por Enrique Brossa | 8 08+00:00 Jul 08+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa
Hubo una vez un verano, no voy a decir cuál, en el que percibí dos tipos de calor. Uno inhumano, que procedía del sol. Otro fue el del apoyo y el cariño, por el que sentí un enorme agradecimiento. Sé que sigo en deuda. Dedicado a aquellos días, este poema.
Dame pues tu agua si quieres
para este día de calor.
Dame frescor. Contágiame tu alegría.
Pero yo poco te puedo aportar.
Depositaré pensamientos sobre tus senos,
aunque también amor.
Te daré mi abrazo, mi sopor, mi tregua.
Mis dudas yacerán junto a ti.
Dormirás junto a mis cicatrices.
¿Eso quieres? ¿Verme inconsciente
con los párpados apretados?
Si no deseas respirar el aliento de un convaleciente,
lo podré comprender.
Es tan escaso lo que puedo lograr por ti…
Yo beberé tu agua.
¿Tú qué obtendrás de mí?

por Enrique Brossa | 27 27+00:00 Jun 27+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa
Tengo la cabeza ardiendo.
Es la pesadilla que avanza,
Indefinida, Inexacta, Oculta,
Tengo la cabeza ardiendo.
Es la oportunidad perdida
Eres el tiempo y te vas.
Te espero.
Siento la cabeza ardiendo
Y pesa el sueño agarrado.
profundo , febril, agitado
Agonizo y me muero.
Te espero.
y al mismo tiempo expuesto.
Guardo el corazón oculto.
Un entierro, un lamento.
Te espero.
Guardo el corazón oculto.
Muestro la lengua arrugada
Podrida de hormigas e insectos.
Tengo las manos tendidas.
Apuntando a un momento.
Te espero.
Muestro la lengua arrugada.
Me miran los cuervos
Y te espero.
Tengo las manos tendidas.
Arrastro los pies malheridos.
Sufren las rodillas rotas.
Desolado, el alma torcida.
Eres el tren que no para.
rascando tablones y hierros.
Nubes oscuras
pero seco el lodo..
Te espero.
Arrastro los pies malheridos.
de fractalidad errada y perdida.
Acércate un poco
y dame tu bebida.
Tengo la cabeza ardiendo.
Es la pesadilla que avanza,
Indefinida, Inexacta, Oculta,
Photo by jacilluch
por Enrique Brossa | 13 13+00:00 Jun 13+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa
Antes de irme a dormir quiero deciros que hoy me interesa mucho una palabra y me voy a acostar sin haber logrado quitármela de la cabeza. Es la palabra “planetario”. No me refiero al sitio donde te cobran la entrada para ver un montaje con los astros del sistema solar. Tampoco me refiero a la acepción de planetario como sinónimo de global o mundial. Me refiero a algo que me evoca eso de lo que no somos conscientes: que habitamos un planeta suspendido en el espacio vacío; que orbitamos alrededor de un astro que parece que vaya a acabar por encendernos; que estamos presos en una inmensidad apabullante.
Unos de mis primeros recuerdos de infancia evocan un suelo de cemento bajo el sol de agosto, una hormiga y una lupa. Era el chalet de mis padres. Un estío pesado como el plomo. Con la lupa aumentaba los rayos solares y los proyectaba sobre la espalda de la hormiga que andaba despistada sobre un cemento casi blanco que reflejaba toda la luz y el calor del sol. Aquel calor sobre mi cabeza me fue relajando y entré en una especie de trance que favorecía mi obstinación.
La víctima no se estaba quieta ni un momento y era muy difícil mi tarea. No sé cuánto tiempo estuve persiguiendo al animal. Quizás varias horas. Mis hermanos mayores tenían todos que estudiar y yo estaba sin más compañía, torrando a mi diminuta amiga. Era mi juego solitario de aquella mañana. Me costó paciencia pero, al final la hormiga prendió como una cerilla, haciendo el mismo ruidito característico, pobre bestezuela, y un hilo de humo que olía de un modo especial, a pollo socarrado, entró por mi nariz. Eso me ocurrió. Aspiré a la hormiga sin querer. A los pocos minutos me metí en la casa y la encontré muy fría. La cabeza me dolía de un modo insoportable. Mi madre enseguida notó algo raro y me toco la frente. Me desnudaron, con la ayuda de una señora limpiadora, y me pusieron hielo en la frente. Mientras había estado empeñado en convertir a la hormiga en humo con el peculiar sistema de la lupa, yo había sido víctima de una insolación. Estaba con cuarenta grados de fiebre. Tiene moraleja la cosa. Yo creía que si me encontraba mal era por respirar el humo de la hormiga incendiada, pero en realidad el quemado era yo. Esto daría para reflexionar.
¡Ah, bueno, lo de la palabra planetario! Pues que el cemento era de una rugosidad planetaria. El calor era planetario. En la cara de la limpiadora había un maquillaje de un espesor planetario. La soledad de la hormiga sobre el cemento, era una soledad muy planetaria. Los haces de luz concentrados por el cristal de la lente, eran planetarios. En un día de calor, como aquella vez de mi infancia, todo es muy planetario. No lo parece, pero si te fijas bien, percibirás que hay un ambiente planetario… en todo el planeta. Si te parece que estoy diciendo simplezas planetarias, creo que suscribo totalmente ese punto de vista.
Volviendo a la tortura del pobre bichín: quiero poner la palma de mi mano derecha sobre mi pecho, junto al corazón, y así, como un presidente norteamericano, o mejor, como un presidente planetario, rendir un homenaje a aquella hormiga de cuyos antecedentes ni sabía ni supe jamás, pero que involuntariamente entregó su vida para que yo pudiera aumentar mis conocimientos demostrando científicamente lo que había oído decir a niños mayores que yo. Que con una lupa se podía hacer fuego.
¡Cuánto y qué importante aspiré de la sustancia de aquella hormiga! Esnifar esas microparticulas de ácido fórmico que flotaron por un segundo en el aire quizá me convirtieron en el hormiga solitario que soy desde entonces. ¿Era una hormiga explorador? Algo de eso tengo yo. ¿Era una hormiga perdida en el hormigón? Como yo. ¿Era una adelantada, la vanguardia de la marabunta que se acercaba rugiendo como en la película de Charlton Heston y la tentadora Eleanor Parker? ¿Un himenóptero inadaptado y despistado? ¡Igual que yo! ¿Se trataba de un formícido existencialista? ¡Cuánto me marcó aquella luz, aquel calor, ese espacio vacío… esta soledad!
El niño que jugaba con las hormigas. Algo en mí me lleva a regresar siempre al recuerdo de ese día, sofocante, angustioso, magnífico… y planetario.
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por Enrique Brossa | 6 06+00:00 Jun 06+00:00 2017 | Desbrozando a Brossa
Vivir, vivir, vivir… ¡Qué manía con vivir! ¡Como si no hubiera nada mejor que hacer! ¡Piensa en alguna otra cosa, en vez de pasar todo el rato viviendo! ¡Sin parar de existir a toda costa! ¡Pero qué empeño es ese!
Vivimos tanto que nos tenemos que ver continuamente repitiendo errores. ¿Para qué? Necesitamos un sistema de obsolescencia planificada, como cualquier producto de hoy en día. La vida es larga. Yo sé que todo el mundo se empeña en decir lo contrario e interpretarán que trato de incordiar con estas sentencias que nadie comparte, pero insisto: la vida es larga, es demasiado larga. No estamos pensados para resistir tanto. No lo digo por las prótesis dentales, o los problemas en cervicales y las artrosis, sino por cosas más importantes, más aún que el alzheimer. Por ejemplo, la alopecia de los hijos. ¿A algún padre le gusta ver cómo su hijo se queda calvo? No. A los hijos se les quiere ver crecer, pero no envejecer y menos empochecer. No tiene ninguna gracia. Sobran años a nuestra vida. Por eso interesa casarse tarde; que no sea fácil ver ajarse a los niños. Y hay que suprimir la cotización obligatoria a la seguridad social. A mí que me dejen morir cuando diga la naturaleza, porque al natural todo da mucho más gustito, como decía siempre una amiga del colegio.
Tengo un hijo todavía pequeño. No quiero saber de sus divorcios, sus paros, ni sus declives. Quiero fallecer cuando él esté en pleno apogeo, y me traiga un nieto, como espero que habrá hecho para entonces el resto de mi descendencia.Y entonces ya, dejar de respirar, hombre, que ya llevo mucho con eso. Siempre aire para fuera, aire para adentro; aire para afuera, aire para adentro… ¡Ya está bien! Dejar de palpitar por fin, no durar más y poder dedicarme de una vez por todas a otras cosas. Porque si te paras a pensar, descubres que vivir no te deja tiempo para nada más.
Photo by volante
por Enrique Brossa | 5 05+00:00 Jun 05+00:00 2017 | Escribir
Al escribir, la velocidad y la sinceridad son directamente proporcionales.