramente curva dejándole una marca como la del puente de unas gafas. El borde del vaso de plástico se imprime en su nariz cuando apura el último sorbo, el que le devuelve las neuronas a su sitio, o el que se las altera, quién sabe.
Yo mantengo una amable conversación gris con este compañero. Qué mal está todo. Y cuánto trabaja él, según dice. Y qué fiel es a la Compañía, me dice. ¡Claro, claro, y yo!, le digo. Me explica lo que me quiere explicar. Lo que le interesa divulgar. Algo dirigido contra algún compañero que está entre la realidad y sus aspiraciones. Alguien ha dicho que, te pongas donde te pongas, siempre estás en el camino de alguien. Mezquindad es la palabra que mancha su nariz cuando la mete en el vaso de plástico. El café está envenenado. Pagamos cinco duros cada vez que queremos ser un poco más enanos y nos manchamos la nariz de color café de tanto lamerle el culo a la empresa.

Businessman drinking coffee from coffee pot

Businessman drinking coffee from coffee pot

Mientras me habla y me cuenta lo mucho que hace y lo que en su día hizo, su labor, largamente superior a la realizada por sus compañeros, yo me llevo la mano a la nariz, quizás porque es mi manera de decirle que se ha manchado sin obligarle a parar de aburrir con su plática. A lo mejor es que mientras habla siento que también mi nariz se está manchado en el culo de la Dirección.

Me he distraído pensando en Anabel y me voy al lavabo. Al entrar me pregunto: ¿Me he despedido de X? No me acuerdo. Entonces debería tomar más café con leche. A lo mejor Anabel no es la causa de que piense en ella. Quizás es este mundo ramplón, por el que no puedo sentir apego, el que hace que me enamore de Anabel. Anabel es realidad, libertad y un montón de cosas así, que suenan así, que se gozan así. Y todo esto es falso. Es mentira, me digo. Todo esto no ocurre. No es nada. Es la nada.

Con estos pensamientos en la cabeza, llego y me inclino sobre el lavabo de la oficina, me miro la nariz y efectivamente, también la veo manchada. Gracias a Dios se disuelve con unas gotas de mi saliva que llevo con los dedos. Veo mi mirada vacía. Detrás de mí entra X, se lava las manos a mi lado y me sigue contando. Luego entra un compañero y saluda con energía y cordialidad postizas. Se pone a mear. X mete las manos en el grifo y se lava la cara. Le miro y me miro. Tengo la cara roja. Me seco. Entra otro tío, uno de ventas y también se pone a mear. X bebe del agua del grifo, sin agacharse, como los soldados que escogió el profeta.

Tengo que ser capaz de dejar esta empresa.

 

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Qué tal estás

El día que me llamó por teléfono me extraño muchísimo

-Marcos, qué tal estás, cómo te sientes.
Son preguntas que algunas veces se pronuncian sin que pueda escucharse el signo de interrogación. Por ejemplo: si te preguntan ¿Ha vuelto ya tu primo de Berlín? Se oye perfectamente la interrogación, con su curva interrogante y su punto debajo. Pero algunas veces la pregunta no lleva interrogación.
-Marcos, qué tal estás.
No se pronuncia con entonación de pregunta, porque realmente es una afirmación. Lo que se afirma en realidad es:
-«Marcos, ya sé que tienes que estar pasándolo muy mal y debo hacer como si eso me provocara un duelo profundo y darte a entender que estoy muy preocupado por ti, pese a que mi aflicción es moderada y tú lo sabes, y te daré muestras de apoyo que realmente son a su vez un modo de decirte que yo ahora estoy por encima de ti porque tú ahora estás más jodido que yo”.

Serious young man using phone and computer in a bright office

Serious young man using phone and computer in a bright office

Todas estas largas frases se resumen a veces en esa pregunta de tres palabras sin interrogación y con tu nombre delante.
-Marcos, qué tal estás.

Desbrozando a Brossa. Metáforas.

Desbrozando a Brossa. Metáforas.

 

En esta sección voy a hablarte un poco de Brossa.  Le vas a conocer tú para que yo pueda comprenderme mejor. Voy a colocar pieza por pieza lo que reconozco de él, y luego las partes que no sé dónde encajar, hasta completar mi rompecabezas. Me es imposible predecir si la imagen final quedará fea, o si será al menos la correcta. Lo que sí que está claro es que esto exige paciencia, y la paciencia se apoya siempre en el interés. No sé si tendré suficiente interés para ti, como para motivar tu paciencia. En todo caso, ya estoy decidido a llevar adelante este proceso de reconstrucción personal.

Lo primero es deciros quién soy, presentarme, y hablaros de mi nombre, que además es como una metáfora. Acudir a una metáfora implica que atribuimos un significado a algo, un poder para interpretar las cosas. Sin embargo las cosas quizás, casi seguro, carezcan de significado. La metáfora es una forma más de superstición.

Crear una metáfora es generar una creencia, generar algo contra la razón. Vivo enredado entre alegorías. Entre significados sin sentido. Enmarañado en hechicería retórica.  Las metáforas están en todas partes. Revolotean como moscas. Acuden a mí en todo momento, manteniéndome lejos del suelo, con los pies en el aire, como un fantasma. Como un ahorcado. Me aportan una interpretación sentida del pasado y me pronostican un futuro que yo creo descubrir, pero que me separan del momento presente y me condicionan. Siento mi frente cargada de ideas. Saturada de conceptos, llena de lastres mentales que no tengo con quién compartir. He pensado que tú podrías sostener parte de mi peso. La verdad es que no me fallan las piernas. Soy joven aún, y más fuerte que algunos. Pero andaría más ligero y disfrutaría con tu compañía.

Enrique Brossa es mi verdadero nombre, ya que yo no me llamo así. Es decir, que es el nombre que he elegido yo, no el que figura en la partida de nacimiento. Por eso es más verdad que el verdadero. No hay contradicción.

DesbrozarLa palabra catalana brossa es similar a la castellana broza. Cuando quise ocultarme tras un seudónimo, llegué a ponerme el apellido Brossa simplemente por no mentir. Es uno de los apellidos de mi padre y, por tanto, me pertenece. ¿Qué es lo que puede pasar cuando uno no quiere mentir? Sucede que lo consigue más allá de lo que había previsto, que acaba diciendo una verdad más sincera de lo que quería. Exactamente esto es lo que me ha pasado.

La palabra Brossa me define. Es mi metáfora supersticiosa favorita y me aporta un sentido o quizás resalte un sinsentido. Soy como la broza. La palabra basura, acaso provenga de la misma raíz, lo tengo que buscar, tiene una connotación putrefacta en español, una imagen de suciedad. Pero aunque muchas veces las metáforas me elijan a mí, yo también puedo elegirlas a ellas, y a mí me gusta más la acepción de desperdicio, que tiene otros matices y no tantas bacterias como la suciedad propiamente dicha.

Muchas personas llegan a un punto en su vida en que se plantean si han jugado bien sus cartas o no. Si han vivido la vida que les correspondía o la gestión de sus talentos y potencialidades ha sido un verdadero desperdicio. Brossa es broza, y broza es hojarasca. Mi cabeza está repleta de ella: de hojas secas que lo embrollan todo, que giran en remolinos en cuanto se levanta el aire. Generan ruido de crujidos al agitarse, como si mi cráneo fuera unas maracas, llenas de restos alimenticios, papeles y de trozos crepitantes de talentos desperdiciados. No de malicia, pero si de maleza, producida con la imaginación en complicidad con la desidia. Estas son las metáforas que mi apellido encierra.

Hasta aquí la parte de color gris oscuro. Pero si te fijas bien, encontrarás un degradé positivo al levantar la vista. El gris se hace más claro. Por encima de la niebla tiene que estar siempre el sol.

Ahora, por fin, siento la necesidad de madurar. Antes de alcanzar la edad de Matusalén, necesito parar de contemplar el valor estético narcisista de mi desdicha personal y de aportar algo positivo a los seres que me rodean, sobre todo a los que me quieren. Sígueme. Ven, por favor. Haremos muchas cosas juntos porque estoy viviendo una interesante aventura. La aventura de cambiar. ¿Quieres hacerlo conmigo?

Quiero por tanto desbrozar a Brossa. Limpiar mi terreno de arbustos y de malas hierbas para hacer un sitio donde plantar mi árbol y que pueda crecer bien. Quizás un roble, tal vez sea un olivo. Buscaré un lugar alto, alejado y tranquilo. Crecerá mucho y con un tronco bien ancho y sólido, por sumar más años a los años. Y espero que, algún día, quizás durante las tardes más suaves de junio, algunos hijos míos, mientras disfrutan leyendo algún libro y respirando la paz que perfuma la hierba, puedan apoyar sus espaldas en él.