Me gusta sentirte cerca, sobre mis rodillas, ya estés vestida o desnuda, es lo de menos. Parece verdad que no estés aquí, pero ahora sé que si junto palabras es para encontrarme contigo, para que salgas de mi mesa, y de los papeles. Para reírme contigo, pensando en lo que yo diría, o en lo que tú, con tu gracia y tus ojos reflejando los ventanales, me podrías responder. Tú me mantienes, a este soñador, soñándote. Sentado ante mi escritorio, estoy junto a ti. Navego contigo, te beso, me río, me lloras, discutes, te siento en mis piernas, me besas, me paso… Nada ridículo hay en una fantasía auténtica como la nuestra. Tú y yo nos movemos bien dentro de una zona a la que no es fácil acceder si vienes de lo estéril o de lo cursi. No se puede indicar el camino para ir hacia allí. Los que nunca han estado en nuestro territorio, no es de esperar que vengan a hacer turismo. Por eso ésta es nuestra región, el parque que solo conocemos tú y yo. Quién no ha visitado nunca nuestros jardines nos busca en la alucinación, pero nosotros no vamos tan lejos
La imaginación nos aproxima a la realidad. No nos la aleja, ni la deforma, ni la sustituye. La acerca, como tú me atraes hacia ti, mientras te invento o te presiento.
Veo en las redes sociales que algunos de mis amigos están que no paran de cumplir años, los pobres. Como hoy no es mi cumpleaños, me permito mirarles compasivamente, como si mi tiempo se hubiera quedado parado hasta que llegue mi día. Mi aniversario, se entiende. Desde la atalaya de mi «no-cumpleaños», como diría Lewis Carroll, siento pena por ellos, porque sé que pese a las celebraciones, el paso de los días te produce como un arañazo en la cara y el pecho. Es el tiempo que no vuelve. Es el tiempo que no queda. Es el tiempo que, por increíble que parezca, se acabará en un momento dado ante el firmamento impasible. Es curioso que cuando yo cumplo años no me importe demasiado y cuando los cumplen otros, los veo como a enfermos terminales. Ergo… sí que me importa demasiado.
¿Qué podría decir a alguien en el día de su cumpleaños? ¿Te acompaño en el sentimiento? Pues no. Felicidades, que es más corto. No es nada ingenioso, no es una frase por la que te vayan a recordar… Pero es que en cien años nadie nos va a recordar, ni nuestros niños, así que, no te quemes y di simplemente felicidades. No vale la pena pensárselo más. Tempus fugit.
Sí. Tempus fugit. «Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus». Pero huye entre tanto, huye irreparablemente el tiempo. Virgilio.
«Tempus fugit, sicut nubes, quasi fluctus, velut umbra». El tiempo se escapa como una nube, como una ola, como una sombra. Mezcla de Virgilio y el Antiguo Testamento (Libro de Job).
Qué gran monje hubiera sido yo si hubiera nacido en otra época. Habría profundizado en el estudio del latín, por el que siento un interés demasiado tardío. Me habría dedicado a escribir en mi celda, a leer las Escrituras y me habría escapado de vez en cuando a conocer a alguna novicia, qué sé yo.
Ay, pobres cumpleañeros. ¡Qué pena me dais! El paso del tiempo tiene cosas buenas. Nos iguala y nos une. Un anciano se parece más a otro anciano que a sí mismo en su juventud. Y no digamos un esqueleto en su nicho a otro esqueleto, o un montoncito de cenizas a otro. Así, transformados en desperdicios (Brossa en catalán significa desperdicios o broza o basura), nos sentiremos todos uno, y seremos mucho más amigos.
Tempus fugit. Vamos poco a poco perdiendo la identidad… Y la memoria.
En estos tiempos de pensamiento indoloro, y espíritu positivo de coach franquiciado, mis reflexiones no me harán muy querido, lo sé. Mejor os contaré otras cosas:
Llevo unos dieciséis o diecisiete años contando cuentos a mis hijos. En mi casa los cuentos se llaman «marianetes». Es en honor al niño Marianete, el líder, personaje principal de todos mis cuentos, el cuál, hace cuchipanda con Nechete, el bueno, Felisín el miedica, Gundi (-salvito) el divertido (Gundisalvo significaba en lengua germánica «gran alegría»), Marianita (efectivamente es medio novia de Marianete), Ramirillo… Con distintos diminutivos del español. Todo bien cursi, lo más cursi que podía, porque pensé que a las niñas había que educarlas en la cursilería, cosa que afortunadamente no conseguí. Se lo contaba a mis hijas y lo grababa (algún día quizá os pase alguno o lo meta en un podcast) pensando que quizás, de mayores, se tropezarían con estos cuentos y disfrutarían recordando momentos felices. Momentos felices y con sentido. Desde el primer día, jamás añadí ni olvidé a ninguno de estos niños de la pandilla imaginaria, que siempre montaban en patinete. Quizás alguien siga mi estela y dentro de cien años Marianete nos sobreviva… Es improbable, claro. Ahora lo he adaptado al gusto del pequeño.
Queridos cumpleañeros. La melancolía no debe viciarnos. Es un poco pre-depresiva, aunque a veces sea bonita. Melancolía es añorar todo lo que no ocurrió ni ocurrirá jamás, lo que no era como pensábamos y nunca lo será. Pero una vez idealizado todo, creemos que hubiera podido colmar por momentos nuestros sueños y albergar toda la belleza que en algún instante de falsa lucidez pudimos imaginar. Todo el esplendor en la hierba.
“Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.
Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
Que en mi juventud me deslumbraba
Aunque nada pueda hacer volver
la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porqué la belleza subsiste siempre en el recuerdo.
En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre
en los consoladores pensamientos
que brotaron del humano sufrimiento,
y en la fe que mira a través de la muerte.
Gracias al corazón humano,
por el cual vivimos,
gracias a sus ternuras, a sus
alegrías y a sus temores, la flor más humilde al florecer,
puede inspirarme ideas que, a menudo,
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.”
William Wordsworth, Oda a la inmortalidad. El autor que muchos conocemos solo gracias a la película de Elia Kazan, Esplendor en la hierba, con Warren Beauty y Natalie Wood. Lo confieso. Magníficas y juntas. La película, la oda y Natalie.
Corrían los finales de los setenta. Yo era un chaval muy larguirucho y pelilargo. Nos juntábamos con frecuencia en la casa de alguno de los amigos del colegio a hablar de las chicas que conocíamos, que nos traían locos. Uno de ellos tenía un disco de Paul Simon. «Still crazy after all these years». Los que seguís mis lamentables escritos ya sabéis que tengo una relación simbólica con la canción principal del mismo nombre. Todavía loco, después de todos estos años.
¿Y este tío quién se creerá que es para tener canciones simbólicas? ¿Y además, qué nos importa?
Sí, sí,claro, me refiero a mí.
Y eso…
Hoy he sabido que mis amigos digitales cumplen años, los pobres, y he vuelto a tropezar en internet con el mítico, sobre todo para mí, disco de Simon.
Algo se gana con el tiempo, sí que es cierto. Pase lo que pase, después de todos los años, la juventud que parece que vaya a desvanecerse progresivamente de nuestra mente, pervive en el recuerdo, lo volvemos a vivir así, con otra fuerza y experiencia, demostrándonos que seguimos vivos después de todo este tiempo. Gracias a Dios, todavía locos.
¿Un poco más sutiles gracias a la edad tal vez?
Bueno, no estoy muy seguro de eso…
Y ahora, queridos amigos y amigas virtuales, cumpleañeros (los pobres cumpleañeros) escuchemos a Paul Simon una vez más. Mi regalo de cumpleaños consiste en pensar en vosotros, y en vuestros afanes también, como si fueran los míos. Da igual. Compartimos los anhelos, las ansias, las murrias y la sed de todos los humanos. Respirando el mismo aire, escuchemos otra vez esta canción. Tócala otra vez.
Tú acuérdate de sacudirte la nostalgia cuando acabe la música porque tempus fugit, y no me cansaré de repetirlo.
El tiempo se escapa como una nube, como una ola, como una sombra.
Me molestaba enormemente que la relación con Susana no estuviera bajo mi control. Y menos tras un viaje tan largo, después del cuál, no tenía la menor sensación de haber hecho progreso alguno.
Susana, no la llames Susi, que dice que no puede con eso, no era la chica más atractiva que yo hubiera visto nunca. Tenía eso sí, una buena estatura, y una coleta de pelo negro, brillante, lo que para mí es un signo distintivo de ciertas españolas. Un buen pelo, habla de generaciones de bienestar, esa es mi opinión, por no decir, mi superstición, ya que no tengo ningún conocimiento que avale esa teoría. Pero sí, hay algo típico de las españolas de acomodada familia provinciana que hace que les queden mejor de lo normal los lacitos, y eso es el pelo oscuro y brillante, de aspecto sano.
Susana era una chica con influencias. Era un rival en mi trabajo de directivo y yo sabía que ella tenía las de ganar porque su familia estaba metida hasta las cejas en todos los asuntos de la empresa para la que trabajábamos. Las melenas de mis hermanas no eran menos brillantes ni sus coletas menos espesas… Pero eso no tenía traducción en mi influencia en el Consejo de Dirección de la empresa. Había algo peor. Yo era un joven inmaduro, lleno de contradicciones. Ella en cambio era una chica un poco gordita, pero lista, rápida y tenía las cosas muy claras. En algún momento llegué a pensar que aquella noche podría servirme para firmar un armisticio respecto a la sutil guerra de guerrillas que entre nosotros existía. Bueno, sutil por mi parte, ya que yo era el que no tenía relaciones especiales allí y necesitaba ser más prudente. Por su parte la guerra no era nada sutil. Era absolutamente vergonzosa para ella misma… bajo mi punto de vista, claro, porque en realidad a ella le importaba un pepino si estaba bien o mal.
Aquella noche volvíamos de un viaje de avión bastante pesado. Si no recuerdo mal veníamos de Bruselas. Al llegar al aeropuerto de Barajas, tomamos un coche de alquiler para dirigirnos a la ciudad en la que ambos habitábamos.
Qué puedo decir. Era un viaje de noche en coche con una mujer, que no sé si he dicho ya que no era la más atractiva que había visto nunca, pero yo es que en aquellos tiempos era muy adaptable, y mientras colgaba mi brazo del volante del coche de alquiler exhibiendo un aire casual y desenfadado, y la música de la radio sonaba dulzona, casi empalagosa, yo traté de poner mi voz más convincente, hacer mis pausas más interesantes, y compartir cigarrillos. No era fácil tratar de conseguir cambiar la hostilidad interesada de una enemiga de trabajo con tan solo unas pocas horas de coche. La luna decoraba el momento hasta el punto de que parecía que la había encargado yo. Tanto es así que cuando le comenté que ese cuarto menguante parecía más grande de lo normal, me esforcé en que pareciera un comentario intrascendente, que no era cosa que yo hubiera puesto ahí a mala idea, con alguna aviesa intención relacionada con ella. Y es que yo me sentía culpable. Y además, me temía que ella estaba bien preparada. Quiero decir, mal predispuesta contra mi.
Alcanzamos un punto en el que su lengua se empezó a soltar un poco. Decía tener mucha prisa por llegar a su casa porque había quedado con unos amigos. Pero aparte de eso, que era como una amenaza, como un “no te creas que estoy pensando en otra cosa que no sea llegar a tiempo para ver a mi gente”, la niña de las carnes prietas empezó a ser casi simpática. Lo cómoda que ella estaba en una conversación yo sabía bien cómo medirlo. Se medía en ales, El «al» es la unidad de cuenta del entusiasmo de todas las Susanas que en nuestra tierra habitan. Y Susanita, perdón, no le llamemos así, que no puede con eso, por ejemplo, si dice que algo esta muy bien es que la niña no está tan cómoda como si dice un -al, por ejemplo: “está fenomenal”. Si las susanas dicen en una misma frase dos ales, esto es, dos palabras acabadas en -al, es que la cosa va muy bien. Por ejemplo, «yo no sé por qué no le parecía fenomenal, porque a mí me parece genial y que a él no le guste, me parecía fatal”. Estaríamos ante tres ales en un mismo comentario. Eso implica que la niña tonta de pelo brillante se encuentra… ¡ideal!
Bueno, pues ella estaba muy muy suelta y mostraba un gran entusiasmo expresado en ales; la luna acompañaba; no se podía escapar corriendo si yo me manifestaba encantador porque conducíamos a unos 140 kilómetros por hora. En teoría todo estaba a mi favor, pero realmente tratar de echarle los tejos a una compañera de trabajo hostil como aquella era muy imprudente que pisar más el acelerador . Quién sabe cómo podría llegar a contarlo en la oficina.
Al llegar a la ciudad, abandonamos el coche en un aparcamiento de Rent a Car, y ella me dijo:
-Ya no llegamos a tiempo para que vea a mis amigas. ¿Me acompañas a ver si están en un sitio al que suelen ir?
-Vale, te acompaño.
Me extrañó que una chica de lazo de terciopelo en la trenza que se expresa con tantos ales me metiera en un antro oscuro lleno de punkies, pero así fue. Muy poca luz, mucho humo de tabaco, mucho olor a porro, música heavy a un volumen de los que producen daños irreversibles en el oído, sino en el hígado quizás, o en cualquier víscera, porque me vibraba todo. La pinta que tenía el
personal de ese bar era tal que en cuanto pedí un par de cubatas convencí a Susanita, bueno, a Susana, que no puede con eso de Susanita, de que donde mejor estaríamos sería cerca de la puerta de salida. Todos los tipos que por allí había, no es que llevasen piercings. Podría decirse que habían robado una cacharrería y se la habían repartido entre todo esa banda. y distribuido todo por las orejas, párpados, los brazos, nariz, lengua… Y también de la ropa, claro. Lo mismo encontrabas un despertador, que una regadera, muchísimas cadenas, que eso era de lo más punk que había en
aquellos años ochenta, algún recambio de la Vespa. Como árboles de Návidad, pero sin parecer navideño exactamente. Navajas, tijeras… Pelos de colorines imposibles, peinados con cresta, ojos de tíos pintados como puertas, en fin… ya sabéis.
¿Qué pintaba allí aquella chica? ¡Para que te fíes de los ales!
¿Continuará?
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Me siento ante mi ordenador. Inmediatamente empiezan los golpes en el techo como si los activase mi peso en el sillón. Pero no es eso. Es que hay obras en el piso superior. Subo a preguntar y me dicen que durarán probablemente tres meses más.
Bajo con esa insensibilidad con la que mi mente se defiende algunas veces de los golpes que recibo por arriba y por abajo. Esto no me detiene. Sigo impasible. Alguna influencia tendrán estos ruidos en lo que escriba, eso es seguro. Quizás el resultado sea interesante. ¿Qué podría inspirarme esto? ¿La vida es como un martillo pilón? ¿Nuestra existencia está siendo continuamente taladrada por hostilidad gratuita? ¿Mantenemos nuestro ritmo mientras el tiempo nos clava a la pared? Bueno, creo que se me ocurrirá algo mejor… Algo peor, no.
También me acuerdo de ti. De nuestra conversación especial. ¿Notas que ha sido especial? Entre golpe y golpe de mazo en escoplo, entre rugido de brocas y pulidoras, vuelvo a estar bien. Sí, me siento bien. Hay una burbuja grande y confortable a mi alrededor y yo floto en ella en postura de mecerte en una buena hamaca. Manos detrás de la nuca y piernas estiradas con los pies cruzados. Subo y bajo ligeramente sin chocar con nada en mi despacho. Mi ordenador me sigue, volando suave, a dos centímetros de las yemas de mis dedos. Es una burbuja insonorizada. No sé si la ha creado mi propia mente o me la ha generado la tuya. Nuestras conversaciones serán las que me induzcan quizás este placentero estado de microgravedad que hace inaudibles todos los impactos, todos los golpes, todas las demoliciones a mi alrededor. Estoy agradecido al mundo y a ti, porque siento que ambos estáis uniendo tu imaginación y la mía. Allá sigue la cortadora de bloques de hormigón generando un estruendo de aviones de la Segunda Guerra Mundial; pueden rascar los cepillos para encofrados; amenazar las cizallas; bombardear las pulidoras en pugna con las machacadoras y los picos; que rujan las trituradoras; que me claven el bisel de los escoplos en el cráneo. «Allá mueran ciegos reyes… «. Que yo floto en mi burbuja mientras algo o alguien trata de hacer que se desmorone mi techo. Pero yo sigo bien, escribiendo y pensando en ti. Estoy libre de cardenales en cuerpo y alma. No me duelen contusiones claras. Siento eso sí, en alguna coordenada más o menos próxima al miocardio, una leve punzada, reacción por algún aumento de secreción de adrenalina, casi imperceptible salvo para alguien como yo de inclinaciones introspectivas. Es como una llamada lejana en el monte, que uno no está totalmente seguro de haberla oído, de tan tenue. Esa suave reacción nerviosa significa un aviso, una advertencia, como un poco de miedo pequeñito, pero casi nada, todavía lejano. Un pánico casi insignificante… Está dentro de mí, pero lo sitúo mentalmente fuera de la pompa sensorial que me columpia como a un bebé y me aísla de la destrucción que me cerca. Solo será una vaga inquietud. Acaso un recuerdo, a medias sobrevenido, en los límites del subconsciente. Quizás es solo el café. No será un augurio. No será un peligro. No será una advertencia. No será nada. Sigo flotando tranquilo. A pesar de los golpes, soy muy feliz.
Y en este mismo instante, en que los martillazos se han detenido en momentánea tregua, me doy cuenta de que despierto de mi sueño de ojos abiertos. Me estiro un poco, tú me lo disculparás, y me pongo a trabajar. Sigo feliz.
Aquella tarde se fueron en coche a la iglesia toda la familia porque había que asistir a una especie de ceremonia de preparación de algún sacramento. Su mujer e hijos accedieron primero y él algo después, cuando por fin consiguió aparcar el monovolumen.
Era un templo moderno, de ladrillo y pocas vidrieras, ideal para curas relativamente modernos. Él no se sabía si era por la confirmación de una de las niñas o por la comunión de otra. Se sentía desconectado de todo. Su mujer controlaba a la perfección ciertos acontecimientos familiares pero a él todo eso le sobraba. Lo que sabía es que quería mucho a sus hijos. Las ceremonias, los cumpleaños, los compromisos… le hastiaban hasta la náusea. El cura se esforzó por demostrar que podía impartir una homilía muy cariñosa y dicharachera, llena de chistecillos para niños que las mamás reían con un entusiasmo desmedido. El sacerdote en cuestión era casi idéntico al humorista Moncho Borrajo, tanto físicamente como en su manera de hablar, solo que llevaba una barba, que hace unos años habría sido propia de un misionero, pero que, actualmente, la apariencia que resultaba era la de un cura hipster.
Durante el sermón, él se fijó en las caras de la gente. Algunos días no le gustaban. No veía en ellas lo que desearía encontrar. Miraba a cada uno de los padres de los alumnos y no encontraba alguien con el que se imaginase encontrando una excelente charla. Sabía que eso era una tontería, que luego trataría con cualquiera de ellos, encontraría motivos por los que sonreír ante cualquier broma y tendría que admitir que se había distraído hablando. Pero en principio, aquel ambiente no le importaba. No podía hablarse de nada, no había nada en común con ellos. No sentía particular interés. Percibía una especie de desinterés mutuo entre el mundo y él.
Después, que Dios le perdonase, empezó a observar las caras de las mujeres. ¡Que cosa tan irreverente! Dios en el fondo seguro que le comprendía. Estaba buscando algo con lo que distraerse, porque llevaban ya casi una hora con esa ceremonia. Había ya descubierto dónde andaba el número IV del via crucis, al que localizó junto a un confesionario, y que no se veía bien desde donde él estaba sentado. Había analizado también la simetría falsa del altar. En otro momento dejó vagar su mente imaginando una emergencia. ¿Por dónde saldría toda esa gente si hubiera un incendio? Solo veía una puerta en aquella iglesia que estuviera abierta… Después, sería por asociación de ideas por lo que de las emergencias pasó a las fugas, y empezó mentalmente a localizar el punto de fuga para dibujar aquellas filas de bancos en perspectiva. Luego probó a hacer otros juegos con la mente, y como se estaba poniendo de moda lo del mindfullnes, se dedicó a concentrarse en el paso del aire por su nariz. Pero respiraba mal por la nariz y además, eso le provocaba cierta dolor de cabeza. Volvió a las fugas e imaginó un ataque militar contra la iglesia. Se vio defendiendo a su familia con unas granadas que no le costó trabajo imaginar en su bolsillo. Veía a los asaltantes rompiendo los cristalitos de colores de las vidrieras con sus botas y saltando a dentro sin dejar de ametrallar a los feligreses. Pero él con un solo brazo protegía a los suyos mientras que se metía la otra mano en su bolsillo derecho, palpaba dentro y entre las llaves del coche, el monedero y los kleenex localizaba unas cuantas granadas con las que, antes de que le disparasen a él, había podido matar a diez o doce soldados invasores. En ese momento su mujer le dio un codazo y se despertó de golpe comprendiendo lo surrealista de lo que estaba soñando. Su hijo le miraba desde abajo con preocupación. Mira que dormirse en la iglesia del colegio… Eso le pasaba por controlar el paso del aire por la nariz. ¿Pero cuánto tiempo llevaba ya hablando ese cura que iba de gracioso? Entonces fue cuando decidió dedicarse a mirar mamás… ¿Qué otra cosa podía hacer? Pero desde su ángulo, la más vistosa era su mujer.
Por fin acabó la ceremonia. El cura hipster les invitó a pasar por una puerta hacia la zona de la sacristía donde habían preparado unos refrescos y patatas fritas. Sus hijos se dispersaron con otros compañeros de colegio. Su esposa no paraba de saludar y sonreír mucho. Parecía muy animada mientras que él solo pensaba en lo ramplón que le parecía todo aquello. Dos o tres matrimonios se acercaron y les saludaron. A él le costaba trabajo hacer con la boca una mueca parecida a una sonrisa.
-Guillermo, de verdad, qué cara tienes de aburrido…- le dijo su esposa cuando pudo hablar sin ser oída por otros-. ¿No puedes disimular un poco? ¿Quién te crees que eres?
-Estoy disimulando.
-Pues disimulas muy bien que lo estás disimulando, con esa cara de asco que pones.
-Antes me he quedado dormido, ya has visto.
-Siempre dando la nota…
-Ya. Es que esto es demasiado largo para mí.
-El sermón, sí. También ha sido largo para mí y para todos. Pero ya se ha acabado.
-No me refería al sermón.
-A qué te referías entonces.
-A todo esto…
A su mujer se le iluminó su cara al saludar a una de sus amigas. Y él, esforzándose por sonreír, se repitió de nuevo con el pensamiento.
-Demasiado largo todo esto…
La amiga de Carmen se fue y entonces ella se volvió a mirar a Guillermo con la cara triste.
-¿A qué te referías? ¿Qué es demasiado largo, Guillermo?
-A nada.
-Te conozco…
Se miraron a los ojos y ambos se comunicaron una fría tristeza. En aquel momento supieron que el divorcio estaba a punto de llegar aunque ninguno de los dos lo estuviera promoviendo. Era inevitable, como la muerte. Ella parecía a punto de llorar y él le tomó la mano tratando de consolarla, cuando se le acercó el cura hipster, con sus gafas redondas y su sonrisa en mitad de una larga barba gris, y les dijo en tono cordial.
-¿Qué tal estáis, pareja? ¡Qué alegría veros por aquí!