Siempre y cuando… eso es todo.

Siempre y cuando… eso es todo.

Hay una zona azulada que podría ser gris. Hay un golpear de olas que percibo amortiguado. Un recodo que no continúa. Oigo una conversación y podría provenir del pasado. Una carretera cortada con un cartel medio caído. Hay un olvido sin nostalgia. Hay un rencor sin rencor. Una huella que se borra. He pestañeado y el mar ya estaba seco.
Te he olvidado. Como a la vida, como a la muerte. Sin preocupación. Sin escándalo. Os he olvidado. Como a las lágrimas. Como a las risas. Os he abandonado. Como al temor y al hambre. Quedo yo. Siempre y cuando piense, quedo yo. Y eso es todo. Con el alma apagada, ya no estoy. Habéis asesinado mi fantasía y está creciendo mi atención. Me volveré reptil como vosotros. Hay un resentimiento sin pasión. Odio tranquilo, casi paternal y afable. Al mismo tiempo sin emoción. Un amor sin amor. Queda la espera. Sin impaciencia. Sin inquietud. Con el tiempo detenido. Ningún crimen vuestro me produce ya sorpresa. Mientras los perros arrancan mis tripas, yo pienso en el sol y el cielo, porque hay una zona azulada que podría ser gris.

Fragmento de un «mi ser» encubierto

Fragmento de un «mi ser» encubierto

Una cosa es suspirar… Yo no estoy para suspirar. Y otra cuestión distinta es llenar los pulmones de la paz de la noche. Es que este mayo especial… Te veo como cuando nos hemos despedido contentos y entonces respiro. No quiero ponerme así, seguramente será peor que suspirar, lo sé, pero… yo creo que esto es otra cosa. Es hinchar el pecho de gratitud cuando mi mente recrea tu imagen. Me siento muy bien. Te pienso y creo que el mundo me lleva a ti, y que la vida acaba también felizmente en ti. Ya sabes lo que quiero decir… así que a ver si me lo explicas. Inspirar pensando en tus mejillas de cristal, que se ponen coloradas cuando nuestras risas se desatan. Estamos tan cerca… Esto no es suspirar. Esto es otra cosa. Me pongo un poco tonto, pero nada más. Me doy cuenta enseguida y toso, como disimulando aunque nadie me ve.

Sé que tiene que ser un espejismo. ¡Vamos, yo no creo en esto! Pero me siento realmente bien. Tan bien… ¡Da igual que no me lo crea! Te agradezco que hayas aparecido, eres un regalo. Mis años mozos, tan abruptamente interrumpidos, emergen de nuevo sin complejos décadas más tarde, gracias al deseo que tengo de andar contigo por la calle, pasar mi mano por tu hombro, y hablar y hablar y andar, aunque sea dando vueltas a la misma manzana, qué tontez la mía, y mirarte y reírnos. Esa risa que no se acaba… Claro que hay otras cosas entre nosotros, pero… Lo raro es estar encantado con andar. Eso es raro, sí. Pero simplemente esto ya me hace sentir único, como si Dios no mirase a nadie más y estuviera pendiente de mandarme lo mejor. Inhalo el aire de la calle, que será mejorable, sin duda, pero yo me siento afortunado y en paz. Te vas, vuelves a tu casa, y yo pienso: qué bien que me va andar contigo. El bienestar permanece flotando a mi alrededor, o yo floto en él, aunque te vayas, porque sé que quiero repetir. Y descubrir lo que uno quiere de verdad da toda la fuerza del mundo. Y no sé por qué me pongo agropecuario, cuando soy cien por cien de ciudad, pero me salen tonterías, majaderías todo, pero majaderías de romanticismo agropecuario…como cuando me digo cosas como que tú eres el campo que quiero labrar. ¡Qué labranza ni qué campo! ¡Yo lo que quiero no es labrar! Trato de descontaminar mi cabeza de esas voces que suenan como la mía pero que no son yo en absoluto, las repudio, abomino de ellas. Todo eso sobra. ¡Fuera de mí esas monsergas! Lo que no sobra en absoluto es volverte a ver. Eso sí que es de verdad.

La serenidad vuelve a mí al pensarlo. Lleno otra vez el tórax todo lo que da de sí con la noche de este mayo. No hay nada como respirar a gusto. Y eso es lo que me pasa, que yo no suspiro nunca. Pero eso sí lo hago: respirar hondo, eso sí. Por un momento creo entender el sentido de la vida. Hay que mantener este conocimiento, esta sabiduría, esta Verdad revelada, que me llega por tu forma de mirar.

Pero la certeza de haber comprendido el mundo se escapa enseguida y yo querría retener esos instantes de lucidez pasando las tardes contigo. Pasando contigo los días.

Cuando llega la noche, suelo hacerlo: respirar hondo, beber agua fresca pensando en tus besos y luego acostarme feliz. De tan bien que estoy… estoy de pena.

Photo by Adrian Fallace Photography

Los días empiezan bien o perseguido por la policía

Los días empiezan bien o perseguido por la policía

Yo qué culpa tenía de que me persiguiera un coche de policía por la M-40. La gente me miraba mal cuando una hora más tarde, ya me habían detenido y esposado. Cuando llegué a comisaría, qué casualidad, había en la puerta periodistas de todas las cadenas de televisión, radios, prensa… Yo creo que no faltaba un reportero ni del boletín de la parroquia. Es más: de hecho me pareció ver un niño vestido de monaguillo con una cámara de fotos. ¡Qué tendencia a exagerarlo todo! Yo  que soy siempre tan moderado…  La gente enseguida te mira mal. Puero bueno, y ellos,  ¿qué sabían acerca de los motivos por los que yo estaba siendo detenido? Nada de nada. No saben si es justo o injusto que me encuentre esposado. Que un guardia te sujete por el codo y te empuje. ¿Saben ellos si es lo que merezco? ¿Por qué la gente tiene esa tendencia al linchamiento? A hacer astillas del árbol caído.

Todo había empezado bien. Los días empiezan siempre bien, creo yo. Que un día empiece… es una buena señal. Me dispuse a escribir con el desayuno a la izuierda. Soy cumplidor. Me he metido a columnista en desafiosliterarios.com y al día siguiente tenía que presentar mi relato semanal, así que con mi portatil y mi café con leche, empecé a contarme cosas. Pero claro, no llevaba yo ni dos lineas cuando sonó la primera llamada de teléfono. Una persona que tenía una urgente necesidad de telefonearme para nada. Cómo le gusta a la gente demostrar con montones de preguntas que no tenemos verdaderos temas de conversación comunes.

-¿Qué harás este verano? ¿Cómo te va todo? ¿Hace allí el mismo calor que aquí?

Y yo, que tenía cosas que hacer, me estaba impacientando…

-Pero allí más seco, ¿no?

Al  final, no pude evitarlo:

-Consulta esa comparativa en internet porque yo no sé el calor que está haciendo donde tú vives ni la humedad que  soportáis. ¿No tenéis un barómetro en tu casa? Ni siquiera recuerdo  bien de dónde eres. ¿Estabas tú por Castilla, o en Cabo Cañaveral, o por dónde? ¿Quién me has dicho que eras, a ver?

La gente se ofende. Los conoces de internet. Se empeñan en meterse en tu vida sin motivo. Se dicen: le llamaré, le preguntaré por todo lo preguntable, le confesaré tres asuntos míos que no le interesarán en absoluto y se sentirá muy agradecido de que  me acuerde tanto de molestarle, claro que sí. Pues no. Esa es la gente que luego, cuando te detiene la policía, te mira mal. ¡Son los mismos! Exactamente no, pero igualitos, del mismo tipo de gente. Te aprecian y desprecian sin motivo, según lo hagan los demás.

Cosa distinta es que estés realmente vinculado a ellos por algún tipo de objetivo o actividad común. Por ejemplo, mis amigos, los que se meten como yo en el taller de novela, o los que se vienen a las Escapadas Literarias. Son otro tipo de relaciones y de historias.

Luego dijo que se sentía idiota  por pensar que tenía un amigo. ¡Normal que se sintiera idiota! ¿Cómo se tendría que sentir si no?

Bueno, llevé mi café al microondas,  porque con esta charla innecesaria se me había enfriado. Volví a ponerme a escribir y cuando ya había cogido el hilo,otra persona me llamó. Era una buena  amiga, empeñada en contarme su último desastre amorosos. Bueno, yo también tengo amigos y amigas,  creo, y con esta ya no  pude ser tan desconsiderado.

-Está bien que me lo cuentes, porque yo te quiero mucho, siempre que no te extiendas demasiado. Que me informes me interesa por ser tu vida. Pero si lo que quieres es ampliarme mucho el tema, ya eso es para que lo hables con una amiga, no conmigo. Yo soy un amigo, no una amiga. Es distinto, verás que sí que  lo es, No me acuses de sexixmo, por favor. Yo estoy para otro tipo de temas. Pero, mira, yo te diría que lo mejor es que lo escribas. Si lo escribes, yo lo leeré con interés. Me he metido en DesafíosLiterarios.com, en uno de los talleres de novela. Podrías hacerlo tú también. A mi esto me da la vida. Si te metieras en el mundo de DesafiosLiterarios.com te olvidarías muy pronto del desgraciado de tu ex-marido. Si te metes en el taller o te haces columnista puedes entrar en su siguiente libro de relatos. En fin, hay algo en «Desafíos». Amistad y mil propuestas literarias y… gente que vale la  pena conocer. No solo es literario lo que escriben. Ellos mismos lo son.

Así que lo que le dije a esta amiga mía vale  para todos. Registraos gratis en desafiosliterarios.com, que lo podéis hacer con la F de Facebook  por  ejemplo,  y mandar un texto vuestro. Y luego a disfrutar como columnistas, o  con  los talleres de novela, o con las escapadas. ¿Quieres participar en el libro 2 con un relato o poema tuyo?

¡Ah, sí! Lo de la policía, que os lo estaba contando y me he  ido del tema: pues que no hago más que colgar y me llaman por el messenger.

-Hola. Oye,  ¿tenéis  por allí tanto calor como por aquí? Aquí es tremendo. ¡Sofocadita estoy!

¡Dios! Le pregunté su dirección y le dije que quería hacerle una visita urgente, que no saliese de casa. 400 Km más tarde, perpetré un plasticidio con un cuchillo jamonero. Se me fue la mano, lo sé, está mal… ¡Qué cantidad de sangre, oye! Es lo que mejor recuerdo… Pero bueno, todo esto lo voy a contar en el libro 2 de Desafíos Literarios  que va a salir dentro de dos o tres meses lleno de relatos inéditos de todos mis amigos. Siempre que nos dejen escribir un poco, claro está.

 

La cara de Meg y las gafas nuevas

La cara de Meg y las gafas nuevas

¿Está mal escuchar conversaciones ajenas? Claro que sí. Por supuesto, naturalmente que sí. Es de lo peor. Me degrado si escucho la charla de alguien que no esté dentro de mis propios pensamientos. Escribo  por hacer algo con ese torrente de conversaciones que continuamente rebotan en mi cráneo, por su parte interna, claro. Esas son las conversaciones que escucho y con ellas tengo bastante. No me interesa la vida de nadie. Puedo proclamarlo con la sinceridad más rotunda. No atiendo a lo que no me incumbe, Lo digo con la mano puesta en el corazón o con la mano puesta en cualesquiera otras partes, porque en principio, lo puedo decir ponga la mano donde la ponga. A veces creo que ni siquiera me interesa mucho mi vida. Pero menos las de los demás.

He derrochado el maravilloso regalo que es estar solo durante toda la mañana. Porque solamente hay algo más valioso que la compañía humana, y es la soledad, si sabes disfrutarla. Normalmente yo la disfruto con arte, como un buen cocinero, manejando los ingredientes justos, Hoy he desperdiciado una mañana llena de sol y una piscina que me estaba esperando como una amante. Pero mi mente ha deambulado de una basura informacional a otra usando un cacharro electrónico. Ya eran casi las cuatro de la tarde. El calor sofocante sin duda no favorece el entusiasmo olímpico. Empecé por poner un podcast ya que los audios me paralizan menos que mis propios pensamientos y en unos minutos estaba saliendo a almorzar a la hora de merendar. Precisamente estrenaba unas gafas de sol graduadas. Quizás me marearon un poco,  porque al doblar una esquina, un coche que pasaba a toda velocidad tuvo que hacer una maniobra tremenda para no chocar contra el mío. Total: un buen susto. No es prudente eso de salir a conducir con una graduación nueva. Soy un tipo aturdido por naturaleza. Pues claro, con esas gafas casi me mato.

Y bueno, hay una terraza a la sombra, un sitio que me gusta, ni muy tranquilo ni muy bullicioso que en mi opinión es lo perfecto para estar leyendo o escribiendo con algo de comer y de beber. En toda la fila de mesas que había al aire libre, como ya no eran horas, solamente estaba yo. Bueno, y en otra mesa tres mujeres que.. ¡Quién sabe! Quizás algo influyeron en que yo escogiera precisamente ese café al pasar por allí con el coche. Siempre es más agradable una local con tres clientas que un lugar vacío, ¿no? Dos de ellas parecían bastante jóvenes y otra de mi edad aproximadamente.

Había una que parecía más charlatana. Sin embargo, desde pequeñito he tendido a creer en las niñas modositas; en esas que se quedan calladitas mientras las otras polemizan. Yo es que soy un niño modosito también y tiendo a callarme cuando los otros hablan, y siempre he creído que podría reconocer a mi media naranja sin haber conversado con ella, solo cruzando la mirada a cinco o seis metros de distancia. Silenciosos los dos, nos comprenderíamos… Lo cierto es que uno no se olvida fácilmente de que está casado y de que además ya va teniendo una edad…  ¡Como para andar creyendo en princesitas!

Cuando se me acercó la camarera, no me despertó de ningún ensimismamiento. Así es que pedí un tartar de atún, que fue un acierto, y me dispuse a escribir. Las tres chicas se hacían oír mucho más alto que mis propios pensamientos. Después traté  de leer pero el resultado fue el mismo, así que lo cerré todo y me resigné a compartir mi almuerzo vespertino con la charla de las tres señoritas que estaban de sobremesa con confidencias más allá.

La calladita estaba muy seria,  haciendo honor al nombre que le había puesto, mientras que las otras dos se dedicaban a comentar problemas ajenos. Entendí que el tema era la prima lesbiana de alguna de ellas, y entraron a juzgar el modo en el que sus padres afrontaban aquella circunstancia. Después preguntaron a la calladita si ya iba a romper con su novio. A partir de este punto, la calladita fue la que habló más y más alto de las tres. Al parecer, dudaba respecto a dejar a su novio, no porque lo quisiera todavía, sino porque según decía, la chica tenía miedo a quedarse sola.

Cómo varón me parece que es de la mayor importancia que nosotros de vez en cuando apliquemos oídos a las conversaciones que las mujeres mantienen entre ellas en las terrazas, cuando creen que no les oímos. Esa mezcla de vulnerabilidad y egoísmo me preocupa y me desconcierta. Sus amigas, empezando por la más talludita, se apresuraron a explicarle lo preciosa y encantadora que era la niña a sus veintiún años y que no tenía por qué tener miedo de nada, lo que en el fondo equivalía a decir que si ella no hubiera sido tan guapa, sería de lo más normal que utilizarse al pobre infeliz de su novio con tal de tener compañía. Me sorprendió. No le dijo, niña, tú simplemente debes dejarle por su bien, porque no le quieres y ya encontrarás otro al que querer y todos felices. No. Lo que le dijo es que, mientras seas joven… puedes arriesgarte a ir a por otro. Cuando la música pare y sea más peligroso quedarse de pie en el juego de las sillas, ya pecharás con el primer infeliz que se conforme contigo, como tú con él. Claro que no lo dijo exactamente así, es traducción libre.

Me preocupa esta forma de amor tan inconsistente, ese falso realismo tan cutre, con el que actualmente la gente estropea su vida y la de un montón de gente, lo que incluye a su pareja, el recambio de su pareja, los hijos de todos ellos… Antes todo esto se recubría de una capa generosa de hipocresía y todo el mundo parecía estar profundamente enamorado. Era muchísimo mejor. Quedaba la duda. Cabía la fe gracias a la mentira generalizada. Ahora en cambio, dejamos al descubierto nuestra simpleza. Una naturalidad que ya no es descarada, sino descarnada. Y patética. Con esa misma insolvencia, hay mujeres y hombres que se anhelan sinceramente sin molestarse en conocerse primero. Esos inesperados actos de entrega a mí no me afectarían si en algún momento fuese su destinatario. Al contrario, acelerarían más la pérdida de la ilusión y de la fe. Por otro lado, reconozco que yo podría comportarme igual. Tan nefasto es querer a ciegas como usar a tu pareja.

Algunos de mis lectores, en el caso de que yo tuviera de eso, me preguntarían si me acabo de caer de un guindo. ¿Acaso he descubierto algo nuevo? Lo cierto es que yo siempre he querido creer en los Reyes Magos. Me supieron a poco de pequeño, no sé porqué. De mayor ando buscando ilusiones pero no las encuentro  por ningún lado. O no tan sólidas como querría. Todas se desvanecen.

Mientras mis amigas pasaban a hablar de depilación, yo disfrutaba aún mi atún con algo parecido a mostaza de miel. La calladita de mirada cohibida y virginal explicaba lo que le había ocurrido la vez anterior, tanto en sus axilas como en sus inglés. Se detuvo especialmente a explicar los problemas que le generó en sus zonas más íntimas. ¡Dios!¿Qué le harían a la desdichada? Algo de bultos, de granos, de golondrinos, grandes como bubones, ¡qué sé yo! Lo contaba como si fuera un pregón. ¡Mi calladita, oye! Dios me conserve la vista. Era estar mirando a Meg Ryan y que de pronto se convirtiera en el Yoyas ese. Otro señor, que pasaba por ahí y la oyó, se quedó mirando, como a punto de intervenir sobre las bien aireadas ingles de la muchacha. Vaya con la dulce y cohibida doncella. Moraleja: qué bien haríamos todos manteniéndonos en silencio, dejando a los otros pensar que nuestra enorme personalidad está ocultando pensamientos intensos o ideas valiosas. Pero la gente abre siempre la boca y se rompe el encanto.

Mi mente me puso con algún interlocutor imaginario que me decía, pero Enrique, ¿Te extraña lo de la calladita? ¿Crees que sigue habiendo calladitas como aquellas con las que tú soñabas? ¿Acaso existieron alguna vez, Enrique?¿Qué ha sido de tu cinismo? ¿Dónde está tu mala leche?  No lo sé, tío, no lo sé. Por un momento había creído en las miradas otra vez. No sé qué me ocurre últimamente. Ya me pasó hace poco, con catorce años o así. Y ahora, otra vez. Eso puede que sea porque en el fondo, querría seguir creyendo en los Reyes Magos y en muchas cosas más. O por lo de la nueva graduación de mis lentes. Estaría atontado… Ya me acostumbraré, se tiene que adaptar la vista, ¿no? Y mi interlocutor imaginario me echaba un capote y me decía afirmando con la cabeza que sí, que sí, que fijo. Que así era. Que eso de atribuir un carácter angelical a una niña de buen ver, pasaba mucho con las lentes progresivas.

En realidad yo nunca creí en calladitas. Pero era bonito soñarlas. Comprensivas, dulces, e incondicionales…

Así que, entre la graduación de mis lupas y la del vino blanco, salió este texto así de confuso. La próxima vez que las circunstancias me sitúen ante una conversación ajena, me iré de allí a paso ligero, hacia mis paredes y mi soledad. Quiero seguir viviendo encerrado en mis pensamientos y no saber jamás de nada que no esté destinado a que yo lo escuché. Nada que pueda obligarme a conocer lo que no quiero reconocer. Me amarga ese regusto prosaico que suele dejar todo análisis de los humanos y humanas. Por eso, si nos encontrásemos un día, hazme un favor: al destapar tu alma, cuida, no la desnudes nunca del todo. Intuyo que no será necesario ni conveniente porque, como he dicho otras veces, lo que más me molesta de que me descubran la verdad es caer en la cuenta de que siempre la he sabido.

Historia de terror y paraguas

Historia de terror y paraguas

Nunca he escrito una historia de terror. Voy a probar:

Historia de Terror y paraguas

Hoy he estado a punto de correr dos o tres kilómetros alrededor de mi casa para ventilar mi cerebro. También se me ha ocurrido pedalear unos 30 minutos. Otra posibilidad era hacer gimnasia. Y también he pensado en matarte clavándote la punta de un paraguas en el estómago. Pero ni tengo el paraguas adecuado ni sé cómo encontrarte en alguna calle oscura. He sentido pereza al imaginarme preparando el paraguas afilado, vigilando, siguiéndote con las suelas frías sobre la acera, atisbando posibles consecuencias, previendo errores… Mucho lío. Tiene que haber una manera más cómoda de despejar mi mente. Si pongo demasiado esfuerzo en algo, puede que al final no valga la pena.
Es gracioso: otra posibilidad es usar un cuchillo y dejarme de paraguas. ¡Qué tonterías! Parece un capricho infantil. Sin embargo estoy seguro de que no sería lo mismo. A cuchillo ni me apetece. Hay en un paraguas clásico de caballero un regusto a algo noble, en el sentido elitista de la palabra; a cierto refinamiento, un punto antiguo o viejo; a elegancia; a deseos turbios; a pasado oscuro; a televisión en blanco y negro y a Narciso Ibáñez Serrador. Sería como hacerle un homenaje.
Quizá retome el proyecto del paraguas y lo pruebe en el cuello de alguien, o en el ojo o el vientre. Ahora lo mejor es que utilice las mancuernas. Eso me hará sentir bien, o sentirme mejor, sería más certero decirlo así, porque bien ya estoy, y subiendo y bajando las pesas me olvidaré de matarte. Puede parecer más higiénico para la mente y menos antisocial, pero al mismo tiempo es una pena. Todos los deseos deberían ser realizados. Pero bueno, ya digo que nunca se sabe. La boca se me hace agua al pensarlo. Vaya, quizás se deba a que es la hora de cenar, pero esta noche me siento depredador. Me imagino devorando tus brazos calientes como barras de pan recién hechas. Puedo verme sonreír al mismo tiempo. Qué placer. No se trata de hartarse de carne. Romperte y despedazarte es lo que me produce hambre.

Definitivamente: voy a ir a una tienda de artículos de pesca. Allí quizás encuentre algo bien agudo con lo que pescar. Arponearte la cara o los lomos podría estar bien. ¡Da igual que no sea con un paraguas, seamos razonables!