La casa junto al mar

La casa junto al mar

Nada más terminar de desayunar el maldito tazón de leche con cacao que le obligaban a tomar cada mañana, el niño salió de su enfadado hacia la playa.

-¡Javi, los dientes! ¡Y esa cara con chocolate!

Pero él se negó a hacerle caso a su mamá. ¡Ya estaba bien! Seguro que si su hermana no se cepillaba los dientes no pasaba nada. ¡Era injusto! No aguantaba más a su familia. No soportaba ni a su papá, que nunca quería jugar con él, ni a su mamá, que le reñía cada vez que le veía.

Su madre le seguía llamando, todo el rato igual, Javi, Javi, Javi, que vengas, todo el día así. Y la boba de su hermana siempre metiéndose donde no le llamaban:

-Javi, que Mamá dice que vengas. ¿No la oyes?

-Ñeñe ñeñe. ¡Tú te callas!

Se aburría como una ostra en Portugal, en la maldita casa junto al mar que tan preciosa les parecía a los mayores. No había nunca nadie en aquella playa de aguas tan frías. Era una larga extensión de arena, completamente desierta la mayoría del tiempo, que le hacía soñar despierto que era un soldado inglés agonizando de sed en el Sahara. Miró a su alrededor y solo vio a una pareja a lo lejos. Nadie con quien jugar. Cerró un ojo e hizo con sus dedos como si pudiera cogerlos como a dos pequeños muñequitos. <<Son así de pequeños. Como una mosca>>, se dijo luego mirando sus dedos. Se adentró en la arena, que estaba caliente, pero en aquel septiembre templado, podía andar sin quemarse los pies. Aquello no era el Mediterráneo, donde estaban todos los amigos de su pandilla, y ni el sol parecía de verdad. Lo único que tenía de bueno ese asco de sitio solitario era que, si quería, podía lanzar las chanclas con los pies, sin temor a darle a algún señor en la cabeza, como le pasó una vez en Alicante. También podía dejar las cosas tiradas en cualquier sitio, porque como nadie pasaba por allí, ningún robo podría producirse. Y las olas, también eran bastante chulas en el Atlántico, pero daba igual, porque muchas veces ni siquiera le dejaban bañarse… A sus papás les daba miedo todo. La verdad es que le trataban como si fuera un crío. No se daban cuenta de que él estaba más maduro que otros niños de su edad.

Miró hacia atrás. Desde la puerta de la casita pudo distinguir a su mamá, que le hacía señas con la mano para que volviese a la casa, pero él decidió seguir sin hacerle caso. ¡Que le dejasen en paz! Ya no se le permitía ni aburrirse tranquilo. Su madre insistía en los mismos gestos. Parecía estar chillándole, pero el bramar de las olas seguramente apagaba su voz. Le diría que no le oía, que no sabía lo que le quería decir. De todas maneras, su madre enseguida se distrajo con su hermanita, que se había manchado el vestido. Siempre había que estar pendiente de aquella niña insoportable. En cambio, él no podía ni quejarse de algo, porque en seguida le decían, que qué mal se estaba portando, que qué mal ejemplo para la niña, que le estaba fastidiando todo el rato… ¡Jo! Algún día, se iría de allí, de esa maldita casa y dejaría a toda la familia. Se iría para siempre. Se sentía perfectamente capaz de subir a un tren sin que le vieran y empezar a viajar. Ir a otra ciudad; dormir en la estación, o en una iglesia, escondido en un confesionario donde se metería cuando no le vieran… Un confesionario para toda la noche podía ser algo incómodo, pero cuando la iglesia se quedase vacía, se tumbaría en un banco. Como se escaparía de la casa con una almohada y un abrigo… Con eso era bastante. Él se dormía de cualquier manera, se dijo orgulloso de sí mismo, porque atribuía a esa capacidad suya signos de fortaleza. Se dormía hasta en el palo de un gallinero, según los mayores, pero él no había visto nunca ni el gallinero, ni su palo ese. Tenía miles de ideas para sobrevivir por su cuenta Ya verían… Cuando le echasen de menos llorarían. ¡Pues que sufrieran ellos alguna vez también! El yoyó era suyo, y no de la tonta de su hermana. Pero a él nunca le daban la razón. Querían más a su hermana, que no era más que una cría llorica que, con echar cuatro lagrimitas, ya se le consentía todo ¿verdad? Como era la niña pequeña… Y a él solo le miraban para echarle la bronca por los deberes. ¡Pues vaya vacaciones!

Mientras esto pensaba, se fijó en las huellas de sus pies sobre la arena mojada. <<Me iré de aquí y entonces llorarán. O a lo mejor les da igual. Ojalá me pudiese meter en el agua y ahogarme. Me moriría, pero así me dejarían en paz>> Y trató de caminar hacia atrás pisando sobre sus propias pisadas.

Luego volvió a caminar por la orilla, alejándose del chalé. La arena estaba limpia, lisa, inmaculada… “sin estrenar”. Eso sí que le gustaba. Como una sábana recién planchada. Los únicos rastros de seres vivos que por allí había eran una huellas en la arena: unas filas de abanicos de tres palitos: pasos de alguna gaviota, rebuscando algo comestible, inútilmente porque las conchitas que por allí había estaban todas vacías. Entonces le sobrevino un ataque de rabia tremendo al recordar cómo se había burlado de él toda su familia. Todo porque un día, paseando por la playa, él había descubierto una zona que estaba plagada de pequeñas valvas de almeja y dijo a sus papás que aquello estaba lleno de restos de paella. Todos se rieron de él porque aquello era lo que empujaba el mar y no restos de comida. Se pensaban que lo sabían todo siempre… Pero bien podía ser que las gaviotas se hubieran comido el arroz y todo lo demás excepto las conchas de las almejas, ¿no? Se creían tan listos…

Se volvió hacia atrás. Vaya, había estado andando bastante. La casa estaba lejos, ya no la veía muy bien. Una de las ventanas brillaba reflejando el sol. Forzando la vista le pareció divisar a su madre. Seguro que estaba rabiando porque él se había alejado sin lavarse los dientes. ¡Qué pesada! Ella no podía salir a buscarle y dejar sola a su hermanita y al otro llorón que estaba en la cuna. Sí… su mamá le estaba haciendo señales. Se dio media vuelta y siguió alejándose.

Cada poco, tomaba una concha, pero estaban normalmente rotas o desgastadas por los azotes de aquellas olas que tanto miedo les daban a sus papás. A él no. Él sabía nadar. Y si se cansaba de nadar, también sabía hacer la plancha. ¡De todos sus amigos de otros veranos era el que más tiempo podía resistir haciendo la plancha! Seguía buscando conchas que fueran chulas, alejándose cada vez más de su casa, y las volvía a tirar… Eran todas unas birrias.

De pronto empezó a tomar conciencia de que estaba solo. Lo notó en el ruido de las olas. Era como si de pronto alguien hubiera subido el volumen de un altavoz. El mar estaba algo agitado, claro, pero también lo estaba antes, y no había reparado en que el ruido fuese tan grande. Era por lo absorto que estaba en su enfado por las injusticias que sus papás le infligían. Miró a su alrededor. La pareja aquella que había visto antes así de pequeña, chico y chica, se habían tumbado y se estaban comiendo allí mismo. Hala, ahí estaban ellos, a lo suyo, como si no hubiera nadie. Todo el mundo le ignoraba… En ese momento una ola le alcanzó los pies. Caramba, luego le costaría un rato encontrar dónde habían caído sus chanclas. En el fondo había pensado en no volver más… pero irse descalzo… Aunque siempre podría robar un par nuevo en alguna tienda.

Se adentró en el agua hasta los tobillos. Estaba fría, pero tampoco tanto. Él era valiente. No era friolero. Había una fuerte corriente que parecía socavar la arena bajo sus pies y le hacía cosquillas. La corriente era muy fuerte, con tan solo un palmo de profundidad, las olas regresaban con fuerza. Caminó un poco más hacia adelante. Los dedos de los pies se le quedaban algo fríos, pero él se atrevía a ir más allá. Le dieron un punto por haber definido bien el horizonte en clase: es la rayita recta que separa el cielo y el mar. Muy bien, le habían dicho, un punto positivo. El horizonte era algo suyo, un tema en el que era experto. Miró hacia la pareja. Probablemente, ni le habían visto. Bastante ocupados estaban. Miró hacia la casita, a lo lejos. Le pareció ver un punto que podría ser su papá. Si era él, cuando llegase no le importaría que le viesen nadando. Miró hacia el horizonte, y le dio confianza para avanzar. Limpio, inmaculado, perfecto como la arena sin estrenar.

 

Jazz

Jazz

Yo tendría veintidós años o así. Los normales, si se me permite introducir un comentario ilógico. Pero sí, los veintidós años son eso: los normales. Siempre, porque no se entiende que luego adquiramos más con el tiempo y nos hagamos con edades realmente extrañas que nos llenan de perplejidad porque en realidad no nos pertenecen. Pero aquel día yo tenía una edad lógica y estaba en un empeño igualmente apropiado: quería quedar con una chica que también tenía un tiempo razonable como el mío, solo que un poco inferior. He dicho que mi empeño era apropiado, y debo reconocer que lo era o no en función de la importancia que queramos otorgar al hecho de que la muchacha en cuestión era la novia de uno de mis mejores amigos.

Éramos estudiantes los tres y mi amigo y yo íbamos a la misma clase. Albert era un buen chaval, de conversación interesante, cuya amistad ojalá hubiera sabido conservar y aumentar. Yo estudiaba en Barcelona, y de padre catalán como él, pero aun reconociendo que no era el aragonés típico, tampoco me abracé nunca al cien por cien a la mentalidad barcelonesa. Decidí que ante todo barcelonés yo sería de fuera, dado que precisamente… era de fuera. Algunas veces amigos de allí me decían cosas como “pero si tú podrías pasar por catalán”. Semejante comentario que ellos decían como algo positivo me parecían inaceptables, puesto que pretendían que no serlo era pertenecer a una especie de subcategoría. Ante esas apelaciones a mi catalanización opté por demostrar que podía sentirme yo superior a ellos no siéndolo, y no teniendo en realidad ninguna vocación de superioridad en ningún aspecto. Era solo por educarles. Albert era catalán, de madre de fuera, con las contradicciones internas que ya en aquella época provocaba el obsesivo problema de identidad de algunos catalanes.

Comenzamos a quedar para estudiar juntos. Yo lo favorecía, ya que mi carrera tenía unas asignaturas que me interesaban y otras que me aburrían hasta la depresión nerviosa. Se me hacía más fácil estudiar con alguien con quien comentar y charlar de vez en cuando. Pronto empezamos a salir también de copas, pocas veces solos, otras con una chica con la que estuve saliendo y su novia. Cuando la historia con mi chica se extinguió comenzó a ser normal que quedásemos para salir los tres.

Ella tenía unos ojos de color almendra con una trasparencia especial y melancólica.

Era una chica muy culta que podía recorrer la feria del libro y no dejar de encontrar algo que explicar de cada libro. Cínicamente, yo pensé que se sentiría adecuadamente cortejada si en vez meterla en una discoteca la llevaba a un ambiente algo más cool. La llevaría a un antro de jazz. Le encantaría contárselo a sus amigas y a su madre.

 

Yo no sabía demasiado de jazz. Cierto es que presumo de tener un oído musical espléndido y yo, como es sabido, presumo también de que presumo poco. Nos sentamos en el antiguo y legendario «La cova del drac» a disfrutar por primera vez de una jam session. La palabra jam significa en inglés mermelada, pero tiene otros muchos significados, como atasco, embotellamiento, apuro, tapón… y verbos como “hacer mermelada”, interferir e improvisar. Esa acepción es la buena en este caso. Una jam session es una ocasión en la que músicos, que en ciertos casos ni se conocen, empiezan a tocar juntos e improvisar dándose paso unos a otros, haciendo relevos de sucesivos solos y también tocando todos a la vez. Parece un milagro que funcione. Yo creo que no soy nada esnob. Diré más: soy de Zaragoza. A mí lo que realmente me gustaba era el rock sinfónico de mi época. Respecto al jazz… era todo mentira. Un cuento más del rey desnudo y su traje invisible. Eso del jazz era muy aburrido y en realidad no podría gustarle a nadie. Yo había entrado allí con otros objetivos. Por tanto, me centré en la chica de mi cita, en pedir una buena copa y en paladearla. La copa. Ella parecía muy excitada por la situación, pero a mí me pareció que el local era relativamente pequeño, para tanto como había oído hablar de él. Estaba situado en el sótano del Drugstore o Drug-drac-store. En mi época ochentera la calle Tuset de Barcelona ya no era el sumun de la modernidad que había sido en tiempos. Pero bueno, tanto el barrio como el local, que había sido fundado por un conocido escritor, todavía retenían el aroma de lo que tuvo durante el inquieto final de la década de los sesenta.

Y allí estábamos, esa chica y yo. Qué habrá sido de su vida, me pregunto yo y se preguntará ella también probablemente alguna vez, quién sabe. Tuvimos que esperar un buen rato sin que la música empezase. Entre tanto, la mirada de mi amiga brillaba en la penumbra como lo hacen los ojos de los gatos y los de los jóvenes cuando sienten que el mundo se está descubriendo ante ellos. A mí no se me impresionaba con facilidad. Adopté la pose más pedante, más tipo «que tío tan interesante y encantador que soy» mientras hablaba con ella gesticulando con mi cigarrillo entre bocanada y bocanada de humo, aquel pardillo disfrazado de muy hecho. Después apagaron las luces, quedaron confusas las formas de los vasos salvo por incompletos relieves tan solo resaltados en algunos bordes por reflejos y ribetes de luz, como le ocurría al rostro de aquella chica de piel blanca y mirada observadora. Los focos del escenario destacaron sin embargo un impresionante piano de cola bien pulimentado de un acharolado y brillante color negro, junto con un contrabajo, que parecía realmente muy alto e imponente, unas trompetas y saxos de un dorado impoluto y refulgente, una batería que espejeaba en sus bruñidas piezas metálicas los focos del escenario… Casi podíamos tocarlo todo, estábamos al pie del escenario. Por un momento, hasta yo empecé a sentirme algo intimidado y aún no habían salido los músicos.

 

De pronto comenzaron a aparecer por allí un variopinto grupo de señores barbados de unos cincuenta años que se trataban entre ellos con una mezcla de desenfado juvenil y elegancia, instándose los unos a los otros a comenzar y a llevar la «voz cantante» con sus respectivos instrumentos. Finalmente se pusieron de acuerdo.

Y la música estalló. Tuve que reconocer que aquello me encantó. Hacían magia. La boca se me abrió como la de un niño atento y perdí la más remota brizna de reticencia o escepticismo. Mi vocabulario romo de jovenzuelo solo me permitía decir: qué pasada, qué pasote, qué barbaridad y otras simplezas por el estilo. Había una comunicación impresionante entre ellos. Tras un pequeño estribillo, pronto la música comenzó a deformarse y retorcerse con los recursos de cada uno relevándose para alcanzar los aplausos cada vez más sonoros del público. Daban vueltas a la melodía de un modo obsesivo pero no monótono. Sería la copa, sería el perfil de mi impresionada amiga, pero fue también jazz. Mis ojos empezaron por fin a brillar como los suyos. Comprendí que ella ya sabía de jazz y por eso su mirada ya estaba así antes de empezar. Yo había reeditado un clásico. El del ignorante que, por serlo, se había sentido sobrecargado de autosuficiencia. La miré y la reconocí como culta y también sensible. Entonces la besé. La besé y yo ya lo tenía todo. No necesitaba nada más. Aquello era la cima del mundo. La copa, el cigarro, su primer beso y aquella música desparramandose por las columnas de la Cova del Drac. ¡Todo! Quise lanzarme y salir a cantar y a gritar con aquellos extranjeros, con los que de pronto me sentía tan unido. Soñé despierto que aquellos tipos, que sonreían como los chimpancés, acomodaban su música para realzar mejor mi voz, que era simplemente la idónea para soul and jazz, hasta que tomaba a mi chica de la mano y la sentaba al piano tras precipitar al pianista al suelo y juntos hacíamos una interpretación libre del tema a cuatro manos, mientras nos besábamos cada vez que podíamos, pero siempre sin dejar de cosquillear sobre el teclado. En realidad, aunque ella era efectivamente pianista y abogado de ventipocos, yo, diletante sempiterno, había colgado la carrera de piano a los catorce, no sé si en tercero de solfeo. Les escuchaba deformar las melodías de modo imprevisible y los otros lograban acomodarse. Entonces todos se mostraban muy alegres sus dentaduras de simio y se regalaban el gesto del pulgar hacia arriba si sus instrumentos musicales concedían un segundo de tregua a dichos dedos. Dios, cómo me habría gustado ser un viejo lobo del mar del jazz y morir sobre mi saxo o mi piano, con una mano muy fría por estar sujetando un whisky on the rocks. Aquella noche le hice el amor a aquella buena chica en una pensión barata situada en una bocacalle de las ramblas. Lo hice con toda la fuerza del saxo, el clarinete, los timbales y el piano de cola retumbando en mi cerebro, poseído por algo que era más que pasión, más que energía, más que percusión, más que fuerza. Más que certeza. Era un poder adquirido en un mundo nuevo, entonces desconocido para mí, y yo que mitifico muy poco, creo que allí, en aquella pensión sucia iluminada por una bombilla incandescente de aquellas de 40 watios, sucedió algo excepcional, continuación de lo que había sucedido en La cova del drac.

No salí a cantar, evidentemente, y a gritar tampoco, en aquel antro, pequeña catedral catalana del esnobismo del jazz. Hablo de esnobismo todo el tiempo porque creo que el jazz no es para cualquiera y entonces tenía un predicamento falso, pero yo alcancé con todas aquellas impresiones un mareíllo lúcido, y pude comprobar algo que me valió de mucho. Comprendí que una nota no es equivocada nunca dependiendo de sí misma. Solo lo es si la siguiente no la integra. Del mismo modo una línea en un dibujo no es equivocada si las siguientes la asumen como base. Si no la cuestionan. De pronto el contrabajo no tañe lo que en su día era la melodía, pero si ese mismo músico y todos los demás tienen la intuición para seguir interpretando, no disimulando, sino desviándose por donde va esa tecla, o cuerda o lo que sea, surge algo distinto que tiene un valor especial, por ser nuevo, irrepetible, extraordinario y ejecutado entre varios que han mantenido una conversación de relatos individuales que guardan algún sentido juntos. Y precisamente eso es Desafíos Literarios. Un montón de artistas normales y extraordinarios a la vez. Cuando uno tal explora los demás siguen tocando, porque saben reconocer en cada gesto la potencialidad de un nuevo camino, acaso el descubrimiento fortuito o no de una nueva penicilina, de otra genialidad individual y colectiva. Es inevitable que de vez en cuando alguien toque de modo imprevisto, y no siempre lograremos rápidamente convertir nuestras limitaciones en excelencias, pero, por Dios, mientras aprendemos a descubrir nuevos acordes, hay que ver la corriente de comunicación y energía que nos electriza y nos une. Hay más vida en un rato de nuestras jam session de escribidores que en meses enteros de existencia. Es vida concentrada; es sentir, sentir fuerte. Ese seguir integrando, improvisando sobre los trazos caprichosos de los otros. Esto me recuerda una hermosa palabra: incondicional.

No importan las equivocaciones ni los baches, porque vamos a seguir disfrutando y tocando; no importan ni los desencuentros y además no los vamos a corregir. Al contrario, los vamos a integrar, con esa simpatía franca y ese respeto y admiración mutua con que se obsequian entre sí los que tenemos corazón de escribidores o los que alegremente se muestran las dentaduras, desarmados y simples de tanta felicidad, desbordantes de música, porque sienten en sus cuerpos la magia del jazz.

¿No?

Ah, vale.

He caminado

He caminado. Había niebla. El paisaje estaba gris. Yo también, estaba gris, como el paisaje. Pero han llegado tus recuerdos.

 

Hace mucho tiempo que decidí desafiar

Hace mucho tiempo que decidí desafiar. Ya fuera para perder o para ganar, desafiar, siempre desafiar. Claro que mi estilo de desafiar es un poco original. No voy a molestar a nadie con mis retos. Nunca he hecho un daño que no me lo hayan hecho a mí primero. Desafió a todo aquello que previamente me ha atacado. Incluso cuando es superior a mí. O bien a lo que supone un reto. Nunca seré demasiado cruel, aunque he advertido que hay gente a la que esa manera mía de ser, descuidada respecto al mal que me amenaza, le indigna. Como en mi relato de los disparos en mi casa. Mi aspecto es el de un hombre sin agresividad. Soy un detector de mediocres, que son aquellos que creen que me pueden zarandear y que por algo lo desearán.

Pero decía que desafío cuando me parece conveniente incluso a lo que es superior a mí. Facebook es superior a mí. Ya he explicado que Facebook un día me cerró el perfil de un modo que me pareció arbitrario. En poco tiempo superé en mucho, partiendo de cero, el número de seguidores, que ya se acerca a los 10.000 y, aunque eso no sea nada comparado con la inmensidad de los océanos digitales, yo estoy contento por la cantidad y calidad de tantas personas. No digamos por el tráfico de la web, desafiosliterarios.com. Acepté el desafío. ¡Me estimuló el desafío! Como en esos chistes de maños. ¿Cómo meter 50 aragoneses en un seiscientos y cerrar la puerta? Fácil: hay que decirles que es imposible.

Para llegar a este año en que escribimos peligrosamente ha sido necesario unir voluntades. Les mostré mis sueños y unieron los suyos. Eran gente diversa. Ese es una de nuestras muletillas cuando hablamos de nosotros mismos. “Todos somos distintos”. Sin embargo, hay cosas en común. No es gente contaminada por malas emociones. Esas que nos producen la envidia, o de las propias frustraciones. Somos otra cosa, decía yo.

Un día, hablaba con una de estas excelentes escritoras y le pregunté qué opinaba de Desafíos Literarios. Su respuesta fue ésta. “Es algo precioso. Es tan bonito que tiene que acabar en tragedia”. Por el momento creo que todos seguimos demostrando poseer esa palabra que yo estoy mencionando mucho últimamente: grandeza. No nos ha atacado la mezquindad, ni la miseria, ni la vulgaridad. En consecuencia, seguimos juntos. Unidos. Espero que para siempre. La filosofía de Desafíos Literarios consiste en que cada uno sea uno mismo y compita consigo para superarse, no contra los otros. Los otros están ahí para que les apoyemos. Alejarse de envidias, de celos, de egoísmos o de egocentrismos, que en el mundo de los escritores pueden ser lo peor. Es una filosofía de crecimiento personal. Respetar nos hace crecer. De quien no se respeta, no se aprende. Respetarse a uno mismo es lo importante, y pasa por no hacer nada de lo que no te puedas sentir orgulloso, que no empeore el concepto que tengas de ti mismo. Agrandarnos por dentro para poder escribir desde dentro. Estar a la altura de uno mismo, hay que lograrlo, porque es: o eso, o degradarse. ¿Somos escritores? Pues entonces somos también románticos, o intelectuales, o sensibles, o apasionados, o pensadores, o idealistas, o soñadores, o filósofos. Somos éticos, lo sepamos o no. Algunas veces no lo notamos ni en nosotros mismos. Pero sí. Trascendemos. Por algo escribimos… Esto no es cuestión de afán. Es otra cosa, como nosotros, que somos otra cosa. Seguimos siendo otra cosa y siempre lo seremos.

Me preocupa ese momento en que alguien cree que no se siente suficientemente querido. En realidad, yo sé que ellos (vosotros) saben que sí que se les quiere, pero algunas veces, cada uno necesitamos sentirnos, no solamente queridos, sino los más queridos; el más querido. Al menos a mí me pasa.

Yo trato de querer a todo el mundo de un modo distinto, para poder decirles mirándoles a los ojos que son los más queridos a su manera especial. No sé qué más puedo hacer. Ojalá supiera. No quiero provocar sufrimiento a nadie ni generar despechos contra mi persona. Esto crece y es cada día más difícil mantener las relaciones particulares con cada uno tan estrechas como en los primeros tiempos. Aunque quien piensa que me quiere, lo comprenderá. Hemos multiplicado casi por dos el número de autores y ahora vamos a hacer mucho más con muchas más personas. Y la verdad es que quiero a todos. No quiero perder a ninguno. Sé darme cuenta de que estoy en el Paraíso mientras lo estoy disfrutando, no como otros, que solo lo reconocen cuando lo han perdido, como bien señala mi admirado compañero de juventud, Hermann Hesse. Qué error tan frecuente.

Me preguntaba uno de vosotros un día si era de la opinión de que todo el mundo es en cierto sentido estúpido. Le dije que todos tenemos sobrada inteligencia para saber cuándo hacemos una estupidez, pero no tanta como para evitar cometerla. Muchas veces hemos “llorado” todos por incurrir en errores que siempre supimos que lo serían. Al menos yo. ¿Por qué reflexiono sobre todo esto en un momento tan dulce como éste, que es de triunfo dentro de una línea recta de batallas ganadas? Porque me doy cuenta de que ahora el desafió será mucho mayor, y se llamará mantener el clímax permanentemente. Desafío para todos nosotros y no solo para mí… Mantener el clímax permanentemente. ¿Será eso posible? ¿Será sano? ¿No nos provocará algún tipo de escozor tanto ajetreo emocional? ¿Podemos pasar una vida gruñendo o gimiendo sin parar de puro éxtasis perpetuo? ¿Estará esto previsto en el cuerpo humano, que reacciones químicas así sean de tal persistencia y magnitud? ¡Menudo desafío!

Leo los comentarios de mis compañeros desafiantes, en los que se habla mucho de cariño, de amistad… Yo eso ya lo sentí antes del Libro1, mucho antes de aquella inolvidable presentación. Tan inolvidable y fantástica como la de este año. Ahora estoy construyendo algo que requiere el mismo entusiasmo, pero más voluntad. Persistencia en las ideas y en los sentimientos, es lo que da sentido a las vidas. O persistimos o deambulamos. No vamos a lograr nada extraordinario sin ser extraordinarios y sentirnos así. En positivo me gusta más: para lograr algo extraordinario, tendremos que ser extraordinarios nosotros mismos. ¡Vaya, ya hemos logrado algo impresionante! Se trata de conseguir más, no solo de mantenerlo. Y para ser de ese modo, debemos entregarnos a nosotros mismos, a crecer como escritores y a apoyarnos más. Debemos abrirnos a que todos sumen, integrar a más personas, a más talentos.

Gracias a estas metas, y no pese a ellas, veo el futuro con serenidad, pasión y optimismo, porque sé que no hay un desierto mayor que el que ya he recorrido con vosotros. Con vuestra ayuda.

Resumiendo: ¿la presentación del 10 de marzo? Fantástica, y todo gracias a vosotros. Pero ya está. Ahora, a por la siguiente fase.