por Enrique Brossa | 16 16+00:00 Ene 16+00:00 2018 | Desbrozando a Brossa
Hace tiempo que hay cosas que me enfadan. Pero no tiene ningún sentido que os las cuente a vosotros, porque ni os interesará mucho el tema ni yo obtengo nada con poner mis trapos al sol. Además luego hay buena gente que me manda mensajes: ¿Enrique, estás bien? ¿Puedo ayudarte? Sin embargo, a esas mujeres tan cariñosas debo decirles que no necesito ahora de muchos mimos, que eso debilita el espíritu del guerrero, y que sí, de verdad, efectivamente estoy bien, que no lo duden. No quiero algodón entre la realidad y yo. Tolero bien el roce.
No me pasa nada. Tengo sueño y trabajo. Lo normal. Hay mundos de los que querría alejarme y otros que están apartados de mi vida. Y no quiero complacer a nadie con el tipo de cosas que escribía en años pasados. No es por fastidiar. Sino porque el mundo, quiero decir, el mío, está cambiando.
De pequeño creo haber entendido en algún momento de mi educación la barbaridad de que la felicidad no era lo importante. De joven recuerdo haberme encontrado en una fiesta de colegio mayor universitario, sobre una cama, con una señorita a la que acababa de conocer y, estúpido de mí, le dije un poco ebrioo que era más importante comprender que ser feliz. Evidentemente la señorita se escapó viva en el ultimo segundo. ¿Qué querría yo comprender? Se fue como asustada, yo que pretendía parecerle interesante… ¿No quería yo comprender? Pues comprendí.
Ese fue el joven Brossa de entonces. El joven Brossa de ahora, con treinta años más de experiencia en juventud, puede decirlo. Sus objetivos están cubiertos. Tengo la sensación de que ya comprendo el mundo. Y el mundo era simple.
Hay una novela de Millás que se llama «La soledad era esto». Gran título. «Era esto». Nuestra magnífica e insuperable lengua española usa el tiempo pretérito en este caso, no para indicar una acción del pasado, sino para relacionarlo con una expectativa generada en el pasado, desaparecida o no. Era esto. El mundo era esto. Y sigue siéndolo, pero yo creía que era otra cosa -sigo usando el pasado-, pero solo era «esto». Es como si llegas a la capital de un país exótico que esperas y deseas que te apasione, y luego resulta que hay un par de zocos mugrientos, y poco más. Resulta que «esto» era todo..
El mundo es simple. Es un montón de apariencias de cosas que no son como al principio creíamos que «eran», pero que no tienen mucho misterio tampoco. Cuanto más simple seas, mejor adaptado estarás para la vida.
A esa chica que se escapó corriendo de mi cama en el último minuto por culpa de mi momento de falsa lucidez alcohólica, aunque no pueda recordar ni su nombre ni su cara, ni ella a mí seguramente, quiero decirle que tenía razón.Que querer comprender es de gente rara. Y que no te lleva muy lejos, Sin embargo, no tengo arreglo. Ahora querría ser feliz, Pero no quiero ser feliz para ser feliz, sino para descubrir otra manera de vivir y de pensar. Un camino distinto. Un nuevo misterio que desentrañar.
De verdad te lo digo, no te molestes. No me aconsejes nada hoy. Además, salgo ahora y me voy a buscar dónde comprar tabaco a estas horas.
por Enrique Brossa | 9 09+00:00 Ene 09+00:00 2018 | Desbrozando a Brossa
Luego estaban las conversaciones con mi amigo el científico, que, bueno, eran como esas comidas para adelgazar que te dejan con hambre, por muchos vasos de agua que te bebas. Mi amigo el científico tenía el pobre una conversación que alimentaba el espíritu pero no lo satisfacía. Era un hombre sin duda inteligente, sencillo y sano. Además, hay que decir que su amistad era de las más verdaderas y desinteresadas que jamás haya conocido. Por eso no valía para nada. Porque las buenas amistades son las que sirven para algo, es decir, las falsas.
– Desde luego, hijo mío, mira que eres raro -me decía Carmen ante este tipo de comentarios míos-. Si es que piensas demasiado. Si no pensaras tanto serías más feliz.
– Tampoco te creas que pienso tanto. Pero es que yo prefiero pensar un poco más y ser menos feliz.
– Pues no sé para qué. No profundices, hijo, que profundizas mucho. Tú lo que tienes que hacer es administrarte el tiempo. Una parte del día piensas. Pero luego ya, el resto, descansas.
– Y hago abdominales.
– ¡Eso! ¡Genial!
Quiero recordar aquí que cuando yo le exponía a Anabel alguna de estas teorías, ella parecía entenderlo ya que torcía sus labios zumbones hacia un lado, como sonriendo con maldad. Yo lo interpretaba como un asentimiento, aunque no podía estar seguro.
Una vez sentenció peinándome con los dedos el pelo revuelto:
– Jorge, Jorge, Jorge… El atormentado. ¿Qué quieres saber? ¿El origen de todo? No está aquí. No está al final del rellano. No está en Madrid.
También me llega el recuerdo del sueño y de la palabra leprino, que no aparecía en el diccionario. Nunca me atreví a preguntarle a Anabel si sabía lo que quería decir leprino.
Anabel odiaba aburrirse. Por eso le bastaba con entender las cosas a la española, o sea, más o menos. Su cabeza no necesitaba conocer todos los pasos de la demostración, como le ocurría a mi amigo Carlos con sus formulaciones matemáticas. Para ella los razonamientos intermedios eran siempre irrelevantes, y si la conclusión de su interlocutor era errónea a ella le sonaba a errónea en seguida. Menos analítica pero más astuta.
Me sorprendía que hubiera tres tipos de inteligencia tan distintos como los de Carmen, Carlos y Anabel.
Carmen: la que de verdad sabía vivir, conocía su papel en el mundo y nos ganaba las partidas a todos de un modo aparentemente simple, con esos ojos dulces, inocentes… Pero perfecta heredera de todo el saber que las madres españolas conservadoras de clase acomodada provinciana han sabido transmitir a sus hijas durante generaciones. La vida es simple para ella y la sabe manejar como nadie.
La inteligencia de Anabel quedaba patente por su realismo y por su intuición para distinguir lo que es auténtico y lo que no. Su individualismo casi felino. La complejidad de su carácter, aparentemente equilibrado. No se vanagloriaba jamás de sí misma. Sabía luchar en la vida y por eso se veía abocada a hacerlo continuamente. El mundo se volvía siempre hostil a su alrededor. Sin embargo no había nada en ella de perdedora. Anabel vivía en favor de sí misma con todas sus fuerzas. Alguien habría podido elucubrar respecto al masoquismo de una personalidad como la suya, aparentemente atraída por los problemas y por los mundos turbios y adversos. Yo no lo creo. Anabel sabía disfrutar aunque no siempre lo hiciera. Simplemente vivía en su medio ambiente y, a su manera un poco descreída y amarga, amaba su mundo igual que un marino ama la mar, con su belleza y sus peligros. Igual que te puede fascinar una jungla de verdosos claroscuros y fieras acechantes.
Mi amigo el científico era el campeón de la inteligencia en su acepción más objetiva: aquélla que miden los test. Incontaminada de ideas, sólo análisis y conclusiones. Sin embargo, su conversación dejaba bien claro que poseía la imaginación, la intuición y la lógica necesarias para encontrar explicación a todos los problemas y misterios del mundo. También la sensibilidad para disfrutar con el verdadero placer superior: el intelectual. Nadie debería engañarse pensando que mi amigo era un mero recopilador de datos. Él mismo los producía. Yo siempre le decía que todas sus opiniones, sus hipótesis, sonaban no ya a acertadas, sino a rigurosamente ciertas. Nunca tenía frases atinadas. Sólo descubría realidades de una certeza exánime y fría. Eso me llevó a pensar que, en la vida, los que tienen el ingenio no son los que tienen la razón. Que es imposible que la verdad resplandezca, porque los guiños de la mentira brillan más. Parecía que Carlos no tomase parte del todo en la vida, como si estuviese por encima de ella, o por debajo. Pero finalmente no era así y su vertiente animal, como él mismo decía, se resentía con frecuencia amargándole con sus reclamaciones mal atendidas.
Tres personalidades muy distintas. Tres tipos de inteligencia.
Carmen era la única que sabía entender la vida y se deslizaba como sin esfuerzo sobre los problemas. En cierto sentido era por eso la mejor.
Junto a Anabel, todos parecíamos ridículos y chatos. Pequeños. Tontos. Conocerla era admirarla sin saber exactamente por qué. También ella parecía, visto así, la mejor.
Mi sabio amigo era un cerebro tal, que a su lado ninguna cabeza podía resistir la comparación. Dejando a un lado el hecho de que fuera un hombre y las otras dos unas chicas muy guapas, refiriéndonos tan solo a la materia gris, él era el mejor.
En resumen: los tres eran superiores a los tres. El Señor reparte sus dones para que todos tengamos nuestra faceta excelente. Lo que importa no es la capacidad que se tiene, sino el modo en que se ha elegido utilizarla, con sus ventajas y sus carencias. Y queda claro para mí que no nos sobra tanto cerebro como se dice ahora. Yo no admiraba realmente a nadie. Tampoco a Carmen y Anabel quizás porque al ser mujeres me provocaban otro tipo de admiración distinta de la verdadera admiración, que creo que no he sentido nunca pero la puedo intuir. Creo que nadie admira realmente a nadie.
Nadie admira realmente a nadie. Esto es importante. Es la prueba de que todos andamos en la tibia mediocridad.
Un domingo por la mañana, al zapear con el control remoto del televisor, escuché el fragmento de una homilía. «¿Cómo vamos a creer en Dios si ni siquiera somos capaces de encontrarlo en nuestros semejantes?» -preguntaba el sacerdote. Yo creo que hace falta mucha fe para encontrar a Dios en un semejante.
por Enrique Brossa | 19 19+00:00 Dic 19+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa
Algunas personas, aunque admiten sus limitaciones, creen serenamente en su capacidad de aprender y mejorar. Eso las convierte en gente ilusionada, honesta y positiva.
Otros llegan a la conclusión de que su talento es mediano en cualquier campo profesional o personal. Como se sienten mediocres, justo por eso lo son sin remedio y su capacidad de mejorar se ve aquejada por una severa esclerosis. Todo esto a su vez les genera un enorme rencor que tratan de compensar conquistando el tipo de logros a los que empuja la avaricia. La mediocridad pone en marcha muchos resortes internos. La falta de talento es productiva. Genera negocios y también mucha corrupción.
Todo Napoleón se sabe en algún sentido bajito. La gente crea imperios económicos, si antes no acaba en la cárcel, por rencor contra el mundo, que injustamente les ha negado algún don que tanto adorna a otros. Y también para poder preguntar con la mirada: ¿quién te has creído que eres? ¿No os creíais mejores que yo?
Una de las mayores fuentes de maldad y de riqueza es la falta de talento o la impresión subjetiva de sufrir esa carencia.
por Enrique Brossa | 18 18+00:00 Dic 18+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa, PUBLIRRELATO
Siempre empiezas el sexo de repente. Me sorprendes. Estás tranquila, sonriendo, cenando relajada, con tus ojos brillando en la penumbra indirecta del restaurante. Cuando llegamos al coche, estás cariñosa, pero habladora. Llegamos a tu casa y siempre da la impresión de que tan estupendo te parezca que pase a por la eufemística última copa, como que me vaya a casa a dormir prontito, que mañana hay trabajo. Pero en cuanto entro a tu salón, saltas sobre mi como una depredadora. Como si sentarme en tu sofá fuese apretar un resorte que actuase de inmediato en tus neuronas. Como si el tresillo fuera tu tela de araña, te vuelves ansiosa y glotona y yo te lo agradezco mucho. Hoy casi no me has dado tiempo de decirte que el taller de escritura comienza este lunes. Que es online y solo vale 70 euros al mes y que los participantes verán sus libros terminados como que me llamo… ¡Enrique Brossa, eso! El del Taller de Escritura. Es los lunes, martes miércoles o jueves a las 19:30 horas de España peninsular, hasta las 21:00. Un taller distinto, te lo recomiendo. Horarios adicionales para grupos. Está bien, está bien, ya me callo. No hace falta que me metas los 70 euros en la boca. Si tienes paypal puedes pagar por medio de tallerderelatos@gmail.com y para otros medios de pago, yo te lo explico. Mañana por la mañana.
por Enrique Brossa | 5 05+00:00 Dic 05+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa
Me gusta sentir que estoy en mis zapatos. Mi indumentaria no me interesa nada pese a las advertencias insistentes de mis asesoras familiares, que las tengo de diversos tamaños y edades. Simplemente me gustan las suelas de mis zapatos porque conectan mis pies con la tierra sin dejarme clavado en ella. Porque me permiten caminar con firmeza y aportan una grandiosa sonoridad a mis andares sobre la tarima flotante o el parquet. Me dan equilibrio y estabilidad. Velocidad y protección. Son una buena base.
En estos días en los que la gente vuelve a menear banderolas patrióticas, yo quiero proclamar que ni los hombres ni las mujeres tienen ni han tenido nunca raíces que les aten a la tierra. Poseemos sólo pies, y son para andar. Sólo pies y no raíces. Son para irse. Son para separarnos de lo que amamos y de donde nos quieren o de los que no lo hacen. Lo natural en el hombre es andar. Ir y volver o no. Y encontrar nuevos caminos, buscar otros recodos. Y con un buen calzado, es un placer explorar distancias y trayectos sin concesiones a la nostalgia. Alejarnos de lo que adoramos nos enseña a amar otras cosas y personas y a valorar todo ello. Dar grandes pasos con botas de buena goma en la suela.es un placer para el caminante. Pisar fuerte. Ganar en seguridad y en recorrido. Es normal devoción o querencia por los sitios ya que los lugares son tan fieles como los perros. Las ciudades siempre te defraudarán menos que las personas. Pero a mí me quedan solo mis viejos y varias veces recauchutados zapatos como ultimo y único de mis apegos. Quiero andarlos y destrozarlos cien veces hasta que no puedan dar un paso más. Mis pares de zapatos viejos son mi tesoro. Los abrazo con afán de avaro a sus bolsas de monedas. Cuatro o cinco pares usados a la vez. Los estrecho, les achucho y les beso el hocico como a cachorros. Los quiero, no sabes cuánto. Sueño con echar a caminar en linea recta, en dirección al sol y hacerles trabajar hasta desollar mis pies. Me gustan así de viejos y si están sucios, mejor. Cuanto más polvorientos, mayor es mi orgullo. Es como la sangre en la espada del soldado. Debo esconder estos tesoros que venero con sus tapas y medias suelas. Si no lo hago pronto, mi mujer me los tirará a la basura y, aunque ya no camine tanto ni tan lejos, quiero que su espíritu me acompañe siempre y recordar con todos ellos mis mejores y legendarios momentos. Hay entre estos camaradas y mi esposa una relación de reticencias mutuas, pero yo los protegeré siempre y mantendré la esperanza vana de que mi mujer se integre y brille en nuestro grupo más que el fuego en la chimenea entorno a la que ellos y yo nos calentamos las plantas y revivimos nuestras hazañas.